Nota del autor: Este relato es la continuación del publicado recientemente en este espacio: Podría haber sido yo.
Karlaina llegó por la tarde en su Audi A1 negro. Me subí al coche sin dar tiempo a que ella se apeara del vehículo, dado que era mucho el tráfico y queríamos salir de allí lo antes posible. Nos abrazamos y empezamos hablar a la vez de todo lo que nos había pasado, cada uno en su respectivo lado de la historia. Había sido una suerte para ella no haber llegado a tiempo a la zona donde se había producido la explosión, muy cerca de donde se encontraba en ese momento. Había visto la policía, las ambulancias, en realidad, ella había estado mucho más próxima del desastre que yo, porque si bien a mí también me había ido de minutos encontrarme en medio del caos, no había visto prácticamente nada más que el miedo invisible como un velo en la cara de los pasajeros. Sin embargo, ella había visto el humo y la sangre, el ejército y la policía. Pero por fin estábamos juntos y nos dirigíamos a casa de sus padres, lo cual no estaba previsto.
Habíamos organizado una semana en Bélgica en el apartamento vacío que su familia tenía en Merelbeke, una localidad cercana a Gante, donde también regentaban la casa de dos plantas donde vivían habitualmente. Como no éramos nada demasiado serio, no teníamos pensado en presentarnos a nuestras respectivas familias, pero el transcurso de los acontecimientos nos hizo cambiar de planes apresuradamente y allí me dirigía a conocer a mis futuribles suegros belgas. La verdad es que me daba más miedo eso.
Desde su ex, con quien había vivido una relación traumática, Karlaina no había traído otro chico a su casa. Sus padres resultaron ser muy amables. Su madre era de ascendencia chilena y eso le había dado a Karlaina el pelo negro, la piel morena y los grandes ojos oscuros: me di cuenta de que era una versión más joven de su madre. El padre era un belga alto y desgarbado que no me dijo mucho ni me juzgó de forma inquisidora. Hablamos un poco de los acontecimientos del día como el que cuenta una anécdota no muy trascendente y pronto nos dejaron tranquilos. Fuimos arriba. Yo necesitaba urgentemente una ducha y abrazar a Karlaina, y todos lo entendieron.
Aquella noche era la víspera de mi cumpleaños. Al salir del baño, que por otra era el sitio más lujoso donde yo me había aseado alguna vez, me estiré en la cama de Karlaina. Ella me abrazó y así estuvimos los dos un buen rato, sin hacer ni decirnos nada, solo respirar mirando al techo, sintiéndonos vivos. Ni salimos a cenar ni bajamos más a la planta baja. Nos quedamos arriba e hicimos el amor de una forma infinita, sin terminar nunca, como si nuestra carne pidiera a gritos mantenerse despierta por miedo a dormirse para siempre. Al final tuvimos que obligarnos a parar el uno al otro. Ya tendríamos tiempo de disfrutarnos al día siguiente, en el apartamento de Karlaina. Por otra parte, teníamos mucho que hacer al día siguiente: nos esperaba una cita importante con su ex.
A pesar de su dulzura, Karlaina había convivido varios años con un tipo que la maltrataba, tanto física como psicológicamente. Es decir, le daba palizas, la humillaba, la despreciaba y un largo etcétera de pesadillas conyugales. No resultaba extraño, entonces, que hubiera buscado a alguien tan lejos de su día a día, manteniendo una distancia de seguridad lo más grande posible. Pero resultó que, sin quererlo, las cosas estaban saliendo solas, como movidas por una corriente de aire que las impulsaba. Tanto era así, que teníamos previsto acudir al antiguo apartamento de la pareja, porque ella debía hacer firmar al tipo unos papeles, a lo que él se negaba en redondo. Quería volver a verla, a poseerla, a pesar de haberle hecho todas las perradas del mundo, pero Karlaina se negaba, quería cambiar de vida, y yo representaba todo eso. Desconozco si mi presencia era una cosa conocida por el tipo, si se iba a poner tan violento como había sido con Karlaina y me iba a dar una paliza que remataría la faena que había empezado la explosión. La realidad era que yo, en general, me sentía tranquilo y triste al mismo tiempo. También yo había vivido mis fracasos vitales estrepitosos y todo me daba un poco lo mismo; lo que pudiera pasarme, bueno o malo, no me preocupaba demasiado.
En un abrir y cerrar de ojos llegó el día siguiente con su nuevo afán. Tomamos un buen desayuno y nos trasladamos al apartamento que la madre de Karlaina había comprado cuando era más joven. Nos montamos en el coche y nos dirigimos hacia Merelbeke. El paisaje de la ventanilla del coche no tenía una sola montaña y las casas se sucedían una detrás de otra a ambos costados de la carretera. La gente vivía espaciosa, no como en España, donde nos apiñábamos unos con otros en callejuelas oscuras que buscaban la sombra y la corriente de aire. Todo era verde. La gente paseaba en bicicleta o en coches de alta gama como el que nos transportaba a nosotros. En la radio sonaba Cold Play y las casas me parecían de chocolate. Me resultaba cosa de magia que un tipo como yo anduviera con una chica como aquella en un lugar como ese. ¿Me habría muerto?
La relación con Karlaina era más física que mental. Por una parte, estaba el escollo del idioma, ella hablaba muy poco español y mi inglés era básico. Lo que salvaba el obstáculo de la comunicación verbal era el lenguaje de los cuerpos, siempre ávidos de encontrarse en cualquier lugar. A ella le gustaba hacerlo en lugares públicos y a mí, que me daba todo lo mismo, tampoco me desagradaba. La atracción que sentíamos el uno por el otro era fuera de lo común y buscábamos cualquier ocasión para satisfacerla. Incluso un viaje en coche podía ser escenario de caricias íntimas y ríos de saliva.
En esas, llegamos a un supermercado Delhaize a por provisiones para la semana. El edificio, de una sola planta, se encontraba en un polígono industrial a las afueras de las afueras, alejado de las desperdigadas casas y granjas que proliferaban por doquier. Hicimos la compra de rigor y al volver al coche, me percaté que no lejos del parquin, de hecho, dentro del propio recinto, se hallaba un pequeño cementerio. Le hice saber a Karlaina mi sorpresa y a ella no le importó coger mi mano y dirigir nuestros pasos hacia el lugar. Cruzamos el umbral de la entrada y paseamos entre las lápidas que anunciaban los cuerpos enterrados. Un nombre, dos fechas, unas palabras, casi nunca una foto, constituían el monumento a los don Nadie, que al fin y al cabo somos todos, junto a un supermercado donde la gente hacía sus compras diarias sin reparar en la finitud y el deceso. Los belgas tenían una curiosa organización social, debieron pensar que aquel era el mejor lugar para enterrar a los suyos, un lugar como cualquier otro, sin drama.
Me aburrí pronto de la mirada ausente de los muertos, cuyos fantasmas andarían por las noches entre los estantes de las patatas fritas y refrescos azucarados, y nos metimos en el coche rumbo a otro sitio. Aquel día, nuestras visitas eran erráticas e íbamos a todos sitios sin ir a ninguna parte porque esperábamos ansiosos que fueran las cinco de la tarde, cuando se resolvería el tema de los papeles que Karlaina y su ex habían de firmar.
Como ella había vivido un infierno, no se sorprendía de nada y cualquier cosa le parecía posible. Me había contado verdaderas historias de miedo que a mí se me hacían propias de la televisión o de gente muy desgraciada y pobre, no de una chica joven con su trabajo, con su familia y sus relaciones sociales bien establecidas. Había sufrido palizas, moratones, la habían gravado, fotografiado manteniendo sexo, el tipo la había forzado infinidad de veces y las huellas podían encontrarse aún en algunas partes de su cuerpo. Pero no fue todo aquello lo que impulsó a Karlaina a terminar la relación: el tipo mantenía relaciones homosexuales por internet, se gravaba y recibía vídeos a su vez. Como habían vivido juntos, al parecer ella tenía toda la información audiovisual de ese ordenador y lo usaba como moneda de cambio para que el tipo la dejara de una vez tranquila. Infinidad de veces, cuando me contaba estas historias de forma parcelada durante los meses que habíamos pasado conociéndonos, yo la animaba a que denunciara, a que buscara ayuda, que acudiera a la policía. Decía que lo había hecho, pero que poco más podía hacerse. No podía hacerme a la idea de la impotencia que debía sentir frente a una situación así, y el tipo erre que erre con que no la dejaría tranquila, que la iba a matar e iba a matar a cualquiera que estuviera con ella, y eso incluía, en este caso, a mí. Otro en mi situación habría huido, pero era el arrojo, y no la belleza, han sido gran parte de mi atractivo, así que allí estaba, esperando la hora.
La hora convenida llegó más pronto que tarde y salimos de casa en dirección al antiguo piso que compartían Karlaina y el tipo. Aunque no estaba lejos, cogimos el coche igualmente. Por el camino, mientras observaba la llegada del anochecer por la ventanilla en silencio pensaba en dónde demonios estaban los padres de Karlaina, dónde habían estado durante todo aquel infierno que a su hija le había tocado vivir. Estaba claro que no iban a aparecer en ningún momento, sea como fuere, ella debía resolver sus problemas sola. Quizá es costumbre entre aquella gente dejar los asuntos personales en manos de sus poseedores, pero como latino me parecía exagerado aquella frialdad ante los problemas de una hija. Pero bueno, al fin y al cabo enterraban a los muertos en el supermercado, es lo que hay y allá cada cual, quizá tuvieran razón y es más inteligente vivir así, no en balde sus países son más prósperos que las regiones de habla española.
Llegamos a un parquin de grava y bajamos del vehículo. Las puertas sonaron chonk-chonk al cerrarse y nuestras suelas rascaban las chinas del suelo. El edificio era, como todos los de aquella zona, bastante bajo, de cuatro plantas, con una fachada que se abarcaba con un simple vistazo. En la segunda planta a la izquierda había una luz encendida: ese era el piso, me indicó Karlaina. Okey, le dije. Can I smoke a cigarrette. Y me encendí el cigarro y respiré hondo. Si me iban a partir la cara, a mandarme al hospital hecho un cromo o, mejor aún, a dejarme tirado entre alguno de los descampados que rodeaban la edificación, quería que ese momento me cogiera con la nicotina puesta. Mientras el humo dibujaba jeroglíficos en el aire de la tarde-noche, yo pensaba por primera vez en la situación. No iba a dejarme vapulear sin luchar, sin morir en el intento. Estaba dispuesto a todo y, por qué no, si tenía suerte quizá podría darle un bocado, una patada en los huevos o sacarle un ojo al indeseable ese que había maltratado a Karlaina durante tanto tiempo y que encima no le firmaba los papeles. Ya había estado a punto de morir en ese viaje, si lo hacía ahora, al menos tendría sentido.
El cigarrillo se terminó y separamos nuestros cuerpos, que hasta entonces habían permanecido unidos: ella delante y yo la abrazaba por detrás con el brazo libre. Emprendimos el camino de la mano por el suelo de grava, oyendo nuestros pasos sobre las piedrecillas del suelo, jrosh-jrosh, hasta la entrada. Karlaina sacó una llave y abrió el portal con la mano temblorosa. La seguí hasta el ascensor y entramos dentro del cubículo que nos esperaba en la planta baja. El silencio se podía respirar era tan denso que uno deseaba abrir una ventana con palabras. No pasa nada, everithing is gonna be alright, y le di un beso. Ella no sonrió, diría que casi ni se dio cuenta y cuando la puerta se abrió, la seguí de cerca mientras sus pasos nerviosos se dirigían hacia una de las dos puertas que se apostaban a sendos lados de aquel rellano. Una vez enfrente, me esperó y cuando estuvimos juntos frente al rectángulo cuadrado que se alzaba frente a nosotros como la tapa de una incógnita, nos miramos un segundo como si nos conociéramos de toda la vida y sentí que todo iba a salir bien. Le di una palmada cariñosa en el culo y eso la animó. Ahora sí que sonrió y me miró con ganas de amarme allí mismo, de vivir otra vez. Yo le devolvía la mirada diciéndole que pronto sus sueños, antiguos y urgentes, se harían realidad. Cuando se sintió preparada, escogió una de las llaves y la introdujo.
Una luz tenue brillaba al fondo de un pasillo. La seguí con paso decidido y me olvidé de Karlaina completamente. Sentía todos los poros de mi piel en punta, preparada la carne para morir o matar. A medida que avanzábamos y la luz iluminaba la orilla de la entrada opuesta del pasillo, la inexplicable sensación de alegría se intensificaba. Íbamos a ganar.
Cruzamos el umbral de la puerta del comedor al final del corredor oscuro y nos recibió una luz verdosa hija de coloración de las paredes. Lo primero que llamó mi atención era que en aquel pequeño salón no había ni un solo mueble, era sólo una sala vacía, un lugar sin rostro como una lápida sin inscripción. La única presencia, casi una sombra también, era un tipo alto y desgarbado de casi treinta años que nos miraba, que me estudiaba, con una mirada desviada, sin hacerlo directamente, junto a la única ventana de la habitación.
Había silencio. No hubo saludo. Me dediqué a mirar a aquel ser humano como el que ve una rata al otro lado de la habitación. Una euforia extraña invadía todos los miembros de mi cuerpo. Me sentía extasiado. Tenía ganas de coger al tipo por las solapas de la camisa y tirarlo por la ventana. Vi su cara de roedor de perfil. Parecía faltarle pared para huir. Sin duda pensaba que Karlaina aparecería sola y no solo había venido con un chico sino que además era extranjero, de esos países más pobres y menos civilizados donde crecen toda clase de delincuentes, debía pensar, porque solo pude distinguir una expresión en aquella cara cobarde: miedo. El tipo quería salir de allí lo antes posible.
Hay un género de cobardes muy habitual en el mundo: los que maltratan a aquellos que creen más débiles. Uno debe andarse con ojo porque estos tipos aprovechan el terreno de la confianza mutua para actuar con impunidad. No sueles verlos a la primera, ellos necesitan tiempo para hacerse fuertes, para observar tus puntos débiles y darte donde más te duele. Así llegas a pensar que eres muy frágil porque con poca cosa te vienes abajo, que cualquiera podría soplarte y hacerte caer como un castillo de naipes. Esta gente cree saber hasta dónde pueden llegar y utilizan todo lo que conocen de ti para encerrarte en una trampa mental: donde estás en sus manos y no tienes escapatoria. No solo ocurre con las relaciones de pareja, sino las de trabajo, amistad o familiares. Pero ocurre que el velo siempre cae y llega el día en que uno ve al cobarde tal como es. Cuando no existe, ni ha existido nunca, el menor aprecio por esa persona, cualquier cosa es esperable, porque somos capaces de cualquier cosa y no nos dejamos matar.
Me acerqué a él dispuesto a pedirle cuentas por todo lo que le había hecho a Karlaina. Ella había sufrido tanto y yo también. Aquel cuerpo escuálido de hombros estrechos podía servirme como venganza de todos mis fracasos hasta la fecha. Por aquel entonces yo estaba acostumbrado a vérmelas con toda clase de gente y a andar solo por las calles oscuras del mundo. Luego sabía medir muy bien mis fuerzas y las del contrario y me creía con la suficiente energía como para mandar al tipo al techo de un puñetazo.
Karlaina se interpuso entre nosotros y le plantó los papeles delante, que ella llevaba en una funda roja transparente. Hablaron muy poco y muy quedo, palabras en flamenco que yo no distinguí, pero sí vi las expresiones. El tipo se había rendido. Era incapaz de mirarme a la cara, ni siquiera podía mirar a Karlaina. Ella se sentía triunfal y estaba más guapa que nunca, estaba venciendo al monstruo, que había resultado ser solo una pobre rata indefensa frente a un mundo demasiado grande. Sin decirse mucho más, el tipo firmó los papeles contra la pared que Karlaina le tendía y, al devolvérselos, ella no podía estar más feliz. Los devolvió a su funda y me cogió la mano. Salimos sin decir adiós de la habitación verde y nos dirigimos, con paso tranquilo pero feliz, hacia la calle, hacia el mundo, hacia la nueva libertad que nos esperaba al doblar la esquina. Ni una sola vez me giré para ver al tipo, no me hizo falta saber que no haría nada porque estaba muerto de miedo y además cargaba el peso del que se había liberado mi chica. Lo dejamos petrificado junto a la ventana, de la que espero que se acabara tirando, y nosotros bajamos las escaleras riendo felices, disfrutando de una nueva felicidad.
¡Por fin! Karlaina me hablaba en su idioma y reía con los ojos. Nunca la había visto tan feliz, era otra persona, podía vivir de nuevo o por primera vez. Un futuro diferente se presentaba frente a ella, el alivio recorría todas las hebras de su cuerpo y la tensión la abandonaba como si de una electricidad paralizante se tratara, dejando en su cuerpo una sensación de bienestar prolongada. Yo era casi tan feliz como ella porque me transmitía su contento y los dos nos metimos en el coche como en una nube y nos fuimos de allí hacia ninguna parte como si nos hubiera tocado la lotería. Adónde íbamos, yo no lo sabía, pero Karlaina sí. Me dejé llevar y me acomodé en el asiento. Yo también estaba liberando la tensión que hasta hacía pocos minutos me atenazaba la columna vertebral. Your sky, your sky full of stars… I gonna give you my heart, cantaba el de Cold Play y por primera vez la canción favorita de ella no me parecía una cursilada empalagosa, sino el mejor tema para mirar el cielo de farolas y los tejados de galleta de las casas que se iban sucediendo una tras otra mientras abandonábamos su vida anterior como una piel muerta y nos dirigíamos hacia un nuevo capítulo muy diferente a los anteriores.
Cantando a pleno pulmón aquella y otras canciones, con la ventanilla abierta y sin importar perturbar el silencio eterno de las calles de Merelbeke, llegamos a la plaza de parquin que Karlaina tenía junto al apartamento de sus padres. Así que vamos a tu casa, le dije, pero ella no me respondió con palabras, sólo me miró y yo entendí al instante.
Subimos los escalones a la carrera, dándonos besos por la escalera, armando escándalo por todas partes. Por primera vez en mucho tiempo yo me sentía verdaderamente alegre y, si bien no era feliz porque había fracasado en casi todo, aquella noche que empezaba yo estaba en la cima del mundo y me parecía que todos los astros del cielo eran testigos.
Mientras nos manoseábamos, Karlaina introdujo la llave en la puerta de su apartamento, esta vez sabiendo lo que nos esperaba dentro, fuera y a partir de entonces: el presente.
Nota del autor: La próxima publicación de este relato en unos días será la Parte 3.

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