Desde la Consejería de Cultura del excelentísimo ayuntamiento de mi pueblo, Constantí, me pidieron que este año participara como jurado del premio literario que anualmente se celebra en la localidad. Recibí el encargo con una mezcla de orgullo y preocupación. Por un lado, sentía que había cumplido un sueño antiguo; por el otro, era consciente de que ya tenía demasiada faena: padre de dos hijos pequeños, jefe de estudios… quizá sería mejor parar un poco. Pero no soy de los que saben decir que no a la vida.
Ha pasado el tiempo y no ha sido hasta última hora, como buen mediterráneo, que me he puesto a leer las historias que participaban en el certamen de este año. Hasta ahora había sido un concursante asiduo, pero en esta edición, por razones obvias, me tocaba leer desde el otro lado. El tiempo apremiaba y las tareas se acumulaban, como viene siendo habitual últimamente. Voy a todas partes con la lengua afuera, sí, pero feliz por dedicarme a lo que me gusta.
El tema del concurso era Relats de biblioteca, y se podía participar tanto en catalán como en castellano. Había cuatro categorías, desde infantil hasta adultos, con un único premio en cada una. Mi tarea consistía en decidir cuál era el mejor relato de cada carpeta de Drive que me hizo llegar la organización y elaborar una clasificación para su posterior deliberación.
Como cada vez más gente, yo también trabajo con la inteligencia artificial. Y aquí viene la confesión. Le planteé el caso de forma directa: participo como jurado en un premio literario de mi municipio, tengo varios textos y necesito ordenarlos de mejor a peor según un criterio literario. Le pedí que tuviera en cuenta las categorías y el tema común. ¿Preparado? Le ordené, de forma claramente fraudulenta.
Tras hacerme algunas preguntas —lo tengo entrenado para que se ajuste bastante bien a mis necesidades—, le pasé el grueso de los relatos. Al cabo de pocos segundos, me devolvió su veredicto. Para orientarme mejor, le pedí que acompañara cada valoración con una frase breve: “aburrido y demasiado plano, no consigue lo que se propone”, o “interesante e imaginativo; lo mejor es el giro final”. Cumplió. Y confieso que me quedé más tranquilo: al menos ya tenía algo que presentar.
Pero no soy de los que fían tanto el futuro a la tecnología. Le pedí entonces que me hiciera un plan de lectura para comprobar si su criterio y el mío iban de la mano y, llegado el caso, poder defender por mí mismo los aspectos destacados de cada texto. Imprimí varios relatos y empecé una de las experiencias lectoras más divertidas que he tenido en los últimos años.
Me he topado con relatos maravillosos, muy bien escritos en su mayoría, aunque con ideas demasiado repetidas: el libro con las páginas en blanco, el manido encuentro amoroso entre estanterías, el final en el que el protagonista está en coma, soñando o muerto. Pero también he encontrado ideas buenísimas, con una pasión real e inocente: la de los escritores amateurs, que ponen el aliento y el alma en cada línea, a veces con enorme esfuerzo.
La mayoría de los relatos estaban escritos por personas de carne y hueso. Se notaba en la falta ortográfica que no detectó el corrector, en las rimas internas innecesarias, en esa ingenuidad que nos hace vulnerablemente humanos y, al mismo tiempo, poderosamente geniales. Puede que en algún caso me la hayan colado; seguramente serán los relatos menos interesantes, los que aburrirían incluso a la propia inteligencia artificial.
Trabajar con la IA me ha hecho reflexionar sobre si tiene sentido seguir luchando contra la página en blanco con las manos desnudas: con la experiencia lectora, vital, y un conocimiento más o menos vasto del idioma. Algunos gurús —que leen pocos libros y hablan mucho en podcasts— aseguran que la inteligencia artificial quitará el trabajo a los escritores, que hará historias más perfectas, hasta el punto de que ni siquiera será necesario leerlas.
Supongo que son los mismos que afirmaban que el ebook acabaría con el libro en papel. O con las bibliotecas, cuya supuesta función sería únicamente custodiar volúmenes físicos. Sin embargo, ahí siguen: como una vela contra el viento —como leí en uno de los relatos participantes—, todos esos concursantes medio locos, desde niños de primaria hasta viejecitas entradas en años, relatando la magia de los libros y describiendo el sabor a templo que tiene una biblioteca.
He leído historias tan buenas y emocionantes que la literatura me ha recordado cuál es su poder. Cuando las obligaciones laborales me apartan más de lo que quisiera del ruido casi frenético que hace el teclado al pasar los dedos por encima —como un pianista bordando una melodía—, estos relatos me devuelven al lugar esencial.
Por cierto: he leído todos los textos. Y no, el veredicto de la inteligencia artificial no fue el mío.
Ni los concursantes ni yo sabemos qué pasará en este mundo loco. Pero ahí quedará el amor por la letra escrita, superando cualquier muerte, analógica o digital.
…oooOOOooo…
Nota del autor: Hacía mucho que no me pasaba por aquí. Me alegro de haber encontrado algún comentario perdido en entradas anteriores. Quiero que sepas, lector desconocido, que tu mirada es el aliento más poderoso que un escribidor puede tener. Y por eso te doy mil veces las gracias.

Deja una respuesta