Navegaban solos por un océano, a veces tempestivo, a veces en calma. Charlando, en silencio, de la mejor estrategia para sobrevivir en aquel entorno, pues a pesar de ser dioses, ninguno de los dos sabía que eran, y habían sido siempre, inmortales.
Carecían de memoria anterior a ellos mismos y a su barca. No conocían nada más que su propia existencia, que se reflejaba en los ojos de cada uno cuando miraban al otro. Solo sabían que hacía ya mucho que navegaban juntos y por ello habían resultado ser inseparables como la noche y las estrellas. Decir que Or y Am se querían, era quedarse muy corto, se necesitaban.
Había un elemento que los unía, que los ligaba. Una cuerta indestructible, y a la vez invisible, que solo ellos podían vislumbrar a veces. Un cabo abrazaba la cintura de Or y el otro la de Am, calcular la largura de la cuerda era algo imposible para cualquiera de los dos, solo sabían que allí estaba y que ambos estaban atados por el mismo hilo extraño, al cual, una noche Am, después de demostrar a Or afecto físico y espiritual, la bautizó con el gracioso y acertado nombre de Destino.
La cuerda tenía su función, servía para que, en el caso de que alguno de los dos cayera al mar por alguna eventualidad, el otro pudiera salvarlo tirando de ella. El sitio más seguro donde atar el cabo eran sus propios cuerpos, así que no dependían por entero de la barca donde ahora navegaban y que Am había bautizado con el nombre de Convivencia, siempre era ella la que escogía los nombres de las cosas y él solamente asentía.
Navegaban por aquel océano que se llamaba Vida buscando alimento. Generalmente, Or se sentaba en la parte trasera del barco, llevando la caña de timón, y Am en la proa, oteando el horizonte en busca de oportunidades y de nuevas costas. Or siempre obedecía todo lo que Am mandara, habían pasado muchas calamidades juntos pero de todas habían salido ilesos, sin la menor pérdida. El mar les daba todo lo que pudieran necesitar y su pequeña barca era su refugio, cada vez más duro y fuerte a medida que iban pasando las nubes, que se llamaban Tiempo.
Una tarde calmada, mientras Am dormía, él soltó el timón y se puso a mirar el horizonte. Vio a lo lejos costas de árboles verdes y arenas blancas y quiso saber qué es lo que habría allí. Miró a su compañera mientras esta soñaba con los ojos cerrados y pensó en despertarla y pedirle que arriaran el bote en aquel lugar, pero prefirió no molestarla hasta que volviera en sí y comentarle su plan entonces. Todo esto era prácticamente nuevo para Or, dado que él, pocas veces tomaba las decisiones y era su compañera la que siempre hacía ese trabajo.
De repente, una brisa suave y constante comenzó a empujar la barca hacia aquella orilla. La noche iba cayendo y era el momento de ponerse a dormir como Am, de echar el ancla y abrazarse a su cuerpo desnudo y yacer los dos al resguardo de los vientos, pero Or no lo hizo así, dejó la vela extendida, dejó que el viento lo llevara a aquella costa, veía encenderse unas hogueras y a gentes desconocidas dando brincos alrededor de ellas, quería saber qué era todo eso.
Cuando la quilla tocó la orilla, suavemente, ella no se había despertado, lo cual él lo entendió como un buen signo. Seguramente, si lo hubiera hecho, no había sabido explicarle porqué no había echado el ancla o, por lo menos, la había despertado, Or no hubiera sabido qué responderle, él tampoco lo sabía. Pero nada de esto pasó porque Am seguía durmiendo en aquel recodo tranquilo de la costa, alejado de las hogueras y de la música de tambores que se distinguía tenuemente.
Bajó de la barca y puso sus desnudos pies en la fina arena, el tacto lo reconfortó así como la idea de que era la primera vez que hacía algo a solas desde que tenía memoria, desde que navegaban juntos, esto lo alegró todavía más, y rápidamente, aprovechando la noche, se encaminó hacia el resplandor que iluminaba el cielo nocturno en aquella noche sin estrellas.
Al llegar, no dio crédito a sus ojos. Una gran orgía se desataba a su alrededor, machos y hembras bailaban, saltaban, se retorcían y extendían sus brazos al cielo. Todo era locura y desenfreno, palabras que Or nunca había conocido, que solo sabía por lo que Am le había contado una vez sobre todo eso, que le había dicho que no valía la pena. Por un momento, pensó en volver sobre sus pasos y poner la barca rumbo a las olas, pero la noche era joven y se lo pensó, todavía quedaban muchas horas para que llegara el día y quería ver qué eso que todos aquellos llamaban Fiesta, quería saber.
Una bella ninfa traía entre sus manos medio coco y todos allí, metían la cara dentro y respiraban hondo, de una sola vez y rápido, sniff. Los ojos se abrían de par en par y los saltos y brincos eran más elevados y más frecuentes, Or se preguntó qué sería aquello y la ninfa, sin mediar palabra, se acercó a él y le tendió la cáscara marrón donde portaba aquel intrigante elemento mágico. Pensó por un instante que aquello no le gustaría a Am, y menos aún que lo hiciera a espaldas de ella, pero la ninfa tenía prisa y… ¡era tan bella! Casi le recordaba a Am en algunas cosas, pero era diferente, ella estaba ahora con él en aquella isla, mientras su inseparable compañera dormía en la barca unos cientos de metros más allá, impasible a todo lo que estaba ocurriendo. Or metió la cara dentro del coco y respiró fuerte, sobre lo que sintió, casi que no lo recordaba, pero era como si le hubiera pasado lo mejor a su existencia, como si él y Am hubieran capturado algo que los hiciera olvidarse del trabajo durante meses, una euforia indescriptible y raras veces sentida. Fruto de esta sensación, también se puso a cantar y a brincar al son de los tambores y a bailar con todas las ninfas alrededor de la hoguera. Francamente, Or lo pasó muy bien.
Fueron transcurriendo las horas de aquella noche y como, de entre todos los sátiros y ninfas, él era el que daba los saltos más grandes y cantaba con la voz más fuerte, todos lo aplaudían y estuvieron encantados de conocerle. Pero Or sabía que pronto llegaría el día y que debería volver donde descansaba su compañera, se despidió de algunos y sobre todo, de la ninfa de quien había provado, por primera vez, el extraño mejunje que lo había hecho sentir tan intensamente. Corriendo volvió sobre sus paso, feliz y contento por la diversión, pero a mitad de camino, lo asaltó la duda de si Am se habría despertado y no andaría por ahí, sola, en aquella extraña isla, buscándolo. Aceleró el paso y llegó a su barca llamada Convivencia, antes de que el sol comenzara a clarear, de nuevo, en el horizonte. Tomó los remos, que en pocas ocasiones utilizaban, y remó fuerte, y más fuerte, hasta que la barca fue alejándose de la costa y adentrándose en la mar de nuevo. El chocar de una ola contra el casco despertó a Am, pero él le dijo que no pasaba nada, ella confió en él, como siempre hacía, y siguió durmiendo un rato más, el suficiente para que Or alejara la barca de la Fiesta.
Finalmente, Am se levantó, contenta y risueña, lo primero en lo que se fijó fue en la expresión cansada de su compañero y le preguntó si había dormido. Él le contestó que no, que no había cogido el sueño. Mientras se miraban, iba a contarle lo sucedido hacía pocas horas, pero entonces Am miró hacia el sol que comenzaba a salir de entre las olas, le dio un beso y le pidió que descansara un rato, él le contestó, con un extraño nudo en la garganta, que seguía sin tener sueño, que ya descansaría luego. Or pensaba que lo haría cuando aquella amarga sensación que ahora habitaba se deshiciera, fueron trascurriendo las horas de otro día cualquiera, aguantando la caña del timón, Or se sentía cada vez más cansado pero el nudo había bajado de la garganta al estómago y allí seguía, cada vez más amargo y más duro.
Ese día no hablaron casi nada, cuando ella le preguntó el porqué de aquella actitud desacostumbrada el él, Or le contestó que se sentía mal, que ya se le pasaría. Am lo miró con una expresión de creciente preocupación pero sus quehaceres cotidianos no le dejaban demasiado tiempo para entretenerse, al menos, no en aquel momento con aquella tormenta aproximándose.
Como ya se ha dicho, llevaban mucho tiempo surcando el océano de la Vida juntos, y por lo tanto, no era la primera vez que topaban con aquel fenómeno furibundo que era el huracán Circunstancias. Otras veces lo habían enfrentado y siempre habían salido ilesos. Ahora el torbellino se dibujaba a lo lejos en dirección a ellos y ambos lo miraban, en los ojos de ella no había el menor atisbo de miedo pero en los de él se podía distinguir la alargada sombra de la duda. Or comenzó a recordar otros episodios con el huracán, en concreto uno que no se le había olvidado, una vez en la que había caído al agua.
Había sido hacía mucho, concretamente, cuando llevaban poco tiempo navegando juntos, y fruto de su inexperiencia, una ola lo había derribado y había acabado entre la espuma. Rápidamente había comenzado a hundirse, puesto que sus cuerpos eran mucho más pesados que la mar, y cuando pensaba que había llegado su fin, sintió cómo una fuerza tiraba de él, tomándolo por la cintura, llevándolo hacia la superficie. Era Am, que tiraba de la cuerda que ambos tenían atada a la cintura, que consiguió sacarlo de su propia perdición y que lo ayudó a subir de nuevo a la embarcación que por aquel entonces no estaba tan preparada para esa clase de fenómenos meteorológicos. Exhausto y empapado, calado hasta los huesos, Or le agradecía profundamente a su compañera lo que había hecho por él y desde entonces, aquel lazo que los unía, se había hecho para ambos, todavía más fuerte. La tormenta acabó pasando y se demostraron afecto físico y espiritual incansablemente, una y mil gozosas y bellas veces. Pero ese recuerdo, hoy, para Or, era algo amargo, que todavía le apretaba más el nudo del estómago. Pensó qué hubiera pasado si ella no lo hubiera salvado y no supo qué contestarse, aumentó su curiosidad. Ahora otra vez la tormenta se aproximaba y pensó que esta sería su oportunidad, si volvía a caer, no dejaría que Am lo salvara de nuevo, y entonces sabría.
Pero la idea de alejarse de ella lo horrorizaba y decidió no darle mayor cabida en su pensamiento divino, dejó que pasara como pasaban las nubes negras, esperando que estas no volvieran nunca más. Por una cosa o la otra, fue Am quien tomó la palabra.
-Otra tormenta, otra vez Circunstancias.
-Sí, otra vez.
-¿Sabes? Estaba pensando que quizá es el momento de dejarlo…
-¿De dejar el qué? -Or se sentía francamente confundido, ¿es que Am se había adelantado a sus pensamientos? -No te entiendo. -Ella rio por su expresión de extrañeza, sabía que creía que estaba hablando de abandonarlo y ni se le pasaba por la cabeza, pero le gustaba divertirse con él y asustarlo un poquito.
-De dejar el mar, ¡tontito! Podríamos encontrar una isla para los dos, llevar nuestra barca y hacer con ella un refugio para nosotros, una isla que nos gustara, tengo pensado el nombre y todo, se llamará Compromiso.
La imagen de la isla de la que hablaba Am le hizo pensar en aquella otra que había visitado hacía nada, la Fiesta. Él no conocía el lugar del que ella hablaba, habían vivido siempre en el mar y les había ido bien, ¿porqué dejar a Vida? Así se lo preguntó.
-No estoy hablando de eso, este océano será siempre nuestro sustento pero dejaremos de vagar de un lado a otro y podremos instalarnos en algún sitio más seguro, para nosotros dos, para lo que venga después de nosotros dos, ¿entiendes? Un sitio donde criar a pequeñitos Ores, ¿qué te parece? ¿Es que nunca habías pensado en eso, cabeza hueca?
En lo único en que Or pensaba era en Fiesta, pues la conversación andaba sobre las islas y esta era la última que él había visitado, en soledad, y lo había pasado genial. Lo único que quería era volver allí y repetir la experiencia durante más tiempo. Al ver que Am lo miraba, esta vez ella con la expresión de extrañeza, se encongió de hombros y distrajo su atención con la tormenta, cuyas nubes negras comenzaban a cernirse sobre sus cabezas.
-Parece que esta vez va a ser la última, entonces. -Fue lo último que dijo, mirando al horizonte.
Ella seguía mirándolo a él, luego se giró hacia Circustancias que se arremolinaba unos cientos de metros más allá, suspiró.
-Así es, pero saldremos de esta, como todas las demás veces, ¿verdad? -Y sonrió.

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