Había una vez una joven escritora feminista: pobre, apasionada y negra. Sus reflexiones y relatos suscitaban la admiración de otras mujeres feministas que destacaban, lo mismo que ella, en otros ámbitos del arte: acuarelas, fotografía, tarot, atardeceres, maternidades. Pero un día el Hambre personificada llamó a su puerta para sentarse un rato en el sofá de su casa de Menorca, isla donde antaño se había rodado un anuncio mítico de cerveza que se reversionó otro verano, con los mismos músicos demacrados por la droga, que suscitaba una nostalgia amable. El Hambre estaba sentada como una sombra silenciosa y secreta, nadie la veía, solo la escritora feminista, que estaba sola. Es duro ser una escritora feminista y depender de un hombre, artista feminista como ella, que vive de la bondad paterna y burguesa para pagar el pisito en Menorca, los múltiples fracasos, los dudosos triunfos, que nunca se traducían en dinero.
Así que, la cada vez menos, joven escritora feminista soñaba con ser una gran escritora y vivir sin traicionar sus ideales. Para no sentirse como una de esas amas de casa a las que despreciaba por no trabajar, se inventó unas clases particulares para ricachones de Menorca, como si tuviera quince años y ahorrara un dinerillo para comprarse ropa. La escritora cada vez tenía menos ropa que ponerse. Te veo más gorda, dijo el Hambre. Ella no contestó y siguió escribiendo en su teléfono su reflexión diaria para las artistas feministas como ella. No quiero acabar de profesora en un instituto porque soy una genia y quiero que el gran mecenas me vea, me rescate y me siente en una silla de oro para ser como la princesa de Darío y suspirar por un príncipe azul, guapo y feminista.
El Hambre, con su máscara roja, puso la tele y los pies encima de la mesita del salón. El Hambre no dice nada si no la miras a los ojos un buen rato y le dices, qué quieres, qué diablos estás haciendo aquí. Es discreta y se sienta tranquila en el sofá de tu casa o en el coche mientras viajas hacia esa cascada mágica que te revelará el sentido de la vida. El Hambre es así, llega sin avisar y no se va de tu hogar hasta que ella quiere. Pero si la escritora feminista la mirara y observara la negra oquedad de sus ojos, esta le diría.
Guapa, la vida que proyectas, que te parece tan sencilla y tan absurda, es mucho más difícil de lo que te crees. Si no despiertas, cuando quieras darte cuenta y agarrar el tren, será demasiado tarde. Lo que ves como un paseo, un lugar donde caerte muerta, es un carrusel de dificultades que pueden conducirte a querer tirarte por la ventana, o entrar lentamente en el mar con un camisón blanco, si así lo prefieres por romanticismo. La joven escritora feminista la miró y no dijo nada. El Hambre, se encendió un cigarrillo sin preguntar si en la casa de la autora promesa se podía fumar o no. Tirando una brizna de ceniza al suelo, prosiguió. Verás, las cosas van a ser cada vez más complicadas y esta idea del arte no está funcionando del todo.
Maldita Hambre mentirosa. La joven escritora no podía contestarle más allá de volcar su frustración sobre un mundo que nunca acaba de consolidar el feminismo ni el matriarcado. A mí todo eso me la trae sin cuidado, yo soy tan antigua como el mundo. Además, la mentirosa eres tú, todos lo saben. Y las que te aplauden son tan mentirosas como tú. En todos los viajes, en todos los caminos, yo estaba allí, mirándote.
La joven no pudo más que darle la razón y preguntar, qué puedo hacer para evitarte, qué tengo que hacer para que no vuelvas nunca más. No puedes hacer que no vuelva nunca más, pero puedes hacer que no venga tan a menudo. Tienes que ponerte a trabajar, a ganarte la vida, a dejarte de historias extrañas sobre ideales que nunca llevan a una consecución real y que solo son mentira. Vuelve a donde te quieran, vive la vida junto a las personas que amas, por encima del dinero, la fama o tu voluntad de ser algo o tu necesidad de que alguien te crea algo. Tienes que ser feliz en la infelicidad, en la vida gris que te proyecto para que camines hasta mí y te encuentres conmigo en un instante que nunca conocerás. Tienes derecho a soñar, pero será después de hacer todo lo que te he dicho y quizá lo consigas o quizá no, pero no podrás decir que tu vida no valió nada.
Bueno, creo que tienes razón. No puedo discutir contigo porque nunca dices la verdad ni la mentira, porque no hay excusa o dialéctica que te esquive cuando estás sentada en el sofá de mi casa y me da miedo de mi propia sombra, porque te adivino como un reflejo. Entonces me marcharé, pero recuerda lo que te he dicho, deshecha toda esa basura y aprende a vivir en el silencio, que es el enemigo acérrimo, más temido, que tengo.
Y tal como vino se fue. La joven escritora feminista lloró amargas lágrimas desesperadas y se sintió mejor. Retomó su teléfono móvil y miró algunos atardeceres en valles de ensueño que había colgado alguna de sus seguidoras feministas a quienes el Hambre no habría visitado aún, a juzgar por sus rostros felices e imbéciles.
Todo ha sido un sueño, se dijo. Nadie se ha sentado en mi sofá y me ha dicho todas esas cosas horribles, no las veo en mi pantalla, todo lo que la Muerte o el Hambre o como se llame hablara. Solo es mi imaginación. Se levantó de su silla, atravesó con un par de pasos el salón y vertió sobre su mano un antidepresivo que ingirió con agua. Siguió escribiendo su texto sobre la felicidad que daba ser una mujer pobre y trabajar como una negra, expresión que solo podía usar ella, a pesar de no ser negra, porque era hispana.
El Hambre miraba por la ventana desde la calle y se reía. No quiero meterme en una vida gris, escribía la joven escritora feminista.
Esa noche, como la anterior, la nevera estaba vacía.











