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  • Patria, novela de Fernando Aramburu

    Patria, novela de Fernando Aramburu

    Encontré la novela de Aramburu en un estand de la librería Abacus en Barcelona, concretamente, en la avenida Fabra i Puig. No suelo leer libros actuales, no soy una fangirl de Javier Marías y nunca me dijo demasiado Vila-Matas. Igualmente, no me he acercado al proyecto Nocilla ni al resto de obras, dizque, de su generación. Alberto Olmos me aburre bastante y casi nunca leo los periódicos ni críticas literarias.

    Yo conecto mejor con los clásicos; a poder ser, los mamotretos del siglo XIX. Cuando se trata de leer, pocas veces me gusta perder el tiempo; conforme me voy haciendo adulto, cada vez tengo menos ganas de malgastar las horas.

    Pero mi ávido olfato de lector de novelas se ha desarrollado como un sexto sentido que pocas veces me falla. Además, nunca leo las contraportadas de los libros por miedo a que algún mequetrefe me destroce doscientas páginas de una buena novela en cuatro líneas mal escritas. Para mí, la intriga es importante, quizá por mi condición de lector inocente al cual la Nocilla ha dejado de entusiasmarle.

    En lo que sí suelo reparar es en las bandas de papel que, a modo de cinturón en las portadas, suelen contener frases cortas de escritores que recomiendan las obras del momento. Recuerdo que Vargas Llosa, uno de mis autores favoritos, ponía la novela de Aramburu por las nubes y no necesité más crítica que esa para hacer el dispendio y comprármela. Pero así soy yo.

    Para quienes no sepan qué leer, o duden incluso de si leer vale la pena, van dirigidas estas palabras. Soy profesor de castellano en la pública y mientras estaba leyendo Patria preparaba, también, los exámenes de la primera evaluación. En vez de buscar un fragmento por Internet, leerlo someramente y pegarlo en una hoja de Word, decidí utilizar unos cuantos párrafos de la novela que yo mismo estaba leyendo. Antes de repartir el examen, subrayé que el fragmento del texto me había parecido especialmente bueno para utilizarlo como comprensión lectora. Una de las preguntas estrella que puse fue: ¿Quién es el narrador en este fragmento?

    Quizá alguno de ustedes pueda recordar una pregunta de este estilo en su etapa de estudiante de secundaria. El ejercicio era típico, calcado a muchos otros. El hecho que lo hizo especial fue el estilo de Aramburu. Esa forma magistral de mezclar la primera y la tercera persona a la hora de narrarnos una historia, capta perfectamente el punto de vista del personaje que nos está relatando algún pasaje de su vida, sin caer en la pesadez de la primera persona y el yo esto, yo lo otro. Magistral. Yo lo había intentado en alguna que otra prosa, sin atreverme a romper la unidad de la tercera persona pero queriendo meterla dentro del pensamiento y el alma de los personajes. Aramburu lo consigue de forma natural y, por eso, su novela es una delicia a la altura de cualquier clásico del XIX. Dicho sea de paso, mis alumnos también agradecieron el fragmento que, aunque difícil, les gustó porque no era «lo típico que les hacen leer normalmente».

    Cuando me pregunta la gente de mi entorno: «Oye, ¿de qué va la novela?», yo respondo: «De la ETA». Ahora te pregunto a ti, que me estás leyendo, ¿tú sabes algo de la ETA? Más allá de las noticias y los atentados y el politiqueo, dime, ¿sabes algo de eso? Yo tampoco tenía ni idea. Este autor nos sumerge en un mundo cercano, desconocido y tabú; nos muestra a las personas que lo forman: las víctimas y los verdugos; las víctimas y los opresores. En definitiva, los seres humanos que viven y se desarrollan en un mundo que nos juega malas pasadas, generalmente, por nuestra irremediable ignorancia. Sin política, sin bandos, sin ideales de ninguna clase. Literatura pura y dura; arte del bueno que no te deja indiferente.

    Ni siquiera soy de los que lloran en público; ni siquiera soy de los que lloran en el cine. Pero no pude contener un calambrazo de emoción al sentirme identificado, en tantas cosas, con Joxe Mari, con Bittori, con Xabier o el Txato; entre tantos otros personajes duros, tristes, optimistas y entrañables. Es literatura que emana de la fuente más pura y clara para un mundo, cada vez, más necesitado de ella.

    No sé qué estás haciendo que me estás leyendo a mí en vez de leer Patria, de Aramburu.

  • Cómo tomar Serotonina

    Cómo tomar Serotonina

    Michel Houellebecq (Francia, 1958) es un fumador empedernido. Sujeta su cigarrillo entre los dedos anular y corazón, dejando libre el índice para empuñar una eterna copa de vino. Muerde la boquilla cada vez que aspira y mira a su entrevistadora con los ojos entrecerrados, como hacen quienes piensan bien lo que dicen, como hacen los borrachos. De esta guisa aparecía en 2015 en un programa de TV3, Televisión de Cataluña, con motivo de su polémica novela Sumisión (Anagrama) con la cual sacudió a la opinión pública. El libro situaba la acción en una Francia distópica dominada por el fundamentalismo islámico. La novela fue un escándalo y un éxito. Houellebecq afirmaba que ya había publicado bastante, que estaba cansado de ser una star literaria, que quizá era la última vez que sacaba un libro en vida y que reservaba algunas obras para después de muerto. En enero de este año Anagrama lanzó Serotonina, novela que diez días después alcanzó la segunda edición.

    Algún crítico profesional dedicó unos tweets a denostar la novela antes de que se publicara para el resto de público y afirmó no haber pasado mucho más allá de la página cien. Otro la defendió con modestia porque todo cabe en el arte. Viendo la calidad literaria de ambos, encumbrados no se sabe muy bien por quién, que escriben libros rocambolescos sobre librerías y pasajes que interesan a muy pocos, y tampoco a mí, yo no pude dejar de sentirme atraído por la última palabrota de Houellebecq.

    A Florent-Claude, hombre de mediana edad, no le gustan ni su nombre ni su vida. “No enciendo un cigarrillo hasta después de haber tomado un primer sorbo; es una obligación que me impongo, un éxito cotidiano que se ha convertido en mi principal fuente de orgullo (debo confesar, sin embargo, que las cafeteras eléctricas van muy rápido).” De profesión agrónomo, abandona su trabajo, su casa, su mujer —una japonesa veinteañera solo interesada por su dinero— en busca de los lugares y los amores de su pasado, en busca de una verdad entre tanto sinsentido: el punto donde se torció su vida. Para sobrellevar la carga emocional, toma antidepresivos cuyos “efectos secundarios indeseables observados con mayor frecuencia eran las náuseas, la desaparición de la lívido, la impotencia. Yo nunca había sufrido náuseas.” Es sencillo imaginar el resto.

    El ritmo de la narración es muy dinámico, como suele ser frecuente en los escritores europeos del subsuelo (el primero, Dostoievski) también llamados underground en Norteamérica (el último, Bukowski). El ingrediente secreto parece ser esa escritura semiautomática que no prescinde de las vaguedades y las reiteraciones, pero a la vez tiene cuidado para no dejar ninguna frase vacía de contenido, ausente de genialidad. Los recuerdos más importantes de Florent-Claude son a la vez borrosos y así, hablando del que considera el gran amor de su vida, dice: “nos conocimos en el andén C de la estación de Caen, una mañana soleada de un lunes de noviembre, hace ahora diecisiete años, o diecinueve, no lo sé.” El tiempo es una entelequia, los lugares son eternos.

    Y son distintos. Abundan los paisajes rurales de la Normandía invernal con su niebla, su llovizna y su ganado bovino. Incluso aparece nuestra tórrida N-340, en verano, a la altura de Almería. Desde esta perspectiva, la novela parece un diario de viajes o un cuaderno de bitácora que va tomando forma a medida que el protagonista yerra de un lugar a otro, huyendo siempre de París porque “me repugnaba esta ciudad infestada de burgueses ecorresponsables [sic], yo también era burgués, pero no era ecorresponsable, circulaba en un 4×4 diésel, puede que no hubiera hecho gran cosa en mi vida, pero al menos habría contribuido a destruir el planeta.” Una actitud, por lo menos, reprobable.

    No obstante, este comportamiento enlaza con el tema general de la obra, que no es otro que la desesperanza, y la desconfianza, del yo, del ciudadano medio, hacia la cultura y la sociedad actuales. Tema tabú en los medios masivos, tema doloroso y central desde la perspectiva de Houellebecq cuando escribe: “Hoy debemos considerar la felicidad como un ensueño antiguo, pura y simplemente, no se dan las condiciones históricas.” Dicho lo cual, parece que el único camino es la vía que toman miles de europeos cada año, quienes aplastados por la realidad se animan a “un momento de puro terror y luego se acabó, entregaría al Señor mi alma incierta.” Pero de momento, la muerte no le interesa.

    “Hoy debemos considerar la felicidad como un ensueño antiguo, pura y simplemente, no se dan las condiciones históricas”

    Podría parecer que la novela es pura depresión y melancolía: nada más lejos de la realidad. Muchos chistes que se cuentan, bromas que se hacen en nuestro día a día, tienen un elemento trágico. Así el autor consigue momentos desopilantes mediante diálogos y escenas tan absurdas como verosímiles, mediante otros personajes secundarios. Aymeric es el mejor amigo de Florent, estudiaron juntos en la facultad, ambos son de familia adinerada. Su vida también es un desastre y la pasan emborrachándose como en los viejos tiempos. Por otra parte, está Camille, su gran amor de juventud. Ella lo abandonó cuando lo cazó con una de sus amantes. Él pensará en ella todas y cada una de las noches que le queden por vivir. Viaja a Normandía porque Camille y Aymeric viven allí. Luego, vuelve a París cuando los antidepresivos empiezan a escasear. Los necesita.

    Su terapeuta, el doctor Azote —nitrógeno en francés— es quien le receta el Captorix, la serotonina sintética. Este médico, también fumador empedernido, establece cierta complicidad con Florent y acaba recomendándole que deje las pastillas en pro de otro tratamiento alternativo: “Las llaman escorts, algunas no están mal, ya sabe. En fin, hay que ser honesto, son la excepción, la mayoría son cajeros automáticos en estado puro, se sienten obligadas al teatro de fingir deseo, placer y amor y lo que haga falta, pueden engañar a gente muy joven y muy estúpida, pero no a la gente como nosotros.” Como se aprecia, el texto no se censura.

    Para disfrutar de la obra, hay que acercarse a ella desde la ironía. Si uno toma en serio todo lo que se dice, el lector puede estar ante una historia de terror, sobre todo, supongo, si se encuentra en la mediana edad, como muchos críticos y escritores.  No obstante, vista con distancia, deshumanizada, se puede llegar a reír de verdad con la desgracia humana, y quizá Houellebecq propone ese método como el auténtico antidepresivo posmoderno: una literatura que, incluso, se ríe de sí misma. “Al igual que ese viejo imbécil de Goethe (el humanista alemán de tendencia mediterránea, uno de los viejos chochos más siniestros de la literatura mundial).”, o también, “Marcel Proust, que al final de El tiempo recobrado, concluía con notable franqueza que el escritor, contrariamente a lo que cree todo el mundo, no necesitaba en absoluto conversaciones intelectuales, sino amores ligeros con muchachas en flor. Me importa mucho sustituir “muchachas en flor” por jóvenes coños húmedos, esto contribuirá, me parece, a clarificar el debate sin detrimento de su poesía.” O quizá esto revele una amargura recalcitrante, porque “cuando nuestro corazón ha hecho su vendimia/ vivir es un mal, escribía más certeramente Baudelaire.” En el fondo, qué importan los gustos del autor.

    “Marcel Proust, que al final de El tiempo recobrado, concluía con notable franqueza que el escritor, contrariamente a lo que cree todo el mundo, no necesitaba en absoluto conversaciones intelectuales, sino amores ligeros con muchachas en flor. Me importa mucho sustituir “muchachas en flor” por jóvenes coños húmedos”

    La contraportada de la edición de Anagrama afirma que Houellebecq entiende el amor como una entelequia. Eso no es exacto, de hecho, en lo más hondo del pozo existencial que dibuja el autor, el amor “permite, con todo, transformar nuestra existencia terrenal en un momento soportable, que incluso es, en verdad, el único medio de soportarla.” Así, la quimera aparente no lo era, sino el mundo exterior que “era duro, implacable con los débiles, no cumplía nunca sus promesas y el amor seguía siendo lo único en lo que todavía se podía, quizá, tener fe.” Y por eso aparecen fragmentos de exquisita ternura como “todas las parejas tienen sus pequeños ritos, ritos insignificantes, hasta un poco ridículos, de los que no hablan con nadie.” Entre tanta tristeza, también hallamos lírica.

    “Todas las parejas tienen sus pequeños ritos, ritos insignificantes, hasta un poco ridículos, de los que no hablan con nadie”

    Houellebecq afirmaba en aquella entrevista de 2015 —allá, cuando iba por la segunda copa de vino— que, a sus lectores, a los de verdad, no les interesan sus opiniones, sino su visión. Un escritor clásico como Albert Camus dejó dicho que las personas deben estar por encima de las ideas. En esta clase de obras el lector no debe buscar la verdad, sino la sinceridad, que no es lo mismo. Otros autores internacionales han optado por esta vía con buenos resultados editoriales. Es el caso del noruego Karl Ove Knausgard con Mi lucha o Manuel Vilas y su Ordesa. Sin duda, junto a Houellebecq, representan un fenómeno literario en auge.

    “¿Cedimos a ilusiones de libertad individual, de vida abierta, de posibilidades infinitas? Es posible, eran ideas propias del espíritu de la época. Nos conformamos con adaptarnos a ellas, con dejar que nos destruyeran; y luego, durante mucho tiempo, con padecerlas.” Y para soportarlo, se puede probar con antidepresivos o con Serotonina.

    “Es un comprimido pequeño, blanco, ovalado, divisible.”

    Que el lector decida.

  • Lo que sé de Francisco Casavella

    Lo que sé de Francisco Casavella

    Brindis ensayístico de la literatura catalana y contemporánea escrita en español. La sombra del Watusi es alargada, radiante.
    por Ricardo Rodríguez Boceta

    En el prólogo y el epílogo que adornan la obra de Francisco Casavella, El día del Watusi en Anagrama (2016), se da una coincidencia feliz: los ensayistas se habían tomado algo con el personaje y comentaban la anécdota que los había unido. «Nos metimos una raya como la Gran Muralla China» (K. Amat) o «El día del entierro de Francisco, pronuncié unas palabras y recordé cuando, en el bar, etcétera» (M. Otero). La suerte de haberse codeado —y colocado—, aunque fuera poco, con el novelista gigante les otorga la lira y la letra para cantar las hazañas de la literatura quinqui con la voz cazallera. Pero yo, Lector curioso, no he tenido la suerte de irme de copas con el paquidermo y no puedo presumir de escena prostibularia ocurrida en el Barrio Chino de Barcelona, hoy llamado «El Raval», que hiciera las delicias de los intelectuales políticamente incorregibles, entre los que, falsa modestia aparte, nos incluyo. Entonces, no me queda más remedio que arremangarme, encenderme un cigarro eterno, adoptar una pose, impostada, de chulo y contarte cómo conocí al verdadero Francisco Casavella. Ponte cómodo, Lector genial, pide un par de cervezas, que vamos a hablar de Literatura.

    Había una vez Barcelona, el Carmelo, para más señas. Yo vivía en un bajo sin cédula de habitabilidad, con vistas privilegiadas al ambiente charnego de Últimas tardes con Teresa y me enardecía creerme que era el Pijoaparte. Con la desfachatez que, ahora, me disfraza, comentaba mis ensoñaciones con una chica que gustaba de pasar el tiempo conmigo. Y fue ella la que me regaló, en un día cualquiera, un libro que «te va a encantar, es muy tú». La novela se titulaba El triunfo. En la portada salía un cartel, uno de esos que se enganchan con cola en las paredes de la calle, ajado, con un rostro sin cara que algún transeúnte habría arrancado por distraerse y por gamberrismo. Devoré la obra en apenas unas horas: no era muy larga. Ella dijo: «Mientras la lees, parece que estés canturreando una rumba, te dan ganas de bailar». De todas las reseñas, entrevistas y ensayos que han tratado la ópera prima de Casavella, no he encontrado una definición más acertada, así que la comparto contigo, Lector carísimo. De nada, dáselas a ella.

    En el estilo casavellano encontré a un escritor de un talento fuera de serie. Seguro que cuando piensas en Las Grandes Obras, te viene a la cabeza un programa parecido al ya extinto Negro sobre blanco en el que Sánchez Dragó se entrevistaba a sí mismo a través del intelectual de turno, con un currículum y una obra tan vastos que dan vértigo y dices: qué lejos estoy de ese tipo. Pero como has pateado lo suficiente y tienes lo que hay que tener, Lector valiente, sabrás que el arte aletea en cualquier parte, continuamente. Observas a la gente anónima interpretando su vida y parecen moverse al compás de un ritmo, de una música imposible. Y cuando devuelves la vista al libro que estás leyendo, quizás echarás de menos encontrar la calle donde tú estás ahora, las cosas que a ti te pasan o pudieron haberte ocurrido. Encuentras, por ejemplo, los paseos pequeñoburgueses, magistralmente narrados, de un Javier Marías que reflexiona sobre el divorcio inevitable. Luego te pones una canción cualquiera y recuerdas cuando estabas con alguien tú ya sabes donde haciendo tú ya sabes qué. Entonces le preguntas al libro que dónde está aquel descampado mágico donde solías perder las horas con tu amigo Jesús del Barriobrero. Lector amigo, yo te lo digo, como entonaba la canción del programa de Dragó, «todo está en los libros». La coordenada exacta: El día del Watusi.

    Si encontrares el mamotreto en tu librería de confianza, lo tomares con una mano firme y le dieres la vuelta, leerías algo así como: Fernando Atienza es un arribista que blablablá. Ni caso. Tomemos un poco de cerveza y adoptemos una visión escéptica de las cosas, a ver qué pasa. Imaginemos un pobre becario, de edad indefinida, con más trabajo que tiempo, al que le mandan escribir cuatro líneas sobre una obra de ochocientas páginas. Se habrá acercado a reseñas, entrevistas, opiniones ajenas, habrá leído como mi abuela en escuela: el primer capítulo, el del medio y el del final. Afirmar que el protagonista es un trepa es como decir: el Quijote es sólo un caballero andante.

    Si eres de los que te vas a Internet y escribes «entrevista francisco casavella», verás que aparecen no más de cuatro vídeos. Verás un señor con facha de tronado, departiendo en el plató demodé sobre su obra, con una pose tabernaria y un ingenio que ni el ingenioso hidalgo. Son tantas las novelas que beben, se justifican, se engalanan, con Cervantes. Decía García Márquez que era difícil escribir en español un diálogo entre personajes que no pareciese quijotesco: cuánta razón la de nuestro amigo el Gabo. Desatendiendo su consejo, muchos escritores se han lanzado a imitar, mejor o peor, la primera novela moderna en obras muy posmodernas. Y ahora viene la hipérbole, Lector amable, escucha: lo que más se le ha acercado, si no pasado por encima, sólo el tiempo lo dirá, es el Watusi. Viendo en la pantalla al escritor en su plática, notarás que le faltan algunas piezas dentales. Como todo el mundo sabe, el consumo reiterado de cocaína daña las encías, pero como te prometí, no quiero hablarte de drogas, noches y rameras. Como decía el eterno «el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho». No se puede resumir mejor ni decir mucho más en la frase. Y te aseguro, Lector suave, que muy pocos han andado y visto y leído tanto, con la misma ferocidad, como Francisco Casavella, jugándose la salud en la causa perdida que es escribir para nuestro deleite.

    Dejando de lado las frases por todos conocidas y los pasajes de galeotes, molinos y disparates, sin olvidarlos, la importancia de la obra de Cervantes, y la de Shakespeare, estriba en su propia concepción; lo que en estudios literarios ha tenido a bien llamarse metaliteratura: la historia más allá de la historia. Verbigracia: Hamlet representa para su tío una obra de teatro, mientras se representa Hamlet en el teatro londinense, en el gran teatro que es el mundo, donde todos nosotros participamos. Pues eso es lo que encontramos en el Watusi, un genio tan vivo, tan actual y tan eterno, que parece salirse de las páginas y formar parte de realidad y la ficción circundante. Fernando Atienza sobrevive en una vida que bien podría protagonizar cualquiera, vive los sueños y las pesadillas que tienes tú y pone en práctica algunos consejos de la autoayuda para llegar a lo más alto y para darse cuenta de que ha tocado fondo. Un extranjero en el barrio parnasiano de la Transición española, de las cloacas políticas y culturales de los años setenta, ochenta, noventa, de ahora. Hay un grupo de melenudos que se reúne todas las vísperas al 15 de agosto para celebrar El día del Watusi, hay personajes de la vida que piensan que el Watusi, como el Quijote, existe. Quizás porque desconocen quién los ha inventado, pero «lo que se pierde de nombre se gana de eternidad», Machado dixit.

    Mientras devoraba los tres tomos que lo conforman —Los juegos feroces, Viento y joyas, El idioma imposible— tenía que parar a veces porque pensaba que me iba explotar una arteria. En cada párrafo había una enseñanza sin moraleja, una genialidad infinita como lo oscuro, radiante. Podría ahora tomar el volumen que tengo delante y ponerte algunas citas que te dejarían rascándote la cabeza: espera, Lector paciente. Porque a diferencia de la poesía, tenemos la suerte de poder entender los versos dentro de una novela, lo cual hace que tu compresión, interpretación y capacidad de dilucidar, revienten e irradien.

    No quiero cansarte con mi verborrea, pero como te respeto, Lector todopoderoso, he querido hablarte en necio porque sé que no lo eres. Si te ha intrigado, ya sabes dónde está el resto de la mercancía: no te la acabarás. Venga, rematemos esto con una cita y brindis al estilo de Vilabrafim, abro el libro al azar, encuentro subrayado en lápiz:

    «Cuando las cosas son un fracaso todos echan a volar. Cuando son un éxito, todos empiezan a desconfiar de todos. Eso pasa en las mejores familias. La sociedad capitalista, Fernando. La propiedad es un robo, pero la vanidad es la vanidad y el miedo es sólo miedo».

    A tu salud, Lector salvaje. Camina por la sombra. Nos vemos por los libros.

    O el próximo 15 de agosto en Barcelona, durante El día del Watusi.

     BIBLIOGRAFÍA

    · Amat, Kiko. Antes del huracán, Ed. Anagrama, 2018.
    · Casavella, Francisco. El triunfo, Ed. Anagrama, 1990.
    · Casavella, Francisco. El día del Watusi, Ed. Anagrama, 2016.
    · Casavella, Francisco. Lo que sé de los vampiros, Ed. Destino, Premio Nadal 2008.
    · De Cervantes, Miguel. El Quijote, 1605 y 1615.
    · García Márquez. Cien años de soledad, Ed. Harper, 1967.
    · Marsé, Juan. Últimas tardes con Teresa, Ed. Seix Barral, 1966.
    · Mendoza, Eduardo. La ciudad de los prodigios, Ed. Seix Barral, 1986.
    · Shakespeare, William. Hamlet, 1609.