Nada de sueño
-Dios, es tardísimo. Me tengo que ir. -Dijo de pronto- Entro a trabajar en diez minutos.
Gerardo despertó del sueño en que viviendo estaba. La realidad lo aplastó de pronto como un pie a un insecto. Las mariposas se habían posado en el suelo, impasibles.
-Si sigues este camino recto, llegarás a la casa donde veraneaba la Reina Victoria. Es un lugar precioso, no tiene pérdida. Me tengo que ir, Geri. Pero tú sigue con el paseo, claro.
No entendía nada. Ella había salido de sus brazos, volvió a separarlos una distancia prudencial y orientó su cuerpo en la dirección por donde habían venido. Mirándola aún con cara de embeleso, con los ojos hipnóticos recuperando poco a poco la conciencia:
-Te acompaño, tonta. ¿Cómo voy a dejar que te vayas sola por este camino a esta hora?
-No te preocupes, de verdad.
-Cayetana, no me importa. -dijo él inflexible.
Caminaron a paso ligero el camino de vuelta, casi sin decirse nada. Si comentaban alguna cosa, era algún tema banal que no importaba a ninguno. Habían andado un buen trecho y estaban recorriendo aquel camino cada vez a más velocidad. Cayetana iba poniéndose nerviosa e incómoda por momentos. Gerardo lo atribuía a lo tarde que se había hecho y a que, en cierta manera, era culpa suya; pero en el fondo se sentía feliz, las cosas estaban saliendo adelante, más o menos como las había soñado. Después de meses sin verse, estaban compartiendo un tiempo precioso, como si no hiciera tres años que no eran ya nada, ni siquiera amigos. La vida continuaba por donde la dejaron.
-¿Cuándo volveré a verte? -dijo Gerardo cuando vio aproximarse el final del camino rectísimo con sus dos muros de ladrillos negros que lo flanqueaban a cada lado.
-Esta noche termino a las 22:30… Las chicas habían comentado de salir un rato a tomar algo después del curro… A las 23:30 puedo estar lista. Te diré algo, ¿qué te parece?
-Me parece genial. Estaré preparado. -dijo Gerardo pletórico. El camino se terminaba.
-De verdad que me tengo que ir. -Cayetana aligeraba aún más el paso, echó a trotar. -Tú sigue el camino, ya verás qué bonito es, no pierdas la oportunidad. -y señalaba hacia atrás, por donde habían venido corriendo. -Yo me voy. Te digo algo luego. ¡Adiós, Geri!
Gerardo vio innecesario salir corriendo detrás de ella. La vio alejarse al trote por la calle principal, en dirección al restaurante. El Abrevadero’s no quedaba lejos de la entrada del camino, donde se quedó Gerard viéndola desaparecer. Sonreía y decía adiós con la mano, mientras se iba haciendo cada vez más pequeña. Aquella imagen le recordó a las, tantas veces evocadas, despedidas en su portal, cuando recorría la distancia que separaba la entrada residencial de la calle donde Gerard la había despedido. Una distancia prudencial a salvo de las miradas indiscretas de padres y hermanos, donde podían besarse y tocarse el cuerpo con cierta tranquilidad. Hoy no se habían besado y el abrazo había sido breve, pero a Gerard no le importaba. Se sentía completamente feliz.
Una vez que desapareció por fin de su vista, no supo qué hacer. Miró hacia atrás y decidió seguir el consejo que le diera Cayetana, el de seguir el camino hasta la casa de veraneo de la Reina Victoria. Así tendría tiempo para pensar lo que había pasado y lo que pasaría de ahora en adelante, de cuáles iban a ser sus planes. Echó a andar silbando.
Si las cosas salían como esperaba y todo iba bien, se tendría que mudar a Maynooth. La idea no le desagradaba del todo. Cerca, a unos treinta minutos, estaba la ciudad de Dublín que quizá ofrecía más oportunidades laborales que aquel pueblo perdido en el verde de Irlanda. Podría enseñar español a los interesados por aprender el idioma, que eran muchos en aquel país, cada vez más. También debería encontrar un lugar donde vivir. Mudarse en lo de Cayetana, sin saber exactamente dónde vivía ella, le parecía bastante invasivo. Aunque iniciaran una relación, hacía falta tiempo y espacio suficientes para ir tejiendo los lazos que los unirían a la eternidad y ya no los separarían más. Él debería conocer a sus amigos y a las chicas a las que frecuentaba. Él mismo debería, de hecho, hacerse amigos, quizá entre los de ella o los de su círculo laboral, fuera el que fuera. Quién sabe, quizá el tal Callaghan, con quien Cayetana trabajaba y cuya descripción le había parecido de lo más putrefacta, solo interesado en el rugby, las carreras de caballos y la cerveza fría, fuera un buen tipo al fin, alguien en quien confiar.
También había que tener en cuenta el cambio de vida que aquello supondría. De cara a septiembre, había conseguido por fin un trabajo fijo, de lo suyo, para lo que había estudiado, con un sueldo sustancioso. Le habían comunicado la noticia unos días antes en Londres, justo antes de venir a Maynooth, cuando estaba con Mogomby tomando un café en la terraza del hostel junto con otros emigrados. Recordaba bien ese momento.
-You have to do what you have to do. -dijo el sabio de Mogomby mostrando una sonrisa blanquísima sobre la negra piel de su cara amigable. Sí. Tenía que hacer lo que tenía que hacer, es decir, lo que le dictaba su corazón, lo que estaba haciendo en aquellas islas, lejos de casa. Mogomby tenía toda la razón. Dio una larga calada al pitillo y dijo.
-You are completely right, Mogomby, my friend. Let’s take a beer from the bar.
Y aquel día se tomaron unas cuantas cervezas a la salud de los trabajos y las oportunidades contradictorias, entre lo que tenemos que hacer, lo que podemos hacer, lo que debemos hacer y a la salud de lo que, al final, hacemos. Mogomby y él hablaban un inglés pobre, cada uno hijo de su lengua materna, por azares del destino, inferior a la inglesa, pero se entendían en lo más hondo, eran hermanos de sangre y piel diferentes.
Mientras pensaba en Mogomby y en lo que estaría haciendo una sonrisa se había dibujado en su rostro. Gerardo transitaba el camino como un enajenado, en completa soledad, sin darse cuenta del mundo en torno a sí, imbuido por sus pensamientos. Sí. Haría amigos en cualquier parte del mundo. Amigos verdaderos en quienes confiar y a quienes llamar hermanos al cabo de no mucho tiempo. El ser humano podía ser maravilloso y aquellos que desconfiaban del prójimo, que lo fiaban todo a la maldad del otro, eran los que menos habían conocido el mundo, los que no habían salido de su realidad, de su zona de confort. Ahí fuera corría la vida y estaba repleta de amistad, empatía, hermandad y amor. Así veía las cosas Gerardo en el camino verde y recto.
De repente, el camino se terminó. Una carretera comarcal cortaba su rectitud perpendicularmente formando un ángulo de noventa grados. Al cruzar la carretera, que no disponía de paso de peatones, se llegaba a otra entrada sin vallas, una puerta en el campo que daba a un prado donde, a lo lejos, sobre una loma, se divisaba lo que en otras partes del mundo se habría conocido como pazo, casa señorial o chateau, en definitiva, una mansión para gente adinerada, posible residencia de la Reina en la tierra irlandesa.
Pensó en seguir el consejo de Cayetana y recorrer el trecho que lo separaba, pero miró la hora y se había hecho bastante tarde. La noche se cernía sobre Maynooth y se había levantado una brisa suave que susurraba entre los árboles palabras inquietantes en otro idioma. No se había cruzado con un solo transeúnte, lo cual le parecía extraño después de todo. La mente, que tiene sus juegos, lo amenazó diciéndole que si por azares del destino encontrara a un asesino en serie, podría dejar su cuerpo tirado en alguna cuneta cercana en aquel lugar y absolutamente nadie preguntaría por él, nadie sabía exactamente dónde se encontraba y aunque aquella era, en cierta manera, la definición de libertad más pura que conocía, también era un estado vertiginoso de la conciencia. Un par de cuervos, grandes como aves rapaces, sobrevolaron su cabeza. Sin duda iba siendo hora de retirarse, lo mejor sería volver al hotel que quedaba justo en dirección opuesta a por donde había venido, al otro lado del pueblo que había quedado muy atrás. Lo mejor sería volver, desandar el camino que hacía un rato había recorrido con Cayetana y solo.
La sensación de peligro fue intensificándose a medida que se acercaba al pueblo. Era un sentimiento irracional, loco, pero su instinto le decía que algo no andaba bien y que, como le había ocurrido en aquel tren en Londres camino del aeropuerto, no tendría escapatoria. Pero era incapaz de dibujar el peligro, de saber qué era lo que andaba mal en aquel ambiente que se sentía cada vez más pesado, como si alguien lo mirara o una sombra lo siguiera. Los dos cuervos seguían sobrevolando su cabeza, graznando de vez en cuando. Tenía tanto miedo que sentía deseos de chillar. Parecía que entre la maleza unos ojos vacíos lo miraran pasar, como si los árboles revelaran su posición a un espíritu maligno que habitara en aquel camino. Sin que nadie lo viera, echó a correr.
Llegó a su habitación exhausto. Había venido corriendo desde la calle principal hasta la misma puerta de su cuarto y no estaba acostumbrado. La tarde había ido cayendo y poco a poco se iba haciendo oscuro sin que el sol diera signos de vida detrás de las nubes grises. Una vez que hubo recuperado el aliento sentado sobre el borde de la cama, Gerardo se levantó y se echó agua al rostro. Empezaba a sentirse intranquilo, no sabía dónde meterse, qué hacer. Estaba como un prisionero en una celda, si bien podía ir donde quisiera, no tenía un sitio al que dirigirse. Dio unos pasos hasta situarse frente al ventanal que daba al prado verde donde rebuscaban en la tierra algunos cuervos. A pesar de haber caminos perfectos para la bicicleta, no vio pasar a nadie. Las siluetas de los árboles se recortaban contra el cielo gris y una leve brisa movía la fina hierba picuda.
Buscó con la vista las cortinas, pero aquel gran ventanal no las tenía. Supuso que los irlandeses no disfrutaban tanto del sol como para andar recortándolo con persianas. Pero Gerardo sentía la necesidad de esconderse, de no ser visto, ni siquiera por los verdes árboles sin ojos que lo divisaban a lo lejos y veían su rostro enjuto como un fantasma. Prendió un cigarrillo y se tumbó en la cama. Por suerte la habitación era tan antigua que no tenía detector de humo y podía fumar lo que quisiera. Mirando al techo pensaba en Cayetana pero no conseguía imaginársela. Sólo era un nombre en su cabeza, pero le costaba evocar el tacto de sus manos, el olor de su pelo que apenas unos minutos había tenido tan cerca de sí, como si su encuentro hubiera sido un sueño breve que el despertar iba borrando como el que sopla una fina capa de polvo y borra un dibujo. Para recordarla, cogió su teléfono y miró en el archivo de fotos, la que hacía un par de meses le había mandado, seguramente cuando se sentía sola en Irlanda y no tenía a nadie excepto él. Estaba desnuda. No llevaba sujetador ni camiseta. Por la expresión arrebolada, parecía una foto tomada al salir de la ducha. Sobre el omoplato izquierdo se había hecho un pequeño tatuaje. Cuando se conocieron, ella no llevaba ninguno. A Gerardo no le gustaban los tatuajes, ni para él ni para nadie. Ahora Cayetana llevaba por lo menos tres, que él supiera, pero no le importaba. Todos hemos cambiado, se decía.
Get busy living, or get busy dying, decía su espalda en tinta negra indeleble. Gerardo había mirado aquella fotografía digital un millón de veces y se la sabía de memoria, había pensado en la frase más que en cualquier poema: preocúpate de vivir o preocúpate de morir, podría ser una traducción válida, aunque insuficiente. Aquella idea se le había clavado en lo más hondo de su ser y allí estaba, buscándola, preocupándose por recuperarla y estar al fin vivo, de no estar viviendo en la muerte, que era su vida. Quien camina una milla sin amor / se encamina a su propio funeral / envuelto en una mortaja.
Cuando le escribió esos versos, en aquella conversación inalámbrica, en respuesta a su fotografía, ella no dijo nada. Seguramente no entendió lo que él quiso decirle o, si lo hizo, lo dejó en visto, sin más, y siguió preocupada por vivir. Gerardo llevaba muchas millas recorridas envuelto en su propia mortaja. Quiso explicarle el sentido de aquellos versos de Whitman que tanto le recordaban a ella pero parecía no encontrar el momento. Se los había repetido mientras recorrían el camino verde, pero ella estaba hablando del tal Callaghan y no se había dado cuenta de lo que había dicho. ¿Qué decías? Y sonreía.
Por el influjo de aquella sonrisa, había olvidado los versos y todo lo que quería decirle. No pudo encontrar las palabras para explicarlos ni para explicarse, así que dijo: nada; sin recordar hasta ahora lo que había venido a decirle: Tú eres la luz que guía los pasos de mi corazón. Caminaré contigo hasta donde me lleven los pies. Y mi andar será feliz.
Gerardo sonreía tumbado en la cama. No perdería la oportunidad, luego por la noche cuando ella saliera del trabajo, de decirle aquellas palabras bajo las estrellas, al oído, como un secreto. Luego besaría su cuello, su cara, su boca. Ya no se separarían nunca más y serían felices para siempre. Empezarían de cero, un poco más mayores, pero con el amor intacto. Un rugido salió de las tripas de Gerardo. Tenía hambre, tenía sueño.
Se despertó al cabo de un par de horas, en completa oscuridad, sobresaltado. Miró a su teléfono móvil: Eran las 23.45. Cayetana le habría dicho algo y se estaría preguntando dónde estaba. Gerardo se incorporó sobre la cama y abrió la aplicación de mensajería. Tenía un solo mensaje de Caye: Hola, Geri. Quedamos mañana a las 11.00 en la cafetería Yoga Market Café para desayunar. Te espero en la puerta. Un beso.
Tuvo que leer un par de veces el mensaje para entenderlo. Parece ser que al final no iba a salir, seguramente estaría cansada, muchas emociones en un día. Pero aquel cambio de planes lo había sobresaltado: todo lo que tenía pensado para aquella noche había saldado por los aires, verse al día siguiente por la mañana era un escenario que no había planeado. Además, las mañanas son para tratar asuntos profesionales, no de amor.
En fin, era mejor eso que nada. Empezó a escribir un mensaje y vio que ella estaba conectada. Imaginó que estaba preguntándose por qué no le decía nada. Allí estaré, guapa. Pero no lo vio, hablaba con otra persona. Esperó un rato. Ella se conectaba y se desconectaba de vez en cuando, pero no decía nada. Decidió dejar de espiarla y se tumbó sobre el colchón de nuevo sin saber qué hacer. Las tripas rugían desbocadas, se preguntaba cuántas horas llevaba sin comer algo caliente que no fuera el humo de un cigarrillo y no sabía qué contestar. Decidió salir a comer pero viendo la oscuridad de la calle imaginó que entonces, a esa hora, en aquel país, todo estaría ya más que cerrado.
El viento ululaba en la calle fría y húmeda entonando una fantasmal canción gaélica.
Dentro de la habitación y dentro de su corazón el silencio era absoluto. Tenía la mente paralizada y no sabía qué pensar ni qué hacer. Y lo peor de todo: no tenía nada de sueño.
…oooOOOooo…
Nota del autor: Continurará con un nuevo capítulo el próximo domingo a la misma hora.
Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8.
Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,
El Pobrecito Escribidor





















