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  • Un corazón donde vivir (Parte 9)

    Un corazón donde vivir (Parte 9)

    Nada de sueño

    -Dios, es tardísimo. Me tengo que ir. -Dijo de pronto- Entro a trabajar en diez minutos.

    Gerardo despertó del sueño en que viviendo estaba. La realidad lo aplastó de pronto como un pie a un insecto. Las mariposas se habían posado en el suelo, impasibles.

    -Si sigues este camino recto, llegarás a la casa donde veraneaba la Reina Victoria. Es un lugar precioso, no tiene pérdida. Me tengo que ir, Geri. Pero tú sigue con el paseo, claro.

    No entendía nada. Ella había salido de sus brazos, volvió a separarlos una distancia prudencial y orientó su cuerpo en la dirección por donde habían venido. Mirándola aún con cara de embeleso, con los ojos hipnóticos recuperando poco a poco la conciencia:

    -Te acompaño, tonta. ¿Cómo voy a dejar que te vayas sola por este camino a esta hora?

    -No te preocupes, de verdad.

    -Cayetana, no me importa. -dijo él inflexible.

    Caminaron a paso ligero el camino de vuelta, casi sin decirse nada. Si comentaban alguna cosa, era algún tema banal que no importaba a ninguno. Habían andado un buen trecho y estaban recorriendo aquel camino cada vez a más velocidad. Cayetana iba poniéndose nerviosa e incómoda por momentos. Gerardo lo atribuía a lo tarde que se había hecho y a que, en cierta manera, era culpa suya; pero en el fondo se sentía feliz, las cosas estaban saliendo adelante, más o menos como las había soñado. Después de meses sin verse, estaban compartiendo un tiempo precioso, como si no hiciera tres años que no eran ya nada, ni siquiera amigos. La vida continuaba por donde la dejaron.

    -¿Cuándo volveré a verte? -dijo Gerardo cuando vio aproximarse el final del camino rectísimo con sus dos muros de ladrillos negros que lo flanqueaban a cada lado.

    -Esta noche termino a las 22:30… Las chicas habían comentado de salir un rato a tomar algo después del curro… A las 23:30 puedo estar lista. Te diré algo, ¿qué te parece?

    -Me parece genial. Estaré preparado. -dijo Gerardo pletórico. El camino se terminaba.

    -De verdad que me tengo que ir. -Cayetana aligeraba aún más el paso, echó a trotar. -Tú sigue el camino, ya verás qué bonito es, no pierdas la oportunidad. -y señalaba hacia atrás, por donde habían venido corriendo. -Yo me voy. Te digo algo luego. ¡Adiós, Geri!

    Gerardo vio innecesario salir corriendo detrás de ella. La vio alejarse al trote por la calle principal, en dirección al restaurante. El Abrevadero’s no quedaba lejos de la entrada del camino, donde se quedó Gerard viéndola desaparecer. Sonreía y decía adiós con la mano, mientras se iba haciendo cada vez más pequeña. Aquella imagen le recordó a las, tantas veces evocadas, despedidas en su portal, cuando recorría la distancia que separaba la entrada residencial de la calle donde Gerard la había despedido. Una distancia prudencial a salvo de las miradas indiscretas de padres y hermanos, donde podían besarse y tocarse el cuerpo con cierta tranquilidad. Hoy no se habían besado y el abrazo había sido breve, pero a Gerard no le importaba. Se sentía completamente feliz.

    Una vez que desapareció por fin de su vista, no supo qué hacer. Miró hacia atrás y decidió seguir el consejo que le diera Cayetana, el de seguir el camino hasta la casa de veraneo de la Reina Victoria. Así tendría tiempo para pensar lo que había pasado y lo que pasaría de ahora en adelante, de cuáles iban a ser sus planes. Echó a andar silbando.

    Si las cosas salían como esperaba y todo iba bien, se tendría que mudar a Maynooth. La idea no le desagradaba del todo. Cerca, a unos treinta minutos, estaba la ciudad de Dublín que quizá ofrecía más oportunidades laborales que aquel pueblo perdido en el verde de Irlanda. Podría enseñar español a los interesados por aprender el idioma, que eran muchos en aquel país, cada vez más. También debería encontrar un lugar donde vivir. Mudarse en lo de Cayetana, sin saber exactamente dónde vivía ella, le parecía bastante invasivo. Aunque iniciaran una relación, hacía falta tiempo y espacio suficientes para ir tejiendo los lazos que los unirían a la eternidad y ya no los separarían más. Él debería conocer a sus amigos y a las chicas a las que frecuentaba. Él mismo debería, de hecho, hacerse amigos, quizá entre los de ella o los de su círculo laboral, fuera el que fuera. Quién sabe, quizá el tal Callaghan, con quien Cayetana trabajaba y cuya descripción le había parecido de lo más putrefacta, solo interesado en el rugby, las carreras de caballos y la cerveza fría, fuera un buen tipo al fin, alguien en quien confiar.

    También había que tener en cuenta el cambio de vida que aquello supondría. De cara a septiembre, había conseguido por fin un trabajo fijo, de lo suyo, para lo que había estudiado, con un sueldo sustancioso. Le habían comunicado la noticia unos días antes en Londres, justo antes de venir a Maynooth, cuando estaba con Mogomby tomando un café en la terraza del hostel junto con otros emigrados. Recordaba bien ese momento.

    -You have to do what you have to do. -dijo el sabio de Mogomby mostrando una sonrisa blanquísima sobre la negra piel de su cara amigable. Sí. Tenía que hacer lo que tenía que hacer, es decir, lo que le dictaba su corazón, lo que estaba haciendo en aquellas islas, lejos de casa. Mogomby tenía toda la razón. Dio una larga calada al pitillo y dijo.

    -You are completely right, Mogomby, my friend. Let’s take a beer from the bar.

    Y aquel día se tomaron unas cuantas cervezas a la salud de los trabajos y las oportunidades contradictorias, entre lo que tenemos que hacer, lo que podemos hacer, lo que debemos hacer y a la salud de lo que, al final, hacemos. Mogomby y él hablaban un inglés pobre, cada uno hijo de su lengua materna, por azares del destino, inferior a la inglesa, pero se entendían en lo más hondo, eran hermanos de sangre y piel diferentes.

    Mientras pensaba en Mogomby y en lo que estaría haciendo una sonrisa se había dibujado en su rostro. Gerardo transitaba el camino como un enajenado, en completa soledad, sin darse cuenta del mundo en torno a sí, imbuido por sus pensamientos. Sí. Haría amigos en cualquier parte del mundo. Amigos verdaderos en quienes confiar y a quienes llamar hermanos al cabo de no mucho tiempo. El ser humano podía ser maravilloso y aquellos que desconfiaban del prójimo, que lo fiaban todo a la maldad del otro, eran los que menos habían conocido el mundo, los que no habían salido de su realidad, de su zona de confort. Ahí fuera corría la vida y estaba repleta de amistad, empatía, hermandad y amor. Así veía las cosas Gerardo en el camino verde y recto.

    De repente, el camino se terminó. Una carretera comarcal cortaba su rectitud perpendicularmente formando un ángulo de noventa grados. Al cruzar la carretera, que no disponía de paso de peatones, se llegaba a otra entrada sin vallas, una puerta en el campo que daba a un prado donde, a lo lejos, sobre una loma, se divisaba lo que en otras partes del mundo se habría conocido como pazo, casa señorial o chateau, en definitiva, una mansión para gente adinerada, posible residencia de la Reina en la tierra irlandesa.

    Pensó en seguir el consejo de Cayetana y recorrer el trecho que lo separaba, pero miró la hora y se había hecho bastante tarde. La noche se cernía sobre Maynooth y se había levantado una brisa suave que susurraba entre los árboles palabras inquietantes en otro idioma. No se había cruzado con un solo transeúnte, lo cual le parecía extraño después de todo. La mente, que tiene sus juegos, lo amenazó diciéndole que si por azares del destino encontrara a un asesino en serie, podría dejar su cuerpo tirado en alguna cuneta cercana en aquel lugar y absolutamente nadie preguntaría por él, nadie sabía exactamente dónde se encontraba y aunque aquella era, en cierta manera, la definición de libertad más pura que conocía, también era un estado vertiginoso de la conciencia. Un par de cuervos, grandes como aves rapaces, sobrevolaron su cabeza. Sin duda iba siendo hora de retirarse, lo mejor sería volver al hotel que quedaba justo en dirección opuesta a por donde había venido, al otro lado del pueblo que había quedado muy atrás. Lo mejor sería volver, desandar el camino que hacía un rato había recorrido con Cayetana y solo.

    La sensación de peligro fue intensificándose a medida que se acercaba al pueblo. Era un sentimiento irracional, loco, pero su instinto le decía que algo no andaba bien y que, como le había ocurrido en aquel tren en Londres camino del aeropuerto, no tendría escapatoria. Pero era incapaz de dibujar el peligro, de saber qué era lo que andaba mal en aquel ambiente que se sentía cada vez más pesado, como si alguien lo mirara o una sombra lo siguiera. Los dos cuervos seguían sobrevolando su cabeza, graznando de vez en cuando. Tenía tanto miedo que sentía deseos de chillar. Parecía que entre la maleza unos ojos vacíos lo miraran pasar, como si los árboles revelaran su posición a un espíritu maligno que habitara en aquel camino. Sin que nadie lo viera, echó a correr.

    Llegó a su habitación exhausto. Había venido corriendo desde la calle principal hasta la misma puerta de su cuarto y no estaba acostumbrado. La tarde había ido cayendo y poco a poco se iba haciendo oscuro sin que el sol diera signos de vida detrás de las nubes grises. Una vez que hubo recuperado el aliento sentado sobre el borde de la cama, Gerardo se levantó y se echó agua al rostro. Empezaba a sentirse intranquilo, no sabía dónde meterse, qué hacer. Estaba como un prisionero en una celda, si bien podía ir donde quisiera, no tenía un sitio al que dirigirse. Dio unos pasos hasta situarse frente al ventanal que daba al prado verde donde rebuscaban en la tierra algunos cuervos. A pesar de haber caminos perfectos para la bicicleta, no vio pasar a nadie. Las siluetas de los árboles se recortaban contra el cielo gris y una leve brisa movía la fina hierba picuda.

    Buscó con la vista las cortinas, pero aquel gran ventanal no las tenía. Supuso que los irlandeses no disfrutaban tanto del sol como para andar recortándolo con persianas. Pero Gerardo sentía la necesidad de esconderse, de no ser visto, ni siquiera por los verdes árboles sin ojos que lo divisaban a lo lejos y veían su rostro enjuto como un fantasma. Prendió un cigarrillo y se tumbó en la cama. Por suerte la habitación era tan antigua que no tenía detector de humo y podía fumar lo que quisiera. Mirando al techo pensaba en Cayetana pero no conseguía imaginársela. Sólo era un nombre en su cabeza, pero le costaba evocar el tacto de sus manos, el olor de su pelo que apenas unos minutos había tenido tan cerca de sí, como si su encuentro hubiera sido un sueño breve que el despertar iba borrando como el que sopla una fina capa de polvo y borra un dibujo. Para recordarla, cogió su teléfono y miró en el archivo de fotos, la que hacía un par de meses le había mandado, seguramente cuando se sentía sola en Irlanda y no tenía a nadie excepto él. Estaba desnuda. No llevaba sujetador ni camiseta. Por la expresión arrebolada, parecía una foto tomada al salir de la ducha. Sobre el omoplato izquierdo se había hecho un pequeño tatuaje. Cuando se conocieron, ella no llevaba ninguno. A Gerardo no le gustaban los tatuajes, ni para él ni para nadie. Ahora Cayetana llevaba por lo menos tres, que él supiera, pero no le importaba. Todos hemos cambiado, se decía.

    Get busy living, or get busy dying, decía su espalda en tinta negra indeleble. Gerardo había mirado aquella fotografía digital un millón de veces y se la sabía de memoria, había pensado en la frase más que en cualquier poema: preocúpate de vivir o preocúpate de morir, podría ser una traducción válida, aunque insuficiente. Aquella idea se le había clavado en lo más hondo de su ser y allí estaba, buscándola, preocupándose por recuperarla y estar al fin vivo, de no estar viviendo en la muerte, que era su vida. Quien camina una milla sin amor / se encamina a su propio funeral / envuelto en una mortaja.

    Cuando le escribió esos versos, en aquella conversación inalámbrica, en respuesta a su fotografía, ella no dijo nada. Seguramente no entendió lo que él quiso decirle o, si lo hizo, lo dejó en visto, sin más, y siguió preocupada por vivir. Gerardo llevaba muchas millas recorridas envuelto en su propia mortaja. Quiso explicarle el sentido de aquellos versos de Whitman que tanto le recordaban a ella pero parecía no encontrar el momento. Se los había repetido mientras recorrían el camino verde, pero ella estaba hablando del tal Callaghan y no se había dado cuenta de lo que había dicho. ¿Qué decías? Y sonreía.

    Por el influjo de aquella sonrisa, había olvidado los versos y todo lo que quería decirle. No pudo encontrar las palabras para explicarlos ni para explicarse, así que dijo: nada; sin recordar hasta ahora lo que había venido a decirle: Tú eres la luz que guía los pasos de mi corazón. Caminaré contigo hasta donde me lleven los pies. Y mi andar será feliz.  

    Gerardo sonreía tumbado en la cama. No perdería la oportunidad, luego por la noche cuando ella saliera del trabajo, de decirle aquellas palabras bajo las estrellas, al oído, como un secreto. Luego besaría su cuello, su cara, su boca. Ya no se separarían nunca más y serían felices para siempre. Empezarían de cero, un poco más mayores, pero con el amor intacto. Un rugido salió de las tripas de Gerardo. Tenía hambre, tenía sueño.

    Se despertó al cabo de un par de horas, en completa oscuridad, sobresaltado. Miró a su teléfono móvil: Eran las 23.45. Cayetana le habría dicho algo y se estaría preguntando dónde estaba. Gerardo se incorporó sobre la cama y abrió la aplicación de mensajería. Tenía un solo mensaje de Caye: Hola, Geri. Quedamos mañana a las 11.00 en la cafetería Yoga Market Café para desayunar. Te espero en la puerta. Un beso.

    Tuvo que leer un par de veces el mensaje para entenderlo. Parece ser que al final no iba a salir, seguramente estaría cansada, muchas emociones en un día. Pero aquel cambio de planes lo había sobresaltado: todo lo que tenía pensado para aquella noche había saldado por los aires, verse al día siguiente por la mañana era un escenario que no había planeado. Además, las mañanas son para tratar asuntos profesionales, no de amor.

    En fin, era mejor eso que nada. Empezó a escribir un mensaje y vio que ella estaba conectada. Imaginó que estaba preguntándose por qué no le decía nada. Allí estaré, guapa. Pero no lo vio, hablaba con otra persona. Esperó un rato. Ella se conectaba y se desconectaba de vez en cuando, pero no decía nada. Decidió dejar de espiarla y se tumbó sobre el colchón de nuevo sin saber qué hacer. Las tripas rugían desbocadas, se preguntaba cuántas horas llevaba sin comer algo caliente que no fuera el humo de un cigarrillo y no sabía qué contestar. Decidió salir a comer pero viendo la oscuridad de la calle imaginó que entonces, a esa hora, en aquel país, todo estaría ya más que cerrado.

    El viento ululaba en la calle fría y húmeda entonando una fantasmal canción gaélica.

    Dentro de la habitación y dentro de su corazón el silencio era absoluto. Tenía la mente paralizada y no sabía qué pensar ni qué hacer. Y lo peor de todo: no tenía nada de sueño.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Continurará con un nuevo capítulo el próximo domingo a la misma hora.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 8)

    Un corazón donde vivir (Parte 8)

    Nota del autor: Dejo los enlaces de los capítulos anteriores (primera parte, segunda, tercera, cuarta, quinta y sexta) para quienes quieran (re)leer los capítulos previos de esta historia con comodidad antes o después de leer este capítulo. Este relato encuentra cada día más lectores: os lo agradezco.

    Embelesado sin moverse

    Mientras Gerard esperaba en el cruce no sabía dónde posar la mirada. Veía los coches pasar, los pocos transeúntes aprovechando el escaso sol, los cuervos picotear alguna miga o la nada. No sabía a ciencia cierta por dónde llegaría, así que decidió abrir el libro que traía consigo para que no se le notara la cara de impaciencia o de desespero que imaginaba que tenía, pero no llevaba libro alguno. Decidió quedarse de pie fumando un cigarrillo y mirando un poco a todas partes por ver si la divisaba antes que ella a él.

    Sentía que las piernas le cimbreaban levemente y tenía que hacer leves esfuerzos para no perder el equilibrio. También sentía una rigidez en el estómago como si lo cubriera una capa de hielo. Su corazón pesaba como una piedra dura, pero seguía latiendo.

    El sitio era agradable. El sol había salido, el verde brillaba más y el gris se había atenuado. Los coches pasaban al revés, tranquilos, y el mundo, poco a poco, se iba secando, como si estuviera tendido, suspendido en un espacio-tiempo extraño. En ocasiones se podía sentir cómo el tiempo se solapaba. Gerardo tenía la sensación de haber vivido aquel momento ya, o uno muy parecido a ese, pero no sabía dónde. Cuando despertó de sus cavilaciones y consiguió fijar la mirada, antes perdida, la vio.

    Cayetana estaba al otro lado de la calle, en el costado de la acera donde estaba el bar donde trabajaba, un poco más calle arriba. Era en ese lugar donde hacía un par de horas se habían despedido y otra vez volvían a encontrarse. La miró desde su lado, con una sonrisa tensa y triste, como si pidiera perdón por mirarla. Ella hizo como que no lo veía y siguió esperando a que el semáforo se pusiera en verde, atenta a los pocos coches que cruzaban. Al final decidió que lo mejor sería aprovechar que no veía nadie y cruzó.

    -¿Cómo estás?

    -Ahora estoy mejor. -se le ocurrió decir a él. -Me alegro de volver a verte.

    Ella se lo quedó mirando seria. Eran muchas las preguntas que cruzaban por sus ojos pero no encontraba las palabras para formularlas. Gerard la conocía y había visto esa expresión otras veces. Cuántas cosas se aprenden de la otra persona sin darse uno cuenta del todo, hasta que se aleja, y esos aprendizajes quedan en el alma, secándose, inútiles.

    -Pensaba que estarías en Londres. -dijo ella al fin.

    -Lo estaba… Lo estuve, de hecho, hasta ayer. Pero necesitaba verte. Quería hablar contigo. Nunca quise que todo terminara como… -ella lo tomó de la mano y se calló.

    -Vamos a tomar algo. -Cayetana le soltó la mano pronto, quizá su impulso había sido un gesto aprendido e involuntario. Caminaron callados y separados unos metros, como dos desconocidos que fueran a algún sitio anodino: a sacar dinero o a comprar una bombilla. A Gerardo no le importaba su silencio. Miraba un poco a todas partes y a ninguna. Eran las cinco y media de la tarde y no había casi nadie por la calle, Maynooth no respiraba.

    -Es aquí.

    Llegaron a un bar con las paredes pintadas de granate, muy al estilo de pub irlandés pero sin mimo, un sitio de batalla donde emborracharse de vez en cuando o tomar algo al salir del trabajo. Había un cartel grande escrito con letras ligadas que decía Fitzgerald’s Nest y Gerardo sintió lo de Gerald como una señal positiva del mudo destino. El lugar estaba completamente vacío y parecía estar cerrado. Cayetana intercambió algunas palabras simpáticas con el que parecía el dueño, un guiri calvo con los ojos azules y la piel rosa, el típico veraneante que pronto poblaría las costas mediterráneas. Le sonrió y su cara de vigilante de seguridad pareció dulcificarse un poco, pero cuando volvió la vista hacia Gerardo adoptó el rictus de mono que llevaría siempre. Tomaron asiento en una de las mesas de color caoba, el uno frente al otro.

    -Necesito tomar algo. -dijo Cayetana entre dientes. -Te he pedido lo mismo, si no te importa, así me acompañas.

    -Claro. -Gerardo no entendía nada. Se quedaron callados hasta que Tommy, que así se llamaba el cabeza plateada, trajo dos copas de Martini blanco con hielo y sin olivas.

    -¿Ya no tomas tu café con leche con mucho azúcar? -dijo él en broma.

    -Dejé de tomar azúcar hace tiempo. Cheers. -Y brindaron.

    El sorbo le supo a Gerardo como un tiro en el estómago vacío, pero disimuló la cara de asco. Ella parecía necesitar de aquella bebida espirituosa para afrontar la conversación.

    Más tranquila, Cayetana lo miró por encima de su copa. Un mechón de pelo negro le caía sobre la ceja izquierda. Su mirada lo escrutaba como intentando adivinar sus verdaderas intenciones, como viendo a través de él. Gerard se daba cuenta y se dejaba hacer, sólo le devolvía la mirada intentando no bajar la vista. Al fin se miró las manos.

    -Te preguntarás qué demonios estoy haciendo aquí.

    -Veo que eres todo un lince.

    Gerardo rio la ocurrencia. Por un momento volvió a los viejos tiempos. Cuánto habían reído juntos. Sin duda, aquellas tardes de conversación y risas habían sido lo mejor.

    -No tengo ninguna intención rara, sólo tenía ganas de verte, de saber de ti. No terminamos de la mejor manera, que digamos. Sentía la necesidad de venir aquí y…

    -Verás, Gerard, yo…

    -Sí, ya sé que no quieres nada, que quieres que seamos amigos, y es lo que quiero yo también. Lo único que quiero es que volvamos a ser amigos después de todo y…

    No pudo seguir la conversación. Sentía las lágrimas subiendo por dentro de las mejillas y decidió guardar silencio. Ella posó su mano sobre las suyas y las apretó, comprensiva.

    -¿Cómo está tu familia? ¿Y a tus hermanas? ¿Cómo les va?

    Gerardo agradeció que cambiaran de tema y le explicó lo primero que se le ocurrió. Pronto saltaron de una conversación a la otra y ambos se relajaron. Ahora empezaban a ser dos amigos que se reencuentran después de mucho tiempo y eso era bueno, era sano. Aunque en el fondo del corazón Gerardo albergara la esperanza diamantina de que aquello evolucionara, que fuera el principio de otra gran historia, pero no lo dijo entonces. Disfrutaba de la compañía de ella y a medida que se iban terminando la bebida, iban sintiéndose cada vez más sueltos y confiados. En un momento ella dijo.

    -He dejado al tío con el que estaba para venir aquí contigo, ¿sabes?

    -Seguro que era un capullo. -dijo él bajando la guardia. Ella no dijo nada y terminó el vaso. Los hielos chocaron contra el fondo haciendo un sonido a vidrio. Gerard hizo lo propio y terminó la bebida de un trago. Como ahora se sentía más cómodo buscó con la vista al viejo Tommy para que trajera dos copas más, pero no lo encontró. Probablemente estaría sentado en alguna parte frente a una vieja tele de tubo con pantalla plana mirando las carreras de caballos. Ella se levantó y él la siguió también.

    -A esta invito yo. Espérame fuera. Vamos a dar una vuelta.

    Aquello sonaba bien. Gerardo cogió sus cosas y se levantó. Esperó fuera fumando un cigarrillo mientras ella llegaba. Se sentía genial. Vio a dos cuervos sobre una señal de tráfico y quiso saludarles, hacerse amigo de ellos. Quería trabar amistad con todos los seres. Demonios, lo había conseguido, pensaba, estaba allí con Cayetana tomando algo.

    Ella salió pronto y miró a izquierda y a derecha. Luego se le acercó. Tuvo el impulso de darle el cigarrillo que estaba fumando, como hicieran tantas veces, cuando los compartían. Pareció adivinar las intenciones de Gerard y le dijo que prefería su tabaco.

    Siguieron calle arriba, un poco más cercanos, manteniendo una conversación calmada sobre grupos de música y conciertos en el verano. Al pasar por delante del Abrevadero’s ella comentó que tendría que volver pronto, dado que entraba a las 19h al turno de la tarde y quedaba menos de una hora. A medida que andaban sentía como ella se iba poniendo nerviosa. Gerardo se preguntaba por qué habría de sentirse así. ¿Es que algún peligro la acechaba en aquel pueblo? Si era así, él la protegería de cualquier amenaza, daría la cara, la vida por ella, no tenía que temer a nada. No quería preguntarle por si el tema la incomodaba, pero sentía que algo malo pasaba entre aquel pueblo y Cayetana. Decidió no darle más importancia y seguirla a paso ligero allá donde estuvieran yendo. Cuando estuviera preparada, ella le contaría lo que pasaba, sólo necesitaba tiempo.

    -Te voy a llevar a un sitio que te va a encantar, ya lo verás.

    -¿Ah, sí? ¡Qué bien! -dijo estúpidamente. Se estaban alejando del bullicio de las calles principales, entrando en lo que parecía un parque o zona arbolada. El lugar ideal, pensó.

    Cruzaron una cerca abierta cuyos goznes descansaban sobre unos ladrillos oscuros sin rebozar. Parecía la sempiterna puerta abierta de un jardín, pero no lo era. Un camino de asfalto estrecho, lo justo para dos bicicletas o dos transeúntes, se extendía rectísimo hasta donde se perdía la vista. A los lados en la vereda crecía una fina capa de césped natural, más suave y más verde que cualquier variedad de esa hierba que en el mediterráneo se regaba con agua del grifo. Allí crecía de forma natural, sin esfuerzo. Cercaban el camino, a ambos lados, árboles altísimos y frondosos, cuyas copas eran de un verde oscuro desconocido en su península, con cortezas de color chocolate que parecía que se podían morder. No había nadie a lo lejos ni a la vista. Cayetana se relajó. La amenaza que fuera no estaba en aquel lugar, sino que vivía en el pueblo. Gerardo se preguntaba si no se trataría del tipo que trabajaba con ella, un tal Callaghan, a quien viera cuando había ido a verla al Abrevadero’s y no le había dado nada de buena espina.

    Mientras ella contaba cosas de su trabajo, Gerard iba armando el discurso, lo que le había venido a decir después de tantos quilómetros, tantas penalidades y noches sin dormir. No podía estar allí haciendo como si nada todo el rato, tenía que actuar ya.

    -Ya sabes que no se me da bien mentir y que por eso soy bastante brusco.

    Cayetana guardó silencio, dispuesta a escuchar todo lo que tuviera que decir.

    -Estoy aquí sin más intención que la de verte, Caye. Algo de mí necesitaba… necesita mirarte a los ojos, estar cerca de ti… para seguir existiendo. Cuando decidí venir aquí no sabía lo que pasaría, estoy aquí y todavía no lo sé, pero si algo tengo claro es que no me arrepiento de haber venido. Te miro y… -la miró a los ojos mientras ella le devolvía la mirada con unos ojos grandes y dulces que daban ganas de besar- soy muy feliz.

    Siguieron caminando en silencio. El trazado no tenía una sola curva, parecía que el antiquísimo ingeniero celta había diseñado aquel camino histórico lo más recto posible, seguramente en el equinoccio de otoño o en el de primavera el sol salía o se ponía exactamente por entre los árboles, haciendo que aquello pareciera la vereda que lleva al cielo por la puerta de atrás, una entrada secundaria sólo para alquimistas o enamorados.

    -Geri, cuando te fuiste no supe qué hacer. Me sentí tan sola, tan… decepcionada… Y ahora… No sé qué decirte. Que estés aquí me tiene completamente descolocada, yo…

    -Yo siempre querré a la persona con la que estuve, Cayetana. No sé si es la persona que ahora tengo delante, no sé si yo soy el mismo de entonces. Han pasado tres años… he vivido muchas cosas, he corrido el mundo, he conocido a mucha gente pero nunca he dejado de quererte… O al menos, de amar aquella persona con la que compartí mi vida.

    -No quiero que te culpes. Lo que nos pasó… A veces las cosas pasan porque tienen que pasar. No hay que darle más vueltas. El tiempo que pasamos juntos fue… maravilloso.

    -Una de las cosas que más me duele, que me ha dolido hasta ahora, es que hubieras perdido el tiempo conmigo. Pensaba: Joder, cuántos años invertidos en una relación que no iba ninguna parte… Pero ha pasado el tiempo y, bueno, aquí estoy. Si tú una vez perdiste tu tiempo, ahora lo habré malgastado yo. -Gerardo guardó silencio y dijo. -No sabía que estabas con alguien… no lo supuse porque hablabas conmigo y pensaba…

    -Gerard… No estoy con nadie, tonto. Nunca he estado con nadie igual que contigo.

    Se miraron el uno al otro. Dos mariposas revoloteaban un poco más allá. Eran grandes, con alas negras y naranjas. Daban un poco de reparo vistas de cerca pero eran preciosas de lejos, nunca vistas por Gerardo. Las mariposas siempre han sido un buen agüero. El sol caía en silencio sobre el camino de piedra mientras se miraban. Movidos por el mismo resorte, por una fuerza ajena a ambos, se abrazaron. Juntaron sus cuerpos como dos piezas magnéticas que encuentran los puntos de anclaje. Sintió el cuerpo de ella entre sus brazos y lo estrechó con toda la fuerza de su corazón, que latía enloquecido como una máquina de vapor bien engrasada. Sentía el corazón de ella debajo del suyo, sus pechos contra su cuerpo, el aroma de su pelo tantas veces evocado sin recordarse del todo. Sus manos bajaron y subieron por su espalda, recorriendo un terreno muy conocido y tanto tiempo añorado, aprendido en noches de desenfreno, en días normales donde nada pasa y solo se observa cómo se marcha una bolsa de plástico movida por el viento como un gato callejero, sentados en el banco de un parque o andando juntos. Ambos respiraron hondo, a la vez, y se despegaron sin separarse, metidos ambos entre los brazos del otro, agarrándose ambas manos sin darse cuenta, ejecutando un movimiento íntimo y privado, grácil, que se quedaría tatuado en la memoria del cuerpo.

    -Bésala, idiota. -dijo una voz dentro de Gerardo. Él la miraba embelesado sin moverse.

    …oooOOOooo…

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    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 7)

    Un corazón donde vivir (Parte 7)

    Nota del autor: Dejo los enlaces de los capítulos anteriores (primera parte, segunda, tercera, cuarta, quinta y sexta) para quienes quieran (re)leer las entregas previas de esta historia con comodidad antes o después de leer este capítulo. A los lectores y escritoras que siguen este relato: Gracias.

    El presente, implacable

    Mientras Gerard esperaba en la plaza no sabía dónde posar la mirada. Veía los coches pasar, los pocos transeúntes a aquella hora con ese sol, los pájaros picotear alguna miga o la nada. No sabía a ciencia cierta por dónde llegaría ella, así que decidió abrir el libro que traía consigo para que no se le notara la cara de impaciencia o de desespero que imaginaba que tenía. Cayetana llegaría de un momento a otro, eran las 17:25 de la tarde y hacía bueno. El día se había arreglado después de una mañana de nubes y los colores de la vida parecían más vivos. Abrió el libro por la página que le tocaba y dejó que poco a poco las palabras fueran invadiendo el mundo y lo sumergieran en otra realidad paralela donde una mujer hablaba y hablaba con un tipo muerto recriminándole que fuera la encarnación del hombre perfecto, del padre bueno, mientras a ella le había tocado el papel de ser la mala, de haberle obligado, incluso, a tener que ponerle los cuernos. Gerard pensaba en el drama de aquella mujer incomprendida, absolutamente absorto de la realidad circundante, metido como una sombra en aquel velatorio ficticio, cuando unas manos lo sobresaltaron y taparon la visión del muerto, del libro, del día.

    -¿Quién soooy? -Cayetana había posado sus manos sobre las cuencas de los ojos de Gerard como dos pajarillos que se posaran en sendos huecos de una pared de roca. Sintió sobre sus mejillas, en sus pestañas, la piel cálida y suave de sus manos, la colonia con que había adornado la fragancia que emanaba de su cuerpo joven, terso y firme.

    -Pero bueno, ¿es que no vas a decir nada, tonto? – liberó sus ojos y la luz entró por un momento a raudales y sólo vio blanco, como si saliera al mundo al final del túnel.

    Mientras se ponía de pie, ella pasó al otro lado del banco y se abrazaron fuertemente.

    -Te he echado de menos.

    -Yo también a ti, aunque no haya pasado tanto tiempo.

    -El tiempo es relativo.

    Se miraron a los ojos y los coches, las personas y los pájaros se detuvieron. El corazón dejó de latir y el mundo parecía mostrar su lado verdadero, como si se pudiera ver la realidad que sustentaba todo el trampantojo exterior por un minúsculo resquicio, reflejado en los ojos de Cayetana que lo miraban amorosamente, marrones y árabes.

    Después de un largo tiempo, se acercaron lentamente, volviéndose cíclopes, y se besaron. Lo primero que sintieron fueron los labios cayendo sobre un terreno suave y tierno, como un lugar seguro, como una flor en el desierto. Luego sus lenguas se abrazaron y caracolearon dulcemente mientras las manos sostenían la espalda y el alma del otro. Ninguno respiraba por ese instante, como dentro del agua, como fuera del mundo. Un ordinario, milagroso, único, acostumbrado, inolvidable, beso de amor.

    -¿Adónde vamos? -Dijo ella.

    -Adonde tú quieras. -Contestó él. -Tú conoces mejor este pueblo.

    -Querrás decir ciudad. -Dijo haciéndose la enfadada.

    -Llámalo como quieras. -Dijo él haciéndose el fuerte.

    Subieron calle arriba. Los coches y las personas iban aumentando a medida que la tarde avanzaba. Era un día laborable y la gente atendía a sus asuntos: la compra, los niños, los recados, los cursillos, la vida girando urgentemente hacia ninguna parte. Caminaban el uno al lado del otro sin decir gran cosa, sólo mirándolo todo como si no fuera con ellos.

    Gerardo se sentía el tipo más afortunado de la tierra. Así que esto, lo que le daba sentido a todo, el sentido de la existencia. Cayetana le parecía un ser sagrado, mitológico. Tenía miedo de tocarla y romperla, como si fuera una figura viva de un material muy fino. A su vez sentía miedo de ella, sabedor de que tenía el poder de romperle el corazón en pedazos tan pequeños que luego fuera imposible reconstruirlo. Quería abrazarla y no soltarla nunca, estrecharla contra su cuerpo y llorar sin un motivo concreto. Era feliz e indestructible, porque a pesar los miedos, algo le decía que ella sentía lo mismo que él.

    -Tú no me conoces. -dijo de pronto.

    -¿A qué te refieres?

    -Bajo esta apariencia de persona corriente, soy el superhéroe más poderoso del planeta.

    -¿Ah sí, Freezer? ¿Y eso por qué? ¿Cuáles son tus superpoderes? No he visto ninguno.

    Gerardo se quedó callado de pronto sin saber muy bien cómo continuar la broma. Dijo.

    -Mi superpoder es que soy el ser más afortunado de la tierra, ¡del universo entero!

    -Eso no es un superpoder, es sólo una de tus gilipolleces. Anda, ven y dame la mano.

    -Soy afortunado… porque te tengo a mi lado. -Y Gerardo se sintió idiota de decir eso.

    Los ojos de Cayetana se llenaron de lágrimas y su pequeño cuerpo se llenó del aire de la acera por donde transitaban. Se abrazó a él y cuando lo besaba en la mejilla le dijo:

    -Es lo más bonito que me han dicho… esta tarde.

    Caminaron hablando de temas corrientes de su día a día. Ella le explicó en qué había consistido su vida y él la escuchaba, como habían hecho siempre. Le gustaba conocer su punto de vista, saber cómo había resuelto las situaciones que se le plateaban. Aunque no lo dijera, sus soluciones a las contingencias diarias siempre le parecían mejores que las suyas propias y, en el fondo de su pensamiento, sentía como una piedra pequeña y nigérrima un duro sentimiento de inferioridad, que nunca confesaría para no sentirlo.

    A mitad de la calle, entraron en una cafetería. Entonces aún no lo sabían, pero el sitio se convertiría desde ese día en adelante en un templo para ellos, un refugio en la ciudad donde guarecerse de la lluvia o los problemas. Se llamaba Macchiato y era una franquicia italiana. Había otros bares similares por la ciudad e imaginaban que por el globo entero. La decoración era abigarrada, abundaba la falsa madera y la pintura verde oscura. Si el tubo del extractor cruzaba el techo, se le barnizaba y tenía un aire falso de cobre antiguo, de vieja fábrica del auténtico café. Encontraron una mesa al fondo y dejaron sus cosas sobre el largo banco acolchado que hacía función de sofá público y que ocupaba varias de las mesas para sacarle todo su provecho. Las paredes estaban sin encalar, dejando ver la piedra milenaria de aquel negocio centenario reconvertido en falsa cafetería italiana. Mientras esperaban a que el camarero dejara las bebidas sobre la mesa, Gerardo pensó que aquel era el momento perfecto y tomaba valor para decirlo.

    -¿Qué? ¿Qué miras? -Dijo ella sonriendo, dejando ver todos sus dientes, como se sonríe a los niños. Una mirada sin miedo, sin una brizna de suspicacia, inocente, joven y pura.

    -Tengo algo para ti. -Por fin, abrió el libro que llevaba trajinando en la mano desde que había salido de casa, desde su pueblo. El papel había pasado por mil y una vivencias, pero estaba intacto en la última página de la novela que andaba leyendo. Se lo entregó.

    -¿En serio, Gerard? No tenías por qué… No me merezco esto que haces por mí.

    -Anda, anda… Ábrelo. Tampoco te pienses que es la gran cosa, pero lo he intentado.

    Era un poema. Cayetana lo leyó en silencio. Al cabo de pocos segundos se llevó una mano a los labios. Luego se secó una lágrima tierna con los dedos y siguió leyendo. Gerardo no sabía muy bien dónde meterse ni qué hacer, así que la miraba cuando sacaba las fuerzas para hacerlo, sintiendo vergüenza como si la espiara estando desnuda. A ella evidentemente no le importaba que él la mirara, de hecho, al final levantó la vista y dijo.

    -¡Qué bonito! ¡Me encanta!

    -¿Seguro? Supongo que podía haberlo hecho mejor…

    -Es el mejor poema del mundo, porque lo has escrito tú… para mí… Te quiero, Gerard.

    Y se abrazaron fuertemente. Luego volvieron a besarse. Él sintió las lágrimas de ella en sus propias mejillas y le secó una con la lengua y la otra con el dorso del pulgar. Sintió su calor y su salobridad, era como beber un poquito de su corazón, sangre de ángel.

    De pronto, una sombra cruzó por sus ojos. Camarero los observaba desde la barra. Era un tipo ventrudo, treinta y largos por lo menos, con el pelo salpicado de canas. Los miraba intrigado y sin reparo, como el que está acostumbrado a asistir desde un palco a la representación de las aburridas obras del gran teatro del mundo y hoy echaban algo interesante. Cuando Gerardo lo miró, el tipo volvió a hacer como que ordenaba la vajilla. Al volver su mirada hacia ella, vio que la sombra aún no se había ido, allí estaba.

    -Verás, Gerard. Aquel chico…

    -No tienes por qué decirme nada. No estábamos juntos. Qué importa eso.

    -Pero sé que te duele. No me lo dices, pero lo veo dentro de ti. No quiero que te guardes las cosas, quiero que hablemos de todo lo que nos ocurre, sea bueno o malo. Quiero decirte que aquel chico… no tenía importancia, era sólo un amigo, alguien con quien pasar el rato. No es lo mismo que contigo, y no quiero que te sientas mal por eso…

    -La verdad es que no siento nada, Caye. No hay ningún problema, de verdad. Lo importante no es el pasado, que yo también arrastro. Lo más importante es lo que nos queda por delante, el futuro, nuestra vida. Y sé que lo quiero es pasarlo contigo, me da igual dónde, si es en esta ciudad o en cualquier otra. Nunca más quiero… dejarte sola.

    La piedra negra dentro de su alma pareció moverse con la corriente y caer en un pozo de olvido aún más negro. Lo estaba pasando mal con ese tema. Se había sentido profundamente celoso pero sabía que no podía pedirle cuentas a un pasado donde él no estaba, pero estúpidamente su corazón obstinado se obligaba a insistir una y otra vez en lo mismo, como un acúfeno que puede taparse con otros ruidos, pero que al final quedaba cuando todo lo demás se callaba y decía: Eres peor que él… y ella lo sabe. Pero las palabras y los besos y el olor de Cayetana eran como un bálsamo que todo lo curaba.

    -He recorrido mucho tiempo y espacio para estar junto a ti. No lo voy a estropear nunca.

    -¡Mierda! -dijo ella de pronto- Se me ha ido el santo al cielo… Hoy tenía que irme y…

    Es cierto que al principio de la tarde había dejado claro que tenía que marcharse, volver a sus obligaciones, pero el tema se quedó olvidado entre los acontecimientos que se habían ido produciendo. Cogió el teléfono y se alejó un momento nerviosa, preocupada.

    -Tengo que llamarles. Avisar de que llegaré tarde… ¡Cómo se me ha ido la hora!

    -Tranquila, yo voy pidiendo la cuenta y te veo fuera. -dijo Gerardo con tristeza.

    Él también había olvidado que ella tenía que marcharse, pero no pasaba nada. Al día siguiente podrían encontrar el momento para volver a verse. Él no tenía otra obligación más perentoria que la de verla y se adaptaría a su agenda, que estaba más ocupada.

    Gerardo recogió el poema y lo introdujo de nuevo en el libro. Antes de doblarlo le echó una última ojeada. La verdad es que le había salido bien. Se alegraba de haber escrito aquello. Cuando el corazón tomaba la pluma, podía esperarse cualquier cosa de él.

    Al salir del local, ella estaba en la puerta con un cigarrillo encendido. La tarde se había oscurecido un poco e iba camino de la noche. Al verse se dieron un beso corto y rápido.

    -¿Sabes qué?

    -Evidentemente no lo sé.

    Cayetana pasó sus brazos por encima de sus hombros y Gerardo la agarró por la cintura, como si bailaran en medio de la calle, al son de una música que sonaba sólo para ellos.

    -Al final no tengo que ir a ninguna parte. Puedo quedarme contigo. He podido camb…

    -Síiii. -La tomó por la cintura y dieron vueltas sobre sí mismos. Unas señoras mayores que pasaban se sintieron molestas y mascullaron una breve maldición entre dientes.

    -Ven, -dijo dándole el cigarrillo levemente manchado de carmín- vamos a un sitio…

    Dando una calada y echando el humo hacia arriba en una bocanada perfecta de niebla blanca, Gerardo le contestó que iría adonde ella quisiera, que él no tenía otros planes.

    Se dirigieron calle arriba. La acera era ancha y la avenida estaba sesteada por fresnos a cada lado, como eternos testigos inmóviles de los paseantes de la última hora del día. Pronto saldría la luna y se supondrían las estrellas sobre el cielo encapotado, pero aún quedada un último resquicio de sol en el horizonte. Torcieron hacia la derecha y encontraron una bajada que los condujo hasta el tejado de un recinto ferial. Desde allí arriba podía divisarse toda la ciudad, el barrio del puerto, el mar al final. La tarde se escapaba poco a poco dejando una brisa agradable con sabor a sal. Los barcos mercantes estaban atracados en fila, todos siempre de costado, esperando su turno en una cola que no habría de moverse durante la noche. La ciudad parecía desierta desde arriba de aquella barandilla, apartada de los transeúntes y de los pocos turistas.

    -Este es mi rincón favorito. Me gusta venir a pensar aquí. Cuando estoy sola y me siento mal, aquí puedo sentirme libre. -dijo mientras sacaba un cigarrillo de su bolso de cuero.

    -No me extraña. -Gerardo la abrazó por la espalda, sintiendo su cuerpo contra el suyo, notando una dureza involuntaria en el pantalón. Olía su pelo e intentaba grabar ese olor en el recuerdo, como el relieve de una moneda. Por un momento sintió que ya no la tenía junto a sí, que echaba mucho de menos aquel momento, lo cual era absurdo porque de hecho la tenía entre los brazos y aquello era real, Cayetana estaba allí con él.

    -A veces siento que no estoy aquí. -Dijo ella, como leyéndole en parte el pensamiento. -Siento que no pertenezco a este lugar, a esta ciudad. Me gustaría cruzar ese mar y ver el mundo. Montarme en un barco que me llevara al otro lado del charco, de todos los charcos, y conocer gentes nuevas y paisajes remotos. Encontrar mi sitio en este mundo.

    Gerardo se quedó callado. Miraba los barcos inmóviles sobre el crepúsculo rosa. La oscuridad comenzaba a cernirse por un lado del cielo cada vez más amplio y pronto se haría de noche. El sol era ya un recuerdo y de él sólo quedaba sus ascuas en lontananza.

    -A veces, -continuó- es como si el tiempo se mezclara con el pasado y se pudiera entrever el futuro. Nos veo a ti y a mí en otro lugar, en otro tiempo, recorriendo un camino verde y recto. No hay flores pero sí mariposas negras y naranjas. Es dentro de unos cuantos años y… -su cuerpo se estremeció por un momento y se quedó en silencio.

    -¿Estás bien, Caye?

    -¿Sabes qué? Se me ha ocurrido una idea. ¿A qué hora tienes que volver?

    -Qué tontería. Ya sabes que no tengo hora de vuelta. Tengo todo el tiempo del mundo.

    -Vamos, quiero enseñarte una cosa.

    Se dirigieron hacia el barrio del puerto de la mano. Los pocos transeúntes que quedaban a esa hora no reparaban en ellos porque ya no estaban allí. Cayetana y Gerardo estaban recorriendo un camino recto y verde que habrían de compartir por mucho tiempo. Ambos esperaban que fuera para toda la vida pero aún no se lo habían confesado. Esperaban no tener que volver a separarse nunca, lo cual les parecía lo más probable porque sentían un amor indestructible, a prueba de las balas del tiempo y del espacio.

    Cayetana empezó a correr. A pesar de que llevaba zapatos con tacones altos no se tropezaba, estaba acostumbrada a andar con ellos a todas partes. Gerard la siguió con un trote ligero, llamándola por su nombre y riendo a la vez que ella reía. Ya se habían encendido las luces de las farolas y la gente se apartaba de aquel par de locos corriendo y gritando por la calle oscura. De repente, entró en un portal y sacó una llave del bolso.

    -Esta no es tu casa…

    -Es casa de mi tío. Pasa.

    -¿Tu tío no está en casa?

    -Trabaja mucho y está de viaje. Tengo las llaves porque soy la encargada de regarle las plantas y de ver que todo está bien. Antes de salir de casa las he cogido. ¡Venga, pasa!

    Subieron por el ascensor comiéndose a besos. Ese sería el primer día de muchos otros que pasarían la noche juntos. Algún día llegaría la rutina, los celos, la desconfianza. Pero todo lo superarían sus corazones, que habían cortado su forma a la medida del otro.

    Gerardo se sintió en el paraíso aquella noche en casa del tío de Cayetana. Años después se preguntaría, sobre una cama de muelles en un pueblo perdido de Irlanda, si todos aquellos recuerdos volverían algún día. El futuro era incierto y el presente, implacable.  

    …oooOOOooo…

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    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 6)

    Un corazón donde vivir (Parte 6)

    Nota del autor: Dejo los enlaces de los capítulos anteriores (primera parte, segunda, tercera, cuarta y quinta) para quienes quieran (re)leer los pasos previos de nuestro Gerardo con comodidad antes o después de leer este capítulo. Esta historia encuentra cada día más lectores. Os lo agradezco mucho.

    Su única oportunidad

    Después de dar algunas vueltas y de retrasar el momento de la verdad todo lo posible en busca de unas fuerzas que no acababa de encontrar, Gerardo llegó a su destino. Como hiciera por la mañana, miraba desde el otro lado de la acera la puerta negra del Abrebadero’s, donde sabía que trabajaba Cayetana. Quizá todo había sido un tremendo error, lo mejor sería dar la vuelta y volver a casa, dejar de hacer el ridículo. Nervioso por los pensamientos que lo acuciaban, miró su teléfono móvil y revisó las conversaciones que hasta entonces había tenido con Cayetana. Llevaban unos cuantos meses hablando, a cuentagotas. Aún recuerda aquel día en que le envió una foto antigua, de antes, de cuando estaban juntos y el mundo no parecía tan oscuro como ahora. Gerardo revisó la conversación buscando la fotografía, para darse ánimos y hacerlo.

    Estaban los dos sentados en un banco del parque. Ambos sonreían. Tenían más cara de niños que las que tenían entonces, más inocentes que ahora. Él vestía una chaqueta blanca y ella una vaquera. Sería septiembre u octubre y el cielo tenía esa luz especial que adquieren los atardeceres al final del verano, cuando les gustaba sentarse en un punto de la ciudad donde se viera el mar y dejar pasar el tiempo volar entre las manos y los besos, ajenos a los transeúntes que los miraban de reojo con curiosidad y envidia. La vida parecía perfecta en aquellos días, nadie quería que trascurriera el tiempo y se pasara la tarde, el día, la edad. El futuro era algo lejano y lleno de posibilidades felices. Fue ella quien tomó la fotografía. Decía que siempre salía mal en las fotos, pero en esa estaba preciosa. Gerardo acarició su mejilla sobre la pantalla grasienta del teléfono y sintió una lágrima antigua recorrer un surco invisible en su rostro, un camino acostumbrado. La lágrima cayó por dentro de la piel, por donde más dolía. Le había mandado la foto hacía un par de meses. En el mensaje decía: ¿Te acuerdas? No quiso ver lo que había contestado él. Era una respuesta nerviosa y forzada, apresurada. Como fuere no sirvió para que volvieran a retomar el contacto fluido, de eso era incapaz.

    Guardó el móvil en el bolsillo y pensó en encender un último cigarrillo, pero movido por un resorte se dijo: Ahora, y salió disparado en dirección a los toldos negros del Abrevadero’s con una sonrisa forzada y el gesto concentrado de la decisión tomada. Sintió que sus pies caminaban decididos sobre el asfalto gris como por una cuerda floja. No había nadie en la terraza durante el día gris. No conseguía ver el interior del local desde fuera y adivinarla a ella por entre las mesas. Llevado por la inercia de sus pasos, empujó la doble puerta del local y penetró en la luz tenue del recinto sin ver apenas.

    El local era más amplio de lo que parecía por fuera. Había mesas negras y blancas por doquier, con cuatro sillas cada una. No abundaba la clientela a esa hora, las 15:20 de la tarde. Vio el camarero alto que se paseaba por entre las filas de mesas vacías, recogiendo algún vaso, vio otra chica con el pelo recogido con una cola de caballo ordenando las tazas de té detrás de la barra. No estaba ella. Quizá aquel no era su turno después de todo o se había marchado a casa a descansar. Debería volver más tarde.

    Cuando iba a emprender el camino de vuelta, la vio. Salía de lo que parecía la puerta batiente que daba a la cocina, la cual se adivinaba por los azulejos blancos que se veían a través del ojo de buey. Se acodó frente a la barra e hizo una broma en inglés con la chica que fingía arreglar las tazas de té. La de la cola de caballo le contestó y al girarse para mirarla a ella, lo vio a él detrás y puso cara de: Hello, how can I help you? Cayetana no se había girado, quizá sin entender por qué su amiga no la miraba a ella o no seguía con la coña. Gerardo estaba detrás de ella y no se le ocurrió otra que decir: Can I take a beer? Fue entonces cuando Cayetana se giró y el mundo pareció detenerse.

    Dicen que si la tierra se parara de pronto todo saldría volando por los aires. Gerardo lo sintió en aquellos instantes. Su corazón quería salirse por un costado como un pájaro en una jaula pero sus pies estaban enterrados en el piso del local. Ella lo miró divertida, quizá pensando que aquella voz le sonaba o simplemente extrañada por esa pronunciación tan deficiente de la lengua de Joyce. Se miraron a los ojos después de mucho tiempo, de tanto tiempo. Su expresión se iluminó por un instante como la llama de una cerilla, con el fuego que había ardido antaño, que los había envuelto en tantas noches bajo las estrellas y en cualquier banco del parque, un fuego que pronto se apagó.

    -¡Gerard…! ¡Qué haces aquí! -dijo con la boca abierta, mostrando los dientes inferiores. Tenía la expresión de haber visto un fantasma. La chica de detrás de la barra no entendía nada. -Cariño, ven, dame un abrazo… -Se acercó ligera y sus brazos recordaron la posición justa para albergar su cuerpo en esa memoria que se queda guardada en los movimientos acostumbrados y que pueden pasar inadvertidos toda una vida hasta que se pierden para siempre. Sintió su pequeño cuerpo sobre su camisa arrugada por el viaje. La envolvió con sus brazos cansados sin decir nada, disfrutando del tan ansiado momento cuando pudiera abrazarla de nuevo y sentir el olor de su pelo junto a su rostro.

    Pero algo era diferente. Había algo frío y tenso por debajo de su piel, algo incómodo. La expresión de la chica de detrás de la barra pasó del desconcierto al enfado, como si efectivamente conociera el caso del tal Gerard y aquel tipo no le gustara nada para su amiga de hacía cinco semanas. Él la miró con desafío y observó también al tipo alto de la bandeja, que no se había movido del sitio y los miraba también. Para entonces, Cayetana ya se había separado, había durado muy poco el contacto, y hablaba con su compañera en un inglés atropellado sin saber explicarle muy bien la situación.

    -Pasaba por aquí y he pensado en venir a verte. -Dijo Gerard en su lengua materna.

    -¿Qué quieres tomar?

    La pregunta lo extrañó. Luego recordó que al fin y al cabo estaban en un bar y que ella estaba trabajando. Seguramente aquella era la excusa para encontrar un momento solos.

    -Una cerveza. Cualquiera.

    -Siéntate donde quieras.

    -Vale.

    Tomó asiento en una de las muchas mesas vacías que había en el local. El tipo alto pasó a su lado y Gerard tuvo ganas de partirle la cara de pelirrojo sin un motivo aparente. Cayetana iba de aquí para allá. Estaba nerviosa, sin saber qué hacer ni cómo ponerse. Él también se sentía nervioso pero tenía la ventaja que estaba sentado y podía hacer como que miraba por la ventana y veía los coches pasar y los cuervos saltando en la acera.

    -¿Cómo se te ocurre venir hasta aquí? -Dijo con la cerveza sobre la bandeja. No sabía manejarla muy bien, debería hacer poco que hacía ese trabajo. Estaba en Irlanda huyendo de su vida anterior, como en esas películas donde la chica se marcha a otro estado en fuga de un maltratador o un peligro inminente. Gerard intuía eso en su voz.

    -Tenía ganas de verte.

    -Mi turno acaba a las cuatro. ¿Qué vas a hacer? ¿Te quedas a comer aquí?

    Gerard miró su muñeca fingiendo no saber la hora que era. Sentía los movimientos como dentro de un reloj de arena, cada vez más pesados por la acumulación de tierra en torno al cuello. No entendía la pregunta. Lo último en lo que pensaba era en comer.

    -¿No dices que terminas a las cuatro? Queda media hora. Salgo contigo.

    Se marchó con la bandeja vacía y volvió al cabo de poco tiempo con una versión irlandesa de patatas bravas. Al fijarse en la decoración, Gerard percibía que el sitio era una mezcla de hispanidad: lo mismo había sombreros mexicanos colgados que castañuelas y trajes de flamenca. Era una mezcla de mal gusto aquel colorido sobre el fondo negro, pero los guiris deberían percibir aquello como el colmo de la autenticidad, como cuando los europeos van a un restaurante chino y lo mismo el león de la puerta y la grulla de la vajilla no tienen culturalmente nada que ver pero da el ambiente asiático.

    Quiso decirle lo que le parecía el local a Cayetana, pero se marchó pronto. La verdad es que no había tanta gente como para no poder intercambiar dos o tres palabras de vez en cuando: el local estaba casi vacío y había camareros de sobra. De hecho, ella pasaba tiempo hablando con sus compañeros, seguramente de él, y a ninguno les hacía gracia.

    Estaba acostumbrado a no agradar a los amigos de ella. En su ciudad, sus amistades le habían parecido gente frívola y sin interés, que al cabo de una hora resultaban insoportablemente mediocres. No entendía cómo ella podía relacionarse con aquella gente y no preferir la compañía de los amigos de Gerardo, los raritos de la última fila que fumaban mucho tabaco y escuchaban rock en lugar de rap y leían libros raros y películas de la época cuando sus abuelos iban en pantalones cortos. A Cayetana le encantaba pasar tiempo con los amigos de él y era una más en el grupo, intervenía y sabía tanto de tabaco, de rock, de películas y de cosas raras como todos ellos juntos. Era, a pesar de ser guapísima, una chica rara y preferiría la compañía de su gente.

    O eso le parecía a Gerardo. Las patatas estaban asquerosas, estaban poco fritas y la salsa era insípida. Aunque llevaba sin comer muchas horas, si no días, no logró terminarse el plato. La cerveza estaba templada y resultaba también imbebible. Maldijo la gastronomía irlandesa, era imposible aguantar demasiado en ese país con aquella comida. ¿Cómo conseguía hacerlo Cayetana? Volvió al cabo de un rato. Se había quitado el delantal de trabajo que llevaba amarrado a la cintura y se había cambiado de ropa. Había dejado el uniforme negro en algún lugar del local y se había puesto pantalones vaqueros y una sencilla camiseta a rayas azules y blancas estilo marinero. Tenía los labios y los ojos maquillados levemente. Llevaba el pelo corto, se había hecho ese corte un tiempo después de que lo dejaran y se lo había dejado así. Igualmente estaba preciosa. Los ojos negros y grandes lo miraban con una dulzura contenida.

    -Ya terminé. ¿Vamos?

    Salieron juntos del local, ella un poco adelantada y él detrás como un animal tímido y obediente. Los compañeros la despidieron y obviaron la presencia de Gerardo. La chica de la cola de caballo le dijo en inglés que si necesitaba cualquier cosa sólo tenía que llamarla. Gerard empezaba a sentirse molesto con todo ese teatro. Quizá no se había portado bien con ella, sobre todo en los últimos momentos, en aquel último día, pero no era un violador ni tampoco un agresor de ninguna clase. No iba a perseguirla hasta el fin del mundo reclamándole su obediencia y su lealtad. Si estaba allí era porque pensaba que una parte de ella, aunque quizá minúscula, aún lo quería y que aquel rescoldo, aquella chispa, podría encender el bosque de lo que un día hubo sido el amor de su vida.

    -Tus compañeros me miran como si les debiera dinero.

    -No se lo tengas en cuenta. Me han ayudado mucho.

    Ella caminaba rápido, mucho más de lo que recordaba por los largos paseos que habían recorrido juntos durante tanto tiempo. Ahora se alejaba deprisa del ámbito del restaurante, calle abajo, en dirección, sin saberlo, a la siniestra abadía universitaria donde Gerard se alojaba. Si seguían ese camino, en cuestión de diez minutos llegarían a las puertas del campus y, quien sabe, podrían subir a descansar un rato y a ponerse al día. Gerardo se sentía feliz en su fuero interno. Todo estaba saliendo, más o menos, como lo había soñado. El día se iluminaba por momentos a pesar del cielo gris y los siniestros cuervos de pico negro sobre los semáforos y las señales de tráfico.

    -Pues yo ahora he quedado con uno… -dijo ella de pronto, entre dientes, mirando hacia todas partes por si aparecía aquel “uno” y los veía andando calle abajo como desconocidos. No añadió nada más y Gerardo sintió como su corazón dio un temblor y se detenía. En ese instante sintió una sacudida como si le hubiera caído un rayo encima.

    Parada frente a él, más nerviosa e incómoda si cabe por la situación, se encendió un cigarrillo. Gerardo se rascó el cogote, se frotó el cuello, se aguantó las lágrimas y dijo.

    -Bueno, bueno, bueno… Pues nada…

    -No, no… a ver… Le digo que…

    -No, no, tranquila… Haz tus planes, haz tus planes…

    Sin saber muy bien qué hacer, los pies de Gerard empezaron a iniciar la retirada calle abajo, siguiendo el camino que ella había detenido. Sentía el ridículo subiendo como la espuma desde los tobillos, pasando por sus gónadas, hasta detrás de las orejas, buscando los ojos y estallar en lágrimas saladas y estúpidas. Puso cara descompuesta pero no quiso que ella lo viera y se fue retirando de medio lado, como el que se despide con la mano y sigue su camino porque tiene prisa, como si fuera a él a quien esperaban a las 16:15 en algún sitio. Ella se quedó mirándolo angustiada, sin saber qué hacer ni decir.

    -Geri, te llamo luego y te digo algo.

    -Vale, vale. No te preocupes.

    Gerardo retomó el camino al hotel sin mirar atrás. La pena y el ridículo ya anegaban sus ojos en lágrimas incontenibles que pugnaban por caer al suelo. Apresuró la marcha antes de que tuviera que verse obligado a frotarse los ojos y hacerle ver a ella que lloraba si es que estaba viendo cómo se alejaba. No se giró para descubrirlo y, casi sin ver, no dejó que se le escapara una lágrima hasta que llegó a la altura del Castillo de Maynooth cuyas ruinas se alzaban al cielo como dientes podridos y cariados. Un cuervo graznó.

    Estaba al final de la calle y siguió la marcha lloriqueando hasta entrar en el solitario recinto del campus, unos cinco minutos más tarde. Sentía rabia, impotencia, incertidumbre. Quería tumbarse en algún sitio y dolerse como un perro herido, buscar con la lengua la herida y lamer y gemir hasta que se aliviara o se muriera por fin. Atravesó los verdes jardines, las grises paredes de los muros. Pasó por entre los cuervos cuyo número aumentaba por doquier mientras aquellas alimañas lo miraban con curiosidad, como si valoraran si entre todos podrían comerse a aquel despojo humano.

    Entró en el portal abierto, atravesó el pasillo con techo de bóveda, subió las escaleras, encontró la puerta de su habitación y la abrió. En todo aquel camino no se había encontrado con absolutamente nadie y una voz le preguntó cómo sería pasar una noche a solas en un lugar tan espeluznante como aquel sitio, como esa habitación con grifo y espejo frente a la cama. Se tumbó sobre las sábanas y ahogó un grito sobre la almohada.

    Un grito que no oyó nadie, ni siquiera los cuervos que parecían picotear el duro cristal del ventanal que abría la visión en un lado de la pared y dejaba ver el jardín verdísimo donde se acumulaban aquellas aves negras, en aquella hora, a ver un hombre desolado.

    Gerardo no podía dejar de preguntarse: Si estaba con un tío, ¿por qué hablaba conmigo? Partía de la lógica de que si Cayetana estaba en una relación no hablaría con él. Aquello era deshonesto, impropio de ella, de la Caye que había conocido durante tanto tiempo.

    Quizá era algo pasajero. Un rollo de una noche o de una tarde y la casualidad había querido que fuera en el día en que él había llegado pero, en ese caso, ¿no podría haber cambiado los planes? Al fin y al cabo, los imprevistos podían surgir. Quizá el tipo era demasiado importante para ella como para posponer el plan, a lo mejor no había sabido qué hacer al verlo allí plantado, en su restaurante, en el último sitio donde esperaba encontrarse a alguien conocido. En ningún caso la culpaba, sólo se sentía perdido.

    El teléfono sonó. Le había llegado un mensaje. Miró con esperanza y lágrimas: era ella.

    -¿Quedamos en el cruce a las 17:30?

    Así que sí. Había cambiado de planes para verlo. Se había dado cuenta de su error y querría pasar tiempo con él, saber qué andaba haciendo allí, qué tenía que decirle. El rollo, el amigo, podría esperar un día. Gerard aprovecharía su momento para brillar.

    -Allí estaré. -contestó.

    Se tumbó bocarriba. Pensaba en lo que le diría. Aquella sería su única oportunidad.

    …oooOOOooo…

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    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 5)

    Un corazón donde vivir (Parte 5)

    Nota del autor: Dejo el enlace de la primera parte, el de la segunda, la tercera y la cuarta para quienes quieran (re)leer los capítulos previos de esta historia con comodidad antes o después de leer este capítulo.

    Un día inolvidable

    La llegada a Dublín se produjo sin incidentes. Para ser una capital europea, Gerardo pensó que el aeropuerto resultaba bastante minúsculo. Seguramente porque no era un destino turístico tan habitual como Londres o Barcelona. En cualquier caso: mejor, más fácil sería encontrar la salida y la parada de autobús que habría de llevarlo a Maynooth.

    Se bajó del autobús cincuenta minutos después de subirse, en la parada de autobús 3966 del pueblo de Maynooth, Irlanda, a las 12:30 de la mañana. Le había costado más de lo previsto encontrar la línea de transporte correcta y, además, justo al llegar a la parada, su vehículo ya estaba emprendiendo la marcha. Tocó esperar en la parada una hora entera, completamente solo, hasta que volviera a aparecer el siguiente. Pasó el tiempo fumando y dejándose acariciar por el sol irreal de Dublín, que daba al mundo una luz de sueño.

    Una vez en la parada de Maynooth, comprobó que el tiempo había cambiado y la mañana se había vuelto de un gris ceniciento sin nubes ni cielo azul. Miró a derecha y a izquierda sin saber muy bien adónde dirigirse y vio a unos cien metros un McDonald’s. Llevaba mucho tiempo sin comer algo decente, así que decidió acercarse al restaurante a llegar el estómago. No obstante, a mitad de camino, dio media vuelta y se dirigió hacia el centro del pueblo, que quedaba justo en dirección contraria al restaurante de comida rápida y se adivinaba por el bullicio de los coches y peatones que se oteaba a lo lejos.

    Gerardo sólo sabía dónde trabajaba Cayetana: un restaurante de cocina española llamado Abrevadero’s que estaba en la calle principal que cruzaba el pequeño pueblo que no debería de tener más de cinco mil habitantes en la zona centro. Mientras caminaba en dirección a su destino final, Gerardo sentía los pies pesados y la boca seca. Había pasado por mucho, comiendo y durmiendo poco, con menos dinero del necesario, pero allí estaba. A lo lejos se distinguía un cruce de semáforos y farolas negras con árboles sin hojas que arañaban el cielo color panza de burro. Algunos transeúntes se cruzaban en su camino y le dedicaban una mirada de soslayo, como se hace con los vagabundos o las personas que consideramos potencialmente peligrosas. El aspecto de Gerardo no era el mejor de su vida: demasiada noche en vela y suelo duro en la espalda.

    En el cruce con la calle principal, los coches pasaban de un lado a otro sin demasiada prisa. Comprobó en su teléfono móvil la dirección que le indicaba dónde se situaba el restaurante y lo sorprendió comprobar que estaba allí mismo, justo en frente de él, a unos pocos pasos después del cruce de caminos donde se hallaba, en la acera de enfrente. El sitio tenía el toldo negro, como todo el mobiliario urbano de esa calle, de ese pueblo, de ese país, y una terraza de mesas del mismo color donde no se sentaba nadie. Unas flores de plástico decoraban unos parterres que servían de frontera entre la terraza y la calle en un mundo donde no existía el concepto de tomar una cerveza en la terraza al solecito con los amigos o familiares. Las sillas estaban húmedas por la reciente lluvia o por la humedad que se respiraba en el ambiente y que volvía el aire mantecoso y frío. Decidió encender un cigarrillo y mirar el lugar desde la acera de enfrente, a ver si estaba ella en aquel turno y se decidía a entablar una conversación.

    Buscó por entre los bolsillos de la chaqueta, en los tejanos, incluso en la pequeña maleta que arrastraba por la calle. Maldita sea, se dijo, se había olvidado la pitillera de Dylan en el autobús que lo había traído. Casi podía verla caída en el suelo mientras dormitaba después de liar unos cinco cigarrillos para el camino. ¡Me cago en la mar! Dijo esta vez en voz alta mientras sus manos revolvían nerviosas, impacientes, la ropa doblada.

    Al levantar la vista, vio que alguien había salido del Abrevadero’s, que quedaba unos pocos metros más allá. Vestía camisa negra y pantalones igualmente negros, con delantal de camarero. No era ella. Se trataba de un tipo alto y pelirrojo que había salido para fumar un cigarrillo y lo miraba con curiosidad. -Otro español. Debía pensar. O quizás le atribuía otra nacionalidad más exótica, como francés o mexicano. Casi estuvo a punto de acercarse para pedirle un cigarrillo y preguntar por Cayetana, pero se lo pensó dos veces. Casi podía verse con los ojos de aquel camarero alto, del otro lado de la calle: un tipo de ropas arrugadas, ojos hundidos por el cansancio, el pelo revuelto. No era su mejor imagen para dar una sorpresa agradable, más bien para dar un susto. Decidió que lo mejor sería acercarse al hotel y descansar un poco, tomar una ducha, hacer de vientre, cambiar los aires. Agarró su maleta sin mirar más al tipo fumador del otro lado de la calle y se dirigió avenida abajo, en dirección a otro punto azul que le marcaba su dispositivo móvil. Todo el mobiliario urbano era del mismo color: el negro.

    Las casas eran bajas, la calle ancha a pesar de ser antigua y no había bloques de pisos a la vista. Los negocios eran pequeños, incrustados en la fachada de los pequeños edificios con rótulos de colores fríos: azul, verde, morado. Auténtica pizzería italiana que no desprendía un olor apetecible, banco irlandés de nombre impronunciable, restaurantes donde no sabía si se podía comer o se dedicaban sólo a servir copas como el Fitzgerald’s Roost o el Brady’s. Al fondo se distinguían unas torres de piedra, el Maynooth Castle, como sabría más adelante. Estaba acostumbrado al paisaje europeo por otros viajes que había realizado en esos últimos tres años, pero en aquel rincón veía algo que lo sorprendía y lo asustaba a un mismo tiempo: estaba lleno de cuervos.

    En vez de palomas, los cuervos poblaban las aceras, se posaban en las farolas y los semáforos, lo veían pasar señalándolo con el pico y mirándolo con ojos inteligentes, completamente oscuros. De vez en cuando graznaban y parecían reparar en Gerardo, diciéndose unos a otros: este no es de aquí. Por su valor simbólico, este animal despertaba en él los más negros augurios que pudiera albergar su corazón, no obstante para los transeúntes aquellas alimañas formaban parte del paisaje habitual, como las palomas o los gorriones, y nadie reparaba en ellos excepto Gerardo, quien a medida que avanzaba calle abajo sentía cada vez la necesidad más imperiosa de salir corriendo.

    Por desgracia, el paisaje tenebrista no mejoraba a medida que se aproximaba a su destino. Contrariamente a lo acostumbrado, el día se iba volviendo cada vez más gris a medida que se acercaba el mediodía y amenazaba lluvia. Aceleró el paso a la altura del castillo del pueblo, cuyas ruinas parecían encantadas, y salió de la calle principal cruzando un parque amplio de altísimos árboles verde oscuro. Al fondo se levantaban los edificios de la que iba a ser su casa durante el tiempo que estuviera en aquel pueblo: la antigua Universidad Pontificia de San Patricio. Era el alojamiento más barato y más céntrico que había conseguido encontrar, así que no le importó su aspecto austero y mortuorio, síntesis arquitectónica entre cementerio, convento e internado. El silencio era absoluto y Gerardo podía escuchar sus pasos sobre la gravilla grish-grish-grish mientras se aproximaba a lo que parecía una muralla que delimitaba el recinto del edificio.

    En la parte interior de un túnel oscuro que cumplía las funciones de portal encontró la recepción iluminada. Fue un alivio volver al mundo civilizado, como cuando en un videojuego de terror uno entra en un edificio y espera que allí no vayan a aparecer monstros todavía, que tendrá un momento de descanso para templar los sentidos antes de continuar la partida. Pensaba en esas cosas absurdas mientras esperaba a ser atendido por una recepcionista que no terminaba de llegar, en la sala vacía, que bien mirada, resultaba igualmente inquietante a pesar de la luz cálida y los sillones cómodos a un lado, como si fuera un trampantojo, una trampa, sólo el decorado de la casa de la bruja.

    Gerardo intentaba detener su imaginación pero no podía. Lo achacó a la falta de sueño y de comida, el pensamiento racional se le iba como por un embudo y tenía que hacer verdaderos esfuerzos por no dejarse llevar por un sentimiento extraño de nerviosismo, esperanza, miedo y emoción que no sabía dónde lo llevaría. Por fin llegó la recepcionista. Era una chica hippy con rastas, piercings y tatuajes. Lo sorprendió que alguien como ella atendiera el hotel de una estrella de la Universidad Pontificia, luego pensó que quizá se debía a un plan ocupacional del gobierno irlandés la presencia esa chica allí. Pensó en que era lo suficientemente guapa como para intentar algo si no estuviera allí por una razón mejor, y como nunca se sabía, fue simpático y le dedicó una sonrisa amplia a pesar de que lo había tenido esperando más de media hora bajo la atenta mirada del vacío. La chica ni siguiera lo miró cuando le pidió la identificación y la pasta. Mientras tecleaba en su ordenador, pensó en preguntar algo, por el simple hecho de hablar con un ser humano, pero aquella rastafari, Laura, según decía en la plaquita plateada que colgaba sobre su pecho, no le prestaba la menor atención, de hecho hacía su trabajo con una expresión de desprecio absoluto, quizá por sus pintas. Aquello lo enfadó, quién era la tal Laura para juzgarlo a él, se suponía que los hippys miraban el fondo del corazón y no la ropa. Otra falsa en un mundo hipócrita, sólo imagen y vegetarianismo sin convicción. O quizá la chica no tenía ningún interés por él ni por su trabajo y estaba allí obligada cuando podría estar escuchando reggae.

    -Do you like Bob Marley? -Se le ocurrió preguntar a Gerardo para romper el silencio.

    -Here you are. -Se limitó a responder ella dejando un llavero color granate con el número 216 grabado sobre el plástico duro y dos llaves antiguas, como las de su abuela.

    Gerardo se limitó a coger las llaves y a preguntar.

    -Where I have to go?

    -Just follow the line. -Y señaló una tenue línea azul que se dirigía hacia la calle.

    Sin más explicación, abandonó la recepción de aquel lugar y volvió a salir al patio gris de la Universidad, encuadrado en cuatro alas de edificios. Parecía que la línea azul continuaba recto hasta unos cien metro más allá. -¿En serio? -Se dijo Gerardo. No quedaba otra que caminar, a pesar de que su habitación parecía estar al final de la línea azul, al otro lado del rectángulo que formaba el amplio recinto, por donde no pasaba nadie. No quiso pensar en cómo sería aquel lugar en plena noche si ya al mediodía era de lo más inquietante. Arrastró su maleta por el camino de asfalto y llegó al portal.

    La línea azul continuaba a lo largo de una bóveda interior que hacía las funciones de pasillo. En las paredes había cuadros de promociones de aquella universidad: todos hombres vestidos de cura con colores negros, lavanda, púrpura y granate. Miraban a la cámara, es decir a Gerardo, con una expresión contrita y misteriosa, como Mona Lisa.

    Sin mirar demasiado a los lados, notando la mirada de las fotografías antiguas en su cogote, encontró la puerta del ascensor. Como su habitación era la 216, supuso que esta se encontraba en el segundo piso, así que pulsó el botón y esperó al montacargas. Ninguna luz se iluminó y en el largo pasillo solitario no se oía el ruido acostumbrado de los motores al accionarse. Un tipo con pinta de Woody Allen, aunque más alto y más rosa y con el pelo más blanco, estaba bajando las escaleras y le dijo que no funcionaba el elevador. Antes de que pudiera responder y darle las gracias, ya se había marchado, lo cual lo intranquilizó todavía más al sentirse tan perdido y tan solo en aquel lugar.

    -¿Qué estás haciendo aquí, Gerardo? -Se preguntaba. Cogió la maleta, avergonzado sin saber por qué, y se dirigió hacia las escaleras que quedaban al lado. Los peldaños de madera vieja y gastada crujían a cada paso. En el piso superior, el mobiliario era mucho más antiguo y las paredes estaban pintadas de color azul celeste y blanco, que no compaginaba nada con el paisaje ni el cometido de ese edificio. A lo largo de un pasillo tenuemente iluminado de puertas blancas, algunas gastadas por el tiempo, pasando por unas cómodas y baúles de aspecto desvencijado, encontró el 126 a mitad de corredor.

    Hizo girar una de las dos llaves y entró en la que sería su habitación. Se parecía más a la celda de un seminarista de principios de siglo -que era lo que en realidad era- que al cuarto de un hotel. Había una cama de noventa con un crucifijo vacío colgado en la pared sobre el cabecero. Justo al lado había una pica amplia y antigua donde poder asearse, con un grifo de dos manivelas para el agua caliente y fría. En la pared de enfrente se situaba una mesa estrecha de madera barnizada y junto a ella un armario empotrado. No había televisión, aparato poco adecuado para la meditación y el sosiego monacal, pero en su lugar había un gran ventanal con alfeizar donde uno podía sentarse a leer y disfrutar de las vistas a un campo de yerba verde y árboles altos al fondo, donde poder tumbarse a tomar el sol idílicamente, cuando lo hubiera, porque aquel día y en aquella hora estaba completamente desierto. -No está tan mal después de todo. -Se consoló haciendo una vista general y obviando el aspecto tétrico que aquel lugar albergaba. Sin querer acordarse demasiado de posibles fantasmas, se tumbó sobre el colchón de muelles antiguos, probablemente anterior a su natalicio, donde habrían dormido generaciones de seminaristas antes que él, quizá alguno pasó la tisis allí.

    Miró tumbado hacia el techo alto. En una esquina distinguió una enorme telaraña. Esperaba que no bajara la dueña descolgándose por un hilo apenas visible hacia su cara dormida. Seguro que el bicho que había tejido semejante entramado sería enorme. No quiso darle demasiadas vueltas y recordó lo que decía siempre su abuela: las arañas dan suerte. Estaba agotado pero no tenía sueño. En aquel país no existían las persianas y la luz mortecina del medio día entraba a raudales y no lo dejaría dormir bien. Comprobó la hora en su teléfono móvil. Eran las 13:30. Algo le decía que no había tiempo para descansar. Debía salir de allí y prepararse. Hacer por fin lo que se proponía y luego ya se vería. Había llegado demasiado lejos como para rendirse ahora. Tenía miedo de no conseguirlo, de cagarse en los pantalones y dar marcha atrás, de salir corriendo por donde hubo venido y olvidarse del tema. Sólo que Gerardo nunca se lo perdonaría.

    Se levantó de la cama de un salto y empezó a deshacer la maleta. Tomó la única camisa que tenía, arrugada pero limpia, y se dirigió hacia los baños comunes al final del pasillo. Se duchó solo entre los antiguos azulejos blancos. El baño estaba tan pasado de moda que aún había una bañera sin cortinas donde se aseó lo mejor que pudo. De nuevo en su cuarto, se afeitó en la pica de su habitación y se miró los ojos en el espejo largamente.

    -Puedes conseguirlo.

    Su rostro demacrado y limpio le devolvía la mirada con unos ojos fieros, locos, hambrientos. El ojo del tigre o la mirada del lobo, no sabía. Aquellos ojos hidrópicos que iban a calmar su sed en los de Cayetana en poco tiempo, lo que tardara en llegar a su restaurante, donde algo le decía que ella estaba trabajando en ese turno, a esa hora.

    Eran las 14:30 de un día, para bien o para mal, inolvidable. Sabiéndolo, salió a por ella.  

    Nota del autor: ¿Te está gustando este relato? No dudes en dejar un comentario y susciribirte. Subo contenido al blog todos los domingos. También dispones de las historias que ya se han publicado hasta la fecha haciendo clic aquí.
    Nos vemos, corazón. Un abrazo
    y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 4)

    Un corazón donde vivir (Parte 4)

    Nota del autor: Dejo el enlace de la primera parte, el de la segunda y la tercera para quienes quieran (re)leer los capítulos previos de esta historia con comodidad después de leer esta parte.

    Su voz la llamó

    Al cerrarse la puerta del ascensor, notó su lengua húmeda y caliente abrazando la suya. Gerard abrió mucho los ojos por la sorpresa, pero pronto los cerró. Abrazó el cuerpo de Cayetana y sus manos recorrieron la totalidad de su perfil: pelo, cuello, hombros, brazos, caderas y vuelta a empezar. Sus movimientos eran nerviosos pero acompasado con los de ella, que lo abrazaba por debajo de la ropa con una mano mientras con la otra buscaba la hebilla de su cinturón. La puerta se abrió de pronto y un vecino esperaba en el rellano. Ambos disimularon en silencio. Saludaron con la cabeza y siguieron adelante mientras ella buscaba las llaves de su apartamento en el bolso blanco. El viejo, desde el elevador, los miró curioso y luego pareció sonreír con dientes torcidos y amarillos. De alguna manera, la cara de aquel señor le resultaba bastante conocida. Cosa imposible allí, pensó de pronto. Cayetana consiguió abrir la puerta y tiró de su mano hacia dentro.

    Gerardo no recordaría mucho la decoración de aquella estancia. Había pocos muebles y las paredes estaban pintadas blanco. La luz del techo era amarilla y daba la sensación de ser un lugar frío. Un espacio de paso como un túnel. Poco le importaba a Gerardo la pobre decoración, que atribuyó enseguida a la poca vida que se hacía en aquella casa. El lugar estaba completamente vacío y si alguien iba allí de vez en cuando, hoy no estaba. Cayetana lo condujo de la mano por el pasillo de luces cenitales. Notaba su mano caliente, tanto tiempo añorada, entrelazada. Su pelo negro se mecía a cada paso que daba y su figura se dibujaba a contraluz en lo que para él era una perfecta Venus mediterránea: caderas anchas, hombros estrechos, pasos elegantes, movimientos ligeros. Pronto llegaron a la habitación sin encender más luces. Pasarían por un tramo de absoluta oscuridad, pero Gerard se sentía seguro y feliz como guiado por un hada buena.

    El cuarto de Cayetana estaba tan sobriamente decorado como el resto de la casa y eso lo extrañó. Siempre había sido una chica muy primorosa que le gustaba tener las cosas a su gusto, hacer de las estancias su espacio, su nido. Puro instinto de mujer. Por eso aquella habitación le parecía tan extraña, pero tampoco le dio importancia: seguramente hacía muy poco que estaba allí, además no había tiempo para pensar tanto. Por fin la tenía entre sus brazos, en un lugar, aunque un poco sórdido, íntimo, donde dar rienda suelta a unos años con el corazón vacío. La buscó en la oscuridad mientras sus ojos se iban acostumbrando a la tenue luz que entraba por un ventanal que no pudo ver, porque sus ojos se centraron en las líneas y contornos que dibujaban la figura de Cayetana. Ella no decía nada ni él tampoco. Se limitaban a besarse sin tregua. Sólo se oía en salpicar de las bocas al encontrarse, entrechocarse y vuelta a empezar. En uno de esos besos largos y húmedos ella se separó un poco. Puso sus labios carnosos junto al lóbulo de su oreja derecha y lo mordió. Sintió su boca empapada por la saliva del hambre y del deseo. Gerardo tembló y un escalofrío resbaló por su espina dorsal desde el coxis a la coronilla.

    -Gerard… -dijo mientras introducía su lengua por entre su oreja, algo que si bien no le gustaba mucho, no consiguió que dejara de sentirse excitado, con la cremallera del pantalón a punto de saltar por los aires. -Desnúdame. -dijo lentamente al separarse.

    En ese instante sintió sus brazos pesados, como si un invisible fardo de arena hubiera sido atado en cada una de sus muñecas y le impidiera moverse con rapidez. Aún así hizo su mejor esfuerzo para pasar las manos por debajo de el vestido de ella, blanco y con volantes, y subir desde los muslos, pasando por el tacto sedoso de su ropa interior, deteniéndose en abrazar sus generosas nalgas que siempre le gustaron tanto, subir despacio por su espalda, siempre por debajo de la ropa, hasta encontrar sus axilas, sus pechos tersos y duros, generosos también a la medida de sus manos grandes, y llegar a sus brazos hasta pasar el vestido blanco por encima de su cabeza y que cayera al suelo como el velo mágico de una náyade de las hespérides. Ella seguía besándolo en el cuello, la barbilla, la boca. Sus manos rozaban el endurecimiento de su pantalón vaquero que prometía la fuerza de las piedras y la suavidad irresistible de la carne.

    Los dedos de Gerardo buscaron el broche de su sujetador y lo deshizo en un movimiento ágil, acostumbrado. Quizá ella había llevado aquel sostén antes, en el pasado remoto que ahora se abría ante él como un presente lleno de futuros donde compartir momentos como aquel que estaba viviendo ahora mismo, cuando hacía nada que se habían vuelto a encontrar después de tanto tiempo y de tantas vivencias lejos. Sus pechos quedaron libres mostrando la areola de dos pezones como dos flores de primavera. Poco a poco fue recorriendo con besos cortos el camino desde su boca, las comisuras, el mentón, el cuello, el esternón y poco a poco se fue agachando hasta que sus besos y su lengua encontraron uno de sus pechos que guardaban un sabor dulce a jazmín y a naranja, un aroma clavado en su memoria que le hacía revivir todos los momentos junto a ella, tan añorados y ahora todos a la vez, como si todas las notas de un órgano antiguo sonaran a la vez en mitad de una iglesia vacía y polvorienta.

    Primero un pecho y luego el otro. Sentía cómo Cayetana se estremecía y le acariciaba el pelo despacio. La imaginaba con los ojos cerrados, con la cabeza inclinada hacia el techo, porque no podía verla más allá de su vientre que ahora se descubría frente a él mientras la acariciaba las piernas de abajo arriba y se iba poniendo de rodillas frente a ella, como si adorara a una diosa frente a su tálamo-altar. Siguió con los besos cortos, pasando de largo por sus braguitas, hasta llegar a la rodilla, que mordió suavemente, sin hacerle daño, pero con decisión, acto que su cuerpo había recordado que le encantaba. Ella gimió de placer mientras repetía el mordisco en la otra rodilla y sus manos le quitaban la última frontera de su desnudez para, ahora sí, poder abrazarse a ella sin cortapisas, sin armaduras, piel con piel. El contacto de la boca de Gerardo con la parte más íntima de ella hizo que las piernas de Cayetana perdieran fuerza y se doblaran, cayendo sobre la cama, pero él siguió sin apartarse, guiado por las manos de ella que lo empujaban al centro de su ser con ansia, con sed pero con delicadeza. Gerardo sentía cómo su corazón revoloteaba en su pecho como un canario amarillo en una jaula blanca, de un lado a otro cantando la misma melodía con leves variaciones. Así su lengua se movía por entre sus labios, como un baile conocido pero con las variaciones que le habían otorgado los años y las otras experiencias vividas en otras camas donde si bien el corazón no se movía del sitio, el deseo no dejaba de pugnar por salir y acabar con el mundo para empezar un mundo nuevo. Cayetana gemía cada vez más seguido, más hondo y más largamente. Sus manos lo agarraron con fuerza mientras la respiraba a fondo, acariciando las suaves hebras de su pelo con la boca, mientras sentía su lengua cansada pero fuerte que seguía cada vez más rápido y más duro horadando un corazón.

    -Métemela. -Dijo de pronto. Sin más preámbulo ni medias tintas. Con la voz ahogada.  

    Gerardo se levantó. En algún momento había perdido su camiseta pero no sus pantalones ni sus ganas de quitárselos. Cayetana lo miraba, desnuda, sobre la pequeña cama de noventa sin sábanas. Tenía los ojos grandes y acuosos, que dibujaban dos pozos de estrellas en la media luz de la habitación. Se oyeron voces más allá de la calle, gente yendo y viendo. El volumen de los paseantes iba en aumento con rapidez, seguramente sería un grupo numeroso que se dirigía hacia algún lugar con prisa por llegar. Resultaban, de una forma leve, insoportables. Su trajín lo distraía, lo apartaba del cuerpo desnudo de ella donde con el que estaba a punto de unirse para siempre.

    -No consigo deshacerme el cinturón, ¿te lo puedes creer?

    -Déjame que te ayude. -dijo ella. Y cuando se incorporaba en la cama, acercando su rostro amado a sus tejanos, se oyó el traqueteo horrible y chirriante de la persiana metálica subiendo con decisión, dejando entrar la luz, demasiada, que hizo que perdiera de vista el rostro tranquilo de Cayetana que lo miraba sentada en la cama de su habitación, que desaparecía iluminado por la luz cegadora y blanca que lo envolvía todo. Sus manos perdieron el tacto de su pelo para siempre y su voz la llamó.

    -Caye…

    …oooOOOooo…

    Sin luz. Sin sueños

    Cuando despertó ya tenía los ojos abiertos. Sentía la espalda molida por el tacto duro del suelo y entendió de dónde venía el molesto ruido: una azafata operaria de una empresa de transporte turístico estaba subiendo la persiana del negocio junto al que estaba durmiendo y que imaginara cerrado. No lo estaba. De hecho. El lugar, antes solitario y desolado, se había llenado de turistas con la cara rosa y los ojos transparentes, que lo miraban ahí en el suelo como si fuera una bolsa de plástico o un gato callejero que molestaba en el camino de sus grandes pies de uñas poco cuidadas.

    Aún confuso, se levantó de un salto del suelo y se apartó de allí maleta en mano. Sintiéndose avergonzado a la par que traicionado por un sueño demasiado dulce. Como en las películas baratas, al final todo había sido un sueño, deus ex machina, dirían los críticos con recelo y un gesto de desagrado por ese recurso fácil que resuelve una trama sin seguir su lógica interna. Pero a veces la vida imita al arte, sobre todo al arte malo.

    Era ya bien entrada la madrugada. Había dormido unas horas y se sentía descansado a pesar de espalda. A su vez, tenía la mente nublada como si en verdad se hubiera despertado en un sueño en el que no entendía nada. Buscó los paneles luminosos con las salidas de los aviones y vio que el suyo ya aparecía en la pantalla, aún sin puerta de embarque. Decidió que ya era buen momento para ir acercándose a la zona, no fuera a ser que volviera a dormirse y se quedara en mitad de un aeropuerto sin paredes y sin avión. Superó el control de seguridad sin mayor complicación y pasó por entre los escaparates lujosos de las tiendas cerradas aunque bien iluminadas. Pensó en comprarle un regalo a Cayetana para cuando la viera, pero le parecía algo frío comprar un detalle en aquel lugar, aunque hubiera tiendas apropiadas para ello. Era como adquirir algo en una gasolinera o en un área de servicio: sin alma. Pasó por entre los peluches y los libros sin decidirse por ninguno. Además, todo estaba carísimo y el dinero escaseaba.

    Tenía ganas de llegar a casa, de dormir en su cama, de hacer de vientre en su váter. Luego pensó en que aún estaba lejos de todo y de todos. Cayetana era la única luz que imaginaba al frente, como el marino que busca la luz intermitente del faro en mitad del mar y de la noche, con el corazón encogido y la esperanza iluminando sus ojos rojos. Si Dios quería, tendría suerte y podría llevar por fin una vida con algún sentido, tendría algo por lo que luchar, alguien a quien amar, a quien cuidar, con quien hablar y yacer.

    -Creo en Dios pero no lo entiendo. -Dijo para sus adentros en voz alta, sentado en uno de los bancos frente a una puerta de embarque que podía ser la suya o la de otro avión. El viajero junto a él giró levemente el rostro para mirarlo de reojo, descartó el posible peligro del joven murmurador y siguió atento a la pantalla de su teléfono móvil. Gerardo pasó el rato mirándose las manos y recordando el sueño que hacía poco lo había unido a Cayetana, desando que fuera un presagio de buena suerte que le mandaba la divinidad para darle ánimo, para decirle que siguiera adelante, que lo conseguiría. Atesoraba el olor de su pelo en el recuerdo, se sorprendía de hasta qué punto aquellos fragmentos se quedaban encastrados en el alma. Soñaba despierto con volver a acariciarla y le parecía imposible aquella realidad circundante, más irreal para su corazón que la cama de Cayetana en aquella habitación vacía que, ahora entendía, estaba inspirada en el recuerdo del apartamento de playa de su familia donde acudían todos los viernes para amarse. Cómo no se había dado cuenta. Simplemente no quería.

    La pantalla sobre la puerta de embarque se iluminó. Vuelo FR 203. STN – DUB. Era el suyo. De todas las incontables puertas de embarque de aquella zona del aeropuerto, puestas en fila una tras otra flanqueadas por líneas de asientos individuales, de las decenas o cientos de puertas, estaba sentado justo en frente de la suya. La casualidad de sus pasos erráticos lo había puesto allí, frente a la puerta de embarque: un hombre frente a su destino. Le pareció un guiño de Dios que le decía estar de su lado, que lo guiaba en el laberinto del mundo con su mano bondadosa de padre celestial. Sube a tu avión, hijo mío. Parecía que le decía una voz grave pero amable desde todas partes y de ninguna. Se acercó al mostrador pero no fue el primero. Tres viajeros habían llegado antes, quizá porque sabían que ese avión siempre salía por esa puerta o porque los había guiado Dios también a sus distintas misiones vitales. Gerardo esperaba su turno feliz por ser de los primeros que ocuparía su asiento en el avión. Por el gran ventanal de vidrios tintados de oscuro se adivinaba la llegada del amanecer porque el fuselaje de los aparatos se veía cada vez más claramente en aquella madrugada londinense. No necesitaba más para sentirse feliz, para saber que todo al final saldría bien, para estar, por fin, optimista.

    Dos operarios, un chico y una mujer de mediana edad, comenzaron a sonreír y a invitar a toda la cola, cada vez más larga -pobres desgraciados los del final, pensaba Gerardo- a subir al avión presentando su documento identificativo y su tarjeta de embarque. Anduvo por la plataforma sobre el aire, adosada a la puerta del avión y saludó a la azafata que lo esperaba en la puerta con una sonrisa cansada. Buscó con la vista su fila y se fue dirigiendo hacia el final de la cabina de pasajeros donde tenía su asiento junto a la ventana. Ahora sí que se sintió afortunado: podría ver el amanecer sobre el mar irlandés, quizá incluso la Isla de Man, dependiendo de la trayectoria que siguiera la nave.

    Con total tranquilidad, puso su maleta en el compartimento y tomó asiento en la parte derecha según se miraba a la cabina de los pilotos. Su ventana quedaba cerca del ala del avión, pero no molestaría para ver el paisaje celestial que dibujarían las nubes rosas del amanecer. Poco a poco el avión fue llenándose de gente y de voces que hablaban en inglés con comedimiento, sabiendo que estaban en un lugar público, sin afán de molestar en aquellas horas de la mañana. Nada que ver con los guiris que iban y veían a su país, que formaban escándalo como hordas sudorosas de vikingos fofos. Estos eran igualmente guiris pero iban bien vestidos, tranquilos, moviéndose por sus islas con educación, acudiendo a ver a familiares o a eventos profesionales, nada de turismo.

    Gerardo apoyó la cabeza contra la pared de plástico duro de la cabina. Miraba a otras aeronaves más madrugadoras que emprendían su despegue. Era un momento emocionante que siempre le gustaba sentir en su barriga, cuando las ruedas del aparato abandonaban el suelo y en las tripas se sentía igual que la fuerza de un imán cuando se separa de la nevera, muy fuerte, insoportablemente fuerte una milésima de segundo y luego nada, a volar. Era la fuerza que tiraba de todos los seres humanos hacia el mismo punto y uno podía albergarla mientras atravesaba como una saeta desde la nuez hasta el perineo. Se moría de ganas de volver a sentirla, de sentir algo, de sentirse vivo otra vez.

    El avión efectivamente echó a volar, pero Gerardo no sintió el despegue de forma consciente, ni vio el primer rayo de sol sobre el Mar del Norte ni sobre la tierra verde-clara de Britania, no divisó las nubes rosas con esa línea de plata tan característica que hace soñar al ser humano con encontrar la veta afortunada en la obra de Dios. No vio nada de todo lo que quería porque se había quedado dormido. Esta vez en un sueño pesado como el de una piedra en el fondo de un pozo oscuro. Sin luz. Sin sueños.

    Continuará el próximo domingo.

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    Nos vemos, corazón. Un abrazo,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 3)

    Un corazón donde vivir (Parte 3)

    Nota del autor: Dejo el enlace de la primera parte y el de la segunda para quienes quieran (re)leer los capítulos previos de esta historia con comodidad. Te animo a comentar y a compartir. Gracias.

    Seguimos…

    Una sombra que cruza

    Salió del hostel a las 22:00 de la noche, dispuesto a llegar a la estación de Stratford y coger el tren de las 23:15 que habría de llevarlo al aeropuerto. Las calles contiguas a la avenida principal estaban oscuras, iluminadas tenuemente por unas farolas amarillas. Se notaba que en aquella ciudad la gente cenaba a las 19:00 y ya no salía de su casa, por lo tanto el consistorio no tenía necesidad de gastar más dinero de la cuenta iluminando unas calles por las que nadie transitaba, exceptuando quienes no tenían casa ni cena.

    La visión de la larga calle oscura con farolas como velas a los lados, iluminada al fondo por los coches y los escaparates cerrados de la avenida, como si estuviera en un túnel y viera una luz al fondo, lo puso nervioso. Gerardo se hallaba con esa sensación pesada de que va a pasar algo malo pero no se sabe de dónde provendrá el peligro. Como cuando en la habitación nos asalta de la nada un sentimiento extraño, un deseo de salir corriendo o de escondernos bajo las sábanas porque alguien o algo parece estar esperando al otro lado de la puerta, o dentro del armario empotrado, o debajo de la cama. Era curioso sentir esa sensación en medio de la urbe. Luego reflexionó y dedujo que aquel lugar podía ser un sitio peligroso, y más por la noche sin conocer a nadie.

    Había sido una mala idea salir tan tarde. Si lo había hecho así había sido porque tenía que tomar el avión en plena madrugada y a partir de las 20:00 de la tarde, o de la noche según la concepción inglesa, el transporte se veía dramáticamente reducido a pocos trenes y casi ningún autobús. Seguramente la empresa paquistaní concesionaria del servicio de los clásicos autobuses rojos londinenses había decidido no operar a partir de cierta hora por una cuestión de seguridad. Gerardo fue empático con esa decisión al cruzar el umbral de la estación de metro de Hammersmith, donde uno tenía la sensación de estar metiéndose en la boca del lobo, o en las fauces del gueto, cuando ponía un pie dentro del círculo de luz de hospital que proveían los fluorescentes invisibles del techo. Los comercios estaban desde hacía horas con las persianas bajadas y, en lugar de los operarios de seguridad y mantenimiento del servicio suburbano, había un par de inmigrantes, como Gerardo pero de tez oscura, evaluando a los blancos que pasaban a paso ligero a través de las puertas automáticas que separaban la zona de los transeúntes con la de los viajeros. Casi pudo sentir sobre su cuerpo los ojos aviesos de aquellas dos sombras en la esquina, sopesando el dinero que podía llevar aquel blanco de la Europa pobre dentro de la cartera. Estuvieron a punto de acercarse a Gerardo para pedir la hora o un cigarro, pero al final decidieron que era demasiado poco para perder el tiempo.

    Sin perder un segundo, a paso veloz y sin mirar a los lados, como había visto hacer a los pocos tipos despistados que llegaban tarde de la oficina o de cualquier otra parte, introdujo la Oyster Card que adquirió en un pakistaní y se abrieron las puertas hacia los lados. Una vez dentro, la sensación de peligro se rebajó pero no se marchó del todo. El ambiente dentro de la estación se sentía inquietante y solitario, como si alguien fuera a saltar a las viejas vías del tren y hubiera de ser arrollador por el histórico vagón del metro londinense, que presumía ser el primero del mundo y, por ello, el mejor. Cuánto había cambiado aquella ciudad en pocas décadas, se preguntaba Gerardo sin esperar respuesta. Seguramente aquellos andenes habían visto partir soldados hacia la primera y segunda guerra mundial, habían sido testigo de los besos y las lágrimas de familiares y novias, muchos no habrían de volver a verse. Si hubiera fantasmas, aquel lugar debería estar lleno de ellos. La energía triste y melancólica parecía haberse agarrado a los ladrillos de las paredes rojas de obra vista que delimitaban el andén. Ahora sólo pasaban extranjeros perdidos que llevaban horas sin comer, como Gerardo. Se sentía hermanado con la ralea que poblaba aquel lugar, pues todos aquellos paseantes y vagabundos compartían la misma realidad desgraciada. Pero hermanado no significaba amigable y Gerardo sabía que en cualquier momento podía suceder una situación de peligro y había que estar preparado para cualquier cosa. Con la mirada perdida, el vagabundo del final de la estación fue acercándose hacia donde estaba él de pie fumando un cigarrillo. Su cara era la imagen de la perdición más absoluta. Llevaba sombrero y botas negras, chaquetón negro roído y pantalones de un color marronáceo indefinido. Lo único que podía decir de su procedencia es que no era inglés. Podía ser alguien de oriente próximo o del Mediterráneo, como él. Caminaba a pasos cortos como una muñeca de famosa. Era inquietante verlo y Gerardo pensó varias veces en salir corriendo pero se detenía al preguntarse dónde iba a ir. Lo mejor sería esperar su destino de pie donde estaba, mirando de reojo al tipo que se acercaba con los ojos extraviados clavados sobre su figura y su maleta gris, esperando el tren que no llegaba, leyendo los carteles mind the gap, cuya traducción literal sería “piensa en el vacío” pero en español quedaba mejor el clásico “cuidado con el escalón”. Al llegar a su altura, el vagabundo gritó THIS IS THE END. Sus palabras retumbaron en las paredes de la estación y tres o cuatro viajeros se giraron en su dirección para detectar el peligro sin sobresaltarse. Siguió su camino pasando de largo, con sus pasos cortos y sus manos vacías, pensando quizás en quitarse de en medio en el próximo tren o en el siguiente. El cigarrillo de Gerardo temblaba en su mano y la sensación de peligro, el sexto sentido de Street-man, se intensificaba.  

    Por fin llegó el tren y las puertas se abrieron dejando un hueco enorme entre el suelo del andén y el suelo del vagón, de ahí el cartel que había visto antes. Tomó asiento en una de las filas vacías y se dedicó a mirar su Oyster card, recordando el momento en que la adquirió. Al llegar al hotel, había preguntado cómo podía conseguir un billete recargable de metro, dado que había preguntado en la estación pero el empleado indio no había sabido explicarle, ni había tenido ganas de perder el tiempo con la escoria del Mediterráneo. El recepcionista gordo del hotel, Thomson, le comentó que necesitaba una Oyster card y le mostró la suya: una tarjeta azul de plástico duro. Le dio una dirección donde conseguirla y allí se dirigió. Según las indicaciones, parecía lejos del servicio de transporte, supuso Gerardo entonces que se adquiría en una oficina estatal cercana a la estación, costumbres inglesas que él no entendía bien. Al llegar al lugar no pudo más que sentirse contrariado. Estaba frente a un colmado de productos varios, lo que en su tierra se conocía como un paki. Hubiera vuelto al hotel sintiéndose engañado si en la puerta no hubiera visto los colores parecidos a la tarjeta que le mostrara el recepcionista Thomson y las letras Get your Oyster Card here! en la pegatina azul.

    Entró en el negocio pakistaní y preguntó por el funcionamiento de la dichosa Oyster Card. El tipo lo explicó rápido con un marcado acento hindú que era totalmente ininteligible para Gerardo. Le pidió por favor que lo explicara despacio y el tipo suspiró cansado, diciéndole que le diera veinte libras con la voz y animándolo con la mirada que se largara pronto de allí. Le parecía curioso los modales rudos del tipo. Era una sensación que no había experimentado nunca. Él siempre había sido amable con los inmigrantes y ellos con él, pero al ser uno más, el mundo cambiaba radicalmente y en todos los ámbitos, entre los blancos y los demás, mandaba la ley del dinero y no había hermandades que valieran. Sin saber si lo habían estafado, salió de la tienda con su Oyster Card, cargado de dudas. Al cabo de poco tiempo descubriría que la mitad del dinero había ido para pagar la dichosa tarjetita y la otra para recargarla de viajes que permitían moverse en metro y en autobús por toda la ciudad, medios de transporte operados en su totalidad por la etnia hindú, quienes parecían poseer el monopolio del transporte de personas en la ciudad sobre el Támesis. Las vueltas que daba el mundo.

    En esta y otras reflexiones, las estaciones se iban sucediendo. Por la ventana no se veía el paisaje porque un manto negro moteado de luces tenues lo recubría todo. Sólo podía ver su reflejo en el cristal. Llevaba el pelo más corto, con el flequillo peinado hacia delante. Sus ojos azules parecían vacíos en el cristal, como si fuera la versión maligna de sí mismo. Las luces fluorescentes tallaban su perfil con navaja y se le notaban las marcas de un acné cruel que había padecido en su primera adolescencia. A pesar de todo sonreía y se le veían los dientes torcidos en su boca pequeña. La barbilla era prominente y sus mandíbulas, aunque finas, prometían hacerse anchas con la llegada de la edad adulta. Gerardo no era un tipo guapo, pero siempre se había sentido alguien atractivo. Nunca había tenido miedo de ser quien era y por eso había conseguido estar con algunas chicas cuyo entorno de amistades no comprendía qué hacía su amiga con un tipo como él. Su mirada altiva parecía escupir en la cara de quienes le reprochaban su fealdad, demostrándoles a la primera de cambio su estupidez, mal que consideraba mucho peor. Entre ser feo y ser tonto, prefiero mil veces lo primero, decía ufano a sus amigos. Había conseguido liarse con chicas guapas, pero además de guapas podían ser inteligentes y buenas, como lo había sido Cayetana para él. Fue un golpe de suerte que la consiguiera.

    Pero la perdió. Es difícil manejarse en la adversidad, pero es mucho más fácil que administrar el éxito. Del fracaso solo se puede salir y uno no teme a nada, del éxito sólo se puede salir y uno lo teme todo, comete errores o se deja llevar por las mieles de un momento pasajero, sin pesar en lo que vendrá a continuación ni estar preparado para ello. Beber a tragos grandes de la fuente de la vida hasta que se acabara el agua clara, sin saborearla siquiera, para atesorar dentro todo lo bueno que fuera posible. Una vez le dijeron que vivía la vida demasiado deprisa, como absorbiéndolo todo demasiado rápido, sin tiempo a digerirlo. Gerardo contestó. Tienes razón, ¿acaso hay otra forma? Y la besó. Era una mujer mayor que él, bien entrada en los cuarenta, psicóloga. Se habían conocido de fiesta y se enamoraron a simple vista. Ella tenía pareja y él ya no. Acabaron besándose en la casa de ella después de una noche de copas y desenfreno. Su pareja, un calvo gordo con cara de pánfilo abrió la puerta en ese momento. Se separaron y la cosa quedó así hasta al cabo de poco tiempo, cuando volvieron a verse de nuevo para amarse.

    Pensaba si le contaría aventuras como esa a Cayetana. Durante su relación, ella siempre le había narrados historias de sus amantes, con todo lujo de detalles y de posturas, que le habían hecho sentirse tan pequeño como su miembro en ese momento. Lejos de inspirarlo, se había visto superado por el número y la calidad de los amantes de Cayetana anteriores a él, un niño al fin y al cabo que poco o nada sabía aún del amor y de la vida. En ese tiempo había aprendido unas cuantas cosas sobre ambos temas pero nunca, en ningún momento y en ninguna de las circunstancias, había dejado de echarla de menos. Su hubiera podido volver atrás en el tiempo, había sin duda vuelto sobre sus pasos, no habría hecho aquella llamada definitiva, habría salido a buscarla después de trabajar para pasear por la playa y hablar, hablar y hablar, como hacían siempre y les gustaba hacer, bajo la luz de las pocas estrellas que dejaba ver el cielo contaminado, escuchando el rumor de las olas aceitosas que la luz de la luna reflejaba en un camino. La necesidad perentoria de adquirir experiencias vitales, el paso iniciático de ser un niño a un tipo experimentado, habiendo atesorado momentos y camas y noches, había significado necesariamente el sacrificio de su relación. Y a pesar de que había encontrado aquello que anduvo buscando, se dio cuenta de que no valía la pena. Que todo el relato social que por entonces poblaba la imaginería de los veinteañeros era, como todos los relatos sociales, pura palabrería hipócrita que no servía para ser feliz. Gerardo tenía frío. Se sentía helado por dentro como si una enfermedad hubiera atenazado sus sentimientos y los hubiera dejado postrados en una cama interior donde no daba la sombra, su corazón era una habitación cerrada, hermética, y la única llave que la abría se había quedado con Cayetana, por accidente, al salir de su vida.

    Se preguntaba si ella querría escuchar sus historias, después de hacer el amor junto a la ventana fumando un cigarrillo compartido o paseando por una playa irlandesa que no conseguía imaginar. De hecho, no conseguía atraer en ese momento ninguna imagen a su cabeza, sentado sobre el banco del vagón del metro en mitad de Londres, el cual iba perdiendo fuerza y reduciendo su marcha para llegar a la estación donde tenía que bajarse. La incapacidad de no poder imaginarse juntos lo derrumbó un instante, lo que duró el halo de las puertas del vagón al abrirse de par en par. Hay seres que habitan en esas realidades minúsculas: un rayo de luz, una brisa de aire, una sombra que cruza.

    …oooOOOooo…

    Me encantaría contigo

    La estación de Stratford era inmensa y estaba en, lo que para él era, la mitad de la nada. De corte racionalista, el edificio tenía una gran cristalera cúbica con unas escaleras larguísimas y amplísimas en el lado derecho según se miraba. Al fondo de aquella escalera se veían altos edificios de oficinas. La llamada City de London City no debería andar lejos, con sus bancos y su gente rica preocupada por la soledad y la muerte.

    Gerardo tenía el tiempo justo para fumar un cigarro y encontrar el andén de su tren. En la calle bulliciosa el espectáculo era parecido a Hammersmith: coches pasando de un lado al otro en dirección contraria, transeúntes con prisa que parecían llegar tarde, inmigrantes y vagabundos parados o moviéndose a cámara lenta evaluando las posibilidades de supervivencia que la noche ofrecía. Nadie se le acercó a pedirle un cigarro y eso lo tranquilizó en general. Parecía que lo peor había pasado. Llegaría al tren y, una vez allí, podría recostarse un rato sobre un sillón que imaginaba cómodo.  El trayecto desde la Stratford Station hasta Stansted Airport duraba exactamente 59 minutos. Con suerte podría aprovechar y dormir un rato en el mullido asiento del tren.

    Una vez terminado el cigarrillo echó una última mirada a la ciudad de Londres antes de perderla de vista hasta otra ocasión venidera. Siempre que abandonaba una ciudad, sobre todo en el extranjero, pensaba en si aquella sería la última vez que estaría allí, si la vida volvería a ofrecer la oportunidad de recorrer las calles, las plazas y los parques que había conocido. Parecía absurdo pensarlo en Londres, una urbe repleta de demasiados españoles que estaba a un golpe de avión; pero en la vida nunca se sabe. Su corazón acariciaba un sentimiento de suave melancolía mientras su mirada se despedía, quién sabe si para siempre, de los vagabundos y paseantes que poblaban las húmedas calles brillantes, aledañas a Stratford Station. Dio un chasquido y se introdujo en el edificio.

    Gerardo se sentía profundamente solo en aquel lugar. No solamente por la sensación de no tener a nadie con quien compartir sus penas y alegrías, sus miedos y sus esperanzas, además lo amenazaba una sensación de desprotección absoluta, como si estuviera atravesando a oscuras una cueva y, de pronto, una mano fría fuera a agarrarlo del brazo. Distrajo la mirada sobre los escaparates cerrados de la estación e hizo tiempo mirando los emparedados de una cafetería abierta. Siete libras por un maldito bikini, se dijo, qué locura de ciudad. Tenía hambre. No había comido caliente desde las 12 de ese día y nada desde la tarde cuando compartió unos crackers con Mogomby antes de despedirse. Todo era demasiado caro y había que mirar por el dinero, por lo menos hasta llegar a Irlanda, cuando podría hacer una evaluación del patrimonio y quizás, por qué no, si había suerte, comer -¡y dormir!- en casa de Cayetana. A pesar de que no conseguía imaginar la cara que pondría cuando lo viera aparecer, de hecho prefería no pensar en ello porque tenía miedo de no atreverse y rajarse al final, a pesar de todo, no podía evitar sonreír ante la perspectiva de un futuro diferente. Se sentía como el héroe en una historia, que tiene que pasar por una serie de pruebas y de sinsabores, hasta llegar al fin: la felicidad que da el amor de la persona amada. Todas las películas del mundo no podían estar equivocadas. Levantó la vista y observó que el dependiente, que más que un camarero parecía un segurata de tan grande y tan negro como era, lo observaba con cara de pocos amigos, como diciendo en inglés: lárgate ya de aquí, motherfucking bum.

    El tren de las 23:15 salió de la estación con puntualidad inglesa. A Gerardo le parecía que era el único viajero de aquel tren fantasma, no había visto a absolutamente nadie en el andén y el vagón donde viajaba estaba completamente vacío. Se preguntaba si esa no sería una versión macabra del tren hacia Hogwarts en el que viajaba Harry Potter con sus amigos hacia el mundo mágico, pero si en su caso fuera un tren cuyo maquinista era un esqueleto con el pelo largo y sombrero azul, que se reía con una sonrisa cadavérica porque el destino de aquel vehículo no era el aeropuerto ni el mundo mágico de Harry Potter, sino un infierno abisal de negrura, de silencio, de nada absoluta y consciente.

    Pasaron unos 15 minutos cuando unas voces lo despertaron de sus pensamientos stephenkinianos. Había dormitado ese tiempo casi sin darse cuenta, distraído en la negrura del paisaje en la ventaba. Le pareció haber oído gritos en la estación y voces idiotas, pero no les prestó atención. Ahora las voces venían de más allá de los vagones, eran fuertes, eran varias y cada vez estaban más cerca. Gerardo sabía lo que esas voces significaban: problemas. Lo supo antes de ver aparecer a cuatro tipos altos, delgados, con la tez café con leche, que hablaban inglés y lo que parecía ser árabe. Al ver a Gerardo, decidieron que habían llegado al vagón que andaban buscando y se pusieron a pajarear unos asientos más adelante. Sin duda habían subido al tren en una de las pocas paradas que este había hecho, en las afueras, donde habían conseguido montarse sin billete. No tenía pinta de que fuera aparecer un revisor a pedir los pasajes. Gerardo sabía que no iba a aparecer nadie. Pensó en las posibilidades que ofrecían las circunstancias, pensó en salir corriendo pero sabía que no tenía escapatoria: estaba acorralado.

    Maldita sea, dijo entre dientes. Los cuatro chicos hacían cada vez más ruido y se movían cada vez de forma más brusca. Se decían frases cortas con tono desafiante, como dándose ánimos unos a otros. Gerardo se preparó para pelear, pero estaba muerto de miedo. Se veía en el suelo del vagón, tumbado entre los asientos, sus dientes rotos en un charco de sangre sobre el reposabrazos y el suelo, sus ojos anegados de lágrimas rojas ahogándose en el inconsciente, alguna costilla rota y la respiración entrecortada, buscando un poco de aire entre patada y patada. Este iba a ser su final, todo había sido una locura, había sido un error. Cayetana tenía su vida y era mejor dejarla tranquila, qué narices andaba haciendo allí, en mitad de las vías del tren, en un país demasiado caro, rumbo a otro país del cual no sabía absolutamente nada para encontrar una chica que quizás ya no lo quería. Las decisiones tienen sus riesgos y ahora estaba dándose cuenta.

    Finalmente, uno de los chicos se acercó. Era más alto que Gerardo. Se puso justo en frente, en la fila de delante. Sus ojos oscuros en su cara puntiaguda parecían estar analizándolo, como si fuera una inteligencia robótica que pudiera medir la fuerza del individuo en base a unos factores concretos. Gerardo optó por mantener los ojos fijos en los del chaval, un poco más joven que él, de unos dieciocho-veinte años. El chaval dijo algo ininteligible y rio. Los demás rieron también y se acercaron. Gerardo no dijo nada, siguió mirando al que tenía en frente y siguiendo por el rabillo del ojo a los otros tres. Se mantuvo así unos segundos que parecieron horas. Sólo se oía el traqueteo del tren sobre las vías chirriantes. Uno de los chicos negó con la cabeza: no vale la pena, parecía decir. Los otros parecían estar de acuerdo. Preguntaron algo pero Gerardo siguió en silencio dispuesto a morir en ese vagón, no por valentía sino porque no quedaba otra. Dijeron algo más y, sin dar más explicaciones, se largaron como habían venido. El tren iba deteniéndose y se bajaron en esa parada, que estaba en lo que parecía un terreno baldío, sin edificios, solamente descampados. Gerardo los vio marcharse riendo y se sintió contento y a la vez contrariado. Si bien sentía alivio por lo que no ocurrió, una parte de él hubiera preferido sacar el miedo, el dolor, la rabia de todos aquellos años, de todos sus fracasos vitales, de golpe, con algo, contra alguien y con aquellos chicos parecía haberse presentado la oportunidad perfecta para encontrar, por fin, la paz. Había pasado una época en la que no le importaba estar vivo o muerto y ahora que se le presentaba la oportunidad de que ocurriera algo, de que su mundo tomara por fin una dirección, va y todo volvía al principio. Sintió la sangre estancada dentro del cuerpo y el estómago pesado a pesar de estar vacío. Empezó a temblar de miedo, de pánico. Qué narices había ocurrido. Qué demonios estaba ocurriendo. Cayetana, me oyes. Acaso puedes verme ahora sentado en este vagón en medio de la noche sin ojos para verte, se lamentaba una voz dentro de él, una voz desesperada que pugnaba por salir gritando.

    Encendió un cigarro cuando el tren arrancó de nuevo. Quedaban apenas unos veinticinco minutos para llegar al aeropuerto, tenía que intentar relajarse o no lo dejarían subir al avión en el control de fronteras. Calada a calada fue sintiéndose mejor, recuperando el pulso perdido pero con la sensación de tener una canica de acero entre las tripas. Ahora lo sabía. Aquello había sido una mala idea, el viaje, la aventura. No iba a conseguirlo, el avión que había de llevarlo al aeropuerto de Dublín estallaría o algo similar, una fuerza no quería que llegara a donde se proponía y era demasiado fuerte como para sobreponerse a su influjo. El tren llegó por fin. Tomó su maleta y salió.

    Lo mejor será volver a casa, insistió una voz. En cualquier caso, su casa estaba muy lejos, así que se dirigió al panel de llegadas y salidas, se situó enfrente y descansó. El ambiente en el aeropuerto era tranquilo, casi en completo silencio. Los mostradores de las distintas compañías se veían vacíos a aquella hora. Pocas salidas quedaban entonces. Algunos viajeros se apostaban en rincones dispuestos a pasar la noche tumbados en el suelo. Gerardo comprobó la hora en la que su avión hacia Dublín había de partir.

    El despegue estaba previsto para las 6:30 de la mañana. Quedaban más de cinco horas para embarcar. Tiempo suficiente para sentarse un rato a pensar. Buscó un banco pero no lo encontró, así que decidió sentarse en el suelo, junto a un estante con la persiana bajada que parecía inhabilitado. Es cierto que todo estaba siendo más difícil de lo esperado, pero tampoco había necesidad de ser demasiado negativo. Al fin y al cabo, había tenido suerte a pesar de todo y aquellos chicos no lo habían reventado en ese tren como una bolsa vacía. Podía darse con un canto en los dientes y sentirse el tipo más afortunado del mundo, según se miraba. Además, tenía una misión, un propósito, y aunque era una locura, era mejor tener una ilusión, una esperanza, a no tener nada.

    No había motivos reales para pensar que todo no acabaría saliendo bien, quien no arriesga no gana, se decía Gerardo. Cogió su teléfono móvil y lo encendió. Quedaba apenas un 20% de batería y no se veía un enchufe a la vista para recargarlo. Aún así, decidió entrar en la mensajería y abrir la última conversación con Cayetana. Se trataba de un vídeo que le había pasado de un concierto al que había ido. Era una sala pequeña donde un grupo tocaba canciones rock harto conocidas por ambos. Eso derivó en una conversación sobre que en Irlanda, según le dijo, había mucha música en directo, que en los bares se estilaba eso de que subiera un tipo a cantar con una guitarra acústica que manejaba con solvencia, que la música se vivía allí de otra manera. Te encantaría, Gerard, decía el mensaje debajo del vídeo donde una banda interpretaba una canción en inglés muy conocida por ambos. A Gerardo se le anegaron los ojos de lágrimas dulces.

    -Es verdad, Caye. Yo creo que me encantará.

    Dijo bajito, mientras una lágrima resbalaba mejilla abajo. Habían pasado un par de semanas desde esa conversación. Otro día había iniciado él otro tema pero no había tenido respuesta. No había insistido más, ya tendrían tiempo para ponerse al día cuando estuvieran juntos, cuando se miraran a los ojos y ella viera todo el amor que ardía en él.

    Poco a poco, con el móvil reproduciendo la melodía de aquella canción conocida, se fue quedando dormido sobre el suelo gris de aquella nave inmensa sin paredes interiores.

    -Cualquier lugar me encantaría contigo.

    …oooOOOooo…

  • Un corazón donde vivir (Parte 2)

    Un corazón donde vivir (Parte 2)

    Nota del autor: Esta es la segunda parte del relato publicado la semana pasada. Dejo el enlace aquí para mayor comodidad de quien se anime a leer o a releer esta historia. Mil gracias. Seguimos.

    3. Última cena

    -¿Qué se te ha perdido en Londres?

    A lo largo de aquella semana le habían hecho esa misma pregunta varias veces: sus padres, algún familiar, algún conocido. Ahora era su amigo Martí quien le inquiría divertido mientras daba una larga calada a su vaporizador.

    -La vida… -dijo a modo de respuesta o muletilla. Sin saber muy bien como continuar. -No he podido olvidarla a pesar de todo este tiempo.

    -Pero no sabes nada de ella. Quizá esté con alguien… -Dejó soltar una bocanada espesa, interminable, de vapor blanco por la nariz. -¿Qué pasará si te presentas allí y resulta que tiene novio?

    -Creo que no lo tiene.

    -Pero, ¿y si lo tiene? O sale con alguien… No sé, Gerardo, no lo veo muy claro.

    -Algo me dice que tengo que ir a verla. Además, como te comentaba, primero pasaré un tiempo en Londres. Miraré si puedo encontrar un trabajo de cara a septiembre. Luego cogeré un vuelo a Irlanda y me plantaré en su pueblo. 

    -Pero no sabes dónde vive.

    -Sé dónde trabaja.

    -¿Y después?

    -Si ella me pidiera que me quedase en su lugar, lo haría sin pestañear. Ya me buscaría la vida. La cuestión es estar juntos, aunque sea en el culo del mundo. Tengo que intentarlo.

    Martí dio otra larga calada a su vaporizador. En el silencio de la noche se escuchaban los grillos en el descampado cercano y se vislumbraban las chimeneas de la refinería a lo lejos, como una ciudad de orcos futurista y bulliciosa, llena de luces y humos.

    Estaban en la terraza de una pizzería, que se elevaba un par de plantas sobre la calle paralela. Como era entre semana, el lugar estaba casi vacío y podían disfrutar de la tranquilidad y la frescura de una noche de verano. Vino la camarera, una mujer con la voz rota por la nicotina y el pelo negro rizado, quien había sido guapa hacía tiempo.

    -¿Vais a tomar algo más? -Dijo recogiendo los platos.

    Pidieron un par de copas y se quedaron en silencio. Alguien es tu amigo cuando puedes pasar periodos de tiempo callados sin que eso resulte incómodo para nadie. Dicen que los chinos disfrutan así de la compañía de sus conocidos, sin duda están adelantados.

    -De verdad que no te entiendo, Gerardo. Primero quisiste dejarlo porque te sentías ahogado, tenías una relación que todos envidiábamos. Cayetana es una chica guapa y listísima, y un buen día decides que se terminó y te largas sin decir a dónde. Ahora han pasado dos o tres años

    -Dos y medio

    -y decides ir a buscarla al fin del mundo porque tienes una intuición, sin saber nada de ella, de su vida actualmente, sin haber hablado prácticamente en todo este tiempo.

    -Ya…

    Martí lo miraba con ojos bondadosos. Era un chico corpulento con el pelo ensortijado. Llevaba anteojos y barba de semanas, recortada hacía varios días. Siempre vestía pantalón chándal de nylon y camisetas de grupos metal. Le importaban muy poco la imagen pero se hacía querer por todos quienes lo conocían y resultaba popular a su manera. La típica persona que impregna con su presencia la atmósfera y hace que la vida sea un poco más trascendente de lo que es, y los momentos más intensos. Sin querer dar consejos, era la única persona en quien Gerardo podía confiar, y le decía que su plan era una locura, que no lo veía claro. Sabía que no quería desanimarlo, y eso lo desanimaba más. Quizá todo aquello no era una buena idea después de todo. Arriesgar tanto dinero, tiempo, ilusión, en un proyecto que probablemente no iba a ninguna parte. Cabizbajo y taciturno, Gerardo empezó a liar un cigarrillo. Sacó de su petaca una hebras de tabaco y empezó a darle forma sobre su palma despaciosamente, como quien tiene su  cabeza en la otra punta del mundo. Sus ojos estaban posados sobre la pitillera de imitación al cuero, color naranja, donde se dibujaba el perfil de Bob Dylan en blanco y negro, excepto los mechones de su pelo, que formaban un arcoíris multicolor y hippy.

    -¿Pero sabes lo bueno de todo esto?

    Llegó la camarera con las bebidas sin dejar que Martí contestara. Mientras su cuerpo enjuto dejaba las grandes copas de balón con los gin tonic, Gerardo seguía en su mundo.

    Ya tenía planes para septiembre. De hecho, había conseguido trabajo en un instituto de Barcelona hacía poco tiempo. Era una gran oportunidad para desarrollarse profesionalmente, estaba empezando a despegar del suelo y, justo en aquel momento, va y quiere dejarlo todo por una intuición incierta. Arriesgaba demasiado al marcharse a otro país con lo puesto, sin más dinero que el paro, que daba para nada en una ciudad como Londres, donde, además, no tenía intención de quedarse. Sólo era la excusa para saltar a Irlanda y pasar, como el que no quiere la cosa, por un pueblo del que solo conocía el nombre y decir: Hola, qué tal, Cayetana, vengo a decirte que nunca te olvidé.

    -¿Que practicaré mi inglés?

    Ambos sonrieron. Ya no quedaba gente en la terraza y todas las sillas estaban vacías. Mañana es martes y hay que trabajar. El lugar se sentía íntimo y desolado como una sala de cine vacía. Los dos dieron una larga calada a sus respectivos cigarrillos.

    -Lo bueno de todo esto es que algún día podrás escribir esta historia.

    Gerardo sonrió. Si tenía dudas, ahora ya no albergaba ninguna. Si el fracaso daba miedo, si el golpe podía ser grande, por lo menos sería una buena historia que contar algún día, al menos no tendría la sensación de no haber intentado ser feliz una vez. Se sentía como el héroe de su propia película a punto de acometer una empresa imposible pero loable. Un rayo de esperanza brillaba a lo lejos y no cesaba, como una estrella. Podría ganar, podría perder, pero lo importante no era eso. Lo fundamental en esa ventana de tiempo en ese universo ciego que llamamos vida, lo principal era vivir, aún sin entender, sin expectativas, sin posibilidades, el sentido de aquella roca recorriendo el espacio por lo oscuro, de aquellos astros quietos que titilaban, de aquel aire húmedo y fresco que se respiraba, de aquella existencia ventegenaria que su cuerpo albergaba, lo único y primordial era encontrar el amor. Y su amor estaba en Irlanda. Allí iría. Punto.

    -Brindo por ello.

    Entrechocaron sus copas y parecía que la noche aplaudía mientras daban otro sorbo. No se podía estar más a gusto en todo el planeta tierra. A pesar de todo, se sentía un tipo con suerte. Nada podía salir mal, lo sentía en el éter invisible que llenaba ese verano.

    -¿Cuándo te marchas?

    -Pasado mañana. El jueves.

    -El día 13 de julio… Una fecha un poco rara para empezar una aventura, ¿no crees?

    -No me importa.

    -¿Te das cuenta? Si tus planes salen bien, esta puede ser nuestra última cena.

    Y volvieron a quedarse en silencio mientras, muy a lo lejos, sonaba el rumor de las fábricas como un molesto ventilador encendido al final de un pasillo a oscuras.

    …oooOOOooo…

    4. Que tengas suerte

    El puente de Hammersmith se alzaba sobre el río Támesis desde 1887, año de su inauguración. De color cobre oxidado, como la Estatua de la Libertad, temblaba cada vez que cruzaban los coches de un lado a otro, en el sentido opuesto al resto de Europa. A pesar de los años el puente no se había caído ni ningún plan urbanístico había aprovechado la coyuntura para construir uno nuevo. Los ingleses para eso eran muy celosos y gastaban el dinero público conservando su patrimonio arquitectónico, no generando más ruinas y cascotes para mover el dinero de los empresarios de la construcción, como ocurría en otras partes del globo, de donde provenía Gerardo.

    En total, había pasado tres semanas en Londres y esta sería la última. La razón principal que acortaba su viaje era a la vez la más prosaica: la falta de dinero. No suele aparecer en las novelas que el personaje principal no tenga recursos para seguir con su aventura, pero esto no es una novela sino la vida y tal circunstancia sucede continuamente. Gerardo pensaba en todas sus circunstancias mirando el atardecer sobre el río granate, que bajaba tranquilo, ancho y brioso hacia el mar, no muchos quilómetros más allá.

    Recordaría esa parte de la ciudad sobre el Támesis como su preferida. A pesar de las plazas, las avenidas, las abadías, las estatuas, que eran muchas e impresionantes; a pesar de los parques extensísimos y los museos gratuitos; la imagen que habrían de guardar los años cuando pensara en Londres sería del barrio donde tenía el hotel: Hammersmith.

    Se trataba de un barrio pintoresco a veinte minutos del centro en el pintoresco metro de Londres. Contaba con una iglesia de obra vista, un cementerio sin vallas por donde pasaba todo el mundo camino al trabajo o a las compras y un estadio donde los Dire Straits grabaron el mítico disco en directo de Alchemy que tanto iba a influir a otras bandas de éxito. Recordar ese dato le gustaba a Gerardo mientras paseaba por las zonas aledañas a su hotel, que en realidad era un albergue de inmigrantes que llamaban hostel.

    Los baños eran compartidos y en una misma habitación podían dormir un total de ocho personas amontonadas en literas con un espacio en el centro. El clima de la estancia cambiaba cada día, dado que a veces los inquilinos eran gente muy inquietante y otras eran personas amabilísimas. Gerardo nunca compartió esa habitación con un inglés de pura cepa. Durante ese tiempo en la ciudad se había desengañado del sueño londinense. Ya no esperaba encontrar trabajo ni quedarse a vivir en esa gran manzana vetusta, al menos, sin tener una buena razón para ello, para arriesgarlo todo en un país extranjero siendo visto por los locales como un inmigrante, siendo visto por los propios inmigrantes paquistaníes como un inmigrante de tercera y no de segunda, como ellos, a pesar de ser blanco y europeo. En aquel país operaban ciertas realidades a las que se había sentido hasta entonces ajeno. A pesar de haber viajado por toda Europa, en ningún sitio como en Londres había sentido su condición de clase baja como en aquella ciudad.

    Una vez había hablado con un español que trabajaba en un local de comida mexicana. El sitio vendía burritos y demás a los paseantes de camino a la oficina. El típico lugar donde venden comida sobre todo para llevar. Bocadillos y demás. Tenía hambre y llevaba cuatro días sin comer bien. La perspectiva de llevarse algo caliente a la boca lo ponía de buen humor y el hecho de haberse encontrado a un paisano tras la barra lo alegró aún más. Pidió con la esperanza de un bocado buenísimo y estuvo hablando un rato con el empleado. Era un chico del sur de España, llevaba unos seis meses en Londres pero aún no dominaba el inglés, cuando Gerardo iba a preguntarle donde vivía, el jefe del chico, un pakistaní de su misma edad, le hizo entender que ya estaba hablando demasiado y que había trabajo que hacer. La conversación hubo de terminar abruptamente y Gerardo salió del local con su burrito en la mano. Al darle el primer bocado noto lo que ya antes habían sentido sus manos sin decírselo: estaba frío. Maldita sea, además estaba soso, la lechuga sabía a cartón y la salsa estaba helada por la nevera. De nada le había servido el compadreo con el paisano, al final ese día habría de comer fatal, como venía siendo habitual en esa parte del mundo. Además, le habían cobrado lo que no tenía, si lo llegaba a saber hubiera ido a otro sitio, pero todo era demasiado caro.

    Ya no quedaba demasiado dinero en la cuenta, de hecho, quedaba lo justo para llegar a Irlanda y sobrevivir apenas una semana. El día anterior había comprado los billetes. Saldría esa misma madrugada de camino al aeropuerto y cogería el avión a primera hora de la mañana. Sobre el puente de Hammersmith sobre el Támesis se estaba despidiendo de la ciudad donde había pasado un tiempo inolvidable, pero en la que se sentía demasiado atosigado por las emociones como para ser consciente de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Sólo tenía un objetivo claro: volver a ver a Cayetana. Y luego ya se vería. Apuró su cigarrillo y lo lanzó en las aguas marrones del río, que a esa hora de la tarde parecía bajar con cada vez más fuerza como si fuera a llevarse todo a su paso. Emprendió el camino hacia el albergue para recoger sus cosas en la pequeña maleta que acarreaba de un lugar a otro. Paso por delante de la iglesia de San Pablo, una construcción de obra vista sobre un parque junto al cementerio. Recodó una canción de los Beatles y la tarareó mientras pasaba por entre las tumbas que lo miraban sabiendo ya si tendría éxito o no en su empresa, si conseguiría liberarse de aquella carga que pesaba tanto en el corazón y que le resquebrajaba la piel del alma. En el paso de cebra, los taxis negros como un mal agüero, pasaban veloces en dirección opuesta a la acostumbrada.

    Llegando ya al edificio que se alzaba en cinco plantas sobre las demás casas adosadas de la zona, se cruzó con un ser salido de otro mundo. Se trataba de un hombre calvo, de unos cincuenta años, que caminaba pesadamente, un poco echado hacia delante, con chepa, mirando un punto invisible al frente. Sobre su pecho rebotaban en cada uno de sus pasos pesados dos grandes tetas bajo un escote amarillo. Sus piernas fuertes vestían una falda sencilla. Al cruzarse, fue tanta la sorpresa de Gerardo que no pudo evitar pararse donde estaba y dejar pasar aquel ser de otro mundo como un animal marino enfadado. Aquella visión lo incomodó, no por el aspecto poco acostumbrado del hombre con tetas, sino por la expresión que llevaba en sus ojos, como si hubiera matado a su amante arrancándole las pelotas y las llevara metidas en el gran bolso negro que arrastraba. En aquella ciudad todos estaban un poco locos, sobre todo en los barrios.

    Al entrar en la recepción saludó al recepcionista. Le dijo que aquella sería la última noche que iba a pasara allí y preguntó información sobre el metro y los autobuses. Al parecer, el tren que había de llevarle hasta el aeropuerto, situado a más de una hora de allí, no pasaba durante toda la noche, así que habría de coger el último tren de esa noche, como ya sospechaba. Una vez terminada la conversación el tipo no sonrió ni dijo una frase alentadora como: Buena suerte o Ya nos veremos en otra ocasión o Espero que este tiempo con nosotros hayas estado a gusto. Era un tipo gordo, extranjero en el extranjero, de una nacionalidad imposible por el cruce de razas que operaban en su ADN. Después de un silencio incómodo, Gerardo se dirigió a su habitación para recoger su equipaje, pero decidió recorrer las estancias del hospedaje antes, como despidiéndose de la que había sido su casa durante parte de aquel verano, un lugar al que nunca había logrado acostumbrarse porque los inquilinos cambiaban constantemente y uno se sentía en un espacio limítrofe, como una gasolinera, una autopista o el pasillo de un hospital.

    En la sala donde estaba la televisión había una anciana y una pareja de rumanos. Todos se miraron con desconfianza y siguieron a lo suyo, controlando los movimientos del otro por el rabillo del ojo, como si en cualquier momento pudiera pasar cualquier cosa. Gerardo no sabía el suficiente inglés como para entender lo que decía la televisión, tampoco se atrevía a pedir el mando, así que terminó su café aguado de máquina que contaba una libra y se dirigió hacia el breve patio para fumar un cigarrillo. El lugar contaba con mesas pintadas de metal que estaban siempre vacías, era imposible sentarse porque estaban siempre mojadas por la lluvia o la humedad. Un cenicero repleto de colillas mojadas recogió la primera brizna de ceniza de su cigarrillo. Gerardo respiró hondo y el sabor del humo se mezcló con el aire húmedo que traía un olor a tierra mojada que lo deprimía y lo relajaba al mismo tiempo. Unas flores rojas lo miraban en la planta enredadera que crecía sobre la valla del lugar, a pocos pasos de la pared del edificio gris donde estaba él. El cielo encapotado se sentía pesado sobre las espaldas, como si uno tuviera que aguantar su peso. El humo del cigarrillo se elevaba despacio para perderse en ese cielo de panza de burro sin nubes pasajeras y sin sol que lo amparase. Hey, Gerard. Dijo una voz tras de sí y Gerardo se giró sobre sus talones.

    -Hola, Mogomby. Cómo estás. -dijo en un inglés muy pobre.

    -Mejor que tú, amigo. Tienes mala cara, luces fatal. -dijo Mogomby en un inglés mucho mejor que el suyo. Le dieron ganas de decirle que por lo menos no tenía cara de mono como él, pero se abstuvo y se reprimió por gastar ese humor de perros. Mogomby tenía razón, tenía mala cara, llevaba demasiados días pasando hambre y desesperanza.

    -Sí. Esta noche me marcho de viaje, Mogombi.

    -¿Adónde?

    -Irlanda.

    -¿Qué se te ha perdido en Irlanda, mi amigo?

    -El amor.

    Mogomby puso cara de entender, de comprenderlo todo de hecho. Llevaban cuatro días durmiendo en la misma habitación y habían mantenido conversaciones como habían podido, pero sobre todo habían mantenido largos silencios cómplices. Habían compartido comida, se habían vigilado las cosas mutuamente cuando alguno de los dos debía ausentarse, se habían reído con solo mirarse a los ojos un instante y ver cómo roncaba un compañero o escucharlo contar alguna historia que ambos creían falsa. Gerardo y él se habían hecho buenos amigos en el instante justo de conocerse, y seguirían siendo amigos siempre a pesar de que ambos sabían que esa era la última tarde que iban a pasar juntos. Siempre son las circunstancias las que rigen el destino de las personas y no las decisiones propias, si fuera de otra manera, habrían mantenido el contacto con los años y eso no sucedió nunca. Mogomby sonreía y lo miraba.

    -Una chica.

    -Claro.

    -¿Tu mujer?

    -A lo mejor. Espero que un día lo sea, sí. Algún día…

    Le pareció ver en las córneas amarillas de su interlocutor un destello de melancolía, como si supiera de antemano el destino de su amigo pero no tuviera pruebas para demostrárselo. O eso le pareció a Gerardo. Quizás Mogomby solo estaba preocupado por sus cosas como encontrar un trabajo pronto, cenar caliente o dormir del tirón.

    -Espero que tengas suerte, hermano. No creo. ¿Tienes Facebook? Toma. Este es el mío. Soy Sergine Mogomby. Tú y yo hermanos para siempre. -Dijo sonriendo. Gerardo lo habría abrazado pero le daba miedo expresar sus emociones desde hacía tiempo.

    -Gracias, tío. -Dijo en español. -Yo también te deseo suerte.

    Apagó el cigarrillo sobre el cenicero mojado y este dejó escapar un siseo como si riera.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Este relato continuará la semana que viene y se irá publicando por partes todos los domingos. Espero tener la fuerza y la pericia necesarias para contar la historia completa, y bien.

    Siéntete libre de escribir cualquier comentario y de compartirlo con quien tú quieras.

    Gracias por estar al otro lado de la página, pues sin ti esta historia no tendría corazón donde vivir.

  • Un corazón donde vivir (Parte 1)

    Un corazón donde vivir (Parte 1)

    1. Una llamada

    Su corazón palpitaba en la garganta mientras en el teléfono sonaba el primer timbrazo. Piíp… piíp… piíp. A punto de colgar y dejarlo estar, aquella voz conocida respondió.

    -¿Hola?

    Por un momento no supo qué decir. Estaba absolutamente en blanco mientras el corazón golpeaba con los puños las paredes de su pecho. Manos invisibles atenazaban su voz.

    -Gerard, ¿estás ahí?

    -Hola, Caye… Sí, estoy aquí.

    -¿Cómo estás? ¿Estás bien?

    -Sí… Eso creo… ¿Y tú?

    -Yo estoy intrigada… Pero me alegro de saber de ti.

    A partir de ahí, la conversación se desarrolló por los cauces habituales. La excusa de la llamada de Gerard a Cayetana había sido la pedirle información a esta para realizar un viaje a Londres. Ella llevaba algunos meses viviendo en las Islas Británicas, concretamente en Irlanda. Gerard planeaba un viaje próximo a Londres para hacer lo que muchos españoles en aquellos años de crisis: encontrar un trabajo remunerado.

    Al volver de arreglar los papeles del paro, que le darían para un subsidio de un par de meses, Gerard acariciaba la idea de aventurarse a tierras inglesas en busca del sueño anglosajón mientras pensaba en llamar a Cayetana y contarle su proyecto. Parecía una idea plausible, dado que sabía por las redes sociales y conocidos comunes que ella estaba viviendo allí, huyendo de una relación tormentosa con un gimnasta marroquí.

    -No tendrás problemas para dar clases de español por aquí… Ya lo verás. La demanda es muy alta y necesitan de todo urgentemente. Yo misma encontré un empleo al día siguiente de llegar a Maynooth. Esto es otro mundo, lo verás cuando llegues a Londres. ¿Cuándo tienes pensado mudarte?

    Lo cierto es que no tenía nada pensado, que la idea se le había ocurrido y se había dejado llevar por el impulso, como tantas veces había hecho a lo largo de su vida, cometiendo errores y acertando a veces. Contestó como mejor pudo a la pregunta.

    -El mes que viene, cuando termine de arreglar unos cuantos asuntos por aquí. Me lo tomaré como una especie de vacaciones, nunca he estado en Inglaterra y me atrae la idea mejorar mi inglés. Quizá viajaré un poco y me acercaré por Irlanda, por… ¿cómo dices que se llamaba tu pueblo?

    -Maynooth.

    -¡Quizás me acerque por Maynooth a verte! ¿Qué te parece?

    -Gerard, sigues tan loco como siempre. -y rio. Él lo tomó como una buena señal, como si la idea de que pudiera aparecer por allí la ilusionara. Por lo menos él lo vivió así.

    Siguieron hablando un rato mientras subía la calle a por el coche. La ciudad era cuesta arriba y el vehículo estaba en la zona alta, pero Gerard no sentía ni el calor de junio ni lo empinado del pavimento, tampoco reparaba en la gente que se cruzaba, como si en el mundo solamente existiera aquella voz dulce y acostumbrada que le hablaba por el altavoz, como si fuera un náufrago contactando por radio con el buque salvador.  Al cabo de un buen rato llegó al coche y se hizo el silencio al otro lado del teléfono.

    -Me tengo que ir. Me alegro de saber de ti, Gerard, y de que estés bien después de todo.

    -Yo también me alegro mucho de oír tu voz. De hecho, la he echado mucho de menos.

    Su corazón volvió a palpitar con fuerza mientras oía el ruido blanco del silencio al otro lado de la línea. Se le había escapado aquella frase de las manos como un animalillo.

    -Ya hablaremos. Ya me irás contando tus planes. Te dejo que me tengo que marchar.

    -Vale, Caye. Un beso grande y gracias por la info. Quizá nos vemos pronto.

    -Besos. Ba-bye.

    Colgó y sonó un piíp seco y breve. Se apartó el terminal de la cara. Estaba caliente y grasiento por el sudor del mediodía. La llamada había durado más de veinte minutos. Después de dos años sin hablar, aquella casi media hora se le representaba como una especie de milagro. Parecía que el tiempo no había trascurrido entre ellos y que Caye viviera al otro lado de la ciudad, que hiciera poco que se habían visto y que faltaba nada para volver a verse, como cuando estaban juntos y eran la pareja más bonita del litoral.

    La llamada había trastocado los planes de Gerard por completo. Si bien proyectaba la idea de visitar Londres en el futuro, ahora se le hacía un imperativo vital hacerlo, una ventana de oportunidad que no podía desaprovechar. Sabía que Cayetana volvía a estar sola y la idea de volver a encontrarse la divertía. La posibilidad de reencontrarse en Irlanda o en donde fuera lo ilusionaba como el mejor de sus sueños por fin cumplido. Ni se atrevía a acariciar la posibilidad de volver a abrazarla después de tanto tiempo. Cuando pensó en volver a besar sus labios carnosos casi se come una señal de tráfico y tuvo que corregir con un volantazo que provocó el pitido airado del vehículo de detrás. No veía el momento de llegar a casa y empezar a pertrechar lo necesario para ese viaje sin billete de vuelta, donde conocería la ciudad del Támesis y quizá la paz que perdió. Los acontecimientos parecía que se desarrollaban solos y supuso que era una señal del destino. Como dicen en las películas malas: Gerard seguía los designios de su corazón.

    Había muchas cosas que preparar: la tarjeta sanitaria, la convalidación de su título universitario en Inglaterra, el alojamiento y hacer acopio del dinero necesario para la empresa de trasladarse a otro país con lo puesto y buscarse allí la vida. Animado por el relato de otros inmigrantes españoles, jóvenes universitarios en su mayoría, y la nebulosa posibilidad de encontrarse con Cayetana más tarde, se dispuso a preparar los pormenores de la nueva aventura que se abría frente a su horizonte, en la cual veía brillar la luz de un nuevo futuro a pesar de la niebla en la que transcurría su presente.

    Al llegar a casa de sus padres, lo recibieron los gritos y las discusiones acostumbradas. Nadie lo saludó al entrar ni él hizo constar su presencia. Entró directamente en su cuarto y dejó los papeles del paro encima del escritorio repleto de libros, apuntes, libretas y folios sueltos con algún que otro poema. Cogió la guitarra y rasgó cuatro acordes: Mi, La menor, Re menor, Sol, Fa, Mi. Volvió a dejarla apoyada en la pared y se tumbó sobre la cama. Por el rabillo del ojo lo miraban los libros en la estantería que había hecho comprar a sus padres para depositar todos aquellos volúmenes que el paso de su adolescencia había ido recogiendo por el camino. La mayoría de su biblioteca constaba de ediciones baratas y antiguas que no querría ni un trapero, pero él entonces no lo sabía. Sobre las sábanas soñaba despierto mirando al techo, distrayéndose con la forma de la bombilla apagada que habría de iluminar la habitación cuando llegara la noche, recordando las calles de Londres que había visitado en alguno de aquellos libros. Por fin la vida parecía funcionar, por fin todo iba a salir bien, por fin iba a salir de la mierda.

    -Gerardito, ¿hoy no comes? -Era su madre, que había abierto sin llamar la puerta de cuarto y lo miraba inquisitiva, con ganas de pelea, desde el umbral de la puerta.

    -No tengo hambre.

    -Este niño está fatal. Iba a comerse el mundo y el mundo se lo comió a él. -Y cerró.

    Gerard estuvo soñando despierto con aviones, trenes, estatuas, plazas, bosques y besos, hasta que se durmió sonriendo. Le parecía la vida un milagro que propició una llamada.

    …oooOOOooo…

    2. En blanco

    Su corazón palpitaba en la garganta mientras en el teléfono sonaba el primer timbrazo. Piíp… piíp… piíp. A punto de colgar y dejarlo estar, aquella voz conocida respondió.

    -Geri, ¿cómo está mi niño?

    -Cayetana, me gustaría hablar contigo.

    -¿Qué sucede?

    -Creo que no deberíamos seguir juntos.

    Se produjo un silencio tan hondo como si hubiera estallado la bomba atómica y el aire se hubiera quedado vacío. Fue cosa de pocos segundos, pero se hicieron eternos en la memoria de ambos.

    -¿Cómo dices?

    -Que creo que deberíamos dejarlo.

    -¿Por qué?

    -Verás, he conocido a alguien…

    -¿Y me lo dices por teléfono? Quiero verte. Quiero que hablemos. No puedes hacerme algo así. No de esta forma.

    -Tengo que trabajar.

    -Pues ven antes.

    -De acuerdo. -Y ella colgó.

    Años después, Gerard recordaría aquellos últimos días de una relación de tantos años. Se sentía imbuido por un sopor extraño, como si lo exterior importara poco. Su expresión no era ni alegre ni triste, sino indiferente. Actuaba como un autómata que mirara solo hacia dentro de sí mismo, y lo que veía era de un color gris uniforme. Lo bueno y lo malo, todo le resbalaba. Hacía tiempo que pensaba en terminar con todo y una forma de hacerlo era tirar su vida por la ventana, buscando la manera de empezar de cero o por lo menos de terminar con un sufrimiento crónico e inexplicable. Pensaba que a los suicidas se les ponía la misma expresión que él tenía en la mirada entonces.

    Sin dar demasiada importancia a una llamada de teléfono que terminaba con su vida tal y como la había conocido los últimos seis años, salió de casa sin decir nada y se dirigió hacia el coche. Por el camino iba con la mente en blanco, sin reparar en el daño que estaba causando y que sería irreparable. Solamente conducía y no veía el momento de terminar con aquel trámite molesto e irse a trabajar al hotel de cuatro estrellas donde hacía las veces de recepcionista. Un trabajo anodino que le permitía olvidarse de sí.

    Cuando llegó a la cuesta de su casa, Cayetana ya estaba allí. Lucía un vestido holgado que hondeaba en el viento como una bandera. Llevaba el pelo largo recogido con una cola y en sus grandes ojos marrones lucía la expresión de quien ha llorado durante un buen rato. Arrugaba los labios enfadada con el mundo, como quien se pregunta: cómo puede pasarme esto a mí. Sin pensarlo dos veces, abrió la puerta indignada por le odio.

    Gerard casi no abrió la boca ni tampoco escuchaba todo lo que Cayetana le decía. Básicamente ella se sentía traicionada porque él le había dicho que había otra persona. Incapaz de explicarse mejor, ella entendió que había iniciado una relación con alguien a sus espaldas y que llevaban tiempo engañándola. Nunca hubiera esperado algo así de su Geri, a quien quería tanto y a quien desde ahora odiaba con toda su alma. Le deseaba lo peor en su nueva vida y le pronosticaba que pronto se arrepentiría de ser una rata.

    -¿Es que no piensas decir nada?

    -Tengo que irme, entro a las dos y media y ya son más de las dos.

    -Que te den por culo, Gerard.

    Y salió del coche y de su vida para siempre. El otro casi sintió alivio, pero la sensación principal era la misma indiferencia de siempre, la que lo había llevado a aquella conversación en el coche, a terminar con más de un lustro de historia de un plumazo.

    En ningún momento se esforzó por desmentir lo que Cayetana pensaba. Si iba a terminar la relación, lo mejor era hacerlo de la forma más eficaz y menos indudable. Que ella pensara que estaba con otra persona, a pesar de estar solo, se le hacía una buena forma de cortar por lo sano, aunque fuera sin anestesia y de un hachazo brutal. Gerard no pensaba en las consecuencias de sus actos porque vivía en un sopor gris que le impedía pensar en nada. Se sentía poseído por una fuerza informe que lo gobernaba como una marioneta. Podrían ser las manos de Dios o del demonio, pero no se lo preguntaba. Solo se dirigía en su utilitario hacia el hotel donde habría de pasar las nueve horas siguientes, ajeno a su fracaso amoroso, profesional, vital. Estaba en caída libre y creía que volaba. Sentía cosquillas en el bajo vientre y confundió la vida con el vértigo.

    Cuánto tiempo pasaría luego preguntándose por qué había actuado de esa manera. Por qué demonios había sido tan cruel y había dicho aquella mentira. Podía haberse expresado mejor y quizá se hubieran entendido y todo habría terminado bien, con la posibilidad de una reconciliación futura, si no como pareja, sí como buenos amigos.

    Gerard tenía dieciocho años cuando empezó con Cayetana y terminaron la relación cuando ambos tenían veinticuatro. Los años más intensos de su primera juventud los pasaron juntos y habían vivido momentos inolvidables que parecían conducirlos a una eternidad feliz. Durante los primeros años fue así y esta anomalía que constituían en una sociedad donde primaba lo superficial acabó por pasarles factura. Por mucha felicidad que atesoraran juntos, el paisaje de la vida se compone también de colores oscuros y el hecho de amarse tanto también suponía no dejar espacio a encontrarse a ellos mismos, a saber quiénes son, a la soledad amarga pero necesaria. Gerard se ahogaba en una rutina feliz impropia para un chico en la veintena, con ganas de conocer el mundo en toda su extensión, con el deseo de intentar ver más allá de sus horizontes y de aventurarse solo en la empresa de vivir, sin sentirse responsable de la felicidad de otra persona, que por otra parte y paradójicamente eran la persona que más quería. Era Ícaro volando hacia el sol y lo sabía, la caída se le hacía de una necesidad tan perentoria que la anhelaba.

    Y lo consiguió. De un modo brutal y cruel, fruto de su inexperiencia, pero lo hizo. Se liberó de las cadenas de oro que lo ataban a una vida maravillosa y se adentró en la nada del abismo que por contraste se le hacía el lugar más apetecible del mundo. Ahora ya no tendría que rendir cuentas ante nadie, solo ante sí mismo. Podía hacer lo que le diera la gana y era tanta la sensación de libertad que se le hacía pequeño el cielo abierto ante sí. Detuvo el coche en el parquin de los empleados y se encontró con otros compañeros en el fumadero, antes de empezar la jornada. Quienes estuvieron allí con él dirían que nunca lo habían visto tan contento en todo aquel verano, que era el tipo más divertido del planeta tierra, haciendo bromas con todo y haciendo reír a todo el mundo.

    -Gerardo, hoy iremos unos cuantos a tomar algo después de trabajar. A lo mejor se nos hace de día en la playa. ¿Te apuntas? -Era Sara quien le hablaba, sonriéndole divertida.

    Apurando el cigarrillo, pensó en lo que tendría que hacer al día siguiente. En si tenía que avisar o si le parecería bien a alguien. La agenda de su vida estaba en blanco.

    -¡Pues claro que sí!

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Este relato continuará la semana que viene y se irá publicando por partes todos los domingos. Espero tener la fuerza y la pericia necesarias para contar la historia completa, y bien.

    Siéntete libre de escribir cualquier comentario y de compartirlo con quien tú quieras.

    Gracias por estar al otro lado de la página, pues sin ti esta historia no tendría corazón donde vivir.

  • tres poemas cada ocho horas

    tres poemas cada ocho horas

    alma caritativa

    siempre hago la compra en el mismo
    Mercadona, el que está en el barrio más
    deprimido de Tarragona, frente a la
    comisaría cruzando la carretera nacional.
    me gusta ir hasta allí porque siempre hay
    aparcamiento y sobra la fruta
    (creo que lo vecinos no suelen comprar
    piña fresca, fresas, mandarinas, sandía y
    siempre queda de todo). yo iba pensando en
    cavilaciones literarias: cómo enfocar la
    próxima historia de mi blog, qué poemas
    podría encontrar por el camino, si vale
    la pena leer a Harold Bloom o a Vila-
    Matas. ya estaba metiendo la fruta y la
    verdura en el maletero de utilitario

    cuando

    perdone, puede ayudarme
    con algo para comer.

    era una mujer de entre 35 y
    65 años, sin dientes, con el pelo
    largo castaño oscuro sin una sola
    cana, enjuta, con la mirada mitológica
    del hambriento, esperaba mi respuesta.

    NO.

    me gustaría verte viviendo
    en la calle.

    seguí, acobardado, metiendo las
    bolsas en el coche como si nada
    pero sin poder pensar ya en la
    Literatura si no en decirle a la
    vagabunda que me había asustado,
    que quería ayudarla, que tengo unos
    cuantos poemas sobre personas como
    ella porque, de algún modo, las admiro.

    volvió a pasar por delante de mí mas-
    cullando un hijodeputacabróndemierda airado,
    entre dientes, mientras sus ojos hundidos
    me miraban pasmado junto al maletero
    abierto y repleto de
    víveres.

    lo dejé estar, me subí al vehículo,
    y me fui hacia mi
    casa.

    al dar la vuelta al parquin buscando
    la salida, la vi con un bote de batido de
    chocolate y una lata de aceitunas que
    le estaba dando una
    señora.

    siempre quedará en el mundo
    algún alma
    caritativa.

    arquitectura razonable

    por suerte o por desgracia
    el edificio de la vida no puede
    sustentarse solamente sobre
    el pilar del Amor. porque cuando por
    alguna circunstancia, ajena a nuestra
    voluntad, el pilar se nos quiebra
    todo el edificio de la vida se
    derrumba sobre nosotros.

    hay que pensar en otros elementos
    arquitectónicos
    como el trabajo, la salud, el dinero,
    la familia.
    pero
    un edificio que se
    sustenta solo por estas paredes
    maestras, sin el pilar del Amor
    en el medio,
    resulta algunas noches un lugar
    peligroso.

    una vida
    donde, por suerte o por
    desgracia no
    es posible
    vivir.

    justicia poética

    veo a muchos escritorzuelos
    y escritorzuelas
    de primer nivel, según ellos, vivos
    y vivas
    pero también los hay muertos,
    y muertas, que
    tuvieron suerte para colocar sus
    cuatro poemas y sus dos novelas en
    el mundillo literario.
    ellos y ellas parecen
    o dijeron estar
    aburridos de la vida a pesar de haber
    viajado a París, Nueva York, Nueva
    Delhi, de haber compartido el tiempo y
    la cama con personas más maravillosas
    que ellos y ellas.
    sienten su arte mal
    remunerado y por eso poco
    valorado.

    cuando encuentro, sin quererlo, a
    alguno o alguna de ellos o ellas
    en una foto o en un vídeo en RRSS-
    casi nunca en el texto- me invade la
    desesperanza y le pregunto a Dios
    o Diosa
    por qué les dio el regalo de la oportunidad
    a quienes desprecian el regalo de la
    vida.
    supongo que es un misterio teológico
    que no se resolverá hoy y que sólo encontrará
    justicia poética
    en el tiempo, que todo lo
    olvida,
    y en mi desprecio minúsculo por su,
    según la crítica, fundamental
    labor
    literaria.