Etiqueta: Vida

  • Un paseo hasta Peter Handke

    Un paseo hasta Peter Handke

    Aparco donde siempre, en el faro. Aunque, en realidad, el faro queda a unos cinco kilómetros del lugar donde dejo el coche. Yo lo llamo así y todo el mundo me entiende cuando digo que he dejado el coche allí, en el faro. Podría aparcar mucho más cerca si buscara con más ahínco, si permaneciera en el coche más tiempo y diera vueltas por la ciudad buscando un hueco, pero lo odio. No me gusta dar vueltas con el coche buscando aparcamiento, prefiero ir al faro directamente. El trayecto hasta allí es bastante grato.

    Salgo de mi pueblo y enseguida tomo una de las carreteras que van a la ciudad. Como el faro está en la costa, nunca llego a entrar plenamente en el núcleo urbano y solo lo rodeo, evitando la mayor parte del tráfico que se genera a las seis y media de la tarde. Paso por el polígono y me fijo en las naves con enormes letras chinas. Dos caracteres en blanco sobre un fondo azul, un cartel sobre la pared mohosa. Cerca de esa nave, un par de naves idénticas más allá, hay un negocio de reciclaje, de chatarra. A veces se ven vagabundos con el carrito que van a vender sus rapiñas allí. Otras veces son individuos más profesionales que han robado cobre, aluminio o hierro de alguna parte. Allí todo se compra y las expresiones de los presentes es distraída, como si no estuvieran haciendo lo que hacen, como el que está en un lugar por casualidad, sin intención.

    Yo lo sé porque durante una época de mi vida acompañé a unos tipos a que vendieran lo que habían robado. Luego compraron tabaco y con lo que les sobró fueron a por algo de comer. No sé ahora qué será de su vida, las cosas han cambiado mucho para todos. Yo, de hecho, paso de largo con mi coche y cruzo el río que separa la ciudad de las afueras.

    Se ve el club de remo. Se ven los almacenes del puerto y la entrada donde suele estar parada la policía. Se ven los barcos pesqueros amarrados en el muelle. Lo han arreglado todo. Antes ese barrio era un lugar lleno de borrachos. Pero, en cierta manera, aún lo sigue siendo. Hace unos años arreglaron la calle principal por donde transitan los coches y el lugar quedó muy diferente a como lo recuerdo en mi infancia. De todas formas, no es muy difícil evocar las imágenes de cómo era todo aquello, basta cruzar un par de calles paralelas donde la reforma no llegó. Siguen llenas de mugre, humedad, ratas, borrachos. Pero cuando paso con el coche solo veo la cara bonita y esta es preciosa.

    Un poco más allá están los tinglados, las naves del siglo XIX. Ahora se hacen exposiciones culturales dentro, o conciertos. Pero antes eran naves donde trabajaban los estibadores, que es como se llama a los obreros que trabajan en lugares así, y me gusta imaginarlas con su trajín decimonónico. Hay unas grúas. Ahora hay yates billonarios amarrados en esos muelles porque es un puerto de lujo donde los jeques atracan sus juguetes por varios meses porque es mucho más barato que dejarlos en Barcelona, que no está tan lejos en barco. Me gusta verlos allí, no les tengo ninguna inquina. Que estén.

    Si puedo, aparco donde la torre del reloj. Es una construcción del siglo XX, no le echo más de cincuenta o sesenta años, pero quiere ser más antigua. Seguramente tenía el sentido utilitario de que los trabajadores supieran la hora que era. Hoy que todos tenemos la hora encima, cumple una función bastante anacrónica. Pero es una construcción coqueta. Con la primavera, hay mucha más gente por esa zona y a veces no puedo aparcar junto a la torre del reloj que tiene un mapamundi pintado en una de sus cuatro caras. Pero hoy he tenido suerte: he aparcado cara al mar y veo la tarde declinar sobre el agua púrpura de la bahía artificial donde ahora atracan los jeques.

    Bajo del coche y cojo mi cartera. Tengo una cartera de cuero marrón que compré en la parte alta —por alta y antigua— de la ciudad. A veces se fijan en ella y me dicen que es molt xula. Yo siempre doy una explicación de donde me la compré, no sé muy bien por qué. Supongo que así mi interlocutor puede ir a por otra si quiere, pero no estoy seguro de que sea por eso. Me gusta el lugar donde la adquirí como me enamora el lugar donde aparco el coche. Respiro el aire impuro del puerto, el olor a sal, a roca, a gaviota, a cemento, a alquitrán, mientras camino en dirección a la ciudad. Siempre sopla una brisa agradable que me acaricia el pelo. No me estoy quedando calvo, por eso no me molesta.

    Voy un poco tarde, pero camino sin prisa. Me cruzo con transeúntes y runners bien equipados. Yo mismo voy a correr allí los fines de semana. Si no fuera por el sitio, seguramente me quedaría en casa, pero es genial ir allí y les comprendo. Miro a los y las viandantes con cara de «te comprendo, qué lugar más maravilloso», pero ellos y ellas o no me miran, o lo hacen con una expresión de desconfianza. Nadie se fía de nadie, la vida.

    La zona portuaria y la ciudad están separadas por la frontera que dibujan la vía del tren. No hace tanto había un semáforo y los peatones y los coches esperábamos, si estaba rojo, a que pasara el tren antes de cruzar. A veces eran trenes interminables. Mientras el semáforo estaba en rojo, uno siempre tenía la tentación de cruzar antes de tiempo. El tren no se veía por ninguna parte, tardaría minutos en llegar, entonces cruzabas y ya. Pero normalmente todo el mundo retenía el impulso y esperaba pacientemente. Ahora todo eso ha cambiado, hay un paso subterráneo —lleno de cámaras de seguridad— por donde se pueden cruzar las vías sin necesidad de esperar a que no venga el tren. De hecho, a veces, mientras uno recorre los pocos metros de túnel, el tren pasa por encima con estrépito y es fácil ver a alguien dar un brinco, o darlo uno mismo. Se siente a la máquina atravesar el espacio infinito que suele haber encima de las cabezas, el cielo.

    Una vez pasada la frontera, se llega a una plaza ancha. Hay muchos árboles y estos están llenos de pájaros que dejan los coches llenos de mierda. A pesar de eso, los coches siguen aparcando en esa plaza por ahorrarse los cinco minutos que hay desde el faro, donde aparco yo, o por desconocimiento del poder fecal de las aves. Para espantarlas, el ayuntamiento ha dotado a los árboles de altavoces que simulan el graznido de otras aves enemigas. Así los animales se espantan y no van a cagar allí. La canción es horrible y empieza siempre puntual a las seis y media de la tarde. Los vecinos prefieren soportar el dichoso estrépito que los excrementos de los pájaros. Pero hoy llego tarde y la canción no se escucha. Evito pasar por debajo de los árboles, siempre hay pájaros valientes.

    Al fondo hay una calle recta, muy larga, que es la arteria principal del Barrio del Puerto. Sé que el barrio se llama así porque hay pancartas blancas con letras en negro donde se anuncia que los vecinos quieren un barrio digno. Me fijo en los edificios. Son antiguos y están muy machacados por el salitre y la vida dura del barrio. Eso atrae a las clases más molestas por todos, las clases bajas, que anidan en los bloques sin ascensor llenos de ratas. Se ven grietas en las fachadas desconchadas. Balcones que llevan veinte años sin abrirse. Edificios poco funcionales donde seguro no llega la fibra óptica del wifi. En las calles suelen pasear muchos negros, sudamericanos y viejos del barrio. Hay problemas y pocas soluciones para la masa. Seguro que suele haber jaleo. Pero a mí me gustan las casas, las gentes, los coches pasando constantemente: olor a hormigón, sabor a barrio.

    Mientras recorro la calle principal me fijo en los establecimientos, son extraños y llaman mi atención. El primero de todos es un bar cuyo interior es oscuro a cualquier hora del día. En la terraza, minúscula, siempre están los mismos hombres y mujeres, avejentados o viejos, bebiendo cerveza y fumando. Todos beben y fuman y por eso el interior del bar siempre está vacío. Hay un viejo de unos cien años que siempre está allí.

    Justo al lado hay una tienda de loterías y un cartel de los años, imagino, setenta que en letras pasadas de moda dice «TELÉFONO». En el escaparate de la tienda hay artículos del puerto: barquitos, relojes marineros, navajas de toda clase. Una vez entré y pregunté si vendían mecheros. Había tres viejas de toda la vida hablando y pasando la tarde con la dependienta que, muy amablemente, me dijo que sí y me vendió un encendedor azul.

    Pero como ya no fumo, paso de largo. Más adelante hay una tienda de animales, de pájaros y peces, concretamente. Siempre he oído a las viejas de mi familia que los pájaros y los peces dan mala suerte. En todo caso, el dependiente debe tener toda la mala suerte del mundo y ahí sigue: en una silla, en medio del establecimiento, mirando la gente pasar, mirándome a mí pasar mientras yo lo miro a él. El ruido de la tienda es ensordecedor. Los pájaros de colores pían y graznan en multitud de alaridos tropicales. Los peces van de un lado a otro con nerviosismo. En esa tienda solo el señor está tranquilo, él y los cactus de la entrada. Me paro a mirar los cactus. Temo que el viejo se levante de su asiento para darme conversación, lo he visto otras veces hablar con los vecinos. Estoy seguro de que me conoce de vista, de verme pasar dos veces por semana.

    Más adelante hay una peluquería canina. Siempre que paso, hay un perro de distinto tamaño cortándose el pelo. Es muy curiosa la inocencia de los animales en ese lugar, para ellos extraño. Siempre miran hacia la calle y siguen con la cabeza a los transeúntes. Yo también suelo mirarlos mientras paso y nuestras miradas se encuentran a menudo. Nunca hay el mismo perro, pero siempre hay un perro allí. Algunos me ven y ladran, otros me miran curiosos, otros lo hacen asustados. Hoy hay uno pequeño con un pequeño bozal. Tiene los ojos salidos y en su mirada se percibe el odio y la rabia estúpida e inocente de algunos perros. Me hace mucha gracia y paso más despacio.

    Camino un poco más y encuentro un Spar en un edificio muy singular. La fachada es roja, pintura de barco. Parece que el edificio está vacío si no es por el supermercado. Sería imposible vivir en él. Entro en el super y compro caramelos de menta. He dejado de fumar, pero no me acostumbro a tener la boca vacía. Conozco un poco a la dependienta. Tuvo granos de joven, pero tiene los ojos azules. Dios a veces es justo.

    Salgo de la tienda con un caramelo en la boca. Vuelvo a cruzar la calle. Me quedan unos pocos metros para llegar a mi destino. Antes, encuentro una plaza llamada de los infantes. La plaza es amplia y siempre hay gente. Se pasea al perro, se toma algo en la terraza de los bares, se pasa de largo, como yo, hacia alguna parte: ese es el ambiente.

    Llego a la antigua fábrica de Chartreuse. Durante muchos años ese edificio había sido un misterio para mí. El negocio estaba abandonado, hacía muchos años que el Chartreuse se fabricaba en Francia, pero parece ser que también se hacía allí. Había un patio grande que siempre me encontraba cerrado en mis visitas a la ciudad. Ahora han puesto la Escuela Oficial de Idiomas y se imparten cursos de inglés, francés, ruso, etc.

    Me alegro de que hayan reformado la antigua fábrica y le hayan dado un sentido. Es más fácil construir un nuevo edificio que reformar uno antiguo. Deberían haber hecho lo mismo con la tabacalera y haber puesto la universidad allí, pero hicieron un edificio nuevo. Es curioso lo bonitas que son algunas construcciones antiguas destinadas a dudosas funciones hoy en día: fábrica de tabacos, de licor, antiguos mataderos públicos.

    Cruzo la puerta y me dispongo a subir las escaleras, llego bastante tarde. Antes de enfilar el primer peldaño, veo una estantería a la derecha repleta de libros. Me acerco. Es uno de esos puntos donde la gente deja un libro y se lleva otro. Yo no llevo ningún libro encima, pero decido ver si hay algo interesante. Veo un volumen bastante ajado, como el barrio, de los años sesenta. En la portada hay fotos en blanco y negro, como en negativo, y sale un tipo con un peinado raro y gafas de sol de la época. En letras rojas se lee: «PETER HANDKE».

    Lo abro y el libro está en inglés. La undécima edición es del año 83, pero la obra es de los sesenta, no me equivocaba. Hojeo las páginas y veo que alguien ha subrayado, como hago yo, el volumen. Hay un nombre escrito que no consigo descifrar de pie. Decido llevarme el libro, aprovecharé para mejorar mi inglés leído que no es nada malo para el nivel que tengo en general. Subo las escaleras despacio porque voy mirando las páginas. Han escrito en los márgenes, en las hojas de cortesía, en su momento fue un libro trabajado. Tengo mucha curiosidad. Entro en clase.

    La profesora está hablando de Juego de Tronados. No he visto la serie así que el speech no me interesa. Vuelvo al libro y veo que es bastante raro. Sé que no me gustará, pero me ha gustado el modo como me lo he encontrado. Parece que la clase empieza, por fin.

    Al cabo de unos días, terminé de leer el libro. Efectivamente, era bastante raro y malo. El autor, entonces, un joven de mi edad —ahora un viejo de setenta años—, escribía obras de teatro. El texto consistía en entremeses vanguardistas. No me gustó la obra, pero creo que siempre recordaré el modo como la encontré. Y el paseo que me llevó hasta ella.

  • Una casa junto al Tragadero

    Una casa junto al Tragadero

    El Tragadero es un río que, como su nombre describe, engulle, mediante el cieno de sus fondos, a quienes se atreven a atravesarlo a pie o, incluso, a nado. En cuanto uno se ve atrapado en su fango, intenta, por lo menos, liberar un pie; no obstante, esta intención ayuda a que la otra pierna se hunda, todavía más, en las arenas movedizas. El protagonista de esta novela vive en una casa encantada junto al mencionado, casi se diría, río maldito.

    El aire que se respira mientras el lector va profundizando en la novela de Quirós es espeso. Su aroma resulta, en ocasiones, similar al de la narrativa de Rulfo. Pero Una casa junto al Tragadero no es una reescritura de Pedro Páramo o de El llano en llamas; más bien, una reformulación. El personaje narra en primera persona una serie de acontecimientos que, en un principio, parecen no tener mayor trascendencia. De hecho, a veces nos recuerda al primer narrador de El ruido y la furia por su pensamiento errático y enajenado. Se comparte, en cualquier caso, con Faulkner el interés por escarbar en la singularidad de la mente humana; lo cual es, para quien está leyendo, a todas luces, intrigante.

    Como en la última novela de Barba, República luminosa, la trama también se sitúa en la selva; pero esta vez, en el monte. Los pocos habitantes no tienen apenas recursos para subsistir. La naturaleza se percibe dura y enigmática, despiadada y mágica, hipnótica. No parece casualidad que algunos de los nuevos novelistas prefieran situar en estos entornos sus historias por su fuerza telúrica y su capacidad narcótica que tanto inspiran a la imaginación. Allá, lejos del neón de las ciudades, en el verde oscuro, todo es posible. La algarabía de las cotorras y de los loros, el comportamiento antropomórfico de los monos, los peligros inherentes al paisaje, sobrecogen continuamente la respiración. Son las historias de los lugares sin historia alguna, que carecen de nombres propios como los personajes que viven por aquellos páramos. Allí, junto al Tragadero, el silencio de la civilización no puede contradecir la voz honda de la Naturaleza.

    El lenguaje utilizado —tosco, rudo, a veces soez— sirve a la adecuación. El uso de regionalismos, de expresiones vulgares e, incluso, de estructuras gramaticales fuera de la coiné normativa es equilibrado. Gracias a la música —o al ruido— de este lenguaje, utilizado por el propio narrador en primera persona y por otros personajes adyacentes a él, la prosa consigue sumergirnos con mayor calado en las aguas que giran, en un movimiento continuo e infinito —esto se entendiere al leer la novela—, en torno al torbellino del argumento. Sin embargo, el habla no orbita tan lejos del español estándar como para que nos resulte difícil la entera recepción de la obra; su decodificación lingüística, por tanto, se infiere de forma sencilla y exótica para el lector hispanohablante medio. Cabe resaltar esta característica dado que otros autores, al otro lado del Atlántico, ya se sirvieron de esta técnica como pudimos apreciar en la novela Cristo versus Arizona de Camilo José Cela.

    En resolución, la pluma de Mariano Quirós en Una casa junto al Tragadero verdaderamente engulle al lector entre sus líneas; con la diferencia de que no lo asfixia y, una vez acostumbrados a la espesura de la selva y al protagonista, resulta grato cuando la mente respira hondo el aire del monte. Sus aguas quietas, traicioneras, infestadas de yacarés, son dignas de las mejores fuentes literarias.

    Los muertos caminan hacia atrás, los vivos no saben si lo están. Premio Tusquets Editores de Novela 2017. Una joya de argenta.

  • Adiós, Káiser

    Adiós, Káiser

    Escrito por Ricardo Rodríguez Sánchez, mi padre.

    Le dije:

    -Papá, es la hora.

    -Será rápido… -Dijo mi hermano.

    Y papá contestó:

    -Rápido… ¿para quién?

    Y a partir de ese momento todo fue silencio.

    Sus ojos brillaban acuosos y enrojecidos, antesala del vacío que vendría después.

    Ninguno de nosotros quería hablar. Ni mis hermanos, ni mi madre, nadie.

    Preferíamos estar en silencio. Una lágrima era enjuagada de vez en cuando.

    El médico los hizo pasar. Entraron solos, despacio, sin mirar atrás, como los valientes.

    Mi hermana pequeña lloraba en el umbral, apoyada en el hombro de su novio.

    No fue rápido: fueron veinte minutos de eternidad.

    Finalmente salió.

    Iba en una caja de plástico gris. Lo empujaba una joven con una bata de verde.

    Se acercó a nosotros e intentó darnos ánimos.

    -No ha sufrido. Me miraba, movía su cola, me lamía la mano y me acercaba su pata. Yo le decía: siempre fuiste un gran perro y el mejor de los amigos. Adiós, Káiser. Adiós…

    Y papá nos abrazó a todos.

  • Espejismo del mar infinito

    Espejismo del mar infinito

    Para Marina

    Temblarás de placer, de miedo, de deseo. Es el tiempo de abandonar el desierto. Ahora.

    Adiós, mis buenos amigos, el sol y la arena. Otro recorrerá vuestras dunas y vuestros cielos despejados de lluvia. Para otro serán las cuevas sombrías y las noches frías cargadas de estrellas. Noto cómo se aproxima el mar, la mar, solo el mar, y cómo el agua, con placer, va inundándome las piernas, las rodillas, los muslos. Empieza un nuevo horizonte, acaso más vasto que el anterior, y debo decir adiós a mis huellas.

    Tantas las cosas que he aprendido recorriendo los caminos tórridos. Sobrevivir en el desierto no es sencillo. Hay que endurecer la piel, los ojos, la sangre. No hay que desesperar, hube de aprender a respirar durante las tormentas de arena, y luego erguirme, y seguir caminando frente al sol. Encontré oasis escasos con agua clara, con agua turbia, a veces pútrida. Me dolió el estómago y vomité sangre de mi alma. Pero como no me morí, seguí adelante, un paso, un pie patea la nada y se posa en el suelo, otro paso. Poco a poco, sol a sol, mes a mes, luna a luna, fui acostumbrándome al paisaje y él también se acostumbró a mí. Si me picaron los escorpiones, me los comí. Si las piedras afiladas me cortaron los pies, hice de ellas cuchillo, martillo, juguete, arma.

    En el desierto nunca llueve y no existe el éxito. Cualquier triunfo es escaso como la nube pasajera que descarga y al instante se seca sobre la arena sedienta. No se puede parar y vivir en los charcos del desierto. Quizá esa es la lección más importante.

    Hay que dormir tranquilo, con un ojo abierto. Se tienen pesadillas, pero no hay que tomarlas como pronósticos casi nunca. Se ven espejismos y uno los mira sabiendo que son mentira cuando los ha perseguido tantas veces y se ha perdido. Hay atajos que te sacan del desierto, pero nunca los tomé. Me dijeron: ¿Quieres terminar tu caminar errante? ¿Deseas la sombra de este oasis? Pero yo siempre respondía: Por poco tiempo. ¿Por qué?, me preguntaban y yo: Estoy buscando el mar. El mar quizá no existe, yo no lo he visto nunca. Yo sí, vengo de allí. Entonces está en dirección opuesta y lo que haces es internarte cada vez más en la caldera. Puede ser, pero ya no puedo volver sobre mis pasos. ¿Cómo sabes eso? Porque lo he intentado otras veces y ya no estaba el mar donde lo dejé, solo un abismo inmenso que regué con lágrimas, y lo llené con nada.  

    Acepté que quizá el mar ya no existía porque subí las montañas y no lo divisé en lontananza. Carraspeé de forma amarga y las descendí con pesadumbre. Me acostumbré a la tarea de encontrar de beber, palmeras raquíticas, sombra y agua tibia. Pero supe abandonar pronto esas comodidades y seguir mi camino. Sentí la libertad de estar solo y la amé por encima de todas las cosas. Hablé con Dios y le dije que estábamos en paz, que solo quería seguir teniendo las fuerzas para seguir caminando. Miré las estrellas y aprendí sus nombres. Resistí los envites del tiempo y del vacío. Algunos me miraron con lástima, otros con admiración. Yo aprendí a no mirar a los lados, a seguir andando.

    En el fuego del desierto se forja el carácter. Hay quienes no resisten y se rinden, construyen tablones, pozos, chamizos. Otros nunca salieron del mar al cual pertenecían y desconocen la mitad del mundo. No valoran lo que tienen porque no tienen con qué compararlo. Luego me preguntan: Oye, cómo es el desierto. Y yo respondo: A todo te acostumbras, incluso a la sed. El desierto te vuelve indestructible si no te destruye. Compadezco también a los pobladores del desierto que nunca mojaron los dedos de los pies en las olas. Se perdieron, a su vez, la otra mitad. Encontraron barro y soñaron que era el agua. Nunca les contradije, cada uno es libre de buscarse y encontrarse jamás.

    Un día, una brisa me trajo antiguos olores marinos. Tracé la dirección, en la planicie cualquier dirección es buena. Puse todo lo aprendido en práctica y dirigí mis pasos hacia ella. Muchas veces no hubo pista alguna. No volvía a soplar el viento del mar, pero no dejé de andar despacio, como si nada sucediera, sin perder la referencia. Pero entonces, algo dentro de mí, supo que lo iba a encontrar por fin. Y no corrí desesperadamente porque sabía que el camino era largo. Me limité a hacer lo mismo que siempre y un día, a lo lejos, vi el mar de cristal. Bajé las dunas con las piernas temblorosas pero fuertes, pero firmes. Me arrodillé junto a la orilla y besé, por fin, sus aguas. Nos habíamos encontrado otra vez, de nuevo. Sé que las aguas también me buscaban, y allí estábamos.

    Como somos tan diferentes y tan acostumbrados a no tenernos, vamos introduciéndonos poco a poco el uno el otro. Y ahora que las olas me llegan a la cintura, a punto de saltar, de sumergirme y no volver a sacar la cabeza, miro atrás y veo el desierto, con todos sus recuerdos y tesoros, sus buenas y sus malas experiencias, que se despide como un viejo maestro, ululando. Yo sonrío y pienso que le he ganado la partida, pero él no se ofusca porque se ha divertido conmigo y porque gana muchas veces y desconoce el tiempo. 

    La brisa del mar me cambia, me transforma. Animal bello me vuelvo y abandono mi forma de camello, de chacal, de serpiente. Soy un niño que juega, que levanta cortinas de espuma en torno a sí. Seré delfín, orca, cachalote, ballena: espejismo del mar infinito.

  • La locura de Antes del huracán

    La locura de Antes del huracán

    “Los mejores libros siempre son de un lugar”, escribía Kiko Amat (Barcelona, 1971) en una de sus críticas en Babelia y para su novela última, Antes del huracán, sitúa la acción de en “el extrarradio del extrarradio”: Sant Boi del Llobregat. El autor posee un estilo fácilmente reconocible, que utiliza tanto en publicaciones en prensa como en sus libros. Por la nota bibliográfica sabemos que ha desempeñado oficios variopintos —camarero y DJ, por ejemplo— que quizás tengan poco que ver con el mundillo de las letras: profesor universitario. Su imagen tampoco parece la del intelectual tornasolado —americana, camisa, pantalones chinos, nunca zapatillas—, más bien coincide con la del amigo juerguista que ha andado y vivido mucho; aspecto de cowboy trasnochado curtido en mil y una noches. Por eso Amat, con sus brazos tatuados, ha demostrado no ser un escritor “como los demás”. ¿Cómo engendró la cultura escrita en español este portento?

    El abaratamiento de los libros hace posible que hoy en cualquier ciudad dormitorio de clase media-baja existan bibliotecas que van fraguando lectores con una sensibilidad nueva. Era cuestión de tiempo que esta perspectiva se reflejara en el espejo sthandaliano de los libros. Pionera de este fenómeno cultural ha sido la literatura escrita en español con acento catalán: Juan Marsé ya mitificó el Carmelo convirtiéndolo en una cumbre literaria; Eduardo Mendoza mostró a Barcelona como la ciudad de los prodigios; Francisco Casavella tomó las harmonías de la rumba catalana, adoptó su iconografía, sus personajes, su germanía, para dibujar el Raval. Amat continúa con esta tendencia, esta vez naturalizada, sin artificios prosaicos de marginalidad, bohemia o golfemia. Más bien al contrario, convirtiéndolos en lo que son: los paisajes, los pasajes y los pasillos del grueso de la sociedad hispanohablante, nuestro día a día.

    https://kikoamat.wordpress.com/

    El barrio artístico es en la actualidad un distrito ocupado por los turistas y un ejercicio sencillo de lógica estadista demuestra que allí no podrá aglutinarse todo el arte, la gracia y las historias de una generación pobre, pero leída. A saber, un niño en una casa de alquiler, próxima al río pútrido que es el Llobregat, en una localidad rodeada de polígonos industriales donde los árboles sobreviven como estandartes anacrónicos de otro tiempo, donde suena el rumor sordo de los coches cruzando la autopista y se vislumbra el resplandor de las fábricas en lontananza, allí donde el mar no se concibe pese a estar próximo, se sitúa la trama entera de la novela Antes del huracán.

    La locura. La historia.

    Conocemos a Curro a través de tres narradores diferenciados, en etapas distintas de su biografía que van hilándose entre sí. La primera persona muestra la adolescencia temprana del protagonista y observamos la realidad con los ojos de un niño cuya familia se desmorona y que “pensaba en el sueño como una máquina del tiempo; te vas a la cama y el tiempo avanza, sin ti. Por tanto, puede ser que las cosas se arreglen mientras tú no te hallas allí para presenciarlas. Ocho horas de sueño maravilloso, de aventuras sin fin, y de repente estás en el futuro, donde ya pueden pasarte cosas buenas”. Este punto de vista se alterna con interludios en segunda persona: un joven en la veintena explica a un desconocido, en un bar, ciertos episodios significativos de la historia familiar. Aquí conocemos el gusto del personaje por la lectura, increpa al interlocutor por su ignorancia y por el alcohol, que “a veces, parecía ayudarle, le desagarrotaba (sic) los brazos y le soltaba la lengua. Pero era como el aliado traidor de las películas: el que te da la mano en el acantilado para luego soltarte cuando te confías y piensas que ya estás salvado”. Finalmente, ya en la madurez, en el presente actual, encontramos la tercera persona y a Curro interno en un hospital psiquiátrico reflexionando sobre lo vivido. Informes médicos nos hacen saber que “el paciente da muestras de extrema desorientación mezclada con lucidez y señales de una inteligencia superior a la media, y desarrolla un delirio visual con alucinaciones visuales y olfativas” derivadas de un pasado traumático. Estos recursos narrativos, tan bien tejidos, tienen la capacidad de dinamizar el ritmo de la obra. Por otra parte, el lector sospecha que el narrador omnisciente y los personajes nunca dejan de ser el propio Curro, el cual planea su fuga del frenopático con su mayordomo, a quien salvó cuando estaba a punto de suicidarse: “Plácido, me alegré, porque hasta aquel día me había sentido muy solo”.

    «Pensaba en el sueño como una máquina del tiempo; te vas a la cama y el tiempo avanza, sin ti. Por tanto, puede ser que las cosas se arreglen mientras tú no te hallas allí»

    Al más puro estilo cervantino, mediante diálogos inteligentemente descabellados, las escenas más trágicas se combinan a la perfección con momentos que llevan al lector a reír. A diferencia de la tragicomedia clásica, el humorismo no se utiliza para aligerar la tristeza de la escena, más bien al contrario: el recurso de enhebrar las lágrimas con la risa nos hace percibir la belleza de la prosa con una intensidad abrumadora. Se generan así tantas emociones encontradas que la razón se disloca y comprendemos que cualquiera es susceptible de ser barrido por el huracán.

    Y el huracán no es más que el siroco, volverse loco, aunque “la gente se cree inmune, pero a veces te rompes. Algo se parte ahí dentro, los fusibles se funden. Se te queda todo suelto ahí dentro, ya no hay forma de repararlo.” Con todo, la obra tiene al final un mensaje positivo en el que “Curro siente la ilusión palpable de no estar solo, de ser parte de algo, de ser como los demás. Es todo lo que siempre quiso. Ser como los demás.”

  • Defensa de las cosas que no sirven para nada

    Defensa de las cosas que no sirven para nada

    Cuando emprendemos un proyecto perseguimos un sueño con un plan establecido. A lo largo del tiempo hemos ido configurando una hoja de ruta que nos llevará a conseguir aquello que anhelamos. “Quiero ser afortunado” dirá uno, y en este sentido orientará su empeño para conseguir su meta. Un buen consejo sería que, si esta persona es joven, estudiara algo que diera mucho dinero, pongamos por caso: ingeniería informática. Luego, ya de adulto, deberá invertir su capital en start ups o en fondos de inversión sólidos que le generen unos dividendos suficientes para jubilarse a los cincuenta siendo rico. “¿Y luego qué?” preguntará otro, seguramente el primero se encogerá de hombros.

    Esta clase de elección vital no necesita justificación en el mundo de hoy: ¿quién no quiere ser próspero? Lo difícil es ser capaz de llegar. Se han escrito montones de libros con recetas para lograrlo: Consígalo en diez pasos, me parece un buen título. Quizá, el primer consejo para hacerse rico sería alejarse de las cosas que no sirven para nada.

    En la educación se ve muy claro. Los alumnos de los cursos superiores esperan entrar en carreras como economía, ingeniería, administración y dirección de empresas, derecho; con el objetivo de hacer dinero. Y vivimos en una sociedad tan sumamente hipócrita que la mayoría de los que escogieron aquellos asfaltados caminos en su juventud, esas pistas de despegue hacia el éxito económico no reconocen hoy que no es lo que parece, que son tan clase media como al principio, que ganan un sueldo con muchos dolores de cabeza en un trabajo que, en la mayoría de los casos, no los llena, no los hace prósperos.

    Quizá unos quisieron ser pintores, actrices, panaderos; pero no escogieron esas sendas inciertas. ¿Para qué estudiar literatura si no sirve para nada? Buena pregunta que no puedo contestar, pero sí poner algunos ejemplos que muestren lo intrincado de la vida.

    Julio Cortázar, un escritor del siglo pasado muy admirado, contaba una anécdota que lo ilustra muy bien. Hay una escena en Rayuela en la que Oliveira, un diletante que vive en París y luego en Buenos Aires, está poniendo rectos unos clavos torcidos. Recuerdo que otro personaje, más pragmático, le pregunta qué es lo que tiene pensado colgar o clavar. Oliveira, fiel a su estilo enigmático y poético, responde que sabrá qué hacer con ellos una vez que haya terminado de poner los clavos rectos. Por el momento, su actividad no sirve para nada. Rayuela deja huella en el lector joven por muchos pasajes como este.

    Alguien podría preguntarse para si es útil leer novelas en papel en pleno siglo XXI y este pobrecito escribidor tampoco sabrá qué responderle. Para leer o para escribir, son necesarias altas dosis de entusiasmo; y si uno lo piensa dos veces termina por abandonar. ¿Para qué vale perseguir un imposible? Probablemente para seguir andando. Solo una cosa es segura: el disfrute de cuando te esfuerzas en hacer algo que te llena.

    En la universidad nos explicaron en Antropología que el Amor entre los seres humanos sirvió para prosperar, que las relaciones do ut des establecían alianzas para afrontar los retos que planteaba la madre Naturaleza, en la noche oscura de los tiempos cuando no existían ni internet ni la agricultura. Me imagino a un homo sapiens como yo, sentado en una piedra, pensando para qué sirve el amor a los suyos, si siguiendo su interés podría conseguir más que atado a sus seres queridos. Probablemente su primitiva lógica le dijera que aquello no servía para nada, pero lo haría igualmente porque le gustaba.

    Hoy nos creemos más listos que la Naturaleza, Dios, el Azar; pensamos que podemos saber el futuro milimétricamente y, por ende, lo que podemos necesitar en el presente. No obstante, los trastornos de ansiedad o la depresión están a la orden del día; esa tristeza de las personas que se decepcionan con su vida, porque pensaron que todo lo que habían planificado los conduciría a una meta concreta, y eso es mucho suponer.

    La vida es mucho más compleja que nuestra ciencia, y probablemente lo será siempre. El ser humano siempre ha pensado que podía saber lo que pasaría, por eso siempre han existido adivinos, y también agoreros, que nos han dicho qué es lo necesario y lo inútil. Quizá la manera de no decepcionarse con la meta es esforzarse en lo que uno le gusta, aunque parezca que no vale para nada. Así, el tiempo invertido solo traerá cosas buenas.

    Acabada la carrera, empecé a estudiar inglés sin saber muy bien pará qué, pero sí por qué: me había enamorado de la poesía y de las canciones de Dylan. Para entenderlas en  versión original, invertí mucho esfuerzo en aprender un idioma nuevo. Al cabo de pocos años, juventud, divino tesoro, me podía defender muy bien y conseguí un trabajo como auxiliar administrativo, donde conocí gente de economía y administración de empresas.

    En su momento, estudié filología hispánica porque me había enamorado de prosa y la poesía de grandes escritores como Cortázar. Por aquel entonces, muchos me dijeron: Eso no sirve para nada, y yo me encogía de hombros sin saber qué responder. Estudia algo que te de dinero como ingeniería, me aconsejaron. A mí me gustaba leer y escribir. “Quiero ganarme la vida leyendo, escribiendo y enseñando a leer y escribir”, me dije.

    Andando el tiempo, gracias a la Naturaleza, a Dios o al Azar, me gano muy bien la vida. Me cuesta sentarme a escribir, pero me gusta. Leer cansa, pero me llena. También he hecho muchas cosas inútiles, las hago todavía hoy: como mantener un blog cuando, dicen, que nadie lee. En fin, algunos parecen tenerlo muy claro. Yo solamente puedo, por mi experiencia, hacer una defensa de las cosas que no sirven para nada porque, las cosas que no sirven para nada me han valido para mucho; sobre todo, para prosperar.

  • Se lleva muchas vidas

    Se lleva muchas vidas

    Mis padres y mis tíos vivieron la época de la heroína en España, que se llevó el futuro de muchos jóvenes con toda la vida por delante. Las pocas veces que salía el tema en las reuniones familiares, se hablaba con tristeza, porque casi todos habían perdido a un amigo víctima del maldito caballo. Cuando uno pregunta cómo se pudo llegar a aquel extremo, te contestaban que en verdad no se sabían las consecuencias del uso indiscriminado de aquella droga, que muchos chavales lo hacían para molar más en su barrio, que otros pensaban que podían controlarlo y que, finalmente, no podían salir. No se tenía información y a la que había, por lo que sea, no se le daba relevancia. Así murieron, literal o figuradamente -porque quedarse hecho un yonki, en cierto sentido, es una muerte civil- miles de chicos y chicas durante los años setenta y ochenta. RIP.

    Hoy en día las cosas no son lo que eran. Yo no he perdido a ningún amigo por la heroína, ni conozco a nadie que la haya probado (y conozco a algunos que han probado de todo). Los chutes ya no son un problema social, pero no podemos cantar vitoria tan pronto. Hay una droga que se sique llevando la vida de muchos, literal y figuradamente.

    El consumo de alcohol entre la población juvenil, aunque cada año aumenta, no deja un reguero de muertos. Si bien es cierto que a veces suceden accidentes, como por ejemplo la intoxicación etílica por parte de una quinceañera en las fiestas de Tarragona, estos no son habituales ni revisten de gravedad. A veces alguno se ha pasado y ha habido que llamar a la ambulancia, pero todo ha quedado en un susto por no conocer el alcohol. De todas formas, veremos que los botellones abren los telediarios y que los jóvenes de hoy parecen más borrachos y más inconscientes que los de ayer, o que los adultos de ahora.

    Pero el demonio del mediodía, que trimestralmente abre las noticias para que no se nos olvide su malignidad, es el tabaco. Cientos de campañas en contra de la yerba seca y, sobre todo, de los fumadores. A pesar de todo, el número de jóvenes que actualmente empiezan a consumir la yerba del diablo es prácticamente el mismo que años atrás, más o menos un treinta por ciento de la población, harta de sus padres y del sistema en el que viven, con ganas de ser rebeldes y de molar un poco más. Lo dejarán muchos luego. Aunque mata mucho entre los viejos, lo cual es relativamente comprensible dado que o los mata el tabaco o cualquier otra cosa, el tabaco no deja bellos cadáveres que llorar.

    El tema de la droga, my favourite subject –que diría el clásico-, aunque tabú, también es uno de los peligros habituales a esquivar. Chicos con ganas de experimentar y de probar cosa nuevas, es fácil que busquen experiencias químicas en paraísos artificiales, como en el siglo XIX hiciera el joven Baudelaire para escribir Las flores del mal. El deseo de transgresión y trascendencia es relativamente habitual. Este sí que es uno de los pozos por donde caen muchos, porque si bien es cierto que es hipnótico mirar el abismo, no hay que olvidar que el abismo también te mira a ti y se te cuela dentro. Desde la marihuana hasta el éxtasis, este sí que es un peligro real que deja algunas miradas bobaliconas en chavales que fueron inteligentes y que ahora solo dicen: ¡Heeeeey!

    No obstante, hay un peligro mayor a lo todo antes mencionado, que se lleva muchas vidas de jóvenes por delante y los hunde en la depresión, los conduce al fracaso escolar y social, que los deja hechos unos seres sin futuro teniendo apenas pasado: el móvil.

    Por mi profesión, conozco muchos chicos y chicas tristes, ansiosos, deprimidos, no por el consumo indiscriminado de estupefacientes, sino por el uso sin límites de las pantallas. Tanta gente incapaz de enfrentarse a la vida real por haber hecho frente a demasiados monstruos virtuales en videojuegos o en el veneno de las redes sociales. No hace falta explicar lo nocivo que es el maldito aparato, necesario para todo. Todos tenemos uno en el bolsillo que sabe mejor nuestros gustos que cualquier ser humano. Dicen que es el futuro y seguramente es cierto, pero vamos a pensar en el presente.

    El suicido es la primera causa de muerte entre los jóvenes. Si se observan las estadísticas, se verá que el número aumenta cada año exponencialmente, parejo al uso y las horas que se dedican a las pantallas. La depresión es el mono de los jóvenes de hoy, y su causa es el consumo indiscriminado de las redes y los videojuegos antisociales.

    Pero nadie hablará de ello en el telediario ni en los medios generalistas, a pesar de que algunos directivos han grabado documentales sobre lo mal que se sienten por haber diseñado ciertas redes que imitan la dinámica de las tragaperras para generar adicción. Las empresas llamadas tecnológicas ganan muchísimo dinero -y poder- gracias a nuestra dependencia, y no se sienten responsables de la depresión de tantos jóvenes.

    Inevitablemente, llegará la regularización en el uso del móvil, las tabletas y demás gadgets que estén por venir; también se podrán fronteras a las redes sociales por su venenosidad. Quizá irá en contra de la libertad, pero cabe preguntarse si el chaval enganchado a la pantalla el libre después de todo. El uso de la tecnología es inevitable, como lo es el uso del cuchillo; pero hay que aprender a usarlos para no hacerse daño.

    Hasta este artículo, en contra del móvil, lo estás leyendo gracias a él. Quizá no es una cuestión del aparato que se usa, sino del contenido que se consume. Mientras llega y no llega la ley que regule la droga del siglo XXI, que tantos futuros de jóvenes se roba, habrá que tener sentido crítico y cuidarse del C4B4LL0-2.0, se lleva muchas vidas.

  • Un café para Platón

    Un café para Platón

    Acabo de terminar dos obras importantes para la historia de la literatura, la filosofía y la cultura en general: Fedón y Fedro. Dos mancebos griegos amigos-amantes de Sócrates que se dejan enseñar por el primer filósofo, que no sabio. Mentiría si no dijera que hay muchas cosas que se escapan a mis referencias y que las he leído sin detenerme, como el que lee una novela, intentando descubrir el misterio entre líneas, dando por supuesto que no lograría aprehender la totalidad de la obra ni del pensamiento helenístico.

    Lo que más sorprende son las coordenadas dualistas: lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo justo y lo injusto, etc. Se da por sentado que existen dichas realidades como lo alto y lo bajo, lo grande y lo pequeño, el calor y el frío. En sus parlamentos, los filósofos califican las dudas como posturas del vulgo: ¿Hay vida más allá de la muerte? El vulgo afirma que quizá no la hay, etc. Me ha decepcionado esta concepción presente en el Fedón, como si fuera cosa de nobles el conocimiento innato y desterrar así la sentencia a la que tantas veces se refieren los profesores de filosofía: solo sé que no sé nada. Yo no sé de dónde la han sacado, pero en el Sócrates platónico, las dudas son cosas de los ignorantes y la mayéutica se basa en preguntas retóricas que se contesta a él mismo y en el que todos los oyentes coinciden y dicen: No podría ser de otro modo.

    Por supuesto que podría ser de otro modo, dice el lector. Siguiendo el planteamiento de ese dualismo atroz, se desprecia el cuerpo y se alaba el alma con liberalidad pueril. Además, por muchas cábalas y silogismos que se planteen, solo tenemos claro que existe una de las dos cosas. Así, se desprecia lo que existe en pro de lo que puede existir o no, ser o no ser, ésa es la cuestión, querido Platón. El argumento más sólido que he podido extraer que respalde la existencia del alma es la concepción de lo perfecto: podemos imaginar la perfección, podemos acotarla de distintas maneras, pero no podemos hacer que exista. Luego, en alguna parte hemos visto lo perfecto, el concepto, lo que es igual a sí mismo, el absoluto, lo infinito, lo divino, lo imposible. Entonces es el alma quien guarda recuerdo de esas ideas y en la vida lo único que hacemos es recordarlas, buscar sus semejanzas, siempre imperfectas, siempre defectuosas, en el mundo sensible: aquel que percibimos mediante nuestros imperfectos y defectuosos sentidos. Bueno, es bastante certero el planteamiento, pero es del todo insuficiente.

    Resulta curioso que se planteen estas cuestiones —de carácter tan personal, tan sentimental, tan irracional, en definitiva— desde el punto de vista de la razón: me parece un despropósito. Hasta el más recalcitrante de los ateos intuye que hay algo más allá de lo tangible, de lo que se ve, se toca y se oye. Sin quererlo su razón, cree que existen sinergias que operan en su vida que no tienen explicación racional: esto podía haber sido de cualquier manera y, no obstante, fue de la manera en que yo presentí que sería: ¿por qué?, se preguntan el filósofo y el ignorante. Así, Platón, la razón quizá es tan defectuosa como cualquiera de los sentidos corporales con los que se descodifica lo que tú llamas realidad, verdad, idea, y yo solo atino a llamar sueño, sombra, ficción.

    Dos milenios más tarde, vino Nietzsche a decirnos que dioses habían muerto porque habíamos dejado de creer en ellos. Los hombres y las mujeres hemos inventado a Dios. Vale, pero eso sigue sin responder quién es nuestro inventor necesario, y eso deja un espacio para que las sectas de toda índole saquen tajada con historietas vagas sobre el origen del mundo, las cuales cada una entiende a su manera defectuosa e imperfecta. Lo único que está claro es que la humanidad no ha inventado a la humanidad, ni la naturaleza, ni tampoco ha encendido ni una sola de las estrellas incontables del cielo. Si a ese misterio lo llamamos Dios, entonces, querido Nietzsche, Dios sigue existiendo.

    Pero volviendo a Platón, también me perturban las ideas peregrinas presentes en Fedro, el bello mito del auriga y los dos caballos, como afirma la contraportada del libro, se encuentra en esta obra. Y dice, al fin, en su dualismo, que hay que maltratar al caballo negro —el de las bajas pasiones como el odio, el miedo o la concupiscencia— y mimar al caballo blanco, que es su contrario. Así, ascenderemos al mundo de las ideas al cual nuestra alma pertenece. Y al describirlo con toda suerte de detalles, que más me parecen fantasía que racionalismo, llego a la conclusión a la que llegó Joaquín Sabina mientras empuñaba un cigarrillo y un güisqui; preguntado en un programa de televisión, de cuyo nombre no quiero acordarme, por la vida eterna dijo: hay vida más allá… pero no es vida.

    Debo decir que me parece muy bello el mito del auriga y sus caballos, pero discrepo en la propuesta de maltratar a uno y regalar al otro; ambos son los que tiran del carro. Aunque contradictorios, habrá que sacar a veces la visceralidad del odio para superar los desiertos del camino y llegar a los vergeles donde nuestro amor pueda mostrarse con todo lustre. El caballo blanco es noble, pero es débil. El negro es malo, pero es fuerte. Ambas corrientes habitan en el corazón, o en el inconsciente, de todas las personas. Ninguna es prescindible, las dos son necesarias. Y adónde el camino irá, lo decide el auriga. Y cuál es el camino mejor, eso no lo sabe nadie. Y quien diga saberlo miente.

    Estas son las conclusiones que saco después de leer a Platón. Lo que más me ha gustado de ambas obras, Fedón y Fedro, es el final. En ambas, Sócrates acaba por recordar un mito y empiezan los dos con la misma idea: esta historia puede ser verdad o no, pero yo creo que es válida. Así, al final, todo se resume en la sentencia: Solo sé que no sé nada.

  • Donde lo dejaste

    Donde lo dejaste

    Ocurre en ocasiones en la vida que nos encontramos con un amigo al cual hace tiempo que no vemos. El lapso entre la última vez que compartimos una cena, una cerveza, un café puede ser muy variable: desde unos meses hasta muchos años; pero siempre se produce un fenómeno que nos llama la atención: parece que el tiempo no haya pasado.

    Que el tiempo es relativo ya lo ha demostrado Einstein y muchos memes de internet, lo difícil es entender qué significa este concepto en la vida práctica. Podemos encontrar un ejemplo en el caso de los amigos que se encuentran, después de un lustro, y que deciden compartir una cerveza. No hace falta que la conversación rememore glorias pasadas, sencillamente las risas, las complicidades, las afinidades comunes aflorarán por sí solas.

    Pocas veces sabemos en la vida cuándo es el último día que pasamos con un amigo. Stephen King se pregunta sobre la infancia algo así como: la última vez que saliste a jugar con tus amigos, ¿sabías que era la última vez? Muchos responderemos que no. Así es la vida, una caja de sorpresas en la que parece que no existen los finales definitivos. Incluso en las despedidas protocolarias siempre quedamos en vernos algún día, nunca decimos adiós para siempre, sabedores de que podemos encontrarnos en cualquier cruce de caminos. Mantienes con las personas la misma relación que antes, donde lo dejaste.

    Pero la vida nos cambia inevitablemente. En los años transcurridos en que los amigos no se han visto han pasado muchas cosas: uno tuvo un accidente, el otro se casó, tuvo una hija, el anterior terminó sus estudios, acabó una relación tóxica, se enamoró de nuevo. En fin, nunca dejamos de aprender y ese continuo crecer nos cambia, a veces mucho. Si nos imaginamos hace cinco o diez años, veremos que pensamos y actuamos de forma muy diferente, en determinados casos casi antagónica. Pero al juntarnos todo eso se olvida y volvemos a ser, a veces sin querer, aquellos de hace tanto tiempo. Es tal el poder del fenómeno que el cambio en nuestro amigo nos parece una pequeña traición.

    Compartir esa cerveza con nuestro viejo amigo habrá sido como viajar al pasado. Probablemente nuestras obligaciones diarias nos obligarán a seguir con lo nuestro más pronto que tarde. Prometeremos vernos en otra ocasión con más tiempo y sólo Dios sabe si podremos cumplir nuestra promesa o si esa será la última vez que nos vimos.

    Lo mismo ocurre en otras facetas de la vida. Nos relacionamos con las situaciones como con las personas. A veces nos alejamos de según qué circunstancia y al encontrarnos de nuevo frente a ella, actuamos de la misma manera o nos pasa lo mismo que años antes. Esa idea de que la historia se repite, o de que es cíclica, no deja de tener relación con el ejemplo del amigo al cual hace tiempo que no vemos: las cosas están donde lo dejaste.

    Ocurre con los miedos. Un verano fuiste niño y te daba miedo saltar del trampolín a la piscina, tanto miedo que te quedaste paralizado y hasta te costó bajar por la escalera. Otro agosto tienes vienticinco años, has tenido novias, peleas, exámenes imposibles, noches inolvidables; estás tranquilamente con tus amigos y te subes al trampolín sin recordar y una vez al filo de la tabla todos tus antiguos, olvidados miedos están ahí. En ese momento hay sólo dos opciones, o saltar o seguir igual, y solemos seguir igual porque el susto nos afecta más cuando nos coge desprevenidos, con la guardia baja.

    La mentalización es muy importante para superar cualquier miedo irracional, por eso la previsión es una herramienta efectiva frente al fracaso. La vida puede parecer muy compleja cuando la observamos de cerca y extrañamente simple cuando la miramos de soslayo, a través de ejemplos simples. Ocurre que, sin saberlo, podemos repetir, sin querer, conductas que nos hacen tropezar una y otra vez con la misma piedra.  

    Porque las piedras están tal y como las dejaste. Tenemos una relación que se terminó por una serie de circunstancias que no dependieron de nosotros, o así lo creímos en su momento. En el pasado, tuvimos una serie de conductas de las que no estamos muy orgullosos y prometemos cambiar en la próxima oportunidad. Pasa el tiempo, nos enamoramos de nuevo, y estamos otra vez igual. A veces, hasta nos pasa lo mismo que la vez anterior y la relación termina por exactamente las mismas causas de siempre. Entonces nos preguntamos si todo obedecerá a un oscuro destino que nos la juega.

    También en el trabajo. Tuvimos un oficio alienante que no nos proporcionaba la plenitud deseada y, llegado el momento, decidimos dejarlo y buscar otro puesto completamente distinto. Tenemos suerte y lo encontramos, es un nuevo comienzo, pero al cabo de los meses tenemos la misma sensación que antes, ¿qué está sucediendo?

    Sencillamente que tu manera de relacionarte con la circunstancia es la misma que antes, donde lo dejaste. Por eso se repiten los mismos patrones y todo vuelve a ser como el último día, como con nuestro amigo. Sólo terminará el problema si somos capaces de cambiarnos nosotros frente al asunto. Por eso es muy importante escoger bien el momento en que decidimos afrontar una situación, como el que salta del trampolín.

    Si perduran los miedos, también se mantiene intacto el amor. Por eso es fundamental saber dejar las situaciones un momento dulce, para que al volver se siga manteniendo ese sabor que nos hace sentir que la vida vale la pena. Debemos evitar el colapso, la frustración, el vicio, es bueno que nuestra relación con el entorno respire y se airee.

    Porque podrás volver al mismo punto y retomar tu vida y tu tiempo tal cuales eran; por mucho tiempo que pase siempre volverás a encontrar el rompecabezas de la vida por…

    …donde lo dejaste

  • La marihuana o la vida

    La marihuana o la vida

    Este texto me lo hizo llegar un buen amigo, quien me enseñó el secreto de la filantropía, hace unos siete años. Durante un tiempo supuse perdido este artículo, pero la recopilación de varios escritos para mi blog hizo que reapareciera, para mi alegría. Después de pasar un par de semanas editándolo, aquí tengo esta historia que pretende hacer reflexionar al lector sobre una decisión trascendente: la marihuana o la vida.

    La primera vez que probé los porros fue con 15 años en un descampado a las afueras de mi pueblo con unos colegas del instituto. Entonces no fumaba tabaco, sacaba buenas notas. Aunque no hacía mucho deporte, era un chico sano en muchos aspectos. Tenía una madurez inusitada para mi edad y siempre tuve claro que quería estudiar y prosperar en la vida.

    A partir de entonces, comencé a fumar también tabaco. El consumo real vino partir de los 16 años y con 17 ya fumaba medio o un paquete de cigarrillos al día. En cuanto a los porros, fumaba cuando había, cuando alguno de los amigos conseguía pillarle a un chaval mayor que nosotros que nos vendía hojarasca. A pesar de eso, fumábamos y nos partíamos de risa. Las ocasiones eran muy esporádicas, pero las recordábamos muy afablemente.

    SAN FRANCISCO – APRIL 20 (Photo by Justin Sullivan/Getty Images)

    Entonces comencé el bachillerato. Para mí fue una liberación. De ser un chico responsable que nunca había suspendido un examen, pasé a todo lo contrario. Faltaba a clase, me juntaba con los alumnos de la última fila y nos pasábamos las mañanas en el bar. Nunca he tenido problemas para estudiar, sin embargo, ese año repetí curso. También hay que resaltar que trabajaba los fines de semana en el restaurante de mi pueblo y que esto ocupaba un tiempo importante en el que debería estar en casa.

    El segundo año de bachillerato, para mí todavía el primer curso, conocí a la que fue mi novia durante unos años, una chica que, como yo, también había repetido curso. En cuanto a los porros, consumía muy de vez en cuando y me reía de otros porretas que se pasaban las tardes fumándola, sentados en el sofá, sin hacer otra cosa que hablar de tonterías. Ese año cumplí 18; el día de mi cumpleaños compramos una tableta de chocolate y nos fumamos la mitad por la tarde, cuando llegó la noche estaba tan dormido que no tuve fuerzas para celebrar ese día como se merecía. No le di importancia, habría muchos más días.

    Pasé al segundo curso de bachiller, comenzaron los porros de verdad, por las noches, con los colegas. Durante ese año, las noches que nos reuníamos para fumarla iban intensificándose a medida que avanzaba el curso. Al final del mismo, casi lo hacíamos cada noche y a la que no se podía era motivo de tristeza. En ese plan seguimos todo el verano y comenzamos la universidad. Mi chica no fumaba pero no le daba importancia a que yo lo hiciera de vez en cuando, muchos de sus amigos eran porretas habituales y, como yo me reía de ellos, debió de suponer que nunca caería en el fumeteo diario.

    Igual fueron pasando los años de la universidad: el consumo de marihuana nunca me supuso una traba, la verdad. Saqué buenas notas y en tercero puede cumplir uno de mis sueños más arraigados, estudiar en Madrid con una beca. Entonces tenía 21 años. Tenía dinero y absoluta libertad para hacer lo que me diera la gana. En esa época, fue la primera vez que me fumé un porro por la mañana. Como tenía casi siempre y lo guardaba en mi piso de estudiantes, fumaba cuando me apetecía y, como el placer es adictivo, casi siempre me apetecía. Había días que me levantaba, me sentaba con mi café con leche, y me fumaba un porro mirando la tele, en concreto, los Desayunos de la Primera, que entonces presentaba Ana Pastor, de la cual me enamoré perdidamente. Muchas fueron las veces que me salté todas las clases y no iba en todo el día. A pesar de eso, aprobé la mayoría de las asignaturas a última hora con buenas notas. De todo ello saqué la siguiente conclusión: los porros diarios no eran malos (al menos, para mí no).

    Volví a casa al curso siguiente y acabé la universidad. Ese año me distancié de los amigos, con los cuales fumaba porros en el bachillerato, por sentirme desplazado cuando volví de la gran ciudad. Parecían tenerme rencor por haberme ido y haberles dejado, aburridos, en las provincias. Actué radicalmente, que les dieran porculo, tenía mis porros, mis libros, otros muchos amigos y a mi chica que me apoyaba en todo lo que hacía. Me encerré en aquella vida, en ningún momento pensé que estaba actuando mal porque todo me iba bien. Encontré trabajo aquel verano con el que pensaba pagarme el máster. Cuando el verano acabó, no me gustó el plan de estudios y decidí dejarlo. Ese invierno me dediqué a estudiar inglés y a esperar la próxima temporada de verano, ahorrar bastante dinero y estudiar un máster mejor al año siguiente. Me volvió a salir bien la jugada, encontré un trabajo mejor pagado, seguía leyendo mucho y fumando cada vez más. De lo último mi chica no sabía casi nada, yo no se lo contaba porque me daba vergüenza, me había convertido en lo mismo que yo criticaba: un porreta que prefería quedarse en casa que pasar la tarde por ahí. Cuando me sentía mal por ello, me fumaba otro porro. Yo intentaba escondérselo, pero algo sospechaba ya.

    Ese verano tenía 24 años y me sentía realmente confundido. Trabajaba todo el día duramente y cuando llegaba la noche, cogía y me fumaba «el porro de la recompensa», tan esperado durante todo el día. La verdad es que prefería fumar a quedar con mi chica el único momento del día que tenía para verla, la noche. Le decía que estaba cansado y que me iba a casa. No era mentira, me iba a casa fumando un porro y me dormía enseguida, hasta el día siguiente.

    Y llegó un día de ese verano en el que no sabía ni dónde estaba ni quién era yo, pero me gustaba el caos, fuese lo que fuese. Me sentía en la cumbre de mí mismo, en lo más alto. En la hostelería, conoces a mucha gente, de todo tipo, y yo siempre he sido muy abierto de mentalidad a pesar de mi cabezonería, no me gustaba juzgar mal algo que no conocía. Empecé a salir de fiesta por las noches con ellos, al bar de rigor donde éramos conocidos. Nunca podría confesárselo a la que entonces era mi chica, y al cabo de dos semanas, decidí dejar la relación en vez de decirle lo que había. Hacía tiempo que no le contaba la verdad: yo era un porreta. Ella no entendió nada, pero no me entendía desde hacía ya tiempo, rompí su corazón y también el mío. Supuse que eso era mejor que hacer lo que hasta entonces hacía, mentirnos .

    Para superar el trauma, me refugié en los porros y en el trabajo. Más bien, me estanqué. Acabó aquel verano, que en teoría era maravilloso y, por suertee, me aceptaron en el máster de la Universidad de Barcelona. Todo funcionaba suavemente, encontré un piso muy barato y un trabajo de mierda con el que pagarme los vicios, que en esas alturas eran 20 o 30 euros de marihuana a la semana.

    Pero me pilló la ola, un día de esos quedé con mi ex y, el verla tan bien, tan sana, tan buena, me reventaron las tripas. Me prengunté qué es lo que era yo y no lo supe, me volví loco, me tragó el pozo como un torbellino y me tuvo girando durante aquellos meses de invierno en lo más frío y más oscuro de mí mismo. Dejé el máster, dejé el curro, dejé a una chica con la que había intimado un par de veces, y me fui a casa a llorar lo que quedaba de mí.

    Y fumaba y fumaba. Por suerte, trabajé los fines de semana en el mismo sitio donde estuve el verano anterior y entre semana escribía una novela que comencé en Barcelona, sobre un loco como yo al que todo le salía al revés. Pensé que si la acababa, podría sentirme orgulloso de algo que había hecho, y así fue. Para celebrarlo, fumaba y fumaba, pero no superé nada, más bien todo lo contrario. Como ella había llevado siempre una vida como Dios manda, poco a poco fue superando la situación y saliendo adelante. Yo, por mi parte, seguía estancado y no sabía por qué. Entre porro y porro, llegó la primavera y comenzó de nuevo la temporada.

    Ahora tengo 25 años. Lo que me hizo decidir cambiar la manera de funcionar fue una última pelea que tuve con mi ex, yo le reprochaba que no me ayudara a salir de todo aquello en lo que yo solo me había metido. Decidí que se acabó, que saldría por mi propio pie del agujero y decidí que el 31 de mayo sería el último día que me fumaría un porro. Estaba con mi colega de toda la vida, este no se lo creía y se partía de la risa. Efectivamente, al día siguiente no fumé, ni al otro, ni al otro, ni al otro. Al tercer día, me sentí resucitar, a la semana ya actuaba como no hacía mucho tiempo. Había llevado tanto tiempo aquella dinámica que era como una bola de nieve bajando la montaña, haciéndose cada vez más grande. Cada día que pasa, me siento un poco más seguro y un poco más yo mismo. Si me cuesta dormir, me pongo a leer furibundamente hasta que lo consigo. Ahora repaso todos estos hechos, como hacía antes, sin obsesionarme. No me culpo de la vida que he tenido porque he conseguido sacar algo bueno, y eso es lo más importante. Aquel que no hace nada, nunca se equivoca; el que hace, se equivoca muchas veces, pero también hay que ser valiente para reconocer los errores que uno comete.

    Hoy, todos me notan cambiado, mi familia, mis amigos y yo mismo, me notan mejor. Poco a poco, voy volviendo a ser quien era, pero todavía me queda mucho camino por recorrer y creo que eso es lo mejor. Llevo 19 días sin fumar un solo porro, caladas esporádicas que al final rechazo cuando alguno de mis amigos me tiende el porro que se está fumando. Cuando decidí dejarlo, paré de comprar, fumaría cuando hubiera, como hacía años antes. Sin embargo, me afectan tanto tres caladas que al final he decidido dejarlos definitivamente.

    El futuro siempre es incierto y uno nunca sabe, pero el presente es nuestro, completamente. Y me prometo que hoy tampoco fumaré, aunque a veces venga el pasado a recordarme que he actuado mal muchas veces. Entonces, yo cojo y escribo mi historia, para colgarla en cualquier blog de porretas y decirles lo que hay. Quizá con ella consiga hacer reflexionar a alguno, quizá no consiga absolutamente nada, pero por lo menos me pongo a trabajar en vez de levantarme, liarme un mai y perder toda la mañana fumado, sentado en el sofá.

    Ahora pienso que la marihuana es buena, siempre y cuando se saque algo bueno de ella.

    Firmado,

    Un exfumeta