El Olivo literario

Prólogo a la (vigésimo)segunda edición de Proso modo

La primera vez que pasé por El Olivo fue montado en una moto de paquete. Conducía un chico de Tarragona, de una familia muy conocida en la ciudad, casi tan alocado como yo entonces. Íbamos a algún lugar en concreto que ya no recuerdo y pasamos por allí para satisfacer nuestro capricho. Apenas recuerdo las calles estrechas de aquel poblado chabolista muy cerca del centro de la ciudad, que me recuerda a las ahora carísimas chabolas de El Carmelo de Barcelona, las cuales también conocería en otra ocasión.

El chico murió en un accidente de tráfico años después. Volvía de la discoteca Florida o de algún lugar similar por la autopista A-2 y su coche se estrelló contra el peaje. Quizá iba pasado de alcohol y drogas o simplemente se durmió, o las dos cosas. Por aquel entonces, yo hacía tiempo que ya no me juntaba con él y nuestra amistad adolescente había quedado para saludarnos de noche de fiesta, si es que se daba la ocasión.

Cuando el accidente, yo casi había olvidado El Olivo. Sólo me acordaba cuando a veces transitaba la carretera que subía desde el centro, pasando por el cementerio municipal hasta el barrio de San Pedro y San Pablo, donde vivía mi abuela. Caminando me ahorraba el dinero que costaba el autobús y para distraerme me daba por mirar a una carretera zigzagueante que subía y subía hacia la nada por un cerro imposible hacia El Olivo, donde vivían gentes sin apenas luz o agua corriente, es decir: problemas. Pero el pensamiento duraba apenas un instante, el leve zumbido de mi amigo y yo en la moto yendo hacia algún lugar irrecuperable es lo único que quedaba en mi memoria.

Pensaba que así sería para siempre, pero las casualidades de la vida me llevaron a El Olivo de nuevo, esta vez, a través del libro Proso Modo de mi amigo Juan Carlos Elijas Escorihuela. Las veleidades artístico-literarias de mi adolescencia me llevaron a estudiar la carrera de literatura, como antaño hiciera mi amigo -conocido por todo Tarragona como- Charli. He acabado dando clases en un instituto del centro de la ciudad donde coincidimos Juan Carlos y yo. La conjunción de los astros fue perfecta. Ya los entes del bajo astral, los dioses menores de la literatura tarraconense, me habían hablado de Elijas y de un posible acercamiento al que no le di mayor importancia. Amigos comunes me habían hablado de un profesor de Tarragona que escribía y dirigía obras de teatro para alumnos, era buen fajador para el güisqui y amigo de intelectuales como Manolo Fuentes, gran estrella del firmamento levantino que yo llamé como El profesor azul…

El primer día que coincidimos Juan Carlos y yo nos fuimos a tomar un par de cervezas antes de comer. Al medirnos los trajes del alma comprobamos que llevábamos los dos la misma talla. A pesar de la diferencia de edad que nos separa, él una generación entera mayor que yo, nos une el mismo amor puro y fehaciente por la literatura, por la palabra escrita, por la expresión verbal sofisticada de lo inenarrable, dicho grosso modo.

En una de las muchas veces que coincidimos, tuvo a bien regalarme-venderme un par de sus libros Delfos, me has vencido, obra que he leído prácticamente en su totalidad y Padre polvo, concepto al que Elijas no pierde la ocasión de referenciar cuando el calor de la conversación lubrica su locuacidad. Hace poco tiempo, cuando le hice notar lo mucho que le gustaba la idea de las raíces, del arraigo, del polvo-padre del que venimos y a donde iremos, me confesó que lo tomó de un poema del gigante César Vallejo.  

Elijas es un flâneur en Tarragona. En alguna ocasión, entre clase y clase, hemos ido a pasear sin rumbo fijo por el casco milenario de la ciudad. Una vez visitamos las ruinas del Foro y se detuvo a hablar con el conserje de la puerta, quien le preguntó por la familia. Entre los arcos de medio punto que antaño cobijaban las tabernas y lupanares, los ojos de Juan Carlos parecían esbozar una lágrima de emoción que nunca ha de caer porque no es de los que lloran delante de nadie -y por eso arrastra, como yo, una singular melancolía que Víctor Hugo llamaría “la felicidad del triste”. En otra ocasión acudimos a la librería Nautilus donde se venden camisetas friquis, libros de segunda mano de editoriales grandes, objetos imposibles rescatados como pecios de la historia: máquinas de escribir, mapas antiguos como de la isla del tesoro, artilugios inservibles. También se detuvo Charli a departir con el dueño del establecimiento. Una tarde, a la salida de una reunión, compartimos unos vinos cerca de la biblioteca municipal y hubiéramos compartido muchos más si no fuera por las circunstancias extraliterarias como el trabajo, la hipoteca y la familia, quienes en verdad nos sustentan de pie.

Fue entonces cuando me comentó que estaba corrigiendo las galeradas de un libro en prosa que había escrito, que ya no era poeta y que por eso lo odiaren los demás poetas, por haber faltado a los principios, etc. El relato era parecido a cuando Dylan abandona la acústica del folk-music para agarrar la guitarra eléctrica y cantar las mismas letras con una base de rock-music, lo cual iba a revolucionar el concepto que en los sesenta se tenía del género rockanrolero: bugui-bugui, mueve tu culo, I love you, nena, yeah, yeah.

Juan Carlos me contaba todo esto sonriéndome y mirando con los ojos entrecerrados, como hace siempre. Su porte achatado y robusto recuerda a los nobles campesinos castellanos y aragoneses que antaño retratara Washington Irving en sus viajes por la península: ventrudo, fuerte de piernas, recio de espalda, frente que despejaron los años. Cuando hay tensión en el ambiente, saca un chistecillo de su morral y todos sonríen. Quiere que no se le tomen mucho en serio, pero participa en proyectos de importancia. Intenta dejar su nombre rubricado en la historia de la literatura y puede que lo consiga, como puede suceder con cualquier juntaletras. Él lo sabe y sonríe melancólicamente cuando piensa en las cosas que lo preocupan, motor continuo de su prosa y su poesía.  

Un libro sobre la amistad

Proso Modo, Reino de Cordelia, 2023, 378 págs., es la historia de Jordi Coboia, alter ego del autor -si es que un “yo” es posible-, el cual nos cuenta su día a día en El Olivo durante la época del confinamiento en el año 2020. A contragolpe, Coboia va escribiendo un diario de confinamiento, casi como un juego, como el que no quiere la cosa. Estas prosas, o prosos, van tomando forma de novela, o de nivola, a medida que la trama va avanzando. Paula, la hija de Coboia, realiza un curso de creación literaria que sirve de aporte teórico al libro: cuando en el curso se estudia la descripción, en la obra abundan las descripciones. Elijas reflexiona sobre la propia creación literaria a medida que crea una creación literaria sobre un presonaje que crea una creación literaria. Como ya hiciera Cervantes y profundizara Unamuno, Coboia explora a través de su personaje un terreno intermedio donde operan la realidad y la ficción en el andamiaje de la vida.

Otro de los núcleos temáticos es el de la relación entre Cataluña y España a raíz de los acontecimientos del llamado procés, ese momento cuando Puigdemont proclama la República Independiente de su Casa durante unos segundos, para luego huir en el maletero de un coche por Andorra. Proso Modo es una novela catalana escrita en español donde aparecen personajes que alternan el castellano y el catalán indistintamente, donde unos son de centro y otros fervientes nacionalistas. A través de los diálogos, que tanto le deben al teatro, género que Elijas domina, los personajes desarrollan una conversación coral que parece querer representar las distintas posturas políticas que operan en El Olivo y, por extensión, en la Cataluña actual en general.

Pero sobre todo, Proso modo es un libro sobre la amistad, sobre la hermandad de una arcadia escondida entre los matorrales de Tarragona, donde viven en armonía okupas y propietarios, donde todos tienen voz y voto y donde nadie queda excluido en este margen del mundo. Hasta los autores más grandes, y Juan Carlos Elijas es uno de ellos, practican el arte de Escribir para los amigos. Los vecinos de El Olivo tomarán la palabra para narrarnos historias al modo boccaciano. La Cornucopia, El Chivatazo de la Suegra o La Celestina de Argel son algunas de las más inolvidables. Quien haya visto la película no podrá dejar de acordarse de Amanece que no es poco, cuando la trama camina por la cuerda floja del disparate y del absurdo sin red y… sin caerse.

El Olivo es un lugar histórico donde se sucedieron una de las luchas más sangrientas en la defensa del fuerte cuyas ruinas se encuentran todavía hoy. Durante la Guerra de la Independencia, mal llamada Guerra del Francés -como si fuera a haber algún día una verdadera Guerra de la Independencia en Cataluña-, El Olivo fue uno de los puntos clave durante el sitio de la ciudad de Tarragona en 1811. La casa de Coboia queda donde estaba el polvorín y sospecho que la de Juan Carlos Elijas no andará lejos. Jean Baptiste-Salme es el fantasma que nos hará de cicerone en esta tierra regada con sangre.

La falta una estructura clara, de un leitmotiv, de la diégesis, son en el fondo aciertos en la concepción que el autor tiene de la obra, de la literatura y de la vida en general.

El Olivo centenario es desde ahora tierra mítica en el imaginario literario de Tarragona, donde habita en armonía Jordi Coboia, alias Juan Carlos Elijas, de quien sus amigos esperamos inmortales prosas en el futuro y una cerveza a la sombra del terebinto.   

Proso Modo, Juan Carlos Elijas, Reino de Cordelia, 2023, 378 págs.

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