Etiqueta: arte

  • El Hambre y la joven

    El Hambre y la joven

    Había una vez una joven escritora feminista: pobre, apasionada y negra. Sus reflexiones y relatos suscitaban la admiración de otras mujeres feministas que destacaban, lo mismo que ella, en otros ámbitos del arte: acuarelas, fotografía, tarot, atardeceres, maternidades. Pero un día el Hambre personificada llamó a su puerta para sentarse un rato en el sofá de su casa de Menorca, isla donde antaño se había rodado un anuncio mítico de cerveza que se reversionó otro verano, con los mismos músicos demacrados por la droga, que suscitaba una nostalgia amable. El Hambre estaba sentada como una sombra silenciosa y secreta, nadie la veía, solo la escritora feminista, que estaba sola. Es duro ser una escritora feminista y depender de un hombre, artista feminista como ella, que vive de la bondad paterna y burguesa para pagar el pisito en Menorca, los múltiples fracasos, los dudosos triunfos, que nunca se traducían en dinero.

    Así que, la cada vez menos, joven escritora feminista soñaba con ser una gran escritora y vivir sin traicionar sus ideales. Para no sentirse como una de esas amas de casa a las que despreciaba por no trabajar, se inventó unas clases particulares para ricachones de Menorca, como si tuviera quince años y ahorrara un dinerillo para comprarse ropa. La escritora cada vez tenía menos ropa que ponerse. Te veo más gorda, dijo el Hambre. Ella no contestó y siguió escribiendo en su teléfono su reflexión diaria para las artistas feministas como ella. No quiero acabar de profesora en un instituto porque soy una genia y quiero que el gran mecenas me vea, me rescate y me siente en una silla de oro para ser como la princesa de Darío y suspirar por un príncipe azul, guapo y feminista.

    El Hambre, con su máscara roja, puso la tele y los pies encima de la mesita del salón. El Hambre no dice nada si no la miras a los ojos un buen rato y le dices, qué quieres, qué diablos estás haciendo aquí. Es discreta y se sienta tranquila en el sofá de tu casa o en el coche mientras viajas hacia esa cascada mágica que te revelará el sentido de la vida. El Hambre es así, llega sin avisar y no se va de tu hogar hasta que ella quiere. Pero si la escritora feminista la mirara y observara la negra oquedad de sus ojos, esta le diría.

    Guapa, la vida que proyectas, que te parece tan sencilla y tan absurda, es mucho más difícil de lo que te crees. Si no despiertas, cuando quieras darte cuenta y agarrar el tren, será demasiado tarde. Lo que ves como un paseo, un lugar donde caerte muerta, es un carrusel de dificultades que pueden conducirte a querer tirarte por la ventana, o entrar lentamente en el mar con un camisón blanco, si así lo prefieres por romanticismo. La joven escritora feminista la miró y no dijo nada. El Hambre, se encendió un cigarrillo sin preguntar si en la casa de la autora promesa se podía fumar o no. Tirando una brizna de ceniza al suelo, prosiguió. Verás, las cosas van a ser cada vez más complicadas y esta idea del arte no está funcionando del todo.

    Maldita Hambre mentirosa. La joven escritora no podía contestarle más allá de volcar su frustración sobre un mundo que nunca acaba de consolidar el feminismo ni el matriarcado. A mí todo eso me la trae sin cuidado, yo soy tan antigua como el mundo. Además, la mentirosa eres tú, todos lo saben. Y las que te aplauden son tan mentirosas como tú. En todos los viajes, en todos los caminos, yo estaba allí, mirándote.

    La joven no pudo más que darle la razón y preguntar, qué puedo hacer para evitarte, qué tengo que hacer para que no vuelvas nunca más. No puedes hacer que no vuelva nunca más, pero puedes hacer que no venga tan a menudo. Tienes que ponerte a trabajar, a ganarte la vida, a dejarte de historias extrañas sobre ideales que nunca llevan a una consecución real y que solo son mentira. Vuelve a donde te quieran, vive la vida junto a las personas que amas, por encima del dinero, la fama o tu voluntad de ser algo o tu necesidad de que alguien te crea algo. Tienes que ser feliz en la infelicidad, en la vida gris que te proyecto para que camines hasta mí y te encuentres conmigo en un instante que nunca conocerás. Tienes derecho a soñar, pero será después de hacer todo lo que te he dicho y quizá lo consigas o quizá no, pero no podrás decir que tu vida no valió nada.

    Bueno, creo que tienes razón. No puedo discutir contigo porque nunca dices la verdad ni la mentira, porque no hay excusa o dialéctica que te esquive cuando estás sentada en el sofá de mi casa y me da miedo de mi propia sombra, porque te adivino como un reflejo. Entonces me marcharé, pero recuerda lo que te he dicho, deshecha toda esa basura y aprende a vivir en el silencio, que es el enemigo acérrimo, más temido, que tengo.

    Y tal como vino se fue. La joven escritora feminista lloró amargas lágrimas desesperadas y se sintió mejor. Retomó su teléfono móvil y miró algunos atardeceres en valles de ensueño que había colgado alguna de sus seguidoras feministas a quienes el Hambre no habría visitado aún, a juzgar por sus rostros felices e imbéciles.

    Todo ha sido un sueño, se dijo. Nadie se ha sentado en mi sofá y me ha dicho todas esas cosas horribles, no las veo en mi pantalla, todo lo que la Muerte o el Hambre o como se llame hablara. Solo es mi imaginación. Se levantó de su silla, atravesó con un par de pasos el salón y vertió sobre su mano un antidepresivo que ingirió con agua. Siguió escribiendo su texto sobre la felicidad que daba ser una mujer pobre y trabajar como una negra, expresión que solo podía usar ella, a pesar de no ser negra, porque era hispana.

    El Hambre miraba por la ventana desde la calle y se reía. No quiero meterme en una vida gris, escribía la joven escritora feminista.

    Esa noche, como la anterior, la nevera estaba vacía.  

  • Orbaneja, el pintor de Úbeda

    Orbaneja, el pintor de Úbeda

    Antes de que el arte abstracto se inventara, de que Duchamp le diera la vuelta a un urinario, antes de que los galerista promocionaran las estrellitas de Miró, antes de los dadaístas y todo eso; antes, ya estaba Orbaneja, pintor de Úbeda. Cuando leí en su día este fragmento de El Quijote me maravilló tanto que lo copié letra a letra. Este es un homenaje a la mejor novela moderna.

    Pasen y lean:

    -Ahora digo -dijo don Quijote- que no habrá sido sabio el autor de mi historia, sino algún hablador ignorante, que a tientas y sin ningún discurso se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbajena, pintor de Úbeda; al cual, cuando le preguntaban qué estaba pintando, respondía: Lo que saliere («Lo que salga»). Por ejemplo, pintaba un gallo, de tal forma y tan mal hecho, que era necesario que, con letras góticas, escribiera debajo: «Esto es un gallo». Y así debe de ser mi historia, que tendrá necesidad de comentarios para entenderla.

    P.E.: El Quijote reflexiona en el libro (1615) sobre la obra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que se publicó diez años antes (1605). Lo que hoy conocemos por El Quijote no son sino dos libros, publicados con diez años de diferencia. Quijote, el personaje, está preocupado porque la historia de sus aventuras, que Sansón conoce porque ya la ha leído, sea un libro complicado y pedante, donde al final no se entienda el sentido verdadero de su historia: un caballero andante que lucha por el bien de todos.

    -Eso no -respondió Sansón-; porque es tan clara, que no hay cosa que sea dificil en ella (la historia del Quijote): los niños la manosean, los jóvenes la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran. De hecho, es tan sencilla, tan leída y tan sabida por todo tipo de gentes que, apenas han visto un caballo flaco, exclaman: ¡Aquel es como Rocinante!

    P. E.: El bachiller Sansón Carrasco le dice al Quijote que la historia de sus aventuras, sin ser complicada, enriquece a todo el mundo y que se ha hecho muy famosa, como sucedió en la realidad. El Quijote de 1605 supuso un éxito en su época y rápidamente se hizo una obra muy conicida. Diez años después, en 1615, Cervantes juega magistralmente con la realidad y la ficción.

    -No hay duda de eso -contestó don Quijote-. Pero muchas veces pasa que los que tienen mucha fama, merecidamente ganada por sus escritos, al darlos a la imprenta, la perdieron del todo o la perjudicaron en algo.

    -La causa de eso es que -dijo Sansón-, como las obras impresas se miran despacio, fácilmente se ven sus defectos, y mucho más se analizan cuanta mayor es la fama de quien las escribió. Los hombres famosos por su ingenio, los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las más de las veces, son envidiados por aquellos que tienen por gusto y por entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado sus propios escritos a la luz del mundo.

    P. E.: Otra de las preocupaciones de Cervantes expresadas aquí por el Quijote es que, al hacerse su obra tan famosa, iba a ser mirada con lupa y criticada por los envidiosos. Eso de hecho sucedió y son célebres las disputas entre el novelista y el círculo de Lope de Vega, a quien se les atribuye la publicación del Quijote falso, el llamado Quijote de Avellaneda (1914). Pese a los malos rollos, si no fuera por Avellaneda, quizá Cervantes nunca hubiera terminado la historia que lo haría mundialmente admirado.

    -No hay que extrañarse de eso -dijo don Quijote-; porque muchos ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

    -Todo es así, señor don Quijote -dijo Carrasco-; pero quisiera yo que estos criticadores fueran más amables y menos escrupulosos, y que consideren el mucho mérito que tuvo el autor por dar a la luz una obra lo menos oscura posible. Quizá podría ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a veces hacen más hermoso el rostro que los tiene. Admito que es muy grande el riesgo al que se expone un autor que decide imprimir su libro, siendo del todo imposible escribirlo de tal manera que contente a todos los que lo vayan a leer.

    P.E.: Sansón Carrasco será más adelante en la novela el Caballero de la Blanca Luna, quien derrotará al Quijote en un duelo en la playa de Barcelona. A cambio, Sansón le pedirá al Quijote que vuelva a casa y deje el loco sueño de la caballería andante. Todo es una estrategia de sus amigos para que el Quijote vuelva a casa con sus seres queridos y no se escape otra vez en busca de aventuras. A pesar de sus locuras, nuestro inmortal caballero es un hombre bueno, que comete el delito de querer un mundo mejor.

    Este es un trocito minúsculo de la mejor novela que aún puede leerse en este orbe. Es tanta la inspiración, el acierto, el adelanto, que cuando uno relee algún fragmento de El Quijote se queda maravillado con la inspiración y la humildad de su autor. En este texto hemos querido traducir el castellano de la época al español actual, restaurando las expresiones más difíciles y oscuras sin romper la magia del texto. Un trabajo de este tipo debería hacerse, me encantaría hacer, para llevar la obra de Cervantes al gran público, que es lo que él quería. Se suele pensar que El Quijote es un libro complicado y aburrido, solo para eruditos con corbata. Nada más lejos de la realidad. Lo único que dificulta la recepción de esta obra es el paso de los siglos por la lengua castellana, que hemos querido sortear en esta traducción. Para los que quieran el fragmento original, disponen de ella al final de este textículo.

    Cervantes es el filósofo más universal que han dado nuestras letras. Si hubiera conseguido acercarlo, no habría conseguido poco.

    Firmado,

    Pobrecito Escribidor (P.E.)

    Fragmento original:

    -Ahora digo –dijo don Quijote- que no ha sido sabio el autor de mi historia, sino algún ignorante hablador, que a tiento y sin algún discurso se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja, el pintor de Úbeda, al cual preguntándole qué pintaba, respondió: “Lo que saliere”. Tal vez pintaba un gallo, de tal suerte y tan mal parecido, que era menester que con letras góticas escribiese junto a él: “Este es gallo”. Y así debe de ser mi historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla.

                -Eso no –respondió Sansón-; porque es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto un rocín flaco, cuando dicen: “Allí va Rocinante”.

                -No hay duda de eso –replicó don Quijote-; pero muchas veces acontece que los que tenían méritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus escritos, en dándolos a la estampa la perdieron del todo o la menoscabaron en algo.

                -La causa deso es –dijo Sansón- que como las obras impresas se miran despacio, fácilmente se ven sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto es mayor la fama del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios, los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las más veces, son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particular entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propios a la luz del mundo.

                -Eso no es de maravillar –dijo don Quijote-; porque muchos teólogos hay que no son buenos para el púlpito, y son bonísimos para conocer las faltas o las sobras de los que predican.

                -Todo eso es así, señor don Quijote –dijo Carrasco-; pero quisiera yo que los tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sin atenerse a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran; consideren lo mucho que estuvo despierto, por dar la luz su obra con la menos sombra que pudiese; y quizá podría ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a las veces acrecientan la hermosura del rostro que los tiene; y así, digo que es grandísimo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal, que satisfaga y contente a todos los que le leyeren.

  • Una parcela en el arte para ser feliz

    Una parcela en el arte para ser feliz

    Cuatro millones de documentos word abiertos con textos terminados y otros a medio corregir. Abro uno nuevo. Una base de guitarras repetitiva a contratiempo y una voz rota arañando la mañana. Es sábado, son apenas las nueve y en mi despacho solo se escucha, además de la tenue música, el repiqueteo de mis dedos sobre el teclado. Estoy tan acostumbrado a escribir en el ordenador que no necesito mirar la pantalla.

    Si escribo rápido es porque he escrito mucho, muchísimo, y si bien no he pasado de ser un pobrecito escribidor, por lo menos he aprendido a rellenar folios de manera copiosa sin cansarme demasiado ni física ni mentalmente. La práctica es el único secreto.  

    Mi relación con la escritura es lonjeva. ¿Qué es lo que causa que un niño, apenas un adolescente, se convierta en un padre en la treintena presionando las teclas de un ordenador de mesa? Es una pregunta a la que no sabría muy bien cómo responder. Mi romance con la escritura es como toda relación larga y de años. Hemos pasado por mucho y ha habido crisis insuperables, incluso separaciones, y reconciliaciones apasionadas que siempre nos han hecho volver al lecho de la página en blanco.

    Siento un placer inexplicable al escribir las palabras una detrás de otra. Porque escribir es vivir y esta vida me lo ha dado todo. He cultivado otras aficiones solamente para poder entender mejor la escritura. Se requiere trabajo y talento y mucho trabajo para ser mínimamente efectivo en un arte tan complicado, en un terreno tan vasto como el texto.  

    Ya no podría abandonar nunca porque formo parte de estas letras: yo las escribo y ellas me escriben a mí. ¿Qué es lo que impulsa a las personas a buscar en el desierto del arte: ya sea uno actor, músico o escritor, de mucha o de poca monta? Si se sabe lo que hay: nunca sentirse suficientemente reconocido, comprendido, amado, suficente: el genio, el fracaso y el artista son palabras sinónimas casi siempre. Pero el momento más feliz de alguien es cuando crea, ya sea este médico, electricista o escribidor. Así tecleo y trabajo duramente un sábado por la mañana cuando podría estar durmiendo o haciendo otra cosa, cuando prefiero sacar las palabras de sus escondites con la punta de los dedos.

    Mis quehaceres me reclaman, es hora de dejar reposando la página. Cojo a mi hija en brazos y me pongo a corregir este texto. Ojalá ella un día encuentre su parcela en este desierto del arte, porque allí, pase lo que pase, siempre será feliz y, además, estaremos cerca.

  • Estamos hechos de sentimientos, no de cables

    Estamos hechos de sentimientos, no de cables

    Seguro que conocen ese poema de Garcilaso “En tanto que de rosa y azucena” donde el poeta invita a una chica joven y preciosa a gozar de la vida cada segundo; si no lo recuerdan, me permito la libertad de transcribir los versos aquí.

    En tanto que de rosa y azucena
    se muestra la color en vuestro gesto,
    y que vuestro mirar ardiente, honesto,
    enciende al corazón y lo refrena;

       y en tanto que el cabello, que en la vena
    del oro se escogió, con vuelo presto,
    por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
    el viento mueve, esparce y desordena;

       coged de vuestra alegre primavera
    el dulce fruto, antes que el tiempo airado
    cubra de nieve la hermosa cumbre.

       Marchitará la rosa el viento helado,
    todo lo mudará la edad ligera,
    por no hacer mudanza en su costumbre.

    Lo digo porque hace poco estuve trabajando este soneto, el veintitrés, en clase, y hoy ha pasado algo alucinante, irrepetible. Ha sido uno de esos días normales y corrientes en los que llegas a la última clase exhausto de las cinco clases anteriores, pensando si habrá valido la pena el esfuerzo de las horas precedentes, si podrás enseñar algo a alguien.

    Cualquier experto en la materia diría que son malos tiempos para enseñar una asignatura como Literatura castellana en pleno siglo XXI. Parece una materia molesta en los planes de estudio actuales: todo es tecnología y ciencias exactas; o gamificación, simplificación y papilla. Pero yo no soy ningún experto y todavía no me he rendido.

    Me sorprendo cuando mis alumnas de bachillerato empiezan a descubrir de qué va esta materia donde pasaremos cuatro horas a la semana. Este curso me ha tocado un grupo en el que a duras penas se lee o se piensa en otra cosa que no sean las redes sociales. Cualquiera que mirara a mis alumnas desde la mesa del profesor pensaría que esas chicas no tienen interés alguno que las motive en los planes académicos, y menos todavía en aprender quiénes eran Garcilaso, Góngora, Ronsard, Horacio.

    Los padres, los profesores, los adultos sabrán de lo que hablo. Los testimonios descorazonadores copan los libros para profesores: ¡Estos chicos no tienen remedio! ¡No tienen ni idea de nada! Yo, a veces, también lo he pensado; pero la lección me la han dado hoy a mí, sin esperármelo siquiera; me hace plantearme si yo tengo idea de algo después de todo.

    Había que analizar el soneto XXIII de Garcilaso cuyo tema es el llamado carpe diem: “atrapa el día”, “vive el momento”, “coged de vuestra alegre primavera el dulce fruto”. El poeta invita a una chica joven a disfrutar los goces de la vida antes de que lleguen la vejez y la muerte. El tiempo, el inexorable pasar de “la edad ligera”, todo lo cambiará, por no cambiar, el muy malvado, de costumbre: pasaba en el siglo de oro y ahora. 

    Poco a poco, íbamos desgranado el significado de cada verso, de cada estrofa, sin perder de vista la unidad del poema en su conjunto. Paladeábamos la bella pronunciación de los endecasílabos: “el viento mueve, esparce, desordena”; buscábamos la rima con “azucena” y nos preguntábamos si aquella flor, junto con la rosa, tendrían algún significado oculto, alguna relación con el paso del tiempo, con los años fugaces.

    El tiempo de la sesión se terminaba y nos hallábamos en pleno éxtasis místico-literario. Veía en las miradas de mis alumnas cómo aquellos versos antiguos de Garcilaso se les estaban gravando en el corazón, sin ellas darse cuenta. Una vez vista la métrica, la rima, el tema y los símbolos, les pedí que escribieran para el próximo día una experiencia que a ellas les evocara el carpe diem. Es decir, un recuerdo o pensamiento que les recordara que había que vivir, aprovechar cada segundo. Les puse un ejemplo de mi experiencia personal. A mí me llaman mucho la atención las fotografías antiguas, en blanco y negro o en color sepia. Cuando en esas imágenes veo a niños o a jóvenes o a gente de mi edad, en la treintena, pienso en qué habrá sido de sus vidas, me asalta la idea de que esas personas no se imaginaban, en el momento que tomaban la foto (un baile, un acontecimiento, un día cualquiera), que yo las estaría mirando después de sesenta, setenta u ochenta años. Un día yo también seré un personaje de una foto así: un rostro quieto que grita ¡caarpe dieem… caarpe dieem! desde las lejanías del espacio-tiempo.

    Sonó el timbre y cada cual siguió con sus ocupaciones. Los problemas diarios me hicieron olvidar a Garcilaso y sus consejos hasta la siguiente clase de literatura, que ha tenido lugar hoy mismo. A última hora de un martes, hemos sacado los apuntes y hemos explicado lo que es el hiato, la sinéresis, la diéresis, los tipos de rima y el arte mayor y menor de los versos. Una de esas clases que lo dejan a uno exhausto. Quince minutos antes de que se terminara la hora, las alumnas me han recordado que teníamos que hablar del carpe diem. Y es ahí donde me he han dado la clase de literatura a mí.

    La primera alumna habló de su abuela. “Ella siempre me dice eso, que tengo que vivir cada momento, aprovechar la vida. Y a mí me da mucha tristeza cuando hablo con ella, pensando que un día no la tendré y no podré hacerlo”. Yo le dije que eso no era exactamente tristeza, pues era un sentimiento triste, sí, pero muy bonito. Además, su abuela tenía toda la razón.

    El clima de la clase cambió y se sentía una calidez muy íntima, como de una pequeña plaza. Otra alumna habló de su país, Ecuador, pensaba en el carpe diem cuando recordaba a su familia, que estaba allí en su mayoría y hacía muchos años que no veía, a pesar del amor. Debía haber disfrutado de cada momento cuando estuvo con ellos, sin duda lo hará al volver a verlos de nuevo, si es que eso es posible, porque los días van pasando.

    Alguien dijo que estaba a punto de llorar, ¿pero eso es malo? Otra habló de su padre, que ya no está. “Pienso en el tiempo que pasé con él”. No dije gran cosa, solo la escuchamos. Ella sentía que había que valorar cada momento, porque no sabes cuándo todo se va a terminar, cuándo dejaremos de estar con las personas que más amamos.

    Íbamos llegando al final, a punto de que el timbre rompiera la burbuja de ese momento único, sutil, como cuando entra una mariposa por la ventana. “Mi caso es un poco fuerte. Yo pienso en el carpe diem porque tuve un problema de salud muy grave.” Le dije si era una enfermedad larga y contestó con esa palabra tabú que da tanto miedo. “Estaba en el hospital y veía que la vida se me podía escapar”. Y, en esos momentos, ¿qué era para ti lo más importante?, preguntaba yo. “Las risas con mi familia, los buenos momentos en el hospital, la gente que conocí allí: con eso te quedas.” Ostras, vaya clase de literatura. A pesar de haber leído hasta la saciedad a Garcilaso, a Góngora, a Ronsard, a Horacio, he salido del aula en una nube, oyendo una voz honda que decía: ¡Carpe diem!  

    Y quizá haya esperanza para la Literatura castellana en estos tiempos aciagos para casi cualquier arte. Al final, los seres humanos estamos hechos de sentimientos, no de cables.

  • Se requiere arte

    Se requiere arte

    La palabra arte proviene del latín, como casi todas las palabras, y significaba, en aquella lengua milenaria: habilidad, profesión, arte. De entre los posibles significados que encierra este concepto misterioso, interesa el segundo. El arte es también una profesión y por eso cualquier profesión requiere de hablidad, y de arte. Se puede ser más o menos hábil en el desempeño de cualquier arte, pero es obligatorio trabajar.

    Cuando pensamos en el concepto arte y en todo lo que conlleva, nos vienen a la mente las obras pictóricas, musicales, literarias; quizá también acuden a nuestra mente los autores de dichas obras: pintores, músicos, poetas. Ser esa clase de artista debe ser lo más maravilloso del mundo, porque son los únicos seres de la tierra que pueden hacer lo que les dé la gana sin que sean juzgados por sus acciones. Tienen libertad absoluta y comprensión por el gran público, que si bien censura su comportamiento, lo permite porque, a la postre, es un artista, una persona cuyo oficio es la producción de arte.

    Muchos han sido los poetas homosexuales, drogadictos, alcohólicos, comunistas… cuya biografía se ha perdonado en cada momento de la historia gracias a los himnos humanos que legaron al sentimiento. Lo mismo ocurre con cualquier artista de destacable, nombres hay a montones, si no todos los nombres que valen la pena: Miguel Ángel, Lorca, Dostoievsky, Picasso, Hemingway, Ezra Pound, Baudelarie, Poe, en fin, la lista es infinita y cada cual puede añadir los que considere que falten. No hay que juzgar a los genios por su biografía, de hecho, no debería ser ni siquiera conocida, para que el espectador tasara la obra de arte sin afinidades con la manera de vivir del artista.  

    Toda aquella persona que haya aspirado a la libertad plena habrá aspirado a ser artista en alguna de sus vertientes. Puede ser que el objeto de su arte no sea la obra en sí, sino la patente de corso que lleva aparejada la vida del artista.  Como Fausto, el poeta es inmune al influjo de las fórcidas, esas tres hermanas que compartían un solo ojo y un solo diente. El artista puede incluso pactar con el diablo para traernos a los mortales un arte que nos haga exclamar: detente, instante, eres tan bello, un arte que ponga de acuerdo a toda la sociedad humana, único capaz de proporcionar paz y redención. Tales conceptos nos legó el romanticismo, y en busca de tales eternidades viviremos muchos.

    Pero muchas veces se olvida que el arte supone también una profesión, un oficio, es decir, implica trabajar. A muchos nos puede enamorar la libertad, a muy pocos les apasiona trabajar -del latín, tripaliare: torturar. Y menos agrada trabajar “por amor al arte”, sin recibir nada a cambio. Un sacrificio infructuoso en cuanto al dinero, la pesadilla de los racionales. La mayoría de los artistas mencionados, si no todos, además de ser genios, provenían de familias adineradas los sustentaron. Qué dificil se hace compaginar todas las vertientes de arte y conseguir ser un artista, bajo ciertos condicionantes. Aunque si el arte signfica profesión, quizá haya mucho arte ignorado.

    Cualquier persona, en el desempeño de su oficio, puede ser un gran artista, admirado por los entendidos en ese ámbito, por su habilidad y arte en la profesión. La consideración de los oficios artísticos están condicionados por las modas del momento. Es el caso de la cocina, por ejemplo, que ha pasado a ocupar un lugar prominente en el terreno de lo artístico, llegando a veces al absurdo, y ya nadie niega que un cocinero pueda ser un gran artista o, incluso, un genio. Hay muchas personas destacables, que realizan su trabajo con amor, sin importarles el poco o mucho dinero que reciban a cambio -porque el dinero viene solo, como todos esos artistas saben. Hay mucho arte.

    Para ser un gran poeta habrá que trabajar tanto como para ser un gran zapatero. La única diferencia será la remuneración económica que se perciba por ambas profesiones, que siempre irá en función de las modas y la valoración que se haga del producto artístico en ese momento: ya sea un poema o un zapato. Esto implica levantarse temprano por la mañana y dedicar un mínimo de ocho horas a un trabajo a veces monótono, duro, alienante, carente de sentido; pero también bonito, apasionado, único, capaz de hacernos felices por el simple hecho de realizarlo. También implicará ponerse a crear cuando no haya nada de lo que hablar, cuando falte la inspiración y el dinero. Habrá que sacrificar buena parte del tiempo en busca de algo que no siempre se consigue. Trabajar mucho para dar un salto al vacío, a shot in the dark, a veces jugándose la vida, arriesgando.  

    Para ser artista, y para ser cualquier cosa, se requiere hablidad y profesión. Incluso para escribir un artículo dominical en un blog, cuando hay tanto por hacer, se requiere arte.