¿Conoces a Joe Black?

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El silencio en la carretera era tan atronador que estremecía al cuerpo entero. Joe Black caminaba pesadamente después de la borrachera del viernes noche. Hacía meses que era otoño y a pesar de que en esta época solía hacer un frío infernal, en el sombrío Estado de New Hampshire, Joe casi no lo sentía.
Aunque pisaba fuerte, su trayectoria era un tanto tambaleante, casi caminaba por en medio de la vía. No importaba. Por aquella carretera que conectaba el pueblo minero de Yorkside con Madisongrarden, donde Black vivía, raramente pasaban vehículos. Hacía años que las minas habían cesado su actividad y en las poblaciones arboladas de Green Valley casi que también. Muchos se habían marchado a probar suerte en otros lugares, unos pocos habían permanecido allí, como el padre de Joe, el señor Thomas Black.
El señor Black recordaba bien aquel pretérito día del siglo XX en el que su padre le había enseñado a emborracharse. Seguramente sería un viernes noche como este en el que Black e hijo habían acudido a la taberna del viejo Sam. Después del trabajo en las minas, donde cada vez se pagaba menos y los turnos eran más cortos, al bueno de Thomas le gustaba ahogar las penas en compañía de los amigos. Aquel día, se le ocurrió llevar con él a su hijo Joe.
-Ponme un trago de lo de siempre, Sam. –eructó a la vez que se sentaba en el taburete de la barra- Y otro para mi hombrecito.
-¿Qué edad tienes ya, campeón?
-Doce, señor.
-Ya mismo vendrá a trabajar con su padre, a ganarse el pan y a aprender lo que es la vida.
-Muy bien, muy bien. –Decía el bueno de Sam mientras preparaba las bebidas.
-Al niño pónselo con coca-cola, que tiene que crecer todavía.
-Como tú mandes, Tom.
Al probar por primera vez el sabor del whisky, Joe se preguntó, a su tierna edad, qué pensaría su madre de aquel episodio. Pero ella ya no pensaba, se había quitado de en medio una tarde lluviosa de verano a base de pastillas, cuando él tenía apenas seis años. Recordaba vagamente el cuerpo frío sobre la moqueta de la habitación cuando, con sus manos de niño, la zarandeaba diciéndole “Despierta, mamá. Mamá, despierta…” pero ella no se inmutaba, además tenía los ojos abiertos. Fue así como Joe aprendió lo que era la muerte.
Tomó otro trago de la copa y se distrajo en la conversación que alegremente mantenían Thomas y Sam, acerca de béisbol o de fútbol, ya no lo recordaba. Aquellos eran los viejos tiempos, cuando el minero Black aún era minero, e hijo de minero, y estaba todavía entre los vivos. Habían pasado tantos años que él casi no pensaba en el tema, y cuando lo hacía, como ahora, normalmente, sacudía la cabeza y se encendía otro cigarro.
-Chesterfield, -prendió el pitillo y chupó adelgazando las mejillas- ¡nunca te abandona! –echó el denso chorro de humo hacia la luna, el cual no vio por carecer de una fuente de luz que lo iluminara, pero se lo imaginaba. Luego, rio en una carcajada fortísima que rajó como un cristal el silencio de la noche y que, sin embargo, no espantó a los pájaros que dormían agavillados en las copas de los arces, abetos y demás árboles que delimitaban la carretera de Nueva Inglaterra. –¡Los malditos pájaros! –Masculló riendo, ebrio, Joe.
De pronto, divisó a lo lejos una luz que se aproximaba. La veía al fondo del paisaje, cómo se iba acercando paulatinamente. En un arranque de cordura, decidió echarse a un lado de la vía y continuar su vagabundeo por el arcén. Ya queda poco para llegar a casa, pensaba Joe.
Si nunca se había marchado de Madison Garden, Madison Golden-Garden como él lo llamaba, había sido simplemente por pereza. A pesar de las expectativas que había albergado su padre nunca trabajó en la mina, cerró poco antes de que se incorporara. Eso ocasionó la deriva definitivamente alcohólica que tomó Tom Black, por no poder distraerse ya con otra cosa de los fantasmas del pasado. Joe le tenía cariño a su pueblo, a la casa que lo vio nacer y malcrecer y, al contrario de lo que la gente de los alrededores opinaba, Madison Golden-Garden no estaba tan mal. A pesar de carecer de bar, por lo demás allí tenía todo lo necesario para vivir: un techo. Quizá para muchos fuera el cuchitril putrefacto, de una sola planta con un jardín abandonado, donde vivía el paria de Joe, pero para él era su castillo.
Además, la gente era mala, no había que hacerles ningún caso. Solamente cuando debía realizar algún trabajo esporádico para costearse la comida y, sobretodo, la bebida, solo entonces escuchaba a los demás en silencio, sin prestar demasiada atención. Luego volvía a su morada. Él era un hombre anárquico, de pocas tradiciones. Normalmente se dedicaba a estar encerrado en casa y solo dios sabe lo que hacía allí. De todas formas, cumplía una norma religiosamente: todos los viernes, tuviera o no dinero, salía a dar una vuelta.
Pero a pesar de su mala facha, que le había granjeado el sobrenombre de Dirty-Joe, que asustaba a las parejas cuando se las cruzaba por Yorkside en noches como aquella y cambiaban de acera, Joe no tenía un solo átomo de maldad en el cuerpo. Además, debido a su soledad, nunca se había metido en líos. Él procuraba no molestar a nadie y a su vez intentaba que no lo molestaran a él. Para tal fin, Joe tenía lo que llamaba el sentido arácnido, como nombraba a aquel escalofrío que le recorría toda la espina dorsal hasta las orejas. Cuando sentía los problemas acercase, le daba el tiempo justo para huir de ellos.
La última vez le pasó en el bar. Un grupo de maleantes reparaba en él, que siempre estaba solo, porque siempre iba solo por la vida. Ni siquiera tuvo que mirarlos para saberlo, los sentía. Antes de que alguno decidiera levantarse de la mesa, cazarlo, apuró el whisky con hielo y se largó de allí con el corazón palpitándole en la garganta. A veces, aquel instinto se manifestaba en momentos absurdos, como esta noche. Veía de cerca los faros del viejo Mustang que estaban a punto de alumbrarlo, de descubrirle. Por fortuna, Joe nunca dudaba de su sexto sentido.
Se escondió entre los arbustos. El silencio sería absoluto si no fuera por el run-rún del motor, el crepitar de las hojas secas que pisaba Joe y una música que parecía provenir del vehículo y que a él le gustaba mucho.
I’m going down in Lucky Town
down in Lucky Town…
I wanna loose this blues I’ve found
down in Lucky Town…
            Casi lo hizo salir de su escondrijo y proseguir su camino tranquilamente, no podía haber nada amenazador en aquella canción maravillosa… Además invitaba a echar a andar.
-O quizá es solo un truco para hacer salir al conejo de su madriguera… -pensó en voz baja Joe. Los acontecimientos se desarrollaban sin el menor sentido, podría haber seguido su camino igualmente y no hubiera pasado nada. Black se avergonzaba de ser tan cobarde, pero por otro lado… Nadie lo veía allí, medio inclinado entre los matorrales, al otro lado de la cuneta que separaba el bosque de la carretera. La colilla le quemó los dedos índice y anular de su temblorosa mano derecha. –¡Mierda! –Masculló, tiró el cigarrillo y lo aplastó con el tacón de sus botas de cowboy. En ese momento el coche pasaba frente a él.
La música del Mustang estaba endemoniadamente alta dado que Joe la oía bastante fuerte y todas las ventanillas estaban subidas. Dentro, el vaho de los cristales no dejaba distinguir las formas del conductor, copiloto y demás pasajeros, si los había. Parecía un coche fantasma, abandonado, navegando a la deriva por aquella carretera, lleno de humo y sombra. Suponía que alguien debería conducirlo dado que se movía a una velocidad moderada, ciertamente lenta. Pronto pasó de largo, aún se la oía.
I been long time walking on fortune’s cane
tonight I’m steppin’ lightly and feelin’ no pain…
            Llegó el solo y todavía no desaparecía en el silencio de la noche. Joe se preocupó, no sabía qué hacer. Si todavía se le oía significaba que el vehículo andaba cerca. Pasaron largos segundos con la respiración entrecortada, la canción seguía. Empezaba a sentir un frío atroz que le recorría el cuerpo entero. Algo andaba mal, él lo sabía. Al llegar el estribillo de nuevo,
I’m goin’ down in Lucky Town
down in Lucky Town…
se incorporó, salió un poco de entre las yerbas y miró hacia su izquierda, por donde el Mustang debería de seguir su camino. Sin embargo, efectivamente, estaba parado a pocos metros.
I gonna lose these blues I’ve found
down in Lucky Town…
down in Lucky Town.

Miraba sus luces rojas con los ojos como faros, no lograba entenderlo. Qué buscaba aquel Mustang en aquel descampado, a las tantas de la madrugada, a apenas un quilómetro de Madison Garden y a dos de Yorkside. A Joe no le cabía ninguna duda, lo buscaban a él y para nada bueno.
De golpe, se abrieron las cuatro puertas del vehículo a la vez, violentamente, y el estribillo sonaba ahora de forma atronadora. Era imposible que los altavoces soportaran ese estruendo sin reventar, casi ensordecía a Joe, que parado a unos siete metros, le temblaban las piernas. El miedo lo invadía y casi no conseguía ni parpadear. Los brazos le pesaban como dos fardos de cemento, como en las pesadillas, no tenía fuerza para moverlos, ni siguiera para frotarse los ojos y decir –Esto no tiene ningún sentido… -Estaba paralizado.
Del Mustang, emergieron cuatro individuos que Joe conocía bien. Todos tenían la misma altura, exactamente la misma, y no podía distinguir sus ropas por la oscuridad de la noche. Pero sabía perfectamente quienes eran y lo que querían. Black no se demoró más tiempo. Tomando toda la fuerza de su corazón tembloroso y de su instinto de supervivencia, salió corriendo con la esperanza de que la oscuridad del bosque lo protegiera. Pasara lo que pasara, no debían encontrarle bajo ningún concepto.
¿Pero cómo sabían aquellos que Joe estaba allí? ¿Por qué lo sabían siempre? Habían parado el coche a pocos metros y sin duda ahora saldrían a buscarlo. Suponía que él no era el único con ese sentido arácnido, que ellos también lo tenían y esa noche se habían propuesto, por fin, darle caza. Quizá estaba corriendo en dirección a su trampa, a la telaraña de sus enemigos, pero eso no podía asegurarlo. Lo mejor sería que no lo atraparan. Afortunadamente, había sido más listo que ellos escondiéndose antes de que lo vieran… si es que en realidad no lo habían visto. Ellos ven muchas cosas y Joe lo sabía.
Corría y corría a todo pulmón, el aire circulaba a duras penas por entre sus cavidades taponadas, poco acostumbradas al ejercicio físico. Por lo menos, el sopor de la borrachera parecía haberse disipado y tenía todos los sentidos completamente despiertos. Pendientes del entorno, de cada sonido. Pero la oscuridad era muy tupida dentro de la arbolada y Black no vio la raíz que lo haría tropezar y caer de bruces en el suelo, dejándose parte de la piel de la barbilla que comenzó a sangrar. Habría recorrido unas decenas de metros y no se oía nada, solo el ulular del viento agitando las copas de los árboles a su alrededor. Por lo menos, no se había hecho demasiado daño, la tierra estaba blanda por las lluvias de los días anteriores y albergaban un olor a húmeda madreselva que, extrañamente, tranquilizaban a Joe. Se quedó ahí tirado, quieto, tomando aire. Quizás todo había acabado ya.
I’m goin’ down in Lucky Town
down in Lucky Town…
            -Pero qué diablos…
Otra vez esa música atronadora, sin duda deberían de estar muy cerca. Había sonado de repente, perturbando el silencio del bosque de Nueva Inglaterra. No entendía cómo el coche había logrado introducirse por entre los árboles, pero poco importaba aquello, esas gentes eran capaz de cualquier cosa. Fueron los mismos que se llevaron a su madre, a su padre, Joe lo sabía bien, y ahora venían a por él.
Pese a todo, corrió. Se levantó de un salto y salió disparado como la bala perdida de un winchester. Pero a pesar de sus esfuerzos, por mucho que corriera, la música sonaba cada vez más y más cerca. A punto de atraparlo por la espalda, de echarle el lazo por encima de los hombros y de caer al suelo como el venado de un rodeo, aunque pocas veces había ido a uno.
Black huía de su destino en medio de la noche oscura del bosque. Una gota de sudor le bajaba de las sienes hasta la barbilla, se fundía con la sangre de la herida recién abierta, escocía y fertilizaba el suelo al caer. Los ojos se le llenaban de lágrimas en ese trance y gritaba a todo pulmón.
-¡Dejadme! ¡Qué queréis de mí! ¡Socorro! ¡Socorrooo!
Pero nadie escuchaba excepto sus perseguidores, que ni siquiera contestaban a sus aullidos. Joe se sentía ahogado, no solamente por el cansancio sino también por encontrarse así, corriendo como una rata entre un laberinto de maderos que pretendían cortarle el paso, hacerle la zancadilla, atraparlo. Así que se sintió tranquilo cuando consiguió salir de la arbolada y se adentró en un campo de labranza, despejado. En el cielo miraban el espectáculo las estrellas hirientes y la luna con una sonrisa de medio lado. Black odiaba a todos aquellos astros, culpándoles de su cruel destino, de que no le echaran un necesitado cable.
Al cabo de unos cuantos metros más, se detuvo en medio del área. Apoyó ambas manos sobre las rodillas y respiró con mucha dificultad. El corazón iba a salírsele del pecho, subir por la garganta para reventar contra el suelo de terracota. No podía más, estaba fundido. En el colegio nunca había sido de los buenos en gimnasia, no había sido bueno en nada. Los niños siempre se reían de él.
-¡Joe es un mariica! ¡Joe es un mariica!
-Dejadme, chicos, en serio, ¡no tiene gracia!
-¡Joe el mariica! ¡Tu madre es una puuta! ¡Tu padre un hijopuuta! –Los niños lo rodeaban en círculo en el campo de béisbol. Siempre que intentó plantarles cara había salido mal parado. Cuando le contaba a su padre, llorando, lo sucedido, este le decía lo mismo que los demás críos.
-Joe, tienes que ser un hombre y plantarles cara… ¡qué diría tu pobre madre si te oyera lamentarte como una niña..! Ay, Molly, cuanto te echo de menos… -y se sacaba otra cerveza del frigorífico. Joe no sabía que habría dicho su Molly respecto a ese asunto, tampoco podía contar con el consuelo de ella. A partir de algún día como ese, Joe dejó de ir al campo de béisbol, al de fútbol y a la escuela. A su padre no le importó lo más mínimo, aquellas cosas no servían para nada. Lo importante era el trabajo, al menos, cuando lo había. El pequeño de los Black se pasaba las horas frente al televisor. Su programa preferido era The Amazing Spiderman.
Cuando tomó un poco más de aire, haciendo esfuerzos para no caer de rodillas en el suelo, prestó atención. La música no se oía a sus espaldas, por eso había parado. Ni siquiera el sonido del viento, el silencio era tan atronador que estremecía al cuerpo entero, sudoroso y agotado. Buena señal, volvió a sentirse extrañamente tranquilo. Su sentido arácnido le decía que no conseguirían atraparlo, que de algún modo u otro conseguiría escapar de sus sombríos perseguidores. Todos, todos creen que Joe es estúpido, pero están muy equivocados…, pensaba.
Se sintió más recuperado y volvió la vista, aún preocupado, por encima del hombro izquierdo. Efectivamente, no había nada. Puso los brazos en jarras e intentó serenarse. Quizá todo aquello fuera solamente producto de su imaginación alocada, de una vida demasiado solitaria y alcohólica. Quizá era el momento de plantearse las cosas de otra forma. A sus veinticinco años, Black no había hecho otra cosa que perder el tiempo. Aún le quedaba el suficiente como para tomar el camino correcto. Joe miró al firmamento y le dijo:
-Te prometo que voy a cambiar de vida… a partir de ahora mismo. ¡Como mi nombre es Joe Black! Debes saber: yo siempre cumplo mis promesas… -aunque nunca le había prometido a nadie nada, ni siquiera a él mismo. Joe también se daba cuenta de eso pero, de todas formas, se sentía un hombre nuevo. Sentía que aquello iba en serio, que era verdad.
Sabía también que aquellos cuatro seres eran simplemente producto de su imaginación alocada, un tanto enferma. Tantas veces había soñado con ellos, incluso los había visto en ocasiones, en todas ellas, cuando estaba solo. Aquellas formas eran altas y oscuras, tenían forma de personas pero nunca conseguía distinguir ningún rasgo humano en ellas más allá de la silueta. No entendía el motivo de todas midieran lo mismo y de que fueran siempre cuatro, pero en fin, le daban mucho miedo. Hasta ese día, no lo habían perseguido, él huía y ellos se quedaban allí. Pero ahora era diferente.    Sin embargo entendía perfectamente que, para ahuyentarlas, solo tenía que cambiar de hábitos. En muchas ocasiones había oído en la televisión que esas alucinaciones eran comunes entre los borrachos o los adictos a cualquier droga. No quería acabar en un asilo, no antes de tiempo, así que decidió racionalizar sus miedos y volver a girarse.
No había nada en la lejanía, por ninguna parte, ni a derecha ni a izquierda, ya había pasado. Todo normal, árboles, campos, cerros, oscuridad y las pocas luces de Madisongarden hacia el oeste. En cuestión de media hora podría estar en su cama si se daba prisa y empezar a pensar allí en la vida futura que lo esperaba. Más tranquilo, sacó su paquete de Chesterfield que, pese a todo, no se le había caído de los bolsillos de la cazadora durante la carrera, tampoco el mechero.
Sin duda era una noche preciosa. Unas pocas nubes surcaban el cielo de otoño, se movían rápidamente porque eran delgadas y vaporosas. Su transitar era más perceptible cuando pasaban por delante de la luna. Joe estaba fascinado frente a los pequeños regalos de la naturaleza. En su resaca, le parecía un error que el hombre recurriera a determinadas substancias para alegrarse la vida, cuando ya tenía toda aquella belleza en torno suyo. La música no se escuchaba ya más por ninguna parte.
-¡No volveré a escuchar a Bruce Springsteen en mi maldita vida!- rió Joe de corazón ante su pequeña broma, mirando al cielo de New Hampshire. La luna lucía resplandeciente y las estrellas eran tan bellas que.
El pie derecho de Joe no encontró apoyo y el cuerpo se le fue hacia delante. Cayó de bruces y, en vez de contra el suelo, se estrelló contra el vacío. Apenas había conseguido enderezarse y caer de pie. Estiró las manos e intentó agarrarse a la pared resbaladiza, que subía y subía, llena de piedras, que le arrancaron de cuajo varias uñas de las manos, siempre demasiado largas. El dolor era insufrible y, además, tuvo tiempo de reparar en él antes de llegar al fondo.
Violentamente, chocó contra el fango hundiéndose hasta la cintura. Partiéndose la columna o por lo menos la cadera, no sabía. Joe estaba confuso. Se había precipitado varios metros en lo oscuro y se encontraba aturdido. El dolor era cada vez más intenso y generalizado. Las manos le sangraban rabiosamente y un hilo de sangre caliente le brotaba de la comisura derecha de la boca, resbalaba por el cuello y le ensuciaba la su única camisa a cuadros. Se había reventado por dentro.
Joe sabía que aquel era el fin. Un último escalofrío de su sentido arácnido se lo advirtió. Además, en aquella cavidad había bastantes telarañas que daban fe de ello. Se propuso cambiar de vida, se lo prometió y, al fin, lo consiguió más pronto que tarde. La vida iba a volverse en muerte. Intentó mascullar algo pero fue inútil, el daño era tan fuerte que no podía articular palabra, solo gemir y aullar calladamente, escupir sangre y vísceras.
Pero cabía la esperanza de que lo encontraran. Pronto sería de día y quizá el propietario de aquel terreno lo encontraría a la mañana siguiente… Sin embargo estaba solo en aquel escándalo que formaba con sus lamentos, en aquel pozo.
Bueno, no estaba solo del todo. En torno suyo, sintió unas manos heladas que lo apretaban, que lo agarraban del cuello y de los hombros. Eran ellos.
I’m going down in Lucky Town
down in Lucky Town…
            La música surgía de entre las telarañas, de las paredes, de las formas oscuras que lo empujaban al fondo, de la luna que lo miraba en lo alto con una sonrisa torcida. Comiéndoselo, provocándole un dolor horrible, estrujándolo como a una botella de plástico. Joe aullaba e intentaba zafarse de aquellas formas que iban sumergiéndolo en el lodo, en la ciénaga que había generado la lluvia durante aquellos días. Antes de que la tierra llegara a su boca, Joe Black gritó con las últimas fuerzas que le quedaron:
-¡Por qué! Oh, dios mío, ¡¡por qué!! ¡¡¡POR QU…!
I gonna lose these blues I’ve found
down in Lucky Town…
baby, down in Lucky Town.

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