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  • Discurso de graduación

    Discurso de graduación

    Este breve texto fue leído por el autor de este espacio durante la celebración de la graduación de los alumnos del bachillerato humanístico-social de la promoción 2020-2022. Para que no caiga en el olvido el cariño que nos tuvimos, comparto esta carta de amor a la docencia, al saber, a mis alumnos y alumnas.

    Había una vez una pandemia. Corría el año 2020 y unos cuantos chicos y chicas se dispusieron a enfrentarse a un reto sin precedentes: cursar bachillerato. Habían terminado la ESO en un contexto nunca visto por nadie, ni por alumnos ni profesores.

    Empezaron unos treinta. Algunos de esos chicos se apuntaron porque no sabían qué hacer, otros lo tenían muy claro: criminología, ADE, economía… La mayoría, fue descubriendo su camino poco a poco: turismo, psicología, humanidades, ¡filología!

    Era la clase del bachillerato humanístico-social. Unos estaban allí huyendo de las matemáticas o la química, otros, pese a ser muy buenos en ciencias, amaban las letras; otros amaban las matemáticas y la economía en el social. Cada uno con sus intereses y sueños, con sus filias y fobias, con sus profesores preferidos y sus clases favoritas.

    Conforme avanzaba el curso, algunos se fueron bajando del barco en busca de otros horizontes. “El bachillerato es demasiado difícil” o “Esto no es como la ESO”, eran las frases más habituales. Otros resistieron, siguieron luchando. Cada uno escoge su camino y nadie sabe qué senda es la mejor, pero el mundo es de los perseverantes, de vosotros.

    Al terminar el primer curso, quedaron unos veinte. Han sido unos años locos: clases telemáticas, asignaturas imposibles, profesores despistados (entre los que me cuento); también hubo horas bajas en casa: pérdidas irremplazables, estrés en los exámenes, falta de sentido. Pero también hubo grandes momentos en el instituto: complicidad en las clases, asignaturas fáciles, profesores apasionados (entre los que quiero contarme); y situaciones felices en casa: padres y madres coraje, paciencia infinita, amor incondicional. Como cantan els PETS de Constantí: la vida és bonica, però (a vegades) complicada.  

    Corría el año 2021 y aquellos alumnos del bachillerato humanístico-social ya estaban en segundo. La pandemia amainaba y el ritmo se aceleró. El TREC, los exámenes, la sele. Poco a poco, aquellos chicos y chicas fueron superando los retos, superándose a sí mismos, aprendiendo de las experiencias. Pero lo mejor: siempre fueron amables.

    Es difícil ser cordial cuando las cosas se ponen difíciles. Como tutor de estos dos cursos, todos los profesores han destacado que mi clase era una gozada, un bálsamo entre lo que significa ser profesor de secundaria en el siglo XXI. Siempre me sentí afortunado de trabajar con ellos. Si me quedé un curso más, lejos de casa, fue gracias a vosotros.

    En muchas ocasiones me habéis tocado el corazón con vuestras palabras y manera de ser. Hemos pasado por mucho y hoy hemos llegado hasta aquí: vuestra graduación. Enhorabuena, os lo habéis ganado. 

    Hoy, 21 de junio de 2022, dejo de ser vuestro tutor. Ha sido un gusto, pero el camino no termina aquí. Hoy empiezo a ser vuestro amigo, de aquellos chicos y chicas que una vez decidieron emprender la aventura de cursar el bachillerato humanístico-social en el Andreu Nin.

    Aquí me tenéis para lo que necesitéis. Ha sido un placer haberos encontrado. Un abrazo de libro. Nunca os olvidaré. Os quiere,

    Ricardo

  • El amor de un parásito

    El amor de un parásito

    Vivir es una actividad que implica riesgo y uno de los múltiples peligros implícitos en el arte de estar vivo es que, de vez en cuando, topamos con un parásito. Son esa clase de individuos que solo nos transmiten negatividad, cuya presencia deja una sensación de pesadez en el corazón. A propósito o sin querer, estas alimañas tóxicas pueden minar nuestros sueños y aspiraciones, hay que cuidarse bien de ellos para tener buena salud. En saber detectar sus conductas y en saber cómo evitarlos, trata el breve artículo de hoy.

    Una persona que padece la condición anímica de la toxicidad se distingue por su bajo autoestima, que en ocasiones se muestra como una superioridad exacerbada. Afirman que los demás son mucho peores que ellos y son incapaces de reconocer una cosa buena de quien consideran un enemigo. Esta conducta solo demuestra un gran desprecio por ellos mismos, pero la persona tóxica buscará gente cómplice de sus ideas y pensamientos. Como son flojos, es habitual que se sientan amenazados, por eso es fácil escucharlos hablar mal de alguien a quien consideran enemigo o rival, alguien a quien nunca dirán lo que en realidad piensan, demostrando su debilidad y poco amor propio.

    El simple hecho de estar oyendo el zumbar sobre alguien que no se encuentra en la sala, que quizá no nos haya hecho nada, es signo de que estamos en peligro: la persona venenosa quiere que participemos de su malestar y por eso nos cuenta, como un secreto, lo que piensa sobre otro que no puede defenderse. Es en ese momento donde hay que cortar lo antes posible con la situación, a poder ser, dejando claro que no nos interesan esos temas o que la otra persona no nos ha hecho nada. Debemos conseguir que la persona tóxica se sienta avergonzada de su conducta lo antes posible, si no, caeremos en su juego y nos considerará cómplices de su crítica, asumiendo que pensamos y sentimos igual. Puede ser que consideremos que no es nuestro problema, pero termina siéndolo porque nosotros, un día, de forma inevitable, nos convertimos en el blanco del acoso de la persona parásita. A veces no querremos granjearnos enemigos, pero es mejor ser enemigo, que amigo de una persona tóxica: su amistad acaba resultando muy cara y su veneno acaba doliéndonos. Aunque no hayamos abierto la boca, nos veremos picados.

    Estos invertebrados suelen ser hábiles con la palabra oral y suelen defenderse bien en los dimes y diretes del día a día. De hecho, dedican tanta energía a la palabra vana y están tan atosigados por su bajo autoestima, que no suelen destacar por sus actos. Por otra parte, no hacen casi nada, solo fingir que hacen mucho por nosotros y hacernos sentir que les tenemos que estar agradecidos. Una de las cosas por la que destacan es porque suelen aprovecharse del trabajo ajeno, nunca aplauden los méritos de los demás y, si lo hacen, no es por algo bueno y noble, sino por ser cómplices pasivos de sus libaciones. Con ellos a nuestro lado, parece que nos robaran la poca o mucha suerte que nos tiene reservada la vida y, cuando eso sucede, nos sentimos traicionados por los astros, y no es así. Es la influencia maligna de la persona tóxica que parasita, ociosa, nuestros bienes.

    Lo que hagas bien será gracias a ella; lo que hagas mal será culpa tuya. Este es el máximo pensamiento de una persona venenosa. Nunca, aunque afirme todo lo contrario, irá de cara y te dirá lo que piensa. En todo caso, podrá ejemplos donde dijo lo que pensaba a los demás, pero en realidad solo eran tretas para conseguir sus propósitos. La persona venenosa nunca defiende lo bueno, defiende lo que le conviene y pica donde no puedas matarla. Podrá ser amigo del ser más despreciable de la tierra siempre y cuando lo considere útil o un insecto como ella al cual no pueda vencer. Hay que rehuir por todos los medios la compañía de las personas tóxicas, apartarlas de nuestro lado como a las moscas, poniéndolas en situaciones donde se sientan incómodas: por ejemplo, interactuando con cualquiera que sea capaz de plantarles cara. En ocasiones, esta clase de personas son inevitables porque las encontramos en nuestro puesto de trabajo, ocupando una posición superior a la nuestra. Deberemos, igualmente, defendernos de su nefasta influencia, aunque perdamos la batalla por el camino. De lo contrario, perderemos igualmente, contra el insecto y contra el resto de su enjambre. Son muchos los que han cogido depresiones por estar parasitados por semejantes alimañas.

    Con ellas se produce algo parecido al síndrome de Estocolmo, esa pena que siente la víctima por su agresor. Cuando uno piensa en lo mal que se siente por su influencia molesta, se siente vil en el fondo del corazón, preguntándose si no somos en realidad el problema. Sentimos empatía por la persona que nos hace daño, porque ha conseguido que nos sintamos inferiores, minando nuestras aspiraciones cuando decía animarnos, tratándonos como peldaños para llegar a sus metas, envenenando nuestra sangre. Cuando vemos lo que nos han hecho, suele ser demasiado tarde y es en ese momento cuando nos declaran la guerra. Tienen todas las de ganar, dado que nos conocen bien.

    La persona tóxica se habrá preocupado por saber todas nuestras debilidades para hacernos daño, llegado el momento, lo usará sin piedad contra nosotros. Debemos ser cautos, nunca perder la calma y, sobre todo, aguantar hasta que la persona se enrede en sus tejemanejes. Indefectiblemente, esta clase de ser acaba encontrando su matamoscas.

    El tiempo pone a cada uno en su sitio y, de todas formas, no hay que perder el tiempo con las personas tóxicas. Es mejor dejarlas que se ahoguen en su propio veneno. Si estamos bajo su influencia, nosotros somos su alimento, el cual consigue envenenándonos. Lo mejor es cortar por lo sano. Siempre será mejor el odio que el amor de un parásito. No conozco a ninguno que se haya salido con la suya durante mucho tiempo. Su suerte termina cuando ya no puede aprovecharse de nosotros, continuará si puede aprovecharse de otro. Para desinfectar tu vida, aléjate de ellos.  

  • Leer para vivir

    Leer para vivir

    Leer me ha salvado la vida, varias veces. No tanto el hecho de leer una historia, un fragmento, una frase concreta; sino el acto de leer en sí mismo, eso es lo que me ha sacado muchas veces del abismo, de pozos oscuros en los que caemos, inevitablemente, de vez en cuando. Podría haber vivido igual sin ser una persona lectora, pero mi experiencia hubiera sido muchísimo más pobre y peligrosa, sin apenas haber vivido.

    Cuando se piensa en la lectura suele venir a la mente una persona apaciblemente sentada en un mullido sillón, con unos rayos de sol tamizados por la persiana y las cortinas, en una tarde de finales de verano mientras anochece, quizá un cigarrillo o un café humeante sobre la mesita del té, las piernas cruzadas y la mirada totalmente absorta. Aunque es una escena deliciosa, no es para mí el arquetipo de la persona lectora. Esta es más bien alguien en el transporte público, rodeada de cuerpos -trabajadores, estudiantes, pedigüeños, parados-, de miles de ruidos estridentes -el traqueteo del vehículo, el chirriar de los frenos, una conversación escandalosa, música ratonera desde un móvil-; entre todo eso, alguien en un rincón leyendo un volumen barato de tapa blanda. Al verlos en algún lugar, seres en peligro de extinción, no puedo evitar sentir cierta ternura.

    Uno de los tópicos que se suele relacionar con la lectura, o con el estudio en general, es que te aparta de vivir. Esta creencia proviene de la edad adolescente y del error que cometen muchos al decir: “prefiero estar viviendo la vida, antes que estar leyendo en casa”. Es una tesis eufónica, por eso parece ser creíble, pero es falsa. Leer no impide vivir, todo lo contrario, leer es vivir, y si bien se suele leer en casa, la persona lectora consigue al final leer en cualquier parte, incluso en las situaciones más inverosímiles.

    Qué extraño invento el de la lectura. Cómo se pudo llegar a la conclusión, y al placer, de que interpretar símbolos minúsculos como hormiguitas en un folio era algo enriquecedor. Las primeras personas lectoras serían gentes muy especiales para que otros hicieran el esfuerzo de sumarse al ejercicio. El ser humano no aprende mediante las lecciones magistrales, sino copiando a otros que cree más fuertes o felices. La lectura es un milagro que ha sobrevivido a todos los avatares del destino, a la censura de las dictaduras y a la aparición de las pantallas. Me divierte cuando alguien sentencia la muerte de la lectura por la inmediatez del vídeo, deberían ver mi estantería abarrotada de ejemplares de todas clases, libros que me hacen sentir en un lugar mágico y amable. Si bien es cierto que se han producido evoluciones evidentes, la aparición de internet no ha significado, por ejemplo, la desaparición de la radio, que ahora se le llama podcast. Tampoco desaparecerá el libro en papel, aunque exista el kindle, y menos la lectura.

    Lo que ha impulsado durante siglos el gusto por leer deben de ser los múltiples beneficios asociados a este ejercicio, que no suelo encontrar en las decenas de vídeos que observo a diario en mi teléfono. Veo campañas a favor del deporte, de la meditación, de la comida sana. Todo ello está muy bien y es muy provechoso en lo físico, pero ¿qué pasa con lo psicológico? Ahora que la salud mental está tan en boga, se debería fomentar como pilar fundamental la lectura. Cualquiera que haya pasado veinte minutos, absorto, leyendo un texto, habrá sentido luego esa paz extraña, como si hubiéramos entrado en una campana donde no penetrara el sonido, como si estuviésemos en medio del mar, o del campo, y sólo escucháramos las olas contra el casco, o el pájaro en la rama, lejos el ruido sempiterno de la ciudad. Es en ese lugar especial, donde podemos tomar las mejores decisiones de nuestra vida. Algunos invierten mucho dinero y salud en encontrarlo durante pocos minutos, incluso jugándose la vida en disparates realizando viajes reveladores. Una persona lectora penetra en ese mundo cada vez que lo desea, sin más secuela que una mirada renovada para ver la realidad a partir de la ficción vivida. Misteriosamente, los demás notan ese estado resplandeciente en la persona y se suelen acercar a ella como el que se arrima a un fuego en mitad de la noche. Leer es, también, trascender las fronteras del cuerpo.

    Un viejo profesor de literatura siempre afirmaba, mirando con sus ojos azules casi ciegos por forzarlos en la lectura de toda una vida, que al final no distinguía en sus recuerdos entre lo que había vivido, lo que había soñado y lo que había leído. Él, como buen maestro, dejaba la cuestión en el aire, pero se deduce entonces que esas tres formas de experiencia -realidad, sueño, ficción- son al final indistinguibles. Luego, una persona lectora añadirá un nuevo estado a su experiencia y será, al cabo, indistinguible. Leer nos hace vivir más en menos tiempo; porque este es relativo, leer nos hace vivir.

    El contenido teórico de un buen texto no está exento de una finalidad práctica, de hecho, la práctica termina siendo más efectiva si previamente se ha atendido a la teoría. Los libros nos hacen más valientes, más activos, más vitales y resilientes. No es habitual el tópico de la persona débil, asustada del mundo, refugiada en los libros. Conozco a algunos grandes lectores que han pateado muchos rincones de la experiencia humana y que, además, han sobrevivido para contarlo. Las historias nos enseñan a ser el protagonista de nuestra vida propia, o el secundario, o solamente el narrador. Toda vivencia puede ser objeto de un buen relato, incluso la más amarga. Sabiendo eso, uno afronta el porvenir como una gran aventura, con el poder superior de interpretar la realidad a su antojo, transformando lo más monstruoso en lo más bello, y viceversa. Si algo nos legó Quijote, es su gusto por la lectura. No hay buenos ni malos libros, el acto de leer es un ejercicio positivo en sí mismo, independientemente de lo que se lea.

    Cuantos más textos, mejor: no hay nada más abyecto que alguien que solo ha leído un libro, porque solo tendrá un único punto de vista sobre la vida. Lea usted autoayuda, realismo finisecular, poesía vanguardista, canción urbana, la Biblia, el Necronomicón, las Soledades de Góngora, de Machado, el próximo premio Planeta, el pasado premio Nobel o este blog sobre literatura. Lea usted sin miedo, hasta volverse loco a la par que amado por sus amigos y por sí mismo. Porque leer es una locura, como lo es la vida.

    Los libros nos hacen más humanos, más felices, más libres. Confíe en leer para vivir.

  • Se requiere arte

    Se requiere arte

    La palabra arte proviene del latín, como casi todas las palabras, y significaba, en aquella lengua milenaria: habilidad, profesión, arte. De entre los posibles significados que encierra este concepto misterioso, interesa el segundo. El arte es también una profesión y por eso cualquier profesión requiere de hablidad, y de arte. Se puede ser más o menos hábil en el desempeño de cualquier arte, pero es obligatorio trabajar.

    Cuando pensamos en el concepto arte y en todo lo que conlleva, nos vienen a la mente las obras pictóricas, musicales, literarias; quizá también acuden a nuestra mente los autores de dichas obras: pintores, músicos, poetas. Ser esa clase de artista debe ser lo más maravilloso del mundo, porque son los únicos seres de la tierra que pueden hacer lo que les dé la gana sin que sean juzgados por sus acciones. Tienen libertad absoluta y comprensión por el gran público, que si bien censura su comportamiento, lo permite porque, a la postre, es un artista, una persona cuyo oficio es la producción de arte.

    Muchos han sido los poetas homosexuales, drogadictos, alcohólicos, comunistas… cuya biografía se ha perdonado en cada momento de la historia gracias a los himnos humanos que legaron al sentimiento. Lo mismo ocurre con cualquier artista de destacable, nombres hay a montones, si no todos los nombres que valen la pena: Miguel Ángel, Lorca, Dostoievsky, Picasso, Hemingway, Ezra Pound, Baudelarie, Poe, en fin, la lista es infinita y cada cual puede añadir los que considere que falten. No hay que juzgar a los genios por su biografía, de hecho, no debería ser ni siquiera conocida, para que el espectador tasara la obra de arte sin afinidades con la manera de vivir del artista.  

    Toda aquella persona que haya aspirado a la libertad plena habrá aspirado a ser artista en alguna de sus vertientes. Puede ser que el objeto de su arte no sea la obra en sí, sino la patente de corso que lleva aparejada la vida del artista.  Como Fausto, el poeta es inmune al influjo de las fórcidas, esas tres hermanas que compartían un solo ojo y un solo diente. El artista puede incluso pactar con el diablo para traernos a los mortales un arte que nos haga exclamar: detente, instante, eres tan bello, un arte que ponga de acuerdo a toda la sociedad humana, único capaz de proporcionar paz y redención. Tales conceptos nos legó el romanticismo, y en busca de tales eternidades viviremos muchos.

    Pero muchas veces se olvida que el arte supone también una profesión, un oficio, es decir, implica trabajar. A muchos nos puede enamorar la libertad, a muy pocos les apasiona trabajar -del latín, tripaliare: torturar. Y menos agrada trabajar “por amor al arte”, sin recibir nada a cambio. Un sacrificio infructuoso en cuanto al dinero, la pesadilla de los racionales. La mayoría de los artistas mencionados, si no todos, además de ser genios, provenían de familias adineradas los sustentaron. Qué dificil se hace compaginar todas las vertientes de arte y conseguir ser un artista, bajo ciertos condicionantes. Aunque si el arte signfica profesión, quizá haya mucho arte ignorado.

    Cualquier persona, en el desempeño de su oficio, puede ser un gran artista, admirado por los entendidos en ese ámbito, por su habilidad y arte en la profesión. La consideración de los oficios artísticos están condicionados por las modas del momento. Es el caso de la cocina, por ejemplo, que ha pasado a ocupar un lugar prominente en el terreno de lo artístico, llegando a veces al absurdo, y ya nadie niega que un cocinero pueda ser un gran artista o, incluso, un genio. Hay muchas personas destacables, que realizan su trabajo con amor, sin importarles el poco o mucho dinero que reciban a cambio -porque el dinero viene solo, como todos esos artistas saben. Hay mucho arte.

    Para ser un gran poeta habrá que trabajar tanto como para ser un gran zapatero. La única diferencia será la remuneración económica que se perciba por ambas profesiones, que siempre irá en función de las modas y la valoración que se haga del producto artístico en ese momento: ya sea un poema o un zapato. Esto implica levantarse temprano por la mañana y dedicar un mínimo de ocho horas a un trabajo a veces monótono, duro, alienante, carente de sentido; pero también bonito, apasionado, único, capaz de hacernos felices por el simple hecho de realizarlo. También implicará ponerse a crear cuando no haya nada de lo que hablar, cuando falte la inspiración y el dinero. Habrá que sacrificar buena parte del tiempo en busca de algo que no siempre se consigue. Trabajar mucho para dar un salto al vacío, a shot in the dark, a veces jugándose la vida, arriesgando.  

    Para ser artista, y para ser cualquier cosa, se requiere hablidad y profesión. Incluso para escribir un artículo dominical en un blog, cuando hay tanto por hacer, se requiere arte.  

  • Y el corazón espera

    Y el corazón espera

    Late esperanza dentro de mí. Después de limpiar mi casa, mi alma, todo parece nuevo. Fluye una energía pura y suave, como la luz entre la fuente. No seré el mejor del mundo y no me importa. Debo sobrevivir unos meses hasta que pase la tormenta. Puedo escribir poemas en prosa esta noche, escribir por ejemplo: la noche está estrellada y a fuera titilan verdes los astros a lo mejor. Con comas y con apenas puntos suspensivos. Dejo volar mi imaginación y mi corazón habla sin que mi mente pueda pararlo o quiera intervenir. Siento paz dentro de mí. Como en el ojo del huracán, escribe la mente, como la paz perfecta, escribe mi corazón. Me siento bien y estoy tranquilo. Quiero exprimir este momento al máximo, donde soy yo mismo porque no soy yo. No hay dolor que me apuñale ahora. Estoy en paz contigo y conmigo. El no es un sí más largo. El invierno es una entelequia. Me gustan algunas palabras: entelequia, quimera, sueño, pareidolia, etcétera. El verbo es mágico, en el principio lo hubo, dice el clásico. Esperar es una palabra que deriva en esperanza, y en desesperar. Esperar es duro. Pero veo sueños cumplidos en este instante del tiempo. Me veo consiguiéndolo todo mañana, escribe la mente, y el corazón espera.

  • La vida es un sendero que se bifurca

    La vida es un sendero que se bifurca

    Suele ocurrir cada cuatro o cinco años. La vida nos pone en un cruce de caminos y nos hace elegir entre dos opciones bien delimitadas. No hay término medio, o un camino u otro. Tampoco hay mucho tiempo para pensárselo: como mucho un día, máximo dos.

    Las decisiones que tomamos conforman nuestra vida y, aunque pueda parecer que es un contínuo escoger, en ocasiones es como si se llegara a un alto en el camino especial, donde tenemos muy claro que la dirección que escojamos nos marcará el resto de nuestra vida y que no podremos volver atrás. A veces sentimos vértigo ante tal perspectiva y preferimos no decidir nada, pero eso también es una decisión. Las personas no somos conscientes todo el tiempo de que las decisiones que tomamos en el día a día delimitarán nuestro futuro, solo ocurre al cabo de cuatro o cinco años. Si uno hace memoria, es fácil traer al recuerdo esos momentos. Quizá una clave de la vida consista en tomar el camino correcto, pero ¿cómo saberlo? ¿qué dice la tradición al respecto?

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    El cruce de caminos es un lugar común en las historias populares. La vida como sendero es un concepto tan antiguo como el propio andar y es en estos lugares donde nos pasan las cosas más importantes, donde conocemos a alguien que nos cambia la trayectoria o no, donde vemos una señal que alguien ha dejado y la seguimos en busca de lo mismo o no lo seguimos en busca de lo contrario. Las posibilidades son tantas como vidas hay.

    El guitarrista negro Robert Johnson no sabía tocar la guitarra. Aunque lo intentaba, no demostraba tener ningún talento como instrumentista, y así se lo hacían saber todos. Cuenta la leyenda que Robert vagabundeaba de un lugar a otro y un día encontró al diablo en un cruce de caminos. El diablo y Robert intercambiaron algunas palabras, quizá intuyó el joven negro que el otro era algo más que un viejo viajante. El caso es que sacó su guitarra y el diablo le pidió a Johnson que se la prestara para afinarla. Se la dejó, el diablo la afinó con oído absoluto y, al devolvérsela, Robert Johnson era el padre del blues: había adquirido todo el talento y el vagaje que le faltaban para ser un genio.

    Uno puede encontrar algunas canciones de Robert Johnson si las busca, incluso hay recopilaciones en discos. Este mito esconde una vieja realidad: en los cruces de caminos ocurren momentos sorprendentes, inesperados, que marcan el curso de una vida. Quizá, como Johnson, hayamos conocido ya a dios o al diablo en algún cruce de caminos. A pesar de semejante bendición, la de ser un talentoso músico de la noche al día, la vida de este guitarrista fue un absoluto despropósito y murió asesinado; aunque sin el blues la música no habría sido lo mismo; quizá hubiera sido mejor, pero eso no lo sabremos.

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    Dejando la mitomanía un lado, en nuestro vivir a veces nos ocurre lo mismo que al joven guitarrista negro de principios del siglo XX: el sendeno nos lleva a un cruce y tenemos que decidir qué camino tomar antes de que nos coja la noche. Podemos dibujar algún ejemplo muy sencillo: un buen día, nos ofrecen trabajar en el extranjero. El nuevo puesto implica mejores condiciones económicas y profesionales, pero tendremos que dejar nuestra vida actual atrás. Seguramente, en algún momento del pasado, hayamos coqueteado con la idea de trabajar fuera y que esto sería un sueño cumplido, pero en el presente representa una decisión difícil porque deberemos dejar, pongamos por caso, nuestra familia atrás por unos meses. Los sueños se suelen cumplir, pero no en el momento que nosotros quisimos que se cumplieran. Por lo tanto, tenemos un dilema.

    El resultado de esta decisión, sea cual sea, será recordado por mucho tiempo y somos conscientes de ello. Casi podemos imaginar cómo será nuestra vida en ambas direcciones, como si nos dejaran entrever, a través de una pequeña ventana, el universo paralelo que constituye cualquiera de los senderos. La sabiduría hollywoodiense suele proponer el camino más osado, que en este ejemplo sería viajar al extranjero. Pero en nuestra vida diaria sabemos que cuesta mucho construir una zona de confort y no estamos dispuestos a renunciar a ella tan fácilmente. En otros cruces de caminos, habremos optado por la opción más valiente y puede ser que no nos haya salido tan bien como en las películas. Aunque la perspectiva de quedarnos donde estamos nos termine acomodando, sería una decisión sensata también. Además, en este caso, no aceptar la propuesta de marcharse al extranjero tampoco sería una postura cobarde, simplemente un camino que abriría otras posibilidades. Qué hacer, demonios, nadie puede saberlo.

    Uno de los tópicos que suele aparecer es el de la voz interior que nos dicta qué camino tomar. En este caso, dicha voz está muda, no somos capaces de sacar nada claro de ella y cuanto más vueltas le damos, más difícil nos lo pone. Decidimos tirarnos a la piscina, si las oportunidades se presentan, por algo será, nos liamos la manta a la cabeza y aceptamos ese trabajo en el extranjero, aceptando todos los inconvenientes que al corto y al medio plazo nos plantea esta decisión. Y es en este momento donde tenemos otras dos posibilidades: o nos sale bien o nos sale mal. Si es lo segundo, habrá sido una mala decisión: aceptamos el trabajo y este no es lo que esperábamos, además, extrañamos a nuestros seres queridos, que son la única razón por la que estamos vivos. También puede ser lo primero: se cumple un sueño que tuvimos y estamos en un lugar mejor que nos compensa todos los sacrificios, de hecho, hemos podido, con el tiempo, mantener y conservar a nuestros allegados, además de abrirnos un mundo de posibilidades nuevas que nos hacen sentir que nuestro andar vale la pena. En cualquier caso, parece ser una cuestión de actitud, de lo preparados que estemos para un camino u otro. Eso sí lo podemos prever y, sabiendo las futuras decisiones que nos plaenteará este sendero al que llamamos vida, quizá podamos prepararnos para las próximas bifurcaciones.

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    Aunque el joven guitarrista negro cumplió su sueño, su destino lo llevó a un final trágico. A veces nuestras metas se realizan de forma inesperada en cualquier cruce de caminos y debemos decidir si transtiamos la nueva realidad. Es imposible saber qué nos deparará el futuro, pero sí podemos trazar la estela de lo que ha sucedido hasta ahora.   

    ¿Qué habrá en la próxima bifurcación del sendero que transitamos? Será nuestra vida.