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  • Un hombre frente a su destino

    Un hombre frente a su destino

    Reseña de Las cinco vidas del traductor Miranda (Fernando Parra Nogueras, ed. Funambulista, 2022, 346 págs.)

    Hay dos planteamientos consabidos para empezar a escribir una novela. El primero corresponde a la imagen prototípica del escritor que ha empapelado su despacho con notas, flechas, fotografías y esquemas de distinta índole que le sirven como andamiaje para construir luego su historia, dar vida a los personajes e introducir el conflicto en la diégesis. Antes de escribir la primera línea, esos escritores ya saben por dónde van a transitar en todo momento, como si previamente dispusieran de un mapa del viaje incierto que es escribir un relato largo.

    Supongo que Fernando Parra Nogueras no es esa clase de escritor. El otro planteamiento a la hora de escribir una novela es el del escritor que desconoce qué es lo que va a pasar en la próxima línea, que se deja sorprender por el carácter de los personajes y que encuentran el conflicto narrativo como en la vida, de forma inesperada pero esperable. En vez de equiparse con un aparato de notas y esquemas que les sirva como mapa, esta raza de escritores saben a qué dirección se dirigen, pero desconocen los accidentes narrativos que van a tener que sortear. Su mejor herramienta es la brújula, que orienta la dirección que deberá tomar la historia, siempre y cuando no haya que vadear un río de páginas en blanco. Entonces habrá que tomar otra dirección sin que la novela pierda de vista su Norte.

    En la última novela de Parra aparece (y desaparece pronto) un personaje con una brújula que encuentra personas tristes. Es un niño que vive en un barrio periférico de una ciudad de provincias, como el propio Parra cuando era niño. Este encuentro de Miranda, el protagonista, con el niño es un hallazgo de la brújula narrativa del escritor.

    Son dos los temas que transitan a lo largo de Las cinco vidas del traductor Miranda (2022, ed. Funambulista): la identidad y la culpa. El propio autor lo especifica en el Prólogo de la primera edición e insiste a lo largo de todo el libro en ellos. Quizá la raíz del conflicto identitario se halla en la propia concepción de quien es hijo de inmigrantes, condición que comparten todos los personajes protagónicos del libro, el autor de la obra y el escribidor que apunta estas líneas. La búsqueda de las raíces en tierra de nadie es frustrante para el árbol que no tiene donde agarrarse. La pregunta es siempre la misma:

    ¿Quién soy yo? Y a veces solo responde el silencio. En la sociedad que vivimos, un alto porcentaje de la población se hace esta pregunta contínuamente, y la respuesta la vemos en algunos actos de fanatismo que empujan nuestra civilización, y nuestra vida, hacia un camino incierto. Después de los actos más reprochables gobernados por un dolor lacerante en las raíces de nosotros mismos, preguntamos al cielo: ¿Por qué soy así? El tema de la culpa Parra lo achaca a una sociedad occidental de raíz judeocristiana, que avanza en este mundo sin creer en Dios o con dioses antipáticos al otro lado del barrio.

    Salman Rushdie, de origen indio-pakistaní en Reino Unido, publica en 1989 Los versos satánicos. A raíz de esta supuesta blasfemia, el ayatolá Jomeini promueve una fetua donde se condena a este escritor a muerte y se promete el cielo y las huríes a cualquier musulmán que actúe como brazo ejecutor de esta supuesta voluntad de Alá. El traductor Miranda es quien vuelca los versos satánicos del inglés al español y busca su propia muerte heroica, soñando con que un fanático lo asesinare por su labor libertaria. Mientras llega y no llega el negro heraldo divino, Miranda transita una serie de vicisitudes que se entrecruzan con las del propio Salman Rushdie y el musulmán que habrá de ejecutar en algún momento la misión que le encomendara el emisario del cielo. La novela trabaja con ingredientes fuertes y pone el dedo justo en el centro de nuestra llaga social: la depresión y el deseo de un final eutanásico, el fanatismo y el deseo de un final heroico, la libertad y el temor a un final por su causa.

    Uno de los atractivos (literarios) más interesantes del escritor es, en palabras de otro escritor local, la muñeca envidiable de Fernando Parra. El estilo que utliza el autor mantiene una cadencia tan marcada que se hace presente en cada línea: Con el diNEro que exiGÍA la indemnizaciÓN por mi desPIdo, aPEnas PUde costeARme la pisTOla y el biLLEte de aviÓN a OSlo. El río de palabras fluye mansamente en la pluma de Fernando y su corriente lleva al lector sin esfuerzo por los meandros de la trama. Parra es sabedor de que este dominio es una gran virtud, y lo utiliza de forma profusa.

    Pero en palabras aristotélicas, nuestra mayor virtud también puede ser nuestra mayor carencia. Como no me pagan puedo decir la verdad: creo que en ocasiones se echa en falta un cambio de ritmo y de lenguaje cuando la trama transita de un personaje a otro, como ya nos enseñara el estilo indirecto libre nacido en el XIX y, un siglo más tarde, Faulkner llevara a su más grande dominio. Cuando la perspectiva de la historia cambie por el personaje, también debería hacerlo el lenguaje de la obra, el modo en que la historia nos habla. Más necesario es si se adopta la primera persona, el narrador subjetivo que escribe su diario; el modo en que este narra no puede ser el mismo por una cuestión de decoro literario. Con un estilo tan marcado como el de Parra, se hace imposible soslayar la voz del autor cuando hablan sus personajes. No obstante, la labor del crítico se quedaría en este reproche, pero yo no lo soy, y también digo que Fernando Parra ha resuelto este problema literario con una fórmula concreta y efectiva. La crítica puede elucubrar mucho sobre cómo debería ser el edificio narrativo, comparándolo con otras altas obras de la cultura, pero al final es el escritor quien construye su historia y es un mérito más loable que esta se aguante de pie 300 páginas.  

    La naturaleza del artista aparece en algunos pasajes como este: Su relación con el arte era más experiencial. Conocía datos, dominaba todos los conceptos técnicos, se empapaba de bibliografía especializada, manejaba la intrahistoria y el anecdotario de las obras; era, en definitiva, una enciclopedia andante. Pero luego su écfrasis prescindía casi siempre de todo aquello y tamizaba la belleza en el cedazo de su experiencia íntima y emocional. ¿Hay forma más bella de decir: me importan un bledo los estudios concienzudos que aburren hasta al intelectual que los vomita?

    Fernando Parra es un escritor joven, diez o quince años mayor que yo, y tiene toda una carrera por delante. Ha publicado, con esta, tres novelas que sin duda leeré con interés e intentaré estar al día de las que estén por venir. Los que nos une a los dos tarraconenses es nuestro amor por la ciudad romana, nuestro origen charnego e incierto y la devoción por la Literatura con L mayúscula.

    Hay algo que me intriga de la lectura de Las cinco vidas del traductor Miranda (2022, Ed. Funambulista, 346 págs.). A falta de las últimas 70 páginas para terminar de leer la novela, me pregunto si en el final -en la indefectible unión de las tres tramas que se entrecruzan a lo largo de la historia- no serán todas las líneas argumentales una suerte de ensoñación del propio Miranda.

    Aunque justificaría la utilización del mismo estilo en todos los casos, espero que no sea así, dado que entonces al final todo será un sueño. Esta pregunta me habrá de llevar a terminar de leerla en las próximas horas, cuestión que no he querido resolver antes de escribir esta reseña-salvaje siguiendo el ejemplo de Fernando Parra: yo tampoco he sabido qué me esperaba en la próxima línea, buscando la frescura de lo que se encuentra por casualidad, sólo guiado por la brújula que el niño de Bonavista, que pude ser yo, sostiene para encontrarse a un hombre frente a su destino.  

    Las cinco vidas del traductor Miranda, Fernando Parra Nogueras, 2022, Editorial Funambulista, 346 págs.

  • Nunca estamos del todo solos

    Nunca estamos del todo solos

    Los brotes negros – Eloy Fernández Porta

    El libro llamó mi atención desde el primer momento. De factura sencilla, tapa blanca, letra negra, destacaba entre otros volúmenes más vistosos. Casi parecía un manifiesto más que una novela. Al cogerlo, uno se da cuenta de que tiene pocas páginas, lo cual se agradece hoy en día en que nadie tiene tiempo para nada. Sin pensarlo lo compré.

    Con la novela en la mano, Los brotes negros de Eloy Fernández Porta, me dirigí a mi asiento. En la sala cabrían unas cien personas y seríamos unos setenta. Al frente se sucedían una serie de conferencias sobre literatura y entre el público se encontraba lo más granado de la intelectualidad local: Juan Carlos Elijas con su pareja, Jordi Gracia y su señora, Manuel Vilas y su mujer, también escritora, etc. Algunos disfrutaban del pase vip en el hotel Ra Méridien de Calafell, un pueblo costero a donde los escritores, y los legos, suelen escaparse del asfalto de Barcelona. Yo me senté solo en la tercera fila.

    Por el proscenio vi desfilar a varios intelectuales tratando asuntos mundanos y literarios al paso, como saliere. El formato resultaba agradable y aburrido al mismo tiempo, si bien no tenía el tono de un congreso universitario, en ocasiones la vulgaridad rondaba la conversación de peluquería o de salón de té, pláticas que no suelen interesarme.

    Pacientemente, esperé a la última de las ponencias: “Entrevista a Eloy Fernández Porta: Los brotes negros”. A decir verdad, compré la novela de este escritor por un amigo. Fue él quien me había hablado de él, relacionándolo con otros escritores de Barcelona, quienes eran sus amigos. No sé si Fernández Porta era o no del agrado de mi amigo, pero por algún motivo mi mente había retenido su nombre y su foto hasta aquel día, y esos fueron los motivos irracionales que me llevaron a adquirir su novela. Pensaba en que a mi amigo le encantaría estar entre la concurrencia, saludando aquí y allá, pero se encontraba en Barcelona, una ciudad vacía de escritores ese día porque estaban en el Ra.

    “Muchas de las llamadas al Teléfono de la Esperanza son de personas que no tienen con quién hablar”, dijo Fernández Porta con una voz tímida. Desperté del sopor en el que me encontraba y rápidamente cogí mi bloc de notas Rhodia y empecé a tomar apuntes. El libro trataba sobre la depresión, la ansiedad, la soledad, que se manifestaban en ataques de ansiedad, episodios de lágrimas incontroladas, de gritos en mitad de la calle solo consolados por vagabundos. Esos eran los brotes negros a los que aludía el título de la obra. Entre toda la concurrencia se produjo un clima de atención que no se había conseguido hasta entonces. La voz de Fernández Porta continuaba impasible explicando su experiencia con las lágrimas, las pastillas, los fracasos y la literatura. Nadie pudo dejar de sentirse aludido por sus palabras porque tocaban lo más hondo de nuestro corazón, de nuestros miedos, de nuestra fealdad. Sin embargo, él hablaba de las terapias, de los traumas, con una naturalidad sanadora que nos descargaba de la responsabilidad de mantenernos siempre fuertes, alegres, superdotados para la sociedad de la farsa. Nos salvaba de “el delirio de ser un gran hombre” en el que nos habíamos metido sin querer.

    La conferencia terminó entre aplausos y rápidamente la sala se fue vaciando. Era ya de noche y a muchos no les gustaba la idea de conducir sin sol. En la fila donde yo estaba sentado repasando mis notas, vi llegar a Eloy Fernández Porta, que tomó asiento junto a la persona que había, en mi mismo banco, dos asientos más allá. Acabamos el uno junto al otro y, en ese momento, decidí vencer mi natural vergüenza, o dignidad, y le pedí al escritor, después de felicitarlo, si me podía firmar su libro que llevaba en mi cartera y que había adquirido justo antes. Amablemente dijo que me lo firmaría, pero que no tenía bolígrafo. Le dije que yo sí y, mientras los buscaba, fueron apareciendo otras personas a saludar al escritor y a pedirle si les podía firmar el libro. Él éxito de su conferencia parecía sorprender al propio autor, quien no había previsto la circunstancia de traer una estilográfica para estampar su rúbrica, así que me pidió prestado mi pilot para firmar en Los brotes negros que otra gente había adquirido por las mismas razones irracionales que yo. Uno de los que esperaba la firma de Fernández Porta era nada menos que Manuel Vilas, escritor exitoso de novelas que yo he leído con mucho interés en el pasado y que recomiendo su lectura. Este gesto del grande esperando la firma del pequeño hablaba de dos cosas: de la grandeza de Manuel Vilas y del interés que provocaba la novela de Fernández Porta. Una de las personas que esperaban dijo:

    “Mi hermana murió hace un año… y aún no… Le hubiera encantado estar aquí hoy.” Todos cambiamos el tono alegre por otro dulce, como si nos acariciara el recuerdo de esa hermana que no había podido venir hoy. “Me gustaría que le dedicaras el libro a ella, la llamábamos Moma.” Volví a sentir vergüenza por la situación y pensé en levantarme del banco y marcharme, pero la mujer me miraba a mí también y me hacía partícipe de su confesión, como si yo fuera amigo de Eloy por estar sentado junto a él en el banco, prestándole mi bolígrafo azul. Yo asentía e intentaba no interponerme.

    Al fin, no quedó nadie a quien firmar, los ejemplares de Los brotes negros se habían terminado. Fernández Porta me firmó el libro y hablamos sobre la salud mental de los adolescentes, entre quienes cada vez hay más ansiedad, depresión, dolor y soledad.

    Unas pocas semanas después leí la obra con gran interés y encontré hallazgos muy originales. Me iluminó la idea de la mitomanía, cuando creamos superhéroes que viven en edades de oro que nunca fueron tales. Autoengaños que la sociedad se hace y que conducen, indefectiblemente, a la tristeza. Carrera de ratas en una rueda sin final.

    Vivimos en un mundo extraño que no sabemos a dónde se dirige ni quién lo gobierna ni si llegaremos a un lugar seguro. Lo único cierto es que hay libros de salvación, puertas a las que llamar, teléfonos a los que acudir. Aunque todo nos lleve a desear un final rápido, aunque el sufrimiento sea insoportable, la moraleja de Los brotes negros es sencilla: En el fondo del abismo, pase lo que pase, nunca estamos del todo solos.

  • Monstruos inolvidables: reseñando a Stephen King

    Monstruos inolvidables: reseñando a Stephen King

    Todos los escritores quieren ser estrellas del rock, pero muchas estrellas del rock quieren ser Stephen King. En mi caso, si tuviera que escoger qué clase de escribidor me gustaría ser, me encantaría parecerme en algo al que considero el gran prosista de nuestro tiempo. Tal afirmación, en un contexto académico, sería tomada como falaz o ligera por los críticos literarios expertos en frases difíciles en revistas especializadas.

    Hace un par de meses, andaba paseando por la biblioteca de Reus, ubicada en un antiguo matadero. Me acerqué a la sección de los libros en lengua inglesa y me topé, de nuevo, con una edición de finales de los ochenta, plastificada, en cuya contraportada aparecía la cara de un favorecido Stephen King en blanco y negro. Al darle la vuelta al grueso volumen de setecientas páginas se podía leer el título del mamotreto: Needful Things, Cosas necesarias, traduje al bote. Con el libro en la mano, me acerqué al mostrador donde una avejentada bibliotecaria consultaba su ordenador y le pedí algunos manuales para preparar el examen del C1 de lengua inglesa. La buena mujer me entregó un par de libros manoseados y yo los adquirí todos con la feliz intención de estudiarlos.

    Ahí se quedaron, en la mesa de mi escritorio, sin ser apenas abiertos, como tantos otros volúmenes que esperan su turno en mi biblioteca. Lo que sí abrí fue Needful Things, e inmediatamente pude sentir esa vieja brisa conocida de Castle Rock, Maine, que tantas veces me ha embriagado desde la adolescencia, cuando leía las viejas ediciones que me prestaban mis amigos, que habían robado de la biblioteca paterna para que las leyera yo. You have been here before… Sí, viejo amigo joven-King, he estado aquí muchas veces, de hecho, casi puedo oler la tierra húmeda de las lluvias de final de verano en Nueva Inglaterra, puedo escuchar el rumor de los altos árboles movidos por el viento, los coches pasando por las calles rectas de un pueblo de pocos miles de habitantes, el sol sobre el porche blanco recién pintado, el humo del tabaco como un fantasma pequeño que sale del cigarrillo que el viejo Joe está fumando con una Budweiser en la mano.

    Con muy pocas palabras, uno se sumerge en ese lugar que parece más real que muchos recuerdos, a la vuelta de unas cuantos caracteres dispuestos en cierto orden mágico. Al cabo de un tiempo indeterminado, las obligaciones me apartan de la lectura, pero queda dentro el veneno inoculado que me hará posponer tantos quehaceres importantes para leer esa vieja novela que adquirí por casualidad en un rincón de la biblioteca de Reus, como si se tratara de un cuento lovecraftiano donde el protagonista encuentra un ejemplar olvidado, que lo acabará sumiendo en una dulce ensoñación destructiva.

    Leland Gaunt monta una tienda en la pequeña localidad de Castle Rock, Maine, pueblo inventado donde suceden otras obras maestras de King como Cujo o Dolores Clairbone. En este caso, Gaunt, aka Drácula, monta una tiendecita en Main Street en cuyo toldo verde puede leerse el nombre de la misma: Needful Things. Este simpatiquísimo empresario venderá a los tranquilos habitantes de Rock aquello que más desean: la vieja caña de pescar de un padre muerto hace años, el cromo del jugador de beisbol que nunca salió en la colección infantil, unas gafas que pertenecieron a Elvis cuando era guapo, un simple vaso de cristal decorativo. Los objetos de Gaunt poseen la facultad, no solo de ser exquisitos, sino de curar las enfermedades del cuerpo y del alma de sus poseedores. Por un precio ínfimo, lo que lleves en el bolsillo, el amable Leland, con su chaqueta burdeos de crupier, vende piezas de un valor incalculable. A cambio de este favor, deberás hacer una pequeña broma a un vecino cuando él te lo haga saber en tus pesadillas. Por supuesto, todo el mundo acepta el trato porque se cumplen dos condiciones: Gaunt no te obliga a entrar en su tienda y posee un extraordinario poder de persuasión. En general, las pequeñas bromas que los habitantes del pequeño pueblo de la Costa Este se van gastando entre sí va generando un caldo de odio entre ellos. Sumado al estado de posesión demoníaca que los objetos producen en las personas, pronto empiezan a matarse. La sangre empieza a correr a las pocas páginas y los debates de índole moral asaltan al lector: ¿qué objeto sería el que Gaunt me vendería a mí?

    Un sheriff de buen corazón, poco acostumbrado a los sobresaltos, Alan Pangborn, será el héroe que deberá salvar al pueblo de su perdición. A pesar de su noble intención, Pangborn posee un trauma que le causa un dolor indecible: su mujer y su hijo sufrieron un accidente de tráfico mortal y lo último que se dijeron fue algo como: compra pan.

    Una vez establecidos en escenario, el monstruo, el conflicto y el héroe, la historia de desarrolla sin mayores sobresaltos que los esperables: agresiones, traiciones, asesinatos de diversa índole. No está en el argumento la verdadera fuerza literaria de King, por lo que tantos lectores lo seguimos y reclamamos el premio Nobel para el Rey. La gracia reside en otro lugar, que pasa inadvertido para la mayoría de los críticos literarios, acostumbrados a leer resúmenes, artículos, fragmentos, pero no un libro en condiciones.

    Stephen King ha sabido sintetizar en sus libros sus propios demonios, y por eso sus monstruos dan tanto miedo. Mientras escribía Needful Things, su autor tomaba cocaína asiduamente y se hallaba en un pozo de alcoholismo. Hay algunos personajes en el libro que ayudan a Leland Gaunt, uno es el borracho del pueblo y el otro un viejo acosador adolescente enganchado a la cocaína. Sin romantizar su condición, más bien todo lo contrario, King explora los recovecos más oscuros del alma humana, pero no en las partes más espectaculares, cuando todo explota, sino en los momentos de transición, donde vemos al viejo Hugh Priest volviendo a casa a pie y humillado, incapaz de conducir su coche apestoso, haciendo eses, parándose torpemente delante del escaparate que con letras de molde reza: Needful Things. O al joven Ace Merril, que después de una temporada en la cárcel de Shawshank por tenencia y tráfico de estupefacientes, vuelve al pueblo cargado de odio y de deudas, dispuesto a ajustar cuentas en el sheriff que lo empapeló en su día. Levanté la cabeza con estupefacción cuando lo vi inclinado sobre el mostrador acristalado de la tienda de Leeland Gaunt esnifando dos o tres rayas de cocaína, todo ello narrado con un detalle que extrañamente nunca se ha censurado.

    Pero no son los únicos. El concejal Danford Keaton, apodado “Buster” por sus vecinos, está metido en el robo a las arcas públicas de cientos de miles de dólares, en un país donde eso se castiga muy duramente, por una adicción insana a las carreras de caballos, muy populares en la cultura anglosajona. “Buster” Keaton, acosado por la paranoia, termina matando a su propia mujer a martillazos porque la cree metida en una conspiración contra él para enjuiciarlo. La escena se narra con tal brutalidad que a uno se le encoje el estómago o, como diría el propio King, se le arruga la piel de las pelotas.

    Otro momento álgido es cuando el primer cliente de La Tienda -nombre que recibe la novela en su versión en español-, el quinceañero Brian Rusk, acaba con su propia vida delante de su hermano menor, advirtiéndole que, bajo ningún concepto, debe ir a la tienda del hombre malo, que en verdad he’s not a men at all. Y mientras el hermanito le grita que no lo haga, que le está asustando, el atribulado Brian apoya la base de la barbilla contra el cañón de la escopeta paterna y aprieta el gatillo con el dedo pulgar de su pie derecho. Los sesos vuelan contra la pared del garaje y el pobre chiquillo sufre un shock que desencadenará el final trepidante de la novela al enterarse Allan Pangborn de la última advertencia que hizo el adolescente suicida, la cual lo pone en la pista del artífice de todas las muertes que llevan produciéndose en su pueblo: Leland Gaunt.  

    En el desenlace todo explota, literalmente, y para mi gusto es demasiado efectista, una americanada. Uno entiende que si algún crítico viera la película o sólo leyera ese final improvisado, catalogaría la obra erróneamente entre los miles de superventas sin valor que pueblan los estantes de las librerías y de los grandes almacenes, como lo hacen los libros de King. Los críticos, que nunca le darán el Nobel a uno de los mejores prosistas de nuestro tiempo, son ajenos al embrujo de lugares como Castle Rock, que se quedan para siempre en la memoria de uno como si hubiéramos pasado un otoño en sus calles.

    Al final, Leland Gaunt huye en su coche después de que el sheriff Pangborn consiga frustras sus planes. El coche impecable se transforma en un carruaje negro con sendos caballos negros que sale volando con Leland Gaunt gritando de odio sobre el negro pescante. Mientras, los habitantes de Castle Rock despiertan de su sueño destructivo y observan la luz rutilante en el cielo por donde Drácula se esfuma. Después de los abrazos, la obra vuelve al principio, You have been here before, y ahora estamos en un pueblo ignoto de Iowa, donde ha aparecido una tienda en el down town: Promesas complidas. Vuelta a empezar en la rueda, en otro lugar del mundo, que para un norteamericano siempre es Estados Unidos. El mal, como el bien, nunca descansa.

    La novela termina pero casi se puede oír el eco de las teclas de la máquina de escribir, como el crepitar de una hoguera encendida de donde saldrán monstruos inolvidables.

    Nota del autor: Si te gustó este texto, no dudes en dejar un comentario y susciribirte. Subo contenido al blog todos los domingos. También dispones de las historias que ya se han publicado hasta la fecha haciendo clic aquí.
    Muchas gracias por el arte de leer. Nos vemos por los textos. Un abrazo, El Pobrecito Escribidor

  • Profundos problemas superficiales

    Profundos problemas superficiales

    Pepe se sienta en su mesa de la terraza, donde fuma. Es martes y hace frío. Sus dedos entumecidos empiezan a liar un cigarrillo. Con parsimonia, extrae las hebras de tabaco de su petaca de cuero, manchándose los dedos amarillentos. El camarero llega con el café con leche, en vaso de cristal, como todas las mañanas desde hace dos años.

    -Hoy es mi cumpleaños. -Le dice al joven distraído que le sirve, un chico delgado, hijo de los dueños, que no quiso estudiar y ahora trabaja de mala gana en el negocio.

    -¿Ah, sí? -Responde el joven como diciendo: Me importa una mierda.

    -Cumplo 52 años. -Y empieza a extraer su monedero de piel de cabra del bolsillo de la roída chaqueta. Lo hace con parsimonia, para retener la atención de su interlocutor. -Es normal que con la edad que tengo nadie quiera contratarme. Ya no soy joven, como tú.

    Ambos saben que Pepe no tiene muchas ganas de trabajar, aunque lo contrataran. Más bien, de trabajar en alguna empresa, de seis de la mañana hasta la tarde, por mil euros. Él prefiere cobrar la ayuda, aunque tenga que vivir en casa con su madre, una señora mayor que cada vez tiene más achaques, pero que aún puede hacerle la comida a su hijo solterón cuando viene de la calle. Pero Pepe lleva una vida bastante activa en Facebook.

    Después de encogerse de hombros, el camarero continúa con su trabajo sin decir nada. Pepe se siente inspirado. Del bolsillo posterior de sus apretados pantalones vaqueros, demasiado estrechos para su tallaje, saca una pequeña libreta y una pluma verde, tornasolada, que relumbra bajo el sol gris de la mañana invernal. Abre una página en blanco y apoya la estilográfica sobre las hojas abiertas al cielo literario de par en par.

    Da una calada a su cigarrillo y pasa su pequeña lengua por el incisivo superior izquierdo, el único que le queda después de que hace un par de años perdiera el otro por una mala salud bucodental. Ya le advirtió el dentista la última vez que pisó la consulta.

    -Como siga usted fumando así, don José, y no venga más a menudo, perderá los dientes.

    Pepe aparta esos pensamientos de su cabeza y aprieta con fuerza la estilográfica verde, de la que tan orgulloso se siente. Pacientemente, espera a que las palabras acudan y:

    Lo mas bonito del amor, es pasar disfrutando por todas sus etapas.
    Empezar siendo amigos y acabar siendolo todo en uno solo

    Fdo Jose

    Pepe escribe con su letra suelta que ha adquirido viendo a los escritores por la tele y en internet, aunque sus trazos conservan un aire de niño chico que no ha escrito mucho. Olvida las tildes en más y siéndolo, pero no importa porque a su público no le interesa la ortografía, sino su corazón. Cómo buen escritor de oficio, él sabe lo que quieren sus lectores y Pepe se lo proporciona. Sus temas fundamentales son el amor y las relaciones, siempre apasionadas, fogosas, nunca eróticas, aunque muy sugerentes. A pesar de que lleva solo toda la vida, siempre busca, y a la vez rehuye, el amor verdadero. Si bien nadie lo acusa de zascandil en internet, sino de artista y poeta. Pepe toma una foto con su teléfono móvil y recuesta el cuerpo, aliviado, sobre el respaldo de la fría silla metálica. Sostiene el cigarro con una mano y la pluma con la otra, feliz.

    -Adiós, Pepito.

    -Adiós, cariño.

    -¿Cómo está tu madre?

    -Ahí anda, como siempre.

    -El otro día la vi en el mercado. Me dijo que van a venir tus sobrinos a casa, pero la mujer ya no está para cocinar, porque le duelen los huesos y claro, tiene que llevar la casa… -Pepe deja de escuchar a la vecina, un poco más joven que su madre, mientras ella sigue hablando. Sus palabras parecen reprocharle que esté ahí sentado y gordo, mientras su pobre madre se deja las rodillas y las muñecas artíticas en las tareas.

    -¿Y tu padre, nena? ¿Ya salió del hospital?

    -Ahí anda también.

    -Bueno, buenos días, mi vida.

    -Adiós, adiós.

    La vecina pasa arrastrando su carro y Pepe sigue disfrutando de su epifanía literaria. El camarero hace un amago de recoger el vaso de café con leche, pero lo evita. Aún queda el poso amargo y dulce del azúcar con carbón de la vieja cafetera del bar de barrio.

    Pepe entra en Facebook y abre su página: Jose palabras solamente. A día de hoy tiene 2314 Me gusta y 9513 Seguidores. Casi sin quererlo, se ha convertido en uno de los sitios más fuertes de internet en el ámbito literiario nacional, ya quisieran muchos escritores tener la mitad de público que Pepe moviliza en cada publicación. Muchos lo envidian y alguna vez le han enviado un mensaje airado, que Pepe siempre contesta.

    Usted no debería poder escribir con esa ortografía tan deficiente. Debería usted leer más libros y no ensuciar el ya dañado nombre de la literatura española. Si no fuera por la sociedad tan ignorante en la que vivimos, no tendría usted ni un solo seguidor. ¡Déjelo de una vez!

    Cuando esto ocurre, Pepe suele hacer un vídeo al respecto, comentando que no va a comentar el odio que algunos vuelcan en su página, para luego comentar con pelos y señales el mensaje que ha recibido, el cual le hace mucha gracia, dice con cara de enfado. Esta vez no ha ocurrido nada de eso, sino algo peor. Pepe observa cómo en los comentarios de su última publicación, entre los emoticonos de corazones y besos que mandan sus seguidoras, hay algunos quienes comentan que Jose nunca responde a los comentarios, que ya están cansados, que hay que ver, que ya no van a comentar más.

    Esto sí que consigue encender al apasionado Pepe y decide hacer algo al respecto. Es tanta la indignación que siente que decide levantarse de la silla, dejando el euro con veinte céntimos con rabia sobre la mesa, y echarse a andar sin rumbo fijo, hacia los descampados que delimitan el perímetro de su barrio. Toma con sus labios estrechos otro cigarrillo y expulsa un fantasma de humo que se dibuja bajo la luz matutina.

    Cuando se encuentra en un lugar que considera tranquilo, saca su teléfono y da inicio al vídeo donde responde a sus enfadados seguidores, que se quejan de su poca ateción.

    Uno no tiene tiempo -viene a decir Pepe- para contestar a todo el mundo. La gente se cree que no tengo otra cosa que hacer contestar a cada comentario. ¿Qué le hubiera pasado a Cervantes si viviera en el mundo de ahora? ¿Cómo contestaría todos los comentarios de Quijote? -que por supuesto, Pepe no ha leído- ¿Qué le diría la gente? Pues lo mismo me pasa a mí. Yo tengo muchas cosas que hacer durante el día…

    Después de cinco minutos comparándose con Cervantes, Pepe se siente más tranquilo, aunque igualmente contrariado. El curso de sus pensamientos le ha llevado lejos del poblado y se encuentra en las inmediaciones de un polígono industrial. Los coches, las furgonetas, los camiones y camionetas pasan yendo y viniendo de sus respectivas tareas, la gente mueve el mundo con su trabajo. Jose observa el mundo desde la orilla de la acera de hormigón, mira la larga carretera y el sol elevándose al final. Observa las siluetas recotadas de los vehículos y las naves industriales, las hierbas secas que crecen en las grietas que se forman en la carne de los edificios funcionales para el trabajo. Pepe casi puede verse desde fuera, desde lejos, desde arriba, desde el universo, y se siente minúsculo. Toda esa gente yendo y viniendo y él allí plantado, cobrando por nada. La vida tiene muy poco sentido, después de todo. Pepe se siente inspirado y triste a la vez.

    -El sentido de la vida es el amor. -musita mientas palpa su único incisivo con la lengua.

    De vuelta a casa, va consultando las redes sociales de otros escritores y escritoras como él. Su preferida es Tercera estrella a la deriva, la única página que suele mencionar y compartir en la suya. Este sitio tiene medio millón de seguidores, su referente en FB.

    Está de moda

    Está de moda el no querer querer.

    El no contestar.

    El “háblame que te voy a responder en cinco horas” no porque esté ocupado, sino porque no quiero mostrar mi interés.

    Está de moda el complicarse la vida diciendo una y otra vez que “no estás buscando nada serio”.

    Está de moda el callarse y no decir “joder, como me gustas” y cambiarlo por un “qué tonto eres”, con esos iconitos que te hacen parecer de otro planeta.

    Está de moda el alejarse cuando una persona te encanta, te puede aportar sensaciones nuevas y puede que sea incluso la persona que buscabas, pero eres tan sumamente egoísta y cobarde que no te quedas a averiguarlo.

    Está de moda tener miedo a sentir.

    No sé, será que en pleno siglo XXI, con las millones de facilidades que hay para todo, el querer asusta.

    Entre café y cigarros.

    A Pepe esa publicación le parece el colmo de la literatura, mejor no puede escribir nadie, ni siquiera el viejo Cervantes. En cuanto llegue a casa escribirá otro texto parecido, sabe que no puede dejar pasar la oportunidad que le brindan las musas.

    Aunque a veces se siente bastante solo, a pesar de que su última mujer lo dejó por perro y por guarro (en el sentido de poco higiénico) y de que esas palabras aún duelen en el cajón más hondo de su memoria, Pepe siente que tiene una vida diferente en Internet. Gracias a las redes sociales, ha logrado dar a su vida algún sentido, descubrir que su propósito es escribir. A él, que tanto odiaba los libros, le parece el colmo de los colmos que haya terminado compartiendo su prosa, su poesía, sus pensamientos, con cientos de desconocidos diariamente. Gente que no es de su barrio, que no lo conocen de nada, pero que lo imaginan como él se muestra: como un escritor y poeta enamoradizo. Ahora no le faltan las proposiciones indecentes y las citas con mujeres solitarias. Cada día tiene mensajes picantes en su bandeja de entrada. Señoras que muestran y confiesan sus anhelos sensuales con una precisión mucho mejor de lo que él era capaz. Pepe tiene una vida mejor, aunque virtual, inmaterial, distante, como un sueño, como una película.

    Llegando a su casa, ve revuelo en la puerta. Las vecinas y los jubilados se han reunido en su portal. Divisa un poco más allá la ambulancia y una camilla que se lleva a su madre. Pepe aprieta el paso, dejando su teléfono para más tarde. Qué ha pasado, qué…

    -Tu madre se ha caído, Pepe. -Dice una vecina.

    -Venía del Mercadona con la compra y se la han encontrado tirada en el suelo. -Otra.

    Por un momento, Jose palabras solamente no encuentra el modo de poner sus pensamientos en orden. Los sanitarios cierran las dos puertas del vehículo y Pepe se siente helado en la acera. En un instante, de golpe, la vida se ha vuelto dura y dolorosa como una pedrada. Aunque seamos infinitamente pequeños, nuestros problemas son infinitamente más grandes. Los vecinos lo miran y el camillero se acerca para decirle.

    -Su madre está muy grave, nos la llevamos al hostipal.

    -Pero, pero…

    -La llevamos al Virgen de la Piedad. Puede venir con nosotros o venir usted luego…

    -Pero… ahora… ¿quién va a hacer de comer?

  • ENCUENTRO DEL TERCER TIPO (SOCORRO)

    ENCUENTRO DEL TERCER TIPO (SOCORRO)

    ASUNTO: ENCUENTRO DEL TERCER O CUARTO TIPO (SOCORRO)

    De: Rodrigo Rubio Pérez (rodrigorubioperez@jetmail.com)

    Para: ufopolis.contacto@hitmail.com

    13/03/2018

    Estimado Vicente:

    Llevo bastante tiempo siguiendo tu canal y hoy me he decidido a escribirte. Vaya por delante que admiro tu trabajo; la manera como enfocas los distintos temas que tratas y el sentido del humor que derrochas. Hace algunas semanas que quiero ponerme en contacto contigo; sencillamente, hasta ahora, no había reunido el valor suficiente para hacerlo. Quiero explicarte mi experiencia para ver si tú o alguien de tu audiencia puede ayudarme con esto. La situación es cada vez más desesperante y ya no sé a quién acudir.

    Esta pesadilla empezó una noche de verano del año 2004. Yo por entonces tenía quince años y vivía en un pueblecito cerca de la provincia de Tarragona. Ser adolescente en un lugar de no más de cinco mil habitantes era extremadamente aburrido. Dos buenos amigos y yo, Carlos e Isidro (estos no son sus nombres verdaderos) andábamos todo el día juntos. Salíamos a la calle y dábamos vueltas de un lado a otro sin saber qué hacer. No teníamos mucho dinero para coger el autobús e irnos a la ciudad, así que nos distraíamos haciendo excursiones por los alrededores de nuestro pueblo.

    Una de nuestras rutas preferidas era la que llevaba al cementerio municipal. Como en muchas otras poblaciones, el camposanto se sitúa a unos dos o tres quilómetros del núcleo urbano. Por entonces nos encantaban las historias de terror y era habitual que, después de cenar, quedásemos en la plaza y anduviéramos sin rumbo fijo por los caminos circundantes. Las calurosas noches de verano eran eternas pero nos distraíamos porque todavía éramos niños y cualquier cosa nos parecía una aventura. Era yo quien siempre proponía acercarnos al cementerio y quien contaba la mayor parte de las historias. A veces mis amigos no me hacían caso y otras veces, como aquella noche de finales de julio, me llevaba el gato al agua. Cuántos años he deseado no haberme salido con la mía.

    Recuerdo que hablábamos sobre chicas, nuestro tema preferido en aquella época, mientras recorríamos las calles de nuestro pueblo. Era difícil cruzarse con alguien, casi nadie andaba a aquellas horas por las avenidas. Todo estaba completamente vacío y cuando nos quedábamos en silencio el ruido de nuestros pasos sobre el asfalto sobrecogía la respiración. Luego, alguno de nosotros hacía una broma y no le dábamos mayor importancia. Para nosotros era emocionante. Quien haya vivido en un pueblo chico sabrá de qué estoy hablando.

    Llegados al final de la calle mayor, la civilización se terminaba. Un cruce de caminos nos daba cuatro posibilidades. A la derecha teníamos la montaña de las Forques, lugar poco aconsejable para visitar por la noche dado que los drogadictos tenían la costumbre de acercarse hasta lo alto del cerro y consumir heroína; lo sabíamos porque no pocas veces habíamos ido allí durante el día y habíamos encontrado por el suelo jeringuillas y papel de aluminio quemado con un mechero. A la izquierda nos quedaban unas cuantas casas sin mayor importancia (el barrio del Tractor) y la circunvalación que llevaba a la ciudad de Reus; no teníamos coche así que tampoco era buena opción. A nuestra espalda, otra vez el pueblo. Delante de nosotros se extendía el carretera del calvario. Una masía grande, señorial y abandonada flanqueaba el camino por el lado derecho. Recuerdo que yo atravesé el cruce sin decir nada y mis amigos me siguieron por pura inercia. El camino aún estaba asfaltado. De hecho, había unos bancos cada doscientos o trescientos metros; a veces nos sentábamos allí. Ese tramo estaba iluminado con farolas aunque ya no quedaran casas. La acera de hormigón y la luz artificial acababan al llegar a una rotonda. Cuatro caminos de nuevo: La Pobla de Mafumet, La Selva del Camp, Reus y, en línea recta, un pequeño cartel pobremente iluminado que en letras minúsculas rezaba: cementiri. Llegados a ese punto, a veces atravesábamos la carretera -siempre atentos a que no nos atropellara un coche- y otras veces dábamos media vuelta y nos volvíamos a casa. Esta vez fue Carlos quien se adelantó sin mediar palabra e Isidro y yo fuimos detrás de él. Había que ser decidido al cruzar la rotonda dado que unía carreteras comarcales y los coches pasaban a mayor velocidad que por dentro del pueblo. Mas de una vez habíamos estado a punto de tener un disgusto por cruzar despacio o distraídos. No nos lo pensamos demasiado, como siempre hacíamos en aquella época, y cruzamos corriendo, nuestras sombras alargadas sobre el asfalto, hasta el camino completamente oscuro que llevaba al cementerio. Una vez en él, ya no había que preocuparse por los coches.

    Al principio uno no podía distinguir ni sus propios pies en la oscuridad; pero poco a poco, los ojos se iban acostumbrando a ver por la noche y las formas se hacían reconocibles. Cuando había luna llena, casi se podía ver cada matorral en el camino y distinguir perfectamente los árboles y los campos. Pero recuerdo que aquella noche maldita no había luna, quizá por estar nublado o porque era noche cerrada, y todo se veía especialmente oscuro. No nos importaba, para nosotros era más emocionante si cabía.

    Si te quedabas callado, la sensación de desamparo crecía dentro de ti, te inundaba. Era mejor llenar el ancho espacio con nuestras voces y distraernos con la conversación. A veces, como ya he dicho, contábamos historias de miedo pero aquella vez el ambiente estaba tan enrarecido que ninguno sacó el tema. Creo que los tres estábamos inquietos pero, por no quedar como cobardes delante del resto, nos lo callábamos y continuábamos, más taciturnos que de costumbre, hacia delante. Poco a poco, los altos cipreses del camposanto se iban distinguiendo más claramente como altas sombras que nos esperaran al final del camino y el pueblo iba convirtiéndose en un montoncito de casas iluminadas cada vez más a lo lejos. No sé por qué no dimos la vuelta; me hago esa pregunta cada día desde entonces.

    El último tramo del camino era de tierra y estaba flanqueado por sendos campos de avellanos a cada lado. Recuerdo que al iniciarlo nos paramos los tres de golpe porque habíamos visto un resplandor a lo lejos. Fue breve, como un relámpago sin el ruido del trueno. Era extraño porque, como ya he dicho antes, por aquel camino no esperábamos vehículos. Uno de nosotros, creo que fue Carlos de nuevo, propuso que sería un coche que atravesara una de las carreteras que habíamos dejado atrás y que, de todas formas, no quedaban tan apartadas de donde estábamos. No era extraño ver en lontananza, de vez en cuando, un coche por en medio de la vía solitaria. Dimos su teoría por buena dado que, de todas formas, tampoco es que estuviéramos cada noche por aquellos parajes y no sabíamos distinguir bien de dónde procedían las luces y de dónde no. Como pasados unos segundos no vimos nada más, continuamos hacia delante.

    Una sensación espeluznante me asaltaba al llegar a las puertas del cementerio de noche. Eran de hierro forjado, antiguas y altas. Sobre el dintel, en el umbral a aquel otro mundo de eterno reposo, se podía leer 1888 en números grandes cincelados sobre el granito. Era un lugar bastante bello, durante el día, y grande para ser un pueblo de pocos habitantes. Creo que hay más habitantes dentro de esos muros que fuera de ellos. En ocasiones, poníamos la cara por entre los barrotes y mirábamos dentro. Nada se movía pero era difícil aguantar la mirada porque tenías la sensación de que, en cualquier momento, algo extraño iba a deslizarse entre las tumbas. Aquella noche no lo hicimos, ni siquiera nos colamos dentro saltando la valla como había sido nuestra costumbre otras veces. Nos sentamos en uno de los bancos de piedra que daban a una de las alas del lugar. Alguno de nosotros sacó un paquete de tabaco y fumamos un pitillo los tres, sin decirnos nada la mayor parte del tiempo. Solo se oía el crepitar de los cigarrillos y nuestra respiración. Por eso pudimos oírlo perfectamente.

    Un zumbido hondo e intenso retumbaba por todo el lugar a una frecuencia muy baja. Era un uhmmm… largo e ininterrumpido. Nos miramos unos a otros, a Isidro se le cayó el cigarro al suelo y se inclinó para recogerlo. ¿Qué era aquello? No lo sabíamos, estábamos asustados, pero no lo suficiente como para salir corriendo. Debo decir que cerca de allí hay algunas fábricas y, a muy pocos quilómetros, una refinería. Estábamos acostumbrados a sonidos de aquella clase pero el sentirlo así, de repente, fue lo que nos sorprendió. Segundo a segundo fuimos acostumbrándonos y, estúpidamente, decidimos ir a investigar. Parecía proceder de detrás de los muros del recinto. Habíamos recorrido el perímetro del cementerio otras veces y sabíamos que, justo detrás, en la zona paralela al camino donde estábamos sentados, había un depósito improvisado de piedras, ladrillos, tubos y demás objetos para la construcción; seguramente utilizados por los operarios del camposanto.

    Yo tenía mucho miedo pero no lo confesaba. Algo no iba bien, no era normal. Siempre he sido el más prudente, o el más cobarde, de mis amigos así que aquella vez estaba decidido a no abrir la boca para proponer la retirada. Carlos se levantó como un resorte del banco, tiró el cigarrillo al suelo, lo pisó y nos propuso movernos. Isidro y yo adivinábamos cuál era la intención de nuestro amigo: ir al lugar de donde procedía ese extraño zumbido. Yo no quería pero al ver que Isidro también se levantaba y lo seguía hice lo mismo que ellos; no me apetecía quedarme solo en aquel lugar aquella noche especialmente. Además, si lo hacía corría el riesgo de que me gastaran una broma pesada y no me apetecía. De ninguna manera.

    A pasos apresurados, llegamos al final de la blanca pared encalada y torcimos hacia la derecha, por donde continuaba. El camino se había acabado, el resto de los muros estaban rodeados por el campo.

    Aquel sonido extraño se hacía cada vez más intenso, casi traspasaba nuestras camisetas y se nos metía por dentro. No es que lo oyéramos muy fuerte, dado que era muy grave, pero sí que podíamos sentir su vibración en los huesos. Con calma, nos fuimos acercando hacia la zona exterior que daba a la parte trasera, en el exterior del ancho recinto. Caminábamos despacio, en silencio. Solo podíamos distinguir el crujir de nuestros pies sobre la grava. Yo sentía las piernas, y el cuerpo entero, cada vez más pesados pero en aquel momento pensé que era por el pavor que me inspiraba todo aquello. Llegados a la esquina del muro, volvimos a torcer a la derecha.

    Todavía no doy crédito a lo que vieron mis ojos. Pero lo vi; prometo que era tan de verdad como la habitación donde ahora mismo estoy escribiendo estas líneas. He intentado olvidarlo, he recurrido a la psicología y luego a la psiquiatría; lo que vimos no era una alucinación ni un sueño colectivo. Aquello era real.

    Me resulta difícil describir su forma pero lo intentaré. El objeto era grande, ancho como un edificio pero no muy alto. Sus dimensiones eran parecidas a las de un chalet de dos plantas, pero más achatado. Era geométrico, circular, pero no redondo; como dos cuencos puestos uno encima de otro, un poco aplanados. Emitía una luz tenue, azul en diferentes tonos, pero era apagada. Su resplandor no se alejaba más de tres o cuatro metros del objeto. Recuerdan a las luces de discoteca que pese a brillar, no iluminan. Pero lo más extraño era aquella luminiscencia no procedía de bombilla o de led alguno; los brillos se movían como si fueran de naturaleza líquida por dentro del chasis del objeto. No puedo afirmar si era metálico o de cristal; más bien parecía de plasma, que pudiera cambiar de tamaño y forma a su antojo. No obstante, nunca lo hizo, siempre se mantuvo igual durante el breve espacio de tiempo que pudimos verlo. Estaba a unos 30 o 50 metros de nosotros. Tampoco puedo afirmar con claridad cómo se mantenía pegado al suelo, dado que parecía sostenerse en el aire a poca distancia de la tierra, como si flotara.

    Las piernas me temblaban como cañas azotadas por el viento. Me pregunto si en aquel momento habríamos podido salir corriendo, pero no lo hicimos. Nuestro pensamiento estaba clavado en el objeto y nuestra mente parecía completamente en blanco. Fue entonces cuando los vimos.

    Me tiemblan las manos sobre el teclado como si estuviera allí, de nuevo. No he contado esta historia muchas veces porque me transporta en el tiempo y revivo aquella pesadilla. Pero debo hacerlo, necesito ayuda y no sé si me queda mucho tiempo. Vimos cinco sombras, de exactamente la misma altura, que se movían lentamente en la escasa luminiscencia del objeto. Era como si la atmósfera les resultara demasiado densa o liviana; no soy un experto en el tema, pero parecía como si se movieran debajo del agua. En ese preciso instante los tres nos miramos los entre nosotros. El corazón botaba desbocado dentro del pecho y un dolor de cabeza me invadía, el sonido se nos metía dentro y nos abotargaba. Queríamos salir de aquel lugar lo más pronto posible, no aguantábamos más aquella experiencia, pude ver el miedo y el horror en las caras oscurecidas de mis amigos; era una expresión horrible.

    De repente, un potente haz de luz blanca, procedente del objeto, iluminó todo el entorno pero no se podía distinguir ninguna forma debido a su intensidad. No pudimos echar a correr, estábamos completamente paralizados como se quedan algunos animales sorprendidos por las luces largas en mitad de la carretera. No hacíamos más que mirar hacia el objeto, sin poder siquiera pestañear. A partir de ese momento, mis recuerdos son racheados como ráfagas de viento. Creo que fue entonces cuando nos atraparon.

    En un instante teníamos a aquellos seres junto a nosotros. Eso era imposible dado que la distancia que nos separaba era importante, parecía como si se hubieran teletransportado a nuestro lado a la vertiginosa velocidad de la luz. Eran altos, delgados, estaban desnudos o por lo menos eso me resultaba a mí. No tenían genitales ni pelo. Su piel era rugosa y estaba cubierta de una leve capa de baba espesa; me recordó a la textura de los caracoles. Sus cabezas eran grandes a pesar de que el cuello era fino; no podía ser posible que pudieran mantenerla alzada sobre un cuerpo tan enjuto. Recordaban a los insectos por su delgadez y sus movimientos rápidos en torno a nosotros. Apenas podíamos seguirlos con la vista y enfocar así sus rasgos; no obstante, sus extremidades eran desproporcionadamente largas. Sus manos no tenían palma como si sus dedos alargados salieran directamente de las estrechas muñecas. Tampoco pude distinguir ningún músculo, en ningún momento llegaron a tocarnos pero creo que si lo hubieran hecho habría muerto de un infarto en ese instante. Lo único que se movía en mi cuerpo durante ese trance era el corazón, a un ritmo frenético, tanto que casi me asfixiaba; me faltaba el aire.

    Sin duda alguna, sus caras eran lo peor. Inmensas, sus ojos grandes eran completamente redondos y oscuros, negrísimos. No he vuelto a ver un negro tan intenso, que se tragara tanto la luz como el de aquellos seres. Se podría pensar que su cavidad ocular estaba hueca, pero no, nos observaban fijamente. Ni siquiera una sombra es tan oscura como la mirada de aquellos seres. Sus bocas eran aberrantemente pequeñas, desproporcionadas a su vez con el resto de la cara. En ningún momento las abrieron pero yo he imaginado por dentro dientes o ventosas, quizá algo peor, como si estuvieran hechas para succionar en vez de para comer. No las utilizaban para comunicarse, quizás lo hacían por telepatía dado que no emitían ruido alguno. Eso no lo puedo asegurar porque mi pensamiento estaba en blanco. A diferencia de otras experiencias de este tipo, yo no pude distinguir ideas o voces en mi cabeza, parecía como si me hubieran apagado y simplemente pudiera ver y sentir lo que pasaba en torno de mí; pero sin interpretarlo ni poder interactuar.

    Y el olor, recuerdo el olor y se me revuelve el estómago. Un hedor nauseabundo, como el cadáver de un animal lleno de gusanos, muy, muy intenso. No he vuelto a notar un aroma tan horrible en todos los años que han pasado desde entonces. Algo químico e intenso, como imagino el del cloroformo, estaba impregnado también en aquel olor. Fue en ese momento cuando yo me desmayé sin saber qué había sido de mis compañeros. Todo había sucedido muy rápido pero no puedo asegurar cuánto tiempo transcurrió, si fueron minutos o simplemente segundos.

    Me desperté y estaba en el suelo. Isidro me zarandeaba por los hombros y gritaba mi nombre desesperadamente. Carlos estaba también en el suelo, incorporado sobre su cuerpo, sentado con las piernas extendidas y una expresión confusa; como si se preguntara qué estábamos haciendo allí. En un momento nos fuimos desperezando, nos levantamos y, sin mediar palabra, echamos a correr como almas que lleva el demonio. Recuerdo que huíamos hacia el pueblo sin mirar atrás, sin pensar siquiera en los demás. Uno de nosotros, el más rápido, se adelantó y se perdió de vista por el camino oscuro. Me faltaba la respiración y el corazón latía tan fuerte que me dolía pero ninguno dejamos de correr. Creo que hubiésemos batido algún récord si nos hubiesen cronometrado; así de desesperados estábamos, como si huyéramos de una bestia enorme, oscura, que siempre anduviera a pocos metros de nosotros para cazarnos.

    Aquel pensamiento era estúpido, ya nos habían cazado; pero entonces no podía articular más de dos ideas a la vez y solo pensaba en poner un pie delante del otro lo más rápido posible. Quería llegar a mi casa y no detuve la marcha hasta que lo conseguí. Me había separado hacía rato de mis amigos, supongo que ellos hicieron lo mismo que yo.

    Recuerdo que me metí en la cama vestido, temblando y con los ojos como platos. Aún me faltaba el aire pero poco a poco mi cuerpo se iba sosegando. Mis padres no se despertaron en ningún momento y, aunque todavía me parece extraño, no le di mayor importancia; incluso lo prefería. ¿Qué iba a contarles? No yo mismo, que acababa de vivirlo, sabía qué decirles. Lloré y lloré desesperadamente sobre mi almohada. En algún momento debí quedarme dormido o perdí el conocimiento. La última imagen que tengo de aquella noche desgraciada es la del reloj digital que me miraba desde la mesita de noche. Eran las cuatro de la madrugada, habían trascurrido muchas horas desde que quedara con mis amigos a eso de las once de la noche. Cinco exactamente.

    No volví a verlos hasta al cabo de tres o cuatro días. Durante ese tiempo no había salido de casa y cuando mis padres me preguntaban decía que me encontraba mal. Era en parte cierto aunque durante aquellos días no les comenté nada sobre lo que había pasado en el cementerio. Quedamos, en fin, a la luz del medio día en el parque de en frente de mi casa. En un primer momento no nos dijimos nada, solo nos mirábamos los unos a los otros. Todavía nos duraba la expresión asustada y tensa, la huella de aquella noche. Recuerdo que hacía un calor horrible y que el canto de las chicharras era desagradable, como si nos recordara en cierta manera a aquel extraño zumbido de noches atrás.

    Nos dijimos poca cosa, solo constatamos, mirándonos y hablando poco, que los tres habíamos visto lo mismo. Cuando nos separamos, al cabo de un rato, no volvimos a encontrarnos hasta el final del verano. Lo primero que me robó aquella noche de julio en el cementerio fue a mis amigos. Dejamos de quedar y preferimos la compañía de otra gente, quizá porque el hecho de vernos nos transportaba al momento de aquellos momentos horribles que queríamos dejar atrás. Lo segundo que nos robó fue el sueño.

    Yo tenía pesadillas que con el tiempo fueron intensificándose. No le hubiera dado mayor importancia, hubiera olvidado los hechos al cabo de un tiempo, si no fuera por las malditas pesadillas que me acosaban cada semana. Siempre trataban de lo mismo, aquellos seres, pero esta vez estábamos en camillas, completamente desnudos y un número indefinido de ellos hacía experimentos con nosotros. No quiero relatar las cosas horribles que yo soñaba y sueño todavía, a veces me despierta un dolor intenso y punzante en la tripa que aún perdura cuando me despierto. Es horrible. Nos torturaban y, aunque sus caras no reflejaban la menor emoción, yo sentía, sabía, que disfrutaban haciéndolo. Lo peor era cuando me despertaba con la sensación de tener algo dentro, que un insecto se revolvía entre mis entrañas. Me he hecho pruebas, los médicos no han visto nada raro, pero yo sé que algo raro hay. Puedo sentirlo a veces, casi lo siento ahora.

    También nos robaron el futuro. Como mis notas cayeron en picado durante el curso siguiente, mis padres me llevaron a distintos psicólogos para ver qué sucedía conmigo. Me había vuelto más taciturno y antisocial, pasaba mucho tiempo solo y prácticamente no estudiaba. Si lo intentaba, todo se me olvidaba al cabo de un rato y, la verdad, me daba lo mismo. Lo único que me consolaba era escribir, generalmente historias que nada tenían que ver con lo sucedido, es la primera vez que trato el tema con tanta profundidad y me da miedo hasta leerlo. Sé que hoy volveré a soñar con aquellos seres, pero tengo que hacerlo por mis amigos y por mí, para que quede constancia de lo que nos sucedió.

    Isidro murió y no acabó el instituto. Lo atropelló un coche mientras iba en bicicleta por una autovía. Era extraño, yo no sabía que él tuviera una bici. Su familia era bastante pobre y la economía no daba para esa clase de lujos. Además, fue por la noche, sobre las once o las doce. El conductor de la furgoneta afirmaba que el chico se le había echado encima y que no pudo verlo. Circulaba sin ningún tipo de luz y sin casco, no se pudo evitar el accidente y falleció en el acto. Tengo la sospecha, y espero de todo corazón que no sea cierta, de que sé lo que sucedió. A veces, muy pocas, también me ha pasado a mí.

    Comencé a preocuparme seriamente por todo esto cuando, una noche, al cabo de un año del incidente, me desperté tendido en el suelo. Esta vez la luna llena brillaba sobre el cielo como la lámpara de un quirófano. Asustado, me levanté y me di cuenta de que estaba en el cementerio, en plena noche y completamente solo. Llevaba puesto el pijama y tenía mucho frio. Corrí hacia mi casa de nuevo, descalzo, pero, esta vez, el trayecto se me hizo eterno. Aunque estaba despierto, a mí me parecía que seguía soñando. Cuando llegué a casa, las luces estaban encendidas y mis padres se movían nerviosamente en el salón. No me dio tiempo ni de llamar a la puerta cuando me abrieron ellos mismos. Me preguntaron, preocupados, dónde había estado y yo no hacía más que llorar amargamente sobre el regazo de mi madre. Nunca he sido sonámbulo y los psicólogos no logran explicarse cómo pude recorrer tanta distancia en ese estado. Creo que no se lo creen y por eso he dejado de confiar en los psiquiatras y en la medicina. Yo no estoy loco, simplemente, me han pasado cosas que no tienen explicación racional. Desde entonces, duermo con la llave de mi casa echada. Hasta ese momento no teníamos esa costumbre dado que vivimos en un pueblo y nos conocemos todos.

    Los años han pasado y esta historia permanecería en el cajón de mi memoria si no fuera por la repentina muerte de mi antiguo amigo Carlos hace unos pocos meses. Lo encontraron inerte, frío, con una expresión horrible y rígida en el rostro. Las malas lenguas dicen que ni siquiera pudieron cerrarle los ojos y por eso la tapa del ataúd permaneció cerrada durante el velatorio; no puedo afirmarlo con seguridad, yo no me atreví a ir a despedirme de él. Tampoco acudí al cementerio; pensar que ahora está allí, tan cerca de donde pasó todo…

    Su muerte no tiene explicación alguna. Era un chico sano y joven de 28 años, como la edad que tengo yo; ya no fumaba y no bebía, que yo sepa. No puedo dejar de pensar en todo lo que ha sucedido. Ha transcurrido mucho tiempo pero sigo arrastrando las consecuencias del encuentro con aquellos seres, sé que sus sombras me acompañarán mientras viva.

    La visión se me empaña mientras te escribo. No sé qué hacer. Quizá la muerte de mis antiguos compañeros no sea más que una casualidad horrible, pero no puedo dejar de pensar que este pensamiento es una mentira piadosa. Te escribo en memoria de mis dos amigos; casi habíamos perdido el contacto pero sé que ellos también tenían pesadillas demasiado frecuentes, demasiado realistas. No nos lo merecíamos.

    Por favor, dime qué puedo hacer, cómo debo actuar. Pienso que esta noche puede ser la última, o la próxima, o la de más allá. Siento que me estoy volviendo loco. No quiero acabar en un centro para enfermos mentales, a base de pastillas. Siento que saben dónde estoy y que pronto vendrán a por mí. Eres la última esperanza que me queda, tú y tu público. Por favor, ayúdenme. Por favor…

    Mensaje no leído

  • Efímero amoR en Roma eterna

    Efímero amoR en Roma eterna

    I

    Roma es una ciudad bastante sucia. Llegué un lunes por la tarde y me sorprendió el paisaje que cruzaba frente a mí durante el trayecto del aeropuerto al centro de la ciudad: los suburbios aledaños a las vías del tren estaban especialmente sucios, pintados con grafiti, máquinas tiradas y herrumbrosas por doquier. Me parecía estar viajando a un pueblo del Sur, no entrando en una capital europea, nada menos que la Ciudad Eterna.

    Llegué al hotel y un tal Damiano me esperaba para entregarme las llaves de mi habitación. Plaza Pío XI. Me parecía que el lugar sería especial por encontrarse a apenas dos quilómetros de la Ciudad del Vaticano. No obstante, daba la sensación de estar muy alejado. Las calles eran comunes, un paisaje de periferia con sus aceras de asfalto y sus contenedores repletos de basura donde buscaban suerte los extracomunitarios. Quise hacerle notar a Damiano mi desazón y asegurarme de que el centro se encontraba tan cerca como lo situaba el mapa, en efecto, Internet no me había mentido. En apenas cinco paradas de autobús, uno se encontraba atravesando las aguas del Tíber.

    El recepcionista era fumador y lucía un paquete de tabaco en el bolsillo delantero de la camisa. Me pidió la documentación y yo, mientras tanto, le hacía preguntas al respecto de dónde conseguir las cosas que se me habían olvidado en casa: un cargador para el teléfono, un supermercado con droguería, un banco, un sitio para comer-cenar dado que llevaba todo el día con el estómago vacío. Con una voz rota y viril, como la mía -no sería mucho mayor que yo-, Damiano me informó en itañol (mezcla de dos idiomas hermanos) donde se encontraba todo lo que yo quería: el sitio más lejano estaba a apenas dos minutos andando desde el edificio donde me hospedaba. Después de todo, me alegré de que el centro se encontrara al otro lado del río, habría sido difícil para mí realizar todos los recados de forma ágil si me hubiera encontrado en una calle donde solo hubiera comercios de souvenirs. Salimos juntos del edificio dado que Daminao acababa su turno a las ocho en punto y ya eran las siete y cuarto. Luego me quedé solo.

    Cené una carbonara y demás está decir lo buena que estaba. Lo único que no me gustaba, a pesar de no encontrarme en la ciudad vieja, es que en el restaurante sólo había clientes del norte de Europa, turistas como yo a quienes clavarían una factura demasiado alta por unos platos que creeríamos auténticamente italianos. Pero, en fin, yo estaba cansado por el viaje y de buen humor por llevarme algo al estómago.

    Venciendo la tentación de irme al hotel a descansar, crucé la calle y me subí al primer autobús que se dirigía al centro. Previamente, había pasado por un banco donde me fue imposible sacar efectivo. No había otra sucursal a la vista, así que me subí al vehículo con la esperanza de poder pagar mi billete con tarjeta de crédito. Al mostrarle mi intención al conductor, este me miró por encima del hombro, hizo un gesto de indiferencia, miró al frente y cerró las puertas del autobús. Me quedé algo sorprendido, sin entender bien lo que pasaba. Una chica, a mi lado, vio la escena y me informó en inglés que los autobuses no aceptaban el pago con tarjeta. Pero yo ya estaba subido, le hice notar, y ella me instó a no decir gran cosa y dejarme llevar gratis por las calles de Roma. Me preguntó dónde iba y le contesté con el nombre de una pizzería: Trastevere.

    Resulta que ella, cuyo nombre nunca me dijo, trabajaba cerca y nos bajábamos en la misma parada. Era enfermera en uno de esos hospitales que, luego lo confirmé, parecían sanatorios de la Edad Media -no me gustaría estar ingresado en uno de esos. La buena conversación hizo que el tiempo pasara volando y, llegados al río, me indicó por dónde tenía que seguir mi camino a pie. Pensé en intentar coger el número de aquella chica pero yo ya tenía un amor en Roma, la persona que me había recomendado que, aquella primera noche solo, me dirigiera al barrio bohemio, que seguro que te piac(h)erà.

    Trastevere significa “tras el río Tíber”. Como en otras ciudades fluviales donde yo había pernoctado -Madrid, Londres- los barrios situados al otro lado del río -Carabanchel, Hammersmith- eran mucho más pobres y no tenían nada que ofrecer a los turistas. Pero en Roma la pobreza es una gala. Mientras bajaba el paseo junto al ancho río, observaba cómo caía la tarde bajo los grandes arcos de los puentes. Allí se preparaban para recibir otra noche húmeda algunos vagabundos solitarios, separados entre sí entre puente y puente. Cuando pisé por primera vez el barrio, la música me invadió por todos los flancos. La gente se arremolinaba en una plaza de donde partían varias calles sinuosas hacia todas las direcciones. Supe que había llegado a mi destino y, para asegurarme, le pregunté a una transeúnte, señalando con el dedo, con los ojos iluminados y los oídos encendidos, si aquello de allí era Trastevere. Me contestó que sí.

    Nunca consulto las guías de viaje cuando visito un lugar. En ocasiones, como en este caso, tenía información de algunos monumentos por haberlos estudiado en los libros de historia, pero apenas sabía dónde se encontraban. Me gusta dejarme llevar por las calles, por la vida, y encontrar lo que Fortuna quiera. No tengo interés en meterme en un lugar emblemático si algo no me ha llevado allí. En otras ciudades uno corre el riesgo de no encontrar nada, de acabar en un espacio liminal, pero en Roma uno lo encuentra todo.

    Guiado por el ritmo de las calles donde artistas entonaban canciones que yo conocía -rock clásico principalmente o tangos de Gardel- me iba internando por entre los muros de las estrechas avenidas. Como era el barrio bohemio, no me costó demasiado encontrar un estanco; como era un barrio turístico, tampoco me supuso ninguna dificultad sacar, por fin, dinero. Demás está hablar de la preciosidad del sitio para quien encuentra en la decadencia un aroma cálido y embriagador. Siguiendo la música de los artistas desconocidos, atravesando puestos de pasta donde se formaban largas colas de turistas centroeuropeos hambrientos, encontré una plazuela sin saber que me quedaría allí hasta que cayera la noche.

    Había una tienda de campaña verde-militar y dos militares con sendos subfusiles, una iglesia, restaurantes, bares, puestos callejeros de bisutería y mesitas de playa donde tres hechiceros -dos brujas y un mago- echaban las cartas delante del portal de la iglesia. Me resultó curioso este hecho dado que sabía que la religión católica considera pecaminoso y satánico el uso y el consumo del esoterismo: pero, en Roma, Dios y el Diablo convergen en la misma sucia vía. Un rastafari negro tocaba maravillosamente la guitarra y nos íbamos arremolinando bajo sus notas, asistiendo a una misa pagana que me llenaba los ojos de lágrimas y me ponía el vello de punta. La voz de aquel tipo, el modo en el que golpeaba la guitarra y arrancaba de ella los acordes, era tan especial y genuino que el músico que lo acompañaba, un hombre blanco con sombrero de cowboy y guitarra eléctrica, parecía que no tuviera ni idea de hacer música. Al cabo de un tiempo indeterminado -quince minutos o una hora- continué mi camino dejando la plaza tras de mí. Encontré otra donde se celebraba un concierto por la paz: entidades católicas de toda Europa se reunían para clamar por la convivencia y por su supervivencia. Soy consciente de los horrores del catolicismo y de la Santa Madre Iglesia, pero no podía evitar una sonrisa de oreja a oreja, hacer fotos y saltar con el párroco joven que llevaba la batuta de la orquestra rock católico y virginal. En la enésima iglesia, un mosaico dorado en lo alto de la fachada mostraba santos personajes rodeados de pan de oro y palmeras. Continué mi camino, pero volví sobre mis pasos cuando se acabaron las calles peatonales y se ensancharon para que cupiesen coches. Aquello no me interesaba, volví donde los tarotistas y me senté en el portal de la iglesia, justo detrás del rastafari que mezclaba el tema No Woman No Cry de Bob Marley con Let It Be de Paul McCartney.

    Luego, cuando el rastamán recogía sus bártulos, dos guitarristas más mediocres se pusieron a interpretar canciones más actuales, a los que nadie parecía prestar atención excepto yo, que estaba justo detrás de ellos, con un gin tonic en un vaso de plástico y un cigarrillo en la otra mano. Solté las amarras de mi alma y me llené de la noche romana.

    Estaba en otro país, completamente solo, pero no me lo parecía. No echaba de menos a nadie. Quizá mi posible acompañante no habría entendido mi afición por la música en directo de ahora, ayer y siempre; tampoco se había arriesgado a fumar tabaco de liar y a beber un cubata delante de un puesto del ejército -los cuales no me dijeron nada, como ya supuse. Al día siguiente iba a reunirme con otra Roma. Pensé entonces que si la cosa se torcía y la cita no resultaba como era deseable, lo cual era un riesgo evidente, no me importaría disfrutar el resto del tiempo así, entregado a la ciudad en cuerpo y alma.

    Al cabo de tres copas, la música se terminó. Era un buen momento para volver al hotel y al fin, descansar, pero quise hacerlo por el camino más largo. No conocía el barrio, así que rápidamente me perdí por calles sorprendentemente oscuras que inquietaban al misterio. Al cruzarme con los paseantes no podía distinguir su rostro, éramos sombras los unos para los otros y sentía que su desazón era el mismo que el mío al mirarnos furtivamente. Sabía que el río quedaba a la derecha y lo encontré torciendo la primera calle. No andaba lejos y una vez junto a la margen de piedra divisé no muy lejos un puente antiquísimo e iluminado. Bastantes paseantes lo cruzaban y me dirigí hacia él. Cualquier parada de autobús era buena para mí dado que no sabía cuál era la buena.

    La brisa me acariciaba mientras cruzaba hacia la parte noble y antigua de la ciudad. Frente a mí, una calle sinuosa, aunque esta vez más recta que al otro lado del río, se torcía más adelante y la seguí sin saber qué encontraría unos metros más allá. De una tienda salía música de AC/DC y la dependienta me invitó a entrar. Aproveché para preguntar dónde tenía que coger el autobús y me dieron indicaciones lo suficientemente vagas para llegar a mi próximo alto en el camino y no irme todavía a descansar los pies.  

    Tuerce a la derecha y continúa recto, cuando llegues a una calle que cruza, la parada está a la derecha de nuevo. Encontré la avenida transversal por donde pasaban taxis y coches y me asaltó, otra vez, la música. En un bar que hacía esquina, había gente bailando en la puerta un rock and jazz antiguo y muy bien ejecutado. Miré hacia dentro y unos músicos -saxo, batería, guitarra, contrabajo, cantante femenina- lo daban todo como si solo existiera aquel último local sobre la Tierra. No pude resistir la tentación de entrar y pedir una ginebra con tónica. El dueño del local, bastante exclusivo, me dedicó una mirada de desprecio y me cobró diez euros por una copa demasiado sencilla para su buen gusto. Pero me daba lo mismo, no me incomodaba estar sentado rodeado de ricos ignorantes porque yo estaba allí por la música, que era fantástica. Me senté en la barra frente a los músicos, que imaginé tan pobres como yo, y me dediqué a emborracharme con su actuación por la que habría pagado todo lo que me quedaba en el bolsillo.

    Más tarde, salí del local en busca de la parada de autobús. Dos señoras italianas habían salido de fiesta y les pregunté cómo llegar a la plaza donde se encontraba mi hotel. Me informaron de que debía bajarme al cabo de unos diez minutos y esperar allí a un autobús que me llevaría, seguramente, a Pío XI. La conversación con ellas era muy aminada. Me dijeron que aquello era Roma y que no tuviera prisa a que llegara el autobús, yo me reía y contestaba que no tenía prisa ninguna, que tenían una ciudad maravillosa. No tardó demasiado y, una vez dentro del transporte público gratuito, me explicaron singularidades de los edificios que íbamos dejando atrás dado que ambas eran guías turísticas y yo no tenía ningún reparo en preguntarles por las bellezas que veíamos de pasada. El dato que más me impactó fue cuando pasamos por delante de un sanatorio, todavía en funcionamiento, que constituía il primo ospedale in tutta Europa.  

    Bajé frente a los muros de la Ciudad del Vaticano a esperar el siguiente autobús. Como no estaba seguro de si me llevaría a mi hotel, pregunté a un extracomunitario que esperaba en la parada. El hombre, muy amablemente, me contó que él iba en mi misma dirección y que me avisaría cuando llegásemos a Pío XI. Yo hacía tiempo que no tenía batería en el móvil, así que dependía de la buena voluntad de los romanos para llegar.

    Nunca me sentí solo, jamás aburrido. Más bien al contrario, si todos los días iban a ser como esa tarde y esa noche: fermati, istante, sei così bella. Al cargar mi teléfono, mi amiga me había llamado varias veces, preocupada por mi situación: yo en una ciudad desconocida y sin contestar. No pasaba nada, tranquila, me lo había pasado bomba.

    Y solo era el principio.

    II

    Quedamos en vernos al día siguiente. Debía recogerla en la estación de Termini sobre las diez y media de la mañana. Que descanses. Tengo ganas de abrazarte. Adiós. Bacio.

    Me desperté emocionado por el nuevo día. Tomé una ducha y me dirigí hacia la parada de metro, que quedaba a unos pocos pasos del hotel. Empezaba a enamorarme también de ese barrio de la periferia. La vida se desarrollaba con normalidad un día entre semana. Antes de bajar las escaleras del suburbano, entré en una cafetería cualquiera, antigua, como las que hay en España: barra de metal y taburetes de contrachapado. Pedí un café solo y sólo necesité mirar la antigua cafetera para darme cuenta de que estaría buenísimo, ni mejor ni peor que en mi país, si uno sabe dónde encontrar lo bueno. Lo mejor no fue el sabor del café, fue que su precio estaba por debajo del euro, Ottanta, dijo la vieja matrona, y yo entendí que sólo me pedía ochenta céntimos por mi café solo.

    Al salir a la calle, el cielo me parecía más azul y las nubes más blancas. Bajé las oscuras escalinatas hacia el andén y me subí al primer tren que me llevará a Termini. El vagón estaba vacío, supuse que los romanos preferían moverse en coche, en vespa o en autobús, que salía gratis. Podía haberlo intentado, pero no quería fallarle a mi Roma.

    Subí al edificio y me uní al río de gentes que iban de un lado a otro, buscando su destino. Me llamó la atención los altos techos y la cantidad de negros que poblaban el vestíbulo principal. Aquel lugar era su centro de operaciones y le otorgaba al espacio un aire de zoco africano en pleno centro de la capital del catolicismo. Todavía me quedaba tiempo, así que decidí buscar una floristería y compré una rosa roja. Verme paseando por la estación, bastante descuidada, pero populosa de Termini, con una rosa en la mano atraía la mirada de algunos transeúntes, también de los negros, y todo el mundo sonreía.

    Habíamos quedado en vernos en una de las entradas de la estación. Al llegar vi que era la menos concurrida. Algunos taxistas hacían tiempo, esperando los clientes a la sombra. La temperatura era primaveral y no había demasiado ruido en el ambiente. Un poco antes había divisado un McDonald’s encastado en un muro milenario. Las palomas antiquísimas se arremolinaban nerviosamente en busca de alguna patata frita americana. Empezaba a esbozar aquellos contrastes en mi cabeza cuando vi aparecer a Sofia.

    Vestía un vestido apretado con volantes, que ceñía sus pechos decididos y su cintura breve. Sus caderas eran generosas, pero sin exagerar. Sus piernas no eran largas, pero estaban bien torneadas y morenas. El pelo castaño le caía sobre los hombros, recogido en una pinza por detrás. Sus ojos eran grandes y sus labios carnosos. Sofia era siciliana y yo creía ver la honda tradición mediterránea en sus rasgos levemente afilados, en la nariz casi prominente que comparten los árabes, los judíos y los cristianos del sur. Son nuestros defectos los que nos hacen adorables, y a mí ella me parecía el colmo de la belleza bajo aquella mañana italiana. Como había visto la rosa, a medida que se acercaba, reía afectuosa y yo supe que ya estaba todo hecho. Llevábamos un año sin vernos, la vez anterior en Barcelona. Ella era turista y yo trabajaba para el turismo. Muchos meses sin contacto y sin demasiada confianza, pero los dioses paganos otorgan su bendición a los corazones valientes y, cuando la tuve entre mis brazos, la besé, nos besamos en un largo y apasionado beso que se terminó cuando ella miró, y yo le di, la rosa. Oh, dijo con una expresión de alegría. Y volvimos a abrazarnos bajo la mirada atenta de los taxistas y de los negros, que entonces pensaban que yo era el tipo más afortunado del mundo conocido. Sofia me dijo que estaba más gordo, reí y nos fuimos.

    No tardamos mucho en llegar a mi hotel por el mismo camino por donde había llegado. Sentados en el metro nos abrazábamos de vez en cuando y nos poníamos al día, ambos nerviosos y excitados por lo que teníamos entre manos. Hubo algunos momentos de desenfreno bajo el subsuelo romano, en el casi solitario vagón de metro, que suavizábamos con conversaciones intrascendentes sobre el trabajo o mi viaje. Ella se dedicaba también al turismo en un hotel de lujo en una villa cercana, Civitavecchia, a una hora de allí. Yo le conté mi noche anterior por el barrio del Trastevere.

    Subimos hasta la habitación en relativa calma, como si fuéramos solo dos amigos que han quedado en verse inocentemente. Saludamos a Damiano en la recepción y me miró con cara de Será cabrón. Hablaron un momento Sofia y él en un italiano rápido que entendí a medias. Corté la conversación alegando prisa, temeroso de que la conversación se alargara demasiado y enfriara los planes que ambos teníamos en mente.

    Muy castamente, traspasamos la puerta de mi habitación y, al cerrarla, la castidad quedó fuera. Nos abrazamos como su fuéramos los últimos seres humanos sobre este mundo, nos besábamos como si estuviéramos sedientos y quisiéramos beber de la boca del otro. Mientras mis manos recorrían su cuerpo por debajo de la ropa, sentía su respiración, caliente, su lengua húmeda sobre mi cuello. Su carne era suave, tierna, cálida. Sus manos eran femeninas pero fuertes, nobles manos de mujer a quien no se le caían los anillos por trabajar, por manejarme. Me deshizo el cinturón y los pantalones cayeron al suelo como las hojas. Me quitó la camiseta y miró mi cuerpo, lejos del ideal hercúleo, pero vital y lleno de hambre. La liberé del vestido como de un velo mágico y caímos sobre el lecho de la cama. Le quité el sostén con delicadeza y sus pechos se revelaron más pequeños de lo que prometían. Ella descubrió mi desnudez también y nos quedamos un momento, un leve segundo, observándonos. Los defectos de la carne, aquellos que nos hacía humanos y que la ropa tapaba, nos juntaban en una unión divina.

    Con delicadeza, le quité lo que quedaba por descubrir y nos fundimos en dos besos simultáneos, el de la boca y el de los sexos. El tiempo pasa a ser relativo cuando se producen contactos de esta clase, estuvimos un rato yendo y viniendo, oliéndonos, lamiéndonos, comiéndonos cada vez más fuerte y más duro. Antes de que todo terminara, cambiamos de postura. Divisé el lecho y las sábanas blancas revueltas. Su maleta miraba la escena desde una esquina como un gato negro, las paredes eran azules y el cabezal de la cama blanco. En la parte inferior de la espalda, Sofia lucía un tribal tatuado, muy típico de la época de los dos mil. Ella había sido una chica de barrio, como yo. Eran muchas las coincidencias que, sin saberlo, nos conciliaban. No pensé demasiado en todo ello y me uní de nuevo a ella desde esa perspectiva. La tomé suavemente del pelo con una mano y con la otra la acariciaba de arriba abajo, desde la espalda hasta el muslo. Poco a poco fuimos subiendo de intensidad de nuevo y miré todos los detalles de la pared azul para no terminar antes que ella. Por la forma en que arqueaba hacia fuera la espalda, por la voz entrecortada como me hablaba, supe que el momento estaba cerca. Apuré las últimas fuerzas de mi concentración y la sentí explotar de un modo elegante, sin exageración pero con intensidad. Llegados a este punto, no lo resistí más y le manché en varias oleadas el tribal que lucía sobre su espalda morena.

    Llegó la calma, se hizo el silencio, casi se apagó todo. Poco a poco fueron volviendo los colores y las luces de mundo. Allí estábamos, uno encima del otro, sucios y felices, cansados pero contentos. Mucho tiempo, me dijo. No entiendo, le contesté. Mucho tiempo sin… Me miraba con sus ojos grandes y sus labios carnosos. Era una mujer atractiva, seguro que tendría a muchas babosas detrás de ella, como todas, pero extrañamente me había escogido a mí. Me parecía un misterio, No entiendo, dije.

    Se levantó divertida y entró en el baño. En su ausencia, yo miraba la luz del medio día que entraba por la ventana. Me parecía curioso el grado de complicidad se producía cuando se intimaba con una persona desconocida, se entraba en otra dimensión diferente y ya nada volvía a ser igual entre esos dos seres. Sofia y yo conocíamos la desnudez del otro y eso parecía situarnos en un plano diferente. Cuando saliéramos de la habitación tanto Damiano como cualquiera sabría que ahora éramos algo más que amigos castos.

    Se metió en la cama conmigo y hablamos de nuestra vida. Ella había estado mucho tiempo sola, y yo también. Trabajaba mucho y tenía poco tiempo libre, y yo tampoco. Tenía el sueño de viajar a España y supuse que ese era mi mejor baza. Para muchos extranjeros, el simple hecho de hablar bien el español constituye un atractivo que la mayoría no sabe aprovechar. Le dije que a mí no me importaría vivir en Roma para siempre, que me encantaba la ciudad, la gente, la vida y, por encima de todo, ella, exageré. Le gustó y me contó que había sufrido mucho en Italia. Sentí una honda pena, que casi me movía a las lágrimas, y la abracé de nuevo, la besé de nuevo, me endurecí nuevamente y ella se dio cuenta. Esta vez, en vez de repetir el mismo baile de antes, fue ella quien tomó la iniciativa y me dejé llevar. Vi sus bellos ojos alejarse de los míos sobre mi vientre, vi su melena caer sobre mis muslos, su nariz contra mi piel, sus labios generosos y su lengua caliente y húmeda bajo mi ombligo. Si el éxtasis era posible, era sinónimo de aquello. Solo se oía ese acuoso y suave sonido, como de peces en una balsa tranquila. Yo respiraba y simplemente disfrutaba del regalo que ella me hacía, de vivir.

    Terminamos pronto. Teníamos prisa por salir y visitar la ciudad. Empezamos a tener hambre por la actividad pero no prisa por comer. Decidimos coger un autobús e irnos, de la mano, a perdernos por las calles de la ciudad vieja, del amor en la Roma eterna.

    III

    Solo disponíamos de un día. Sofia pasaría la noche conmigo y al día siguiente nos marcharíamos, ella a su trabajo y yo a mi país. Se trataba de un amor solo posible en el siglo de los vuelos de bajo coste y los teléfonos móviles, al menos para dos ciudadanos de clase media. Miraba la ciudad pasar en los ojos de ella. Al apearnos estábamos en una zona de anchos muros y hondos fosos, una fortaleza inexpugnable de la época de los grandes emperadores. La ciudad romana de extendía, pero solo buscábamos un sitio donde comer pasta y reponer fuerzas. Terminamos en un restaurante para turistas. Los camareros se sorprendían al ver que ella era italiana y yo español, normalmente la historia se producía a la inversa por la escasa confianza de mis compatriotas, supuse.

    Paseamos por el Foro, en cuya área cabía todo el casco antiguo de Tarragona. Ambas ciudades, la mía y la de Sofia, eran hermanas de la misma época. Roma era la mayor pero no única heredera del pasado glorioso que una vez compartimos los mediterráneos. Visitamos el Coliseo y, contra todo pronóstico, no me sorprendió. Yo buscaba un arco por donde la luz azul del mar se colara por entre las piedras, como sucedía en el Anfiteatro de mi ciudad, pero no lo hallé, y me decepcionó sin quererlo. Observé que las gaviotas eran muy confiadas, casi violentas, con la inteligencia malvada de esos simios que pueden verse en documentales sobre templos en países de Oriente; gaviotas milenarias que por centurias habían visto pasar turistas de todas las épocas y países.

    Visitamos la ciudad del Renacimiento y el Barroco. Plaza de España y la Fontana di Trevi. Extrañamente no me sorprendió ni me sobrecogió la belleza armoniosa del siglo de oro. La Fontana me pareció pequeña y demasiado blanca, como de yeso. Tan limpia y conservada que no encajaba con el espíritu decadente de la ciudad. Todas las iglesias estaban abiertas y se podían visitar. Entramos en una cercana a la plaza y Sofia se arrodilló a la entrada. Sus piernas se mostraron en toda su generosidad bajo la falda del vestido al realizar la genuflexión y a mí, dentro del templo y bajo la mirada atenta y balsámica de nuestro Dios hecho hombre, me pareció esa visión el sumun del erotismo. Nos mantuvimos a cierta distancia mientras paseábamos por la casa de Cristo y al salir al cabo de poco rato la abracé con el deseo renovado, Sofia se sorprendió y rio contenta.

    Vimos el Panteón y demás monumentos hasta que empezó a caer la tarde. Caminamos unos cuantos quilómetros y al llegar a la plaza de san Marcos, frente al parlamento y la columna trajana, nos sentamos en un parque. Comiendo un gelato, ella me contó la historia de su exnovio. El tipo era policía y le había puesto los cuernos. Después de muchos años, él la había repudiado y no podía volver a su isla con la misma cara, porque todavía funcionaban en aquel mundo algunas tradiciones antiguas e injustas. Yo la miraba en silencio y sentía cierta tristeza por la realidad que nos iba circundando a medida que la noche se acercaba. Iba llegando el momento de la despedida y el sueño se terminaría, como una vez había caído el sueño del Imperio Romano, a pesar de Trajano.

    Volvimos al hotel más taciturnos y cenamos en cualquier sitio. Estábamos realmente cansados por la actividad y aún nos quedaba el día siguiente. Teníamos ganas de abrazarnos hasta ahuyentar la dulce tristeza que había llegado con las nubes que amenazaban lluvia. Subimos a un autobús y tomamos uno que iba en dirección a Pío XI.

    Como el hotel quedaba a pocos minutos de la Ciudad del Vaticano, estaba de camino. Era tarde y no habíamos cenado, empezaba a hacer frío pero quizá aquella sería la última noche en Roma para ambos. Nos bajamos en la ciudad santa y al poco estábamos en mitad de la Plaza de San Pedro. No había nadie, era oscuro y empezó a llover muy fuerte. Nos refugiamos bajo los porches curvados. La llamaron y Sofia anduvo hablando por teléfono un rato. Mientras, yo paseaba por entre las columnas y miraba aquella plaza que había visto tantas veces en las noticias, pensando en qué sobrecogedora era cuando llovía. En aquel viaje no visitaría el interior del Vaticano, no me importaba. El turismo salvajemente organizado estaba lejos de mi romanticismo salvajemente desorganizado.

    Este es el lugar perfecto para el final de una película. Le dije cuando se acercaba. No me reveló el motivo de la llamada ni tampoco quise saberlo. Al fin y al cabo, éramos dos extraños en un mundo extraño bajo la mirada atenta de estatuas extrañas sobre los tejados. Ella tenía frío y me abrazó. Era el momento de volver al hotel y descansar.

    Las calles se convirtieron en ríos y los autobuses en vehículos acuáticos. Llegamos al hotel con los pies mojados y con el frío dentro del cuerpo. Entramos en el plato de ducha y nos amamos por última vez en aquel día. De pie y cansados, pero aún vivos.

    Dormimos del tirón hasta el día siguiente. La llegada del nuevo amanecer significaba el fin de nuestra historia, pero ninguno de los dos se lo hizo saber al otro. Un poco taciturnos, preparamos el equipaje y bajamos a buscar un sitio donde desayunar. La mañana, después de la lluvia, se presentaba transparente y limpia. Nubes blancas, esponjosas, surcaban el cielo azul. Como no sabíamos dónde tomar un café, dimos una vuelta por el barrio. En la mitad de una cuesta se hallaba el estudio de un viejo pintor.

    Un señor mayor vendía sus paisajes marítimos en un almacén polvoriento. Todos los cuadros, en diferentes tamaños, tenían los mismos motivos: el mar, unas barcas, la arena de la playa, el cielo azul. No era ni mucho menos el negocio de un galerista, sino más bien el de un maestro alfarero que, en este caso, se dedicaba a pintar paisajes. Había algo mágico en aquellos lienzos, que por otra parte no eran muy caros. Como no quería irme de la ciudad sin un recuerdo, decidí entrar en la tienda y ver si podía llevarme un poco de Roma a casa. Sofia y el viejo pintor estuvieron hablando mientras yo observaba las pinturas. Escogí una en formato pequeño y le hice saber al caballero que quería esa. Me dijo, en un italiano ininteligible, que había hecho una buena elección, porque le gustaba especialmente de ese lienzo cómo le habían salido las nubes. Ya nadie mira las nubes, porque todo el mundo mira los móviles, nos dijo con su lengua antigua. Cuando me disponía a pagar, y a dejar al viejo y el mar con su melancolía, Sofia no me dejó.

    Salimos cargando el pequeño cuadro, que no era mayor que una fotografía, y seguimos la calle buscando la ciudad. Todavía nos quedaba la mañana y podríamos compartir los últimos momentos del día juntos antes de separarnos, quizá para siempre. Ambos sabíamos, en el fondo de aquella mañana, que lo nuestro no tenía el más mínimo futuro, que dioses extraños habían unido nuestros caminos y que pronto estos llegaban a su fin. A pesar de haber disfrutado tanto del tiempo juntos, la felicidad estaba en lo efímero.   

    Antes de separarnos, dimos un paseo por un parque cerca del Tíber. Muchos cuentos en mi vida han terminado así, con un río al fondo del cuadro. Hablábamos de asuntos intrascendentes, sabiendo que pronto volveríamos a la estación de Termini para coger dos trenes con destinos diferentes. Pero de momento era media mañana e íbamos cogidos de la mano. En un banco del parque, un violinista tañía una bella canción que emocionó mucho a Sofia. Se recostó contra mí y la estreché con mi brazo con más ímpetu, mientras mirábamos la música a poca distancia. Esta iba a ser la canción de mi boda, dijo en italiano, y entonó la dulce melodía mientras sonreía tristemente.

    La puse frente a mí y coloqué sus brazos sobre mis hombros y mis manos en su cintura. Bailamos muy cerca y despacio, al ritmo de las largas notas, como si ese fuera la noche de nuestra boda: un día que no olvidaríamos nunca. Por un momento, mientras duró la música, ella y yo bailábamos en una sala llena de amigos y familiares, de caras radiantes de alegría y de contento por nuestra unión. Ella vestía de blanco y yo de negro, éramos felices y siempre lo seríamos. Puso su cabeza en mi pecho y yo mi sien contra su pelo. Cerramos los ojos y el tiempo se detuvo en la eternidad de ese instante tan bello.

    Cesó la música y dimos unas cuantas monedas al chico del violín. Estuvimos hablando un poco con él, era un estudiante que había ido a Roma en busca de un golpe de suerte, en busca de fama y dinero, lo cual tardaba en producirse. La vida es así. Nos da todo y nos lo quita, nada se puede hacer, sólo que vivir el momento. Sofia estaba radiante. 

    Mientras conversaban, miré en torno a mí y vi el río, los puentes, las estatuas, los tejados, las nubes efímeras. Roma es una ciudad bastante sucia, y como el amor: eterna.  

  • Escribir para los amigos

    Escribir para los amigos

    Uno escribe para que lo quieran sus amigos. Esa frase del escritor Gabriel García Márquez me ha dejado pensando muchas veces. El pasado viernes, aparqué mi coche en el centro de la ciudad y me dirigía, cavilando esta sentencia, hacia la presentación de la última novela de Fernando Parra Nogueras, en la librería La Capona. Eran las seis y media de la tarde, hasta en punto, disponía de tiempo.

    A menos veinte había recorrido el trayecto que me separaba del instituto, donde trabajo y aparco, hasta la calle de la librería. Como en la misma calle está la Biblioteca Pública, entré en el viejo edificio para pasar el tiempo mirando las novedades. Ninguna era el nuevo libro que se iba a presentar a doscientos metros más allá, pero no me extrañó.

    Fernando Parra Nogueras es el segundo mejor novelista, vivo, tarraconense, que puede leerse en la actualidad. De ahí mi interés por verlo de cerca. Les había dicho a algunos de mis amigos y conocidos si querían acompañarme, pero un viernes por la tarde es un mal día para la literatura y nadie quiso venir conmigo. Aunque yo de Fernando no he leído (aún) ningún libro, conozco sus artículos de El Diari, que luego aparecen en su web, lo sigo en redes y estoy al día de lo suyo. Por eso sé que él es la propuesta narrativa más apetecible de esta maravillosa ciudad literaria, aunque viva en Alicante. 

    En estas cavilaciones, salí de la biblioteca y llegué a la librería. Había un reducido grupo de personas en la puerta del establecimiento, alguno con sombrero nuevocentista. Nuestras miradas se encontraron un momento, casi me saludaron. Entré directo y fingí mirar las novedades. En uno de los estantes se exponía la obra, ahora sí, de Fernando Parra Las cinco vidas del traductor Miranda (Ed. Funambulista). Eché de menos los otros libros del autor, que yo quería adquirir, como El Antropoide (ed. Candaya) y Persianas (Ed. Funambulista). Mientras, por el rabillo del ojo, no perdía detalle de los personajes de la concurrencia. Gente de entre cuarenta-sesenta años iba llenando la librería y, las más de las veces, se saludaban con dos besos despaciosos. Parecían conocerse entre sí, todos eran amigos y, lejos de sentirme extraño, me gustaba, aunque yo no conociera a nadie. Una vez saludados, empezaron a dirigirse escaleras arriba.

    Para ser un buen cronista, uno tiene que saber ser un fantasma: moverse entre los personajes como un narrador en tercera persona, observar lo que sucede sin alterarlo. Ocupé una de las últimas filas, intenté que no se me viera mucho para ver yo lo mejor posible. Fernando saludaba a los presentes de forma afectuosa. Estaba cansado del viaje que había realizado con su mujer. No tenía voz, pero sí brazos para echarlos sobre un par de niñas que habían acompañado a los abuelos, o a los padres, a la librería y que él conocía. La escena me resultó emotiva y se desarrolla en mi memoria a cámara lenta, como si fuera la escena de una película navideña. Soy un hombre cálido y tierno, decían sus gestos y mirada, Estoy un poco cohibido, amigos, pero contento de que estéis aquí. 

    Poco a poco, los bultos fuimos tomando asiento, ocupando las sillas azules. Hubo un pequeño problema de aforo, más localidades fueron necesarias y rápidamente se dispusieron. Fernando Parra tenía muchos amigos entre el público y parece ser que se habían superado las expectativas del aforo. Seríamos unas cuarenta personas en la sala. 

    En una mesa pequeña, la presentadora y el escritor empezaron a hablar de su libro. Ferando Parra Nogueras, 1978, como yo, dijo la presentadora. Eché cálculos: en 2018, cuarenta años, en 2022, cuarenta y cuatro. Me acordé del meme de “gente que lee libros” y salen dos personajes bien plantados, y luego “gente que escribe libros” y aparece una foto de Houellebecq. Los dos, presentadora y escritor, representaban muy bien esa pareja. Ella habló muy bien de Fernando y de sus años compartidos en el BUP y el COU y mientras lo dibujaba con recuerdos yo ahondaba en su figura. Cuerpo enjuto que no había conocido el deporte desde los años del instituto, expresión concentrada, gafas en unos ojos maltratados por la letra diminuta de los libros y las pantalla del ordenador, a altas horas de la noche escribiendo para no se sabe bien qué. Todo lo contrario de su compañera en la mesa, que se conservaba muy bien. Es el precio de la literatura que Fernando Parra Nogueras paga a cambio de ser ese buen escritor. 

    Le tocó hablar a él y nos contó un poco de qué iba el libro. El tal traductor Miranda es el pseudónimo del personaje que traduce Los versos satánicos de Salman Rushdie, contra cuya vida se ha atentado recientemente. En 1989, el ayatolá Jomeiní promulgó la pena de muerte para él y para cualquiera que difundiera aquella obra pecaminosa. Ya se sabe que cuanto más riesgo, más morbo, y el lío fue todo un fenómeno literario. En la vida real, algunos de los traductores fueron asesinados o tuvieron problemas; aquí tenemos al traductor Miranda, personaje de Fernando, que como quiere suicidarse, va por el mundo diciendo que es quien no es, a ver si aparece el árabe integrista que lo quite de en medio. 

    Según Parra, los temas que más le preocupan, y que aparecen en sus tres libros, son la culpa y la identidad. Yo añadiría que su punto de vista es el de un escritor valiente. Cuando la sociedad mira para otro lado, el vate va con su linterna, o su quinqué, a iluminar aquello que no debe ser visto. Si se hace con gracia, quizá se consigue un puesto en la historia de la literatura, y a eso aspiran escritores como Parra. Lo mejor de leer a narradores de raza como Fernando es que tienen el sueño de escribir la mejor novela de su tiempo, y se dejan la vida en el intento. A diferencia de esos otros escritores consagrados que van repitiendo siempre el mismo libro para medrar, los escritores como Fernando se juegan la salud y la fama escribiendo novelas en la frontera de la realidad y la ficción, iluminando zonas deliberadamente oscuras por nuestra ceguera. Vive con la muerte en los talones de la escritura. En su libro se la juega y sus personajes también. Y tanto sufrimiento y sacrificio para qué, pensaba yo sin quererlo al oír lo de Rushdie, y Gabriel García Márquez respondía: Para que lo quieran sus amigos.

    El talento para escribir se tiene o no se tiene. Cuando yo era más joven solía pensar que cualquiera puede llegar a ser un escribidor solvente con ganas y práctica, pero no es así. La diosa de la escritura escoge a sus elegidos caprichosamente, pide sacrificios y corazones humanos. Se puede vivir de la literatura muy bien sin tener el menor talento para este arte. No es el caso de Fernando. Parra posee la bendición disfrazada de la escritura, que sus amigos intuyen y los extraños, como yo, conocemos solo con verlo. Cuando uno está frente a un escritor así sabe que en su ficción, mejor o peor, no hay mentira ni falsedad. Sinceramente, a veces su prosa puede resultar alambicada, estirada y de café con leche, pero luego sus palabras arden y las pavesas vuelan hasta mí.

    Con estos pensamientos, me revolvía emocionado en mi silla azul y tomaba las últimas notas en mi cuaderno febril. El acto terminó y los amigos de Fernando, todos los asistentes que habían acudido al acto, fueron a felicitarlo de nuevo. Yo solo conseguí levantarme y marcharme aturdido de allí, como si fuera el joven Werther, quería lanzarme al río de la ciudad. Mientras subía hacia mi coche, mis emociones se iban asentando y tomando forma de futuro texto. No me llevé el libro firmado, me arrepentí. Arranqué y me marché a casa, aún enfebrecido por la borrasca de ideas en mi corazón. 

    Pasó el sábado y llegó el domingo. Fuimos mi mujer, mi hija y yo a una feria local, tan lejos y tan cerca de la literatura, y encontramos a un amigo a quien hacía tiempo que no veía, alguien cuya opinión aprecio mucho aunque él no tenga nada que ver con la filología, las editoriales, ni la prensa, pero cuya visión y comentarios me alumbran. Hablamos de lo que había escrito últimamente, de lo que estaba escribiendo ahora, de lo que iba a escribir mañana, y me ha hecho pensar en Fernando Parra Nogueras porque

    Uno escribe para que lo quieran sus amigos. 

  • Todo es ficción en realidad

    Todo es ficción en realidad

    Manuel Pérez Montalbano se pregunta, otra vez, por qué. Será por la bebida, por las comidas copiosas, por los lejanos años de tabaquismo. Seguramente, aunque hay muchos otros tipos que llevaron una vida peor y vivirán más que él; y otros que cuidaron la salud como una moneda de oro en paño y la perdieron en un accidente fatal, la vida es así, y él lo ha dejado escrito mejor que nadie. Es el rey de la ficción española.

    Ha llorado, pero no mucho. La educación castrense de una infancia en el primer franquismo le ha enseñado que los hombres no lloran. Así ha vivido y así terminará, no hay más remedio. Quizás por nostalgia, rememora aquellos años y no le parecen tan malos, sobre todo en comparación con este nuevo milenio que él no verá más que nacer. Piensa en que pronto llegará el fin del mundo, y luego reflexiona sobre si desea el fin de los tiempos porque es en realidad a él se le acaba el tiempo. Ríe solo en su cuarto.

    Se levanta del sillón y se acerca al ventanal. Cae la tarde del otoño y el cielo está precioso en Bangkok. Si bien abril es el mes más cruel, octubre es el más duro, quizás es el último octubre. Obligado por un prurito de ateísmo, no ha caído en preguntarle por qué largas horas al cielo, como si su Dios agnóstico no le permitiera la esperanza de la eternidad. Un escritor es alguien que cuestiona y crea la realidad, que pasa muchas horas con seres inexistentes que claman verdades solo posibles en la ficción. Ellos saben la verdad no sospechada que existe detrás de la aparente realidad. Se oyen unos pasos a su espalda. No tiene que girarse para saber que ya ha llegado José Carvajal.

    -Aquí estamos, Manolo, en los mares del Sur. ¿Recuerdas aquellos años?

    -Cómo no. Aquella fue una buena época para nosotros. Ganábamos millones.

    -Sobre todo para ti. A mí me pintaste como borracho y putero. Es decir, me colgaste tus defectos y me utilizaste para estilizarte en mi figura delgada y fibrosa. Cuando tú, mírate, sólo eres un gordo fofo borracho y putero. Además, eres un hombre casado.

    -Solo eres un personaje y sin mí no existirías en el mundo. Ahora eres una especie de Quijote, muchos pensarán que fuiste de verdad, y lo cierto es que exististe en la ficción. Tus pasos dejarán huella en la realidad de esta vida. Agradécemelo, simple fantasma.

    -Existí para ti y te di mucho dinero. Ambos sabemos en qué lo malgastaste.

    Manuel guarda silencio. Hace tiempo que no se deja crecer el bigote. Recuerda la época dorada, cuando el detective José Carvajal, cuando era el escritor más vendido del país y parte del extranjero, cuando las duras teclas de su máquina de escribir acotaban la actualidad en sus columnas de La Vanguardia. Aquello pasó, como advirtieron los clásicos, y de aquellos años de oro solo queda el cielo dorado del otoño en Tailandia.  

    -A qué has venido, José.

    -Solo quiero advertirte de lo que pasa.

    -No me digas. Ya sé que el fin está cerca. Seguramente llegue pronto. Déjame disfrutar de esta tarde preciosa, de esta luz mágica. No quiero ver a nadie, solo vivir mis horas.

    -Nos olvidarán.

    -¿Quienes? -Entonces Manuel se gira. Lo ve sentado en el sillón de cuero que él ocupaba antes de haberse levantado para acercarse al gran ventanal, que inunda con luz amarilla la sala. Carvajal está fumando un cigarrillo y bebiendo un vaso de vino blanco.

    -¿De dónde has sacado el vino?

    -Lo he traído yo. ¿Quieres una copa? Es tu preferido. -Carvajal iba arrancando las páginas de un libro grueso, Independencia de Javier Cercas, y las iba echando en la hoguera que ardía con una lumbre amable. En la habitación no hacía ni frío ni calor.

    -No me apetece. 

    -A mí no hace falta que me engañes. -Preparó una copa y se la tendió. El líquido frío y verdoso resplandecía en medio de la sala. -Esta será nuestra última copa. Date el gusto.

    Manuel cogió el vaso y volvió junto a la ventana. La tarde parecía detenida, la oscuridad parecía no atrever a ocupar su lugar en el cielo y el ambiente era cálido y amable. Se sentía feliz, capaz de afrontar cualquier eventualidad. Como cuando escribía en éxtasis y el teclado de la máquina sonaba como una metralleta que hería el papel sin romperlo, como cuando se transformaba en Carvajal y nada era imposible a través de su personaje.

    -Escribir envejece, sabes. Yo te he dado parte de mi alma y ahora vienes a sentarte en mi sillón a beberte mi vino y a amenazarme con noticias fatales. La muerte se está fumando mis cigarrillos. Me das mucha lástima, José, eres un desagradecido. Yo soy tu Dios y merezco un poco de respeto por tu parte.

    -¿Y qué respeto le tienes tú a tu Dios?

    -El mío no existe.

    -¿Acaso existes tú?

    Montalbán hace un gesto cansado. -Los dos hemos leído mucho, demasiado. No me aburras con tu cháchara unamuniana sobre lo que existe y lo que no. Márchate y déjame disfrutar de la tarde, o cállate y disfrutemos los dos del vino y del silencio que se cierne.

    -Van a olvidarnos, Manolo. Todo lo que hicimos, todo lo que les dimos, no servirá de nada. Dentro de veinte años ya nadie sabrá que un día recorrimos las calles de esta maldita ciudad resolviendo entuertos, amando putas y cerrando bares. Tierra. Polvo.  

    -¿Quiénes van a olvidarnos? Por primera vez te expresas con torpeza, no te entiendo.

    -Sí me entiendes.

    -¿Te refieres a los lectores?

    -A quién si no.

    -Creo haber dejado un legado lo suficientemente importante como para ser recordado por siempre. Mis libros, mis artículos, las conferencias que pronuncié… eso quedará para la historia y siempre habrá alguien que me reivindique como lo que soy.

    -¿Y qué eres?

    Dudó un momento. -El mejor escritor de novela negra que ha dado la lengua española.

    -Tu orgullo no me sorprende. Pero ya te adelanto que nos olvidarán. Dentro de veinte o treinta años solo quedará un tipo cualquiera dibujándote en uno de esos ordenadores de ahora, contando una historia apócrifa de lo que nosotros fuimos, inventándonos sin rigor histórico. Sólo seremos el caldo gordo de una historia que nunca sucedió: la nuestra.

    -Habrá biógrafos y especialistas, gente versada en el tema. Como aquel joven granadino, el que se casó con aquella gorda…

    -García Montero.

    -Exacto. Gente como esa contará nuestra historia.

    -Sabes que los críticos literarios mienten más que los escritores. Se quedan con lo superficial y no con la esencia. Pero incluso esos te olvidarán, somos demasiado puteros y demasiado borrachos para los cánones del nuevo milenio. Nos callarán por fascistas.

    -Pero si siempre fui comunista, de los de carné. El mundo lo sabe.

    -Eso les dará igual. No lo verás, pero es así.

    Manolo suspira y vuelve a mirar por la ventana a la gran ciudad, la cual abarca desde su ventana porque vive en una zona alta. Mira los edificios y el trazado rectilíneo de las calles, observa las nubes detenidas cruzando el cielo, un hilo de cobre dibuja su contorno sobre el cielo dorado de una tarde imposible a aquella hora. Le parece ver su Barcelona natal, donde ha vivido toda su vida soñando con el Sur de Gauguin. Y ahora está allí para morir en su seno. De verdad que de esos millones de personas no quedará nadie que lo recuerde en unos años, se pregunta. ¿Confundirán su persona y su legado? ¿Será el mismo Pérez Montalbano al ser evocado? ¿Será solo la sombra de una ficción?

    -Sé que mientes, pero entiendo lo que quieres decir, y probablemente tengas razón.

    -Tengo razón.

    -Pero qué más da, Carvajal. Qué importa que tú seas real y yo ficción, o que sea al revés. La gente anda por el mundo creyendo que todo está atado, pero saben que se equivocan. No lo entendemos, aunque intuimos la verdad del engaño. Tú eres más real que muchos seres humanos, y mientras alguien te lea, vivirás, me sobrevivirás.

    -No mucho más que tú.

    -A Góngora no lo olvidaron.

    -Polvo. Sombra. También a él lo olvidarán.

    Manolo apura el vino de un trago. Mira a la tarde detenida en la ventana y luego busca sus ojos en el reflejo del cristal, pero no lo consigue. Solo puede mirar a Carvajal que lo observa fijamente con un último sobro de vino en la copa. Se da la vuelta.

    -Y qué más da. Que nos olviden. Todo está bien así. Todo es vanidad. Todo es ficción en realidad.

    -Parece que ya lo entiendes. -José Carvajal se levanta. -Este es la última vez que nos veremos. Lo hemos pasado bien, viejo. Lástima que el viaje termine tan pronto.

    De repente toda su seguridad se vino abajo y el cielo de la tarde, a pesar de seguir siendo dorado, brillaba con una intensidad oscura. La sola idea de que Carvajal se fuera y lo dejara solo, en esa habitación, en aquel momento, lo horrorizaba.

    -¿A dónde vas ahora? Quédate un poco más. Podemos tomar otra copa.

    -No podemos.

    -Pero es temprano.

    -No es temprano ni tarde. -Dijo el detective con una media sonrisa. -¿No te has dado cuenta que durante este rato el sol no se ha movido? Resuelve tú solo este misterio.

    Manuel se gira. -No puede ser. -Comprueba que en efecto es así: nada se mueve en la ciudad, no pasa un alma por la calle, ni un coche. El mundo está detenido desde que se levantó del sillón y llegó Carvajal. -¿Estoy dormido? -Y el mundo nunca se detiene.  

    -Según como se mire, quizás estás despierto. Pero si estás dormido, ya no despertarás. -Abre la puerta de la habitación. -Hasta siempre, Manolo. Lo hemos pasado bien.

    -Espera un momento.

    -Nada.  

    -¡No! ¡Detente! Aún no hemos terminado. Si estoy aquí eso significa… significa…

    Sale Carvajal y cierra la puerta tras de sí. Torpemente, Manuel lo sigue y acciona el pomo, solo para comprobar que esta no se abriría. La luz brilla con más intensidad.

    -¡No! ¡No! ¡No puede ser!

    Se da cuenta de que no puede ser de otra manera. Siente miedo, llora de rodillas, reza.  

    -Hijos de puta… Hijos de puta. -Dice mirando la realidad ficticia, que pronto se borraría.

  • Un andar solitario entre la gente

    Un andar solitario entre la gente

    En Un andar solitario entre la gente encontraremos los elocuentes paseos de un flâneur, de aquel caminante–observador del que tanto se ha nutrido, y sigue nutriéndose, la novela moderna. Pero con Antonio Muñoz Molina el estilo indirecto libre, que ligaba la narración en tercera persona con el personaje y el escritor, se ha diluido completamente. El ambiente impone mensajes tan agresivos que es difícil encontrarse con alguien entre la algarabía de la metrópolis (ya sea París, Nueva York o Madrid); eso, en la lectura, sucede realmente nunca. El escritor real, habitual articulista de El País, estará presente entre los vaivenes de su personaje; y a partes iguales la voz ininteligible de la ciudad.

    Produce una sensación de ahogo encontrar tantas citas textuales de anuncios en carteles, pantallas y demás plataformas. Nos hace conscientes del continuo bombardeo de estímulos que recibimos a cada segundo; por encontrarlos en un libro. Mensajes con una gramática torcida que se cuelan y toman forma entre el discurso interno del caminante habitual. Ya nada es lo que era, posiblemente no lo vuelva a ser. Tampoco parece nuevo este sentimiento en la literatura y quizás por eso el flâneur de este siglo rastreará los pasos de otros escritores que vieron cómo su mundo cambiaba drásticamente en pro de luz de gas de la modernidad —T. de Quincey, C. Baudelaire— o del horror más abominable —E. Allan Poe, W. Benjamin—. No obstante, para todos ellos, como también para el escritor – narrador – protagonista, la literatura constituirá un refugio en la tormenta.

    Entre los varios detalles que dibujan la singularidad del protagonista, está el de recoger objetos que encuentra por el suelo, de ordenarlos e irlos coleccionando en una suerte de catalogación extraña cuya finalidad se queda entre líneas —al estilo de W. B.—. Se aúnan así en esta obra el intelectual y el vagabundo, el genio y el proscrito, la civilización y la barbarie, la cultura y las ruinas, la gran literatura en los libros de bolsillo, la Historia en los periódicos que tan pronto serán basura: el endecasílabo conceptista de Quevedo y la soledad del hombre corriente, cuya única salvación sigue siendo, según parece, el amor.

    Chapeau.

    📓 Antonio Muñoz Molina. Un andar solitario entre la gente, Seix Barral, 2018, 494 págs.

  • 4 3 2 1 veces criticando los libros de Paul Auster

    4 3 2 1 veces criticando los libros de Paul Auster

    Que Paul Auster (1947) es uno de mis escritores preferidos no es ningún secreto para cualquiera que habitualmente lea este blog. No hace mucho publiqué un homenaje a su figura y a su persona en la entrada Un escritor sobrevalorado, en la cual contaba una historia absolutamente inventada que transcurría en Nueva York durante la juventud de Paul. Inventar relatos utilizando algunos datos de la biografía de escritores, como si de colores en una paleta se tratara, es una delicia.

    Pero en esta ocasión quiero hablar de un libro real del maestro neoyorkino. En concreto, la penúltima novela que ha publicado: 4 3 2 1. Sí, no es una cuenta atrás o el número cuatro mil trescientos veintiuno, es el título del mamotreto (1070 páginas) que se ha marcado el viejo Paul y que yo he tenido la ocurrencia de leer en versión original, es decir, en la lengua de Shakespeare. Pantagruélico festín que me ha costado deglutir la friolera de cinco meses, desde abril a septiembre de este año 2022. Valga decir que Benito Gómez Ibáñez, que lleva traduciendo al novelista desde finales de los noventa, realizó la traducción al español para Seix Barral.

    Muchas han sido las horas que he pasado con el joven Archibald Isaac Ferguson, alter ego de Auster, pero sin el alter. En este momento aviso de que en el transcurso de este textículo desvelaré el final de la novela, y eso puede molestar a quien pretenda leerla, aunque, en este caso, el final a tantísimas horas de lectura no supone ningún giro argumental imposible; de hecho es, literaria y desgraciadamente, muy previsible.

    Como ocurre con muchas series actuales, la idea inicial es muy buena: a partir de la vida del personaje, Archibald I. Ferguson, un chico de ascendencia judía que nace en Newark (Nueva York), se desarrollan cuatro historias diferentes según las decisiones y circunstancias en las que se ve envuelto el protagonista, en una suerte de universos paralelos. Así, mientras que en 1. Archibald Ferguson estudia en Columbia, en 3. Archie lo hace en Princeton con una beca; y mientras que en 1. Ferguson vive una historia de amor con Amy Schneider, en 4. Archibald es homosexual y acaba su historia en Londres. En todas las vidas el protagonista alberga veleidades literarias, está enamorado de la misma Amy (aunque sólo en una versión consiguen ser pareja), ama a su madre, tiene sentimientos encontrados hacia su padre y viaja a París. Se mantiene, por tanto, cierta coherencia temática, aunque la obra es extremadamente diversa.

    Por una razón muy sencilla no hablo de la sección del libro 2. Ferguson niño muere en un campamento de verano. Al parecer, el propio Auster presenció la muerte de un buen amigo de infancia durante una de esas estancias veraniegas que se nos hacen tan típicas de las películas baratas hollywoodienses que transcurren en los bosques de Nueva Inglaterra. Durante una tormenta de agosto, al amigo real de Auster le cayó un rayo encima y su vida se apagó allí mismo. El escritor en ciernes que entonces era Paul niño nunca olvidaría ese episodio y decide incluirlo en la obra, donde resulta ser una de las versiones de la vida de su alter ego, Archibald Ferguson: durante el aguacero busca refugio debajo de un árbol y catapún. A partir de ese momento, cada vez que en la lectura llegaba a la sección 2. del libro sólo encontramos una página en blanco, que recuerda reiteradamente la muerte de uno de los protagonistas mientras los otros crecen y maduran mejor o peor en la vida. Leer esa página en blanco me hizo reflexionar durante muchos momentos y es uno de los mejores hallazgos de la novela. Es una respuesta muda a lo que significa dejar una vida detenida, en suspenso, absurdamente cercenadas todas las posibilidades infinitas de un personaje. Quizás lo mejor del libro.

    El trabajo literario adolece de cuatro dolencias destacables.

    1.

    El primero es que Auster se gusta demasiado y se enrolla y se alarga y se recrea contándonos hasta los pormenores más minúsculos de los pensamientos de Archie, de la habitación de Archie, de los libros que lee Archie. Si eso jugara un papel fundamental en la novela, aún, pero es que al final resulta todo hojarasca poética, muy bien escrita y con una fraseología admirable, con un dominio de la técnica magistral… pero aburrido, lo cual es una licencia que nunca debe permitirse un escritor norteamericano. Para aburridos ya estamos nosotros, los intelectuales europeos, y sabemos aburrirnos mucho mejor. Con menos páginas hubiera dicho lo mismo.

    2.

    El segundo pecado es que el argumento se va de las manos. Leí una vez que una buena novela debe equilibrar dos fuerzas: la variedad y la unidad. Si resultara demasiado monocromática, entonces terminaría siendo pesada; si fuera demasiado episódica, el texto carecería de sentido. A Auster no le sucede porque sabe muy bien lo que hace, pero a ratos resulta repetitiva y otras veces se va por las ramas contándonos historias que escribe el joven Ferguson, donde termina habiendo un cuento dentro de otro cuento, como Hamlet haciendo teatro frente a su malvado tío dentro de la obra de teatro Hamlet, o el narrador del Quijote buscando el supuesto manuscrito perdido que lo ayude a completar la historia de El Quijote. Quiero decir que este es un recurso genial, pero antiguo, del Siglo de Oro, que llevado a la literatura actual, donde todos somos unos escépticos resabiados acostumbrados a leer, y a creer, fake news en internet, este donaire resulta demasiado naif.

    3.

    El tercer cisne negro del libro es que es una obra sobre un escritor en ciernes, escrito por un escritor consagrado, dedicado a otros escritores en ciernes; aunque justo es decir que este fenómeno es una tónica habitual en la literatura moderna, no solamente de la novela de Auster. Parece ser que los autores actuales ofrecen la receta para escribir bien, al estilo de Hemingway y sus consejos para hacerlo. Unas pinceladas nunca vienen mal, está correcto, pero cuando uno lleva ya como cuatro novelas de los años 10-20 leyendo sobre la vida de los literatos, más o menos fracasados, termina por creer que en nuestro mundo hay bastante canibalismo. Es como si todas las películas de cine culto se dedicaran a mostrar la vida de los directores de cine culto haciendo películas: algo típico, barroco y rocambolesco, que hay que saber hacer. Señores escritores, estoy cansado de verme en sus libros en la universidad, muerto de hambre y de sueños, queriendo ser artista: muéstrennos los males y las bellezas de este y otros mundos, por favor. Y si hacen otra vez lo que hace Auster, háganlo mejor, porque solo veo nostalgia.

    4.

    Finalmente, el último de los cuatro caballeros del literalipsis es el final. No estoy en contra de los finales abiertos o metafóricos, pero cuando uno carga las tintas durante 1070 páginas en inglés, la respuesta última a tantas horas de comprensión lectora no puede ser la muerte repentina de todas las versiones menos una de ellas, la del Archibald Ferguson verdadero, que escribe una novela sobre sí mismo donde imagina cuatro versiones de su propia historia a partir de una anécdota familiar, desde su nacimiento, hasta sus veintipocos años. Así, el personaje ha escrito el libro que estábamos leyendo todo el tiempo, que en la realidad ha escrito Paul Auster, y fin. Si Unamuno levantara la cabeza… probablemente le encantaría esta nivola americana.

    Y es que las cuatro dolencias que veo en la obra pueden ser vistas como aciertos por otros lectores. Debo decir que en ningún caso pienso que sea una mala novela, pero no está a la altura del gran Paul Auster (La música del azar, Tombuctú, Creía que mi padre era Dios, Brooklyn Follies y, mi preferida hasta la fecha, El libro de las ilusiones). El ínclito Auster, amante de la Lorca y el Quijote, galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (2006), candidato eterno al Nobel que nunca le darán, pero cuya entrega yo siempre apoyaré por ser uno de mis escritores más habituales y queridos.

    Como puede verse, llevo 4 3 2 1 veces criticando los libros de Paul Auster…

    y leyéndolos.