solíamos venir a este bar cuando se podía fumar dentro. todo sigue siendo de color verde como dentro de una botella de JB. hoy ha llovido y es mala hora. la gente está en otra parte y estoy yo solo con mi sombra y la tuya. también dejé el tabaco y de recordarte tanto. la casualidad me trajo hasta esta mesa donde solíamos hablar. ponen canciones de ahora como hacían entonces. el camarero de antes tiene más canas y está más gordo. nos tenía vistos cuando pasábamos las tardes con un café con leche. ya no se acuerda de nosotros porque hemos cambiado demasiado. tu sombra y la mía y yo.
2.
gasolinera
Tarragona huele a gasolinera. por eso me gusta tanto el olor a gasolina. las chimeneas escupen al cielo y crecen edificios demasiado altos junto a las ruinas de la Tabacalera. me gustan las vías del tren junto al mar como una cicatriz en la cara de una mujer hermosa.
una vez a la salida de El Cau una chica me dijo que prefería drogarse antes que hacer el amor. acabamos en el Loreto cuando se le teminó la cocaína.
sus piedras milenarias me han visto pasar ebrio, feliz, derrotado, invicto. orinó el vagabundo en la esquina donde apuñalaron a un romano anónimo. pasean parejas por La Rambla hasta el Balcón y los viejos ocupan los mejores bancos al sol.
en sus barrios periféricos abundan los kebabs, los semáforos y los bares donde acudo religosamente.
la Semana Santa se vive y también el Carnaval. en verano se ven guiris despistados cuando extravian Salou o Barcelona.
nadie suele recalar en esta ciudad pequeña a orillas de un mar infestado de mercantes cercada por un río seco donde sólo subsisten violentos cangrejos americanos.
con su barrio del puerto con sus lobos de bar como nuestro abuelo. con sus barcos pesqueros y su agua aceitosa. con su faro al fondo como un espejismo.
este es un lugar secreto del mundanal mundo, paraíso infernal del ecologismo.
por eso y más, viajero, si con el corazón sabes mirar, y reír por la herida, tu alma sabrá repostar en Tarragona.
3.
dicen es plural
dicen que es imposible escribir siendo feliz y por eso yo nunca sonrío.
dicen que no pueden nacer poetas en este tiempo y por eso yo escribo en prosa.
dicen que la anáfora es un recurso demasiado fácil y por eso yo soy complicado.
dicen tantas cosas y yo les diría a ellos de todo,
pero entonces también estaría en el dicen y tampoco haría nada.
La mente humana es casi tan infinita como el universo conocido y son tantas las posibilidades de conjugar una idea que el hecho de ponerlas en el papel es hablar solo de la punta del iceberg. En este artículo de exploran de manera sucinta las cuatro leyes o dicotomías más comunes que he encontrado en las obras, el pensamiento, el arte de Occidente y del resto del globo. A pesar de la variedad, parece haber coincidencias.
El Amor y la Muerte
Estos dos son los grandes temas de la literatura y del arte en general. De la combinación infinita de ambos elementos, se hacen todos los temas habidos y por haber que se pueden tratar en una obra de arte. La aparición del elemento amoroso como la superación de la muerte o la muerte como final inexcusable, son solo ejemplos de las posibilidades inagotables que ofrecen estas dos ideas. Invito al lector a pensar por sí mismo qué películas, libros, series, temas, conoce y vea hasta qué punto y en qué grado se relacionan con el Amor y la Muerte. Las dos ideas primeras que mueven el mundo.
El Destino y el Libre Albedrío
Mucha de la filosofía, tanto religiosa como profana, parten del rechazo o la asunción de una de las dos ideas. ¿Somos dueños absolutos de nuestra vida o cumplimos con un plan establecido? Según el sentir de los tiempos, la respuesta ha sido una o la contraria. Por ejemplo, las tragedias griegas exploran la idea de Destino como algo inevitable: cuando el héroe intenta huir de la profecía del hado, acaba encontrado su propia fatalidad en la carrera desesperada. Obras como las de Sófocles, siglos antes de nuestra era, exploran esta ironía. No obstante, la idea de que el ser humano no es dueño de lo que le sucede choca con el concepto de moral. Es decir, si el Destino del sujeto está escrito, el sujeto no es ni bueno ni malo, solamente una pieza en el tablero de Dios o de la Matemática. Por lo tanto, desaparece el concepto filosófico de Culpabilidad, sobre el que se sustentan todas las religiones. Por ejemplo, el catolicismo cree en el Libre Albedrío porque el ser humano puede decidir si es bueno o malo, y eso explica el mal en el mundo, porque muchos, como pueden escoger, deciden ser mezquinos. ¿Qué crees tú? ¿Vivimos determinados por nuestro destino o somos libres para elegir nuestro camino? Las respuestas son inacabables y los matices pueden ser muchos. Habrá quienes, inocentemente, piensan que son libres y a la vez creen que su futuro está escrito.
La Civilización y la Barbarie
También podría llamarse este punto La Inocencia y el Escepticismo, pero parece menos aclaratorio. El ser humano es el único animal que vive de espaldas a la madre Naturaleza. Este proceso, que lleva desarrollándose milenios, sume a la persona en una fuerte necesidad de reconectar con la fuente primigenia, y necesitamos irnos en medio de los árboles, subir una montaña, respirar la brisa del mar. Sólo podemos sentir por un momento, como de pasada, el breve sentido de nuestra vida cuando miramos la tierra, el campo, las montañas, el cielo, las nubes, los astros. No obsante, en general, somos inacapaces de vivir para siempre en medio de tales portentos, y deberemos encontrar refugio en la polis, entre los nuestros, y discutir en la plaza pública, antinaturalmente cuadrada, cómo vamos a organizarnos, quiénes serán los de arriba y los de abajo. Así, nos vemos traicionando a nuestra propia madre Naturaleza que, aunque lo es todo, también es cruel en su ceguera: mientras nosotros podemos admirarla, ella parece no querer vernos. Nos protegemos de sus terremotos y sus fenómenos atmosféricos extremos. La simple caída de la noche nos da una idea de nuestra solitaria debilidad. En un plano más actual, cada vez estamos más aislados del campo con nuestros aparatos tecnológicos y analógicos, cada vez más alejados de nuestra pureza, de nuestra inocencia animal, que por otra parte, puede ser brutalmente cruel y llevarnos a cometer los actos más reprochables. Los antiguos nómadas vivían en su barbarie con sus dioses crueles, sentándose en el suelo o bailando en derredor de la hoguera, comiendo poco y muriendo jóvenes, siendo la muerte su pan de cada día, tan natural como el agua clara del río y el cielo raso. Ahora, escribimos artículos sentados sobre una silla mullida delante del ordenador y tenemos problemas para conciliar el sueño. ¿Ahora estamos mejor? Indudablemente vivimos más, pero es mucho más difícil ser inocentemente feliz.
La Duda y la Certeza
Dos amigos y yo hablábamos de estos temas en un bar de barrio. Mientras cenábamos una humilde pizza, dibujábamos las líneas maestras del pensamiento humano. Lejos de la tertulia intelectual en la ubre, tratábamos los temas que habíamos leído en los libros y en la experiencia de estar vivos. Cualquier lugar es bueno para sentarse a filosofar si se tiene el fuego de las ideas encendido. Dudas y certezas tan necesarias como el aire que respiramos, que nos dan un soplo de frescura para continuar nuestra aventura humana. Uno de ellos afirmó, a raíz de lo expuesto, que debemos vivir con la contradicción permanente a cuestas. Creemos en una cosa y la contraria a la vez, y por eso somos capaces de dudar de todo lo cierto y creer a ciegas en cualquiera fantasma como el Amor, el Destino, la Civilización y la Verdad. Ya lo dijo el griego: Sólo sé que no sé.
Voy a hablarte como si estuvieras vivo. Hacía mucho que no hablábamos. Lo último que nos dijimos fueron buenas palabras para proyectos futuros: yo había aprobado las oposiciones y a ti te habían puesto cadera nueva. Un horizonte se abría para nosotros. Quedamos en que hablaríamos para próximas reseñas literarias. Eso fue a finales de 2021 y a finales de 2022 me enteré, por un amigo, de tu muerte repentina. Noticia que me atravesó el corazón en dos partes y me dejó clavado en el suelo como el rayo.
Es tanto lo que tengo que agradecerte. Has sido el único escritor, editor, traductor, literato, que me hizo caso de veras. Tus correos fueron para mí claves técnicas. Nunca me hiciste perder la ilusión y no dejaste de creer en lo que escribía. Seguramente por bondad cristiana o judaica, aplaudías mi natural entusiasmo y mis ganas de mejorar. Fuiste amable y bueno conmigo, en un mundo donde la crueldad es norma porque los escritores pasan hambre de éxito y de aprecio, y tratan a los demás como a sí mismos. Tú me enseñaste el oficio, a ver las palabras como arcilla y los textos como objetos hijos de un trabajo constante y humilde, a veces artístico e imperecedero. Por tu amistad conseguí publicar tres párrafos en OP, luego me defenestró Jota Ce y, al cabo del tiempo, no sé quién quedará, supongo que nadie. Hace poco vi que Jota Ce movía uno de sus libros, ciegamente visionarios, en el club de lectura de la biblioteca de mi ciudad. No será para él la gloria que tanto ansía, me atrevo a visionar cruelmente yo. Tú siempre fuiste amable conmigo. No sé qué me viste, supongo que amor por la literatura. Gracias.
Quería contarte una casualidad, que quizá no sea tal sino el argumento lógico de una historia que los vivos sólo intuimos y cuyo misterio tú ya debes conocer. Después de las oposiciones, he seguido trabajando en mis escritos. De hecho, he creado una página donde cuelgo mis historias todos los domingos, como esta que te escribo ahora. Quería enseñarte mis textos de ahora y retomar el contacto, pero nunca encontraba el momento. Seguramente estabas ocupado con traducciones, revisiones y ficciones, no quise molestar. Vi que publicaste un libro y a punto estuve de leerlo y reseñarlo, como hice con el anterior de buena gana y sin esperar contrapartidas, pero yo también andaba ocupado siendo padre, marido, profesor y escribidor. Postergué demasiado este correo.
Pero una serie de circunstancias concurrieron juntas. Resulta que adquirí el libro The Last Night of the Earth Poems de Charles Bukowski, con quien comparto el ninguneo por parte de los literatos anodinos como Jota Ce. Había leído algunas traducciones de su poesía, pero me parecieron insuficientes y, movido por un resorte vital, me dediqué a traducir algunos de los poemas presentes en ese volumen. Muchas fueron las dudas que me asaltaban a la hora de hacer ese ejercicio: hasta qué punto respetar los deliberados errores en el uso de las comas; si debía prevalecer el juego fónico del sonido de las palabras o su significado; cuando hay dos palabras diferentes que en español se escriben con la misma, cómo hay que proceder; estas y otras cuestiones me hacían pensar en ti.
Sin embargo, continué con bastante buena fortuna mis traducciones adánicas, que encontraron muy buena acogida entre mis lectores de Facebook. Es curioso que cuando uno empieza la publicación diciendo: Últimos poemas de Bukowski, se genera una oleada de reacciones que no ocurre si pongo las mismas palabras al final del texto. Los caminos de la literatura son inescrutables e irónicamente divertidos. El caso es que no iba a escribirte aún, en parte temiendo la puerta cerrada de un silencio definitivo.
Por otra parte, permíteme el juego, el pasado otoño me embarqué en el proyecto de hacer una tesis doctoral sobre la enseñanza de literatura en secundaria. Se trata de un intento sisifítico por acercar los clásicos al futuro: a los adolescentes. Muchos de mis colegas han tirado la toalla, pero tú sabes que mi entusiasmo no conoce límites. El caso es que he ido rastreando obras que reflexionen sobre la importancia de leer, los beneficios de la lectura, qué nos aporta este ejercicio difícil pero imprescindible, etc. Cuál es mi sorpresa cuando, pido unos libros en la biblioteca de mi ciudad y, cuando me llegaron al cabo de dos semanas viajando por correos, leo Cómo leer y por qué de Harold Bloom, editado por Anagrama, TRADUCCIÓN DE MARCELO COHEN. En ese momento casi tuve una epifanía: no debía tardar mucho en escribirte y contarte lo que me había pasado. Qué ibas a decir, te lo puedes creer, eran mis alegres preguntas.
Paseando con dos amigos, uno de los cuales ha publicado en OP con más suerte que yo aunque fuimos arrojados ambos por la misma ventana, comencé hablando de ti, dispuesto a contarles la anécdota que acabo de referir. No me dio tiempo a decir tu nombre cuando mi colega dijo: Ha muerto, tío. No di crédito hasta que me mostró el mensaje en la cuenta de Twitter de la revista, no por desconfiado, sino porque parecía un giro de guion imposible, ilógico, que si estuviera en una novela resultaría irreal y forzado, pero era la vida, y la muerte, la tuya y la mía, de nuestra amistad sincera.
Durante un tiempo no supe qué hacer con esta carta sin escribir, ya no tenía sentido escribirte si no podías leerme en este mundo. Me dejé llevar por los muchos quehaceres de la rutina. Pero hace poco recibí un correo que me hizo sonreír de nuevo. Un tal Ayesha (Álex) nos invitaba a hacerle un homenaje a Marcelo Cohen, reuniendo toda la correspondencia que tuviéramos de él o refiriendo anécdotas y recuerdos que tuviéramos por su amistad. Me pareció una iniciativa preciosa y me dispuse a encontrar un momento para navegar en la bandeja de entrada y salida, para escuchar de nuevo la voz nunca oída de Marcelo leyendo sus párrafos infinitos. Resultaba que el gran Marcelo Cohen no solo había sido generoso conmigo, sino con un grupo nutrido de escribidores como yo, consciente como era de que tanto los troncos grandes como las ramas finas mantienen encendido el fuego inextinguible de la literatura iberoamericana.
Antes que yo, contestó alguien de la revista OP, de la cual Marcelo era director junto con su mujer. Resulta que rechazaban de plano la idea de publicar su correspondencia, ninguneaban al que había tenido la idea y, en fin, protegían la memoria del gran hombre enterrándola tras sus pequeñas miserias. Supongo que esa clase de gente rodeaba a Marcelo Cohen, quizá por eso gustaba de cartearse con quienes no ganaban nada con su amistad, con quienes soñaban con escribir la gran obra, sencillo como todos los genios.
Hasta siempre, Marcelo, amigo. Aquí quedaremos los escribidores recordándote y recomendando tus novelas, traducciones, artículos y epístolas. Fuimos privilegiados por haberte leído y seguiremos siéndolo en el futuro, porque te seguiremos leyendo. Quizá un día nos encontremos frente a frente y nos cuentes cuál era el misterio de la escritura.
Pepe se sienta en su mesa de la terraza, donde fuma. Es martes y hace frío. Sus dedos entumecidos empiezan a liar un cigarrillo. Con parsimonia, extrae las hebras de tabaco de su petaca de cuero, manchándose los dedos amarillentos. El camarero llega con el café con leche, en vaso de cristal, como todas las mañanas desde hace dos años.
-Hoy es mi cumpleaños. -Le dice al joven distraído que le sirve, un chico delgado, hijo de los dueños, que no quiso estudiar y ahora trabaja de mala gana en el negocio.
-¿Ah, sí? -Responde el joven como diciendo: Me importa una mierda.
-Cumplo 52 años. -Y empieza a extraer su monedero de piel de cabra del bolsillo de la roída chaqueta. Lo hace con parsimonia, para retener la atención de su interlocutor. -Es normal que con la edad que tengo nadie quiera contratarme. Ya no soy joven, como tú.
Ambos saben que Pepe no tiene muchas ganas de trabajar, aunque lo contrataran. Más bien, de trabajar en alguna empresa, de seis de la mañana hasta la tarde, por mil euros. Él prefiere cobrar la ayuda, aunque tenga que vivir en casa con su madre, una señora mayor que cada vez tiene más achaques, pero que aún puede hacerle la comida a su hijo solterón cuando viene de la calle. Pero Pepe lleva una vida bastante activa en Facebook.
Después de encogerse de hombros, el camarero continúa con su trabajo sin decir nada. Pepe se siente inspirado. Del bolsillo posterior de sus apretados pantalones vaqueros, demasiado estrechos para su tallaje, saca una pequeña libreta y una pluma verde, tornasolada, que relumbra bajo el sol gris de la mañana invernal. Abre una página en blanco y apoya la estilográfica sobre las hojas abiertas al cielo literario de par en par.
Da una calada a su cigarrillo y pasa su pequeña lengua por el incisivo superior izquierdo, el único que le queda después de que hace un par de años perdiera el otro por una mala salud bucodental. Ya le advirtió el dentista la última vez que pisó la consulta.
-Como siga usted fumando así, don José, y no venga más a menudo, perderá los dientes.
Pepe aparta esos pensamientos de su cabeza y aprieta con fuerza la estilográfica verde, de la que tan orgulloso se siente. Pacientemente, espera a que las palabras acudan y:
Lo mas bonito del amor, es pasar disfrutando por todas sus etapas. Empezar siendo amigos y acabar siendolo todo en uno solo
Fdo Jose
Pepe escribe con su letra suelta que ha adquirido viendo a los escritores por la tele y en internet, aunque sus trazos conservan un aire de niño chico que no ha escrito mucho. Olvida las tildes en más y siéndolo, pero no importa porque a su público no le interesa la ortografía, sino su corazón. Cómo buen escritor de oficio, él sabe lo que quieren sus lectores y Pepe se lo proporciona. Sus temas fundamentales son el amor y las relaciones, siempre apasionadas, fogosas, nunca eróticas, aunque muy sugerentes. A pesar de que lleva solo toda la vida, siempre busca, y a la vez rehuye, el amor verdadero. Si bien nadie lo acusa de zascandil en internet, sino de artista y poeta. Pepe toma una foto con su teléfono móvil y recuesta el cuerpo, aliviado, sobre el respaldo de la fría silla metálica. Sostiene el cigarro con una mano y la pluma con la otra, feliz.
-Adiós, Pepito.
-Adiós, cariño.
-¿Cómo está tu madre?
-Ahí anda, como siempre.
-El otro día la vi en el mercado. Me dijo que van a venir tus sobrinos a casa, pero la mujer ya no está para cocinar, porque le duelen los huesos y claro, tiene que llevar la casa… -Pepe deja de escuchar a la vecina, un poco más joven que su madre, mientras ella sigue hablando. Sus palabras parecen reprocharle que esté ahí sentado y gordo, mientras su pobre madre se deja las rodillas y las muñecas artíticas en las tareas.
-¿Y tu padre, nena? ¿Ya salió del hospital?
-Ahí anda también.
-Bueno, buenos días, mi vida.
-Adiós, adiós.
La vecina pasa arrastrando su carro y Pepe sigue disfrutando de su epifanía literaria. El camarero hace un amago de recoger el vaso de café con leche, pero lo evita. Aún queda el poso amargo y dulce del azúcar con carbón de la vieja cafetera del bar de barrio.
Pepe entra en Facebook y abre su página: Jose palabras solamente. A día de hoy tiene 2314 Me gusta y 9513 Seguidores. Casi sin quererlo, se ha convertido en uno de los sitios más fuertes de internet en el ámbito literiario nacional, ya quisieran muchos escritores tener la mitad de público que Pepe moviliza en cada publicación. Muchos lo envidian y alguna vez le han enviado un mensaje airado, que Pepe siempre contesta.
Usted no debería poder escribir con esa ortografía tan deficiente. Debería usted leer más libros y no ensuciar el ya dañado nombre de la literatura española. Si no fuera por la sociedad tan ignorante en la que vivimos, no tendría usted ni un solo seguidor. ¡Déjelo de una vez!
Cuando esto ocurre, Pepe suele hacer un vídeo al respecto, comentando que no va a comentar el odio que algunos vuelcan en su página, para luego comentar con pelos y señales el mensaje que ha recibido, el cual le hace mucha gracia, dice con cara de enfado. Esta vez no ha ocurrido nada de eso, sino algo peor. Pepe observa cómo en los comentarios de su última publicación, entre los emoticonos de corazones y besos que mandan sus seguidoras, hay algunos quienes comentan que Jose nunca responde a los comentarios, que ya están cansados, que hay que ver, que ya no van a comentar más.
Esto sí que consigue encender al apasionado Pepe y decide hacer algo al respecto. Es tanta la indignación que siente que decide levantarse de la silla, dejando el euro con veinte céntimos con rabia sobre la mesa, y echarse a andar sin rumbo fijo, hacia los descampados que delimitan el perímetro de su barrio. Toma con sus labios estrechos otro cigarrillo y expulsa un fantasma de humo que se dibuja bajo la luz matutina.
Cuando se encuentra en un lugar que considera tranquilo, saca su teléfono y da inicio al vídeo donde responde a sus enfadados seguidores, que se quejan de su poca ateción.
Uno no tiene tiempo -viene a decir Pepe- para contestar a todo el mundo. La gente se cree que no tengo otra cosa que hacer contestar a cada comentario. ¿Qué le hubiera pasado a Cervantes si viviera en el mundo de ahora? ¿Cómo contestaría todos los comentarios de Quijote? -que por supuesto, Pepe no ha leído- ¿Qué le diría la gente? Pues lo mismo me pasa a mí. Yo tengo muchas cosas que hacer durante el día…
Después de cinco minutos comparándose con Cervantes, Pepe se siente más tranquilo, aunque igualmente contrariado. El curso de sus pensamientos le ha llevado lejos del poblado y se encuentra en las inmediaciones de un polígono industrial. Los coches, las furgonetas, los camiones y camionetas pasan yendo y viniendo de sus respectivas tareas, la gente mueve el mundo con su trabajo. Jose observa el mundo desde la orilla de la acera de hormigón, mira la larga carretera y el sol elevándose al final. Observa las siluetas recotadas de los vehículos y las naves industriales, las hierbas secas que crecen en las grietas que se forman en la carne de los edificios funcionales para el trabajo. Pepe casi puede verse desde fuera, desde lejos, desde arriba, desde el universo, y se siente minúsculo. Toda esa gente yendo y viniendo y él allí plantado, cobrando por nada. La vida tiene muy poco sentido, después de todo. Pepe se siente inspirado y triste a la vez.
-El sentido de la vida es el amor. -musita mientas palpa su único incisivo con la lengua.
De vuelta a casa, va consultando las redes sociales de otros escritores y escritoras como él. Su preferida es Tercera estrella a la deriva, la única página que suele mencionar y compartir en la suya. Este sitio tiene medio millón de seguidores, su referente en FB.
Está de moda
Está de moda el no querer querer.
El no contestar.
El “háblame que te voy a responder en cinco horas” no porque esté ocupado, sino porque no quiero mostrar mi interés.
Está de moda el complicarse la vida diciendo una y otra vez que “no estás buscando nada serio”.
Está de moda el callarse y no decir “joder, como me gustas” y cambiarlo por un “qué tonto eres”, con esos iconitos que te hacen parecer de otro planeta.
Está de moda el alejarse cuando una persona te encanta, te puede aportar sensaciones nuevas y puede que sea incluso la persona que buscabas, pero eres tan sumamente egoísta y cobarde que no te quedas a averiguarlo.
Está de moda tener miedo a sentir.
No sé, será que en pleno siglo XXI, con las millones de facilidades que hay para todo, el querer asusta.
Entre café y cigarros.
A Pepe esa publicación le parece el colmo de la literatura, mejor no puede escribir nadie, ni siquiera el viejo Cervantes. En cuanto llegue a casa escribirá otro texto parecido, sabe que no puede dejar pasar la oportunidad que le brindan las musas.
Aunque a veces se siente bastante solo, a pesar de que su última mujer lo dejó por perro y por guarro (en el sentido de poco higiénico) y de que esas palabras aún duelen en el cajón más hondo de su memoria, Pepe siente que tiene una vida diferente en Internet. Gracias a las redes sociales, ha logrado dar a su vida algún sentido, descubrir que su propósito es escribir. A él, que tanto odiaba los libros, le parece el colmo de los colmos que haya terminado compartiendo su prosa, su poesía, sus pensamientos, con cientos de desconocidos diariamente. Gente que no es de su barrio, que no lo conocen de nada, pero que lo imaginan como él se muestra: como un escritor y poeta enamoradizo. Ahora no le faltan las proposiciones indecentes y las citas con mujeres solitarias. Cada día tiene mensajes picantes en su bandeja de entrada. Señoras que muestran y confiesan sus anhelos sensuales con una precisión mucho mejor de lo que él era capaz. Pepe tiene una vida mejor, aunque virtual, inmaterial, distante, como un sueño, como una película.
Llegando a su casa, ve revuelo en la puerta. Las vecinas y los jubilados se han reunido en su portal. Divisa un poco más allá la ambulancia y una camilla que se lleva a su madre. Pepe aprieta el paso, dejando su teléfono para más tarde. Qué ha pasado, qué…
-Tu madre se ha caído, Pepe. -Dice una vecina.
-Venía del Mercadona con la compra y se la han encontrado tirada en el suelo. -Otra.
Por un momento, Jose palabras solamente no encuentra el modo de poner sus pensamientos en orden. Los sanitarios cierran las dos puertas del vehículo y Pepe se siente helado en la acera. En un instante, de golpe, la vida se ha vuelto dura y dolorosa como una pedrada. Aunque seamos infinitamente pequeños, nuestros problemas son infinitamente más grandes. Los vecinos lo miran y el camillero se acerca para decirle.
-Su madre está muy grave, nos la llevamos al hostipal.
-Pero, pero…
-La llevamos al Virgen de la Piedad. Puede venir con nosotros o venir usted luego…
Son apenas las siete de la tarde y ya es de noche. En la puerta del polideportivo se agolpan cabelleras blancas y bien peinadas, las personas mayores del pueblo llevan unos quince minutos haciendo cola, el evento es gratis: concierto de Joan Reig y su banda. Estamos en Constantí, un pequeño pueblo industrial e industrioso cercano a Tarragona.
Para quien no sea de Cataluña, hay que decir que Joan Reig es el baterista de uno de los grupos más influyentes en el panorama musical catalán desde los años 90 a la actualidad: Els Pets. Aunque percusionista, Reig ha escrito muchos de los himnos inolvidables de esta banda, como sabemos muchos de los que leemos las letras de las canciones en el librito de los discos y vemos quién las ha firmado. Si cantaran en inglés, serían algo así como los Eagles o cualquiera banda mítica del imaginario internacional.
Marina y yo hacemos bromas sobre que bajamos la media de edad del evento. Como yo soy de Constantí también, distingo entre las cabezas venerables a algunas ancianas del pueblo: la abuela del Genís, la abuela de la Laura, la abuela del Joshua, etc. Las puertas se abren y recorremos el pasillo hasta la pista de patinaje artístico, la cual hace las veces de lugar de actos municipales como entierros, graduaciones o conciertos. Tomamos asiento en una de las primeras filas y esperamos a que la acción empiece. Mientras estamos sentados, vemos como la sala se va llenando paulatinamente hasta ocupar todas las sillas de plástico que hacen de butacas en el teatro improvisado del polideportivo.
Fotografía de Marina Martí
La luz se apaga y los focos iluminan a cuatro gatos-jazz que aparecen en escena. Músicos experimentados que uno imagina cruzándose en los pocos bares de rock que van quedando, tomando un wiski en la barra solos o con poca compañía. Ahora se muestran en su plenitud, con el instrumento colgando, sonrientes, hermanados por los ritmos sincopados que Joan Reig marca con su batería en el centro mientras interpreta. Para disfrutar más del espectáculo, sería ideal que, como en la ópera, desfilara la letra de los temas por una pantalla sobre el escenario. Las palabras de Reig cuentan historias que valen la pena ser leídas y el sonido del directo no siempre ayuda a distinguirlas bien. Aun así, uno disfruta de esa música con sabor a Dylan, a The Band, a Serrat y a Krahe.
Las canciones se entremezclan con poemas recitados, todos hijos de la estilográfica de Reig. Las letras dibujan un sol blanco sobre la tapia del cementerio y el humeante café con leche en el bar de delante de casa, las fotos en sepia donde aparecen los que ya no están cuando eran más jóvenes y más eternos, el paso del tiempo irrecuperable, el misterio de estar vivo, retrata la muerte cotidiana y amable, como un viejo conocido, pero al que nadie saluda, sentado en una mesa de la esquina, al fondo del Bar El Casino.
Otro de los temas que Joan Reig toca es la raigambre a la tierra, no en un sentido político -o no solamente- sino a las raíces, a los orígenes, a la esencia de uno mismo. Cuando uno lo piensa y ve al músico, con tantos quilómetros a sus espaldas, habiendo visto miles de caras desde arriba en el escenario, habiendo conocido el éxito, pienso: ¿por qué no se marchó, como hicieron todos? Constantí no es el pueblo idílico que uno evoca cuando piensa la palabra “pueblo”, se ha convertido más bien en una ciudad dormitorio aledaña a los polígonos industriales que sitian el municipio. Pero Joan Reig habla de los avellanos, de los surcos en la tierra, de los olivos que peinan el viento, de los caminos centenarios hacia otros pueblos antiguos como La Canonja o Reus. Joan Reig no solo es un artista de Constantí, él es Constantí. Amigo de los vecinos, de los que llevan allí desde que tienen memoria y los que fueron llegando, valorándolos por el peso de su corazón, como hacen los párrocos sabios o los intelectuales visionarios.
La vida puede ser comedia, tragedia, sainete, dice Reig en algún momento del espectáculo. Las historias a veces tocan temas tabú como los abusos de un cura oscuro vividos en carne propia, o hablan de esa gran ce que se ha llevado a tantos tan pronto. El momento álgido del recital es cuando revisita un poema sobre su madre pintando una imagen poderosísima: cuando las manos se entrelazan, se aprietan muy fuerte, bajo la sombra de un día claro. Por el recuerdo indeleble de su mamá, se le quiebra la voz y él, y yo, derramamos una lágrima tan antigua como el mundo, un beso tierno de la tristeza.
Al ir llegando al final del espectáculo, Joan ironiza sobre que hay dos enfermeras del departamento de salud que te ayudan con la depresión post-concierto. El público ríe y se tocan los bises, más alegres y movidos, para terminar arriba y recordar que la vida es bonica, aunque a veces complicada. Aplaudimos y vuelven las luces, recuperamos nuestra vida y recordamos que hace un frío de mil demonios porque el lugar carece de climatización. La corriente se llevará por delante a alguno de los ancianos, comentamos.
De vuelta al corredor por donde habíamos entrado, salimos ordenadamente hacia la calle. De repente, nos detenemos un instante y veo que se ha parado la abuela del Joshua, una anciana que, desde que tengo memoria, siempre ha sido mayor. Ayudada por el brazo de su acompañante, unos años más joven, se ha plantado frente a uno de los acomodadores que están vigilando que la salida del recinto se haga ordenadamente, otro vecino conocido como Joan Déugràcies (Adiósgracias, por su traducción), y le espeta: ¡Pues no me ha gustado el concierto, porque era en catalán y a mí me gusta el castellano! El hombre sonríe como lo hacemos todos en la cola. Todo el pueblo quiere a la abuela del Joshua, todo el pueblo quiere a Joan Reig y el mundo está más hermanado.
Cualquiera que tenga corazón, aunque no sea de Constantí, de Cataluña, de Europa, podrá disfrutar de la letra y la música de este Bagatzem que ha construido verso a verso Joan Reig para que guardemos allí los recuerdos con las personas que no olvidaremos.
Recordar con tristeza que el tiempo se esfuma es la mejor invitación para vivir felices.
era uno de esos días calientes y sofocantes en Hollywood Park entre la muchedumbre, la sofocante, ruda, tonta muchedumbre.
gané la última carrera y me quedé para cobrar y cuando me metí en el coche había un gran atasco en el intento de salir de allí.
así que me quité los zapatos, me quedé sentado y esperé, encendí la radio, sintonicé algo de música clásica, encontré una pinta de escocés en la guantera, la abrí, y le di un tiento.
voy a dejarlos salir a todos, pensé, después me iré.
encontré ¾ de un puro, lo encendí, le di otro tiento al escocés.
escuchaba la música, fumaba, bebía el escocés mientras miraba a esos perdedores irse.
había incluso un pequeño partido de mierda jugándose unas 100 yardas al este.
luego se terminó.
decidí acabarme la pinta.
lo hice, luego tumbé el asiento.
no sé cuánto tiempo dormí pero cuando me desperté estaba oscuro y el solar del aparcamiento estaba vacío.
decidí no ponerme los zapatos, encendí el coche y conduje fuera de allí…
cuando llegué a casa el teléfono estaba sonando.
mientras ponía la llave en la puerta y abría, el teléfono continuaba sonando.
entré, descolgué el teléfono.
“diga”
“hijo de puta, dónde has estado”
“en el hipódromo”
“¿en el hipódromo? ¡son las 12.30 am! ¡te he estado llamando desde las 7 pm!”
“acabo de llegar del hipódromo.”
“¿estás con otra mujer?”
“no.”
“no te creo!” colgó.
fui a la nevera, agarré una cerveza, fui al baño, dejé que el agua corriera en la bañera.
el teléfono sonó de nuevo.
salí de la bañera con mi cerveza y chorreando llegué donde el teléfono, y lo descolgué.
“diga”
“¡maldito hijo de puta, todavía no te creo!”
colgó.
volví a la bañera con mi cerveza, dejando un rastro de agua.
mientras me metía dentro de la bañera el teléfono sonó de nuevo.
dejé que sonara, contando, los timbrazos: 1,2,3,4,5,6,7,8,9, 10,11,12,13,14,15, 16…
colgó.
luego, quizá, 3 o 4 minutos pasaron.
el teléfono sonó de nuevo.
y conté los timbrazos: 1,2,3,4,5,6,7,8, 9…
después se paró.
en ese momento me acordé de que me había dejado los zapatos en el coche. no importaría, excepto porque solo tenía ese par.
maldita la hora, sin embargo, en que alguien quisiera robarme ese coche.
salí de la bañera a por otra cerveza, dejando otro rastro detrás de mí.
fue el final de un largo largo día.
aire y luz y tiempo y espacio
“-sabes, antes tenía familia, un trabajo, algo siempre se interponía en el camino pero ahora he vendido mi casa, he encontrado este sitio, este amplio estudio, deberías ver el espacio y la luz. por primera vez en mi vida voy a tener el lugar y el tiempo para crear.”
no cariño, si vas a crear vas a hacerlo aunque trabajes 16 horas al día en una mina de carbón o vas a crear en una habitación minúscula con 3 niños mientras estás en paro, vas a crear con una parte de tu mente o de tu cuerpo jodida, vas a crear estando ciego tullido demente, vas a crear con un gato subiéndote por la espalda mientras la ciudad entera tiembla por un terremoto, bombardeo, riada e incendio.
cariño, aire y luz y tiempo y espacio no tienen nada que ver con esto y no crean nada salvo quizás una vida más larga para encontrar nuevas excusas.
el águila del corazón
¿sobre qué estarían escribiendo en unos 2,000 años desde hoy si ellos estuvieran aquí?
ahora bebo cabernet Sauvignon mientras escucho a Bach: es lo más curioso: esta continua muerte esta continua vida.
mientras miro a esta mano que sostiene un cigarrillo me siento como si hubiera estado aquí desde siempre.
ahora tropas y bayonetas saquean la ciudad baja. mi perro, Tony; sonríe para mí.
está bien sentirse bien sin ninguna razón; o con una limitada capacidad para escoger bueno; o con un pequeño amor, para no ceder ante el odio. fe, hermano, no en los dioses sino en ti mismo: no preguntes, habla.
yo te digo una buena música espera en las sombras del infierno.
se acerca el siglo 21
era la fiesta de fin de año en mi casa creo. yo estaba de pie con una bebida cuando ese chico flaco se me acercó estaba algo borracho dijo
“Hank, conocí a una mujer que dijo que estuvo casada contigo durante 2 años.”
“¿de verdad? ¿cuál era su nombre?”
“Lola Edwards.”
“no sé de quién hablas.”
“anda, venga, hombre, dijo él…”
“no la conozco, cariño…”
de hecho no sabía quién era él…
terminé mi copa fui a la cocina a servirme otra.
miré alrededor sí, estaba en mi casa reconocía la cocina.
otro
feliz año nuevo
Jesús.
salí de allí para aguantar a la gente.
para partirse de risa
venga, vamos a verle, este viejo es para partirse de risa, tiene 50 años, se sienta en calzoncillos y camiseta interior bebiendo vino de su astillada y blanca copa. se sienta con las cortinas bajadas y nunca ha tenido televisión. si sale un rato es para comprar más vino o al hipódromo con su bebé azul ’58 Comet.
si vas por allí verás que siempre está turbado, una mujer se ha ido para siempre y él finge llevarlo con chulería pero esa pequeña comisura de sus ojos está llena de dolor.
derrama los vasos por doquier, se dedica a tragar esa basura cuello abajo y luego a veces se levanta y vomita. es un gran tipo. puedes oírle desde varias manzanas. después aparece y se sirve otra copa. sigue y sigue bebiendo y entonces de vez en cuando dice algo loco como, “cualquier cosa que 3 perros puedan hacer, 4 perros lo harán mejor” y otras por el estilo. o revienta el vaso de cristal o la botella contra la pared.
ha trabajado como celador en un hospital durante 15 años luego lo dejó. no duerme por las noches.
para ser un tipo tan feo no entiendo cómo consigue a todas esas mujeres. encima es celoso. atrévete a mirar a una de sus mujeres y te machacará.
suele emborracharse y cuenta locas historias y canta. y ¿sabes qué? escribe poesía
venga, ven a verlo, este viejo es para partirse de risa.
hola, Hamsun
después de dos botellas y media que no han conseguido endurecer mi triste corazón
camino en esta ebria oscuridad hacia mi habitación pensando en Hamsun quien se comió su propia carne para ganar tiempo para escribir
arrastro hacia la otra habitación un hombre viejo
pez abisal de la noche nada hacia arriba a los lados abajo.
la muerte se fuma mis cigarros
sabes: estoy borracho otra vez aquí escuchando a Tchaikovsky en la radio. Jesús, ya lo escuchaba 47 años atrás cuando era un escritor muerto de hambre y aquí está otra vez y ahora que soy un éxito menor como escritor la muerte anda arriba y abajo en este cuarto fumándose mis cigarros tomando sorbos de mi vino mientras Tchaik está trabajándose la Pathétique, ha sido un buen trecho y cualquiera suerte que he tenido fue porque tiré los dados bien: morí de hambre por mi arte, morí por conseguir 5 malditos minutos, 5 horas, 5 días- sólo quería apuntar la palabra; la fama, el dinero, no importaban: yo quería la palabra escrita y ellos me querían en la fresadora, en fábricas con cadena de montaje ellos querían que fuera reponedor en una tienda.
bueno, dice la muerte, mientras camina, te voy a llevar conmigo igual no importa lo que hayas sido: escritor, taxista, chuloputas, carnicero, piloto, te voy a llevar conmigo…
okey, cariño, le digo.
bebemos juntos ahora mientras la una am se desliza hasta las 2 am y sólo ella sabe el momento, pero funcionó el truco otra vez: conseguí mis 5 malditos minutos y mucho más.
el infierno es una puerta cerrada
incluso cuando me moría de hambre las cartas de rechazo casi nunca me molestaban: pensaba solamente que los editores eran verdaderamente estúpidos y simplemente continuaba y escribía más y más. incluso consideraba los rechazos como acción; era peor era el buzón vacío.
si he tenido una debilidad o un sueño es solo querer ver uno de esos editores que me rechazaron, para ver la cara de él o de ella, la manera como se visten, el modo como andan cruzando la habitación, el sonido de su voz, como miran a los ojos… solo un vistazo a uno de ellos-
sabes, cuando todo lo que ves es una hoja de papel diciéndote que tú no eres tan bueno, entonces hay una tendencia a pensar que los editores son más parecidos a divinidades de lo que son.
el infierno es una puerta cerrada cuando te estás muriendo de hambre por tu bendito- maldito arte pero a veces sientes que casi puedes echar un vistazo a través de la cerradura.
joven o viejo, bueno o malo, creo que nada muere tan lento y tan duro como un escritor.
una persiana bajada
lo que me gusta de ti me dijo ella es que eres un bruto- mírate sentado ahí con una cerveza en la mano y un cigarro en la boca y mira el pelo sucio de tu barriga saliéndose de debajo de la camiseta. te has quitado los zapatos y tienes un agujero en tu calcetín derecho por donde se te sale el dedo gordo. no te has afeitado en 4 o 5 días. tus dientes están amarillos y tus cejas caen torcidas y tienes suficientes cicatrices para espantar a cualquiera. siempre hay mugre en tu bañera tu teléfono está cubierto de grasa y la mitad de la mierda en tu nevera está podrida. nunca lavas el coche. tienes los periódicos de hace una semana por el suelo. lees revistas sucias y ni siquiera tienes televisión pero bien que haces pedidos a la tienda de licores y das buenas propinas. y lo mejor de todo no obligas a una mujer a meterse en la cama contigo. de hecho pareces poco interesado y cuando te hablo tú no dices nada solamente miras alrededor de la habitación o te rascas el cuello como si no me escucharas. tienes una vieja toalla mojada en el fregadero y una foto de Mussolini en la pared y nunca te quejas de nada y nunca haces preguntas y te he conocido por 6 meses pero no tengo idea de quién eres. tú eres como una persiana bajada pero es lo que me gusta de ti: tu crudeza: una mujer puede salir de tu vida y olvidarte muy rápido. una mujer no puede ir a otro sitio que ARRIBA después de dejarte, cariño. debes de ser lo mejor que nunca le haya pasado a una chica que está entre un tipo y el siguiente y no tiene adónde ir por el momento. este puto escocés es fantástico. vamos a jugar al las palabras cruzadas.
Dos amigos están en un bar de barrio. Las mesas de la terraza son de metal ligero y han decidido sentarse allí porque, a pesar de que es invierno, uno de ellos fuma. Piden ambos un café y esperan a que el camarero les sirva. Hace frío, pero no les importa.
-Cada vez tengo más claro que nuestra vida no se compone de grandes decisiones importantes, sino de pequeñas decisiones infinitesimales. Minúsculos momentos en los que nos lo jugamos todo, a diario, continuamente, sin darnos a penas cuenta.
-No te entiendo, Marcus.
-Me pasa cuando decido escribir o no esa palabra, cuando escojo el momento en el que ponerme a contar una historia, cuando busco el día adecuado para sentarme un rato frente al ordenador; todas esas decisiones forman parte de la misma: la decisión de escribir periódicamente cueste lo que cueste. Un día alguien se interesa por mi prosa, alguien importante, y toca decidir si publicar o no, pero la decisión ya está tomada en cada uno de los días en que me senté a gastar las teclas del teclado del ordenador.
El camarero trae los cafés y se produce un breve silencio. Marcus mira al vacío mientras sostiene su cigarrillo y el otro lo mira con las manos en los bolsillos. Da una calada.
-Para qué escribir si nadie te lee, Marcus. Ni siquiera yo, que soy tu mejor amigo, el único amigo que tienes, de hecho. Tus textos resultan tediosos, siempre escribes sobre las mismas cosas. No tiene sentido dedicar tanto tiempo a algo que no sirve para nada, deberías invertir tus energías en otra cosa. Mira los creadores de contenido en internet.
-Hay que tener fe y confiar en que los cambios positivos llegarán, y así poder disfrutar del presente, porque en el gozo del ahora hay algo de esperanza por el gozo de mañana.
-Ya empiezas con tus sentencias estrafalarias. El gozo verdadero es tener un coche guapo, una novia guapa, una casa guapa, mantenerte joven. Eso da la felicidad y no todas esas paranoias que escribes en tu blog de internet. Marcus, debes ver la realidad como hacemos los demás, seguramente te iría mucho mejor. Cambiando de tema, el otro día vi una serie que te encantaría: unos tipos cogen un avión y desaparecen cinco…
-En las películas de Hollywood vemos un mundo donde los personajes toman grandes decisiones trascendentales en un momento crucial, pero en la vida no ocurre de esa manera. Si bien estamos ante dos caminos que se bifurcan cada cuatro o cinco años, donde decidimos si seguiremos o no con esa chica, si aceptaremos ese trabajo, si compraremos esa casa, la decisión ya está tomada de antemano, debido al curso de decisiones infinitesimales que nos han llevado a ese cruce de caminos concreto, y no a otros posibles infinitos. Lo llaman destino, parece sorprendente, pero detrás de las casualidades opera una lógica aplastante que aún no podemos rastrear con nuestra física.
-Maldita sea, Marcus, cada vez hablas más raro. De verdad no hay nadie que te entienda. Qué sabrás tú de física, eh, cráneo privilegiado, no sabes ni la tabla del nueve. Además, deberías dejar de fumar tanto, ese vicio del demonio te está manchando los dientes. Pareces mucho más mayor de lo que eres, tío, solo tienes treinta y tres años y hablas como un viejo al final de su vida. La edad es una actitud, bro, y tú no la tienes.
-Ir o no a la universidad, por ejemplo. Dependerá de factores múltiples nuestra capacidad de elección. Una persona estudiosa podrá verse en la diatriba de decidir entre una facultad u otra, pero la decisión de seguir un itinerario académico, y que es la verdaderamente fundamental, ya estaba tomada de antemano en cada uno de los actos de durante años se han tomado cada día: estudiar para ese examen en vez de salir con los amigos, apuntarse a clases de inglés para alcanzar un nivel aceptable, leer aquel clásico de la literatura rusa que no sirve para nada. En esas decisiones está el germen de la gran decisión futura, que en ese momento el (o la) estudiante de instituto, desconoce.
-Marcus, si casi no aprobamos el instituto, no íbamos a clase, no atendíamos a los profesores, no estudiamos para un maldito examen. Qué me estás contando ahora del esfuerzo. A veces las cosas ocurren simplemente, sin una razón, pasan y punto.
-Podemos buscar los ejemplos que se quieran. También funciona a la inversa. Entre hacer o no hacer deporte, alguien puede decidir lo primero. Pero ese esfuerzo decisivo no se producirá en un día, sino que la persona deberá tomar decisiones diarias: preparar la bolsa de deporte, encontrar el tiempo, encontrar las ganas, encontrar la actividad adecuada, y así cada día durante un periodo de tiempo indeterminado, pero extenso.
-Tampoco has hecho deporte en tu vida. Mira, no sé qué te pasa hoy, pero estás insoportable. Cambiando de tema. El otro día vi una serie sobre unos tipos con boina que imparten justicia en el Nueva York de los años veinte, deberías verla porque seguro que te encantaría. Llevan un estilo vintage que te pega mucho. Yo de hecho estoy pensando en comprarme una gabardina y una boina, un poco con esa idea, porque son…
-La gente espera cambios de la noche a la mañana, que después de un sueño, una conversación con un amigo o con el psicólogo, después de un vídeo de internet, que después de leer un post, se produzca el cambio deseado, que se escuchen las palabras mágicas que nos permitirán alcanzar nuestras metas, pero nunca llegarán. Las personas no pueden soportar el silencio de algunas preguntas. Para ellas, es tan molesto como un pitido penetrante en los oídos. ¿Por qué el mundo es tan injusto? ¿Por qué las guerras, el hambre, la muerte de los inocentes? ¿Por qué mi propio fracaso? Dios guarda silencio.
-No debes ser tan negativo. Mucha gente alcanza sus sueños, mira Ginés, el del pueblo.
-Quienes buscan esa clase de fórmula mágica sólo encontrarán al cabo su contraria: la justificación del supuesto engaño vital al que estaban sometidos, y les hacía perder el tiempo persiguiendo una meta inútil. En eso se basan todas las sectas: la respuesta la tienen los pleyadianos, y vendrán a entregárnosla el día del juicio final, cuando todo tendrá sentido. Algunos se suicidan o simplemente llegan la apatía y las pocas ganas de seguir vivo. Como hemos dicho antes, no hay gozo en el presente sin esperanza de gozo futuro. La promesa de cumplir nuestros sueños sin esfuerzo es el mal de nuestra sociedad actual, y se cobra muchas vidas en forma de depresiones o de ansiedades.
-Como sigas así vas a ser tú el que coja depresión. Eres el tipo más melancólico que conozco. No sé cómo puedes vivir así. De verdad, no sé cómo eres capaz de darle tantas vueltas a lo que es simple. Maldita la hora en que estudiaste literatura.
-Otro de los problemas es la falta de ficción, las personas se toman demasiado en serio a sí mismas. Muchos se esfuerzan en perseguir la verdad, pero podría ser que dicha verdad fuera un invento, una sombra, una ficción, etc. Y no pasa nada, no significa eso que la verdad sea un engaño, sino que es compleja como el universo y nuestra capacidad humana aún no llega a abarcarla en toda su poliédrica, multifacética, infinita figura. La verdad no tiene forma de piedra, sino de perfume: se desdibuja cuando se encuentra.
-Quién demonios, en pleno siglo XXI, utiliza la palabra poliédrica. De verdad, Marcus, eres un buen colega y te aprecio, lo sabes, pero deberías cambiar de actitud vital. Mira a este tipo haciendo calistenia. ¿Te crees que le hace falta a este buscar la verdad por alguna parte? Las tiene así, haciendo cola. Esa es la verdad, lo tuyo no son cuentos.
-Porque vivimos a golpes y tenemos necesidad de crear un universo estable y paralelo donde haya sentencias que cambien el curso de nuestra vida, por eso inventamos los cuentos, por esa razón y no otra la ficción es necesaria: para aligerar el peso de la verdad nunca entendida, de la realidad siempre engañosa. Vivimos en la era de las noticias falsas, como si acaso hubiera noticias verdaderas, como si no fueran todas las noticias, filosóficamente, falsas, ficción. Las personas se fanatizan en busca de una realidad oculta, ricos y pobres, élites y masa, todos buscando la ficción en la realidad.
-Hoy en día nadie lee. La gente es práctica y sólo lo hacen si tiene una aplicación directa en el día a día: si me sirve para ganar dinero invirtiendo en NFT o kriptos, la sociedad está en eso, el futuro, y no podrás cambiarlo, Marcus, con tus novelas decimonónicas.
-Una de los motivos para los que sirve leer prosa de ficción, llorar con la historia del Pierre Bezújov y Natasha Rostov en Guerra y paz, odiar y admirar la ambición desmesurada del capitán Ahab a bordo del Pequod en Moby Dick, o reír y aprender la locura caballeresca de Don Quijote de la Mancha, para lo que sirve el esfuerzo de abordar estas grandes y difíciles lecturas es para enseñarnos que ninguno de los personajes mencionados anteriormente ha existido nunca, pero no por ello son menos importantes que mucha gente real, que casi toda la gente que hemos conocido en la vida real, de hecho, son mucho más fundamentales en nuestra manera de pensar y entender el mundo. Para eso sirve la ficción, maldita sea, no como dicen los críticos imbéciles: leer no sirve para nada. Seguramente no sirvió bien para lo que pretendían ellos: presumir.
-¿Y qué tiene que ver eso con las decisiones que decías al principio?
-No lo sé, pero podría ser que, por ejemplo, un escribidor hubiera decidido crearnos y que ahora estuviéramos discutiendo sobre realidad en una ficción, que nuestra conversación fuera solo parte de un cuento cutre de internet. Podría ser que lo que pensamos que ha sido nuestra vida solo era un pretexto para abordar una ficción.
-Marcus, tú estás loco.
-Puede ser, no te lo niego, Jeycob. ¿Te apetece que nos tomemos una copa? Invito yo.
-Demonios, ahora te escucho.
Y tomó la decisión más trascendental de esa vida ficticia: dejar de escribir y punto .
Había una vez una joven escritora feminista: pobre, apasionada y negra. Sus reflexiones y relatos suscitaban la admiración de otras mujeres feministas que destacaban, lo mismo que ella, en otros ámbitos del arte: acuarelas, fotografía, tarot, atardeceres, maternidades. Pero un día el Hambre personificada llamó a su puerta para sentarse un rato en el sofá de su casa de Menorca, isla donde antaño se había rodado un anuncio mítico de cerveza que se reversionó otro verano, con los mismos músicos demacrados por la droga, que suscitaba una nostalgia amable. El Hambre estaba sentada como una sombra silenciosa y secreta, nadie la veía, solo la escritora feminista, que estaba sola. Es duro ser una escritora feminista y depender de un hombre, artista feminista como ella, que vive de la bondad paterna y burguesa para pagar el pisito en Menorca, los múltiples fracasos, los dudosos triunfos, que nunca se traducían en dinero.
Así que, la cada vez menos, joven escritora feminista soñaba con ser una gran escritora y vivir sin traicionar sus ideales. Para no sentirse como una de esas amas de casa a las que despreciaba por no trabajar, se inventó unas clases particulares para ricachones de Menorca, como si tuviera quince años y ahorrara un dinerillo para comprarse ropa. La escritora cada vez tenía menos ropa que ponerse. Te veo más gorda, dijo el Hambre. Ella no contestó y siguió escribiendo en su teléfono su reflexión diaria para las artistas feministas como ella. No quiero acabar de profesora en un instituto porque soy una genia y quiero que el gran mecenas me vea, me rescate y me siente en una silla de oro para ser como la princesa de Darío y suspirar por un príncipe azul, guapo y feminista.
El Hambre, con su máscara roja, puso la tele y los pies encima de la mesita del salón. El Hambre no dice nada si no la miras a los ojos un buen rato y le dices, qué quieres, qué diablos estás haciendo aquí. Es discreta y se sienta tranquila en el sofá de tu casa o en el coche mientras viajas hacia esa cascada mágica que te revelará el sentido de la vida. El Hambre es así, llega sin avisar y no se va de tu hogar hasta que ella quiere. Pero si la escritora feminista la mirara y observara la negra oquedad de sus ojos, esta le diría.
Guapa, la vida que proyectas, que te parece tan sencilla y tan absurda, es mucho más difícil de lo que te crees. Si no despiertas, cuando quieras darte cuenta y agarrar el tren, será demasiado tarde. Lo que ves como un paseo, un lugar donde caerte muerta, es un carrusel de dificultades que pueden conducirte a querer tirarte por la ventana, o entrar lentamente en el mar con un camisón blanco, si así lo prefieres por romanticismo. La joven escritora feminista la miró y no dijo nada. El Hambre, se encendió un cigarrillo sin preguntar si en la casa de la autora promesa se podía fumar o no. Tirando una brizna de ceniza al suelo, prosiguió. Verás, las cosas van a ser cada vez más complicadas y esta idea del arte no está funcionando del todo.
Maldita Hambre mentirosa. La joven escritora no podía contestarle más allá de volcar su frustración sobre un mundo que nunca acaba de consolidar el feminismo ni el matriarcado. A mí todo eso me la trae sin cuidado, yo soy tan antigua como el mundo. Además, la mentirosa eres tú, todos lo saben. Y las que te aplauden son tan mentirosas como tú. En todos los viajes, en todos los caminos, yo estaba allí, mirándote.
La joven no pudo más que darle la razón y preguntar, qué puedo hacer para evitarte, qué tengo que hacer para que no vuelvas nunca más. No puedes hacer que no vuelva nunca más, pero puedes hacer que no venga tan a menudo. Tienes que ponerte a trabajar, a ganarte la vida, a dejarte de historias extrañas sobre ideales que nunca llevan a una consecución real y que solo son mentira. Vuelve a donde te quieran, vive la vida junto a las personas que amas, por encima del dinero, la fama o tu voluntad de ser algo o tu necesidad de que alguien te crea algo. Tienes que ser feliz en la infelicidad, en la vida gris que te proyecto para que camines hasta mí y te encuentres conmigo en un instante que nunca conocerás. Tienes derecho a soñar, pero será después de hacer todo lo que te he dicho y quizá lo consigas o quizá no, pero no podrás decir que tu vida no valió nada.
Bueno, creo que tienes razón. No puedo discutir contigo porque nunca dices la verdad ni la mentira, porque no hay excusa o dialéctica que te esquive cuando estás sentada en el sofá de mi casa y me da miedo de mi propia sombra, porque te adivino como un reflejo. Entonces me marcharé, pero recuerda lo que te he dicho, deshecha toda esa basura y aprende a vivir en el silencio, que es el enemigo acérrimo, más temido, que tengo.
Y tal como vino se fue. La joven escritora feminista lloró amargas lágrimas desesperadas y se sintió mejor. Retomó su teléfono móvil y miró algunos atardeceres en valles de ensueño que había colgado alguna de sus seguidoras feministas a quienes el Hambre no habría visitado aún, a juzgar por sus rostros felices e imbéciles.
Todo ha sido un sueño, se dijo. Nadie se ha sentado en mi sofá y me ha dicho todas esas cosas horribles, no las veo en mi pantalla, todo lo que la Muerte o el Hambre o como se llame hablara. Solo es mi imaginación. Se levantó de su silla, atravesó con un par de pasos el salón y vertió sobre su mano un antidepresivo que ingirió con agua. Siguió escribiendo su texto sobre la felicidad que daba ser una mujer pobre y trabajar como una negra, expresión que solo podía usar ella, a pesar de no ser negra, porque era hispana.
El Hambre miraba por la ventana desde la calle y se reía. No quiero meterme en una vida gris, escribía la joven escritora feminista.
Esa noche, como la anterior, la nevera estaba vacía.
Roma es una ciudad bastante sucia. Llegué un lunes por la tarde y me sorprendió el paisaje que cruzaba frente a mí durante el trayecto del aeropuerto al centro de la ciudad: los suburbios aledaños a las vías del tren estaban especialmente sucios, pintados con grafiti, máquinas tiradas y herrumbrosas por doquier. Me parecía estar viajando a un pueblo del Sur, no entrando en una capital europea, nada menos que la Ciudad Eterna.
Llegué al hotel y un tal Damiano me esperaba para entregarme las llaves de mi habitación. Plaza Pío XI. Me parecía que el lugar sería especial por encontrarse a apenas dos quilómetros de la Ciudad del Vaticano. No obstante, daba la sensación de estar muy alejado. Las calles eran comunes, un paisaje de periferia con sus aceras de asfalto y sus contenedores repletos de basura donde buscaban suerte los extracomunitarios. Quise hacerle notar a Damiano mi desazón y asegurarme de que el centro se encontraba tan cerca como lo situaba el mapa, en efecto, Internet no me había mentido. En apenas cinco paradas de autobús, uno se encontraba atravesando las aguas del Tíber.
El recepcionista era fumador y lucía un paquete de tabaco en el bolsillo delantero de la camisa. Me pidió la documentación y yo, mientras tanto, le hacía preguntas al respecto de dónde conseguir las cosas que se me habían olvidado en casa: un cargador para el teléfono, un supermercado con droguería, un banco, un sitio para comer-cenar dado que llevaba todo el día con el estómago vacío. Con una voz rota y viril, como la mía -no sería mucho mayor que yo-, Damiano me informó en itañol (mezcla de dos idiomas hermanos) donde se encontraba todo lo que yo quería: el sitio más lejano estaba a apenas dos minutos andando desde el edificio donde me hospedaba. Después de todo, me alegré de que el centro se encontrara al otro lado del río, habría sido difícil para mí realizar todos los recados de forma ágil si me hubiera encontrado en una calle donde solo hubiera comercios de souvenirs. Salimos juntos del edificio dado que Daminao acababa su turno a las ocho en punto y ya eran las siete y cuarto. Luego me quedé solo.
Cené una carbonara y demás está decir lo buena que estaba. Lo único que no me gustaba, a pesar de no encontrarme en la ciudad vieja, es que en el restaurante sólo había clientes del norte de Europa, turistas como yo a quienes clavarían una factura demasiado alta por unos platos que creeríamos auténticamente italianos. Pero, en fin, yo estaba cansado por el viaje y de buen humor por llevarme algo al estómago.
Venciendo la tentación de irme al hotel a descansar, crucé la calle y me subí al primer autobús que se dirigía al centro. Previamente, había pasado por un banco donde me fue imposible sacar efectivo. No había otra sucursal a la vista, así que me subí al vehículo con la esperanza de poder pagar mi billete con tarjeta de crédito. Al mostrarle mi intención al conductor, este me miró por encima del hombro, hizo un gesto de indiferencia, miró al frente y cerró las puertas del autobús. Me quedé algo sorprendido, sin entender bien lo que pasaba. Una chica, a mi lado, vio la escena y me informó en inglés que los autobuses no aceptaban el pago con tarjeta. Pero yo ya estaba subido, le hice notar, y ella me instó a no decir gran cosa y dejarme llevar gratis por las calles de Roma. Me preguntó dónde iba y le contesté con el nombre de una pizzería: Trastevere.
Resulta que ella, cuyo nombre nunca me dijo, trabajaba cerca y nos bajábamos en la misma parada. Era enfermera en uno de esos hospitales que, luego lo confirmé, parecían sanatorios de la Edad Media -no me gustaría estar ingresado en uno de esos. La buena conversación hizo que el tiempo pasara volando y, llegados al río, me indicó por dónde tenía que seguir mi camino a pie. Pensé en intentar coger el número de aquella chica pero yo ya tenía un amor en Roma, la persona que me había recomendado que, aquella primera noche solo, me dirigiera al barrio bohemio, que seguro que te piac(h)erà.
Trastevere significa “tras el río Tíber”. Como en otras ciudades fluviales donde yo había pernoctado -Madrid, Londres- los barrios situados al otro lado del río -Carabanchel, Hammersmith- eran mucho más pobres y no tenían nada que ofrecer a los turistas. Pero en Roma la pobreza es una gala. Mientras bajaba el paseo junto al ancho río, observaba cómo caía la tarde bajo los grandes arcos de los puentes. Allí se preparaban para recibir otra noche húmeda algunos vagabundos solitarios, separados entre sí entre puente y puente. Cuando pisé por primera vez el barrio, la música me invadió por todos los flancos. La gente se arremolinaba en una plaza de donde partían varias calles sinuosas hacia todas las direcciones. Supe que había llegado a mi destino y, para asegurarme, le pregunté a una transeúnte, señalando con el dedo, con los ojos iluminados y los oídos encendidos, si aquello de allí era Trastevere. Me contestó que sí.
Nunca consulto las guías de viaje cuando visito un lugar. En ocasiones, como en este caso, tenía información de algunos monumentos por haberlos estudiado en los libros de historia, pero apenas sabía dónde se encontraban. Me gusta dejarme llevar por las calles, por la vida, y encontrar lo que Fortuna quiera. No tengo interés en meterme en un lugar emblemático si algo no me ha llevado allí. En otras ciudades uno corre el riesgo de no encontrar nada, de acabar en un espacio liminal, pero en Roma uno lo encuentra todo.
Guiado por el ritmo de las calles donde artistas entonaban canciones que yo conocía -rock clásico principalmente o tangos de Gardel- me iba internando por entre los muros de las estrechas avenidas. Como era el barrio bohemio, no me costó demasiado encontrar un estanco; como era un barrio turístico, tampoco me supuso ninguna dificultad sacar, por fin, dinero. Demás está hablar de la preciosidad del sitio para quien encuentra en la decadencia un aroma cálido y embriagador. Siguiendo la música de los artistas desconocidos, atravesando puestos de pasta donde se formaban largas colas de turistas centroeuropeos hambrientos, encontré una plazuela sin saber que me quedaría allí hasta que cayera la noche.
Había una tienda de campaña verde-militar y dos militares con sendos subfusiles, una iglesia, restaurantes, bares, puestos callejeros de bisutería y mesitas de playa donde tres hechiceros -dos brujas y un mago- echaban las cartas delante del portal de la iglesia. Me resultó curioso este hecho dado que sabía que la religión católica considera pecaminoso y satánico el uso y el consumo del esoterismo: pero, en Roma, Dios y el Diablo convergen en la misma sucia vía. Un rastafari negro tocaba maravillosamente la guitarra y nos íbamos arremolinando bajo sus notas, asistiendo a una misa pagana que me llenaba los ojos de lágrimas y me ponía el vello de punta. La voz de aquel tipo, el modo en el que golpeaba la guitarra y arrancaba de ella los acordes, era tan especial y genuino que el músico que lo acompañaba, un hombre blanco con sombrero de cowboy y guitarra eléctrica, parecía que no tuviera ni idea de hacer música. Al cabo de un tiempo indeterminado -quince minutos o una hora- continué mi camino dejando la plaza tras de mí. Encontré otra donde se celebraba un concierto por la paz: entidades católicas de toda Europa se reunían para clamar por la convivencia y por su supervivencia. Soy consciente de los horrores del catolicismo y de la Santa Madre Iglesia, pero no podía evitar una sonrisa de oreja a oreja, hacer fotos y saltar con el párroco joven que llevaba la batuta de la orquestra rock católico y virginal. En la enésima iglesia, un mosaico dorado en lo alto de la fachada mostraba santos personajes rodeados de pan de oro y palmeras. Continué mi camino, pero volví sobre mis pasos cuando se acabaron las calles peatonales y se ensancharon para que cupiesen coches. Aquello no me interesaba, volví donde los tarotistas y me senté en el portal de la iglesia, justo detrás del rastafari que mezclaba el tema No Woman No Cry de Bob Marley con Let It Be de Paul McCartney.
Luego, cuando el rastamán recogía sus bártulos, dos guitarristas más mediocres se pusieron a interpretar canciones más actuales, a los que nadie parecía prestar atención excepto yo, que estaba justo detrás de ellos, con un gin tonic en un vaso de plástico y un cigarrillo en la otra mano. Solté las amarras de mi alma y me llené de la noche romana.
Estaba en otro país, completamente solo, pero no me lo parecía. No echaba de menos a nadie. Quizá mi posible acompañante no habría entendido mi afición por la música en directo de ahora, ayer y siempre; tampoco se había arriesgado a fumar tabaco de liar y a beber un cubata delante de un puesto del ejército -los cuales no me dijeron nada, como ya supuse. Al día siguiente iba a reunirme con otra Roma. Pensé entonces que si la cosa se torcía y la cita no resultaba como era deseable, lo cual era un riesgo evidente, no me importaría disfrutar el resto del tiempo así, entregado a la ciudad en cuerpo y alma.
Al cabo de tres copas, la música se terminó. Era un buen momento para volver al hotel y al fin, descansar, pero quise hacerlo por el camino más largo. No conocía el barrio, así que rápidamente me perdí por calles sorprendentemente oscuras que inquietaban al misterio. Al cruzarme con los paseantes no podía distinguir su rostro, éramos sombras los unos para los otros y sentía que su desazón era el mismo que el mío al mirarnos furtivamente. Sabía que el río quedaba a la derecha y lo encontré torciendo la primera calle. No andaba lejos y una vez junto a la margen de piedra divisé no muy lejos un puente antiquísimo e iluminado. Bastantes paseantes lo cruzaban y me dirigí hacia él. Cualquier parada de autobús era buena para mí dado que no sabía cuál era la buena.
La brisa me acariciaba mientras cruzaba hacia la parte noble y antigua de la ciudad. Frente a mí, una calle sinuosa, aunque esta vez más recta que al otro lado del río, se torcía más adelante y la seguí sin saber qué encontraría unos metros más allá. De una tienda salía música de AC/DC y la dependienta me invitó a entrar. Aproveché para preguntar dónde tenía que coger el autobús y me dieron indicaciones lo suficientemente vagas para llegar a mi próximo alto en el camino y no irme todavía a descansar los pies.
Tuerce a la derecha y continúa recto, cuando llegues a una calle que cruza, la parada está a la derecha de nuevo. Encontré la avenida transversal por donde pasaban taxis y coches y me asaltó, otra vez, la música. En un bar que hacía esquina, había gente bailando en la puerta un rock and jazz antiguo y muy bien ejecutado. Miré hacia dentro y unos músicos -saxo, batería, guitarra, contrabajo, cantante femenina- lo daban todo como si solo existiera aquel último local sobre la Tierra. No pude resistir la tentación de entrar y pedir una ginebra con tónica. El dueño del local, bastante exclusivo, me dedicó una mirada de desprecio y me cobró diez euros por una copa demasiado sencilla para su buen gusto. Pero me daba lo mismo, no me incomodaba estar sentado rodeado de ricos ignorantes porque yo estaba allí por la música, que era fantástica. Me senté en la barra frente a los músicos, que imaginé tan pobres como yo, y me dediqué a emborracharme con su actuación por la que habría pagado todo lo que me quedaba en el bolsillo.
Más tarde, salí del local en busca de la parada de autobús. Dos señoras italianas habían salido de fiesta y les pregunté cómo llegar a la plaza donde se encontraba mi hotel. Me informaron de que debía bajarme al cabo de unos diez minutos y esperar allí a un autobús que me llevaría, seguramente, a Pío XI. La conversación con ellas era muy aminada. Me dijeron que aquello era Roma y que no tuviera prisa a que llegara el autobús, yo me reía y contestaba que no tenía prisa ninguna, que tenían una ciudad maravillosa. No tardó demasiado y, una vez dentro del transporte público gratuito, me explicaron singularidades de los edificios que íbamos dejando atrás dado que ambas eran guías turísticas y yo no tenía ningún reparo en preguntarles por las bellezas que veíamos de pasada. El dato que más me impactó fue cuando pasamos por delante de un sanatorio, todavía en funcionamiento, que constituía il primo ospedale in tutta Europa.
Bajé frente a los muros de la Ciudad del Vaticano a esperar el siguiente autobús. Como no estaba seguro de si me llevaría a mi hotel, pregunté a un extracomunitario que esperaba en la parada. El hombre, muy amablemente, me contó que él iba en mi misma dirección y que me avisaría cuando llegásemos a Pío XI. Yo hacía tiempo que no tenía batería en el móvil, así que dependía de la buena voluntad de los romanos para llegar.
Nunca me sentí solo, jamás aburrido. Más bien al contrario, si todos los días iban a ser como esa tarde y esa noche: fermati, istante, sei così bella. Al cargar mi teléfono, mi amiga me había llamado varias veces, preocupada por mi situación: yo en una ciudad desconocida y sin contestar. No pasaba nada, tranquila, me lo había pasado bomba.
Y solo era el principio.
II
Quedamos en vernos al día siguiente. Debía recogerla en la estación de Termini sobre las diez y media de la mañana. Que descanses. Tengo ganas de abrazarte. Adiós. Bacio.
Me desperté emocionado por el nuevo día. Tomé una ducha y me dirigí hacia la parada de metro, que quedaba a unos pocos pasos del hotel. Empezaba a enamorarme también de ese barrio de la periferia. La vida se desarrollaba con normalidad un día entre semana. Antes de bajar las escaleras del suburbano, entré en una cafetería cualquiera, antigua, como las que hay en España: barra de metal y taburetes de contrachapado. Pedí un café solo y sólo necesité mirar la antigua cafetera para darme cuenta de que estaría buenísimo, ni mejor ni peor que en mi país, si uno sabe dónde encontrar lo bueno. Lo mejor no fue el sabor del café, fue que su precio estaba por debajo del euro, Ottanta, dijo la vieja matrona, y yo entendí que sólo me pedía ochenta céntimos por mi café solo.
Al salir a la calle, el cielo me parecía más azul y las nubes más blancas. Bajé las oscuras escalinatas hacia el andén y me subí al primer tren que me llevará a Termini. El vagón estaba vacío, supuse que los romanos preferían moverse en coche, en vespa o en autobús, que salía gratis. Podía haberlo intentado, pero no quería fallarle a mi Roma.
Subí al edificio y me uní al río de gentes que iban de un lado a otro, buscando su destino. Me llamó la atención los altos techos y la cantidad de negros que poblaban el vestíbulo principal. Aquel lugar era su centro de operaciones y le otorgaba al espacio un aire de zoco africano en pleno centro de la capital del catolicismo. Todavía me quedaba tiempo, así que decidí buscar una floristería y compré una rosa roja. Verme paseando por la estación, bastante descuidada, pero populosa de Termini, con una rosa en la mano atraía la mirada de algunos transeúntes, también de los negros, y todo el mundo sonreía.
Habíamos quedado en vernos en una de las entradas de la estación. Al llegar vi que era la menos concurrida. Algunos taxistas hacían tiempo, esperando los clientes a la sombra. La temperatura era primaveral y no había demasiado ruido en el ambiente. Un poco antes había divisado un McDonald’s encastado en un muro milenario. Las palomas antiquísimas se arremolinaban nerviosamente en busca de alguna patata frita americana. Empezaba a esbozar aquellos contrastes en mi cabeza cuando vi aparecer a Sofia.
Vestía un vestido apretado con volantes, que ceñía sus pechos decididos y su cintura breve. Sus caderas eran generosas, pero sin exagerar. Sus piernas no eran largas, pero estaban bien torneadas y morenas. El pelo castaño le caía sobre los hombros, recogido en una pinza por detrás. Sus ojos eran grandes y sus labios carnosos. Sofia era siciliana y yo creía ver la honda tradición mediterránea en sus rasgos levemente afilados, en la nariz casi prominente que comparten los árabes, los judíos y los cristianos del sur. Son nuestros defectos los que nos hacen adorables, y a mí ella me parecía el colmo de la belleza bajo aquella mañana italiana. Como había visto la rosa, a medida que se acercaba, reía afectuosa y yo supe que ya estaba todo hecho. Llevábamos un año sin vernos, la vez anterior en Barcelona. Ella era turista y yo trabajaba para el turismo. Muchos meses sin contacto y sin demasiada confianza, pero los dioses paganos otorgan su bendición a los corazones valientes y, cuando la tuve entre mis brazos, la besé, nos besamos en un largo y apasionado beso que se terminó cuando ella miró, y yo le di, la rosa. Oh, dijo con una expresión de alegría. Y volvimos a abrazarnos bajo la mirada atenta de los taxistas y de los negros, que entonces pensaban que yo era el tipo más afortunado del mundo conocido. Sofia me dijo que estaba más gordo, reí y nos fuimos.
No tardamos mucho en llegar a mi hotel por el mismo camino por donde había llegado. Sentados en el metro nos abrazábamos de vez en cuando y nos poníamos al día, ambos nerviosos y excitados por lo que teníamos entre manos. Hubo algunos momentos de desenfreno bajo el subsuelo romano, en el casi solitario vagón de metro, que suavizábamos con conversaciones intrascendentes sobre el trabajo o mi viaje. Ella se dedicaba también al turismo en un hotel de lujo en una villa cercana, Civitavecchia, a una hora de allí. Yo le conté mi noche anterior por el barrio del Trastevere.
Subimos hasta la habitación en relativa calma, como si fuéramos solo dos amigos que han quedado en verse inocentemente. Saludamos a Damiano en la recepción y me miró con cara de Será cabrón. Hablaron un momento Sofia y él en un italiano rápido que entendí a medias. Corté la conversación alegando prisa, temeroso de que la conversación se alargara demasiado y enfriara los planes que ambos teníamos en mente.
Muy castamente, traspasamos la puerta de mi habitación y, al cerrarla, la castidad quedó fuera. Nos abrazamos como su fuéramos los últimos seres humanos sobre este mundo, nos besábamos como si estuviéramos sedientos y quisiéramos beber de la boca del otro. Mientras mis manos recorrían su cuerpo por debajo de la ropa, sentía su respiración, caliente, su lengua húmeda sobre mi cuello. Su carne era suave, tierna, cálida. Sus manos eran femeninas pero fuertes, nobles manos de mujer a quien no se le caían los anillos por trabajar, por manejarme. Me deshizo el cinturón y los pantalones cayeron al suelo como las hojas. Me quitó la camiseta y miró mi cuerpo, lejos del ideal hercúleo, pero vital y lleno de hambre. La liberé del vestido como de un velo mágico y caímos sobre el lecho de la cama. Le quité el sostén con delicadeza y sus pechos se revelaron más pequeños de lo que prometían. Ella descubrió mi desnudez también y nos quedamos un momento, un leve segundo, observándonos. Los defectos de la carne, aquellos que nos hacía humanos y que la ropa tapaba, nos juntaban en una unión divina.
Con delicadeza, le quité lo que quedaba por descubrir y nos fundimos en dos besos simultáneos, el de la boca y el de los sexos. El tiempo pasa a ser relativo cuando se producen contactos de esta clase, estuvimos un rato yendo y viniendo, oliéndonos, lamiéndonos, comiéndonos cada vez más fuerte y más duro. Antes de que todo terminara, cambiamos de postura. Divisé el lecho y las sábanas blancas revueltas. Su maleta miraba la escena desde una esquina como un gato negro, las paredes eran azules y el cabezal de la cama blanco. En la parte inferior de la espalda, Sofia lucía un tribal tatuado, muy típico de la época de los dos mil. Ella había sido una chica de barrio, como yo. Eran muchas las coincidencias que, sin saberlo, nos conciliaban. No pensé demasiado en todo ello y me uní de nuevo a ella desde esa perspectiva. La tomé suavemente del pelo con una mano y con la otra la acariciaba de arriba abajo, desde la espalda hasta el muslo. Poco a poco fuimos subiendo de intensidad de nuevo y miré todos los detalles de la pared azul para no terminar antes que ella. Por la forma en que arqueaba hacia fuera la espalda, por la voz entrecortada como me hablaba, supe que el momento estaba cerca. Apuré las últimas fuerzas de mi concentración y la sentí explotar de un modo elegante, sin exageración pero con intensidad. Llegados a este punto, no lo resistí más y le manché en varias oleadas el tribal que lucía sobre su espalda morena.
Llegó la calma, se hizo el silencio, casi se apagó todo. Poco a poco fueron volviendo los colores y las luces de mundo. Allí estábamos, uno encima del otro, sucios y felices, cansados pero contentos. Mucho tiempo, me dijo. No entiendo, le contesté. Mucho tiempo sin… Me miraba con sus ojos grandes y sus labios carnosos. Era una mujer atractiva, seguro que tendría a muchas babosas detrás de ella, como todas, pero extrañamente me había escogido a mí. Me parecía un misterio, No entiendo, dije.
Se levantó divertida y entró en el baño. En su ausencia, yo miraba la luz del medio día que entraba por la ventana. Me parecía curioso el grado de complicidad se producía cuando se intimaba con una persona desconocida, se entraba en otra dimensión diferente y ya nada volvía a ser igual entre esos dos seres. Sofia y yo conocíamos la desnudez del otro y eso parecía situarnos en un plano diferente. Cuando saliéramos de la habitación tanto Damiano como cualquiera sabría que ahora éramos algo más que amigos castos.
Se metió en la cama conmigo y hablamos de nuestra vida. Ella había estado mucho tiempo sola, y yo también. Trabajaba mucho y tenía poco tiempo libre, y yo tampoco. Tenía el sueño de viajar a España y supuse que ese era mi mejor baza. Para muchos extranjeros, el simple hecho de hablar bien el español constituye un atractivo que la mayoría no sabe aprovechar. Le dije que a mí no me importaría vivir en Roma para siempre, que me encantaba la ciudad, la gente, la vida y, por encima de todo, ella, exageré. Le gustó y me contó que había sufrido mucho en Italia. Sentí una honda pena, que casi me movía a las lágrimas, y la abracé de nuevo, la besé de nuevo, me endurecí nuevamente y ella se dio cuenta. Esta vez, en vez de repetir el mismo baile de antes, fue ella quien tomó la iniciativa y me dejé llevar. Vi sus bellos ojos alejarse de los míos sobre mi vientre, vi su melena caer sobre mis muslos, su nariz contra mi piel, sus labios generosos y su lengua caliente y húmeda bajo mi ombligo. Si el éxtasis era posible, era sinónimo de aquello. Solo se oía ese acuoso y suave sonido, como de peces en una balsa tranquila. Yo respiraba y simplemente disfrutaba del regalo que ella me hacía, de vivir.
Terminamos pronto. Teníamos prisa por salir y visitar la ciudad. Empezamos a tener hambre por la actividad pero no prisa por comer. Decidimos coger un autobús e irnos, de la mano, a perdernos por las calles de la ciudad vieja, del amor en la Roma eterna.
III
Solo disponíamos de un día. Sofia pasaría la noche conmigo y al día siguiente nos marcharíamos, ella a su trabajo y yo a mi país. Se trataba de un amor solo posible en el siglo de los vuelos de bajo coste y los teléfonos móviles, al menos para dos ciudadanos de clase media. Miraba la ciudad pasar en los ojos de ella. Al apearnos estábamos en una zona de anchos muros y hondos fosos, una fortaleza inexpugnable de la época de los grandes emperadores. La ciudad romana de extendía, pero solo buscábamos un sitio donde comer pasta y reponer fuerzas. Terminamos en un restaurante para turistas. Los camareros se sorprendían al ver que ella era italiana y yo español, normalmente la historia se producía a la inversa por la escasa confianza de mis compatriotas, supuse.
Paseamos por el Foro, en cuya área cabía todo el casco antiguo de Tarragona. Ambas ciudades, la mía y la de Sofia, eran hermanas de la misma época. Roma era la mayor pero no única heredera del pasado glorioso que una vez compartimos los mediterráneos. Visitamos el Coliseo y, contra todo pronóstico, no me sorprendió. Yo buscaba un arco por donde la luz azul del mar se colara por entre las piedras, como sucedía en el Anfiteatro de mi ciudad, pero no lo hallé, y me decepcionó sin quererlo. Observé que las gaviotas eran muy confiadas, casi violentas, con la inteligencia malvada de esos simios que pueden verse en documentales sobre templos en países de Oriente; gaviotas milenarias que por centurias habían visto pasar turistas de todas las épocas y países.
Visitamos la ciudad del Renacimiento y el Barroco. Plaza de España y la Fontana di Trevi. Extrañamente no me sorprendió ni me sobrecogió la belleza armoniosa del siglo de oro. La Fontana me pareció pequeña y demasiado blanca, como de yeso. Tan limpia y conservada que no encajaba con el espíritu decadente de la ciudad. Todas las iglesias estaban abiertas y se podían visitar. Entramos en una cercana a la plaza y Sofia se arrodilló a la entrada. Sus piernas se mostraron en toda su generosidad bajo la falda del vestido al realizar la genuflexión y a mí, dentro del templo y bajo la mirada atenta y balsámica de nuestro Dios hecho hombre, me pareció esa visión el sumun del erotismo. Nos mantuvimos a cierta distancia mientras paseábamos por la casa de Cristo y al salir al cabo de poco rato la abracé con el deseo renovado, Sofia se sorprendió y rio contenta.
Vimos el Panteón y demás monumentos hasta que empezó a caer la tarde. Caminamos unos cuantos quilómetros y al llegar a la plaza de san Marcos, frente al parlamento y la columna trajana, nos sentamos en un parque. Comiendo un gelato, ella me contó la historia de su exnovio. El tipo era policía y le había puesto los cuernos. Después de muchos años, él la había repudiado y no podía volver a su isla con la misma cara, porque todavía funcionaban en aquel mundo algunas tradiciones antiguas e injustas. Yo la miraba en silencio y sentía cierta tristeza por la realidad que nos iba circundando a medida que la noche se acercaba. Iba llegando el momento de la despedida y el sueño se terminaría, como una vez había caído el sueño del Imperio Romano, a pesar de Trajano.
Volvimos al hotel más taciturnos y cenamos en cualquier sitio. Estábamos realmente cansados por la actividad y aún nos quedaba el día siguiente. Teníamos ganas de abrazarnos hasta ahuyentar la dulce tristeza que había llegado con las nubes que amenazaban lluvia. Subimos a un autobús y tomamos uno que iba en dirección a Pío XI.
Como el hotel quedaba a pocos minutos de la Ciudad del Vaticano, estaba de camino. Era tarde y no habíamos cenado, empezaba a hacer frío pero quizá aquella sería la última noche en Roma para ambos. Nos bajamos en la ciudad santa y al poco estábamos en mitad de la Plaza de San Pedro. No había nadie, era oscuro y empezó a llover muy fuerte. Nos refugiamos bajo los porches curvados. La llamaron y Sofia anduvo hablando por teléfono un rato. Mientras, yo paseaba por entre las columnas y miraba aquella plaza que había visto tantas veces en las noticias, pensando en qué sobrecogedora era cuando llovía. En aquel viaje no visitaría el interior del Vaticano, no me importaba. El turismo salvajemente organizado estaba lejos de mi romanticismo salvajemente desorganizado.
Este es el lugar perfecto para el final de una película. Le dije cuando se acercaba. No me reveló el motivo de la llamada ni tampoco quise saberlo. Al fin y al cabo, éramos dos extraños en un mundo extraño bajo la mirada atenta de estatuas extrañas sobre los tejados. Ella tenía frío y me abrazó. Era el momento de volver al hotel y descansar.
Las calles se convirtieron en ríos y los autobuses en vehículos acuáticos. Llegamos al hotel con los pies mojados y con el frío dentro del cuerpo. Entramos en el plato de ducha y nos amamos por última vez en aquel día. De pie y cansados, pero aún vivos.
Dormimos del tirón hasta el día siguiente. La llegada del nuevo amanecer significaba el fin de nuestra historia, pero ninguno de los dos se lo hizo saber al otro. Un poco taciturnos, preparamos el equipaje y bajamos a buscar un sitio donde desayunar. La mañana, después de la lluvia, se presentaba transparente y limpia. Nubes blancas, esponjosas, surcaban el cielo azul. Como no sabíamos dónde tomar un café, dimos una vuelta por el barrio. En la mitad de una cuesta se hallaba el estudio de un viejo pintor.
Un señor mayor vendía sus paisajes marítimos en un almacén polvoriento. Todos los cuadros, en diferentes tamaños, tenían los mismos motivos: el mar, unas barcas, la arena de la playa, el cielo azul. No era ni mucho menos el negocio de un galerista, sino más bien el de un maestro alfarero que, en este caso, se dedicaba a pintar paisajes. Había algo mágico en aquellos lienzos, que por otra parte no eran muy caros. Como no quería irme de la ciudad sin un recuerdo, decidí entrar en la tienda y ver si podía llevarme un poco de Roma a casa. Sofia y el viejo pintor estuvieron hablando mientras yo observaba las pinturas. Escogí una en formato pequeño y le hice saber al caballero que quería esa. Me dijo, en un italiano ininteligible, que había hecho una buena elección, porque le gustaba especialmente de ese lienzo cómo le habían salido las nubes. Ya nadie mira las nubes, porque todo el mundo mira los móviles, nos dijo con su lengua antigua. Cuando me disponía a pagar, y a dejar al viejo y el mar con su melancolía, Sofia no me dejó.
Salimos cargando el pequeño cuadro, que no era mayor que una fotografía, y seguimos la calle buscando la ciudad. Todavía nos quedaba la mañana y podríamos compartir los últimos momentos del día juntos antes de separarnos, quizá para siempre. Ambos sabíamos, en el fondo de aquella mañana, que lo nuestro no tenía el más mínimo futuro, que dioses extraños habían unido nuestros caminos y que pronto estos llegaban a su fin. A pesar de haber disfrutado tanto del tiempo juntos, la felicidad estaba en lo efímero.
Antes de separarnos, dimos un paseo por un parque cerca del Tíber. Muchos cuentos en mi vida han terminado así, con un río al fondo del cuadro. Hablábamos de asuntos intrascendentes, sabiendo que pronto volveríamos a la estación de Termini para coger dos trenes con destinos diferentes. Pero de momento era media mañana e íbamos cogidos de la mano. En un banco del parque, un violinista tañía una bella canción que emocionó mucho a Sofia. Se recostó contra mí y la estreché con mi brazo con más ímpetu, mientras mirábamos la música a poca distancia. Esta iba a ser la canción de mi boda, dijo en italiano, y entonó la dulce melodía mientras sonreía tristemente.
La puse frente a mí y coloqué sus brazos sobre mis hombros y mis manos en su cintura. Bailamos muy cerca y despacio, al ritmo de las largas notas, como si ese fuera la noche de nuestra boda: un día que no olvidaríamos nunca. Por un momento, mientras duró la música, ella y yo bailábamos en una sala llena de amigos y familiares, de caras radiantes de alegría y de contento por nuestra unión. Ella vestía de blanco y yo de negro, éramos felices y siempre lo seríamos. Puso su cabeza en mi pecho y yo mi sien contra su pelo. Cerramos los ojos y el tiempo se detuvo en la eternidad de ese instante tan bello.
Cesó la música y dimos unas cuantas monedas al chico del violín. Estuvimos hablando un poco con él, era un estudiante que había ido a Roma en busca de un golpe de suerte, en busca de fama y dinero, lo cual tardaba en producirse. La vida es así. Nos da todo y nos lo quita, nada se puede hacer, sólo que vivir el momento. Sofia estaba radiante.
Mientras conversaban, miré en torno a mí y vi el río, los puentes, las estatuas, los tejados, las nubes efímeras. Roma es una ciudad bastante sucia, y como el amor: eterna.
Uno escribe para que lo quieran sus amigos. Esa frase del escritor Gabriel García Márquez me ha dejado pensando muchas veces. El pasado viernes, aparqué mi coche en el centro de la ciudad y me dirigía, cavilando esta sentencia, hacia la presentación de la última novela de Fernando Parra Nogueras, en la librería La Capona. Eran las seis y media de la tarde, hasta en punto, disponía de tiempo.
A menos veinte había recorrido el trayecto que me separaba del instituto, donde trabajo y aparco, hasta la calle de la librería. Como en la misma calle está la Biblioteca Pública, entré en el viejo edificio para pasar el tiempo mirando las novedades. Ninguna era el nuevo libro que se iba a presentar a doscientos metros más allá, pero no me extrañó.
Fernando Parra Nogueras es el segundo mejor novelista, vivo, tarraconense, que puede leerse en la actualidad. De ahí mi interés por verlo de cerca. Les había dicho a algunos de mis amigos y conocidos si querían acompañarme, pero un viernes por la tarde es un mal día para la literatura y nadie quiso venir conmigo. Aunque yo de Fernando no he leído (aún) ningún libro, conozco sus artículos de El Diari, que luego aparecen en su web, lo sigo en redes y estoy al día de lo suyo. Por eso sé que él es la propuesta narrativa más apetecible de esta maravillosa ciudad literaria, aunque viva en Alicante.
En estas cavilaciones, salí de la biblioteca y llegué a la librería. Había un reducido grupo de personas en la puerta del establecimiento, alguno con sombrero nuevocentista. Nuestras miradas se encontraron un momento, casi me saludaron. Entré directo y fingí mirar las novedades. En uno de los estantes se exponía la obra, ahora sí, de Fernando Parra Las cinco vidas del traductor Miranda (Ed. Funambulista). Eché de menos los otros libros del autor, que yo quería adquirir, como El Antropoide (ed. Candaya) y Persianas (Ed. Funambulista). Mientras, por el rabillo del ojo, no perdía detalle de los personajes de la concurrencia. Gente de entre cuarenta-sesenta años iba llenando la librería y, las más de las veces, se saludaban con dos besos despaciosos. Parecían conocerse entre sí, todos eran amigos y, lejos de sentirme extraño, me gustaba, aunque yo no conociera a nadie. Una vez saludados, empezaron a dirigirse escaleras arriba.
Para ser un buen cronista, uno tiene que saber ser un fantasma: moverse entre los personajes como un narrador en tercera persona, observar lo que sucede sin alterarlo. Ocupé una de las últimas filas, intenté que no se me viera mucho para ver yo lo mejor posible. Fernando saludaba a los presentes de forma afectuosa. Estaba cansado del viaje que había realizado con su mujer. No tenía voz, pero sí brazos para echarlos sobre un par de niñas que habían acompañado a los abuelos, o a los padres, a la librería y que él conocía. La escena me resultó emotiva y se desarrolla en mi memoria a cámara lenta, como si fuera la escena de una película navideña. Soy un hombre cálido y tierno, decían sus gestos y mirada, Estoy un poco cohibido, amigos, pero contento de que estéis aquí.
Poco a poco, los bultos fuimos tomando asiento, ocupando las sillas azules. Hubo un pequeño problema de aforo, más localidades fueron necesarias y rápidamente se dispusieron. Fernando Parra tenía muchos amigos entre el público y parece ser que se habían superado las expectativas del aforo. Seríamos unas cuarenta personas en la sala.
En una mesa pequeña, la presentadora y el escritor empezaron a hablar de su libro. Ferando Parra Nogueras, 1978, como yo, dijo la presentadora. Eché cálculos: en 2018, cuarenta años, en 2022, cuarenta y cuatro. Me acordé del meme de “gente que lee libros” y salen dos personajes bien plantados, y luego “gente que escribe libros” y aparece una foto de Houellebecq. Los dos, presentadora y escritor, representaban muy bien esa pareja. Ella habló muy bien de Fernando y de sus años compartidos en el BUP y el COU y mientras lo dibujaba con recuerdos yo ahondaba en su figura. Cuerpo enjuto que no había conocido el deporte desde los años del instituto, expresión concentrada, gafas en unos ojos maltratados por la letra diminuta de los libros y las pantalla del ordenador, a altas horas de la noche escribiendo para no se sabe bien qué. Todo lo contrario de su compañera en la mesa, que se conservaba muy bien. Es el precio de la literatura que Fernando Parra Nogueras paga a cambio de ser ese buen escritor.
Le tocó hablar a él y nos contó un poco de qué iba el libro. El tal traductor Miranda es el pseudónimo del personaje que traduce Losversos satánicos de Salman Rushdie, contra cuya vida se ha atentado recientemente. En 1989, el ayatolá Jomeiní promulgó la pena de muerte para él y para cualquiera que difundiera aquella obra pecaminosa. Ya se sabe que cuanto más riesgo, más morbo, y el lío fue todo un fenómeno literario. En la vida real, algunos de los traductores fueron asesinados o tuvieron problemas; aquí tenemos al traductor Miranda, personaje de Fernando, que como quiere suicidarse, va por el mundo diciendo que es quien no es, a ver si aparece el árabe integrista que lo quite de en medio.
Según Parra, los temas que más le preocupan, y que aparecen en sus tres libros, son la culpa y la identidad. Yo añadiría que su punto de vista es el de un escritor valiente. Cuando la sociedad mira para otro lado, el vate va con su linterna, o su quinqué, a iluminar aquello que no debe ser visto. Si se hace con gracia, quizá se consigue un puesto en la historia de la literatura, y a eso aspiran escritores como Parra. Lo mejor de leer a narradores de raza como Fernando es que tienen el sueño de escribir la mejor novela de su tiempo, y se dejan la vida en el intento. A diferencia de esos otros escritores consagrados que van repitiendo siempre el mismo libro para medrar, los escritores como Fernando se juegan la salud y la fama escribiendo novelas en la frontera de la realidad y la ficción, iluminando zonas deliberadamente oscuras por nuestra ceguera. Vive con la muerte en los talones de la escritura. En su libro se la juega y sus personajes también. Y tanto sufrimiento y sacrificio para qué, pensaba yo sin quererlo al oír lo de Rushdie, y Gabriel García Márquez respondía: Para que lo quieran sus amigos.
El talento para escribir se tiene o no se tiene. Cuando yo era más joven solía pensar que cualquiera puede llegar a ser un escribidor solvente con ganas y práctica, pero no es así. La diosa de la escritura escoge a sus elegidos caprichosamente, pide sacrificios y corazones humanos. Se puede vivir de la literatura muy bien sin tener el menor talento para este arte. No es el caso de Fernando. Parra posee la bendición disfrazada de la escritura, que sus amigos intuyen y los extraños, como yo, conocemos solo con verlo. Cuando uno está frente a un escritor así sabe que en su ficción, mejor o peor, no hay mentira ni falsedad. Sinceramente, a veces su prosa puede resultar alambicada, estirada y de café con leche, pero luego sus palabras arden y las pavesas vuelan hasta mí.
Con estos pensamientos, me revolvía emocionado en mi silla azul y tomaba las últimas notas en mi cuaderno febril. El acto terminó y los amigos de Fernando, todos los asistentes que habían acudido al acto, fueron a felicitarlo de nuevo. Yo solo conseguí levantarme y marcharme aturdido de allí, como si fuera el joven Werther, quería lanzarme al río de la ciudad. Mientras subía hacia mi coche, mis emociones se iban asentando y tomando forma de futuro texto. No me llevé el libro firmado, me arrepentí. Arranqué y me marché a casa, aún enfebrecido por la borrasca de ideas en mi corazón.
Pasó el sábado y llegó el domingo. Fuimos mi mujer, mi hija y yo a una feria local, tan lejos y tan cerca de la literatura, y encontramos a un amigo a quien hacía tiempo que no veía, alguien cuya opinión aprecio mucho aunque él no tenga nada que ver con la filología, las editoriales, ni la prensa, pero cuya visión y comentarios me alumbran. Hablamos de lo que había escrito últimamente, de lo que estaba escribiendo ahora, de lo que iba a escribir mañana, y me ha hecho pensar en Fernando Parra Nogueras porque