Nota del autor: Este capítulo corresponde al final del relato El último día en la URSS. Si no has leído los capítulos anteriores, dejo aquí los enlaces de esta historia que tanto he disfrutado escribiendo:
4. El último día en la Unión Soviética
La tarde transcurrió sin grandes incidentes. En los días más trascendentales de nuestra vida parece que no pasa nada. Pronto se hizo de noche y el frío comenzó a arañar el cristal de la ventana cerrada. Era imposible salir a la calle en un día como aquel, en un país como la URSS, a esa hora de la tarde. Andréi estaba sentado junto a la ventana mirando los pocos vehículos que iban y venían al otro lado del cristal, pensativo y triste.
-Ahora vuelvo. -dijo Natalia- Voy a dejar a Nicolai con Sasha y los otros.
El pequeño Alexander, Sasha, y los otros niños vivían en una de las viviendas del condominio con sus abuelos, la familia Rostov. Los Rostov habían sido nobles en el tiempo de los zares pero ahora ocupaban un cargo de importancia dentro del Partido. Entre otras sutilezas, la casa, aunque en metros era igual que la de ellos, contaba con teléfono y televisor, lo cual constituía un verdadero lujo en aquella sociedad estoica.
Nicolai oyó los pasos de su mujer y su hijo alejándose por el pasillo, camino de la puerta, y suspiró. A pesar de sentir un leve temblor en su corazón, se mostraba tranquilo. Bajó la mirada y reparó en el libro que tenía en las manos, un clásico de la lengua y la literatura española que andaba leyendo aquellos días: La vida es sueño.
“Qué es la vida, un frenesí
qué es la vida, una ilusión
una sombra, una ficción
y el mayor bien es pequeño
que toda la vida es sueño
y los sueños, sueños son.”
Leyó Andréi en ruso y, como se sentía tan identificado, reflexionó sobre el personaje. Segismundo había desperado, en aquella parte del libro, encerrado en la torre que casi lo había visto nacer, sin más compañía que las cadenas que lo sujetaban a la pared como a un animal; pero había estado en otro estado más benigno antes de quedarse dormido por el efecto del somnífero que le administran sus carceleros. El héroe piensa que sus vivencias en palacio fueron un sueño, aunque fueron en realidad ciertas, pero no lo sabe.
Pasó un tiempo indeterminando en el que Andréi le dio vueltas a la cuestión de la vida y el sueño en la deliciosa traducción de la obra de Calderón que manejaba. Al fin y al cabo, su sueño de salir de la URSS se había venido también abajo y se había despertado en aquella torre de cemento. Por lo menos tenía cerca a su mujer y su hijo, a quienes tanto quería. Andréi recordó que había escogido aquella obra del barroco español del siglo XVII porque quería entender la cultura del país que lo iba a acoger, y el destino quiso que corriera la misma suerte que aquel personaje desdichado de la Vida es sueño.
En aquellas disquisiciones, se oyó la puerta. Era Natalia que entraba en la habitación trayendo un leve olor a incienso que venía del corredor. Sin decir nada, se dirigió hacia la habitación. Sus pasos ligeros se perdieron detrás de la puerta del dormitorio, que se cerró. Andréi volvió a levantar la mirada del libro, esta vez sin pensar en nada. Los ojos se le llenaron de lágrimas dulces mientras la última luz del sol se perdía en el horizonte.
-Date la vuelta. -dijo Natalia, y Andréi así lo hizo. Lo que vio lo dejó perplejo. Natalia estaba completamente desnuda, de pie, sobre la alfombra del salón. Y estaba preciosa.
Para ser una mujer, Natalia tenía los pies un poco grandes. Nunca se pintaba las uñas y por eso sus dedos parecían hechos de mármol blanco. No había venas como arañas que perturbaran su piel delicada, sus dedos largos y sus tobillos un poco anchos, demasiado fuertes, herencia de una abuela del Cáucaso acostumbrada a caminar por la nieve. Natalia se sentía acomplejada por aquellos pies y, cuando habían ido al mar en los pocos meses de verano, los escondía dentro de la arena para que nadie, ni siquiera Andréi, pudiera verlos. Pero a él le encantaban sus pies desnudos porque formaban parte de ella.
Sus piernas, sin ser demasiado largas, estaban bien torneadas. Las varices no habían hecho aparición en aquella carne joven y blanca, que se mantenía pura como la nieve intacta. Sobre el muslo derecho, donde empezaban las curvas de su trasero, su naturaleza había dibujado un lunar marrón sobre la piel. Andréi pensaba en las veces que había besado aquel lunar del que Natalia se sentía tan orgullosa. Siempre que lo hacía, ella se estremecía y arqueaba la espalda con placer diciendo palabras de amor.
Su vientre era recto y firme, pero no se adivinaba debajo de la piel nada de músculo, como si no fuera por dentro como el resto de las personas sino hecha de un material divino que sólo había tocado él en todos los años que habían compartido. Sus pechos eran pequeños y tersos, conservaban cierta dureza que no habían perdido después de ser madre. Le gustaba cuando Andréi los apretaba entre sus manos y lamía la aureola de aquellos senos de diosa griega. Un poco más arriba encontraba su cuello largo y elegante y, por encima de este, una sonrisa pícara, que le recordaba tanto a aquella actriz soviética que a ellos les gustaba tanto y de la cual habían visto todas sus películas.
Su nariz, aunque un poco grande, era un triángulo perfecto que daba elegancia y geometría a su rostro delgado, a sus mejillas altas y a sus ojos verdes que eran grandes incluso cuando sonreían. Su pelo era espeso y suave, con un flequillo que tapaba una frente alta. Andréi la quería, la deseaba, la amaba con toda la fuerza de su existencia, las palabras se agolpaban en la boca y no era capaz de pronunciar ninguna porque su belleza le parecía una cosa fuera del mundo. Cómo había podido trazar un plan de fuga sin contar con ella, cuánto la echaría de menos en adelante, qué estúpido había sido.
Natalia se acercó y se sentó, desnuda como estaba, sobre sus rodillas. Se besaron en los labios y ella empezó a desabrochar los botones de la ropa de Andréi, con agilidad acostumbrada. Él acariciaba con suavidad su cuerpo, repasando todas las líneas de su figura con la yema de los dedos, desde los pies hasta la punta de la nariz, recorriendo con el tacto todo lo que antes había admirado con la vista. Desapareció el piso de cemento sobre el suelo helado de la madre patria y los dos se trasladaron, en un sueño, junto a aquella playa donde se amaron hacía años, antes de que Nicolai fuera siquiera un proyecto, en aquellos días de verano tan cálidos que parecían un milagro. Andréi no quería abrir los ojos mientras la besaba para no verse en su torre, sino en aquella playa donde una vez habían sido más jóvenes y libres. Cuando estuvo desnudo, cayeron al suelo junto con el libro que antes estaba leyendo y se derramaron sobre la alfombra floreada y oscura que los protegía del suelo de la estancia. Se amaron durante un tiempo imposible de cuantificar porque no sucedió en un momento concreto, sino que fue la suma de todas las veces que habían hecho el amor alguna vez, desde la primera a esa última. Ambos gritaron y golpearon el suelo sin importar que los vecinos los oyeran.
Tal y como empezó, el sueño se terminó de pronto para ambos, y quedaron exhaustos y desnudos mirando a la vieja lámpara soviética que coronaba el techo del pequeño salón.
-Eres maravillosa. No sé en qué estaba pensando. Me arrepiento tanto, Natalia…
Sin decir nada, ella se levantó del suelo y se dirigió a su habitación contoneando su estrecho trasero blanco a cada paso. Andréi la hubiera amado de nuevo, pero sabía que eso no sucedería otra vez. Recogió su ropa interior y se puso también los pantalones, dejando el sudor de su torso delgado comenzara a secarse solo al aire de la habitación. De la mesita cercana tomó su paquete de cigarrillos y encendió dos. Al cabo de un momento apareció Natalia, vestida con camisón blanco bajo una bata de lana azul, y tomó el cigarrillo que su marido le tendía. Ambos se sentaron en el suelo, con el cenicero a sus pies descalzos, fumando en silencio mientras la radio sonaba muy baja.
Se quedaron sentados sin decirse nada mientras el Coro del Ejército Rojo ejecutaba en el viejo transistor su versión del Bella ciao en un tono casi imperceptible para ellos. No hacían falta más palabras para quienes habían vivido tanto tiempo juntos, con la simple manera de cogerse la mano podían hablar con el otro sin tan siquiera mirarse a los ojos.
-Hiciste lo que creíste que era mejor, Andréi, no te culpes. Te quiero. Siempre te querré.
De repente, atronó el timbre de la puerta y ambos se sobresaltaron. Natalia corrió a ponerse unas zapatillas y atarse la bata y Andréi recompuso su camisa y encontró sus zapatillas cerca porque ella las había traído de la habitación. Se quedó de pie en medio de la habitación, paralizado por un miedo indescriptible que poco a poco comenzaba a crecer detrás de la puerta de su casa, habitado desde ahora por el fantasma de la eterna sospecha. ¿Alguien se habría enterado de sus planes? ¿Qué sería de él si lo descubrían?
Prefería no darle demasiadas vueltas y dejar que los miedos siguieran su curso, mañana sería otro día en el que podría trazar nuevos planes y estrategias a partir de lo que había pasado. Quién sabe, puede ser que recibiera alguna buena noticia en los días posteriores y el cambio de planes constituyera una nueva oportunidad para la familia Nicolaiévich. La esperanza era lo último que se perdía y lo único que no había salido de su alma.
El pequeño Nicolai, llamado así por su abuelo, entró risueño en el hogar llenándolo de luz y alegría. Corriendo, como casi nunca hacía, abrazó a su padre y lo besó en las mejillas con su cabello revuelto y un juguete en su mano derecha. Andréi abrazó a su hijo con fuerza, mientras lo besaba a su vez y el olor de su pelo inundaba sus sentidos. Mientras mamá comenzó a preparar la cena, ambos jugaron sobre la alfombra que quizás había engendrado un nuevo hermano para Nicolai, que habría de llamarse Alejandro, como el padre de Natalia. Pero entonces ninguno de los dos lo sabía.
Jugaron, lucharon, cantaron. Desordenaron todas las esquinas de la estancia y corrieron de un lado a otro por la casa. Reían tanto que las lágrimas inundaron los ojos de ambos. Mamá tuvo que intervenir dos veces para que se tranquilizara un poco el juego, que amenazaba con derribar la casa de tanta pataleta y golpe seco y tanta risa estridente. Completamente exhaustos, se sentaron en la mesa del comedor mientras Natalia servía la sopa humeante de una fuente de porcelana con tapadera. Los cuencos se fueron llenando de aquel líquido dorado, como un linimento que habría de sanarlos por dentro.
-No juegues con la comida, Nicolai.
-Déjalo, mujer, no hace daño a nadie.
Todos sorbieron la sopa ruidosamente mientras las agujas del reloj daban vueltas sobre sí mismas señalando la proximidad de la hora siguiente. Sin decir gran cosa, como hacían todos los días, se terminaron su escasa ración y los cuencos y cubiertos fueron retirados. Mientras Natalia recogía, Andréi encendió un cigarrillo y Nicolai jugueteaba con unas migas de pan duro que habían sobrado de la cena. Andréi miraba a su hijo: su melena rubia, sus brazos que un día serían fuertes, sus profundos ojos azul oscuro. Era un niño liso y guapo, podría llegar tan lejos como se propusiera, hasta donde lo dejaran. Andréi enjuagó una minúscula lágrima de orgullo y dio una profunda calada de alivio.
-A la cama. -dijo Natalia al volver de la cocina. El pequeño Nicolai protestó.
-Jugar con papá.
-Dale un beso a papá y a la cama.
Andréi abrazó a su hijo fuertemente sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho. El pequeño le plantó un beso en la mejilla húmeda y se zafó del abrazo de su padre. Luego se marchó alegremente detrás de su mamá, camino de su cuarto, con pasos decididos de guerrero soviético, con los mismos sueños de cosmonauta que había heredado de su mamá. Algún día Nicolai Andreiévich pisaría el planeta Marte, creía.
Andréi se quedó solo un rato. El humo del cigarrillo dibujaba formas que rápidamente se tornaban en otras formas para hacerse al final invisibles. Bajo la luz amarilla de la habitación, fumaba y sus piernas se agitaban obsesa y repetidamente. Sus dedos temblaban levemente, hacía rato que un peso hondo se había instalado en su estómago.
Natalia volvió al cabo de un rato y se sentó frente a él. Estaba tan bella que costaba mirarla a lo ojos sin sentirse deslumbrado. El pequeño Nicolai dormía ya plácidamente.
Estuvieron así, sentados frente a frente en silencio, una hora entera, sin moverse. Al cabo de ese tiempo, se oyeron unos pasos que venían del hueco de la escalera. Eran dos personas, por lo menos, hombres, por el peso de sus cuerpos sobre el piso. Caminaban prácticamente a la vez, como si fueran una pareja acostumbrada a ir juntos a todas partes, y pisaban fuerte. Podía sentirlo en las patas de la silla donde todavía estaba. Los pasos fueron haciéndose más fuertes hasta llegar a la puerta de la entrada. Casi podía percibirse la respiración entrecortada y honda de los individuos detrás de la madera.
Toc-toc-toc. Uno de ellos había llamado con fuerza y decisión, sin tocar el timbre.
-¿Son ellos? -preguntó Andréi.
Natalia no contestó y se echó a llorar. Puso su cabeza sobre los brazos apoyados en la mesa marrón y empezó a sollozar desconsoladamente por primera vez en años. De hecho, Andréi nunca la había visto así, tan abatida y triste, tan desesperadamente rota.
-¿Por qué, Andréi? ¿Por qué lo hiciste?
-Porque te quiero. A ti y al niño. Os quiero con toda mi alma. Daría mi vida por…
TOC-TOC-TOC.
Los golpes sonaron más fuertes y una voz ronca preguntó algo desde el otro lado de la puerta, amenazando la próxima vez con derribarla y formar un escándalo innecesario.
-¿Sabrás perdonarme?
Andréi se puso de pie y la miró en silencio. Los ojos de ella le atravesaban el corazón. Nunca los había visto tan tristes. La dama de hierro nunca había llorado así, jamás.
-No tengo nada que perdonarte, mi amor. Te quiero y te querré siempre. Cuida de él.
-Yo también te quiero, Andréi. Te querré siempre. -dijo ella sin levantarse de la silla.
Con pasos dudosos, se encaminó hacia la puerta por el oscuro corredor de su casa. Sabía que nunca más pondría los pies en aquella torre de cemento y que desde ahora para siempre dejaba lo que hasta entonces había sido su vida, la vida. Pero había sido feliz.
Abrió la puerta y miró desafiante a los dos tipos que lo esperaban al otro lado.
-¿Andréi Nicolaiévich? -dijo el tipo de la izquierda con cara de perro hambriento.
-Este día ha sido feliz. He sido feliz… -dijo Andréi- El último día en la Unión Soviética.
…oooOOOooo…
Nota del autor: Espero que te lo hayas pasado tan bien como yo con este inespetado relato soviético. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Yo quería escribir algo ambientado en la URSS y al final, como ocurre siempre, el relato ha decidido su propio camino. Yo sólo lo transcribí para ti y para mí. Muchas gracias por estar ahí. La lectura es el acto más creativo.
Un abrazo,
El Pobrecito Escribidor









