¿Cómo será la educación en el futuro próximo?

Las cosas han cambiado mucho en poco tiempo. Lo que se esperaba para los próximos cinco años ha experimentado un cambio radical en lo más íntimo y toca reorganizar las piezas. No adaptarse a las nuevas circunstancias sería un descalabro monumental que nadie puede permitirse. Tenemos que encontrar la manera de seguir adelante sin fallo.

El aprendizaje de las diferentes disciplinas a las que he tenido acceso revela una verdad inconfundible: vivimos en un mundo enormemente competitivo donde, gracias a internet, podemos adquirir muchas habilidades y conocimientos en menos tiempo. El sistema cada vez avanza a más velocidad y puede uno quedarse obsoleto en poco tiempo, siendo demasiado joven. Parece que no le importa y es imposible detenerlo.

Solo queda buscar la manera de adaptarse a los tiempos y conjugar la nueva situación: adaptar la metodología a las nuevas herramientas. Hay que conservar aquello que era bueno del pasado y se debe descartar todo aquello que no sea universal en el presente. Dicho lo cual, espero plantear las preguntas adecuadas para hallar respuestas plausibles.

¿Cómo serán los institutos en un futuro próximo? Ya han llegado los ordenadores al aula pero ese hecho pertenece al pasado. Los centros, azuzados por la pandemia, se han tecnificado y se ha invertido en conectividad y dispositivos. El sistema educativo se ha dotado con las herramientas necesarias pero aplica la misma metodología desde hace demasiado tiempo y no es capaz de reconfigurarse para dar salida a la problemática que se les plantea a los alumnos.

Cuando se quiere conseguir algún avance educativo se recurre a la pedagogía amable: aprobar es fácil, estudiar es fácil, hay que ser feliz aprendiendo, etc. El espíritu de esta pedagogía es positivo, no cabe duda, pero no ayuda a los estudiantes que tendrán que lidiar con este siglo XXI: encontrar trabajo no es fácil, la jornada laboral no es fácil, muchas veces se cae en la infelicidad, la ansiedad, la depresión, etc. Por lo tanto, lo que los padres o tutores esperan del sistema es que sea capaz de entrenar a los jóvenes para el futuro. Esta necesidad obliga a efectuar pronósticos y a tener que ser acertados.

Hay algunos ejemplos de jóvenes que se hayan absolutamente preparados para las nuevas circunstancias. Muchos de ellos aparecen en las redes sociales y son referentes para otros jóvenes y adultos. Fuera de los ejemplos más frívolos, si uno observa el trabajo de estos creadores de contenido con atención es fácil intuir horas de trabajo, preparación, erudición y técnica. Lastimosamente, todo eso se ha aprendido fuera del sistema educativo. Así lo expresan en sus comunicaciones y repercute en el desprestigio de esta institución. Cada vez son más los estudiantes que se sienten alejados de los profesores porque se ha perdido, entre otras cosas, la voluntad de ser profesional: el profesor no puede ser amigo de su alumno, mal que les pese a ambos esta circunstancia.

No obstante la necesidad de aprender es más imperiosa que nunca. Vivimos en un mundo tan cambiante que no podemos dejar de adaptarnos al día a día, de adquirir habilidades nuevas; debemos manejar conocimiento nuevo y saber gestionarlo. No hay nadie exento de esta circunstancia tenga la edad que tenga; incluso los jubilados. El sistema es verdaderamente cruel con los inhábiles: los aparta y relega al ostracismo. El objetivo principal de la educación debería ser mejorar la adaptabilidad de la sociedad: conseguir que los ciudadanos puedan participar de un mundo enormemente cambiante.

Sin duda esto se ha propuesto en la teoría pero el traslado a la práctica sigue siendo muy superficial. Si el mundo es tan cambiante, debemos conseguir una educación mucho más flexible. No puede ser que treinta adolescentes tan diferentes entre sí compartan seis horas diarias de su vida a seguir un temario prestablecido a un ritmo determinado. El profesor es un gestor de ese ritmo, que modula al tempo de los alumnos y del sistema. ¿Qué sucede cuando un alumno se adelanta o se retrasa al avance general de los demás? Se produce una disonancia, que se corrige mediante los cauces acostumbrados. Cabe preguntarse entonces si el hecho de que un alumno se adelante debe ser corregido, quizá haya que darle rienda suelta a sus posibilidades y dejar que avance lo más posible; también si un alumno se retrasa o se detiene a profundizar en un aspecto, por qué hay que espolearlo para que abandone esta tarea en pro del ritmo común de toda la clase. Este sistema hace avanzar a la vez a treinta adolescentes que representan treinta posibilidades diferentes de afrontar la vida: el sistema hace avanzar a todos a la vez y el ritmo resultante es demasiado lento o demasiado rápido para demasiados estudiantes.

¿Acaso podemos decir que los avances de la sociedad se hacen a un ritmo constante, imperturbable, medido? ¿O es más bien a saltos, a tirones, como se avanza y se cambia, de un día para el otro, el mundo en el que vivíamos? ¿Qué efecto han tenido los ordenadores, los móviles, las redes sociales, en nuestras vidas? Hemos metido todas esas herramientas en un aula y hemos seguido exactamente igual. El aula ha muerto.

El aula entendida como un espacio donde una veintena de estudiantes adquieren un determinado conocimiento a la vez se ha terminado. Puede ser que aún tardemos diez años en darnos cuenta, pero es así. Entonces, ¿de dónde sale el aprendizaje de las personas? De su propia cuenta y riesgo, a través de internet. El sistema educativo debe regular este aprendizaje, reconocer las habilidades o el manejo de los conocimientos de un individuo, debe decir: usted está formado para realizar esta función. Un caso práctico: actualmente la educación secundaria obligatoria dura cuatro años y llega hasta que la persona cumple los dieciséis. ¿Debemos suponer que todos los graduados de cuarto de la ESO tienen la misma preparación? ¿Alguien puede creer tal absurdo?

En determinados campos, algunos habrán llegado a unas cotas de conocimiento altísimas. Un ejemplo son los idiomas: un estudiante de quince años puede tener un dominio superior a su profesor de inglés, ¿cómo se puede tolerar que el joven haya de dedicar dos años más a aprender algo que ya sabe? Aquí, el sistema debería ser lo suficientemente flexible como para realizar una prueba que reconociera el nivel de este alumno y además le otorgara la posibilidad de seguir formándose, aunque para ello tenga que cambiar de grupo de trabajo: ¿qué hay de malo? Este estudiante puede haber aprendido el idioma a través de miles de cauces sin salir de su habitación, por una motivación personal, por un sinfín de causas; hay que aprovechar este activo, este chico o chica debe tener la posibilidad de seguir formándose a todo lo que dé su capacidad en unos años tan cruciales como son la adolescencia; y además debe poder hacerlo gratis, en el sistema público. De hecho, debe ser este sistema el único que reconozca su capacidad. No hay tiempo que perder. El ritmo de aprendizaje debe marcarlo el propio individuo en los distintos campos del conocimiento: matemáticas, idiomas, ciencias, etc.

También hay que establecer itinerarios marcados que puedan ser recorridos de forma individual, porque cada persona tiene su propio camino y este es intransferible. Esto no significa renunciar a los grupos de trabajo, pero estos no tienen por qué ser los mismos compañeros de clase durante seis años de educación secundaria, con sus distintos intereses y motivaciones. ¿Acaso no podemos poner en contacto personas en todo el mundo? El sistema debe organizar estas conexiones y estos grupos cooperativos. Se puede dar el caso que un estudiante consiga adquirir los conocimientos y habilidades de la ESO con trece años y que otro lo consiga con diecisiete: hay que establecer el itinerario y que cada uno lo recorra según su ritmo. Pero el hecho del adelanto curricular no significa el éxito laboral: la ESO es solo un estadio de la vida laboral de una persona, que deberá seguir formándose y aprendiendo hacia donde lo lleve su propia motivación.

Los tiempos que nos han tocado vivir son vertiginosos, pero la historia parece demostrar que los cambios no van a dejar de producirse. Los más aventajados no van a ser los más excelentes en un ámbito u otro, sino aquellos que sean capaces de reciclarse continuamente. Ya va siendo hora de que hagamos una reflexión profunda y nos pongamos manos a la obra para conseguir adaptar la educación pública a la sociedad actual. Hay un aspecto que no cambia: la educación debe ser un derecho para todos. 

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