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  • Técnicas efectivas para enseñantes

    Técnicas efectivas para enseñantes

    4. El mejor trabajo del mundo no es un trabajo

    En España faltan docentes y cabe preguntarse por qué. De todas las profesiones especializadas, la docencia ha sido en este país una salida secundaria para aquellos profesionales que no han podido dedicarse a otra cosa y han acabado de profesor/a. La labor de enseñar, sobre todo en la educación secundaria, no es por tanto una opción prioritaria para la mayoría de los profesionales. En prensa y televisión es habitual encontrar noticias inexactas sobre la realidad en las aulas, las cuales dibujan un panorama en la docencia española que alejaría a cualquiera que quisiera dedicarse a esta labor. Este artículo rompe una lanza en sentido contrario y aboga por defender este trabajo que, pese a sus evidentes dificultades por todos conocidas, es el mejor de todos.

    4.1. La burbuja de la comunidad educativa

    Los docentes han sido, en general, una comunidad bastante independiente de las demás. Es habitual en esta profesión que los trabajadores que la ejercen no hayan trabajado de otra cosa más que de profesor/a. En los casos en que es así, significa que ese/a profesional ha pasado literalmente toda su vida en el sistema educativo, sin conocer y ajeno al mundo de la empresa privada. Por definición, ninguno de los ámbitos, el de la docencia y el de la empresa, son mejor o peor que el otro, pero sí que son irremediablemente complementarios porque este bebe de aquel. No obstante, se da la circunstancia especial de que muchos de los guías que preparan a sus estudiantes para el encuentro con el mundo de ahí fuera no tienen el conocimiento empírico de esa realidad. Esto no los hace ni mejores ni peores profesores, pero es un factor a tener en cuenta a la hora de valorar la profesión comparándola con las demás que existen. No deja de ser habitual, en las conversaciones de café, oír a compañeros educadores quejarse por la falta de disciplina, el exceso de burocracia, el nivel cada vez más bajo de los aprendices, etc. A pesar de que todas estas reivindicaciones tienen mucha parte de verdad, si no se compara con el resto de la realidad laboral circundante, los juicios que se pueden extraer pueden ser exagerados. No cabe duda de que los docentes que se lamentan a la hora del patio durante el café lo hacen también dentro del aula, en la intimidad que siempre se produce en una clase, aunque sea de treinta miembros. Quizá por eso, los alumnos perciben la docencia como una profesión durísima, al alcance de unos pocos elegidos y sacrificados profesionales, que deciden ejercerla a pesar del poco o nada dinero que ganan, porque probablemente han fracasado en todo lo demás.

    No hay nada más lejos de la realidad. Cualquiera que haya trabajado de otra cosa, incluso en una profesión de carácter más liberal, sabe que ser profesor/a de secundaria que puede ser mucho más cómodo que estar ocho horas delante de un ordenador, o aguantar los turnos (de mañana, de tarde, de noche) en la planta de una fábrica, o estar al frente del público adulto en una sucursal bancaria, por ejemplo. Incluso para la profesión de médico, tan necesaria y respetable, resulta mucho más necesaria la vocación que para ser docente, pues aquel es un trabajo mucho más duro y demandante.

    4.2. El mito de la mina de oro

    Los mitos sociales se sustentan a veces en datos casuales que todos los miembros de una determinada región o país han dado por ciertos y verdaderos. De profesor/a se cobra poco y se sufre mucho, así podría resumirse lo que muchas personas piensan actualmente de esta labor. Sin embargo, cuando se analiza la realidad de forma objetiva, con rigor científico si se quiere, se hace evidente que esta idea tan extendida es un absoluto error. Bien es cierto que el salario podría ser mejor, de hecho, sería coherente exigir una mejor educación a los profesionales y pagarles adecuadamente por su servicio, pero si comparamos lo que cobra un trabajador medio especializado y lo comparamos con lo que cobra de media un docente, se haría evidente que, en esas cuentas, no salen tan perjudicados los profesores. Por supuesto que hay retos importantes a nivel de disciplina y transformación digital que hay que afrontar en el presente, pero resultan equivalentes, incluso privilegiados, a los retos y dificultades que las demás profesiones habrán de afrontar también. Por tanto, esta profesión es una mina.

    En la economía del dinero parece existir el principio de que cuando algo es una gran inversión, una mina de oro, lo mejor es guardar el secreto. Parece que haya sido este el principio que ha regido a los trabajadores de la docencia. Cuando la sociedad habla con ellos pareciera que están sometidos a un sufrimiento constante, a una tortura sin nombre. Es por ello por lo que muchos estudiantes ni siquiera se plantean esta vía y prefieren optar por opciones mucho más duras como el trabajo social, la traducción o, incluso, la policía. Si desde el instituto los estudiantes de bachillerato pudieran analizar bien las profesiones, que ellos no conocen y sus formadores tampoco, quizá la opinión que tienen hacia la docencia cambiaría totalmente de forma natural, es decir, sin tener que sostener acaloradas discusiones sobre lo que es mejor para cada uno. Así que sorprende que determinadas carreras, cuya salida principal suele ser la docencia, están completamente vacías, faltas de estudiantes, y se entra con un cinco, no porque su ciencia sea peor que las otras, sino porque simplemente no se han puesto de moda.

    Cada cual debe juzgar lo que es mejor para sí mismo, pero es un mandato informarse bien para tomar la decisión más acertada. Probablemente a muchos ya les está bien este sistema. Si no hay profesores de determinadas especialidades donde uno va a morir de hambre, en general las especialidades humanísticas, entonces también hay menos competencia. Encontrar trabajo es más fácil, hay más plazas disponibles y las oposiciones resultan al cabo más sencillas porque hay menos aspirantes que compiten entre sí. No es nada extraño que en esos procesos de selección públicos haya convocatorias donde las plazas se quedan sin cubrir por el bajo nivel que ofrecen los aspirantes a ellas. Esto resulta muy asequible para los profesionales, y sería tirar piedras sobre el propio tejado, de no ser porque es tremendamente perjudicial para los estudiantes, cuyo bienestar debería ser la principal preocupación de un país próspero. Si la docencia no es una profesión atractiva y hay de hecho profesores/as, cabre preguntarse qué clase de trabajadores son los que generalmente ocupan estas plazas. Efectivamente, abundan personas sin vocación, sin interés y sin compromiso, que no podrían estar en la empresa privada con unas condiciones tan privilegiadas y que, gracias a la docencia en el instituto, disfrutan de una vida objetivamente envidiable. A todas luces parece este el secreto mejor guardado de la profesión que este artículo quiere desvelar por el bien del alumnado y, por extensión, el de la sociedad. No existen poderes superiores que quieran devaluar la educación, lo único que hay es ignorancia y dejadez.

    4.3. Conclusión: una anécdota personal

    Para finalizar este ensayo sobre la educación actual, que ha pasado por diferentes temáticas y consta de varios capítulos, me permito en este apartado, el de la conclusión, el uso de la primera persona y del material de la experiencia. Quisiera ilustrar lo bonita que es esta profesión explicando una anécdota que me ha sucedido recientemente con mis alumnos/as, a los cuales les mando un cálido abrazo si algún día están leyendo esto.

    Después de una jornada fuera del instituto, una salida que hicimos para participar en la universidad en un concurso de Gramática, surgió la oportunidad de compartir un café con el grupo reducido de alumnos, unos doce, que me acompañaron en la actividad. En el contexto de una conversación desenfadada, les comenté esto mismo que ha nutrido el capítulo de esta última parte, quizá con palabras más emocionales y subjetivas.

    Estábamos sentados en la Plaza del Rey de Tarragona. El espacio es un rectángulo amplio, levísimamente inclinado por la pendiente, rodeado en un flanco por la torre del Pretorio, una iglesia justo enfrente, el museo arqueológico al otro lado y antiguos edificios de viviendas de mediados del siglo XIX, cuando probablemente se hizo un plan de dignificación de toda la parte romana que casi nadie recuerda ya. El día era claro, sin prácticamente nubes, con un cielo azul oscuro propio del invierno y un sol lejano, con esa luz blanca tan especial propia de la época del año. Aunque hacía frío, se estaba muy a gusto. Los estudiantes y yo repasábamos anécdotas, aspectos divertidos del concurso en el que habían participado y otros recuerdos más lejanos de experiencias con alumnos y profesores pasados. Siento por esos doce alumnos un cariño muy especial, y por el resto de los compañeros de su promoción también. No solamente porque fueran académicamente solventes —que lo son y mucho— sino porque tienen muy buen corazón, y ese es el valor más importante de en una sociedad. Es difícil que una persona nos parezca mala si la conocemos bien, pero haber tenido, y tener aún ahora, la oportunidad de tratar con ellos y ellas es el mejor privilegio de esta profesión.  

    El caso es que J. me preguntó si, pasado el tiempo, me acordaría del nombre de todos ellos. Sin pensarlo demasiado, respondí que sí, sin duda, a los que estaban en ese momento sentados conmigo, en esa mañana de invierno junto a la Torre del Pretorio, en la milenaria Tarraco, que tantos alumnos y profesores habrá visto pasar frente a sus megalíticas piedras amarillas, seguro que los recordaría. A ellos y a otros que no habían podido venir, a algunos que ya había tenido y a muchos otros que están por llegar. Cada uno de estos estudiantes se lleva una pieza de nuestro corazón y nos deja otra del suyo.

    A raíz de ese día, empecé a columbrar este artículo sobre la educación actual, que quisiera ayudar a otros docentes y profesionales, para que vivieran un momento así con sus estudiantes, para concienciar a la sociedad sobre la importancia de la educación, para ofrecer algunas técnicas y recursos que a veces comento con otros compañeros/as pero que nunca me había sentado a darle forma de texto o ensayo para mi tesis. El caso es que, entre los temas de conversación, les hablé de que mi profesión me parecía el mejor trabajo del mundo, porque para mí no es un trabajo en absoluto. Si bien es cierto que hay momentos amargos, que los retos no se terminan nunca, que siempre hay tareas por corregir… a pesar de todo lo que puede parecer malo, el balance sin duda es positivo. Animo a cualquiera que se haya imaginado enseñando un tema que se anime a ser profesor o profesora, sobre todo de secundaria. El único requisito para ello, además de los estudios necesarios para ejercer la profesión, es que a esa persona le apasione de verdad lo que hace. Que le ponga corazón y esfuerzo, el resto vendrá solo. Lo creo así.

    «Ser profesor es el mejor trabajo del mundo.» les decía bajo la luz agradable de una mañana de invierno «Yo, por ejemplo, ahora estoy trabajando. Y esto no es trabajar.»

    …

    En esta entrega de artículos se han ido desgranando algunos consejos y técnicas para la gestión de aula, dirigida a los muchos compañeros/as docentes y a cualquier persona curiosa que quiera reflexionar y ver por dentro cómo funciona la educación.

    Cada domingo se ha ofrecido algún tema de debate a este respecto. Las opiniones en libertad de otros docentes o de personas ajenas al ámbito de la educación serán bienvenidas. Muchas gracias por leer hasta aquí y, si te has quedado con ganas de más, te invito a seguir explorando este sitio. Cada domingo publico una historia nueva.

    Un abrazo. Muchas gracias,

    Ricardo R. B.

  • La esperanza es lo último que se pierde

    La esperanza es lo último que se pierde

    Me gustan las peluquerías de barrio. Esos lugares donde cuelgan fotos de jóvenes de los años noventa con flequillos y tupés. Suelen ser sitios tranquilos donde el dueño, un señor a mediados de sus cincuenta, trabaja y habla según el momento. A la que voy yo es de este estilo y siempre recibo un trato excelente a un precio ridículo. Prefiero estos lugares con historia antes que las barbas hípsters y camisas apretadas. Una vez probé la experiencia en uno de estos lugares modernos y tuve que ir a repasarme el corte porque parecía un joven punki con cresta, que una vez podría haber sido, pero no en mis treinta.

    Las peluquerías de barrio son, además, lugares con historias, donde también hay espacio para la alta filosofía si uno tiene los oídos abiertos. Constituyen los rincones como mi peluquería los últimos espacios de masculinidad, donde se reúnen los hombres para tratar sus asuntos baladíes. En general, viejos que van a afeitarse o a pasar el día. Me gusta escuchar a esos sabios, por si tienen algo interesante que aportar después de haber vivido y haber alcanzado una edad provecta, aunque hablen con faltas de ortografía.

    -Si lo llego a saber, no hubiera hecho nada.

    -Ya. Los jóvenes no saben lo que hay.

    Levanté la vista de la desgastada Interviú que estaba hojeando. Se trataba de un especial de la revista que celebraba un aniversario honroso y quizá su próxima desaparición, como ocurriría pocos números después. No hay espacio en este siglo para las revistas con tetas y artículos de novela negra en los establecimientos públicos, excepto si son lugares olvidados de la mano de Google, como la peluquería de don Francisco.

    El peluquero no decía nada. Se limitaba a seguir repasando al señor que había iniciado la conversación desde un silencio de más de cinco minutos, el que había empezado desde mi entrada al establecimiento y que se había iniciado con un “Buenos días”. El dueño se limitaba a escuchar y a hacer su trabajo en silencio, mientras el acompañante del orador, otro señor mayor que hacía las veces de contrapunto, estaba en una silla a mi lado. A partir de ese momento solo prestaba atención a la revista al ver algún torso.

    -Yo no hubiera tenido hijos.

    -Yo tampoco.

    -Pero los habéis tenido. -Repuso el peluquero, que ya no podía aguantarse las ganas de intervenir. -Y vuestros hijos han tenido hijos. Ya sois abuelos los dos.

    -Ya, pero ahora que sé lo que hay, no los hubiera tenido.

    -Yo tampoco.

    -Cuando uno es joven, -siguió el filósofo- tiene… esperanzas.

    -Claro.

    La Esperanza fue el único espíritu que no liberó Pandora de la caja. Nunca entendí que la esperanza estuviera con el odio o el miedo. Las palabras de los ancianos me hacían pensar en que quizá fuera una pista del misterio ese dolor sólido y rugoso que se traslucía de aquellos ojos con cataratas, que yo veía a través del gran espejo de la pared.

    -Una vez fuiste joven y creíste. -Moderó el dueño mientras abría y cerraba las tijeras.

    -Sí. Trabajé toda mi vida, compré una casa, tuve hijos. Total, ¿para qué?

    -Pues para tenerlos. -Insistió.

    -Claro. -Dijo el otro.

    -Si lo llego a saber no los hubiera tenido.

    -Eso es así.

    Algo había pasado en esa familia que al hombre le hacía decir aquello, pensaba yo. Quizá sus hijas no le hablaban porque era tenía mal carácter -simpático no parecía- y no le dejaban ver a sus nietos. O simplemente estaba viudo y solo en un piso y su parentela no podía hacerse cargo de él. A lo mejor había llegado a esa conclusión después de mucho reflexionar sobre metafísica. Resultaba impactante decir eso al final de una vida. ¿Me pasaría a mí lo mismo? ¿Les pasaba lo mismo a todos? Me preguntaba en silencio.

    -Conforme cumplo años, como vosotros, -intervino el esteticien- me pasa lo mismo. Pienso en si todo lo que he luchado ha valido la pena, si, total, para qué. Es un sentimiento que uno entiende cuando llega mi edad, pero cuando se es joven… se es joven. ¿No te acuerdas tú de cuando eras joven?

    -¡Vamos! -Sonrió el viejo levemente, la primera vez que lo hacía en su intervención. Un leve brillo en sus ojos nublados. -Cuando yo era joven, ¡podía con todo y más!

    -¡Claro! -Dijo el otro señor mayor, con la misma actitud que su compañero.

    -Pues eso.

    Ahí quedó. Sin más conclusión que esa, la cual los tres parecían comprender a la perfección y yo solo a medias. No me atreví a preguntar, a buscar explicaciones. Tampoco a contraargumentar que posiblemente estaban equivocados, que hablaba su nostalgia y no ellos, que les hacían falta proyectos e ilusiones para despertarse por la mañana con ganas de vivir, con ánimo para seguir hacia delante, con esperanza.

    -¿Pero para qué? -Dijo uno de ellos en mi cabeza.

    El peluquero terminó su trabajo. El señor pagó y los dos ancianos se levantaron y salieron al sol oblicuo de la mañana. ¿A dónde irían aquellos dos? Seguramente a seguir su rutina de siempre: el bar, el banco, el sol, la brisa, la conversación intrascendente y el deseo de trascendencia. Con todo el tiempo del mundo y sin espíritu para nada. No hubiera dicho que eran dos viejos tristes, simplemente aceptaban, espartanos, la vida.

    -Ya puedes pasar. -Me dijo el dueño con la cabeza. -Estos viejos son de lo que no hay. -Dijo sonriendo.

    -Vaya.

    -Demasiando tiempo para pensar.

    -Claro.

    -En fin, ¿cómo lo quieres? ¿Como siempre?

    Y el día siguió su curso habitual de fin de semana. Seguí con la rutina y los proyectos propios de un hombre en la treintena, pero con una pregunta fundamental: ¿Acabaría yo también como aquellos viejos, arrepintiéndome de la vida que ahora estaba haciendo? La respuesta no la sé, pero a partir de entonces vivo intentando que no sea así.

    Tengo esperanza porque, como demuestra el mito griego, “Es lo último que se pierde.”