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  • Gracias, Ruslan

    Gracias, Ruslan

    Hola, Ruslan:

    La verdad es que creo que una crítica positiva es siempre más constructiva que nombrar las cosas negativas. Muchas veces hay aspectos mejorables, pero lo mejor es fijarse en lo bueno, y para mí lo bueno es lo que sigue:

    Lo que más me ha gustado del año que llevo en el Estival han sido mis compañeros, no solamente me refiero a los que están en mi puesto, de ayudante de camarero, sino también a algunos de los encargados y jefes que hasta ahora he tenido. Lo que más valoro de ellos es que me han enseñado mucho, ¿cómo? Pues viéndolos trabajar.

    Pienso que este es el aspecto más importante. Si un responsable es trabajador, fácilmente arrastra al resto del equipo consigo, pues los que están por debajo se fijan en él y se exigen a sí mismos según la exigencia de su responsable. Por ello me parece perfecto que un encargado coma mierda, como se dice, al fin y al cabo, esa mierda es faena y esto último es lo que hay que sacar. Nunca me ha importado hacer cualquier tipo de faena porque siempre se aprende algo, aunque no lo parezca. Algunos dicen que ya no están para hacer cierta clase de trabajos, pero yo creo que se equivocan.

    Lo importante es lo que uno aprende, eso se lo lleva a cualquier oficio que emprenda. Uno puede pasar en una empresa muchos años con una actitud pasiva y saber lo justo. Uno puede pasar un año y aprender mucho, no solo con lo que le mandan, sino también con lo que ve. En la vida nunca se sabe, hoy estás aquí y mañana no, pero si uno ha aprovechado el tiempo que le han dado, fácilmente encontrará nuevas oportunidades en otros sitios, y así seguirá aprendiendo. El que se acomoda en determinadas tareas, se estanca, aunque no lo sepa, y se vuelve esclavo de las circunstancias. Un ejemplo de esto puede ser, en nuestro caso, el que siempre está en barra y un día le toca salir de bandeja. En teoría, todos dicen que chupar bandeja es una mierda, sin embargo he visto otros sitios en que los camareros sólo trabajan con la bandeja y es en cocina donde preparan los pedidos. Por tanto, el dominio con esta herramienta se hace, en este oficio, algo realmente fundamental si uno quiere llamarse a sí mismo camarero.

    Pero, por supuesto, el trabajo en barra es también fundamental y complejo. Por ello creo que es una buena idea que los trabajadores vayan rotando en sus posiciones y así conozcan todos los aspectos del oficio. ¿Cómo va a juzgar uno el trabajo de un bandeja si no sabe lo que hay ahí fuera? Y si un día uno de los de la barra se ausenta en su puesto y le toca a un bandeja sustituirlo, ¿cómo hará este su trabajo si no lo conoce? Yo siempre les he dicho a mis superiores que me gusta hacer de todo, cuanto más variado, mejor. Debo decir que algunos me han concedido esta oportunidad de muy buena gana y yo se lo agradezco mucho.

    Por dar nombres propios, considero a Jose Luis un muy buen responsable. La temporada pasada, muchas veces me ha puesto en barra cuando yo no sabía casi nada, esto significa darle más faena a él, el encargado, que tiene que vigilar la suya propia, ver que la mía no salga mal y corregirme cuando sea necesario. Este invierno siempre me ponía en el salón Sant Jordi, donde había mucha faena, y he aprendido muchísimo. Ahora es verano y la bandeja me la sé de memoria, cuando me ponen en barra me siento francamente adelantado para el tiempo que llevo aquí y todo es por lo bien que me ha enseñado y por las ganas que yo tenía, y tengo, de aprender. Además, en discoteca, muchas veces Jose Luis ha salido a ayudarme a trajinar bandejas llenas de vajilla cuando era la hora de cerrar, nunca lo he visto quejarse por cualquier faena que hubiera que hacer y siempre sabe lo que hay en todo momento. Por eso lo respeto mucho y lo valoro como un buen jefe, aunque tenga un año menos que yo. La veteranía es un grado, pero la actitud es un grado mayor.

    Por último, la comunicación es un aspecto importantísimo. Sin embargo, no creo en el amiguismo, porque aquí venimos a trabajar y no es un lugar para el ocio. Por supuesto que lo podemos pasar bien en nuestro trabajo, yo soy de los que más se ríe y más tonterías dice, pero siempre y cuando el trabajo salga. Cuando lo importante es la amistad, mal, porque es cuando surgen los problemas. Hay gente que se dedica a culpar a los demás de las complicaciones que salen, pero yo creo que así no se solucionan. Porque nadie es perfecto y todo el mundo se equivoca, y no pasa nada, siempre y cuando haya una actitud para hacerlo mejor. El que pretende parecer que hace mucho y hace poco, que denuncia lo mal que lo hacen los demás, que solo se mueve cuando tiene al jefe delante, no es un buen responsable. En este apartado no voy a dar nombres, no hace falta, ellos brillan con luz propia.

    Quizá el aspecto que yo debo mejorar es el de la comunicación. Muchas veces me limito a hacer mi faena, sea la que sea, y a hacerla lo mejor que sepa. Como todos, me surgen problemas y conflictos pero intento solucionarlos o superarlos con mi trabajo, no con la conversación amigable. Pero creo que la mejor manera de demostrar que estoy bien es trabajar bien, y la verdad me siento realmente contento con mi faena. Me siento en familia porque me veo comprendido por aquellos en los que me fijo para mejorar.

    No sé cómo será esta nueva temporada, pero sí como han sido todas las demás temporadas de mi vida, en la hostelería o fuera de ella, y siempre me he regido por los mismos principios. Intento ser honesto y decir la verdad, si me equivoco, lo digo, porque se equivoca el que hace las cosas; intento ser comprensivo porque muchas veces han tenido que comprenderme a mí; intento ser leal porque, al fin y al cabo, yo estoy aquí porque tú me llamaste e independientemente de cómo vayan las circunstancias futuras, nunca diré nada malo de quien creo que no se lo merece.

    En definitiva, creo que me he alargado demasiado, pero quería hacerlo bien porque, como con todo, me lo tomo muy en serio. Me falta mucho por aprender, tanto en la hostelería como fuera de ella, pero siempre me quedo con una frase que me repite muchas veces mi padre, que en lo suyo también es jefe: “no trabaja más el que más sabe, sino el que más quiere”.

    Espero que entre todos hagamos una muy buena temporada, seguro que es así. 

    Atentamente,

    Ricardo Rodríguez Boceta

    Nota del autor:

    En el verano de 2015 yo trabajaba en un hotel muy conocido situado en La Pineda, en la provincia de Tarragona. Aquel empleo era fundamental para mí y gracias a él pude costearme los estudios de máster al final de la temporada. Por aquel entonces, yo no sabía qué sería de mí, sólo tenía esperanzas en el futuro, pero ninguna certeza.

    Han pasado unos cuantos años desde entonces, casi diez, y muchas cosas han cambiado en mi vida a todos los niveles. Estas vacaciones, ordenando mis papeles, ha aparecido este texto que me ha colmado de nostalgia.

    Durante la temporada de 2015, nuestro encargado, Ruslan, un moldavo que había huido de la descomposición de la Antigua Unión Soviética, nos pidió a los empleados que escribiéramos un pequeño texto sobre nuestra experiencia en el trabajo. Supongo que para él fue una idea que se le ocurrió sin más, pero para mí fue una oportunidad para escribir, cosa que no hacía mucho por aquel entonces.

    Recuerdo que al leer la carta se quedó gratamente sorprendido y estuvimos hablando de la vida. Me contó que en sus tiempos, cuando era tan joven como yo lo era entonces, se había dedicado a ser payaso en un circo, pero con la caída de la URSS también habían cambiado los gustos y costumbres de las personas y el circo casi había desaparecido. Ruslan llevaba en España 16 años y había podido aprovecharse del boom del turismo ruso que por aquel entonces había llenado las playas de la Costa Dorada durante varios años. Yo lo apreciaba mucho como persona y creo que él también a mí.

    Un tiempo después, me tocó ser profesor de Literatura en el instituto público de Vila-Seca, una localidad muy cercana a La Pineda. Hubo un día en que una alumna se puso enferma y tuve que acompañarla hasta que llegara su padre. Cuál fue mi sorpresa al ver que su padre era Ruslan, quien había sido mi jefe un par de años atrás en el hotel. Él no sabía que yo tuviera estudios y se quedó con una cara de alucinado que todavía recuerdo hoy.

    La vida da muchas vueltas y la historia de una vida se escribe con casualidades sorprendentes que serían imposibles en cualquier ficción. Ayer estaba con unos amigos hablando de los trabajos que habíamos desempeñado y de los proyectos que queríamos emprender en el futuro cercano. Mientras la conversación avanzaba, yo pensaba en aquella carta a Ruslan que hacía poco había encontrado entre mis papeles.

    Hay quienes se sorprenden cuando les digo que en todos los trabajos me lo he pasado muy bien. Aquel jefe exsoviético me enseñó a apreciar el amor por las cosas bien hechas, aunque no sean nuestra vocación primera: para mí era convertirme en escritor y para él ser artista del circo. Pero gracias a su actitud había conseguido emigrar y triunfar laboralmente en un país en crisis. Quien tiene actitud puede con todo y, suena a tópico, pero el dinero es lo de menos. Gracias, Ruslan.

  • Defensa de las cosas que no sirven para nada

    Defensa de las cosas que no sirven para nada

    Cuando emprendemos un proyecto perseguimos un sueño con un plan establecido. A lo largo del tiempo hemos ido configurando una hoja de ruta que nos llevará a conseguir aquello que anhelamos. “Quiero ser afortunado” dirá uno, y en este sentido orientará su empeño para conseguir su meta. Un buen consejo sería que, si esta persona es joven, estudiara algo que diera mucho dinero, pongamos por caso: ingeniería informática. Luego, ya de adulto, deberá invertir su capital en start ups o en fondos de inversión sólidos que le generen unos dividendos suficientes para jubilarse a los cincuenta siendo rico. “¿Y luego qué?” preguntará otro, seguramente el primero se encogerá de hombros.

    Esta clase de elección vital no necesita justificación en el mundo de hoy: ¿quién no quiere ser próspero? Lo difícil es ser capaz de llegar. Se han escrito montones de libros con recetas para lograrlo: Consígalo en diez pasos, me parece un buen título. Quizá, el primer consejo para hacerse rico sería alejarse de las cosas que no sirven para nada.

    En la educación se ve muy claro. Los alumnos de los cursos superiores esperan entrar en carreras como economía, ingeniería, administración y dirección de empresas, derecho; con el objetivo de hacer dinero. Y vivimos en una sociedad tan sumamente hipócrita que la mayoría de los que escogieron aquellos asfaltados caminos en su juventud, esas pistas de despegue hacia el éxito económico no reconocen hoy que no es lo que parece, que son tan clase media como al principio, que ganan un sueldo con muchos dolores de cabeza en un trabajo que, en la mayoría de los casos, no los llena, no los hace prósperos.

    Quizá unos quisieron ser pintores, actrices, panaderos; pero no escogieron esas sendas inciertas. ¿Para qué estudiar literatura si no sirve para nada? Buena pregunta que no puedo contestar, pero sí poner algunos ejemplos que muestren lo intrincado de la vida.

    Julio Cortázar, un escritor del siglo pasado muy admirado, contaba una anécdota que lo ilustra muy bien. Hay una escena en Rayuela en la que Oliveira, un diletante que vive en París y luego en Buenos Aires, está poniendo rectos unos clavos torcidos. Recuerdo que otro personaje, más pragmático, le pregunta qué es lo que tiene pensado colgar o clavar. Oliveira, fiel a su estilo enigmático y poético, responde que sabrá qué hacer con ellos una vez que haya terminado de poner los clavos rectos. Por el momento, su actividad no sirve para nada. Rayuela deja huella en el lector joven por muchos pasajes como este.

    Alguien podría preguntarse para si es útil leer novelas en papel en pleno siglo XXI y este pobrecito escribidor tampoco sabrá qué responderle. Para leer o para escribir, son necesarias altas dosis de entusiasmo; y si uno lo piensa dos veces termina por abandonar. ¿Para qué vale perseguir un imposible? Probablemente para seguir andando. Solo una cosa es segura: el disfrute de cuando te esfuerzas en hacer algo que te llena.

    En la universidad nos explicaron en Antropología que el Amor entre los seres humanos sirvió para prosperar, que las relaciones do ut des establecían alianzas para afrontar los retos que planteaba la madre Naturaleza, en la noche oscura de los tiempos cuando no existían ni internet ni la agricultura. Me imagino a un homo sapiens como yo, sentado en una piedra, pensando para qué sirve el amor a los suyos, si siguiendo su interés podría conseguir más que atado a sus seres queridos. Probablemente su primitiva lógica le dijera que aquello no servía para nada, pero lo haría igualmente porque le gustaba.

    Hoy nos creemos más listos que la Naturaleza, Dios, el Azar; pensamos que podemos saber el futuro milimétricamente y, por ende, lo que podemos necesitar en el presente. No obstante, los trastornos de ansiedad o la depresión están a la orden del día; esa tristeza de las personas que se decepcionan con su vida, porque pensaron que todo lo que habían planificado los conduciría a una meta concreta, y eso es mucho suponer.

    La vida es mucho más compleja que nuestra ciencia, y probablemente lo será siempre. El ser humano siempre ha pensado que podía saber lo que pasaría, por eso siempre han existido adivinos, y también agoreros, que nos han dicho qué es lo necesario y lo inútil. Quizá la manera de no decepcionarse con la meta es esforzarse en lo que uno le gusta, aunque parezca que no vale para nada. Así, el tiempo invertido solo traerá cosas buenas.

    Acabada la carrera, empecé a estudiar inglés sin saber muy bien pará qué, pero sí por qué: me había enamorado de la poesía y de las canciones de Dylan. Para entenderlas en  versión original, invertí mucho esfuerzo en aprender un idioma nuevo. Al cabo de pocos años, juventud, divino tesoro, me podía defender muy bien y conseguí un trabajo como auxiliar administrativo, donde conocí gente de economía y administración de empresas.

    En su momento, estudié filología hispánica porque me había enamorado de prosa y la poesía de grandes escritores como Cortázar. Por aquel entonces, muchos me dijeron: Eso no sirve para nada, y yo me encogía de hombros sin saber qué responder. Estudia algo que te de dinero como ingeniería, me aconsejaron. A mí me gustaba leer y escribir. “Quiero ganarme la vida leyendo, escribiendo y enseñando a leer y escribir”, me dije.

    Andando el tiempo, gracias a la Naturaleza, a Dios o al Azar, me gano muy bien la vida. Me cuesta sentarme a escribir, pero me gusta. Leer cansa, pero me llena. También he hecho muchas cosas inútiles, las hago todavía hoy: como mantener un blog cuando, dicen, que nadie lee. En fin, algunos parecen tenerlo muy claro. Yo solamente puedo, por mi experiencia, hacer una defensa de las cosas que no sirven para nada porque, las cosas que no sirven para nada me han valido para mucho; sobre todo, para prosperar.