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  • Efímero amoR en Roma eterna

    Efímero amoR en Roma eterna

    I

    Roma es una ciudad bastante sucia. Llegué un lunes por la tarde y me sorprendió el paisaje que cruzaba frente a mí durante el trayecto del aeropuerto al centro de la ciudad: los suburbios aledaños a las vías del tren estaban especialmente sucios, pintados con grafiti, máquinas tiradas y herrumbrosas por doquier. Me parecía estar viajando a un pueblo del Sur, no entrando en una capital europea, nada menos que la Ciudad Eterna.

    Llegué al hotel y un tal Damiano me esperaba para entregarme las llaves de mi habitación. Plaza Pío XI. Me parecía que el lugar sería especial por encontrarse a apenas dos quilómetros de la Ciudad del Vaticano. No obstante, daba la sensación de estar muy alejado. Las calles eran comunes, un paisaje de periferia con sus aceras de asfalto y sus contenedores repletos de basura donde buscaban suerte los extracomunitarios. Quise hacerle notar a Damiano mi desazón y asegurarme de que el centro se encontraba tan cerca como lo situaba el mapa, en efecto, Internet no me había mentido. En apenas cinco paradas de autobús, uno se encontraba atravesando las aguas del Tíber.

    El recepcionista era fumador y lucía un paquete de tabaco en el bolsillo delantero de la camisa. Me pidió la documentación y yo, mientras tanto, le hacía preguntas al respecto de dónde conseguir las cosas que se me habían olvidado en casa: un cargador para el teléfono, un supermercado con droguería, un banco, un sitio para comer-cenar dado que llevaba todo el día con el estómago vacío. Con una voz rota y viril, como la mía -no sería mucho mayor que yo-, Damiano me informó en itañol (mezcla de dos idiomas hermanos) donde se encontraba todo lo que yo quería: el sitio más lejano estaba a apenas dos minutos andando desde el edificio donde me hospedaba. Después de todo, me alegré de que el centro se encontrara al otro lado del río, habría sido difícil para mí realizar todos los recados de forma ágil si me hubiera encontrado en una calle donde solo hubiera comercios de souvenirs. Salimos juntos del edificio dado que Daminao acababa su turno a las ocho en punto y ya eran las siete y cuarto. Luego me quedé solo.

    Cené una carbonara y demás está decir lo buena que estaba. Lo único que no me gustaba, a pesar de no encontrarme en la ciudad vieja, es que en el restaurante sólo había clientes del norte de Europa, turistas como yo a quienes clavarían una factura demasiado alta por unos platos que creeríamos auténticamente italianos. Pero, en fin, yo estaba cansado por el viaje y de buen humor por llevarme algo al estómago.

    Venciendo la tentación de irme al hotel a descansar, crucé la calle y me subí al primer autobús que se dirigía al centro. Previamente, había pasado por un banco donde me fue imposible sacar efectivo. No había otra sucursal a la vista, así que me subí al vehículo con la esperanza de poder pagar mi billete con tarjeta de crédito. Al mostrarle mi intención al conductor, este me miró por encima del hombro, hizo un gesto de indiferencia, miró al frente y cerró las puertas del autobús. Me quedé algo sorprendido, sin entender bien lo que pasaba. Una chica, a mi lado, vio la escena y me informó en inglés que los autobuses no aceptaban el pago con tarjeta. Pero yo ya estaba subido, le hice notar, y ella me instó a no decir gran cosa y dejarme llevar gratis por las calles de Roma. Me preguntó dónde iba y le contesté con el nombre de una pizzería: Trastevere.

    Resulta que ella, cuyo nombre nunca me dijo, trabajaba cerca y nos bajábamos en la misma parada. Era enfermera en uno de esos hospitales que, luego lo confirmé, parecían sanatorios de la Edad Media -no me gustaría estar ingresado en uno de esos. La buena conversación hizo que el tiempo pasara volando y, llegados al río, me indicó por dónde tenía que seguir mi camino a pie. Pensé en intentar coger el número de aquella chica pero yo ya tenía un amor en Roma, la persona que me había recomendado que, aquella primera noche solo, me dirigiera al barrio bohemio, que seguro que te piac(h)erà.

    Trastevere significa “tras el río Tíber”. Como en otras ciudades fluviales donde yo había pernoctado -Madrid, Londres- los barrios situados al otro lado del río -Carabanchel, Hammersmith- eran mucho más pobres y no tenían nada que ofrecer a los turistas. Pero en Roma la pobreza es una gala. Mientras bajaba el paseo junto al ancho río, observaba cómo caía la tarde bajo los grandes arcos de los puentes. Allí se preparaban para recibir otra noche húmeda algunos vagabundos solitarios, separados entre sí entre puente y puente. Cuando pisé por primera vez el barrio, la música me invadió por todos los flancos. La gente se arremolinaba en una plaza de donde partían varias calles sinuosas hacia todas las direcciones. Supe que había llegado a mi destino y, para asegurarme, le pregunté a una transeúnte, señalando con el dedo, con los ojos iluminados y los oídos encendidos, si aquello de allí era Trastevere. Me contestó que sí.

    Nunca consulto las guías de viaje cuando visito un lugar. En ocasiones, como en este caso, tenía información de algunos monumentos por haberlos estudiado en los libros de historia, pero apenas sabía dónde se encontraban. Me gusta dejarme llevar por las calles, por la vida, y encontrar lo que Fortuna quiera. No tengo interés en meterme en un lugar emblemático si algo no me ha llevado allí. En otras ciudades uno corre el riesgo de no encontrar nada, de acabar en un espacio liminal, pero en Roma uno lo encuentra todo.

    Guiado por el ritmo de las calles donde artistas entonaban canciones que yo conocía -rock clásico principalmente o tangos de Gardel- me iba internando por entre los muros de las estrechas avenidas. Como era el barrio bohemio, no me costó demasiado encontrar un estanco; como era un barrio turístico, tampoco me supuso ninguna dificultad sacar, por fin, dinero. Demás está hablar de la preciosidad del sitio para quien encuentra en la decadencia un aroma cálido y embriagador. Siguiendo la música de los artistas desconocidos, atravesando puestos de pasta donde se formaban largas colas de turistas centroeuropeos hambrientos, encontré una plazuela sin saber que me quedaría allí hasta que cayera la noche.

    Había una tienda de campaña verde-militar y dos militares con sendos subfusiles, una iglesia, restaurantes, bares, puestos callejeros de bisutería y mesitas de playa donde tres hechiceros -dos brujas y un mago- echaban las cartas delante del portal de la iglesia. Me resultó curioso este hecho dado que sabía que la religión católica considera pecaminoso y satánico el uso y el consumo del esoterismo: pero, en Roma, Dios y el Diablo convergen en la misma sucia vía. Un rastafari negro tocaba maravillosamente la guitarra y nos íbamos arremolinando bajo sus notas, asistiendo a una misa pagana que me llenaba los ojos de lágrimas y me ponía el vello de punta. La voz de aquel tipo, el modo en el que golpeaba la guitarra y arrancaba de ella los acordes, era tan especial y genuino que el músico que lo acompañaba, un hombre blanco con sombrero de cowboy y guitarra eléctrica, parecía que no tuviera ni idea de hacer música. Al cabo de un tiempo indeterminado -quince minutos o una hora- continué mi camino dejando la plaza tras de mí. Encontré otra donde se celebraba un concierto por la paz: entidades católicas de toda Europa se reunían para clamar por la convivencia y por su supervivencia. Soy consciente de los horrores del catolicismo y de la Santa Madre Iglesia, pero no podía evitar una sonrisa de oreja a oreja, hacer fotos y saltar con el párroco joven que llevaba la batuta de la orquestra rock católico y virginal. En la enésima iglesia, un mosaico dorado en lo alto de la fachada mostraba santos personajes rodeados de pan de oro y palmeras. Continué mi camino, pero volví sobre mis pasos cuando se acabaron las calles peatonales y se ensancharon para que cupiesen coches. Aquello no me interesaba, volví donde los tarotistas y me senté en el portal de la iglesia, justo detrás del rastafari que mezclaba el tema No Woman No Cry de Bob Marley con Let It Be de Paul McCartney.

    Luego, cuando el rastamán recogía sus bártulos, dos guitarristas más mediocres se pusieron a interpretar canciones más actuales, a los que nadie parecía prestar atención excepto yo, que estaba justo detrás de ellos, con un gin tonic en un vaso de plástico y un cigarrillo en la otra mano. Solté las amarras de mi alma y me llené de la noche romana.

    Estaba en otro país, completamente solo, pero no me lo parecía. No echaba de menos a nadie. Quizá mi posible acompañante no habría entendido mi afición por la música en directo de ahora, ayer y siempre; tampoco se había arriesgado a fumar tabaco de liar y a beber un cubata delante de un puesto del ejército -los cuales no me dijeron nada, como ya supuse. Al día siguiente iba a reunirme con otra Roma. Pensé entonces que si la cosa se torcía y la cita no resultaba como era deseable, lo cual era un riesgo evidente, no me importaría disfrutar el resto del tiempo así, entregado a la ciudad en cuerpo y alma.

    Al cabo de tres copas, la música se terminó. Era un buen momento para volver al hotel y al fin, descansar, pero quise hacerlo por el camino más largo. No conocía el barrio, así que rápidamente me perdí por calles sorprendentemente oscuras que inquietaban al misterio. Al cruzarme con los paseantes no podía distinguir su rostro, éramos sombras los unos para los otros y sentía que su desazón era el mismo que el mío al mirarnos furtivamente. Sabía que el río quedaba a la derecha y lo encontré torciendo la primera calle. No andaba lejos y una vez junto a la margen de piedra divisé no muy lejos un puente antiquísimo e iluminado. Bastantes paseantes lo cruzaban y me dirigí hacia él. Cualquier parada de autobús era buena para mí dado que no sabía cuál era la buena.

    La brisa me acariciaba mientras cruzaba hacia la parte noble y antigua de la ciudad. Frente a mí, una calle sinuosa, aunque esta vez más recta que al otro lado del río, se torcía más adelante y la seguí sin saber qué encontraría unos metros más allá. De una tienda salía música de AC/DC y la dependienta me invitó a entrar. Aproveché para preguntar dónde tenía que coger el autobús y me dieron indicaciones lo suficientemente vagas para llegar a mi próximo alto en el camino y no irme todavía a descansar los pies.  

    Tuerce a la derecha y continúa recto, cuando llegues a una calle que cruza, la parada está a la derecha de nuevo. Encontré la avenida transversal por donde pasaban taxis y coches y me asaltó, otra vez, la música. En un bar que hacía esquina, había gente bailando en la puerta un rock and jazz antiguo y muy bien ejecutado. Miré hacia dentro y unos músicos -saxo, batería, guitarra, contrabajo, cantante femenina- lo daban todo como si solo existiera aquel último local sobre la Tierra. No pude resistir la tentación de entrar y pedir una ginebra con tónica. El dueño del local, bastante exclusivo, me dedicó una mirada de desprecio y me cobró diez euros por una copa demasiado sencilla para su buen gusto. Pero me daba lo mismo, no me incomodaba estar sentado rodeado de ricos ignorantes porque yo estaba allí por la música, que era fantástica. Me senté en la barra frente a los músicos, que imaginé tan pobres como yo, y me dediqué a emborracharme con su actuación por la que habría pagado todo lo que me quedaba en el bolsillo.

    Más tarde, salí del local en busca de la parada de autobús. Dos señoras italianas habían salido de fiesta y les pregunté cómo llegar a la plaza donde se encontraba mi hotel. Me informaron de que debía bajarme al cabo de unos diez minutos y esperar allí a un autobús que me llevaría, seguramente, a Pío XI. La conversación con ellas era muy aminada. Me dijeron que aquello era Roma y que no tuviera prisa a que llegara el autobús, yo me reía y contestaba que no tenía prisa ninguna, que tenían una ciudad maravillosa. No tardó demasiado y, una vez dentro del transporte público gratuito, me explicaron singularidades de los edificios que íbamos dejando atrás dado que ambas eran guías turísticas y yo no tenía ningún reparo en preguntarles por las bellezas que veíamos de pasada. El dato que más me impactó fue cuando pasamos por delante de un sanatorio, todavía en funcionamiento, que constituía il primo ospedale in tutta Europa.  

    Bajé frente a los muros de la Ciudad del Vaticano a esperar el siguiente autobús. Como no estaba seguro de si me llevaría a mi hotel, pregunté a un extracomunitario que esperaba en la parada. El hombre, muy amablemente, me contó que él iba en mi misma dirección y que me avisaría cuando llegásemos a Pío XI. Yo hacía tiempo que no tenía batería en el móvil, así que dependía de la buena voluntad de los romanos para llegar.

    Nunca me sentí solo, jamás aburrido. Más bien al contrario, si todos los días iban a ser como esa tarde y esa noche: fermati, istante, sei così bella. Al cargar mi teléfono, mi amiga me había llamado varias veces, preocupada por mi situación: yo en una ciudad desconocida y sin contestar. No pasaba nada, tranquila, me lo había pasado bomba.

    Y solo era el principio.

    II

    Quedamos en vernos al día siguiente. Debía recogerla en la estación de Termini sobre las diez y media de la mañana. Que descanses. Tengo ganas de abrazarte. Adiós. Bacio.

    Me desperté emocionado por el nuevo día. Tomé una ducha y me dirigí hacia la parada de metro, que quedaba a unos pocos pasos del hotel. Empezaba a enamorarme también de ese barrio de la periferia. La vida se desarrollaba con normalidad un día entre semana. Antes de bajar las escaleras del suburbano, entré en una cafetería cualquiera, antigua, como las que hay en España: barra de metal y taburetes de contrachapado. Pedí un café solo y sólo necesité mirar la antigua cafetera para darme cuenta de que estaría buenísimo, ni mejor ni peor que en mi país, si uno sabe dónde encontrar lo bueno. Lo mejor no fue el sabor del café, fue que su precio estaba por debajo del euro, Ottanta, dijo la vieja matrona, y yo entendí que sólo me pedía ochenta céntimos por mi café solo.

    Al salir a la calle, el cielo me parecía más azul y las nubes más blancas. Bajé las oscuras escalinatas hacia el andén y me subí al primer tren que me llevará a Termini. El vagón estaba vacío, supuse que los romanos preferían moverse en coche, en vespa o en autobús, que salía gratis. Podía haberlo intentado, pero no quería fallarle a mi Roma.

    Subí al edificio y me uní al río de gentes que iban de un lado a otro, buscando su destino. Me llamó la atención los altos techos y la cantidad de negros que poblaban el vestíbulo principal. Aquel lugar era su centro de operaciones y le otorgaba al espacio un aire de zoco africano en pleno centro de la capital del catolicismo. Todavía me quedaba tiempo, así que decidí buscar una floristería y compré una rosa roja. Verme paseando por la estación, bastante descuidada, pero populosa de Termini, con una rosa en la mano atraía la mirada de algunos transeúntes, también de los negros, y todo el mundo sonreía.

    Habíamos quedado en vernos en una de las entradas de la estación. Al llegar vi que era la menos concurrida. Algunos taxistas hacían tiempo, esperando los clientes a la sombra. La temperatura era primaveral y no había demasiado ruido en el ambiente. Un poco antes había divisado un McDonald’s encastado en un muro milenario. Las palomas antiquísimas se arremolinaban nerviosamente en busca de alguna patata frita americana. Empezaba a esbozar aquellos contrastes en mi cabeza cuando vi aparecer a Sofia.

    Vestía un vestido apretado con volantes, que ceñía sus pechos decididos y su cintura breve. Sus caderas eran generosas, pero sin exagerar. Sus piernas no eran largas, pero estaban bien torneadas y morenas. El pelo castaño le caía sobre los hombros, recogido en una pinza por detrás. Sus ojos eran grandes y sus labios carnosos. Sofia era siciliana y yo creía ver la honda tradición mediterránea en sus rasgos levemente afilados, en la nariz casi prominente que comparten los árabes, los judíos y los cristianos del sur. Son nuestros defectos los que nos hacen adorables, y a mí ella me parecía el colmo de la belleza bajo aquella mañana italiana. Como había visto la rosa, a medida que se acercaba, reía afectuosa y yo supe que ya estaba todo hecho. Llevábamos un año sin vernos, la vez anterior en Barcelona. Ella era turista y yo trabajaba para el turismo. Muchos meses sin contacto y sin demasiada confianza, pero los dioses paganos otorgan su bendición a los corazones valientes y, cuando la tuve entre mis brazos, la besé, nos besamos en un largo y apasionado beso que se terminó cuando ella miró, y yo le di, la rosa. Oh, dijo con una expresión de alegría. Y volvimos a abrazarnos bajo la mirada atenta de los taxistas y de los negros, que entonces pensaban que yo era el tipo más afortunado del mundo conocido. Sofia me dijo que estaba más gordo, reí y nos fuimos.

    No tardamos mucho en llegar a mi hotel por el mismo camino por donde había llegado. Sentados en el metro nos abrazábamos de vez en cuando y nos poníamos al día, ambos nerviosos y excitados por lo que teníamos entre manos. Hubo algunos momentos de desenfreno bajo el subsuelo romano, en el casi solitario vagón de metro, que suavizábamos con conversaciones intrascendentes sobre el trabajo o mi viaje. Ella se dedicaba también al turismo en un hotel de lujo en una villa cercana, Civitavecchia, a una hora de allí. Yo le conté mi noche anterior por el barrio del Trastevere.

    Subimos hasta la habitación en relativa calma, como si fuéramos solo dos amigos que han quedado en verse inocentemente. Saludamos a Damiano en la recepción y me miró con cara de Será cabrón. Hablaron un momento Sofia y él en un italiano rápido que entendí a medias. Corté la conversación alegando prisa, temeroso de que la conversación se alargara demasiado y enfriara los planes que ambos teníamos en mente.

    Muy castamente, traspasamos la puerta de mi habitación y, al cerrarla, la castidad quedó fuera. Nos abrazamos como su fuéramos los últimos seres humanos sobre este mundo, nos besábamos como si estuviéramos sedientos y quisiéramos beber de la boca del otro. Mientras mis manos recorrían su cuerpo por debajo de la ropa, sentía su respiración, caliente, su lengua húmeda sobre mi cuello. Su carne era suave, tierna, cálida. Sus manos eran femeninas pero fuertes, nobles manos de mujer a quien no se le caían los anillos por trabajar, por manejarme. Me deshizo el cinturón y los pantalones cayeron al suelo como las hojas. Me quitó la camiseta y miró mi cuerpo, lejos del ideal hercúleo, pero vital y lleno de hambre. La liberé del vestido como de un velo mágico y caímos sobre el lecho de la cama. Le quité el sostén con delicadeza y sus pechos se revelaron más pequeños de lo que prometían. Ella descubrió mi desnudez también y nos quedamos un momento, un leve segundo, observándonos. Los defectos de la carne, aquellos que nos hacía humanos y que la ropa tapaba, nos juntaban en una unión divina.

    Con delicadeza, le quité lo que quedaba por descubrir y nos fundimos en dos besos simultáneos, el de la boca y el de los sexos. El tiempo pasa a ser relativo cuando se producen contactos de esta clase, estuvimos un rato yendo y viniendo, oliéndonos, lamiéndonos, comiéndonos cada vez más fuerte y más duro. Antes de que todo terminara, cambiamos de postura. Divisé el lecho y las sábanas blancas revueltas. Su maleta miraba la escena desde una esquina como un gato negro, las paredes eran azules y el cabezal de la cama blanco. En la parte inferior de la espalda, Sofia lucía un tribal tatuado, muy típico de la época de los dos mil. Ella había sido una chica de barrio, como yo. Eran muchas las coincidencias que, sin saberlo, nos conciliaban. No pensé demasiado en todo ello y me uní de nuevo a ella desde esa perspectiva. La tomé suavemente del pelo con una mano y con la otra la acariciaba de arriba abajo, desde la espalda hasta el muslo. Poco a poco fuimos subiendo de intensidad de nuevo y miré todos los detalles de la pared azul para no terminar antes que ella. Por la forma en que arqueaba hacia fuera la espalda, por la voz entrecortada como me hablaba, supe que el momento estaba cerca. Apuré las últimas fuerzas de mi concentración y la sentí explotar de un modo elegante, sin exageración pero con intensidad. Llegados a este punto, no lo resistí más y le manché en varias oleadas el tribal que lucía sobre su espalda morena.

    Llegó la calma, se hizo el silencio, casi se apagó todo. Poco a poco fueron volviendo los colores y las luces de mundo. Allí estábamos, uno encima del otro, sucios y felices, cansados pero contentos. Mucho tiempo, me dijo. No entiendo, le contesté. Mucho tiempo sin… Me miraba con sus ojos grandes y sus labios carnosos. Era una mujer atractiva, seguro que tendría a muchas babosas detrás de ella, como todas, pero extrañamente me había escogido a mí. Me parecía un misterio, No entiendo, dije.

    Se levantó divertida y entró en el baño. En su ausencia, yo miraba la luz del medio día que entraba por la ventana. Me parecía curioso el grado de complicidad se producía cuando se intimaba con una persona desconocida, se entraba en otra dimensión diferente y ya nada volvía a ser igual entre esos dos seres. Sofia y yo conocíamos la desnudez del otro y eso parecía situarnos en un plano diferente. Cuando saliéramos de la habitación tanto Damiano como cualquiera sabría que ahora éramos algo más que amigos castos.

    Se metió en la cama conmigo y hablamos de nuestra vida. Ella había estado mucho tiempo sola, y yo también. Trabajaba mucho y tenía poco tiempo libre, y yo tampoco. Tenía el sueño de viajar a España y supuse que ese era mi mejor baza. Para muchos extranjeros, el simple hecho de hablar bien el español constituye un atractivo que la mayoría no sabe aprovechar. Le dije que a mí no me importaría vivir en Roma para siempre, que me encantaba la ciudad, la gente, la vida y, por encima de todo, ella, exageré. Le gustó y me contó que había sufrido mucho en Italia. Sentí una honda pena, que casi me movía a las lágrimas, y la abracé de nuevo, la besé de nuevo, me endurecí nuevamente y ella se dio cuenta. Esta vez, en vez de repetir el mismo baile de antes, fue ella quien tomó la iniciativa y me dejé llevar. Vi sus bellos ojos alejarse de los míos sobre mi vientre, vi su melena caer sobre mis muslos, su nariz contra mi piel, sus labios generosos y su lengua caliente y húmeda bajo mi ombligo. Si el éxtasis era posible, era sinónimo de aquello. Solo se oía ese acuoso y suave sonido, como de peces en una balsa tranquila. Yo respiraba y simplemente disfrutaba del regalo que ella me hacía, de vivir.

    Terminamos pronto. Teníamos prisa por salir y visitar la ciudad. Empezamos a tener hambre por la actividad pero no prisa por comer. Decidimos coger un autobús e irnos, de la mano, a perdernos por las calles de la ciudad vieja, del amor en la Roma eterna.

    III

    Solo disponíamos de un día. Sofia pasaría la noche conmigo y al día siguiente nos marcharíamos, ella a su trabajo y yo a mi país. Se trataba de un amor solo posible en el siglo de los vuelos de bajo coste y los teléfonos móviles, al menos para dos ciudadanos de clase media. Miraba la ciudad pasar en los ojos de ella. Al apearnos estábamos en una zona de anchos muros y hondos fosos, una fortaleza inexpugnable de la época de los grandes emperadores. La ciudad romana de extendía, pero solo buscábamos un sitio donde comer pasta y reponer fuerzas. Terminamos en un restaurante para turistas. Los camareros se sorprendían al ver que ella era italiana y yo español, normalmente la historia se producía a la inversa por la escasa confianza de mis compatriotas, supuse.

    Paseamos por el Foro, en cuya área cabía todo el casco antiguo de Tarragona. Ambas ciudades, la mía y la de Sofia, eran hermanas de la misma época. Roma era la mayor pero no única heredera del pasado glorioso que una vez compartimos los mediterráneos. Visitamos el Coliseo y, contra todo pronóstico, no me sorprendió. Yo buscaba un arco por donde la luz azul del mar se colara por entre las piedras, como sucedía en el Anfiteatro de mi ciudad, pero no lo hallé, y me decepcionó sin quererlo. Observé que las gaviotas eran muy confiadas, casi violentas, con la inteligencia malvada de esos simios que pueden verse en documentales sobre templos en países de Oriente; gaviotas milenarias que por centurias habían visto pasar turistas de todas las épocas y países.

    Visitamos la ciudad del Renacimiento y el Barroco. Plaza de España y la Fontana di Trevi. Extrañamente no me sorprendió ni me sobrecogió la belleza armoniosa del siglo de oro. La Fontana me pareció pequeña y demasiado blanca, como de yeso. Tan limpia y conservada que no encajaba con el espíritu decadente de la ciudad. Todas las iglesias estaban abiertas y se podían visitar. Entramos en una cercana a la plaza y Sofia se arrodilló a la entrada. Sus piernas se mostraron en toda su generosidad bajo la falda del vestido al realizar la genuflexión y a mí, dentro del templo y bajo la mirada atenta y balsámica de nuestro Dios hecho hombre, me pareció esa visión el sumun del erotismo. Nos mantuvimos a cierta distancia mientras paseábamos por la casa de Cristo y al salir al cabo de poco rato la abracé con el deseo renovado, Sofia se sorprendió y rio contenta.

    Vimos el Panteón y demás monumentos hasta que empezó a caer la tarde. Caminamos unos cuantos quilómetros y al llegar a la plaza de san Marcos, frente al parlamento y la columna trajana, nos sentamos en un parque. Comiendo un gelato, ella me contó la historia de su exnovio. El tipo era policía y le había puesto los cuernos. Después de muchos años, él la había repudiado y no podía volver a su isla con la misma cara, porque todavía funcionaban en aquel mundo algunas tradiciones antiguas e injustas. Yo la miraba en silencio y sentía cierta tristeza por la realidad que nos iba circundando a medida que la noche se acercaba. Iba llegando el momento de la despedida y el sueño se terminaría, como una vez había caído el sueño del Imperio Romano, a pesar de Trajano.

    Volvimos al hotel más taciturnos y cenamos en cualquier sitio. Estábamos realmente cansados por la actividad y aún nos quedaba el día siguiente. Teníamos ganas de abrazarnos hasta ahuyentar la dulce tristeza que había llegado con las nubes que amenazaban lluvia. Subimos a un autobús y tomamos uno que iba en dirección a Pío XI.

    Como el hotel quedaba a pocos minutos de la Ciudad del Vaticano, estaba de camino. Era tarde y no habíamos cenado, empezaba a hacer frío pero quizá aquella sería la última noche en Roma para ambos. Nos bajamos en la ciudad santa y al poco estábamos en mitad de la Plaza de San Pedro. No había nadie, era oscuro y empezó a llover muy fuerte. Nos refugiamos bajo los porches curvados. La llamaron y Sofia anduvo hablando por teléfono un rato. Mientras, yo paseaba por entre las columnas y miraba aquella plaza que había visto tantas veces en las noticias, pensando en qué sobrecogedora era cuando llovía. En aquel viaje no visitaría el interior del Vaticano, no me importaba. El turismo salvajemente organizado estaba lejos de mi romanticismo salvajemente desorganizado.

    Este es el lugar perfecto para el final de una película. Le dije cuando se acercaba. No me reveló el motivo de la llamada ni tampoco quise saberlo. Al fin y al cabo, éramos dos extraños en un mundo extraño bajo la mirada atenta de estatuas extrañas sobre los tejados. Ella tenía frío y me abrazó. Era el momento de volver al hotel y descansar.

    Las calles se convirtieron en ríos y los autobuses en vehículos acuáticos. Llegamos al hotel con los pies mojados y con el frío dentro del cuerpo. Entramos en el plato de ducha y nos amamos por última vez en aquel día. De pie y cansados, pero aún vivos.

    Dormimos del tirón hasta el día siguiente. La llegada del nuevo amanecer significaba el fin de nuestra historia, pero ninguno de los dos se lo hizo saber al otro. Un poco taciturnos, preparamos el equipaje y bajamos a buscar un sitio donde desayunar. La mañana, después de la lluvia, se presentaba transparente y limpia. Nubes blancas, esponjosas, surcaban el cielo azul. Como no sabíamos dónde tomar un café, dimos una vuelta por el barrio. En la mitad de una cuesta se hallaba el estudio de un viejo pintor.

    Un señor mayor vendía sus paisajes marítimos en un almacén polvoriento. Todos los cuadros, en diferentes tamaños, tenían los mismos motivos: el mar, unas barcas, la arena de la playa, el cielo azul. No era ni mucho menos el negocio de un galerista, sino más bien el de un maestro alfarero que, en este caso, se dedicaba a pintar paisajes. Había algo mágico en aquellos lienzos, que por otra parte no eran muy caros. Como no quería irme de la ciudad sin un recuerdo, decidí entrar en la tienda y ver si podía llevarme un poco de Roma a casa. Sofia y el viejo pintor estuvieron hablando mientras yo observaba las pinturas. Escogí una en formato pequeño y le hice saber al caballero que quería esa. Me dijo, en un italiano ininteligible, que había hecho una buena elección, porque le gustaba especialmente de ese lienzo cómo le habían salido las nubes. Ya nadie mira las nubes, porque todo el mundo mira los móviles, nos dijo con su lengua antigua. Cuando me disponía a pagar, y a dejar al viejo y el mar con su melancolía, Sofia no me dejó.

    Salimos cargando el pequeño cuadro, que no era mayor que una fotografía, y seguimos la calle buscando la ciudad. Todavía nos quedaba la mañana y podríamos compartir los últimos momentos del día juntos antes de separarnos, quizá para siempre. Ambos sabíamos, en el fondo de aquella mañana, que lo nuestro no tenía el más mínimo futuro, que dioses extraños habían unido nuestros caminos y que pronto estos llegaban a su fin. A pesar de haber disfrutado tanto del tiempo juntos, la felicidad estaba en lo efímero.   

    Antes de separarnos, dimos un paseo por un parque cerca del Tíber. Muchos cuentos en mi vida han terminado así, con un río al fondo del cuadro. Hablábamos de asuntos intrascendentes, sabiendo que pronto volveríamos a la estación de Termini para coger dos trenes con destinos diferentes. Pero de momento era media mañana e íbamos cogidos de la mano. En un banco del parque, un violinista tañía una bella canción que emocionó mucho a Sofia. Se recostó contra mí y la estreché con mi brazo con más ímpetu, mientras mirábamos la música a poca distancia. Esta iba a ser la canción de mi boda, dijo en italiano, y entonó la dulce melodía mientras sonreía tristemente.

    La puse frente a mí y coloqué sus brazos sobre mis hombros y mis manos en su cintura. Bailamos muy cerca y despacio, al ritmo de las largas notas, como si ese fuera la noche de nuestra boda: un día que no olvidaríamos nunca. Por un momento, mientras duró la música, ella y yo bailábamos en una sala llena de amigos y familiares, de caras radiantes de alegría y de contento por nuestra unión. Ella vestía de blanco y yo de negro, éramos felices y siempre lo seríamos. Puso su cabeza en mi pecho y yo mi sien contra su pelo. Cerramos los ojos y el tiempo se detuvo en la eternidad de ese instante tan bello.

    Cesó la música y dimos unas cuantas monedas al chico del violín. Estuvimos hablando un poco con él, era un estudiante que había ido a Roma en busca de un golpe de suerte, en busca de fama y dinero, lo cual tardaba en producirse. La vida es así. Nos da todo y nos lo quita, nada se puede hacer, sólo que vivir el momento. Sofia estaba radiante. 

    Mientras conversaban, miré en torno a mí y vi el río, los puentes, las estatuas, los tejados, las nubes efímeras. Roma es una ciudad bastante sucia, y como el amor: eterna.  

  • No tengo prisa

    No tengo prisa

    De camino a la estación, miro el reloj, son apenas las siete, y no tengo prisa. Decidí salir temprano de mi apartamento porque estaba expectante y tenía ganas de tomar un poco el aire antes de meterme en el tren dos horas y aparecer en el corazón alocado de la gran ciudad.

    Hace una tarde magnífica. Algunos bañistas vuelven con sus enseres de la playa en las manos: sombrilla, toalla, alguna nevera portátil. El verano poco a poco se termina y a esta hora, en este día, corre una brisa fresca y húmeda que me hincha la camisa fina de algodón. Acarreo una maleta negra en la mano derecha, que compré para otro viaje, con pocas prendas: un par de camisetas, ropa interior, otros tejanos aparte de los que llevo puestos, el cepillo de dientes y el resto de los enseres para el aseo. Una sensación de optimismo me hincha los pulmones, me siento en paz y contento. Van a ser unos días maravillosos.

    Miro al cielo mientras camino por la acera en dirección al viejo y sucio edificio de la estación. Es un lugar que me gusta. Tengo pensado tomar un café en el bar, en la terraza que da al primer andén, el más ancho, y ver pasar los trenes, la tarde, la gente. He quedado para cenar en Barcelona sobre las diez, Claudio me estará esperando en la estación central, dejaremos mi maleta en su casa de Gracia y quizá tomemos algo por allí cerca. No tengo ninguna prisa esta tarde.

    Como pasaré unos días en la ciudad, he dejado el coche en mi casa -a unos diez quilómetros de la estación- y he llegado en autobús. Es difícil aparcar cerca y además todas las plazas son zona azul, es decir, de pago. Para no dejar el vehículo en una calle lúgubre durante mi estancia, he decidido llegar en transporte público. Hacía tanto tiempo que no me subía a un autobús.

    Me acordaba de mi adolescencia mientras miraba el paisaje pasar por detrás de la sombra de mi rostro en la ventanilla. El panorama seguía siendo el mismo de siempre, de mí no sabría decir lo mismo. Han pasado más de diez años entre aquel chaval que conocía a todos los conductores y yo. Los vehículos tampoco han cambiado mucho, el material sigue emitiendo crujidos cada vez que tomamos una curva cerrada o pasamos por encima de un badén, su velocidad sigue siendo anormalmente alta y pienso que es un milagro que, en todos estos años, no haya pasado nada grave. La empresa concesionaria debe de tener algún acuerdo con el diablo o el ayuntamiento a este respecto. La vida entonces, aunque casi nunca tenía dinero, era más sencilla en algunos aspectos: tenía amigos, pareja, iba sobrado de confianza. Ahora tengo otras cosas y con el tiempo he ido aprendiendo a achacar el hecho de que no tenga más por culpa de los tres factores antes mencionados. Pero fui bastante feliz y supongo que cometería los mismos errores de nuevo, pero no ahora.

    Aunque he dejado atrás la euforia, sigue brillando dentro de mí un viejo vitalismo como un rescoldo, incluso en los momentos más difíciles. Tengo una profesión que me gusta y, lo mejor, es que me deja tiempo -y dinero- para dedicarme a hacer lo que me apasiona: tocar la guitarra y escribir canciones. He conseguido algunos éxitos humildes a este respecto y, como llevo muchos años tocando, parezco profesional cuando ejecuto una pieza y domino bastante de harmonía a pesar de no haber ido nunca al conservatorio. Las veces que he tenido un profesor de música, o de cualquier otra cosa, no ha sido muy excelente; siempre eran tipos que tenían pocas ganas de enseñar y que se dedicaban a la docencia porque no habían podido trabajar de lo suyo. Nunca disfrutaban con lo que hacían y me pregunto si alguna vez disfrutarían de la vida en general. Me contesto que seguramente no, y que seguramente por eso nunca habrán impresionado a nadie tocando su instrumento. Me detengo y veo que es un pensamiento bastante duro, pero me lo permito porque lo digo para mí mismo. Antes hablaba por los codos sobre lo que pensaba y hacía hipótesis sobre todo lo que ocurría entorno a mí; ahora lo sigo haciendo, pero procuro no contarlo porque por la boca muere el pez, que decía la canción, o algo parecido.

    Yo, en este aspecto, he tenido suerte. Algunas veces me han dicho que tenía un talento especial para tocar, que debería haberme hecho músico. ¿Acaso no lo soy ahora? No, pero músico con estudios de música. Ya, pero prefería tener un buen trabajo antes, que me robara la mayor parte del tiempo, tiempo que podría dedicar a un sueño que, por otra parte, difícilmente se cumpliría y acabaría igual de amargado que los pelanas que me daban clase. Para nada, mejor o peor, prefiero que mis pasiones no me roben la alegría. Tengo suerte porque creo que no lo hacen, al contrario.

    Recuerdo que aprendí a tocar la guitarra en Madrid. Conocí a un amigo, Roberto, borracho de libros y música de autor, como yo, que tenía un año menos y una beca de estudios igual que la mía. Nos hicimos tan inseparables que pude ver de cerca cómo aprendía. Sabía de una web donde estaban todas las tablaturas de las canciones, había buscado las más fáciles y las que sonaban mejor, a partir de aquí el ancho mundo de la música se limitaba a seguir tirando del hilo y a hacer la pregunta correcta en Google para que te mostrara el ejercicio adecuado para ti. Dicho así, por mi voz interior, parece muy lógico, pero todavía es difícil ordenar los niveles de información en Internet: el día que descubran el negocio y la gente se acostumbre, se acabarán los colegios, los institutos, las universidades: todos los centros de enseñanza al uso que existen hoy en día. ¿Me quedaré sin trabajo dentro de veinte, treinta años? Al fin y al cabo, yo también soy.

    -¡Isaac, Isaac! ¿Qué haces por aquí?

    Estaba sorteando una fila de maletas, camino de las ventanillas para adquirir un billete solo de ida, por favor; casi había tropezado con una y llevaba la mía en volandas cogida de un solo brazo. Iba tan distraído que no había mirado a nadie y cualquiera que me viera pensaría que era un autómata con los ojos puestos a años luz de la realidad circundante. La voz era conocida, muy conocida de hecho, me giré un tanto sobresaltado, pero procuré que no se me notara.

    -¡Hombre! -es lo que dije, a pesar de que era una chica. -Isabela. Cuánto tiempo sin verte, qué guapa estás, ¿cómo va todo? -Quise decir eso, pero solo acerté a decir la última pregunta con un cacareo nervioso mientras me apartaba de la fila para que la señora que tenía detrás de mí, impaciente, ocupara mi posición en la cola. No me importaba, no tenía ninguna prisa y, en aquel instante, el encontrarme con Isabela era una grata sorpresa.

    Nos dimos un abrazo, bastante frío, quizá fue normal, pero antes nos abrazábamos tan fuertemente, y el cuerpo parece recordar tan bien ciertas cosas, que ahora todo parece sucedáneo de cortesía. Hace mucho tiempo que no abrazo a nadie como la abrazaba a ella. Me han dicho que tengo un muro, una coraza: es para no sufrir, me gustaría contestar, pero encojo los hombros, sonrío y digo que soy así. Por encima de su hombro, pude ver que algunas chicas nos miraban, me miraban, con escepticismo, las mismas que yo había sorteado un momento antes. Seguramente pensaban que yo era el famoso Isaac y que, al fin y al cabo, era muy poco para ellas. Quizás me habían imaginado más guapo, más alto, con más carisma. A veces me cruzan pensamientos de otra gente entre los míos, y me gustaría pensar que me equivoco, pero por desgracia, generalmente, no es así. Como me daban igual, no volví a dirigirles la mirada, ni siquiera hice un tibio conato de saludo.

    -¿Dónde vas?

    -Pues a Barcelona, he quedado con Claudio allí, ¿te acuerdas de él? -como era una pregunta retórica, continué atropelladamente- Vamos a dar un conciertillo en un bar de copas que hay por Gracia, él vive allí desde hace un par de años.

    -¿En serio? Qué pasada. Sigues tocando, ¿verdad? -Por los ojos de ella, tan embriagadores como siempre, podía ver que se alegraba de verme y eso agitaba la tumba de viejos sentimientos que, de hacía años, andaban criando malvas y polvo. -Nosotras hemos venido a dejar a Laura, que se va a Valencia. -Hizo un gesto con la mano y la tal Laura levantó su mirada asqueada del móvil, la miró a ella y volvió a bajarla en silencio. Lo mismo hacía la otra, la cual había dejado de prestarnos atención para atender a las múltiples redes sociales y todo eso.

    -Oye, ¿te apetece que echemos un café? -Cuando estas palabras salieron de mis labios, no podía creerlas. No las había dicho yo, sino otra entidad que hablaba por mí. Recodé la película aquella de Woody Allen, Un seductor de medio pelo o algo así, soy malo para las películas y los nombres. En este caso, Humphrey Bogart había hablado por mí. Al darme cuenta, empecé a cagarla. -Bueno, si te apetece, si no, no. Tienes cosas que hacer…

    -¡Vale! Me apetece mucho. Vamos a la terraza esa, que me encanta. Me gusta sentarme y ver pasar los trenes y la gente, antes lo hacía mucho. Me venía a pensar, jeje. Oye, ¿pero no tenías que comprar el billete?

    -Tranquila, mi tren no sale todavía. No tengo prisa. -dije sin mirar el reloj ni saber, en realidad, qué hora era.

    -Chicas, voy al bar a tomar un café con Isaac. Lauri, si llega tu tren avísame, eh. A ver si no se retrasa mucho.

    -Ok. -Contestó secamente la otra sin levantar la vista. Le habría soltado una grosería. Algo como “maleducada, deja el móvil de una puta vez que te están hablando”. Pero no lo hice, me limitaba a mirar a Isabela un poco más adelantado, con mis pies apuntando en dirección a la cafetería de la estación. Seguro que parecía idiota.

    -¿Y tú qué? ¿Qué haces con tu vida? Pensaba que vivías en Inglaterra, ¿ahora andas por aquí? -deseaba con todo mi corazón que me dijera que sí.

    -No, estoy de vacaciones. He venido a pasar unos días con la familia, ya sabes. Tan pesados como siempre.

    -¿Cómo están? Me acuerdo un montón de ellos, sobre todo de tu hermano, no lo he vuelto a ver desde… -que lo dejamos, que te dejé, que me fui casi sin despedirme no sé muy bien adónde- Dale recuerdos.

    -Jaja, claro. -Creo que me leyó la mente, en cierto modo, porque levantó la guardia de forma imperceptible, solo por la energía que se respiraba en torno de nosotros. Pensé que cambiaría de idea y volvería con sus amigas, pero no lo hizo. -¿Qué te apetece? -Dijo cuando llegamos a la barra del establecimiento.

    -Un cortado con hielo, por favor.

    -Un café con leche corto de café.

    -¿Leche caliente? -dijo la camarera con acento del este.

    -Sí. -contesté yo. Stevtlana, sabía su nombre porque lo ponía en una plaquita que llevaba sobre el pecho izquierdo, me miró sorprendida porque la pregunta no iba dirigida a mí. Isabela se echó a reír y la máquina del tiempo nos transportó a los dos unos cuantos años antes, cuando pasábamos la tarde tomando un café, besándonos, hablando de mil pamplinas que para nosotros constituían los pilares de la Tierra, de nuestro mundo.

    -¿Todavía te acuerdas de cómo me gusta el café, eh?

    -A eso no se le puede llamar café, sino leche sucia, del infierno, ideal para una fría tarde de verano. Qué puto asco. -Dije sin perder la sonrisa, en realidad me encantaban sus manías y algunos gustos extraños que tenía.

    -Sigues tan tonto como siempre… -e hizo un mohín falso de disgusto. Humphrey Bogart me instaba a que la besara, “BÉSALA, IDIOTA”, pero no lo dice y apreté los puños. Vi que me había tendido la mano levemente, estaba en el aire esperando que yo la cogiera; antes era un gesto que hacía sin darse cuenta, pero la apartó pronto. Stevtlana trajo los cafés, pagamos, pagué, se quejó porque pagara yo, y nos fuimos a la terraza, ella con su taza humeante y yo con mi vaso que contenía un líquido que se volvía helado por momentos.

    Nos sentamos el uno al lado del otro, los otros dos vértices de la mesa cuadrada apuntaban hacia los andenes, los cables, el muro que separa la estación de la playa, el mar. Era una tarde preciosa. Las nubes marineras nos miraban a lo lejos.

    -Me decías que seguías en Inglaterra, ¿cómo te va con los gabachos?, ¿te quedas muchos días por aquí?

    -Las cosas van genial, Isaac. Aquello te encantaría. Hay mucha música en directo y no ponen nada de lo latino que ponen aquí, ya sabes, la mierda de siempre. Hay grupos geniales que tocan como bandas grandes en pubs pequeñitos. Incluso en el pueblecito donde vivo yo, hay un garito en el que todos los jueves, viernes, sábados, e incluso los domingos, hacen música en directo. La mayoría de los grupos tocan éxitos de hace mil años. A veces me acuerdo de ti, te encantaría, Isaac, en serio.

    -Podría probar suerte. Podría tocarles una rumba catalana con la guitarra aquella, ¿te acuerdas? La que fuimos a comprar al Musica’s. Tiene un sonido brutal, no he vuelto a tener una guitarra como esa, es mi preferida.

    -¿Y dónde la tienes? ¿No ibas a Barcelona a tocar?

    -La he dejado en casa. Claudio insiste en que debemos hacer el directo con una acústica suya, por rollos de sonido y tal. Parece ser que una española no pega con el rock-pop y con esas canciones lacrimosas que a ti te gustan tanto. Ya sabes, Only got the sun when you’re feeling low, only got the snow when it’s strats to snow… -Canturreé con una voz ridícula, como si me hubiera pellizcado el escroto. Me pegó en el brazo mientras se reía.

    -¡Así no es la letra! ¡Te la has inventado! Only MISS the sun… -cantó ella brevemente, y deseé que continuara, que la cantara entera, como cuando íbamos en aquel coche minúsculo que tenía yo por entonces y ponía sus canciones, que luego fueron las mías, a fuerza de escucharlas tanto. Pero ya no era entonces, sino ahora.

    -¡Canta, canta! A ver si me la aprendo… Esa la tocamos también, pero como el vocalista es Claudio yo me limito a los arpegios.

    -Me gustaría verte tocar.

    -¿Por qué no te vienes conmigo? Lo pasaremos bien. Seguro que a Claudio no le importa que te quedes a dormir, ahora sus compañeros de piso se han ido de Barcelona y tiene la casa libre. Tocamos mañana por la tarde en la Plaça del Diamant con unos colgados amigos suyos, te caerían bien. Son buena gente, ya sabes, músicos de la vida. A mí me parecen unos flipados, pero no se lo digo, claro. Se creen estrellas del rock y además…

    Antes de que contestara al ofrecimiento, una voz la llamó.

    -¡Isa! -Sus amigas nos miraban con el mismo escepticismo, o desprecio, de antes, a unos metros. Yo las odié en ese momento con todas mis fuerzas, esa voz de pito roto nos devolvía a un presente menos luminoso, más gris, más mezquino.

    Se fue con ellas y yo me quedé en la mesa temiendo que no volviera. Le quedaba la mitad del café todavía. Sus amigas se disponían a pasar al andén número cuatro, el tren estaba al caer, lo clamaba la voz femenina de los altavoces. Tenían que acceder por un túnel subterráneo y supongo que esperaban que Isabela las acompañara. Me quedé mirando la escena, conjurando todos los astros para que se quedara conmigo. Hablaban un rato, se abrazaban y se despedían. Cuando la vi volver sola, mientras aquellas dos arpías no se dignaban ni a mirarme, me sentí tan afortunado que casi me pongo a saltar. Si hubiera tenido rabo, como un perro, lo habría estado moviendo frenéticamente.

    -Hemos quedado para vernos antes de que vuelva a Witney.

    -¿Así se llama tu pueblo, donde vives?

    -Sí, no está muy lejos de Oxford. Es precioso, la universidad es maravillosa. Todo allí parece sacado de una película de estas de magia y edad media.

    -Estilo Harry Potter.

    -Exacto. -Hablábamos de cualquier cosa, quizás se le había olvidado mi propuesta. Así que, desoyendo los consejos de la voz interior, insistí.

    -Pues, como te decía, podrías venir conmigo y.

    -Me temo que no puedo, Isaac. Tengo muchas cosas que hacer por aquí y no puedo estar fuera de casa, he venido a ver a mis padres. Imagínate el cabreo que se agarrarían si les digo que hoy me voy a Barcelona contigo, jeje.

    -Claro, lo entiendo perfectamente. -No me pareció una excusa, sino un motivo perfectamente razonable. Quizás no es lo que hubiera hecho yo en su lugar, pero yo no era ella.

    -¿Cuánto te quedas por aquí? ¿Tienes muchos días de vacaciones o qué?

    -Oye, estaba pensando… ¿A qué hora tienes que coger el tren? No vaya a ser que lo.

    -Tranquila, tranquila. -Miré el reloj sin ver qué hora era- Puedo coger el último tren a Barcelona, no tengo prisa.

    -¿Pero no estará esperándote Claudio?

    -Pero a ti hace más que no te veo. Cuánto, ¿dos, tres años?

    Miró su teléfono móvil y contestó a los mensajes pendientes. Siempre había sido una chica actualizada a los tiempos, no como yo, que soy un anacronismo. Si ahora estaba de moda el libro electrónico, a mí me gustaban los libros de papel; si ahora se llevaba tal red social, yo usaba la anterior; y así con todo. En todo ese tiempo no había mirado el teléfono y no tenía la necesidad de hacerlo ahora. Seguramente Claudio me estaría preguntando qué tren había tomado, pero yo no quería perder un solo segundo en mirar una maldita pantalla cuando podía mirar a Isabela. Levantó la vista y parecía más tranquila, más distante. Quizás sus amigas le habían dicho algún comentario negativo sobre mí. A saber: ¿ese es tu ex?, qué feo, que pelos, qué ropa de vagabundo, etcétera. Una de las reglas del ligoteo es ganarse a las amigas. Yo nunca las cumplía, soy un anarquista de la seducción. Ojo, ¿acaso estaba intentando ligar con ella?

    -Perdona, tenía un montón de mensajes. Qué pesada la gente, ¿verdad?

    -Supongo.

    -Pues la verdad es que me voy pronto. Dentro de tres días, el viernes cojo el avión de vuelta. He pasado una semana y media aquí. Luego me voy unos días a Irlanda.

    -Qué pasada, debe ser precioso. -Es bastante difícil para mí ocultar la decepción, así que intenté cambiar de tema para que la música del azar que nos había unido no dejara de sonar. -¿Y el trabajo qué tal?

    -Muy bien. He encontrado de lo mío. Me ha costado horrores, antes estaba en un restaurante, pero la verdad es que me lo pasaba muy bien. Tú también has sido camarero, ya sabes a qué me refiero. Ui, me ha salido un pareado, jaja. Bueno, pues eché un montón de currículum y ahora estoy trabajando para una multinacional. Me pagan poco, gano prácticamente lo mismo que en el bar, pero no me quejo porque es una oportunidad.

    -No sabes cuánto me alegro, en serio.

    -Sí, estoy muy contenta. Estas son mis primeras vacaciones desde que estoy en esta empresa. Me han dado un montón de días. Allí las cosas son diferentes, Isaac. Parece que hay más ventanas, más posibilidades… Todo aquí está estancado, la misma gente, con sus historias de siempre. Me ahogan, no lo soporto. Estoy unos días, todo el mundo está contento de verme, y luego me vuelvo a marchar. Así no hay problemas, no hay complicaciones. Cuando me fui no sabía muy bien lo que hacía. -Una sombra cruzó por sus ojos, que se volvieron más oscuros, como recordando momentos difíciles. Su mano estaba sobre la mesa, como la mía, tuve la intención de acariciarla, de apretarla, de darle un beso en el dorso como hacía antes cuando se ponía así. No hice nada de todo eso. -Pero ahora estoy genial. Inglaterra me ha dado todo lo que no conseguía aquí.

    -Joder, es lo mejor. Lo mejor que me podrías contar. Estoy muy contento por ti. Eres una chica valiente, siempre lo has sido. -No sabía muy bien lo que decía, pero quería llenar el silencio.

    -¿Y tú que haces?  ¿A qué te dedicas ahora a parte de tocar con Claudio por Barcelona?

    -Soy profesor en un instituto.

    -¿En serio? Qué buena noticia. Lo que siempre quisiste, al final lo conseguiste, estoy segura de que eres genial y tus alumnos te quieren un montón.

    -Bueno, hay de todo, pero en general me va muy bien sí, y estoy contento. Ha sido difícil, he dado algunos tumbos y he tenido que pagar una pasta por el máster, pero al final estoy en la rueda. No sé qué será de mí en setiembre. Supongo que me llamarán para cubrir una plaza en algún instituto, pero nunca se sabe ni dónde ni cuándo ni cuánto tiempo. Estoy con la incertidumbre, no me molesta. Me da igual dónde ir, no me ata nada aquí a parte de mis padres, hermanos, familia, etcétera.

    -¿Cuándo te dirán algo?

    -A finales de agosto, la semana que viene o la otra.

    -Eso es dentro de nada.

    -Sí.

    -Espero que tengas suerte y te den algo por aquí cerca. Así no tendrás que ir muy lejos de casa.

    -Ahora vivo solo, hace unos meses me he emancipado. Soy un chico autosuficiente del siglo XXI, puedo vivir donde sea. ¿Quién sabe? Quizá me voy a Inglaterra de profesor de español para los niñatos guiris.

    -Encontrarías trabajo seguro.

    -Además, allí me puedo cruzar contigo, como hoy. Qué casualidad, eh. He pensado en escribirte, en saber de ti, pero me daba… No sé, ¿sabes lo que te quiero decir?, ya me entiendes, es complicado y, no sé.

    -No, no sé lo que me quieres decir, ¡no has dicho nada! -decía entre risas, el pelo le caía sobre los hombros, una brisa me trajo su olor, aquel aroma suave que tenía ella, que he buscado en tantos cuerpos y en todos he notado un hedor rancio de desapego. Pero allí estaba el suyo, otra vez, como ayer, como siempre. -No has cambiado nada.

    -Espero haber cambiado un poco. He ordenado los muebles de mi cabeza, su trabajo me ha costado, no te creas. Por poco se me cae el mundo encima, pero creo que ahora lo tengo todo bajo control.

    -Dime, ¿tienes novia?

    Le habría dicho que no. Que desde que no estoy con ella no había vuelto a sentir nada. Que me sentía solo y que me había acostumbrado. Que no conseguía encontrar nada ni nadie que me volviera loco, que me hiciera volar y olvidar el entorno. Que había ido a mil lugares, conocido a cientos de personas, y que no había nadie como ella. Que a veces miraba la luna y pensaba si ella la estaría mirando también, en otro lugar, y si pensaba a veces en mí y en lo que tuvimos. Que éramos muy jóvenes e inexpertos y no sabíamos lo que teníamos entre manos. Que el amor era algo muy poderoso, muy peligroso, y en las manos de dos adolescentes era fácil que se cayera, que se me cayera, pero no se me había roto, no se rompió mi parte y la guardo en el fondo del alma y no encaja con nada porque ese trozo es la otra mitad del que se quedó con ella, que no sé si guarda, que no se si existe.

    -Bueno, he tenido, tengo, algunas amigas. Pero nada serio.

    -Tú siempre igual, a ver si un día sientas la cabeza…

    No me atreví a preguntarle si ella estaba con alguien. Supuse que no, porque si lo estaba, ¿qué demonios hacía hablando conmigo? Si yo estuviera con ella, y se sentara con un ex una tarde a hablar sobre la vida me sentiría mal, me sentiría celoso, preocupado por si ya no me quiere. Así que supongo que estará sola y no tiene otra cosa mejor que hacer tiempo conmigo.

    -Supongo que un día la sentaré. Todavía no ha aparecido la persona adecuada, no aguanto a nadie, o nadie me aguanta a mí. Acabaré como una puta vieja, hablando con mis gatos -canturreé con voz cascada- Es de Sabina.

    -Ya tardaba en salir el Sabina.

    -Es el mejor, ya sabes.

    -Cada vez que lo escucho pienso en ti. De vez en cuando me lo pongo en casa, ¡me las se todas por tu culpa!

    -¡Yo también me sé todas las de Coldplay y no me quejo! ¿Te acuerdas cuando fuimos al concierto? Llegamos tardísimo, nos colamos y nos pusimos en las primeras filas del estadio. Qué bueno.

    -Qué cara más dura tenías… Eres un caso.

    -Era. Ahora soy un chico serio y responsable.

    -Las personas no cambian, Isaac. Seguimos siendo los mismos siempre.

    -Yo no lo creo. Evolucionamos. Aprendemos de los errores, no nos queda otra.

    -No sé, yo creo que siempre tropezamos con la misma piedra.

    -Por eso hoy hemos tropezado tú y yo.

    Se hace un silencio. No sé decir si es incómodo. Durante la conversación se han ido produciendo algunas pausas entre las frases que antaño se llenaban con besos y miradas cómplices. Ahora nos miramos a los ojos, frente a frente. Debo tener la mirada un tanto desquiciada, como borracha, no por haber bebido sino por haberme embriagado de ella. Estoy tan embebido que es como si el cuerpo no me respondiera. Podría pasarme así la eternidad entera, sin ninguna prisa. El móvil vibra en mi bolsillo. Como tengo la costumbre de llevarlo a clase, casi siempre lo tengo en silencio, como esta vez. Ni siquiera lo siento. No siento nada. Si lloviera, no me daría cuenta. Si me cayera un rayo me quedaría igual. Estático, extático. Loco de amor, de deseo. De abrazarla fuertemente y de decirle que todavía la quiero. Que la echo tanto de menos que la vida me da miedo. Loco. Tanto, que quizá ella lo perciba. Pero como me conoce, como me ha conocido como nunca nadie lo ha hecho, no me importa. Soy yo mismo. Soy como nunca soy con los demás, con las demás. Isabela, he pasado tanto miedo, ha llovido tanto sobre mi alma rota, rescátame de mí mismo, sácame del pozo donde yo mismo decidí meterme. Mi antebrazo repta sobre la mesa, mi mano está a punto de coger la suya mientras nos miramos, mi cuerpo se acerca levemente al suyo y ella no se aparta, no deja de mirarme, con una expresión que no sé leer, no puedo saber qué piensa, nunca he podido. Cuando estamos a punto de establecer contacto, a esa distancia del cuadro de Miguel Ángel, entre el dedo de Dios y del Hombre, cuando por fin estamos al borde de la frontera, y vamos a atravesarla, y no nos separaremos nunca, e iremos a Londres, a París, a Roma, y haremos el amor en cada ciudad de este mundo y del siguiente, en ese preciso instante en el que el tiempo y el espacio no existen, donde la vida es eterna en cada segundo, allí, entonces, cuando,

    -Chicos, tenemos que recoger terraza. -Es Stevtlana. Ajena a la escena trascendental que estaba sucediendo. Trabaja muchas horas por un sueldo ridículo. No está dispuesta a pasar un minuto de más en este antro. Nuestra mesa es la única que queda. Todas las demás están apiladas en un rincón de la terraza. Hace tiempo que nos hemos terminado el café. La realidad vuelve y nos golpea, me golpea, como un maremoto japonés.

    -Vale, perdone. Ya nos vamos. -Contesta ella. Es más apta para el mundo. Yo siempre he sido un soñador frustrado, al estilo romántico decimonónico, es decir, todo lo contrario del romanticismo hollywoodiense, donde los románticos son guapos y siempre salen ganando porque tienen verdad, valor, buena suerte. Quizás yo también lo sea esta tarde, esta noche ya.

    Caminamos en silencio en dirección a la salida. Ella va mirando el móvil, yo arrastro mi maleta como un fantasma sus cadenas. No sé por qué pienso en esa imagen, quizá lo ha pensado ella y me ha contagiado a mí. Teclea sobre la pantalla y yo miro en derredor. El ambiente ahora es más tranquilo, pero parece que no existe. Sigo sin saber la hora que es porque, a su lado, no tengo prisa. De repente se para, escribe más intensamente. Yo la miro. Está preciosa. Su cuerpo no ha cambiado tanto, está más delgada, más madura, más asentada en sí misma. De mayor será una mujer preciosa y todavía la mirarán los jóvenes. Posee el don de ser atractiva, la envidiarán otras mujeres que no tendrán tanta suerte, aunque ahora sean más guapas según el canon estúpido hecho por homosexuales. Procuro contener el flujo de mis pensamientos. No tengo nada en contra de los homosexuales, de hecho, admiro a muchos de ellos, tienen un don especial para el arte, y las mujeres dicen que son atractivos. Yo no lo soy, aunque me gustaría serlo ahora. Quizás estaría más seguro, tendría más confianza en hacer lo que sé que voy a hacer: intentar besarla. No lo he pensado mucho. Simplemente una voz me lo ha dicho y yo me voy a lanzar, aunque me cueste el amor, el trabajo, la salud. A su lado el mundo tendrá algún sentido, los éxitos no son tales porque no tengo con quién compartirlos, no está ella a mi lado para pesarlos, medirlos, evaluarlos. Haremos buen equipo, tendremos una familia preciosa, mis hijas, tendremos hijas, serán guapas y listas, como ella. Yo seré un pasmarote, un autómata, haré todo lo que me pidan, daría mi vida por la suya. Ella lo sabe, sé que en el fondo me quiere. Ha pensado en mí otras veces, nunca dejará de pensar en mí, aunque estemos a quilómetros, millas, años luz. Miraremos la luna en una playa de arena blanca. Haremos el amor allí mismo y tendremos un futuro anodino, rutinario, intrascendente, aburrido. Un día, de viejo, me llevará la muerte y ella les contará a todos, ya viejecita, cómo era yo: un cascarrabias con un corazón de oro.

    -Me pasan a buscar.

    -Vale. ¿Por aquí? -Señalo con un gesto el arcén que está justo enfrente de la entrada de la estación. -Te espero.

    -Oye, ¿a qué hora sale tu tren?

    -No te preocupes, no tengo prisa.

    -Pero…

    -Verás, Isabela. Tengo que decirte algo y pienso que reventaré si no lo hago. Nunca he dejado de pensar en ti. Eres la persona que más he amado en mi vida. Cada día, no hay uno solo, que no piense en algo que dijiste, en algo que hiciste. Cuando hago algo bueno, por lo que me siento orgulloso, me imagino lo que dirías tú. Igual cuando me equivoco, pienso en el consejo que me darías y actúo en consecuencia. He cambiado mucho, me he equivocado otro tanto, pero en cada paso que he dado he intentado llegar a ser alguien mejor, una persona diferente a la que tú conociste, que se marchó porque no se encontraba a sí mismo. Y hoy he vuelto a encontrarte y creo que es una señal del Destino, de Dios, del Universo. No puedo dejarte ir otra vez. -Doy un paso al frente, la envuelvo con mis brazos, ella se queda quieta, mirándome con los ojos, sus bellos ojos, sus ojos únicos, como platos. -Yo te, quiero decir que yo, yo te -decido acabar la frase después de besarla, y a eso me dispongo cuando me planta dos besos rápidos en las mejillas, tanto que no tengo tiempo a reaccionar. Se zafa de mis brazos y se aleja.

    El sueño se está terminando y ahora tiene su influjo más poderoso. Me habla, no sé bien lo que me dice. Dice que tiene que irse. Que se alegra de verme. Que me cuide. Que tenga cuidado. Que no haga locuras. ¿Locuras? No, no. Tengo una vida ordenada, responsable, voy cada día al trabajo e intento ser el mejor, me esfuerzo por conseguir lo que quiero. Ya no fumo tanto, casi no bebo, no me drogo a pesar de que mis amigos sí. Ya sabes, la música es así, pero yo no, yo soy fuerte porque quiero valer la pena, quiero merecerme tu amor. El que una vez perdí, el que estoy perdiendo, otra vez, ahora.

    Ella se aleja, cruza la acera. La espera un coche. Un Audi negro tipo A3, con los cristales tintados, con luces azuladas en el salpicadero, quizás del ordenador de a bordo. Es un buen coche. Miro al conductor y es un tipo fornido, alto, un poco mayor que yo. Tiene esa pose de seguridad, ese saber estar del que tiene todo lo que quiere sin haber hecho demasiado para conseguirlo. No lo conozco, no es de su familia. Ella abre la puerta del copiloto, saluda animadamente con una voz que nunca puso conmigo, una voz estúpida y feliz. Él le pregunta algo, sus labios se mueven alegres como diciendo: ¿Quién es ese? Ella niega con la cabeza y adivino, porque no la veo, que su boca dice: Nadie. Le pone su mano delgada, sus dedos largos, sobre la mejilla barbuda, grasienta, asquerosa, del tipo. Es como yo, pero más guapo y más estúpido, lo primero es evidente, lo segundo no lo sé. Lo besa, la besa, se besan un momento. No es un pico, es un morreo rápido, promesa de otros tantos más largos y más intensos. Antes de que se acabe, me vuelvo. No quiero que me salude, que me saluden los dos. Me vuelvo hacia dentro de la estación. Las puertas automáticas me reciben con los brazos abiertos. Tengo ganas de derrumbarme, pero me trago la vergüenza como una bola de cristal enorme. Miro en torno sin saber muy bien nada.

    Camino hacia el mostrador, está cerrado. Miro al bar, a la cafetería donde hace unos minutos soñaba que era otro tiempo y la vida era otra cosa y yo estaba en un universo paralelo donde no estaba solo, tan solo. Miro el reloj de la estación. Son las diez de la noche. Ya debería estar en Barcelona. Quizá Claudio me esté esperando en la estación. Voy al panel electrónico y el último tren ha salido hace diez minutos. No habrá otro hasta mañana a las cinco y media de la mañana. En el teléfono tengo tropecientos mensajes y llamadas perdidas de Claudio, mi madre, que si ya he llegado, grupos de gente que han enviado cosas graciosas, distraídas, intrascendentes.

    Me quedo allí plantado sin saber muy bien lo que ha pasado. Un vagabundo avejentado pasa a mi lado y me mira. Quizá tuvo la idea de pedirme dinero, pero al verme ha decidido que lo mejor será dejarme tranquilo.

    Suspiro. Me siento mal. Me siento roto. Me siento ridículo.

    Llamo a Claudio. Descuelga al primer tono.

    -Cabrón. ¿Dónde estás? Estoy aquí con Cristina y Judit que hemos venido a buscarte a la estación. Esta noche va a ser buena. Lo tengo todo preparado. Tocan unos grupos que son una pasada. Venga, dime, ¿dónde estás? No te veo salir del andén.

    -Tío, tengo un problema. He perdido el tren.

    -¡Pero qué me estás contando! Si me has dicho a las seis que salías de casa, pero tú estás loco o qué te pasa, me cago en tu…

    -Lo siento, ya te contaré, es una larga historia. Ahora tengo que colgar. Mañana cogeré el primer tren hacia Barna.

    -¿Pero te ha pasado algo?

    -No me ha pasado nada, ese es el problema.

    -Estás colgado tío, si es que eres un puto loco, a saber dónde te habrás metido, cabrón, cabrón de mierd.

    -Te llamo mañana. Llegaré temprano. Hablamos. -Y cuelgo.

    Me siento en un banco solitario. Unos pocos pasajeros esperan al próximo tren que irá a cualquier parte. Irún, leo en la pantalla, no sé muy bien dónde está, en el norte, creo. Seguramente será un lugar bonito, verde, donde llueve a menudo, como en Inglaterra. El vagabundo ahora pasa por delante de mí, con esa barba parece Jesucristo, quizá lo sea, le contaría lo que me ha pasado y me daría consuelo, pero nunca lo comprobaré porque seguramente es un borracho y va a lo suyo. Los andenes están desiertos, desolados.

    A lo lejos veo dos figuras. Uno es calvo y bastante bajito, tiene un porte nervioso, se mueve como si se carcajeara. El otro también se ríe, es más alto, va en un traje antiguo, con sombrero de detective de los años treinta, se muestra más sereno. Son Bogart y Woody. Lo han visto todo, oído todo, y se lo pasan genial los dos con mi película.

    Pienso que mañana daré el mejor concierto de mi vida. Pero ahora estoy aquí sentado, solo, imaginándome personajes de ficción de cuando el cine era cine, según los cinéfilos. No sé qué hora es, no sé dónde ir, no sé qué hacer. Pero una cosa está clara.

    No tengo prisa.

  • Or y Am eran dos dioses cruzando la mar

    Or y Am eran dos dioses cruzando la mar

    Navegaban solos por un océano, a veces tempestivo, a veces en calma. Charlando, en silencio, de la mejor estrategia para sobrevivir en aquel entorno, pues a pesar de ser dioses, ninguno de los dos sabía que eran, y habían sido siempre, inmortales.

    Carecían de memoria anterior a ellos mismos y a su barca. No conocían nada más que su propia existencia, que se reflejaba en los ojos de cada uno cuando miraban al otro. Solo sabían que hacía ya mucho que navegaban juntos y por ello habían resultado ser inseparables como la noche y las estrellas. Decir que Or y Am se querían, era quedarse muy corto, se necesitaban.

    Había un elemento que los unía, que los ligaba. Una cuerta indestructible, y a la vez invisible, que solo ellos podían vislumbrar a veces. Un cabo abrazaba la cintura de Or y el otro la de Am, calcular la largura de la cuerda era algo imposible para cualquiera de los dos, solo sabían que allí estaba y que ambos estaban atados por el mismo hilo extraño, al cual, una noche Am, después de demostrar a Or afecto físico y espiritual, la bautizó con el gracioso y acertado nombre de Destino.

    La cuerda tenía su función, servía para que, en el caso de que alguno de los dos cayera al mar por alguna eventualidad, el otro pudiera salvarlo tirando de ella. El sitio más seguro donde atar el cabo eran sus propios cuerpos, así que no dependían por entero de la barca donde ahora navegaban y que Am había bautizado con el nombre de Convivencia, siempre era ella la que escogía los nombres de las cosas y él solamente asentía.

    Navegaban por aquel océano que se llamaba Vida buscando alimento. Generalmente, Or se sentaba en la parte trasera del barco, llevando la caña de timón, y Am en la proa, oteando el horizonte en busca de oportunidades y de nuevas costas. Or siempre obedecía todo lo que Am mandara, habían pasado muchas calamidades juntos pero de todas habían salido ilesos, sin la menor pérdida. El mar les daba todo lo que pudieran necesitar y su pequeña barca era su refugio, cada vez más duro y fuerte a medida que iban pasando las nubes, que se llamaban Tiempo.

    Una tarde calmada, mientras Am dormía, él soltó el timón y se puso a mirar el horizonte. Vio a lo lejos costas de árboles verdes y arenas blancas y quiso saber qué es lo que habría allí. Miró a su compañera mientras esta soñaba con los ojos cerrados y pensó en despertarla y pedirle que arriaran el bote en aquel lugar, pero prefirió no molestarla hasta que volviera en sí y comentarle su plan entonces. Todo esto era prácticamente nuevo para Or, dado que él, pocas veces tomaba las decisiones y era su compañera la que siempre hacía ese trabajo.

    De repente, una brisa suave y constante comenzó a empujar la barca hacia aquella orilla. La noche iba cayendo y era el momento de ponerse a dormir como Am, de echar el ancla y abrazarse a su cuerpo desnudo y yacer los dos al resguardo de los vientos, pero Or no lo hizo así, dejó la vela extendida, dejó que el viento lo llevara a aquella costa, veía encenderse unas hogueras y a gentes desconocidas dando brincos alrededor de ellas, quería saber qué era todo eso.

    Cuando la quilla tocó la orilla, suavemente, ella no se había despertado, lo cual él lo entendió como un buen signo. Seguramente, si lo hubiera hecho, no había sabido explicarle porqué no había echado el ancla o, por lo menos, la había despertado, Or no hubiera sabido qué responderle, él tampoco lo sabía. Pero nada de esto pasó porque Am seguía durmiendo en aquel recodo tranquilo de la costa, alejado de las hogueras y de la música de tambores que se distinguía tenuemente.

    Bajó de la barca y puso sus desnudos pies en la fina arena, el tacto lo reconfortó así como la idea de que era la primera vez que hacía algo a solas desde que tenía memoria, desde que navegaban juntos, esto lo alegró todavía más, y rápidamente, aprovechando la noche, se encaminó hacia el resplandor que iluminaba el cielo nocturno en aquella noche sin estrellas.

    Al llegar, no dio crédito a sus ojos. Una gran orgía se desataba a su alrededor, machos y hembras bailaban, saltaban, se retorcían y extendían sus brazos al cielo. Todo era locura y desenfreno, palabras que Or nunca había conocido, que solo sabía por lo que Am le había contado una vez sobre todo eso, que le había dicho que no valía la pena. Por un momento, pensó en volver sobre sus pasos y poner la barca rumbo a las olas, pero la noche era joven y se lo pensó, todavía quedaban muchas horas para que llegara el día y quería ver qué eso que todos aquellos llamaban Fiesta, quería saber.

    Una bella ninfa traía entre sus manos medio coco y todos allí, metían la cara dentro y respiraban hondo, de una sola vez y rápido, sniff. Los ojos se abrían de par en par y los saltos y brincos eran más elevados y más frecuentes, Or se preguntó qué sería aquello y la ninfa, sin mediar palabra, se acercó a él y le tendió la cáscara marrón donde portaba aquel intrigante elemento mágico. Pensó por un instante que aquello no le gustaría a Am, y menos aún que lo hiciera a espaldas de ella, pero la ninfa tenía prisa y… ¡era tan bella! Casi le recordaba a Am en algunas cosas, pero era diferente, ella estaba ahora con él en aquella isla, mientras su inseparable compañera dormía en la barca unos cientos de metros más allá, impasible a todo lo que estaba ocurriendo. Or metió la cara dentro del coco y respiró fuerte, sobre lo que sintió, casi que no lo recordaba, pero era como si le hubiera pasado lo mejor a su existencia, como si él y Am hubieran capturado algo que los hiciera olvidarse del trabajo durante meses, una euforia indescriptible y raras veces sentida. Fruto de esta sensación, también se puso a cantar y a brincar al son de los tambores y a bailar con todas las ninfas alrededor de la hoguera. Francamente, Or lo pasó muy bien.

    Fueron transcurriendo las horas de aquella noche y como, de entre todos los sátiros y ninfas, él era el que daba los saltos más grandes y cantaba con la voz más fuerte, todos lo aplaudían y estuvieron encantados de conocerle. Pero Or sabía que pronto llegaría el día y que debería volver donde descansaba su compañera, se despidió de algunos y sobre todo, de la ninfa de quien había provado, por primera vez, el extraño mejunje que lo había hecho sentir tan intensamente. Corriendo volvió sobre sus paso, feliz y contento por la diversión, pero a mitad de camino, lo asaltó la duda de si Am se habría despertado y no andaría por ahí, sola, en aquella extraña isla, buscándolo. Aceleró el paso y llegó a su barca llamada Convivencia, antes de que el sol comenzara a clarear, de nuevo, en el horizonte. Tomó los remos, que en pocas ocasiones utilizaban, y remó fuerte, y más fuerte, hasta que la barca fue alejándose de la costa y adentrándose en la mar de nuevo. El chocar de una ola contra el casco despertó a Am, pero él le dijo que no pasaba nada, ella confió en él, como siempre hacía, y siguió durmiendo un rato más, el suficiente para que Or alejara la barca de la Fiesta.

    Finalmente, Am se levantó, contenta y risueña, lo primero en lo que se fijó fue en la expresión cansada de su compañero y le preguntó si había dormido. Él le contestó que no, que no había cogido el sueño. Mientras se miraban, iba a contarle lo sucedido hacía pocas horas, pero entonces Am miró hacia el sol que comenzaba a salir de entre las olas, le dio un beso y le pidió que descansara un rato, él le contestó, con un extraño nudo en la garganta, que seguía sin tener sueño, que ya descansaría luego. Or pensaba que lo haría cuando aquella amarga sensación que ahora habitaba se deshiciera, fueron trascurriendo las horas de otro día cualquiera, aguantando la caña del timón, Or se sentía cada vez más cansado pero el nudo había bajado de la garganta al estómago y allí seguía, cada vez más amargo y más duro.

    Ese día no hablaron casi nada, cuando ella le preguntó el porqué de aquella actitud desacostumbrada el él, Or le contestó que se sentía mal, que ya se le pasaría. Am lo miró con una expresión de creciente preocupación pero sus quehaceres cotidianos no le dejaban demasiado tiempo para entretenerse, al menos, no en aquel momento con aquella tormenta aproximándose.

    Como ya se ha dicho, llevaban mucho tiempo surcando el océano de la Vida juntos, y por lo tanto, no era la primera vez que topaban con aquel fenómeno furibundo que era el huracán Circunstancias. Otras veces lo habían enfrentado y siempre habían salido ilesos. Ahora el torbellino se dibujaba a lo lejos en dirección a ellos y ambos lo miraban, en los ojos de ella no había el menor atisbo de miedo pero en los de él se podía distinguir la alargada sombra de la duda. Or comenzó a recordar otros episodios con el huracán, en concreto uno que no se le había olvidado, una vez en la que había caído al agua.

    Había sido hacía mucho, concretamente, cuando llevaban poco tiempo navegando juntos, y fruto de su inexperiencia, una ola lo había derribado y había acabado entre la espuma. Rápidamente había comenzado a hundirse, puesto que sus cuerpos eran mucho más pesados que la mar, y cuando pensaba que había llegado su fin, sintió cómo una fuerza tiraba de él, tomándolo por la cintura, llevándolo hacia la superficie. Era Am, que tiraba de la cuerda que ambos tenían atada a la cintura, que consiguió sacarlo de su propia perdición y que lo ayudó a subir de nuevo a la embarcación que por aquel entonces no estaba tan preparada para esa clase de fenómenos meteorológicos. Exhausto y empapado, calado hasta los huesos, Or le agradecía profundamente a su compañera lo que había hecho por él y desde entonces, aquel lazo que los unía, se había hecho para ambos, todavía más fuerte. La tormenta acabó pasando y se demostraron afecto físico y espiritual incansablemente, una y mil gozosas y bellas veces. Pero ese recuerdo, hoy, para Or, era algo amargo, que todavía le apretaba más el nudo del estómago. Pensó qué hubiera pasado si ella no lo hubiera salvado y no supo qué contestarse, aumentó su curiosidad. Ahora otra vez la tormenta se aproximaba y pensó que esta sería su oportunidad, si volvía a caer, no dejaría que Am lo salvara de nuevo, y entonces sabría.

    Pero la idea de alejarse de ella lo horrorizaba y decidió no darle mayor cabida en su pensamiento divino, dejó que pasara como pasaban las nubes negras, esperando que estas no volvieran nunca más. Por una cosa o la otra, fue Am quien tomó la palabra.

    -Otra tormenta, otra vez Circunstancias.

    -Sí, otra vez.

    -¿Sabes? Estaba pensando que quizá es el momento de dejarlo…

    -¿De dejar el qué? -Or se sentía francamente confundido, ¿es que Am se había adelantado a sus pensamientos? -No te entiendo. -Ella rio por su expresión de extrañeza, sabía que creía que estaba hablando de abandonarlo y ni se le pasaba por la cabeza, pero le gustaba divertirse con él y asustarlo un poquito.

    -De dejar el mar, ¡tontito! Podríamos encontrar una isla para los dos, llevar nuestra barca y hacer con ella un refugio para nosotros, una isla que nos gustara, tengo pensado el nombre y todo, se llamará Compromiso.

    La imagen de la isla de la que hablaba Am le hizo pensar en aquella otra que había visitado hacía nada, la Fiesta. Él no conocía el lugar del que ella hablaba, habían vivido siempre en el mar y les había ido bien, ¿porqué dejar a Vida? Así se lo preguntó.

    -No estoy hablando de eso, este océano será siempre nuestro sustento pero dejaremos de vagar de un lado a otro y podremos instalarnos en algún sitio más seguro, para nosotros dos, para lo que venga después de nosotros dos, ¿entiendes? Un sitio donde criar a pequeñitos Ores, ¿qué te parece? ¿Es que nunca habías pensado en eso, cabeza hueca?

    En lo único en que Or pensaba era en Fiesta, pues la conversación andaba sobre las islas y esta era la última que él había visitado, en soledad, y lo había pasado genial. Lo único que quería era volver allí y repetir la experiencia durante más tiempo. Al ver que Am lo miraba, esta vez ella con la expresión de extrañeza, se encongió de hombros y distrajo su atención con la tormenta, cuyas nubes negras comenzaban a cernirse sobre sus cabezas.

    -Parece que esta vez va a ser la última, entonces. -Fue lo último que dijo, mirando al horizonte.

    Ella seguía mirándolo a él, luego se giró hacia Circustancias que se arremolinaba unos cientos de metros más allá, suspiró.

    -Así es, pero saldremos de esta, como todas las demás veces, ¿verdad? -Y sonrió.

  • Espejismo del mar infinito

    Espejismo del mar infinito

    Para Marina

    Temblarás de placer, de miedo, de deseo. Es el tiempo de abandonar el desierto. Ahora.

    Adiós, mis buenos amigos, el sol y la arena. Otro recorrerá vuestras dunas y vuestros cielos despejados de lluvia. Para otro serán las cuevas sombrías y las noches frías cargadas de estrellas. Noto cómo se aproxima el mar, la mar, solo el mar, y cómo el agua, con placer, va inundándome las piernas, las rodillas, los muslos. Empieza un nuevo horizonte, acaso más vasto que el anterior, y debo decir adiós a mis huellas.

    Tantas las cosas que he aprendido recorriendo los caminos tórridos. Sobrevivir en el desierto no es sencillo. Hay que endurecer la piel, los ojos, la sangre. No hay que desesperar, hube de aprender a respirar durante las tormentas de arena, y luego erguirme, y seguir caminando frente al sol. Encontré oasis escasos con agua clara, con agua turbia, a veces pútrida. Me dolió el estómago y vomité sangre de mi alma. Pero como no me morí, seguí adelante, un paso, un pie patea la nada y se posa en el suelo, otro paso. Poco a poco, sol a sol, mes a mes, luna a luna, fui acostumbrándome al paisaje y él también se acostumbró a mí. Si me picaron los escorpiones, me los comí. Si las piedras afiladas me cortaron los pies, hice de ellas cuchillo, martillo, juguete, arma.

    En el desierto nunca llueve y no existe el éxito. Cualquier triunfo es escaso como la nube pasajera que descarga y al instante se seca sobre la arena sedienta. No se puede parar y vivir en los charcos del desierto. Quizá esa es la lección más importante.

    Hay que dormir tranquilo, con un ojo abierto. Se tienen pesadillas, pero no hay que tomarlas como pronósticos casi nunca. Se ven espejismos y uno los mira sabiendo que son mentira cuando los ha perseguido tantas veces y se ha perdido. Hay atajos que te sacan del desierto, pero nunca los tomé. Me dijeron: ¿Quieres terminar tu caminar errante? ¿Deseas la sombra de este oasis? Pero yo siempre respondía: Por poco tiempo. ¿Por qué?, me preguntaban y yo: Estoy buscando el mar. El mar quizá no existe, yo no lo he visto nunca. Yo sí, vengo de allí. Entonces está en dirección opuesta y lo que haces es internarte cada vez más en la caldera. Puede ser, pero ya no puedo volver sobre mis pasos. ¿Cómo sabes eso? Porque lo he intentado otras veces y ya no estaba el mar donde lo dejé, solo un abismo inmenso que regué con lágrimas, y lo llené con nada.  

    Acepté que quizá el mar ya no existía porque subí las montañas y no lo divisé en lontananza. Carraspeé de forma amarga y las descendí con pesadumbre. Me acostumbré a la tarea de encontrar de beber, palmeras raquíticas, sombra y agua tibia. Pero supe abandonar pronto esas comodidades y seguir mi camino. Sentí la libertad de estar solo y la amé por encima de todas las cosas. Hablé con Dios y le dije que estábamos en paz, que solo quería seguir teniendo las fuerzas para seguir caminando. Miré las estrellas y aprendí sus nombres. Resistí los envites del tiempo y del vacío. Algunos me miraron con lástima, otros con admiración. Yo aprendí a no mirar a los lados, a seguir andando.

    En el fuego del desierto se forja el carácter. Hay quienes no resisten y se rinden, construyen tablones, pozos, chamizos. Otros nunca salieron del mar al cual pertenecían y desconocen la mitad del mundo. No valoran lo que tienen porque no tienen con qué compararlo. Luego me preguntan: Oye, cómo es el desierto. Y yo respondo: A todo te acostumbras, incluso a la sed. El desierto te vuelve indestructible si no te destruye. Compadezco también a los pobladores del desierto que nunca mojaron los dedos de los pies en las olas. Se perdieron, a su vez, la otra mitad. Encontraron barro y soñaron que era el agua. Nunca les contradije, cada uno es libre de buscarse y encontrarse jamás.

    Un día, una brisa me trajo antiguos olores marinos. Tracé la dirección, en la planicie cualquier dirección es buena. Puse todo lo aprendido en práctica y dirigí mis pasos hacia ella. Muchas veces no hubo pista alguna. No volvía a soplar el viento del mar, pero no dejé de andar despacio, como si nada sucediera, sin perder la referencia. Pero entonces, algo dentro de mí, supo que lo iba a encontrar por fin. Y no corrí desesperadamente porque sabía que el camino era largo. Me limité a hacer lo mismo que siempre y un día, a lo lejos, vi el mar de cristal. Bajé las dunas con las piernas temblorosas pero fuertes, pero firmes. Me arrodillé junto a la orilla y besé, por fin, sus aguas. Nos habíamos encontrado otra vez, de nuevo. Sé que las aguas también me buscaban, y allí estábamos.

    Como somos tan diferentes y tan acostumbrados a no tenernos, vamos introduciéndonos poco a poco el uno el otro. Y ahora que las olas me llegan a la cintura, a punto de saltar, de sumergirme y no volver a sacar la cabeza, miro atrás y veo el desierto, con todos sus recuerdos y tesoros, sus buenas y sus malas experiencias, que se despide como un viejo maestro, ululando. Yo sonrío y pienso que le he ganado la partida, pero él no se ofusca porque se ha divertido conmigo y porque gana muchas veces y desconoce el tiempo. 

    La brisa del mar me cambia, me transforma. Animal bello me vuelvo y abandono mi forma de camello, de chacal, de serpiente. Soy un niño que juega, que levanta cortinas de espuma en torno a sí. Seré delfín, orca, cachalote, ballena: espejismo del mar infinito.

  • Hasta conocerte

    Hasta conocerte

    Cuando me enteré de que iba a ser papá no pude evitar que una lagrimita asomara en la comisura de mis ojos, y eso me cogió desprevenido. Antes de ese día, ser padre era una posibilidad entre otras, no un único proyecto donde depositar todas mis energías. El trabajo, la lectura, incluso la escritura, me parecían temas más urgentes que ser padre. De todas formas, no me importaba intentarlo y que fuera lo que tuviera que ser. He conocido otras parejas donde la paternidad se concibe como un proyecto bien calculado, pero en mi caso no ha sido así. De hecho, lo mejor de mi vida nunca lo he planeado.

    Cuánto me alegré y cuánto me he alegrado todos y cada uno de los días en que hemos esperado la llegada de nuestra hija. Desde que su mamá y yo le pusimos el nombre hasta hoy en que la tenemos en nuestra cama durmiendo. Me pregunto qué soñarán los bebés al ver a la mía hacer ruiditos y mover los bracitos en el aire. Me gusta que su manita apriete uno de mis dedos, casi siento que me toca un ángel. Nunca he estado tan cerca del paraíso como ahora mismo, cuando soy un padre novato que se soprende por todo.

    Mi hija tiene los ojos grandes y bien abiertos a pesar de llevar en este mundo una semana. A veces me mira fijamente como si me conociera de antes y no puedo evitar mirarla sin pensar en nada, intentando adivinar, sin conseguirlo, sus pequeños pensamientos detrás de sus ojos grises. Se queda seria, en ocasiones sonríe y abre la boca buscando un pecho. Luego me vuelve a mirar y así podría pasarme todas las horas de mi vida, porque en esos instantes ni existe el tiempo ni tampoco yo, solo el universo girando, si es que gira, y mi hija y yo contentos de estar vivos mirándonos. Podría verla dormir todas las horas del mundo, verla comer, verla llorar; sin duda atesoraré estos momentos todos los días de mi vida, pero ahora tengo la suerte de tener los recuerdos frescos en mi corazón y siento una calidez que invade todos rincones de mi cuerpo.

    Existen sensaciones que, para vivirlas, hay que buscarlas en lugares remotos y sólo están reservadas para los pocos que se atreven a recorrer el camino. Hablo del éxito, de la victoria, de la excelencia. En la vida proyectamos planes donde volcamos todo nuestro sacrificio; nos sentimos dichosos si lo conseguimos, o fracasados si, después de todo, fallamos. Cada cual cuenta con sus experiencias y su punto de vista. Lo que para ti es la gran cosa, para mí puede ser la cosa más nimia. Es difícil econtrar universales donde muchos estemos de acuerdo. Opiniones hay tantas como vidas, y ninguna es la mejor de todas.

    Padre o madre lo puede ser cualquiera, y cualquiera que haya sido padre o madre se habrá sentido la persona más afortunada del universo. Qué asunto más misterioso. Cómo puede ocurrir que, habiendo tantas posibilidades, tantos conflictos, tantos debates, todos acabemos en lo mismo. La naturaleza es sabia y sabe cómo perpetuarse a pesar de los estándares sociales que nosotros inventamos, a pesar de la inteligencia artificial, de los móviles, de los ordenadores, de los cacharros. La vida se abre paso a codazos entre nuestros objetos y planteamientos, demostrándonos que en verdad no somos nadie y somos todo.

    Me gusta colocarme a mi hija sobre el pecho y sentir cómo se va quedando dormida. Siento como su corazón y el mío se acompasan en uno solo y laten hacia delante, juntos. Ella sabe que está segura y que la quiero sin conocerme, y con eso me basta. Es más, aunque no me quisera, me daría lo mismo, yo la querría igual, pero me moriría de pena. Percibo su olor y me transporta a las regiones misteriosas de donde vienen los bebés. También cuando la veo con su mamá, cómo la cuida y cómo se quieren. Me parece el espectáculo más bello, el que se ha buscado tanto tiempo en la belleza de los cuadros, los paisajes, las obras de arte. Son estos momentos donde la vida dice: aquí soy yo.

    Me ha dicho la gente de mi entorno que cuando uno es padre deja de tener tiempo para hacer las actividades que antes acostumbraba. Ya no tendré, por tanto, tiempo para leer, para escribir, para filosofar. Me pregunto si quien dice eso ha sacado alguna vez el momento para algo más que para ver la tele o mirar el móvil. Además, cómo voy a enseñar a mi hija a leer, a escribir, a soñar, si yo mismo me olvido de hacerlo.

    Hoy es sábado por la mañana, he dejado a mi hija y a mi mujer durmiendo en nuestra cama y me he sentado en el escritorio a escribir cómo me siento, sentado en las nubes. Nada me haría más feliz que un día ella encontrara estos párrafos y se hiciera una idea de cuánto la quiero. Casi puedo verla, hecha una adolescente, leyendo estas líneas y que me diga al verme: Papá, cómo podías ser tan cursi. Si lo pensara, tendría toda la razón. Por si acaso, le diré ahora: Yo nunca he sido un tipo demasiado cursi, hasta conocerte.