
Despreocupado lector:
Sin juramento me podrás creer que quisiera que este trabajo, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y el más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir al orden de la naturaleza, que en ella cada cosa engendra su semejante. Y así, ¿qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío sino la monografía de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cuarta, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?
El sosiego, el lugar apacible, la amenidad del claustro, la serenidad de la biblioteca, el murmurar de los pasillos, la quietud del espíritu son grande parte para que las musas más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos a la academia que la colmen de maravilla y de contento. Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos por agudezas y donaires. No quiero irme con la corriente del uso, ni suplicarte casi con lágrimas en los ojos, como otros hacen, lector carísimo, que perdones o disimules las faltas que en este mi hijo vieres. Todo lo cual te esenta y hace libre de todo respecto y obligación; y así, puedes decir de la monografía todo aquello que te pareciere, sin temor que te calunien por el mal ni te premien por el bien que dijeres della.
Solo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de portada, ni de la inumerabilidad y catálogo de los acostumbrados glosarios, citas y notas al pie que al cuerpo de los trabajos suelen ponerse. Porque te sé decir que, aunque me costó algún esfuerzo componerla, ninguno tuve por mayor que hacer esta adaptación que vas leyendo. ¡Que el cielo depare quien la adorne de tantas cosas como le faltan! porque yo me hallo incapaz de remediarlas, por mi insuficiencia y poca escuela, y porque naturalmente soy poltrón y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos.
En resolución, no habría más sino que yo procurara nombrar estos nombres, o tocar estos trabajos en el mío. Pues ese mismo abecedario pondría yo en mi trabajo; que, puesto que a la clara se viere la mentira, por la poca necesidad que yo tuviere de aprovecharme dellos, no importe nada; y quizá alguno hubiere tan simple que creyere que de todos me haya aprovechado en la simple y sencilla monografía mía; y cuando no sirviere de otra cosa, por lo menos serviría aquel largo catálogo de autores para dar autoridad al trabajo. Y más, que no habría quien se pusiere a averiguar si los siguiere o no siguiere, no yéndole nada en ello.
Cuanto más que, si bien caigo en la cuenta, este mi trabajo no tiene necesidad de ninguna cosa de aquellas que vos decís que le falta, porque todo él es una invectiva contra los trabajos de filologías, de quien nunca se acordó Cortázar, ni dijo nada Dostoievski, ni alcanzó Cervantes, ni caen debajo de la cuenta sus fabulosos disparates las puntualidades de la verdad, ni las observaciones de la filosofía; ni le son de importancia las medidas geométricas, ni la confutación de los argumentos de quien se sirve la retórica; ni tiene para qué predicar ninguno, mezclando lo mundano con lo aburrido, que es un género de mezcla de quien no se ha de servir ningún profano entendimiento. Solo tiene que aprovecharse de la imitación de lo que fuera leyendo; que cuanto a ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que escribiere. Y, pues, esta mi escritura no mira a más que a deshacer la poca autoridad y ninguna cabida que tienen en el mundo y en el vulgo los trabajos de filología, no hay para qué andar maltrayendo sentencias de filólogos, consejos de la Real Academia, fábulas de profetas, oraciones de metódicos, milagros de santos, sino procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga mi renglón y período sonoro y festivo, pintando, en todo lo que alcanzare y fuere posible, mi propia intención; dando a entender mis conceptos sin intrincarlos y escurecerlos.
Procurando también que, leyendo esta monografía, el ignorante se mueva a la poesía, el pensante la reinterprete, el simple se enfade, el discreto se admire con la lectura, el grave quizá la desprecie y el viviente no deje de alabarla. En efecto, llevo la mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos filologuescos trabajos, aborrecidos de tantos y alabados por bastantes menos, que si esto alcanzare, no hubiere alcanzado poco.
Con silencio grave he estado leyendo lo que un amigo escribía, y de tal manera se imprimieron en mí sus razones, que, sin ponerlas en disputa, las aprobé por buenas y de ellas mismas quise hacer este Manifiesto Quijotesco, en el cual verás, lector suave, la discreción de mi amigo, la buena ventura mía de hallar en tiempo tan necesitado tal consejero, y el alivio tuyo en hallar tan sincera y tan sin revueltas la filología deste notable escribidor, de quien hay opinión, por los pocos habitadores del distrito del campo de las Letras, que fue el más casto enamorado y el más valiente literato que de muchos años a esta parte se vio en aquellos contornos.
Y con esto, Dios te dé salud, y a mí no olvide. ¿Vale?
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