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  • Técnicas efectivas para educar (Segunda parte)

    Técnicas efectivas para educar (Segunda parte)

    La primera parte de este artículo se publicó el pasado domingo. Pincha aquí para acceder al enlace.

    2. El poder igualador del amor: la herramienta más efectiva en la labor docente

    En un programa de la televisión pública, uno de esos en los que la periodista hace un reportaje entrevistando a las personas de un pueblo perdido en la sierra para conocer su rutina y las costumbres del pasado, uno de los entrevistados era un geólogo. Al parecer, el lugar tenía una importancia especial en ese ámbito a nivel internacional y el científico era un hijo del pueblo. Ahora vivía en Madrid o el extranjero, pero de vez en cuando volvía a su pueblo, donde estaban sus raíces y donde se habían inspirado la mayoría de trabajos que había realizado al inicio de una larga y exitosa carrera profesional. Hacía ya unos años que el geólogo había dejado de usar el peine, pero su rostro era jovial y juvenil.

    Uno de los momentos más álgidos de la entrevista fue cuando le preguntaron de dónde había sacado la vocación por la geología un chico de una localidad tan al margen de todo. La sonrisa del hombre se iluminó y dijo: «La vocación me la inculcó nuestro profesor Antonio. Nos llevaba de excursión a este sitio» dijo haciendo un gesto que abarcaba una zona de rocas grandes y desperdigadas sobre un manto verde, como si un dios infantil se hubiera dejado olvidados los juguetes «y nos explicaba la importancia histórica y geológica de este lugar. En el pueblo todos lo queríamos mucho, era nuestro profesor preferido. Por lo menos para mí fue alguien fundamental». En uno de esos giros de guion tan forzados, que en cualquier película hacen vomitar pero en la tele, cuando son personas normales quienes protagonizan las historias, adquieren una coherencia indiscutible, aparece de la nada el profesor Antonio que casualmente ha estado escuchando toda la conversación de su exalumno. Después de saludarse de una forma forzada, fingiendo que todavía no se habían visto, los sientan a los dos sobre una roca y ambos entrevistados, alumno y maestro, están sonrientes y contentos de volver a encontrarse, nada menos que para salir en la tele.

    La entrevistadora, siguiendo con el plan establecido, le pregunta al ya anciano profesor: «¿Cómo se siente al saber que José Luis es uno de los científicos más importantes de España? ¿Usted sabía que tenía un alumno colaborando con las mejores universidades de Europa?» Antonio se agarraba fuertemente las rodillas con las dos manos, visiblemente nervioso, un poco abrumado y temeroso de la cámara, pero feliz de estar allí. Su pelo, completamente blanco, centelleaba bajo claro sol de la mañana de primavera de aquel enclave cercano a un pueblecito de la sierra. «Sí, por supuesto que lo sabía. En el pueblo sabemos todos lo que ha conseguido José Luis. Me siento muy contento, claro». La entrevistadora, una chica joven, con un cuerpo esbelto y bien proporcionado, con el pelo largo y castaño derramándose, un poco inclinada para posicionar el micro, continuó: «Antonio, me han dicho que usted era muy buen profesor, ¿cómo consiguió motivar tanto a sus alumnos?» En ese momento, el viejo profesor guarda silencio. Mira al frente, hacia un paisaje que el espectador no ve pero que imagina idílico, y el ahora anciano trata de comprender cómo ha conseguido hacer que los alumnos se interesaran por unas cuantas piedras.

    «Hay que querer a los alumnos. El amor es la herramienta más fuerte para enseñar. Si los alumnos perciben que tú los quieres, que te importan de verdad… ya está, puedes enseñarles cualquier cosa. El profesor tiene que querer a sus alumnos». Pronto, la entrevista saltaba a tratar otros temas que no son importantes para el asunto de este ensayo. El consejo del profesor Antonio, a pesar de su sencillez, es tremendamente valioso, dado que ofrece la clave del éxito para que la labor docente sea un regalo diario.

    Hay muchos perfiles de profesores y profesoras. Los hay estrictos, los hay más laxos. Los hay quienes saben todos los cotilleos que ocurren entre los alumnos, estos detectan si un alumno lo está pasando mal en casa o está sufriendo algún tipo de acoso. También hay docentes que son verdaderos expertos de su materia y saben mucho más que cualquier profesor universitario. En fin, tipos de profesores hay tantos como clases de personas. La pedagogía y la literatura didáctica se equivocan al diseñar una clase única de profesor/a motivador/a, que generalmente usa y abusa de la tecnología, olvidando que, sobre todo, en esta profesión, el factor absolutamente diferencial —lo que la salvará de convertirse en un trabajo desarrollado por la inteligencia artificial— es el factor humano. Y es en el corazón donde las máquinas no pueden competir con las personas, porque no se puede querer a un ordenador ni él podrá corresponder de forma satisfactoria. Cualquier docente, entonces, sea como sea, aunque se trate de un carcamal pasado de moda, que no sabe ni siquiera utilizar el correo electrónico, aunque piense que el comunismo es la mejor organización social, aunque no tenga familia y en su tiempo libre se dedique a montar maquetas de barcos de guerra, a pesar de no entender el mundo que lo rodea con tanto móvil y redes sociales, puede ser querido por sus alumnos de quince años; son, de hecho, muchas veces muy estimados por compañeros y aprendices. Los hay de muchas clases, no se trata de una cuestión de edad o temperamento. Pero todos los profesores exitosos y carismáticos tienen un denominador común: aman su profesión y aprecian a sus alumnos. El amor no es incompatible con el respeto, de hecho es su razón.

    Será el amor el que dote al docente de la paciencia suficiente para repetir lo mismo una y mil veces. Será el amor el que lo impulse a mejorar cada día en su labor. Será la estima por las personas quien hará que las personas lo estimen también a él o a ella. Así de sencillo es el secreto del éxito, aunque su cumplimento obligue a un difícil equilibrio que continuamente se debe mantener, haciendo que a veces se pierda de vista lo realmente importante. Querer a los demás no es una tarea sencilla, pero siempre es recompensada. El amor es la antítesis -lo contrario- del ego, así que de nada sirve enorgullecerse de que los alumnos lo quieran a uno, lo importante es sentirse feliz por ser capaz de quererlos. Miles de caminos y opiniones irán jalonando la vida: tecnología sí – tecnología no, memorizar sí – memorizar no, confraternizar sí – confraternizar no, y más debates interesantes. Ante todos, la respuesta siempre es la misma; lo diferente es lo humano.

    Por eso las clases deben ser pautadas pero variadas, para que siempre espere una sorpresa.

    3. La pauta para una clase motivadora de una materia aparentemente aburrida

     (En el próximo capítulo)

    En esta entrega de artículos se irán desgranando algunos consejos y técnicas para la gestión de aula, dirigida a los muchos compañeros/as docentes que tengo y a cualquier persona curiosa que quiera reflexionar y ver por dentro cómo funciona la educación.

    Cada domingo se ofrecerá algún tema de debate a este respecto. Las opiniones en libertad de otros docentes o personas ajenas al ámbito de la eduación serán bienvenidas. Muchas gracias por leer hasta aquí y si te has quedado con ganas de más te invito a seguir explorando este sitio. Cada domingo publico una historia nueva.

    Muchas gracias,

    R. R. B.

  • El último día en la URSS (Parte 1)

    El último día en la URSS (Parte 1)

    Saludando sonriente

    El despertador sonó, como cada mañana, a las 5:50, pero lo apagó casi al momento porque ya estaba despierto. Era un día como cualquier otro: no volvería a repetirse nunca más. Siendo perfectamente consciente de ello, se dispuso a saborear cada una de las acciones que componían su rutina diaria. Reparó en el despertador. Era un modelo común, con campanas a los dados y un badajo diminuto dentro, el cual hacía un ruido fortísimo cuando llegaba su hora y anunciaba un nuevo día. Se había quedado sin cuerda, pero no importaba. En veinte años nunca había olvidado esa pequeña tarea y siente un orgullo pequeño y duro como un diamante. A pesar de la melancolía, era feliz.

    Su mujer y su hijo aún dormían, a su lado. El pequeño tiene dos años y solía pasar la noche en su propio cuarto, pero estaba con tos y su mamá había decidido que pasara la noche con ellos en la cama. Apenas son dos bultos bajo las gruesas mantas de lana.

    Hacía mucho frío, como tenía que ser en la Unión Soviética. La calefacción central del edificio los salvaba de morir congelados en el hormigón, pero aun así había que echarse una bata encima para llegar hasta el baño y hacer la primera micción del nuevo y último día que pasaría en su país, de donde nunca había salido en treinta y cinco años.

    Encendió la luz de la cocina y acto seguido comenzó a calentar el café. Intentaba resistir la tentación de prender un cigarrillo encendiendo la radio y sintonizando las noticias de la mañana. El conductor del programa, hombre de unos sesenta años, al que poco le importaba la vida ya, trataba cuestiones al filo de la censura. Sabía que cualquier día encendería el transistor y aquel hombre ya no presentaría el programa matinal. Formaba parte del destino de los hijos de la madre Rusia y se aceptaba con gusto por todos, incluso por el presentador. No pudo resistirse más. Tomó uno de los paquetes de tabaco que reposaban sobre la encimera impoluta y se encendió el pitillo con una cerilla. Era un día especial y debía permitirse ciertos lujos. El locutor anunció que eran las 6 de la mañana del día 20 de noviembre de 1975, la temperatura era negativa y el día sería gris.

    El café subió y volcó su contenido en una taza de lata, su preferida, de cuando era más joven y sirvió como zapador. Sus compañeros siempre le achacaban que prefiriera el café en vez del té negro, como un buen ruso. Pero se lo perdonaban porque en lo demás era un hombre valiente e íntegro, alguien en que podían confiar cuando estaban con la soga al cuello, perdidos en un remoto lugar de Siberia. Siempre tenía una sonrisa y palabras de ánimo. “Es gracias al café”, les decía, y todos se reían como buenos camaradas, fumando cigarrillos de liar y bebiendo de vez en cuando un trago de ardiente vodka helado. Fueron años duros los del servicio militar. Siempre pasando frío, hambre, odio. Un hombre tiene que resistir, decían los superiores. Pero los jóvenes camaradas dudaban de que esos tipos ventrudos tuvieran la entereza para sostener su kalasnikov; aquellos malditos dictadores que los tenían allí, en una trinchera pisando mierda. Si no fuera por sus compañeros, se habría pegado un tiro. Pero aquello ya se terminó para él. No dejaba de pensar con la mirada perdida mientras el café se enfriaba, le dio un sorbo y ya estaba tibio. Había perdido la oportunidad de disfrutar del primer café del día como se debía y eso lo enervó; por culpa de sueños antiguos había olvidado el presente.

    Una vez hubo terminado, entró en el baño y se desvistió. Tenía en su cuerpo algunas cicatrices de aquellos tiempos a los que no quería prestar más atención. Algunas habían sido provocadas por el enemigo y otras no. A veces es duro ser ruso, ¿pero quería ser otra cosa? La patria era exigente con sus hijos, pero estos siempre le serían fieles. Tenía claro cuál era su lugar en la sociedad, a la que se sentía muy orgulloso de pertenecer. El agua caliente corría por su cuerpo delgado dejando un vaho denso en el baño pobremente iluminado. Las baldosas de las paredes estaban amarillentas por el paso del tiempo y el grifo estaba un poco oxidado. No había medios para cambiarlo y él nunca había sido muy ducho con las tareas del hogar. Lo suyo era ser intelectual y guerrero: sabía manejarse bien con los libros y las armas, pero no con la hoz y el martillo. Después de frotarse con la pastilla de jabón lagarto se sintió purificado.

    Salió del baño, ya vestido: calzoncillos, calcetines, camiseta interior, camisa celeste, pantalón marrón, cinturón negro, americana gris, sin corbata. No soportaba llevarla al cuello, le recordaba al nudo de la soga, prefería las largas bufandas de lana que tejía su mujer. Mientras se calzaba no dejaba de escuchar la voz del transistor. Noticias llegaban de España, importantes. Antes de salir de casa comprobó que llevaba todo lo necesario. Abrió su cartera y vio su identificación y nombre: Andrei Nicolaievich, nacido en 1942 en Konstanta, donde vivía actualmente con su mujer Natalia Rostova.

    Antes de ponerse el abrigo de piel y salir al frío, pasó por la habitación conyugal. Su mujer y su hijo aún dormían en aquella hora temprana. Al verlos allí acurrucados, madre e hijo -tanto amor no cabía en aquella pieza- sintió una punzada de tristeza y las lágrimas duras inundaron sus ojos secos. Aquella era la última mañana, se despediría de ellos en ese instante y a partir de entonces ya nada volvería a ser igual. Eran apenas dos cabezas bajo las gruesas mantas. Se inclinó y besó a su hijo en la frente. El aroma característico de los niños pequeños lo embriagó y quiso retener ese olor en la memoria para siempre. Una lágrima se resbaló por su mejilla afeitada, la secó con un rápido movimiento con la manga de la camisa. Como no se diera prisa no iba a salir de allí. Se inclinó hacia su mujer y la besó en los labios, como hacía siempre antes de salir de casa. Ese día se entretuvo un poco más y del otro ojo cayó una lágrima traicionera a la cama.

    -Andrei, ¿estás bien? ¿qué te ocurre?

    -Nada, sigue durmiendo.

    -¿Estás llorando?

    -Por supuesto que no. -Y se incorporó con decisión. Si Natalia se hubiera incorporado, si hubiera encendido la pobre luz de la desvencijada lámpara de mesa, no habría tenido más remedio que contarle la verdad y quizás el final de esta historia hubiera sido otro.

    Nicolai consiguió disimular su agitación y ella, tan cansada estaba por la pasada noche en la que no había pegado ojo, ahuyentando el instinto de que algo no iba bien, se quedó dormida apenas Andrei cruzaba el umbral de la puerta de la habitación y cerraba tras de sí. ¿Volverían a verse? Nadie lo sabía, pero no tenían otra opción que aquella despedida.

    Había que disimular. Para que las cosas salieran según lo planeado, aquel tenía que ser un día absolutamente normal, uno más en su vida de profesor de literatura en un instituto estatal. Entró en el coche, que estaba helado, encendió el motor, la radio, y mientras se calentaba las manos volvía a escuchar las noticias, que hablaban de España. Había muerto el dictador Francisco Franco aquella misma madrugada.

    -Maldita sea, -pensó Nicolai- esto seguro que lo complica todo. -No se equivocaba. Inició la marcha con cuidado, las calles estaban heladas por el frío sempiterno.

    Nicolai sabía muy poco de España, apenas por los libros de literatura, y no era mucho lo que había leído. Conocía el Quijote y una obra de teatro bastante filosófica que llevaba por título La vida es un sueño o algo así. Un tipo en una prisión se liberaba en un mundo ficticio, que él creía real, y que en realidad era real, pero luego resultaba ser un sueño, pero no era cierto, porque no había estado soñando, sino despierto. Un drama complicado del siglo XVII. España le parecía un país bastante barroco y tragicómico. Pero las circunstancias habían hecho que, de unos meses a esta parte, las relaciones con aquella región tan al oeste del continente fueran frecuentes y, prometían, duraderas. Nicolai sabía mucho de dictadores y se alegraba por los españoles, pero no por él.

    Decidió no darle demasiadas vueltas. Debía prestar atención a la carretera si no quería salirse y acabar con todo demasiado pronto. Franco había muerto en su cama, de viejo, poco se sabía de lo que iba a pasar a partir de ahora. En la URSS todo seguiría igual.

    A lo lejos ya se divisaban los altos edificios grises de las afueras de Leningrado. Altas torres de hormigón, todas iguales, funcionales, el pueblo necesitaba viviendas y el estado las proveía. Para un país que había pasado casi toda su historia a la intemperie, comiendo patatas podridas y durmiendo en la escarcha, disponer de una vivienda con calefacción central y gas para cocinar, era como haber dado un salto de milenios. Nadie le negaba a los soviéticos sus avances, pero quizás habrían llegado también sin los millones de muertos. Nicolai se preguntaba si no les habría ido mejor con los alemanes. Al final, todos los de arriba son iguales, se llenan la boca con palabras como gloria, patria, honor, pero lo que quieren es vivir una vida con preocupaciones pequeñas y miserables. A su manera, aquellos altos edificios eran bellos, gigantes fantasmales entre la neblina petrolífera del progreso. Edificios como pilares que aguantaban el cielo gris.

    En una de esas construcciones, se desarrollaba la labor docente de Andrei. Apagó un cigarro con el pie al salir del coche y encendió otro justo al cerrar la portezuela tras de sí. El día era helado, pero al menos no había caído nieve. Sus gruesas botas pisaban seguras sobre el suelo de cemento. Algunos estudiantes ya esperaban junto al edificio gris, el cual tenía forma rectangular, como dos cajas de zapatos, una encima de otra, formando una cruz. El pueblo necesita formarse: matemáticas, literatura, química, latín. Le encantaba su profesión. Le habría esperado un futuro glorioso si hubiera sabido mantener la boca cerrada en ciertos momentos. Había sido un militante audaz años atrás, pero no supo guardarse la verdad para sí mismo y acabó en el instituto.

    -Buenos días, Andrei. Parece que tenemos una mañana fría.

    -Buenos días, profesor Fedor. Así es, el invierno aprieta fuerte.

    -Para inviernos los que había cuando yo era niño. Aquello sí que era frío, y no ahora. Hubo un año en el que no dejó de nevar. Te lo digo, Andrei, el clima está cambiando.

    -Seguro que tienes razón.

    Mientras ambos subían las escaleras del edificio, un timbre fabril rompió la mañana. Andrei se giró un momento y miró hacia la calle. Los estudiantes llegaban con sus ropas raídas y sus carteras de cuero. Algunos habían estado fumando unas cuadras más allá, otros pasaban hambre, frío, necesidad. Soñaban con ser ingenieros, militares, poetas. Cuántos sueños por cumplir, cuánta energía malgastada, cuántas vidas inservibles.

    Dios mío, cuánto echaría de menos todo aquello. -Lamentaba saludando sonriente.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continuará en el próximo capítulo. ¿Qué crees que va a pasar?
    Sigue atento/a las actualizaciones de esta página todos los domingos por la mañana.

    Un abrazo de oso ruso,

    El Pobrecito Escribidor

  • El profesor Castillo

    El profesor Castillo

    Arbolé arbolé, seco y verdé. Recuerdo a un compañero de mi promoción, en quinto o sexto de primaria, recitando este poema de Lorca, delante de toda la clase. Y llevados por la magia de la poesía, lo mirábamos en silencio, lo admirábamos con la fascinación propia de los niños a esa edad, queríamos ser como él. Luego el alumno se sentaba en su pupitre y el profesor Castillo de la Escola Mossèn Ramón Bergadà lo felicitaba. Era el momento de que saliera otro compañero: me tocaba a mí. La luna vino a la fragua con su polisón de nardos. El niño la mira mira, el niño la está mirando. Otra vez Lorca.

    A esa edad yo desconocía muchas cosas. Más tarde comprendí que la luna simbolizaba la muerte y que el niño, al final del poema, tiene los ojos cerrados porque ya no volverá a despertarse nunca, y que por eso por el cielo va la luna con un niño de la mano. Es cierto, lo comprendí más tarde, suponiendo que hoy lo haya comprendido del todo. Pero lo aprendí entonces, en la infancia, en un aula del segundo piso, al fondo del pasillo, donde daba clases el profesor Castillo, de cuyo nombre no quiero -porque no puedo- acordarme. Ese curso, aprendí a amar la literatura. Y ese mismo amor me acompaña hoy, y es el mismo amor que me llevaré cuando la luna decida ir conmigo de la mano.

    Las cosas en el plano educativo han cambiado en veinticinco años. De hecho, cuando el profesor Castillo nos daba clases, él era el más diferente: nunca usaba libros de texto, nos hacía aprender poemas de memoria, fumaba a veces en el quicio de la puerta -o así me gusta recordarlo- y nos llevaba a los ordenatas, aparatos maravillosos que para él suponían el mayor regalo del futuro, porque nos daban acceso al internete, donde se guardaba toda la poesía del mundo mundial. Sois muy afortunados, nos hizo saber.

    Hablando con los amigos, después de nuestros respectivos trabajos, recordando los viejos tiempos, cuando nos referimos a algún profesor de nuestro colegio, el primero, siempre es el profesor Castillo. Unos nos decantamos por las letras, otros por las ciencias, pero él fue alguien especial para quienes tuvimos la suerte de encontrárnoslo.  Además, no solo nos daba lengua castellana, sino también la asignatura de plástica. El trabajo más famoso que recuerdo era el de montar un balón de fútbol con cartulinas. Siempre he sido bastante torpe con las manualidades, pero el profesor Castillo consiguió que realizara entonces figuras geométricas que no sería capaz de reproducir hoy en día. En una de nuestras quedadas, un compañero dijo que había encontrado el balón en el trastero de su casa, después de tantos años, roto por un costado. Descubrió que había algo en su interior, sonaba como algo ligero y suelto. Lo vació sobre su mano y encontró un papel doblado. Al abrirlo leyó su nombre completo y su edad: nueve años.

    Hay personas que tienen magia. Ser profesor debe ser una de las profesiones más bellas que quedan en el mundo. La razón de esto es simple: el trabajo del maestro es la obligación que debería tener todo ser humano: enseñar. Coger de lo estudiado, de lo vivido, los frutos más dulces y compartirlos con los alumnos. Luego viene el esfuerzo. Hoy se proponen cientos de teorías y algoritmos para motivar al alumnado que ya no quiere estudiar, que ya no quiere leer, que ya no quiere saber. Pero eso no es cierto. Cualquier inspector de educación reprendería la actitud de nuestro viejo profesor Castillo conforme a unas leyes que dictaron aquellos que nunca pisaron un aula para dar clase, que imaginaron cómo debería ser la educación, pero que nunca la practicaron. Y estoy seguro de que eso lo sabía el profesor Castillo. Y presentaba singular batalla con un sistema que fomentaba el empobrecimiento del intelecto, y, por tanto, del alma.

    Pero no se rindió. Siguió a lo suyo y lo consiguió, si no en general, lo consiguió conmigo, con nosotros, con generaciones de constantinenses que lo tuvimos como maestro. Han pasado los años y hoy yo mismo soy profesor de secundaria. A veces, cuando la clase se pone cuesta arriba, recito poemas de memoria y mis alumnos me miran con los ojos como platos. Y me dicen admirados: ¡Cuánto sabes, profe! No pierdo el tiempo explicándoles que esos poemas me los enseñó un viejo profesor algo rebelde y bohemio que impartía clases en un aula del segundo piso al fondo del pasillo. No hay tiempo para explicar que entrar en esa aula era penetrar en un mundo mágico. No llego sincerarme tanto como para decir que me gustaría ser un poquito para con ellos lo que fue para conmigo el profesor Castillo. Y su mejor enseñanza, al fin, era muy simple:

    -Queridos, la magia está en este mundo, está dentro de vosotros: la magia existe.

    Y como dijo Lope cuando hablaba sobre el amor, es de verdad: quien lo probó lo sabe.

  • Estamos hechos de sentimientos, no de cables

    Estamos hechos de sentimientos, no de cables

    Seguro que conocen ese poema de Garcilaso “En tanto que de rosa y azucena” donde el poeta invita a una chica joven y preciosa a gozar de la vida cada segundo; si no lo recuerdan, me permito la libertad de transcribir los versos aquí.

    En tanto que de rosa y azucena
    se muestra la color en vuestro gesto,
    y que vuestro mirar ardiente, honesto,
    enciende al corazón y lo refrena;

       y en tanto que el cabello, que en la vena
    del oro se escogió, con vuelo presto,
    por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
    el viento mueve, esparce y desordena;

       coged de vuestra alegre primavera
    el dulce fruto, antes que el tiempo airado
    cubra de nieve la hermosa cumbre.

       Marchitará la rosa el viento helado,
    todo lo mudará la edad ligera,
    por no hacer mudanza en su costumbre.

    Lo digo porque hace poco estuve trabajando este soneto, el veintitrés, en clase, y hoy ha pasado algo alucinante, irrepetible. Ha sido uno de esos días normales y corrientes en los que llegas a la última clase exhausto de las cinco clases anteriores, pensando si habrá valido la pena el esfuerzo de las horas precedentes, si podrás enseñar algo a alguien.

    Cualquier experto en la materia diría que son malos tiempos para enseñar una asignatura como Literatura castellana en pleno siglo XXI. Parece una materia molesta en los planes de estudio actuales: todo es tecnología y ciencias exactas; o gamificación, simplificación y papilla. Pero yo no soy ningún experto y todavía no me he rendido.

    Me sorprendo cuando mis alumnas de bachillerato empiezan a descubrir de qué va esta materia donde pasaremos cuatro horas a la semana. Este curso me ha tocado un grupo en el que a duras penas se lee o se piensa en otra cosa que no sean las redes sociales. Cualquiera que mirara a mis alumnas desde la mesa del profesor pensaría que esas chicas no tienen interés alguno que las motive en los planes académicos, y menos todavía en aprender quiénes eran Garcilaso, Góngora, Ronsard, Horacio.

    Los padres, los profesores, los adultos sabrán de lo que hablo. Los testimonios descorazonadores copan los libros para profesores: ¡Estos chicos no tienen remedio! ¡No tienen ni idea de nada! Yo, a veces, también lo he pensado; pero la lección me la han dado hoy a mí, sin esperármelo siquiera; me hace plantearme si yo tengo idea de algo después de todo.

    Había que analizar el soneto XXIII de Garcilaso cuyo tema es el llamado carpe diem: “atrapa el día”, “vive el momento”, “coged de vuestra alegre primavera el dulce fruto”. El poeta invita a una chica joven a disfrutar los goces de la vida antes de que lleguen la vejez y la muerte. El tiempo, el inexorable pasar de “la edad ligera”, todo lo cambiará, por no cambiar, el muy malvado, de costumbre: pasaba en el siglo de oro y ahora. 

    Poco a poco, íbamos desgranado el significado de cada verso, de cada estrofa, sin perder de vista la unidad del poema en su conjunto. Paladeábamos la bella pronunciación de los endecasílabos: “el viento mueve, esparce, desordena”; buscábamos la rima con “azucena” y nos preguntábamos si aquella flor, junto con la rosa, tendrían algún significado oculto, alguna relación con el paso del tiempo, con los años fugaces.

    El tiempo de la sesión se terminaba y nos hallábamos en pleno éxtasis místico-literario. Veía en las miradas de mis alumnas cómo aquellos versos antiguos de Garcilaso se les estaban gravando en el corazón, sin ellas darse cuenta. Una vez vista la métrica, la rima, el tema y los símbolos, les pedí que escribieran para el próximo día una experiencia que a ellas les evocara el carpe diem. Es decir, un recuerdo o pensamiento que les recordara que había que vivir, aprovechar cada segundo. Les puse un ejemplo de mi experiencia personal. A mí me llaman mucho la atención las fotografías antiguas, en blanco y negro o en color sepia. Cuando en esas imágenes veo a niños o a jóvenes o a gente de mi edad, en la treintena, pienso en qué habrá sido de sus vidas, me asalta la idea de que esas personas no se imaginaban, en el momento que tomaban la foto (un baile, un acontecimiento, un día cualquiera), que yo las estaría mirando después de sesenta, setenta u ochenta años. Un día yo también seré un personaje de una foto así: un rostro quieto que grita ¡caarpe dieem… caarpe dieem! desde las lejanías del espacio-tiempo.

    Sonó el timbre y cada cual siguió con sus ocupaciones. Los problemas diarios me hicieron olvidar a Garcilaso y sus consejos hasta la siguiente clase de literatura, que ha tenido lugar hoy mismo. A última hora de un martes, hemos sacado los apuntes y hemos explicado lo que es el hiato, la sinéresis, la diéresis, los tipos de rima y el arte mayor y menor de los versos. Una de esas clases que lo dejan a uno exhausto. Quince minutos antes de que se terminara la hora, las alumnas me han recordado que teníamos que hablar del carpe diem. Y es ahí donde me he han dado la clase de literatura a mí.

    La primera alumna habló de su abuela. “Ella siempre me dice eso, que tengo que vivir cada momento, aprovechar la vida. Y a mí me da mucha tristeza cuando hablo con ella, pensando que un día no la tendré y no podré hacerlo”. Yo le dije que eso no era exactamente tristeza, pues era un sentimiento triste, sí, pero muy bonito. Además, su abuela tenía toda la razón.

    El clima de la clase cambió y se sentía una calidez muy íntima, como de una pequeña plaza. Otra alumna habló de su país, Ecuador, pensaba en el carpe diem cuando recordaba a su familia, que estaba allí en su mayoría y hacía muchos años que no veía, a pesar del amor. Debía haber disfrutado de cada momento cuando estuvo con ellos, sin duda lo hará al volver a verlos de nuevo, si es que eso es posible, porque los días van pasando.

    Alguien dijo que estaba a punto de llorar, ¿pero eso es malo? Otra habló de su padre, que ya no está. “Pienso en el tiempo que pasé con él”. No dije gran cosa, solo la escuchamos. Ella sentía que había que valorar cada momento, porque no sabes cuándo todo se va a terminar, cuándo dejaremos de estar con las personas que más amamos.

    Íbamos llegando al final, a punto de que el timbre rompiera la burbuja de ese momento único, sutil, como cuando entra una mariposa por la ventana. “Mi caso es un poco fuerte. Yo pienso en el carpe diem porque tuve un problema de salud muy grave.” Le dije si era una enfermedad larga y contestó con esa palabra tabú que da tanto miedo. “Estaba en el hospital y veía que la vida se me podía escapar”. Y, en esos momentos, ¿qué era para ti lo más importante?, preguntaba yo. “Las risas con mi familia, los buenos momentos en el hospital, la gente que conocí allí: con eso te quedas.” Ostras, vaya clase de literatura. A pesar de haber leído hasta la saciedad a Garcilaso, a Góngora, a Ronsard, a Horacio, he salido del aula en una nube, oyendo una voz honda que decía: ¡Carpe diem!  

    Y quizá haya esperanza para la Literatura castellana en estos tiempos aciagos para casi cualquier arte. Al final, los seres humanos estamos hechos de sentimientos, no de cables.

  • Discurso de graduación

    Discurso de graduación

    Este breve texto fue leído por el autor de este espacio durante la celebración de la graduación de los alumnos del bachillerato humanístico-social de la promoción 2020-2022. Para que no caiga en el olvido el cariño que nos tuvimos, comparto esta carta de amor a la docencia, al saber, a mis alumnos y alumnas.

    Había una vez una pandemia. Corría el año 2020 y unos cuantos chicos y chicas se dispusieron a enfrentarse a un reto sin precedentes: cursar bachillerato. Habían terminado la ESO en un contexto nunca visto por nadie, ni por alumnos ni profesores.

    Empezaron unos treinta. Algunos de esos chicos se apuntaron porque no sabían qué hacer, otros lo tenían muy claro: criminología, ADE, economía… La mayoría, fue descubriendo su camino poco a poco: turismo, psicología, humanidades, ¡filología!

    Era la clase del bachillerato humanístico-social. Unos estaban allí huyendo de las matemáticas o la química, otros, pese a ser muy buenos en ciencias, amaban las letras; otros amaban las matemáticas y la economía en el social. Cada uno con sus intereses y sueños, con sus filias y fobias, con sus profesores preferidos y sus clases favoritas.

    Conforme avanzaba el curso, algunos se fueron bajando del barco en busca de otros horizontes. “El bachillerato es demasiado difícil” o “Esto no es como la ESO”, eran las frases más habituales. Otros resistieron, siguieron luchando. Cada uno escoge su camino y nadie sabe qué senda es la mejor, pero el mundo es de los perseverantes, de vosotros.

    Al terminar el primer curso, quedaron unos veinte. Han sido unos años locos: clases telemáticas, asignaturas imposibles, profesores despistados (entre los que me cuento); también hubo horas bajas en casa: pérdidas irremplazables, estrés en los exámenes, falta de sentido. Pero también hubo grandes momentos en el instituto: complicidad en las clases, asignaturas fáciles, profesores apasionados (entre los que quiero contarme); y situaciones felices en casa: padres y madres coraje, paciencia infinita, amor incondicional. Como cantan els PETS de Constantí: la vida és bonica, però (a vegades) complicada.  

    Corría el año 2021 y aquellos alumnos del bachillerato humanístico-social ya estaban en segundo. La pandemia amainaba y el ritmo se aceleró. El TREC, los exámenes, la sele. Poco a poco, aquellos chicos y chicas fueron superando los retos, superándose a sí mismos, aprendiendo de las experiencias. Pero lo mejor: siempre fueron amables.

    Es difícil ser cordial cuando las cosas se ponen difíciles. Como tutor de estos dos cursos, todos los profesores han destacado que mi clase era una gozada, un bálsamo entre lo que significa ser profesor de secundaria en el siglo XXI. Siempre me sentí afortunado de trabajar con ellos. Si me quedé un curso más, lejos de casa, fue gracias a vosotros.

    En muchas ocasiones me habéis tocado el corazón con vuestras palabras y manera de ser. Hemos pasado por mucho y hoy hemos llegado hasta aquí: vuestra graduación. Enhorabuena, os lo habéis ganado. 

    Hoy, 21 de junio de 2022, dejo de ser vuestro tutor. Ha sido un gusto, pero el camino no termina aquí. Hoy empiezo a ser vuestro amigo, de aquellos chicos y chicas que una vez decidieron emprender la aventura de cursar el bachillerato humanístico-social en el Andreu Nin.

    Aquí me tenéis para lo que necesitéis. Ha sido un placer haberos encontrado. Un abrazo de libro. Nunca os olvidaré. Os quiere,

    Ricardo

  • El profesor azul

    El profesor azul

    Tuve un profesor de literatura hispanoamericana que marcó a muchas generaciones de estudiantes de filología, aspirantes a críticos, ensayistas, escritores malditos y/o profesores de instituto. Sus lecciones eran pura adrenalina. Uno se sentía como si estuviera en el teatro, no como público solamente, sino como miembro activo de una obra que se representaba como si se tratara de una rueda de jazz, donde nadie sabe lo que va a pasar en el próximo compás y todos los artistas permanecen en estado de alerta. Había quienes sabían esquivar la mirada del profesor azul y mimetizarse con los muebles, había otros estudiantes para los que nos era imposible pasar desapercibidos.

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    Aunque la lección parecía anárquica, seguía un hilo conductor bien definido: el principio de la clase enlazaba con el final de la misma, como en las buenas historias. Tampoco estaba exenta la exposición del maestro de figuras retóricas que pasaban inadvertidas a los estudiantes. Recuerdo que su preferida era la hipálage, quizá por cómo sonaba, quizá por su forma, o su dificultad para ser bien comprendida. César, acosado al pie de la estatua por los impacientes puñales de sus amigos, donde el adjetivo “impacientes” se traslada de “amigos” a “puñales” y estos objetos sin vida, pero vívidos, cobran un nuevo carácter. Recuerdo que cuando aparecía en alguno de los textos, solía preguntar cuál era la figura retórica que sostenía el verso o la frase, con su mirada, el profesor azul. Unas veces respondí, otras callé y respondió otro alumno más aventajado, su predilecto. También había veces en las que me equivocaba, pero ahora sé que mi error no me restaba credibilidad ante sus ojos. Lo importante es que el alumno sea partícipe de la obra que se representa en riguroso directo, en ese momento, aunque sea inesperada su intervención o lleve el contenido de la clase por un nuevo camino.

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    Si la imitación es signo de admiración, nuestro profesor azul es la persona más admirada que conozco, por encima de los artistas que configuran el panorama nacional e internacional. Unos cuantos son los que cifran la elegancia con americana y vaqueros, o con unas lentes-quevedos, o dejan crecer sus cabellos, o miran intensamente al interlocutor y a la nada, o fuman cigarrillos con un aire de cantor de tangos, o llevan en un maletín de cuero; tanto en hombres como en mujeres hay rasgos bellos de su imagen. Yo quería contarme entre los que no, quise tener una voz propia, aunque más ronca y grave, pero la mía propia. Lo admiraba, pero yo intentaba no verme como una grupi.

    Han pasado diez años desde la última vez que fue mi profesor de hispanoamericana y la vida nos ha llevado a todos por distintos caminos. Casualidad o causalidad, encontré que su discípula, que ahora enseña literatura hispanoamericana en la universidad, lo iba a traer para una clase abierta, donde podían ir de oyentes a quienes les apeteciera. El profesor azul lleva años jubilado, podía ser una última oportunidad. Porque no tuve tiempo para pensármelo demasiado, allí me planté justo después de salir de trabajar en el instituto. Llegué un poco tarde, me senté en segunda fila, como hiciera en sus clases. Al cabo de pocos minutos en el aula, respirando aquel ambiente tan conocido y apenas recordado, donde uno se siente parte de algo importante, viajé en el tiempo y volví a ser universitario. Me sorprendí al verme reflejado en sus clases, al ver hasta qué punto yo imitaba su postura (los brazos cruzados sobre el libro), sus ademanes (el índice dibujando imposibles en el aire), sus muecas (una sonrisa ladeada, pícara), su pronunciación (un acento levemente afectado); también el uso de fragmentos para ilustrar la clase, las citas de poemas de memoria, las anécdotas de un pasado inventado o remoto donde fuimos el más rebelde, mostrando ahora una autoridad incostestable.  

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    La clase se terminó en un aplauso. Recuerdo que los alumnos actuales de hispanoamericana se levantaron rápido y atendieron a sus móviles. Yo repasaba mis apuntes en un cuaderno que utilizo desde mis años universitarios. Quedábamos pocos en el aula y no hizo falta acercarme a su mesa para saludarlo, el profesor azul se acercó a donde estaba yo. Nos abrazamos y me preguntó cómo me iba. Le contesté lo mejor que pude responder en ese momento. Después de la clase, unas cervezas en el bar. Cuatro adultos que parecían extraños, pero a la vez conocidos. Los tres acompañantes que quedamos con él -la profesora de hispanoamericana actual, un antiguo compañero y yo- formábamos una pequeña corte. Durante ese par de horas que duraron las tres cervezas, pensaba en los distintos avatares de la vida: lo que quisimos que sucediera en diez años y lo que finalmente ha terminado pasando. Cuando estudiábamos, fantaseamos con el día en que nos reuniéramos otra vez y quizá imaginamos un mundo distinto. El tiempo es el mejor narrador que conozco. En aquella mesa del bar se sentían las ausencias, encontrábamos recuerdos felices y melancólicos, hablábamos de un futuro incierto para la literatura, se comentaba un pasado glorioso, se diseñaban proyectos a medio plazo.  

    El profesor azul hace años que se jubiló, perdió la visión de un ojo y camino va de quedarse ciego, según él mismo ironiza, para imitar a Borges. Está delgado y sigue fumando demasiado. Tuvo grandes sueños y grandes decepciones, aprendió a subir y a bajar de la torre de marfil, vivió experiencias que lo marcaron a fuego, como a cualquier ser humano, releyó de nuevo El Quijote durante la pandemia, nos contó, otra vez, la anédcota de Martín de Riquer y la alumna que no había leído el gran libro. Ahora que la vida había pasado para él, era un lujo poder estar al lado del profesor azul y demostrarle que allí estábamos para lo que hiciera falta. Nadie iba a evaluar a nadie, no nos debemos nada ni podemos darnos más que amor, y eso es lo mejor del mundo, la raíz de la literatura. A pesar de que, para mí, mereció mucho más que ser un profesor de insituto, impartinedo una sola asignatura en la universidad, a pesar de que considero que una de las desgracias de nuestro país es que no sabe valorar a los mejores activos que tiene por cuestiones sucias como la envidia o la inseguridad, si la vida me diera a escoger entre ser un grande y ser mi profesor azul, está clara mi decisión y la de mis compañeros.  

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    Se marchó deprisa, como el que ha hablado y bebido demasiado, arguyendo que tenía que pasear al perro. Casi sin darnos cuenta, se había ido y nos quedamos un rato con esa sensación como de efervescencia emocional. Poco a poco fue volviendo el presente y lo que quedaba del pasado se fue desvaneciendo como un montículo de arena al viento.

    Al cabo de los días he pensado mucho en este último encuentro. De toda la conversación, de todo lo que pude o no decir, lo mejor fue lo que me salió del corazón una vez hubo terminado su clase el profesor azul y me miraba de aquella manera tan particular, preguntándome cómo me iba la vida. “Intentando ser cada día un poco como tú”. Rio brevemente, como hacía antaño, y mintió: “Seguro que ya me superaste”.

    Tuve un profesor de literatura hispanoamericana que marcó a muchas generaciones, sobre todo a mí.