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  • Danos paz (Relato a la memoria de Hemingway)

    Danos paz (Relato a la memoria de Hemingway)

    Tal día como hoy, 2 de julio, pero de 1961, se suicidó Ernest Hemingway. Fue uno de los escritores más influyentes de su siglo y todos quisieron imitarlo. El hecho de que se quitara la vida, no hizo más que acrecentar su leyenda.

    En sus relatos cortos, aledaños al periodo de la Vanguardia, el hecho más importante, el motivo que vertebra el relato, está elidido: no aparece en el cuento. Debe ser el lector quien reconstruya la silueta de este conflicto con el hueco que Hemigway deja. Uno de sus cuentos más famosos es el de un pescador que se suicida, pero en el cuento ni se mencionaba la muerte ni se suicidaba nadie.

    Hace un par de años, me fascinó la lectura de Hemingway y quise emgriagarme de su estilo sobrio de corresponsal de guerra. Leí En nuestro tiempo (libro que presté, no me han devuelto y hace que no pueda citar el título de la historia que he mencionado antes) y París era una fiesta (obra póstuma a partir de los papeles que encontraron en el escritorio del gran hombre).

    Con este relato rindo homenaje a la literatura de Hemingway que tanto influyó a escritores que luego me influyeron a mí. Como en los cuentos del maestro, el motivo fundamental del relato está elidido, el conflicto principal no aparece directamente, pero puede deducirse si uno lee atentamente y sigue las coordenadas.

    Te animo a que escribas en los comentarios tu interpretación de esta historia.

    Un abrazo de

    El Pobrecito Escribidor

    Danos paz

    Ernest está bloqueado. Lleva meses así, demasiados. Mira la montaña de papeles sobre su escritorio, mira la botella de whisky. Su padre le decía que uno se hace un borracho cuando empieza a abrir las botellas, él siempre pensó que uno se hace borracho cuando bebe solo. En cualquier caso, abre la botella y se sirve un vaso. Lleva más de una hora frente a su libreta. Los bares están demasiado lejos de su casa y él es ahora demasiado viejo y famoso para ir a cualquier parte tranquilo. Vive en una casa inmensa junto al río.

    Suena el teléfono de la sala de estar. El ring-ring es atronador en el silencio de la mañana: papá está escribiendo, niños, no hagáis ruido. Papá tiene un humor de perros últimamente y bebe más de lo que debería. NADIE VA A COGER ESE MALDITO TELÉFONO, grita Ernest y estrella el culo de la botella de scotch contra la sólida caoba de su escritorio. Justo antes de salir, furioso, de su despacho, alguien contesta. El escándalo cesa. Esos malditos aparatos son letales para el trabajo de los escritores. El motivo de su enfado ha pasado, pero la rabia se ha quedado atascada dentro, como un estornudo. Da vueltas por la habitación. Toma el vaso y se sirve uno doble, sin hielo.

    La rabia lleva ahí bastante tiempo y le bloquea. Es como uno de esos toros a los que era aficionado cuando vivía en Europa. Se escapaba a España siempre que podía: Pamplona, Valencia, qué recuerdos. Eran otros tiempos, eran sus tiempos, los mejores. Pasaba hambre a veces, pero era feliz con su mujer y su joven hijo Bumby. Ahora Bumby es un hombre y le odia. Él también odiaba a su familia, sobre todo a su madre.

    Aquella maldita perra tenía la costumbre de vestirlo como una niña. Quería que fuera una niña y luego tuvo que matar muchos animales para demostrarse que era un hombre. Tuvo que ir a una guerra para demostrarse que era valiente. No lo dejaron combatir, lo destinaron a la cruz roja, como las mujeres, pero nunca lo contaba en sus libros. Vio la muerte a la cara y casi no lo cuenta cuando lo hirió aquella batería. Perdió muchos años de su vida en aquella guerra estúpida, la primera para él. No sería la última, pero ninguna como aquella. Todas las guerras son estúpidas, el adiós a las armas nunca llega.

    Pero al final había tenido éxito, había ganado el Nobel, nada menos. Ni en sus mejores sueños se hubiera imaginado conseguirlo, o quizás sí. Recuerda la euforia cuando le otorgaron el premio. Estaba en Cuba. Echa de menos la isla. Ahora las cosas estaban difíciles para los estadounidenses allí. Ya está viejo para la guerra y los conflictos. Está demasiado cobarde, siempre se sintió un cobarde toda su vida, pero no lo confesó. Si su amigo Scott hubiera vivido para verlo… él era quien merecía en verdad el Nobel y no él. Se lo dieron porque no pudieron otorgárselo a Fitzgerald. Siempre fue un hipocondríaco, en la treintena pensaba que iba a morir en cualquier momento. Finalmente murió bastante pronto, estaba marcado por la muerte, como todos sus amigos. Ernest estaba solo.

    -Siempre fuiste un mentiroso, Hem. -dijo Scott.

    -Sí, pero los escritores viven de mentir.

    -¿Eso es otra de tus mentiras, Hem? -insistió Scott- Que le pregunten a Hadley lo mentiroso que eres. Siempre decías que no bebías mientras escribías. Todo lo que escribiste lo hiciste borracho. No escribiste una sola línea sereno, maldito borracho.

    -Tú tampoco, Scott. Siempre te estabas quejando. Así lo he dejado escrito.

    -Pero yo ahora estoy muerto y tú estás ahí, vivo. Me has convertido en el fantasma de Hamlet. ¿Por qué no vienes conmigo, Hem? Aquí hay muchos borrachos como tú.

    -Cállate, Scott. Déjame escribir hoy. No quiero recordar este día, no quiero recordar a nadie. Quiero empezar de cero. Quiero llorar sin que nadie me vea, ni siquiera tú, viejo amigo. Siempre sospeché que te gustaban los hombres, tenías un deje extraño en la voz.

    -Yo creo que te gustaban a ti. -dijo Scott.

    -Ni hablar.

    -Claro que sí. -insistió.

    -Cállate.

    -No, cállate tú, maldito borracho marica asqueroso cobarde.

    -¡CÁLLATE, CÁLLATE, CÁLLATE!

    Aporrea la mesa con el puño. De repente, oye unos pasos detrás de la puerta de su despacho y una respiración entrecortada. Se detiene. El pecho tiembla bajo la barbilla mojada de saliva.

    -¿Estás bien, cariño?

    -Sí, mi vida, estoy bien.

    -Te he oído hablando solo. ¿Hay alguien ahí contigo? ¿Puedo entrar, mi amor?

    -No te preocupes, estoy escribiendo. Déjame trabajar, déjame tranquilo.

    -Pero, cariño, se te oye muy alterado y… -el pomo de la puerta empieza a girar.

    -¡Te he dicho que te vayas, maldita zorra! ¡No ves que estoy trabajando! Como salga de…

    Los pasos se alejan del otro lado de la puerta. Se había quedado solo otra vez con sus libros, sus papeles, sus fantasmas. Así está mejor. Nadie en su sano juicio podría soportar lo que él soportaba cada día. Se estaba volviendo loco como Zelda. Estaba dando problemas a su familia. Había que tomar una decisión al respecto. Él es un hombre sensible después de todo, siempre lo fue. Podría haber sido poeta, como Ezra.

    El vaso está vacío en su mano izquierda, como su bloc de notas. Decide llenar ambas cosas y empieza por el vaso. Toma la botella y se sirve. El pulso le tiembla, está bastante excitado. Unas cuantas gotas caen a fuera y las seca con la manga de su bata. Apesta, lleva bastante tiempo sin lavarse. Se ha vuelto un vagabundo encerrado en su propiedad millonaria. Recuerda aquellos tiempos en los que se sentaba con ellos junto al río, uno siempre tenía que estar atento por si algo picaba. Uno tenía que defenderse solo.

    A lo largo de su trayectoria había dado muchos consejos a otros escritores. Si había alcanzado el éxito era porque tenía un sistema: lo más importante era escribir una frase verdadera, el resto vendría solo. Otro de las cosas fundamentales era dejar siempre algo para el día siguiente, parar justo en el momento en el que la historia cobraba forma y uno sabía cómo continuarla. Muchos ingenuos siguieron a pies juntillas sus recomendaciones: no encontraban resultados positivos. Se lo hicieron saber. La culpa era de ellos por creer a un escritor: los escritores viven de mentir. Esa es la regla de oro, la más importante. También decía que sólo bebía después de escribir y todos sabían que mentía. Él había sido escritor porque no había podido ser otra cosa. Ahora se había vaciado el pozo. No podía inventar historias, no tenía fuerzas para encontrar el agua, lo mismo le había pasado a Scott hacía mucho tiempo. Nada tiene sentido para él. Se siente una cáscara vacía, una botella vacía tirada en la basura. Pero estaba vivo y eso le producía una sensación extraña. Hacía meses, años que no experimentaba ningún alivio.

    La felicidad consiste en estar paz. Esa es una buena frase, la escribe en su libreta. Antes de seguir moviendo la mano derecha sobre el papel con su lápiz, se deja llevar por esa frase. Es verdadera, le parece lo mejor que haya escrito nunca, al margen de lo que piense mañana. Hoy, esa es la pura verdad: la felicidad es un alivio. Uno tiene hambre y come, y es feliz; uno tiene sueño y duerme, y es feliz; uno tiene deseos, los cumple, y es feliz. Pero luego siempre llega el vacío y esa sensación que no se llena nada: ni el éxito, ni el fracaso, ni el olvido. Ni siquiera lo llena el mejor whisky.

    No vale la pena escribir nada más. Podría hacerlo, pero ya no quiere. Hemingway coge el mechero y deshace el trabajo de toda la mañana. Guarda la botella en su sitio y sale de la habitación. Por el pasillo va pensando en que ya sabe cómo encontrará la felicidad.

    Es el día 2 de julio del 61. Hace un día espléndido en Ketchum, Idaho, Estados Unidos.

  • Capítulo 1. Comer es prescindible

    Capítulo 1. Comer es prescindible

    Había venido a la Universidad para terminar trabajo, pero antes decidió pasar por la cafetería. Allí encontró a los de siempre sentados donde siempre; esa clase de gente que son, en conjunto, una clase de estudiante universitario común en la década de los 10.

    Jóvenes andrajosos, con barbas poco cuidadas y chaquetas de próximos tiempos adolescentes gastadas por el uso. Seguían manteniendo viva la llama de la inocencia que les otorgaba ser veinteañeros sin ningún futuro por delante. Estudiantes de letras, arquitectura de las frases, polvorientos pájaros en una pecera moderna. Convertido el sueño de hacer volar las ideas hacia la verdad, en un trabajo, en una obligación, en unos resultados; convertida la literatura en basura-hurra-hurra, se aburrían. Salían de las aulas tristes donde deberían estar, se encontraban en los triángulos soleados que dibujaban las sombras edificios grises en un trozo de césped, en un viejo banco de madera por embarnizar, en aquella mesa de la cafetería donde siempre había alguien saltándose clase.

    Todavía era nuevo en la ciudad, una gran urbe de esas con sus ruidos estridentes pintorescos vagabundos asaltándolo a uno si lo descubren con cara de tonto buscando una calle. Era nuevo pero ya había sido novato antes en otros lugares. Quizá por eso se sentía a veces tan mayor, mucho más viejo que aquellos veteranos que nunca se habían movido del sitio y se habían hecho respetar a base de resistir. Él nunca sería de esa clase de gente, y eso lo entristecía. Siempre andaba buscando algo perdido que nunca encontraba, pero encontraba otras cosas y aprendía mucho, con eso se consolaría.

    A lo largo de aquella juventud precoz había construido algunos mapas mentales que le funcionaban bien. Tenía la cabeza llena de esquemas de todo tipo, como escalas musicales grabadas con cicatrices por la experiencia y la práctica, concatenación de acciones que funcionan correctamente para conseguir un fin, sin ser nunca garantía de éxito. La teoría está bien pero en la práctica suena la vida, empieza la música y algo hay que hacer, ciertas notas que hay que tocar según la canción que suena. Una chica habla contigo, a solas en cualquier parte, y percibes que revuelve el vacío con las manos apoyadas sobre el regazo; pones la tuya, grande y caliente, sobre las suyas, tan frías, y las cobijas. Y después ¿un beso, un abrazo, un adiós? Después suena la música y algo hay que tocar a tiempo.

    Iba pensando en estas elucubraciones mientras se acercaba lentamente a donde estaban los suyos. En todas las Universidades que había tenido el gusto de conocer, y con esta ya iban cuatro, algunas veces para estudiar y otras no, siempre conseguía encontrar a su tribu rápidamente. No tenían pérdida: en aquel lugar donde los profesores siempre ubicaban a los alumnos de peor ralea, los que nunca llegarían a nada, aquellos que por méritos propios gozaban de una cátedra cum laude en “El Bar”.

    Para ellos El Bar no era un lugar de paso, donde coger el café y marcharse corriendo; era un punto de llegada, un puerto donde atracar y protegerse de la tormenta del no saber a dónde huir, de encontrar calor en la conversación de los descarriados que renunciaban a subir a clase como el que subiera al tedio infernal. Muchos se quedaban en ese purgatorio con sus iguales, esperando a que llegara la hora de todos, el día del juicio, a final de curso. De momento solo había tres chicos y casi no los conocía.

    -Eeei…- dijo Rocky -¿No está el maricón este?

    -Nop, yo no lo he visto. Le contestó uno de los tres monstruitos sin levantar la vista del cigarrillo que se estaba liando. Los otros dos engendros, ambos con gafas, lo miraban furtivamente. No decían nada.

    Todavía desconfiaban de él porque era nuevo, cuando deberían desconfiar de ellos mismos por ser tan desconfiados, al fin y al cabo, ¿qué vale la confianza? Él siempre se la regalaba a cualquiera, la había perdido a veces pero nunca se había muerto por eso, siempre había más. Además, sabía que con dos porros podría ganarse su amistad fácilmente y entonces colársela con la guardia más baja. ¡Lo que hacía el mundo todo el tiempo! Quiso escupirles todo este torrente de pensamientos, pero no dijo nada, empezó a liarse un porro en silencio. En el silencio solo se escuchaba la algarabía de El Bar.

    –¡Qué buen día, María!- Dijo al colocar el papel encima de la mezcla, la boca le salivaba. -Fumo demasiados porros…- y miró a sus compañeros de la mesa que, pese a su confesión, no rompían su silencio. –¿Visteis anoche la entrevista? Parece que ese tío sabe lo que se dice, quizá sí fuera un buen presidente, quizá consiguiera cortar los hilos que mueven a tanto rico-monigote-gilipollas-elitista.

    -Esas entrevistas son para gente que no tiene ni idea. El verdadero cambio debe empezar por hacer las cosas bien y no dejar ni presentarse a unas elecciones de un país con cara y ojos, no deberían dejar presentarse, digo, a tantos impresentables. – Había contestado el único de los tres que por el momento había abierto la boca, estaba claro que él llevaba la voz cantante de los tres cerditos. Sabía que la política encendía los ánimos de cualquiera, era como un mechero conversacional en aquellos días, solo había que aplicar determinado tema según el interlocutor y fácilmente ardía la demagogia.

    -No podría estar más de acuerdo con lo que dices. La verdad es que visto como tú lo ves tiene sentido. Además son gente sin experiencia que…- Su interlocutor se desperezó y se revolvió en su silla, asintió, no reparó en el poco sentido que tenía que aquel chaval nuevo le diera la razón cuando no había hecho ningún razonamiento; porque era su razón, seguramente, con la que creía estar de acuerdo.

    -Panda de incompetentes, de charlatanes… le quitan el puesto a la gente que realmente sabe trabajar en esos terrenos, gente como mi padre, socialista de toda la vida, siempre defendiendo encarecidamente los intereses de la clase trabajadora. Ahora… ahora todos son oportunistas, arribistas, fantoches que quieren reconocimiento, nos llevarán a la ruina… Panda de demagogos asquerosos…

    Los gafitas asentían, uno a cada lado de su líder. En esto llegaban más palomos a la mesa, venían de clase de Gramática Histórica, uno de ellos era su amigo, un viejo amigo desde hacía dos semanas.

    -Cabrón, ¿de dónde vienes, eh? Portándote bien, ¿no? ¿Ya te ha puesto el positivo por asistir a misa?

    -¡Hola, Rocky!- su amigo lo llamaba así aunque no era su verdadero nombre, era de esas personas a las que les gusta rebautizar a los de su prójimo por razones aún por conocer.  -Tú deberías pasarte algún día, al menos, para que te conozca el Ratamuerta… En un mes no has aparecido por allí y en esta asignatura la asistencia es lo más importante, no haces nada y te pone un siete, pero si vas…

    -Ya, ya, ya… Haré su mierda de examen de siete, me pondrá un cinco, y todos contentos. Lo único que necesitamos son apuntes, lo demás lo sacamos con la bibliografía, pero nos hacen falta apuntes…

    -¿Y qué es eso que huele tan bien? 

    -Toma, cabrón, justo a tiempo llegas, me lo acabo de enchufar. -Y le pasó el porro sin renuencias.

    Después se unieron a la conversación general, que versaba sobre películas que nunca les gustaron y libros que se leyeron fragmentariamente, obras cuyos títulos resultaban atronadoramente elocuentes cuando uno las invocaba en esas reuniones. Normalmente no participaba en estas gallardías a menos que estuviera muy aburrido o que hubiera alguna niña de por medio. Atacaba con todo lo que sabía, que no era poco, a veces conseguía sorprender y otras veces no, pero casi siempre establecía algún momento de complicidad con los ojos a quien dedicaba todos los requiebros dialécticos y acrobacias de su ingenio. Ese día ni había ni niña, ni chica, ni mujer, ni alma, ni nada, y se aburría soberanamente.

    -Tengo que ir a hacer el puto trabajo…- Dijo en un fumado y melancólico suspiro, a media voz para que lo oyera su amigo y el que quisiera.

    -¿Trabajo de…? No me asustes, marica.

    -El de Fontanela, – y dijo después de un breve silencio- el que a la vez que caga se la pela. -Rieron.

    -¡Qué dices! Pero si eso había que entregarlo la semana pasada…

    -¿Qué?

    -Aja, tienes las fechas en el Campus Virtual, tío.

    -¡… Joder! Yo es que eso nunca lo miro, además tengo jodido el puto ordenador. Me cago en…

    -Bueno, no te preocupes, mira lo que tengo aquí.- Y le enseñó un cogollo verde-verde, casi radioactivo, que olía como a calle meada, eso es que era buena. –Un interior que lo flipas, mazo de bueno.

    -¡Jajaja! Joder, Perro, cómo me lías… Bueno, al menos ya no tengo que hacer el trabajo. Vámonos al centro luego, cuando lo acabemos. A ver si se viene El Pirri también y estamos por ahí. Tengo ganas de comprarme un libro pero todavía no sé cuál. Mira, lo tengo todo calculado. De los veinte pavos que me quedan para terminar el mes, cinco son para tabaco, uno para papel, cuatro para dos cafés y diez para pillarme un tomo bueno y gordo, que me dure durante estos días de hambre literaria.

    -¿Y comer?

    -Comer es prescindible.

    Volvieron a reír y se unieron de nuevo a la conversación general que ahora trataba sobre que tal local se había llenado de pijos y de gente que no entendía el verdadero motivo de ir a ese lugar y no a otro.

    -Solo van porque se ha puesto de moda, sin entender nada. –Balaba era el líder que no se había callado en lo que habían llegado los otros. Él pensaba que por ser el pardillo con más dinero tenía que ser el que hablara más, los demás lo pensaban también y le dejaban hacer. Ahora eran unos seis o siete en la mesa, poco a poco irían llegando más, se acercaba la hora de comer, por lo tanto, tiempo de huir.

    Se levantó torpemente como si se hubiera olvidado de la gravedad del planeta Tierra y al estar de pie casi se tambaleaba, Perro lo siguió de igual modo, recogiendo su ajada mochila del suelo. Sentía la agustera corriendo por todo su cuerpo, acariciándole detrás de las orejas, hacía que sus piernas pesaran mucho, no importaba porque casi sentía que su cabeza podría salir volando, volando, volando. 

    -Volando y las alas serían las orejas. Pero yo tengo una oreja más grande que otra así que el vuelo sería poco equilibrado, incluso aparatoso. ¿Y si encontrara turbulencias?- La imagen de su cabeza volando aparatosamente, enfrentándose a las turbulencias con toda la fuerza de sus acomplejadas orejas le resultó tronchante y empezó a reírse solo. Todo esto no lo oyó nadie, bien porque no lo escuchaban, bien porque estaban igual de fumados por la marihuana, por el estudio, por la incertidumbre o por otra cosa. Se acarició un poco el cabello, largo. –Tengo que cortármelo ya.

    -¿Qué, qué dices?- Preguntó Pedro distraídamente.

    -Que tengo que cortarme el pelo.

    -Yo también, pero no tengo pasta.

    Iban caminando silenciosamente, saliendo del campus dirección ninguna parte, por el camino toparían con la gran ciudad. Había una pequeña bandada de agapornis que los miraban pasar con atención desde su árbol. Esos bichos verde lima, que se escapan de sus jaulas con o sin permiso de sus adocenados dueños y acababan allí, ocupando el breve campus universitario, rivalizando con gorriones y palomas. Él se sentía como uno de ellos, una especie invasora, un solitario ser intruso.

    -Tenemos que salir de esta mierda.

  • El camino a la Felicidad

    El camino a la Felicidad

    Aristóteles metió baza en todos los órdenes del conocimiento y en ninguno fue exacto ni conciso. Cuando dijo que la tierra era plana, la Iglesia lo creyó; cuando afirmaba que la tragedia era mejor que la comedia, la Filología lo creyó; cuando subrayó la importancia de la observación en la investigación, la Ciencia lo creyó. Hay que tener en mente que “El Estagirita” nació en el siglo IV antes de Cristo, fue tutor de Alejandro Magno y, finalmente, murió aislado en una isla griega: había huido de Atenas para no correr la misma suerte que Sócrates diciendo: Atenas ya ha cometido suficientes crímenes contra la filosofía. Parece ser que la filosofía era incómoda, incluso en sus mejores tiempos.

    Leer a un autor tan antiguo es farragoso. Hay muchas afirmaciones incómodas contra las mujeres y contra los esclavos, el lenguaje es difícil y la manera de explicarse suele ser complicada. Si los tiempos en los que Cristo perdió la alpargata ya nos parecen algo remoto, hay que tener en mente que nuestro filósofo era polvo en el viento cuando el llamado hijo de Dios era apenas un bebé. Filosóficamente, Aristóteles está en la génesis del cristianismo, y por eso es interesante acercarse a su figura. Occidente era una utopía.

    ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cuál es el objetivo por el cual estamos en el mundo? Platón, maestro de nuestro filósofo de hoy, decía que este objetivo era el Bien. Todas las cosas en el mundo tenían hacia esa idea platónica e idealizada del Bien supremo. Luego, a esa idea se le llamó Dios, pero eso es otra historia. Dicen que los mejores alumnos son los que superan a sus maestros. No sé si es el caso de Aristóteles, pero él reformuló la idea de del discípulo de Sócrates y dijo: no, el sentido de la vida es…

    La felicidad. Estamos en el mundo para ser felices. Qué bonito, ¿no? ¿Quién puede llevar la contraria a esta idea? ¿Quién no desea la felicidad para sí mismo? Pues bien, la única pregunta que cabe responder es ¿cómo llegamos a ella? o ¿podemos ser felices?

    Aristóteles pensaba que sí, podemos llegar a la felicidad diaria. Como estamos en una época racionalista y toda afirmación debía ser demostrada, el filósofo nos da la receta para una vida feliz, o lo que es lo mismo: una vida virtuosa. La búsqueda de la felicidad en la filosofía no es genuina de Aristóteles. Ya antes se había apostado por otras fórmulas como la ignorancia o los placeres. Pero resultaron infructuosas y llevaron al camino contrario: la desdicha. Por eso él propone una tercera vía para alcanzar este objetivo humano. Cada uno debería encontrar su propio camino y no hay una sola manera de alcanzar ese estado, de hecho, para cada cual será diferente, pero todos habrán de encontrarla de la misma manera: hallando primero el equilibrio.

    Dibujemos un eje en nuestra mente. En un extremo pondremos la cobardía, el sentimiento que teme a cualquier cosa; en el otro, pondremos la temeridad, la tendencia irracional de no temer a nada. Pues bien, en ambos extremos, en la cobardía y la temeridad, encontramos el vicio. Solo es en el punto medio entre los dos donde encontramos, equilibrando ambas fuerzas y situándonos en el centro, la virtud: la valentía, porque es bueno ser valiente. Y así con todo. Podemos tomar otros ejemplos.

    De esta manera, el amor no es lo contrario del recelo. Sino que es el punto medio entre el recelo y la ingenuidad. Y una vez hallado el centro encontraremos placer, pero no será un placer físico como el que sienten los animales, estos no pueden albergar la idea de felicidad, por lo tanto, no pueden ser felices. Luego, no podemos ser felices con los placeres animales: solo comiendo, solo durmiendo, solo teniendo sexo. Necesitamos algo más porque nuestra propia condición nos obliga a ello. De hecho, comiendo mucho, durmiendo mucho y teniendo demasiado sexo nos situaremos en los vicios y ellos nos conducirán a la desdicha. Cuántas sectas y religiones abogan por la abstención con probado éxito: no comas eso, no ames aquello, no reposes allí. Pero la abstención absoluta tampoco lleva, según Aristóteles, a felicidad alguna, aunque no es tan dañina.

    Hay que buscar, entonces, el término medio. No hay que prescindir de los placeres físicos, pero ellos no pueden ser el eje de nuestra vida. Si no, acabaremos en el otro extremo y tampoco servirá de mucho. Encontrar ese centro es difícil, eso queda contemplado. Una manera efectiva para encontrarlo es el autoconocimiento. Cada persona es un mundo y tiene sus propias tendencias. Hay algunos que tienden a la cobardía, hay otros que tienden a la temeridad. ¿Cómo encontrar el término medio?

    El que tienda, por ejemplo, hacia el recelo, deberá esforzarse por llegar al camino contrario: la ingenuidad. Así, como su tendencia personal siempre lo inclinará hacia la desconfianza, encontrará el centro virtuoso del Amor. Si es cobarde, lo mismo, deberá empujarse a sí mismo hacia la temeridad y, por el camino, encontrará la Valentía.

    A los filósofos de esa época les gustaba buscar ejemplos en el día a día. Para explicar esto, decía que las personas éramos como un madero torcido: para ponerlo recto, habría que empujarlo y torcerlo para el lado contrario. Sin duda, tiene bastante sentido.

    Y luego vino la Historia. Los intereses económicos y espirituales que guiaban las sociedades según unos magnates u otros. Aristóteles influyó profundamente en el pensamiento de la escolástica religiosa, pero no deben entenderse como lo mismo. De hecho, el pensamiento aristotélico fue utilizado por la Iglesia durante el medievo. Desconozco si Aristóteles tenía o no razón, pero que su impronta está en nuestro pensamiento más profundo es un hecho porque su modelo ético fue un existazo.

    Los cristianos ortodoxos en el siglo XIX decían que las sociedades católicas acabarían siendo ateas por su manera de entender la vida. No sé si ser ateo es positivo o negativo, pero sin duda los ortodoxos no se equivocaron. Ha habido una implosión en el pensamiento religioso y miramos hacia Oriente buscando a Buda, el Karma o a Ganesha: la suerte, la serenidad, la felicidad humana. A mí personalmente, el fundamentalismo religioso me abruma y me parece demasiado simple para entender la complejidad de la vida. Así que he mirado hacia los precedentes del cristianismo y me he encontrado a un tal Aristóteles buscando el camino de la felicidad. Sin duda, si esta Ética a Nicómaco se publicara hoy con otro título, otro estilo y otro autor, sería un bombazo y vendería cientos de miles de libros dentro del género de la autoayuda.

    Para los más pragmáticos, me gustaría señalar, a modo de glosa, el pensamiento de otro filósofo contemporáneo, un poco más antiguo, llamado Diógenes de Sinope, el que da nombre al célebre Síndrome de Diógenes. Se le representaba durmiendo y viviendo en una tinaja, su profesión era la de vagabundo. Como Aristóteles, también buscaba la felicidad, pero este renunciaba a todo lo que fuera innecesario. Por ejemplo, se dice que Diógenes vagaba por el mundo sólo con una manta, una bolsa, un bastón y un cuenco para beber agua. Un día vio unos niños bebiendo agua de una fuente con las manos y Diógenes tiró el cuenco. Otra anécdota famosa es la de su encuentro con Alejandro Magno, el hombre más poderoso de aquel mundo. Alejandro fue a ver a Diógenes que estaba tirado en el campo y le dijo: Pídeme lo que desees, que yo lo conseguiré para ti.

    Diógenes lo miró largamente y al fin contestó: Deseo que te apartes, que me tapas el sol.

  • Monstruos inolvidables: reseñando a Stephen King

    Monstruos inolvidables: reseñando a Stephen King

    Todos los escritores quieren ser estrellas del rock, pero muchas estrellas del rock quieren ser Stephen King. En mi caso, si tuviera que escoger qué clase de escribidor me gustaría ser, me encantaría parecerme en algo al que considero el gran prosista de nuestro tiempo. Tal afirmación, en un contexto académico, sería tomada como falaz o ligera por los críticos literarios expertos en frases difíciles en revistas especializadas.

    Hace un par de meses, andaba paseando por la biblioteca de Reus, ubicada en un antiguo matadero. Me acerqué a la sección de los libros en lengua inglesa y me topé, de nuevo, con una edición de finales de los ochenta, plastificada, en cuya contraportada aparecía la cara de un favorecido Stephen King en blanco y negro. Al darle la vuelta al grueso volumen de setecientas páginas se podía leer el título del mamotreto: Needful Things, Cosas necesarias, traduje al bote. Con el libro en la mano, me acerqué al mostrador donde una avejentada bibliotecaria consultaba su ordenador y le pedí algunos manuales para preparar el examen del C1 de lengua inglesa. La buena mujer me entregó un par de libros manoseados y yo los adquirí todos con la feliz intención de estudiarlos.

    Ahí se quedaron, en la mesa de mi escritorio, sin ser apenas abiertos, como tantos otros volúmenes que esperan su turno en mi biblioteca. Lo que sí abrí fue Needful Things, e inmediatamente pude sentir esa vieja brisa conocida de Castle Rock, Maine, que tantas veces me ha embriagado desde la adolescencia, cuando leía las viejas ediciones que me prestaban mis amigos, que habían robado de la biblioteca paterna para que las leyera yo. You have been here before… Sí, viejo amigo joven-King, he estado aquí muchas veces, de hecho, casi puedo oler la tierra húmeda de las lluvias de final de verano en Nueva Inglaterra, puedo escuchar el rumor de los altos árboles movidos por el viento, los coches pasando por las calles rectas de un pueblo de pocos miles de habitantes, el sol sobre el porche blanco recién pintado, el humo del tabaco como un fantasma pequeño que sale del cigarrillo que el viejo Joe está fumando con una Budweiser en la mano.

    Con muy pocas palabras, uno se sumerge en ese lugar que parece más real que muchos recuerdos, a la vuelta de unas cuantos caracteres dispuestos en cierto orden mágico. Al cabo de un tiempo indeterminado, las obligaciones me apartan de la lectura, pero queda dentro el veneno inoculado que me hará posponer tantos quehaceres importantes para leer esa vieja novela que adquirí por casualidad en un rincón de la biblioteca de Reus, como si se tratara de un cuento lovecraftiano donde el protagonista encuentra un ejemplar olvidado, que lo acabará sumiendo en una dulce ensoñación destructiva.

    Leland Gaunt monta una tienda en la pequeña localidad de Castle Rock, Maine, pueblo inventado donde suceden otras obras maestras de King como Cujo o Dolores Clairbone. En este caso, Gaunt, aka Drácula, monta una tiendecita en Main Street en cuyo toldo verde puede leerse el nombre de la misma: Needful Things. Este simpatiquísimo empresario venderá a los tranquilos habitantes de Rock aquello que más desean: la vieja caña de pescar de un padre muerto hace años, el cromo del jugador de beisbol que nunca salió en la colección infantil, unas gafas que pertenecieron a Elvis cuando era guapo, un simple vaso de cristal decorativo. Los objetos de Gaunt poseen la facultad, no solo de ser exquisitos, sino de curar las enfermedades del cuerpo y del alma de sus poseedores. Por un precio ínfimo, lo que lleves en el bolsillo, el amable Leland, con su chaqueta burdeos de crupier, vende piezas de un valor incalculable. A cambio de este favor, deberás hacer una pequeña broma a un vecino cuando él te lo haga saber en tus pesadillas. Por supuesto, todo el mundo acepta el trato porque se cumplen dos condiciones: Gaunt no te obliga a entrar en su tienda y posee un extraordinario poder de persuasión. En general, las pequeñas bromas que los habitantes del pequeño pueblo de la Costa Este se van gastando entre sí va generando un caldo de odio entre ellos. Sumado al estado de posesión demoníaca que los objetos producen en las personas, pronto empiezan a matarse. La sangre empieza a correr a las pocas páginas y los debates de índole moral asaltan al lector: ¿qué objeto sería el que Gaunt me vendería a mí?

    Un sheriff de buen corazón, poco acostumbrado a los sobresaltos, Alan Pangborn, será el héroe que deberá salvar al pueblo de su perdición. A pesar de su noble intención, Pangborn posee un trauma que le causa un dolor indecible: su mujer y su hijo sufrieron un accidente de tráfico mortal y lo último que se dijeron fue algo como: compra pan.

    Una vez establecidos en escenario, el monstruo, el conflicto y el héroe, la historia de desarrolla sin mayores sobresaltos que los esperables: agresiones, traiciones, asesinatos de diversa índole. No está en el argumento la verdadera fuerza literaria de King, por lo que tantos lectores lo seguimos y reclamamos el premio Nobel para el Rey. La gracia reside en otro lugar, que pasa inadvertido para la mayoría de los críticos literarios, acostumbrados a leer resúmenes, artículos, fragmentos, pero no un libro en condiciones.

    Stephen King ha sabido sintetizar en sus libros sus propios demonios, y por eso sus monstruos dan tanto miedo. Mientras escribía Needful Things, su autor tomaba cocaína asiduamente y se hallaba en un pozo de alcoholismo. Hay algunos personajes en el libro que ayudan a Leland Gaunt, uno es el borracho del pueblo y el otro un viejo acosador adolescente enganchado a la cocaína. Sin romantizar su condición, más bien todo lo contrario, King explora los recovecos más oscuros del alma humana, pero no en las partes más espectaculares, cuando todo explota, sino en los momentos de transición, donde vemos al viejo Hugh Priest volviendo a casa a pie y humillado, incapaz de conducir su coche apestoso, haciendo eses, parándose torpemente delante del escaparate que con letras de molde reza: Needful Things. O al joven Ace Merril, que después de una temporada en la cárcel de Shawshank por tenencia y tráfico de estupefacientes, vuelve al pueblo cargado de odio y de deudas, dispuesto a ajustar cuentas en el sheriff que lo empapeló en su día. Levanté la cabeza con estupefacción cuando lo vi inclinado sobre el mostrador acristalado de la tienda de Leeland Gaunt esnifando dos o tres rayas de cocaína, todo ello narrado con un detalle que extrañamente nunca se ha censurado.

    Pero no son los únicos. El concejal Danford Keaton, apodado “Buster” por sus vecinos, está metido en el robo a las arcas públicas de cientos de miles de dólares, en un país donde eso se castiga muy duramente, por una adicción insana a las carreras de caballos, muy populares en la cultura anglosajona. “Buster” Keaton, acosado por la paranoia, termina matando a su propia mujer a martillazos porque la cree metida en una conspiración contra él para enjuiciarlo. La escena se narra con tal brutalidad que a uno se le encoje el estómago o, como diría el propio King, se le arruga la piel de las pelotas.

    Otro momento álgido es cuando el primer cliente de La Tienda -nombre que recibe la novela en su versión en español-, el quinceañero Brian Rusk, acaba con su propia vida delante de su hermano menor, advirtiéndole que, bajo ningún concepto, debe ir a la tienda del hombre malo, que en verdad he’s not a men at all. Y mientras el hermanito le grita que no lo haga, que le está asustando, el atribulado Brian apoya la base de la barbilla contra el cañón de la escopeta paterna y aprieta el gatillo con el dedo pulgar de su pie derecho. Los sesos vuelan contra la pared del garaje y el pobre chiquillo sufre un shock que desencadenará el final trepidante de la novela al enterarse Allan Pangborn de la última advertencia que hizo el adolescente suicida, la cual lo pone en la pista del artífice de todas las muertes que llevan produciéndose en su pueblo: Leland Gaunt.  

    En el desenlace todo explota, literalmente, y para mi gusto es demasiado efectista, una americanada. Uno entiende que si algún crítico viera la película o sólo leyera ese final improvisado, catalogaría la obra erróneamente entre los miles de superventas sin valor que pueblan los estantes de las librerías y de los grandes almacenes, como lo hacen los libros de King. Los críticos, que nunca le darán el Nobel a uno de los mejores prosistas de nuestro tiempo, son ajenos al embrujo de lugares como Castle Rock, que se quedan para siempre en la memoria de uno como si hubiéramos pasado un otoño en sus calles.

    Al final, Leland Gaunt huye en su coche después de que el sheriff Pangborn consiga frustras sus planes. El coche impecable se transforma en un carruaje negro con sendos caballos negros que sale volando con Leland Gaunt gritando de odio sobre el negro pescante. Mientras, los habitantes de Castle Rock despiertan de su sueño destructivo y observan la luz rutilante en el cielo por donde Drácula se esfuma. Después de los abrazos, la obra vuelve al principio, You have been here before, y ahora estamos en un pueblo ignoto de Iowa, donde ha aparecido una tienda en el down town: Promesas complidas. Vuelta a empezar en la rueda, en otro lugar del mundo, que para un norteamericano siempre es Estados Unidos. El mal, como el bien, nunca descansa.

    La novela termina pero casi se puede oír el eco de las teclas de la máquina de escribir, como el crepitar de una hoguera encendida de donde saldrán monstruos inolvidables.

    Nota del autor: Si te gustó este texto, no dudes en dejar un comentario y susciribirte. Subo contenido al blog todos los domingos. También dispones de las historias que ya se han publicado hasta la fecha haciendo clic aquí.
    Muchas gracias por el arte de leer. Nos vemos por los textos. Un abrazo, El Pobrecito Escribidor

  • Ninguno lo sabía (Parte 3 y Final)

    Ninguno lo sabía (Parte 3 y Final)

    Nota del autor: Este relato es la continuación del publicado recientemente en este espacio: El presente (Parte 2).

    La puerta del pequeño apartamento se abrió y llegué al sofá del salón con los ojos cerrados, solo guiado por las manos de Karlaina que me abrazaban y recorrían como un río mi espalda, mi cuello y mi vientre. Me dejaba llevar por ella guiado por el torbellino de besos que entre los dos formábamos, cada vez más lejos del mundo, cada vez más olvidados de quiénes éramos y de dónde veníamos. Sin importar absolutamente nada más que nuestros dos cuerpos abrazándose bajo la luz cálida de las lámparas amarillas.

    Llegó un momento en el que perdí el equilibrio y caí. Karlaina cayó encima de mí y seguimos rodando, dándonos todos los besos que el pasado nos había negado. Por el tacto de la superficie pude deducir que estábamos sobre el mullido sofá de cuero color crema, y que por lo tanto habíamos llegado hasta el comedor del apartamento sin ver. Cada vez la respiración de ambos se volvía más entrecortada y, de golpe, Karlaina paró.

    Se alejó abruptamente de mi como si una corriente de aire se la hubiera llevado y yo me quedé por un instante besando estúpidamente al vacío, a un fantasma. Abrí los ojos sin entender nada y la vi de pie, en medio del pequeño salón, entre la tele y el sofá donde yo estaba, mirándome divertida, alegre, preciosa. Le hice saber que no entendía: What happens? Y ella me dijo que tenía que permanecer allí sentado, que Soon I will come.

    Desapareció por la oscuridad del pasillo. Me quedé estupefacto, sin saber muy bien qué hacer ni qué pensar. Una enorme fuerza incómoda e incontrolable pugnaba por salir por la cremallera de mi pantalón vaquero y la promesa rota de liberación aún la hacía más rabiosamente dolorosa. Mi vista saltó por diferentes puntos del salón, el televisor, la cocina, la ventana, la mesa de té, mi libro colocado encima que había traído para ese viaje y cuya lectura me estaba fascinando porque no podía sentirme más identificado con el protagonista de El Idiota de Dostoyevski. Como el Príncipe Myshkin estaba yo en ese momento, absolutamente perdido en un mundo que no terminada de entender.

    Ya pensaba en levantarme e ir en busca de Karlaina por el apartamento. Una parte de mi la imaginaba en el cuarto, tumbada en la cama bocabajo, llorando por los recuerdos amargos que ese día había tenido que remover y que la impedían, después de todo, disfrutar de una velada improvisada de nata y fresas. A pesar de nuestra juventud, la vida nos había enseñado que podía ser tremendamente cruel cuando se lo proponía. Me iba a levantar cuando, de repente, su voz desde la oscuridad del pasillo: Are you ready?

    No me dio tiempo a contestarle. Antes de que pudiera decir nada, apareció desde detrás de las sombras y la bañó la amable luz amarilla del salón. Enmarcada tras la oscuridad del umbral de la puerta abierta, Karlaina se parecía a una diosa de la mitología humana.

    De abajo arriba, sus pies ligeros estaban desnudos. Notas de color rojo adornaban cada una de sus uñas. Parecía que no se posaba en el suelo, sino que flotaba a medio milímetro del suelo. Sus piernas también estaban libres de ropa desde los tobillos a su cintura. Podía apreciar su piel bronceada por la naturaleza en una carne que parecía no tener huesos excepto en las rodillas. El camino de la mirada desde el suelo por esas piernas parecía una escalera al cielo. Una pieza del mismo color que sus uñas dejaba entrever su sexo como una hoja de parra que iba a caer de un momento a otro. La cintura y las caderas dibujaban sutiles curvas que se estrechaban a cada lado a medida que subían hacia el vientre, donde el ombligo del mundo me miraba como si quiera tragarme y devolverme a las aguas donde todos sueñan despiertos una vida imposible. El camino hasta sus pechos pequeños era un paseo entre las nubes. Disimulaba su desnudez un sujetador rojo, del mismo color que las prendas que llevaba, las cuales parecían resaltar más su desnudez que ocultarla. Una de sus manos reposaba sobre la cadera donde pronto se juntaría con la mía y la otra se acariciaba la media melena de pelo negro. Sus ojos, también negros y grandes, me preguntaban qué si me gustaba lo que estaba viendo y como respuesta solo obtuvieron mi boca abierta desde que la vi.

    Dio una vuelta y vi la misma belleza por detrás. Sus glúteos generosos y proporcionados se me mostraban como un secreto separado por una delgadísima cinta roja de tela que terminaba abrazando sus caderas, dejando entrever el interior como el envoltorio de una chuchería. Do you like what you see? Dijo al volver a mirarme. Come, please, come.

    Con la levedad de un ángel, se aproximó a mis brazos y la abracé como si fuera la primera vez que lo hacía. El calor recorría todos los rincones de mi cuerpo pero mis movimientos eran lentos y despaciosos, como si no existiera el tiempo en la dimensión que ahora habitábamos. Mis manos recorrían despacio todos los lugares del cuerpo y de la escasa ropa de Karlaina mientras ella me iba desnudando a mí como si me arrancara una piel muerta y me devolviera otra nueva y fresca. Pronto estuvimos en contacto piel con piel, tocándonos sin mover las manos, juntando las partes más íntimas de nuestro ser, escasamente separadas por la fina tela de las braguitas de ella, cada vez más húmedas y calientes, cada vez más cerca los puntos liminales que nos unirían pronto como en una explosión. Su boca bajaba desde las comisuras de la mía por mi cuello, mis hombros, mi pecho. Sentí cosquillas y mis manos la agarraron con más fuerza sin darse cuenta. Ella rio y siguió bajando hasta encontrar el punto más duro de mi persona.

    Noté su húmeda lengua y sus labios que me abrazaron suavemente. Se la veía concentrada en lo que hacía, con una sabiduría de siglos aprendida en los libros secretos del cuerpo. Pronto quise corresponderla y me levanté sobre la alfombra donde ella ahora estaba. Se colocó en el sofá delante de mí, dejándome ver toda su espalda, que entonces me parecía hecha del material más exquisito del mundo. La acaricié cuan larga era hasta llegar al final. Ella se estremeció un poco dejando escapar un jadeo. Aparté la cinta que nos separaba la piel y besé su sexo como si fuera un objeto sagrado de la religión. Un sabor a piel y a sal de mar invadió mi lengua mientras se adentraba en las cavidades próximas. El olor de Karlaina, que siempre me hacía sentir en casa, era allí más fuerte, más puro, como si de esa parte de ella manara su esencia. Los gemidos se hicieron más audibles y, a veces, aguantaban un grito. Me hizo saber sin decírmelo que quería que encajáramos las dos piezas que nos constituían como seres de la naturaleza y obedecí.

    Sin necesidad de quitar la pieza de ropa que llevaba, solo apartando levemente la cinta, ahora ya completamente empapada, me introduje en su cuerpo posando mis manos sobre sus caderas con un movimiento suave y sencillo. Karlaina arqueó la espalda hacia atrás y poco a poco fuimos cogiendo el ritmo que marcaban sus nalgas sobre mis piernas. Mientras tanto le desabrochaba el sujetador y la tira se liberó como una goma elástica que cayó sobre el sofá de cuero donde se hincaban las rodillas y la cara de ella.

    Los gritos ya eran audibles pero a mí me parecía que los escuchaba muy lejos, como si el mundo estuviera en otra habitación a donde estaba yo. No pensaba en nada, solo era un cuerpo que sentía una corriente que bajaba hacia el mismo punto, como si fuera un río de aguas bravas pero a la vez suaves y constantes. Me sentía unido a la tierra, a los astros, tan lejos del tiempo como de la muerte. Viví en ese estado una eternidad que pronto terminaría. Antes de que llegara su final, Karlaina volvió a coger la iniciativa y se apartó un momento de mí. Me tumbó en el sofá con un empujón y, después de liberarse de la última prenda de ropa que la cubría y la molestaba, se lanzó sobre mí, esta vez los dos completamente desnudos, formando un solo ser de dos cabezas.

    Me abrazó y mientras yo la abrazaba también y nuestros cuerpos se juntaban de nuevo sin usar las manos, la miré con ojos sonrientes y ella me devolvió la sonrisa. Habíamos ganado, estábamos triunfando sobre las miserias del mundo, reconciliándonos con nuestro pasado y con nosotros mismos, dándonos otra oportunidad gracias al otro. El ritmo se había vuelo rápidamente frenético y yo sentía que las aguas de mi cuerpo pronto iban a estallar como una ola rompiendo rabiosamente contra la roca escarpada. Antes de que el alma se nos saliera del cuerpo, apreté a Karlaina como el náufrago a su tabla de salvación, sintiendo el calor de su cuerpo, la suavidad de su piel, el olor de su pelo, el tacto del sofá bajo mis piernas sudadas, el auillido de la luna que me miraba a través de la ventana del techo como si fuera el ojo de un Dios que me era favorable.

    Y el mundo explotó. Varias veces. Sobre las aguas, sobre la tierra, sobre la carne. Poco a poco las cosas fueron volviéndose reales. Mientras los objetos volvían a su lugar, seguimos abrazados retomando el ritmo de la respiración, mientras nos íbamos haciendo cada vez más pequeños, volviendo a ser humanos. Nos quedamos así, exhaustos y con el corazón aún en un puño, abrazados y sonrientes, con los ojos humedecidos. Wow. Dijo alguien y el otro dijo lo mismo y permanecimos así, en silencio, un buen rato.

    Pronto, las necesidades fisiológicas hicieron acto de presencia. Karlaina se levantó para ir al baño y yo aproveché su ausencia para buscar mi ropa y el paquete de tabaco. Una vez vestido, salí al pequeño balcón y encendí un cigarro viendo pasar los escasos coches que a esa hora recorrían las carreteras. Había un cruce con un semáforo que iba del rojo al verde y viceversa. Las calles estaban mojadas y el ambiente fresco me resutó reconfortante. En algún momento había caído una buena pero no nos habíamos enterado. Eso ocurrió en otra parte de la realidad donde no estábamos ni Karlaina ni yo. Un coche esperaba a que el semáforo le diera paso. Un transeúnte paseaba al perro por la acera de cemento, camino del parque unos metros más allá. ¿Me quedaría allí para siempre? Entonces no me hubiera importado. La vida me había llevado por muchos caminos y en ese momento, los sinsabores vividos me parecían elementos lógicos de una narración con final feliz, si ese fuera su final y ahora terminara la historia.

    Karlaina llegó y se puso a mi lado a mirar el paisaje que iluminaba la luz alternante del semáforo. Are you hungry? Yes, I am always angry. Reímos esa broma que solo entendíamos nosotros y nos dimos un beso. Muchas gracias me dijo y yo le pregunté Why pero ella no me respondió. Te quiero dijo alguien luego por primera vez en mucho.

    Cuando se terminó el cigarro entramos y fuimos a cenar. En Bélgica hay unos establecimientos típios que me encantaban, donde se venden friturías como patatas fritas, salsichas y cosas por el estilo. Siempre pedía salsa samurai y ella picoteaba cuatro cosas mientras me miraba devorar como una bestia hambrienta. Karlaina y yo no podíamos hablar mucho porque ninguno de los dos conocía el idioma del otro, pero habíamos encontrado el idioma humano más real y tangible: el de los cuerpos y el alma. Tuvimos largas conversaciones sin mediar muchas palabras y nos conocimos a fondo solamente por el hecho de pasar tiempo juntos y vivir las experiencias que nos tocaron.

    En el transcurso de esos días, fuimos a Amberes, que quedaba a unos pocos quilómetros del Merelbeke. Lo más famoso de aquella ciudad, que en un tiempo y durante un breve plazo hubo sido del mismo país que el mío, era la estación de tren, por eso Karlaina había escogido ese transporte para llegar a ella. Al parecer, la estación de tren de Gante había aparecido en muchas películas que yo no había visto e inspirado otras estaciones en ciudades europeas donde yo no había estado. No recuerdo mucho de la ciudad más que una calle larga, al salir de la estación, repleta de joyerías donde se compraba el diamante y se vendía, y a judíos con el traje ortodoxo, las barbas largas y las trenzas, esos seres mitológicos que yo había visto en las películas, hablando entre sí o paseando.  

    Echamos ese día sabiendo que ya nos quedaba poco para separarnos. Mañana, deberíamos volver al aeropuerto de Charlorai, dado que el de Zaventem había quedado inutilizado por la explosión. Sabíamos que llegaban horas de estrés y días de separación hasta que encontráramos la oportunidad de volver a vernos, si es que esta se producía.

    Una melancolía agradable nos invadía y hacía que los momentos fueran tan bonitos como una lágrima. Paseamos por la ciudad bajo un cielo gris y un aire ausente. Visitamos el centro y, después de comer, emprendimos el viaje de vuelta porque tampoco encontramos nada interesante que hacer o no tuvimos ganas de hacer nada. Había en el ambiente un clima de preocupación por los recientes atentados y la gente se preguntaba cuál sería el futuro de Europa, y Karlaina y yo nos preguntámos lo mismo sobre nosotros. Ninguno supimos qué responder, más que vivir y dar otro paso y otro.

    Lo que más me gustó de Amberes fue, efectivamente, la estación de tren. Los trenes siempre me han inspirado la sensación de nuevas oportunidades al final de la vía, mucho más que los aviones, que se parecían más a un ascensor que a un camino. Dimos una vuelta entre las arcadas decimonónicas de la estación, observando el techo altísimo y la ligera arquitectura de hierro, que se había hecho famosa gracias a la Torre Effiel. Encontramos nuestro tren en uno de los andenes inferiores y decidimos esperar allí hasta que saliera, huyendo del frío, dando rienda suelta al triste y amable sopor que nos invadía. Dos soldados con fusil apostados en un lugar estratégico nos recordaban que vivíamos en un mundo hostil y vigilado. No hicimos caso de su imagen que se veía a través del grueso cristal. Permanecimos el uno junto al otro, sentados en el vagón completamente vacío, Karlaina apoyada sobre mí mientras mi brazo la abrazaba sobre los hombros y yo reclinaba la espalda sobre la ventana. You know what. No, I don’t.

    Te quiero, dijo el otro. Y esa fue la última vez, pero entonces ninguno lo sabíamos.

    Nota del autor: ¿Te ha gustado este texto? No dudes en dejar un comentario y susciribirte. Subo contenido al blog todos los domingos. También dispones de las historias que ya se han publicado hasta la fecha haciendo clic aquí.
    Nos vemos por los textos. Un abrazo,

    El Pobrecito Escribidor

  • El misterio de la escritura. Homenaje al escritor Marcelo Cohen

    El misterio de la escritura. Homenaje al escritor Marcelo Cohen

    Querido Marcelo:

    Voy a hablarte como si estuvieras vivo. Hacía mucho que no hablábamos. Lo último que nos dijimos fueron buenas palabras para proyectos futuros: yo había aprobado las oposiciones y a ti te habían puesto cadera nueva. Un horizonte se abría para nosotros. Quedamos en que hablaríamos para próximas reseñas literarias. Eso fue a finales de 2021 y a finales de 2022 me enteré, por un amigo, de tu muerte repentina. Noticia que me atravesó el corazón en dos partes y me dejó clavado en el suelo como el rayo.

    Es tanto lo que tengo que agradecerte. Has sido el único escritor, editor, traductor, literato, que me hizo caso de veras. Tus correos fueron para mí claves técnicas. Nunca me hiciste perder la ilusión y no dejaste de creer en lo que escribía. Seguramente por bondad cristiana o judaica, aplaudías mi natural entusiasmo y mis ganas de mejorar. Fuiste amable y bueno conmigo, en un mundo donde la crueldad es norma porque los escritores pasan hambre de éxito y de aprecio, y tratan a los demás como a sí mismos. Tú me enseñaste el oficio, a ver las palabras como arcilla y los textos como objetos hijos de un trabajo constante y humilde, a veces artístico e imperecedero. Por tu amistad conseguí publicar tres párrafos en OP, luego me defenestró Jota Ce y, al cabo del tiempo, no sé quién quedará, supongo que nadie. Hace poco vi que Jota Ce movía uno de sus libros, ciegamente visionarios, en el club de lectura de la biblioteca de mi ciudad. No será para él la gloria que tanto ansía, me atrevo a visionar cruelmente yo. Tú siempre fuiste amable conmigo. No sé qué me viste, supongo que amor por la literatura. Gracias.

    Quería contarte una casualidad, que quizá no sea tal sino el argumento lógico de una historia que los vivos sólo intuimos y cuyo misterio tú ya debes conocer. Después de las oposiciones, he seguido trabajando en mis escritos. De hecho, he creado una página donde cuelgo mis historias todos los domingos, como esta que te escribo ahora. Quería enseñarte mis textos de ahora y retomar el contacto, pero nunca encontraba el momento. Seguramente estabas ocupado con traducciones, revisiones y ficciones, no quise molestar. Vi que publicaste un libro y a punto estuve de leerlo y reseñarlo, como hice con el anterior de buena gana y sin esperar contrapartidas, pero yo también andaba ocupado siendo padre, marido, profesor y escribidor. Postergué demasiado este correo.

    Pero una serie de circunstancias concurrieron juntas. Resulta que adquirí el libro The Last Night of the Earth Poems de Charles Bukowski, con quien comparto el ninguneo por parte de los literatos anodinos como Jota Ce. Había leído algunas traducciones de su poesía, pero me parecieron insuficientes y, movido por un resorte vital, me dediqué a traducir algunos de los poemas presentes en ese volumen. Muchas fueron las dudas que me asaltaban a la hora de hacer ese ejercicio: hasta qué punto respetar los deliberados errores en el uso de las comas; si debía prevalecer el juego fónico del sonido de las palabras o su significado; cuando hay dos palabras diferentes que en español se escriben con la misma, cómo hay que proceder; estas y otras cuestiones me hacían pensar en ti.

    Sin embargo, continué con bastante buena fortuna mis traducciones adánicas, que encontraron muy buena acogida entre mis lectores de Facebook. Es curioso que cuando uno empieza la publicación diciendo: Últimos poemas de Bukowski, se genera una oleada de reacciones que no ocurre si pongo las mismas palabras al final del texto. Los caminos de la literatura son inescrutables e irónicamente divertidos. El caso es que no iba a escribirte aún, en parte temiendo la puerta cerrada de un silencio definitivo.

    Por otra parte, permíteme el juego, el pasado otoño me embarqué en el proyecto de hacer una tesis doctoral sobre la enseñanza de literatura en secundaria. Se trata de un intento sisifítico por acercar los clásicos al futuro: a los adolescentes. Muchos de mis colegas han tirado la toalla, pero tú sabes que mi entusiasmo no conoce límites. El caso es que he ido rastreando obras que reflexionen sobre la importancia de leer, los beneficios de la lectura, qué nos aporta este ejercicio difícil pero imprescindible, etc. Cuál es mi sorpresa cuando, pido unos libros en la biblioteca de mi ciudad y, cuando me llegaron al cabo de dos semanas viajando por correos, leo Cómo leer y por qué de Harold Bloom, editado por Anagrama, TRADUCCIÓN DE MARCELO COHEN. En ese momento casi tuve una epifanía: no debía tardar mucho en escribirte y contarte lo que me había pasado. Qué ibas a decir, te lo puedes creer, eran mis alegres preguntas.

    Paseando con dos amigos, uno de los cuales ha publicado en OP con más suerte que yo aunque fuimos arrojados ambos por la misma ventana, comencé hablando de ti, dispuesto a contarles la anécdota que acabo de referir. No me dio tiempo a decir tu nombre cuando mi colega dijo: Ha muerto, tío. No di crédito hasta que me mostró el mensaje en la cuenta de Twitter de la revista, no por desconfiado, sino porque parecía un giro de guion imposible, ilógico, que si estuviera en una novela resultaría irreal y forzado, pero era la vida, y la muerte, la tuya y la mía, de nuestra amistad sincera.

    Durante un tiempo no supe qué hacer con esta carta sin escribir, ya no tenía sentido escribirte si no podías leerme en este mundo. Me dejé llevar por los muchos quehaceres de la rutina. Pero hace poco recibí un correo que me hizo sonreír de nuevo. Un tal Ayesha (Álex) nos invitaba a hacerle un homenaje a Marcelo Cohen, reuniendo toda la correspondencia que tuviéramos de él o refiriendo anécdotas y recuerdos que tuviéramos por su amistad. Me pareció una iniciativa preciosa y me dispuse a encontrar un momento para navegar en la bandeja de entrada y salida, para escuchar de nuevo la voz nunca oída de Marcelo leyendo sus párrafos infinitos. Resultaba que el gran Marcelo Cohen no solo había sido generoso conmigo, sino con un grupo nutrido de escribidores como yo, consciente como era de que tanto los troncos grandes como las ramas finas mantienen encendido el fuego inextinguible de la literatura iberoamericana.

    Antes que yo, contestó alguien de la revista OP, de la cual Marcelo era director junto con su mujer. Resulta que rechazaban de plano la idea de publicar su correspondencia, ninguneaban al que había tenido la idea y, en fin, protegían la memoria del gran hombre enterrándola tras sus pequeñas miserias. Supongo que esa clase de gente rodeaba a Marcelo Cohen, quizá por eso gustaba de cartearse con quienes no ganaban nada con su amistad, con quienes soñaban con escribir la gran obra, sencillo como todos los genios.

    Hasta siempre, Marcelo, amigo. Aquí quedaremos los escribidores recordándote y recomendando tus novelas, traducciones, artículos y epístolas. Fuimos privilegiados por haberte leído y seguiremos siéndolo en el futuro, porque te seguiremos leyendo. Quizá un día nos encontremos frente a frente y nos cuentes cuál era el misterio de la escritura.

    Un abrazo,

    Ricardo

  • Charles Bukowski – Últimos poemas

    Charles Bukowski – Últimos poemas

    un día raro

    era uno de esos días calientes y sofocantes en Hollywood
    Park
    entre la muchedumbre, la
    sofocante, ruda, tonta
    muchedumbre.

    gané la última carrera y me quedé para cobrar y cuando me
    metí en el coche
    había un gran atasco en el intento de
    salir de allí.

    así que me quité los zapatos, me quedé sentado y esperé, encendí la
    radio, sintonicé algo de música clásica, encontré
    una pinta de escocés en la guantera, la
    abrí, y le di un
    tiento.

    voy a dejarlos salir a todos,
    pensé, después me
    iré.

    encontré ¾ de un puro, lo encendí, le di otro tiento
    al escocés.

    escuchaba la música, fumaba, bebía el
    escocés mientras miraba a esos perdedores
    irse.

    había incluso un pequeño partido de mierda jugándose
    unas 100 yardas al
    este.

    luego se
    terminó.

    decidí acabarme la
    pinta.

    lo hice, luego tumbé el
    asiento.

    no sé cuánto tiempo
    dormí
    pero cuando me desperté estaba oscuro y
    el solar del aparcamiento estaba
    vacío.

    decidí no ponerme los zapatos, encendí el coche
    y conduje fuera de
    allí…

    cuando llegué a casa el teléfono estaba
    sonando.

    mientras ponía la llave en la puerta y abría,
    el teléfono continuaba
    sonando.

    entré, descolgué el
    teléfono.

    “diga”

    “hijo de puta, dónde has
    estado”

    “en el hipódromo”

     “¿en el hipódromo? ¡son las 12.30 am! ¡te he estado
    llamando desde las
    7 pm!”

    “acabo de llegar del
    hipódromo.”

    “¿estás con otra
    mujer?”

    “no.”

    “no te creo!”
    colgó.

    fui a la nevera, agarré una cerveza, fui al
    baño, dejé que el agua corriera en la
    bañera.

    el teléfono sonó
    de nuevo.

    salí de la bañera con mi cerveza y
    chorreando
    llegué donde el teléfono, y lo
    descolgué.

    “diga”

    “¡maldito hijo de puta, todavía no
    te creo!”

    colgó.

    volví a la bañera con mi cerveza,
    dejando un rastro de
    agua.

    mientras me metía dentro de la bañera
    el teléfono sonó
    de nuevo.

    dejé que sonara, contando, los
    timbrazos: 1,2,3,4,5,6,7,8,9,
    10,11,12,13,14,15,
    16…

    colgó.

    luego, quizá, 3 o 4 minutos
    pasaron.

    el teléfono sonó
    de nuevo.

    y conté los timbrazos:
    1,2,3,4,5,6,7,8,
    9…

    después se
    paró.

    en ese momento me acordé de que me había
    dejado los zapatos en el
    coche.
    no importaría, excepto porque solo tenía
    ese par.

    maldita la hora, sin embargo, en que alguien
    quisiera robarme ese
    coche.

    salí de la bañera a por otra
    cerveza,
    dejando otro rastro
    detrás de mí.

    fue el final de un
    largo
    largo
    día.

    aire y luz y tiempo y espacio

    “-sabes, antes tenía familia, un trabajo, algo
    siempre se interponía en el
    camino
    pero ahora
    he vendido mi casa, he encontrado este
    sitio, este amplio estudio, deberías ver el espacio y
    la luz.
    por primera vez en mi vida voy a tener el lugar y el tiempo para
    crear.”

    no cariño, si vas a crear
    vas a hacerlo aunque trabajes
    16 horas al día en una mina de carbón
    o
    vas a crear en una habitación minúscula con 3 niños
    mientras estás en
    paro,
    vas a crear con una parte de tu mente o de tu
    cuerpo
    jodida,
    vas a crear estando ciego
    tullido
    demente,
    vas a crear con un gato subiéndote por la
    espalda mientras
    la ciudad entera tiembla por un terremoto, bombardeo,
    riada e incendio.

    cariño, aire y luz y tiempo y espacio
    no tienen nada que ver con esto
    y no crean nada salvo
    quizás una vida más larga para encontrar
    nuevas
    excusas.

    el águila del corazón

    ¿sobre qué estarían escribiendo en unos 2,000 años desde
    hoy
    si ellos estuvieran
    aquí?

    ahora
    bebo cabernet Sauvignon mientras
    escucho a
    Bach: es lo
    más curioso: esta
    continua muerte
    esta
    continua vida.

    mientras
    miro a esta mano que
    sostiene un cigarrillo
    me siento como si
    hubiera estado aquí desde
    siempre.

    ahora
    tropas y bayonetas
    saquean
    la ciudad baja.
    mi perro, Tony; sonríe para
    mí.

    está bien
    sentirse bien
    sin ninguna razón;
    o
    con una limitada
    capacidad para
    escoger
    bueno;
    o con un pequeño amor,
    para no ceder ante el
    odio.
    fe, hermano, no en los
    dioses
    sino en
    ti mismo:
    no preguntes,
    habla.

    yo te digo
    una buena
    música
    espera
    en las
    sombras
    del
    infierno.

    se acerca el siglo 21

    era la fiesta de fin de año en mi casa
    creo.
    yo estaba de pie con una bebida cuando
    ese chico flaco se me acercó
    estaba algo borracho dijo

    “Hank, conocí a una mujer que dijo
    que estuvo casada contigo durante 2
    años.”

    “¿de verdad?
    ¿cuál era su
    nombre?”

    “Lola
    Edwards.”

    “no sé de quién
    hablas.”

    “anda, venga, hombre, dijo
    él…”

    “no la conozco,
    cariño…”

    de hecho no sabía quién
    era él…

    terminé mi copa fui a la cocina a
    servirme otra.

    miré alrededor 
    sí, estaba en mi casa
    reconocía la
    cocina.

    otro

    feliz año nuevo

    Jesús.

    salí de allí
    para aguantar a la
    gente.

    para partirse de risa

    venga, vamos a verle, este viejo es para
    partirse de risa, tiene 50 años, se sienta
    en calzoncillos y camiseta interior
    bebiendo vino de su astillada y blanca
    copa.
    se sienta con las cortinas bajadas y
    nunca ha tenido televisión.
    si sale un rato es para comprar más
    vino
    o al hipódromo con su bebé azul
    ’58 Comet.

    si vas por allí verás que siempre está turbado, una mujer
    se ha ido para siempre y
    él finge llevarlo con chulería pero
    esa pequeña comisura de sus ojos está llena de
    dolor.

    derrama los vasos por doquier, se dedica a tragar
    esa basura cuello abajo y luego a veces se
    levanta y vomita.
    es un gran tipo. puedes
    oírle desde varias manzanas.
    después aparece y se sirve otra
    copa.
    sigue y sigue bebiendo
    y entonces de vez en cuando dice algo
    loco como, “cualquier cosa que 3 perros puedan hacer, 4 perros
    lo harán mejor”
    y otras por el estilo.
    o revienta el vaso de cristal o la botella contra
    la pared.

    ha trabajado como celador en un
    hospital durante 15 años
    luego lo dejó.
    no duerme por las noches.

    para ser un tipo tan feo
    no entiendo cómo consigue a todas esas
    mujeres.
    encima es celoso.
    atrévete a mirar a una de sus mujeres
    y te machacará.

    suele emborracharse y cuenta locas
    historias y canta.
    y ¿sabes qué? escribe
    poesía

    venga, ven a verlo, este viejo
    es para partirse de
    risa.

    hola, Hamsun

    después de dos botellas y media
    que no han conseguido endurecer mi triste
    corazón

    camino en esta ebria
    oscuridad
    hacia mi habitación
    pensando en Hamsun quien
    se comió su propia carne para
    ganar tiempo para
    escribir

    arrastro hacia la otra
    habitación
    un hombre
    viejo

    pez abisal de la noche
    nada hacia arriba
    a los lados
    abajo.

    la muerte se fuma mis cigarros

    sabes: estoy borracho otra vez
    aquí
    escuchando a Tchaikovsky
    en la radio.
    Jesús, ya lo escuchaba 47 años
    atrás
    cuando era un escritor muerto de hambre
    y aquí está
    otra vez
    y ahora que soy un éxito menor como
    escritor
    la muerte anda
    arriba y abajo
    en este cuarto
    fumándose mis cigarros
    tomando sorbos de mi
    vino
    mientras Tchaik está trabajándose
    la Pathétique,
    ha sido un buen trecho
    y cualquiera suerte que he tenido fue
    porque tiré los dados
    bien:
    morí de hambre por mi arte, morí por
    conseguir 5 malditos minutos, 5 horas,
    5 días-
    sólo quería apuntar la
    palabra;
    la fama, el dinero, no importaban:
    yo quería la palabra escrita
    y ellos me querían en la fresadora,
    en fábricas con cadena de montaje
    ellos querían que fuera reponedor en una
    tienda.

    bueno, dice la muerte, mientras camina,
    te voy a llevar conmigo igual
    no importa lo que hayas sido:
    escritor, taxista, chuloputas, carnicero,
    piloto, te voy a llevar
    conmigo…

    okey, cariño, le digo.

    bebemos juntos ahora
    mientras la una am se desliza hasta las 2
    am y
    sólo ella sabe el
    momento, pero funcionó el truco
    otra vez: conseguí mis
    5 malditos minutos
    y mucho
    más.

    el infierno es una puerta cerrada

    incluso cuando me moría de hambre
    las cartas de rechazo casi nunca me molestaban:
    pensaba solamente que los editores eran
    verdaderamente estúpidos
    y simplemente continuaba y escribía más y
    más.
    incluso consideraba los rechazos como
    acción; era peor era el buzón
    vacío.

    si he tenido una debilidad o un sueño
    es
    solo querer ver uno de esos
    editores
    que me rechazaron,
    para ver la cara de él o de ella, la manera como
    se visten, el modo como andan cruzando la
    habitación, el sonido de su voz, como miran
    a los ojos…
    solo un vistazo a uno de
    ellos-

    sabes, cuando todo lo que ves es
    una hoja de papel
    diciéndote que tú
    no eres tan bueno,
    entonces hay una tendencia
    a pensar que los editores
    son más parecidos a divinidades de lo
    que son.

    el infierno es una puerta cerrada
    cuando te estás muriendo de hambre por tu bendito-
    maldito arte
    pero a veces sientes que casi puedes echar un
    vistazo a través de la
    cerradura.

    joven o viejo, bueno o malo,
    creo que nada muere tan lento y tan
    duro como un
    escritor.

    una persiana bajada

    lo que me gusta de ti
    me dijo ella
    es que eres un bruto-
    mírate sentado ahí
    con una cerveza en la mano
    y un cigarro en la boca
    y mira el
    pelo sucio de tu barriga
    saliéndose de
    debajo de la camiseta.
    te has quitado los zapatos
    y tienes un agujero
    en tu calcetín derecho
    por donde se te sale
    el dedo gordo.
    no te has afeitado en
    4 o 5 días.
    tus dientes están amarillos
    y tus cejas
    caen
    torcidas
    y tienes suficientes
    cicatrices
    para espantar a
    cualquiera.
    siempre hay
    mugre
    en tu bañera
    tu teléfono
    está cubierto de
    grasa
    y
    la mitad de la mierda en
    tu nevera está
    podrida.
    nunca
    lavas el coche.
    tienes los periódicos
    de hace una semana
    por el suelo.
    lees revistas
    sucias
    y ni siquiera tienes
    televisión
    pero bien que haces
    pedidos a la
    tienda de licores
    y das buenas
    propinas.
    y lo mejor de todo
    no obligas
    a una mujer a
    meterse en la cama
    contigo.
    de hecho pareces poco
    interesado
    y cuando te hablo
    tú no
    dices nada
    solamente
    miras alrededor
    de la habitación o
    te rascas el
    cuello
    como si no
    me escucharas.
    tienes una vieja
    toalla mojada en
    el fregadero
    y una foto de
    Mussolini
    en la pared
    y nunca te
    quejas
    de nada
    y nunca haces
    preguntas
    y te he
    conocido por
    6 meses
    pero no tengo
    idea de
    quién eres.
    tú eres como
    una
    persiana bajada
    pero es lo que
    me gusta de
    ti:
    tu crudeza:
    una mujer puede
    salir
    de tu
    vida y
    olvidarte
    muy rápido.
    una mujer
    no puede ir a otro sitio
    que ARRIBA
    después
    de dejarte,
    cariño.
    debes de
    ser
    lo mejor
    que nunca le
    haya pasado
    a
    una chica
    que está entre
    un tipo
    y el siguiente
    y no tiene
    adónde ir
    por el momento.
    este puto
    escocés es
    fantástico.
    vamos a jugar al las
    palabras cruzadas.  

  • Escribir para los amigos

    Escribir para los amigos

    Uno escribe para que lo quieran sus amigos. Esa frase del escritor Gabriel García Márquez me ha dejado pensando muchas veces. El pasado viernes, aparqué mi coche en el centro de la ciudad y me dirigía, cavilando esta sentencia, hacia la presentación de la última novela de Fernando Parra Nogueras, en la librería La Capona. Eran las seis y media de la tarde, hasta en punto, disponía de tiempo.

    A menos veinte había recorrido el trayecto que me separaba del instituto, donde trabajo y aparco, hasta la calle de la librería. Como en la misma calle está la Biblioteca Pública, entré en el viejo edificio para pasar el tiempo mirando las novedades. Ninguna era el nuevo libro que se iba a presentar a doscientos metros más allá, pero no me extrañó.

    Fernando Parra Nogueras es el segundo mejor novelista, vivo, tarraconense, que puede leerse en la actualidad. De ahí mi interés por verlo de cerca. Les había dicho a algunos de mis amigos y conocidos si querían acompañarme, pero un viernes por la tarde es un mal día para la literatura y nadie quiso venir conmigo. Aunque yo de Fernando no he leído (aún) ningún libro, conozco sus artículos de El Diari, que luego aparecen en su web, lo sigo en redes y estoy al día de lo suyo. Por eso sé que él es la propuesta narrativa más apetecible de esta maravillosa ciudad literaria, aunque viva en Alicante. 

    En estas cavilaciones, salí de la biblioteca y llegué a la librería. Había un reducido grupo de personas en la puerta del establecimiento, alguno con sombrero nuevocentista. Nuestras miradas se encontraron un momento, casi me saludaron. Entré directo y fingí mirar las novedades. En uno de los estantes se exponía la obra, ahora sí, de Fernando Parra Las cinco vidas del traductor Miranda (Ed. Funambulista). Eché de menos los otros libros del autor, que yo quería adquirir, como El Antropoide (ed. Candaya) y Persianas (Ed. Funambulista). Mientras, por el rabillo del ojo, no perdía detalle de los personajes de la concurrencia. Gente de entre cuarenta-sesenta años iba llenando la librería y, las más de las veces, se saludaban con dos besos despaciosos. Parecían conocerse entre sí, todos eran amigos y, lejos de sentirme extraño, me gustaba, aunque yo no conociera a nadie. Una vez saludados, empezaron a dirigirse escaleras arriba.

    Para ser un buen cronista, uno tiene que saber ser un fantasma: moverse entre los personajes como un narrador en tercera persona, observar lo que sucede sin alterarlo. Ocupé una de las últimas filas, intenté que no se me viera mucho para ver yo lo mejor posible. Fernando saludaba a los presentes de forma afectuosa. Estaba cansado del viaje que había realizado con su mujer. No tenía voz, pero sí brazos para echarlos sobre un par de niñas que habían acompañado a los abuelos, o a los padres, a la librería y que él conocía. La escena me resultó emotiva y se desarrolla en mi memoria a cámara lenta, como si fuera la escena de una película navideña. Soy un hombre cálido y tierno, decían sus gestos y mirada, Estoy un poco cohibido, amigos, pero contento de que estéis aquí. 

    Poco a poco, los bultos fuimos tomando asiento, ocupando las sillas azules. Hubo un pequeño problema de aforo, más localidades fueron necesarias y rápidamente se dispusieron. Fernando Parra tenía muchos amigos entre el público y parece ser que se habían superado las expectativas del aforo. Seríamos unas cuarenta personas en la sala. 

    En una mesa pequeña, la presentadora y el escritor empezaron a hablar de su libro. Ferando Parra Nogueras, 1978, como yo, dijo la presentadora. Eché cálculos: en 2018, cuarenta años, en 2022, cuarenta y cuatro. Me acordé del meme de “gente que lee libros” y salen dos personajes bien plantados, y luego “gente que escribe libros” y aparece una foto de Houellebecq. Los dos, presentadora y escritor, representaban muy bien esa pareja. Ella habló muy bien de Fernando y de sus años compartidos en el BUP y el COU y mientras lo dibujaba con recuerdos yo ahondaba en su figura. Cuerpo enjuto que no había conocido el deporte desde los años del instituto, expresión concentrada, gafas en unos ojos maltratados por la letra diminuta de los libros y las pantalla del ordenador, a altas horas de la noche escribiendo para no se sabe bien qué. Todo lo contrario de su compañera en la mesa, que se conservaba muy bien. Es el precio de la literatura que Fernando Parra Nogueras paga a cambio de ser ese buen escritor. 

    Le tocó hablar a él y nos contó un poco de qué iba el libro. El tal traductor Miranda es el pseudónimo del personaje que traduce Los versos satánicos de Salman Rushdie, contra cuya vida se ha atentado recientemente. En 1989, el ayatolá Jomeiní promulgó la pena de muerte para él y para cualquiera que difundiera aquella obra pecaminosa. Ya se sabe que cuanto más riesgo, más morbo, y el lío fue todo un fenómeno literario. En la vida real, algunos de los traductores fueron asesinados o tuvieron problemas; aquí tenemos al traductor Miranda, personaje de Fernando, que como quiere suicidarse, va por el mundo diciendo que es quien no es, a ver si aparece el árabe integrista que lo quite de en medio. 

    Según Parra, los temas que más le preocupan, y que aparecen en sus tres libros, son la culpa y la identidad. Yo añadiría que su punto de vista es el de un escritor valiente. Cuando la sociedad mira para otro lado, el vate va con su linterna, o su quinqué, a iluminar aquello que no debe ser visto. Si se hace con gracia, quizá se consigue un puesto en la historia de la literatura, y a eso aspiran escritores como Parra. Lo mejor de leer a narradores de raza como Fernando es que tienen el sueño de escribir la mejor novela de su tiempo, y se dejan la vida en el intento. A diferencia de esos otros escritores consagrados que van repitiendo siempre el mismo libro para medrar, los escritores como Fernando se juegan la salud y la fama escribiendo novelas en la frontera de la realidad y la ficción, iluminando zonas deliberadamente oscuras por nuestra ceguera. Vive con la muerte en los talones de la escritura. En su libro se la juega y sus personajes también. Y tanto sufrimiento y sacrificio para qué, pensaba yo sin quererlo al oír lo de Rushdie, y Gabriel García Márquez respondía: Para que lo quieran sus amigos.

    El talento para escribir se tiene o no se tiene. Cuando yo era más joven solía pensar que cualquiera puede llegar a ser un escribidor solvente con ganas y práctica, pero no es así. La diosa de la escritura escoge a sus elegidos caprichosamente, pide sacrificios y corazones humanos. Se puede vivir de la literatura muy bien sin tener el menor talento para este arte. No es el caso de Fernando. Parra posee la bendición disfrazada de la escritura, que sus amigos intuyen y los extraños, como yo, conocemos solo con verlo. Cuando uno está frente a un escritor así sabe que en su ficción, mejor o peor, no hay mentira ni falsedad. Sinceramente, a veces su prosa puede resultar alambicada, estirada y de café con leche, pero luego sus palabras arden y las pavesas vuelan hasta mí.

    Con estos pensamientos, me revolvía emocionado en mi silla azul y tomaba las últimas notas en mi cuaderno febril. El acto terminó y los amigos de Fernando, todos los asistentes que habían acudido al acto, fueron a felicitarlo de nuevo. Yo solo conseguí levantarme y marcharme aturdido de allí, como si fuera el joven Werther, quería lanzarme al río de la ciudad. Mientras subía hacia mi coche, mis emociones se iban asentando y tomando forma de futuro texto. No me llevé el libro firmado, me arrepentí. Arranqué y me marché a casa, aún enfebrecido por la borrasca de ideas en mi corazón. 

    Pasó el sábado y llegó el domingo. Fuimos mi mujer, mi hija y yo a una feria local, tan lejos y tan cerca de la literatura, y encontramos a un amigo a quien hacía tiempo que no veía, alguien cuya opinión aprecio mucho aunque él no tenga nada que ver con la filología, las editoriales, ni la prensa, pero cuya visión y comentarios me alumbran. Hablamos de lo que había escrito últimamente, de lo que estaba escribiendo ahora, de lo que iba a escribir mañana, y me ha hecho pensar en Fernando Parra Nogueras porque

    Uno escribe para que lo quieran sus amigos. 

  • Todo es ficción en realidad

    Todo es ficción en realidad

    Manuel Pérez Montalbano se pregunta, otra vez, por qué. Será por la bebida, por las comidas copiosas, por los lejanos años de tabaquismo. Seguramente, aunque hay muchos otros tipos que llevaron una vida peor y vivirán más que él; y otros que cuidaron la salud como una moneda de oro en paño y la perdieron en un accidente fatal, la vida es así, y él lo ha dejado escrito mejor que nadie. Es el rey de la ficción española.

    Ha llorado, pero no mucho. La educación castrense de una infancia en el primer franquismo le ha enseñado que los hombres no lloran. Así ha vivido y así terminará, no hay más remedio. Quizás por nostalgia, rememora aquellos años y no le parecen tan malos, sobre todo en comparación con este nuevo milenio que él no verá más que nacer. Piensa en que pronto llegará el fin del mundo, y luego reflexiona sobre si desea el fin de los tiempos porque es en realidad a él se le acaba el tiempo. Ríe solo en su cuarto.

    Se levanta del sillón y se acerca al ventanal. Cae la tarde del otoño y el cielo está precioso en Bangkok. Si bien abril es el mes más cruel, octubre es el más duro, quizás es el último octubre. Obligado por un prurito de ateísmo, no ha caído en preguntarle por qué largas horas al cielo, como si su Dios agnóstico no le permitiera la esperanza de la eternidad. Un escritor es alguien que cuestiona y crea la realidad, que pasa muchas horas con seres inexistentes que claman verdades solo posibles en la ficción. Ellos saben la verdad no sospechada que existe detrás de la aparente realidad. Se oyen unos pasos a su espalda. No tiene que girarse para saber que ya ha llegado José Carvajal.

    -Aquí estamos, Manolo, en los mares del Sur. ¿Recuerdas aquellos años?

    -Cómo no. Aquella fue una buena época para nosotros. Ganábamos millones.

    -Sobre todo para ti. A mí me pintaste como borracho y putero. Es decir, me colgaste tus defectos y me utilizaste para estilizarte en mi figura delgada y fibrosa. Cuando tú, mírate, sólo eres un gordo fofo borracho y putero. Además, eres un hombre casado.

    -Solo eres un personaje y sin mí no existirías en el mundo. Ahora eres una especie de Quijote, muchos pensarán que fuiste de verdad, y lo cierto es que exististe en la ficción. Tus pasos dejarán huella en la realidad de esta vida. Agradécemelo, simple fantasma.

    -Existí para ti y te di mucho dinero. Ambos sabemos en qué lo malgastaste.

    Manuel guarda silencio. Hace tiempo que no se deja crecer el bigote. Recuerda la época dorada, cuando el detective José Carvajal, cuando era el escritor más vendido del país y parte del extranjero, cuando las duras teclas de su máquina de escribir acotaban la actualidad en sus columnas de La Vanguardia. Aquello pasó, como advirtieron los clásicos, y de aquellos años de oro solo queda el cielo dorado del otoño en Tailandia.  

    -A qué has venido, José.

    -Solo quiero advertirte de lo que pasa.

    -No me digas. Ya sé que el fin está cerca. Seguramente llegue pronto. Déjame disfrutar de esta tarde preciosa, de esta luz mágica. No quiero ver a nadie, solo vivir mis horas.

    -Nos olvidarán.

    -¿Quienes? -Entonces Manuel se gira. Lo ve sentado en el sillón de cuero que él ocupaba antes de haberse levantado para acercarse al gran ventanal, que inunda con luz amarilla la sala. Carvajal está fumando un cigarrillo y bebiendo un vaso de vino blanco.

    -¿De dónde has sacado el vino?

    -Lo he traído yo. ¿Quieres una copa? Es tu preferido. -Carvajal iba arrancando las páginas de un libro grueso, Independencia de Javier Cercas, y las iba echando en la hoguera que ardía con una lumbre amable. En la habitación no hacía ni frío ni calor.

    -No me apetece. 

    -A mí no hace falta que me engañes. -Preparó una copa y se la tendió. El líquido frío y verdoso resplandecía en medio de la sala. -Esta será nuestra última copa. Date el gusto.

    Manuel cogió el vaso y volvió junto a la ventana. La tarde parecía detenida, la oscuridad parecía no atrever a ocupar su lugar en el cielo y el ambiente era cálido y amable. Se sentía feliz, capaz de afrontar cualquier eventualidad. Como cuando escribía en éxtasis y el teclado de la máquina sonaba como una metralleta que hería el papel sin romperlo, como cuando se transformaba en Carvajal y nada era imposible a través de su personaje.

    -Escribir envejece, sabes. Yo te he dado parte de mi alma y ahora vienes a sentarte en mi sillón a beberte mi vino y a amenazarme con noticias fatales. La muerte se está fumando mis cigarrillos. Me das mucha lástima, José, eres un desagradecido. Yo soy tu Dios y merezco un poco de respeto por tu parte.

    -¿Y qué respeto le tienes tú a tu Dios?

    -El mío no existe.

    -¿Acaso existes tú?

    Montalbán hace un gesto cansado. -Los dos hemos leído mucho, demasiado. No me aburras con tu cháchara unamuniana sobre lo que existe y lo que no. Márchate y déjame disfrutar de la tarde, o cállate y disfrutemos los dos del vino y del silencio que se cierne.

    -Van a olvidarnos, Manolo. Todo lo que hicimos, todo lo que les dimos, no servirá de nada. Dentro de veinte años ya nadie sabrá que un día recorrimos las calles de esta maldita ciudad resolviendo entuertos, amando putas y cerrando bares. Tierra. Polvo.  

    -¿Quiénes van a olvidarnos? Por primera vez te expresas con torpeza, no te entiendo.

    -Sí me entiendes.

    -¿Te refieres a los lectores?

    -A quién si no.

    -Creo haber dejado un legado lo suficientemente importante como para ser recordado por siempre. Mis libros, mis artículos, las conferencias que pronuncié… eso quedará para la historia y siempre habrá alguien que me reivindique como lo que soy.

    -¿Y qué eres?

    Dudó un momento. -El mejor escritor de novela negra que ha dado la lengua española.

    -Tu orgullo no me sorprende. Pero ya te adelanto que nos olvidarán. Dentro de veinte o treinta años solo quedará un tipo cualquiera dibujándote en uno de esos ordenadores de ahora, contando una historia apócrifa de lo que nosotros fuimos, inventándonos sin rigor histórico. Sólo seremos el caldo gordo de una historia que nunca sucedió: la nuestra.

    -Habrá biógrafos y especialistas, gente versada en el tema. Como aquel joven granadino, el que se casó con aquella gorda…

    -García Montero.

    -Exacto. Gente como esa contará nuestra historia.

    -Sabes que los críticos literarios mienten más que los escritores. Se quedan con lo superficial y no con la esencia. Pero incluso esos te olvidarán, somos demasiado puteros y demasiado borrachos para los cánones del nuevo milenio. Nos callarán por fascistas.

    -Pero si siempre fui comunista, de los de carné. El mundo lo sabe.

    -Eso les dará igual. No lo verás, pero es así.

    Manolo suspira y vuelve a mirar por la ventana a la gran ciudad, la cual abarca desde su ventana porque vive en una zona alta. Mira los edificios y el trazado rectilíneo de las calles, observa las nubes detenidas cruzando el cielo, un hilo de cobre dibuja su contorno sobre el cielo dorado de una tarde imposible a aquella hora. Le parece ver su Barcelona natal, donde ha vivido toda su vida soñando con el Sur de Gauguin. Y ahora está allí para morir en su seno. De verdad que de esos millones de personas no quedará nadie que lo recuerde en unos años, se pregunta. ¿Confundirán su persona y su legado? ¿Será el mismo Pérez Montalbano al ser evocado? ¿Será solo la sombra de una ficción?

    -Sé que mientes, pero entiendo lo que quieres decir, y probablemente tengas razón.

    -Tengo razón.

    -Pero qué más da, Carvajal. Qué importa que tú seas real y yo ficción, o que sea al revés. La gente anda por el mundo creyendo que todo está atado, pero saben que se equivocan. No lo entendemos, aunque intuimos la verdad del engaño. Tú eres más real que muchos seres humanos, y mientras alguien te lea, vivirás, me sobrevivirás.

    -No mucho más que tú.

    -A Góngora no lo olvidaron.

    -Polvo. Sombra. También a él lo olvidarán.

    Manolo apura el vino de un trago. Mira a la tarde detenida en la ventana y luego busca sus ojos en el reflejo del cristal, pero no lo consigue. Solo puede mirar a Carvajal que lo observa fijamente con un último sobro de vino en la copa. Se da la vuelta.

    -Y qué más da. Que nos olviden. Todo está bien así. Todo es vanidad. Todo es ficción en realidad.

    -Parece que ya lo entiendes. -José Carvajal se levanta. -Este es la última vez que nos veremos. Lo hemos pasado bien, viejo. Lástima que el viaje termine tan pronto.

    De repente toda su seguridad se vino abajo y el cielo de la tarde, a pesar de seguir siendo dorado, brillaba con una intensidad oscura. La sola idea de que Carvajal se fuera y lo dejara solo, en esa habitación, en aquel momento, lo horrorizaba.

    -¿A dónde vas ahora? Quédate un poco más. Podemos tomar otra copa.

    -No podemos.

    -Pero es temprano.

    -No es temprano ni tarde. -Dijo el detective con una media sonrisa. -¿No te has dado cuenta que durante este rato el sol no se ha movido? Resuelve tú solo este misterio.

    Manuel se gira. -No puede ser. -Comprueba que en efecto es así: nada se mueve en la ciudad, no pasa un alma por la calle, ni un coche. El mundo está detenido desde que se levantó del sillón y llegó Carvajal. -¿Estoy dormido? -Y el mundo nunca se detiene.  

    -Según como se mire, quizás estás despierto. Pero si estás dormido, ya no despertarás. -Abre la puerta de la habitación. -Hasta siempre, Manolo. Lo hemos pasado bien.

    -Espera un momento.

    -Nada.  

    -¡No! ¡Detente! Aún no hemos terminado. Si estoy aquí eso significa… significa…

    Sale Carvajal y cierra la puerta tras de sí. Torpemente, Manuel lo sigue y acciona el pomo, solo para comprobar que esta no se abriría. La luz brilla con más intensidad.

    -¡No! ¡No! ¡No puede ser!

    Se da cuenta de que no puede ser de otra manera. Siente miedo, llora de rodillas, reza.  

    -Hijos de puta… Hijos de puta. -Dice mirando la realidad ficticia, que pronto se borraría.

  • En el umbral

    En el umbral

    Les presento una historia de terror que tiene como protagonista a mi estimado autor de horror, Stephen King. Si alguna vez me hubiera gustado escribir como alguien, sin duda sería como él escribe. Habrá tiempo en este espacio de reivindicar a este escritor, pero hoy vamos con la historia.
    Este relato está basado en hechos y personajes reales, pero algunas partes se han ficcionado porque no pretendemos hacer una biografía, sino una historia de terror-horror que ustedes disfruten.
    Espero que lo hagan tanto como yo cuando he devorado los libros del gran SK.
    Feliz Semana de Halloween allà donde se encuentren. Un abrazo de su
    Pobrecito Escribidor

    Suena el despertador y Steve ya está despierto. Su mujer aún duerme. Va de camino al trabajo. Conduce por la carretera. El paisaje es desolador a esa hora de la mañana, la radio suena y escupe noticias. Es 1971. No le gusta ese trabajo. Su mujer está embarazada. Tiene problemas. Es un joven profesor de lengua. Lleva barba. Bebe alcohol por las noches. No tiene un duro. No sabe cómo va a pagar las facturas.

    Casi no conoce a los alumnos. El señor Stuart se ha enfermado. Tendrá trabajo para el resto del curso. ¿Debería estar satisfecho? La clase transcurre en la biblioteca. Hay una alumna que no trabaja. Está pintando sobre un folio. Los alumnos arman jaleo. Nadie lo escucha ni le hace caso. Se estresa, hay mucho ruido en el ambiente y le duele la cabeza.

    Diablos, odia ese trabajo. Recuerda a su gato. Coge al gato por el cogote y lo estruja. El animal abre las fauces, saca los dientes, emite un bufido largo y amenazador, espera su oportunidad. Le recuerda a una entidad diabólica, a un demonio de baja estofa. No sabe por qué piensa en eso mientras pasea por el aula. Le pregunta a la niña qué está haciendo. La niña sigue dibujando, con obsesión. Tiene que demostrar su autoridad.

    Pega un fuerte, fortísimo, golpe en la mesa donde la niña dibuja. Tiene el pelo muy rubio, casi blanquecino, apelmazado y sucio. Cómo te llamas. No responde. Decide quitarle de un tirón el folio donde está escribiendo. El corazón le va a mil por hora, intenta que no se le noten las emociones. El silencio en el aula es tenso. Todos los niños están observando la escena con atención. Observan como felinos el desenlace de la escena. O gana él o pierde la autoridad. Es un momento definitivo para el joven profesor. La niña levanta la cabeza. Sus ojos están enfermos, sus pupilas son enormes y el blanco de los ojos es rojo. La piel es pálida, amarillenta. Las babas caen de la comisura de sus labios. La niña lo mira con una expresión rabiosa. Steve tiene miedo, intenta que no se le note. Tiene la mano apoyada sobre la mesa. La niña estira su mano y agarra a Steve por el antebrazo. Y aprieta. Aprieta muchísimo, con una fuerza sobrenatural para ser una niña, una maldita niña, una niña maldita. Le salen arrugas en los ojos, en las mejillas. Como si la niña fuera muy vieja, tan vieja como el mundo.

    Steve intenta zafarse, pero no puede. Los niños se ponen nerviosos. La niña dice algo, pero no lo entiende. Sus dientes son amarillos, sucios, afilados. Toda ella es amarillenta, hedionda, grasienta. Es como si estuviera muerta. De hecho, está muerta. Con una fuerza aún mayor, empieza a retorcer el brazo de Steve. Si no se lo suelta se lo va a romper. No puede chillar. No quiere perder la autoridad. No sabe cómo solucionar el conflicto, evidentemente, no puede pegarle a la niña para liberarse. Menos aún frente a un montón de pequeños testigos. Estás castigada, grita. La niña lo suelta. Respira entrecortadamente por la rabia. De su pecho sale una voz ronca, como oxidada. Profe, no conocemos a esta alumna, dice uno de los niños. Es nueva de esta semana, dice otro.

    Nadie sabe quién es esa niña. Nadie le ha dicho que hubiera algún alumno nuevo. Al fin y al cabo, él es el nuevo profesor. Estás castigada, grita, sal de mi clase. Vete a la sala de los castigados. Steve abre la puerta y espera. Los niños empiezan a ponerse nerviosos de nuevo, se divierten, se exitan. El ruido es insoportable. Tiene miedo. Quiere salir huyendo de ahí, pero necesita el dinero. Su mujer está embarazada. No puede dejar el aula sola en ningún momento, son las normas. Pero sabe que corre peligro. Steve está junto al quicio de la puerta y grita. Vete, te he dicho que te vayas, vete ahora mismo de mi clase. La niña se levanta. Es pequeña, demasiado para su edad. Sus ropas son antiguas, sucias de meados. Nadie sabe qué va a pasar. Steve no sabe cómo controlar la situación. La niña corre, no se dirige a la puerta, va directamente a por Steve. Tiene algo puntiagudo que destella bajo el flexo del aula. Parece un cuchillo, un pincho, una navaja larga. Steve se arrincona contra la pared. Estira las manos estúpidamente. No logra contener los brazos ni el cuerpo de la niña que sonríe, que consigue esquivarle y clavarle la hoja fría en las tripas. Steve se muere, Steve se ahoga, no puede respirar.

    -Steve, cariño. Steve…

    -Otra vez esa estúpida pesadilla, Taby.

    -Estabas hablando. Y chillabas. ¿Estás bien? Últimamente estás un poco estresado.

    -¿Qué hora es?

    -Es sábado.

    -Es mejor que me levante. Prepararé café.

    -Steve, recuerda que queríamos llevar a los niños al parque acuático.

    -Id vosotros. Hoy tengo trabajo. Tengo una idea, una buena historia.

    Tabitha no dice nada. Se limita a suspirar y a permanecer en la cama. Los niños aún duermen en el piso de arriba. La casa está tranquila. Steve enciende un cigarro y se encamina hacia el sótano donde tiene la máquina de escribir. Le gusta escribir por la mañana, cuando todo el mundo duerme y el cuerpo aún está en el mundo onírico. La mente trabaja mejor mientras se despierta. Hace años que es un escritor profesional. Es un tipo con suerte. Sus dos hijos ignoran lo cerca que han estado de ser chicos pobres.

    Steve tiene un don. Puede sentarse frente a la máquina de escribir y entrar en una especie de trance. La historia se desarrolla sola y el sonido de las teclas duras es frenético, acompasado, como si tuviera una fábrica. Solo se detiene cuando tiene la necesidad de encenderse un cigarro, abrir una cerveza o abrir el cajón del escritorio y sacar esos polvos blancos cuya existencia era preferible que los niños desconocieran. De hecho, Owen y Joe sabían desde pequeños que nunca había que bajar al sótano y molestar a papá mientras trabajaba o bebía, pues muchas veces era lo mismo. Pasaban las horas y Steve subía satisfecho. Comía algo y se ponía a ver la tele hasta que sus hijos llegaban del colegio. Los fines de semana solía descansar, pero esta vez es diferente. No tiene humor para nada. Solo quiere encerrarse a trabajar, a beber. Cuando trabaja es feliz. Se siente nervioso, como en su sueño. Últimamente ese sueño es recurrente, pero es extraño. Hace unos años que abandonó la docencia. En cuanto pudo dedicarse a la escritura, dejó esa profesión que nunca le gustó. Prefería mil veces el empleo en la gasolinera, en el turno de noche. Cuando podía sentarse a escribir en la libreta durante las largas horas en soledad. Es verdad que a veces uno se sentía profundamente abandonado en mitad de la nada. El peligro era evidente. Pero esa sensación dotaba a sus historias de un color especial. Al fin y al cabo, es un escritor de historias de terror.

    Es 1981. Tiene treintaitrés años, dos hijos preciosos y una mujer que lo ama y le perdona sus vicios y sus malos humos de genio. Él, a cambio, se había mantenido fiel a pesar de la fama y los focos. Le gustaba ser un genio, pero no le interesaba ni la fama ni el mundo. El dinero sí. A quién en Norteamérica no le interesa el dinero. Pero no era lo más importante. Para ser escritor, lo primero que hay que tener es ambición por contar historias. Podía dejar la mente volar y ella sola encontraba los caminos adecuados. A veces, él mismo se sorprendía de las tramas que salían de entre sus dedos. Y se espantaba. Entonces tomaba un poco de cocaína y se sentía bastante mejor. Y seguía.

    Steve pone la radio. Suena una emisora intrascendente de música rock. No le interesa la música, solo el ritmo. Le gusta escribir con música y fundirse con ella. Quiere profundizar en la pesadilla que ha tenido. Aprovecharla para uno de sus relatos. Escribir también sirve para conocerse, para explorar los rincones más oscuros de su ser. Aquel era un sueño muy antiguo, de cuando era profesor y su mujer estaba embaraza de Joe, que es el mayor. Se habían conocido en la universidad. Se habían enamorado y él la había dejado embarazada. Hubiera preferido conocer a más chicas. Pero nunca fue un donjuán. Hay que tomar la vida como viene. Ahora era multimillonario. Todas las mujeres querían tener un afer con una celebridad como él. Pero tenía que aguantarse.

    Diablos, amaba a Taby. Le estaba dando mala vida. Hacía tiempo que no hacían el amor. Además, habían empezado las pesadillas y el libro de cuentos no terminaba de convencerle. Podría haberse olvidado de escribir y haberse dedicado a disfrutar de la vida. Sus libros habían sido llevados al cine y recaudaban millones de dólares. Pero si no escribiera, Steve se habría volado los sesos con la escopeta. Escribir es un trabajo como cualquiera. Odiaba las entrevistas donde lo trataban como a un bicho raro. Era un tipo absolutamente normal, con algunos vicios insanos como la narración de historias de terror. Taby era su compañera, su primera y mejor lectora. Merecía algo mejor que él.

    Los niños hacía tiempo que vivían sin padre, pero parecía que no se daban cuenta. Eran unos buenos chicos, serían unos hombres excepcionales. Es verano y deberían pasar tiempo juntos, recuerdos en familia. Lo mejor sería dejar aparcada la máquina de escribir por un tiempo: los cuentos últimamente eran bastante flojos. Sus novelas se vendían muy bien. Lo había decidido. La semana siguiente saldrían de viaje.

    -Cariño, la semana que viene iremos de viaje.

    -¿A dónde?

    -Donde no nos conozcan, donde no nos molesten a nosotros ni a los niños.

    -¿Europa?

    -Por qué no.

    -¿Qué tal España?

    -¿Dónde está eso?

    -Al sur de Europa, cerca de África.

    -África es peligroso, Taby.

    -Siempre fuiste un desastre en geografía, Stevie.

    Ambos rieron y se abrazaron. Los niños ya estaban despiertos. Si aún durmieran, habrían hecho el amor allí mismo. Owen y Joe saltaban de alegría con la idea del viaje a España. Taby se ocuparía de todo. Ahora se marchaban al parque acuático. Adiós, adiós, papá tiene cosas que hacer en casa. Tiene trabajo. Steve vuelve al sótano. La radio sigue sonando. Aún no ha escrito una sola línea. Lee un par de folios con la intención de corregirlos, pero solo puede pensar en la cara putrefacta de la niña. Por fin decide escribir algo para desentumecer los dedos, por lo menos. Luego ya lo descartaría.

    El coche circulaba pesadamente sobre el asfalto y se cruzó con una ambulancia. Aun estaban encendidas las farolas de Castle Rock. Era su primera semana en el nuevo trabajo: profesor de lengua inglesa en un instituto. Odiaba su vocación. Hubiera sido mejor hacerse periodista. Por lo menos habría podido vivir de lo que escribía, aunque fuera necrológicas o estúpidas noticas deportivas. Cualquier cosa era mejor que eso.

    La ambulancia se perdía en retrovisor y pensó que era un mal augurio ver una. Tenía una sensación extraña, como si fuera él quien estaba dentro de la ambulancia. En fin, tonterías. Encendió un cigarrillo y bajó un poco la ventanilla a pesar del frío de la mañana. La radio vomitaba noticias que no le interesaban. Diablos, estaba nervioso. Nunca habría aceptado el trabajo si no fuera por ella. Necesitaban la pasta, maldita sea.

    Steve se levanta de la silla. A quién quiere engañar, quería una excusa para quedarse solo. Sube las escaleras, llega a la cocina y se coge una cerveza fría. No ha desayunado, pero no tiene hambre. Enciende la televisión y echan una película de vaqueros. Piensa en que se han acabado los setenta y que odia la música disco. El rock nunca morirá.

    Steve suelta las maletas en el vestíbulo de la entrada. Los niños corretean alegremente por el salón y exploran las estancias de la casa. Sus voces llegan desde cada vez más lejos. Owen tiene cuatro años y Joe nueve. Son buenos chicos. Joe saca buenas notas en el colegio a pesar de que su padre es un drogadicto. Demonios, trabaja demasiadas horas al día. No lo necesita, pero cuando trabaja es en los únicos momentos en los que realmente es feliz. Cada día tiene la cara más huesuda y está más delgado. Su mujer le ha pedido varias veces que deje la nariz solo para respirar, que ya es bastante. Pero Steve no tiene suficiente con respirar. Espera que este viaje lo ayude a apartarse de eso.

    España huele a campo y hace mucho calor, es verano. A pesar de que corre una brisa fresca, la casa le parece un maldito horno. Lleva arrepintiéndose del hacer ese viaje casi desde el mismo momento en el que le propuso a su mujer ir de vacaciones. No sabe nada de este país, que es como México, pero mucho más lejos en avión. Nadie habla inglés. El taxista ha tenido problemas para traerlos hasta el caserón. Menos mal que Taby estudió en la universidad un curso de español y se ha podido hacer entender.

    La casa es bastante vieja. La televisión parece de otra época. La enciende y los pocos canales hablan en una cháchara incompresible para él. Decide apagarla y se dirige a la nevera: necesita urgentemente un trago, aunque sea de cerveza. Por fortuna hay suficientes botellas para emborracharse. Ese va a ser su plan del día. Está cansado.

    -Papi, ¿saldremos de paseo?

    -Quizá luego, Owen. Ahora papá necesita un descansito.

    -Porfa papi, porfa…

    -Ya te he dicho que no.

    -El sótano está lleno de cosas. Hay unas cajas enormes y figuras muy raras.

    -Anda, ve a jugar con tu hermano al sótano.

    -Niños, dejad a papá. Necesita descansar un poco.  

    -Estos críos no se cansan con nada.

    -Steve, son niños, están en edad de jugar.

    -Cariño, soy escritor. No tengo tiempo para tonterías.

    Taby se marcha sin decir nada más. Ha notado ese deje de odio en la voz que cada vez soporta menos. Atraviesan una mala racha. El matrimonio es difícil para un genio. La familia, las obligaciones conyugales, todo eso sobra cuando se trata de escribir. No tiene ganas de pasar más tiempo ocioso sin hacer nada. Si pudiera volvería a Estados Unidos en el primer vuelo que saliera esa misma noche. Pero su matrimonio se tambalea y sabe que sin Taby su vida sería aún más gris, más triste incluso que la vida de sus personajes.

    Los niños han salido al jardín. Son las cinco de la tarde y hace un sol abrasador. Su mujer también ha salido y ha cerrado la puerta principal de un portazo. Steve acaba de terminarse la cerveza: la verdad es que su sabor no es malo, quizás no esté tan mal después de todo. Enciende un cigarrillo bajo en nicotina -pretende dejar de fumar, su madre murió de cáncer- y pasea por la casa. Ahora repara en los muebles y en la distribución de las habitaciones. Es una casa antigua, como de una deslucida época victoriana. Tiene dos pisos y es casi tan grande como su mansión en Portland, Maine.

    La planta inferior consta de un salón enorme. La luz del sol es amarilla y baña los muebles de madera con una intensidad desconocida para él. Se siente en medio de África, pero parece ser que aún se encuentra en Europa. Imagina la vida anterior en aquel lugar. Le han dicho que pertenecía a una familia apoderada, venida a menos por una guerra. Ahora la alquilaban a turistas ricos, esencialmente franceses. Unos amigos de Taby se la recomendaron y ella siempre quiso pasar unos días allí. La guerra quedaba bastante lejos. Le gustaba pensar que quizá allí fusilaron a alguien, o se escondieron tras una habitación secreta hasta que pasaron los tiros, la algarabía de las tropas asesinas.

    Como buen americano, desconoce muchos datos de la historia de Europa y no le interesan en absoluto. Abre una segunda cerveza y sube los escalones que conducen a la planta superior donde están los dormitorios. Los niños prefieren dormir juntos, sobre todo Owen. Su cuarto consta de dos camas. Por las arrugas sobre el edredón deduce que han estado saltando sobre ellas, a pesar de que lo tienen prohibido. Maldita sea. El suelo de madera reluce. Hay que decir que a pesar de tanta madera no hay una sola pelusa.

    -En este país son muy pulcros. Demasiado. Algo raro les pasa.

    Para hacerse un poco con el lugar, deja caer la ceniza al suelo. Camina por el pasillo. Al fondo está la habitación de matrimonio. En las paredes hay óleos con escenas de caza: perros persiguiendo a perdices, bodegones, paisajes en marismas y cielos aceitosos. La atmósfera es pesada. Dar un paso tras otro parece que le cuesta. Lo atribuye al viaje.

    La cama de matrimonio es bastante amplia. Hay un espejo en una pared, una cómoda, un armario y un crucifijo sobre la cama. Steve no es católico. Descuelga el crucifijo y lo mira con atención: ¿qué clase de chalados podrían adorar a un tipo clavado en una cruz? Abre uno de los cajones de la cómoda y lo deposita dentro. Taby ha deshecho las maletas y ha puesto todas las prendas en el armario. Es una mujer intachable, la quiere.

    Se dirige hacia el ventanal y la ve con los niños en el jardín. Hay árboles altos y frondosos que no suelen verse en América, aunque la vegetación no es muy exuberante. Los niños están tirando migas de pan dentro de un estanque. Parece que hay truchas. Abre la ventana y lanza el cigarrillo. Los niños se han girado al escuchar el rechinar de las bisagras. ¡Hola, papá! ¡Baja a ver los peces! Exclama Joe. Decide reunirse con ellos.

    Una vez en el exterior se siente bastante mejor. Los pájaros canturrean en un tono diferente. El clima es mucho más benigno que en Nueva Inglaterra. Se acerca al estanque y besa a Taby en la nuca. Dos carpas enormes nadan de un lado a otro en el estanque y cazan las migas de pan que van lanzándoles los niños, con sus enormes bocas. Producen un sonido acuático que le relaja, un glup-glup que lo adormece. Allí, juntos los cuatro, frente al estanque mientras cae la tarde, forman una familia preciosa.

    -Saldré de paseo con vosotros.

    -¿Al final se ha decidido a acompañarnos el señor escritor?  

    -Solo si me dejáis formar parte de vuestro equipo.

    -Eres el mejor bateador que tenemos, no hemos encontrado a otro mejor.

    Se besan. A pesar de todas las crisis, Taby y él siempre han sido muy amigos. Fue ella, de hecho, quien recogió su primer manuscrito del cubo de la basura. Cuando nadie más creía en él, ni siquiera él mismo, Taby estaba ahí. Ahora lo tenían todo y a veces eran muy felices. Todo se solucionaría. Tenía que apartarse de los malos hábitos y ya está.

    -Cerca de aquí hay un río.

    -Vayamos a mojar los pies. Tengo un calor horrible.

    El camino que lleva al río es de tierra. Mientras iban en el taxi, Steve se había fijado que en ese país el asfalto no era tan frecuente como en el suyo. Los pueblos eran pequeños, antiguos. Parecían haberse detenido en un tiempo remoto y pobre. Era curioso. Había castillos y fuertes medio derruidos. Nadie parecía reparar en ellos. También muchas iglesias y campos interminables con árboles plantados en fila. Un lugar muy especial.

    El pueblo quedaba a un par de quilómetros de la casa. Solo necesitaban descolgar el teléfono para que apareciera el coche que los recogería y los llevaría donde desearan. Habían prescindido de contratar servicio, aunque allí era muy común. Ellos son una familia americana y a pesar de ser inmensamente ricos, están acostumbrados a hacérselo todo ellos: cocinar, hacer la compra, fregar los platos. Si habían decidido mantenerse alejados de la civilización era para no ser molestados por quienes pudieran reconocerle. No obstante, pronto sospecharon que en aquel país nadie sabía quién era Stephen King.

    -Niños, cuidado con el agua. Joe, no dejes que tu hermano se moje.

    -¿No te parece un lugar maravilloso?

    -Sin duda lo es, mi amor. Ha sido una gran idea venir aquí. Lo pasaremos en grande.

    -¿No echarás de menos escribir tantos días?

    -No lo creo. -y abrazó a su mujer por la cintura y la besó en los labios.

    La tarde cae mansamente y las aguas son de oro. El río está desierto. Ni siquiera un pescador aprovechaba para probar suerte. El mundo era de él y su familia. Piensa en si se podía ser más feliz, si en la vida se podía pedir algo más que eso: amor, paz, éxito.

    En verdad, sí se podía. Falta algo. Su máquina de escribir, su escritorio, su cocaína. Todo eso se había quedado en América. Imaginaba su sótano. Una voz lo llama: ¡Steve!

    -¡Papá! ¡Mami! ¡Ayuda! -la voz de Owen aullaba en medio de la noche.

    Steve se levanta de un salto, tenía el sueño ligero y le costaba dormir. Durante la noche le había parecido que algo se movía en el cajón donde aquella mañana había guardado el crucifijo. Ahora sus pies tocan el suelo de la casa y un escalofrío le recorre la espalda.

    Al salir de la habitación, busca las luces del pasillo con la mano. Las voces de su hijo menor siguen arañando el silencio del caserón. No sabía que su hijo pudiera gritar tanto. Topa con el interruptor y enciende la luz. El maestro del horror le teme a la oscuridad.

    Hay una sombra al fondo del pasillo. Es negra, acuosa, como si su composición fuese de un lodo oscuro como el alquitrán. La tenue luz amarilla del pasillo no logra iluminarla completamente. Ha salido reptando del cuarto de sus hijos y lo mira desde el borde de la escalera. Se desliza hacia abajo como un gusano inmenso, hacia las sombras, para camuflarse allí. Steve se frota los ojos, el grito de sus hijos se oye lejano, ausente. Sale de su trance y se encamina por el pasillo a zancadas. El tiempo parece discurrir de forma lenta, enfermiza. Antes de entrar en la habitación, cuya puerta está entreabierta, oye una risita, apenas perceptible, que proviene del fondo de la escalera. Risa de niña.

    Steve enciende la luz sin saber a cuál de sus hijos consolar primero, él mismo está asustado. Ambos niños permanecen acurrucados, temblando, con las rodillas encogidas y la cabeza apoyada en ellas, en una postura perturbada. Lo ha escrito miles de veces, su imaginación ha estado siempre plagada de monstruos, pero no puede soportar esa escena protagonizada por sus hijos: tan real, tan próxima. Se acerca a la cama de Owen.

    -Qué te pasa, mi vida. No pasa nada. Ya está. Se acabó. Has tenido una pesadilla.

    El niño se estremece bajo sus brazos. En el otro lado de la pared, Joe permanece en la misma postura. Parece menos alterado, al menos, de forma visible. Se mantiene quieto como una roca. El silencio es mortecino en la casa oscura. Se oyen pasos en el pasillo. Mira hacia la puerta. Tabitha entra en la habitación con su camisón blanco. Es un ángel.

    Taby abraza a Joe. Es una escena muy triste. Todos están asustados. Permanecen así, abrazados, un tiempo indefinido. Ahora solo se oye el viento ululando a fuera, moviendo los árboles. Las cortinas están cerradas, pero Steve los puede imaginar agitándose, susurrando en un idioma indescifrable bajo la luna negra. Taby habla.

    -Será mejor que los llevemos a nuestro cuarto, Steve.

    Él permanece en silencio. Nunca ha sido partidario de que los niños duerman con los padres, así es como se malacostumbran y luego desarrollan traumas. Cuando era niño y su padre los abandonó, la madre de Steve solía pedirle que durmiera con ella cuando tenía miedo. En el fondo, siempre pensó que se sentía sola. No quería lo mismo para sus hijos. Pero aquella noche era diferente. Aquella casa no era como la suya. Algo iba mal.

    -Sí, será lo mejor.

    Coge a Owen en brazos. El pequeño sigue temblando, pero no tanto como antes. Se siente protegido sobre el pecho de su padre. Los niños tienen esa inocencia admirable: bajo las mayores catástrofes, ellos siempre sienten que sus padres podrán salvarlos. Del mismo modo, el mayor miedo de los padres es saber que no pueden librarlos del peligro. El mal está ahí fuera y nadie puede escapar de él cuando te persigue y te agarra por el brazo. Steve recorre el pasillo y sus pensamientos son rápidos, agitados. No sabe qué pensar. Intenta dejar al niño sobre la cama, pero sus brazos lo agarran sin liberarlo.

    -Tranquilo, cariño. Todo ha pasado. Has tenido una pesadilla, solo una pesadilla. Vamos, métete en la camita. Así, buen chico. Mañana será otro día, grandullón.

    Taby llega con Joe también en brazos y con mayor facilidad lo mete en la cama junto a su hermano. Los tapan a los dos y se miran a los ojos. Tristes, un poco más envejecidos.

    -No ha sido un sueño, papá. La niña. Estaba en la cama de Owen. Yo lo he visto. Yo.

    -Joe, no asustes a tu hermano. Lo mejor será que todos…

    -Es cierto, papá. Me agarraba muy fuerte del brazo y luego se me ha subido encima. Hacía olor a caca. Resbalaba. Su piel resbalaba. Quería ahogarme, como ella, como ella.

    -Ya basta, campeón, ya basta. A veces los sueños parecen muy reales, sabes. Yo…

    -No, papá, era de verdad. La niña existe. Vive aquí.

    -Estamos en una casa diferente de la nuestra. Es normal que estéis un poquito asustados. Pronto volveremos a Maine y lo veréis diferente. Mañana lo veréis de otra manera.

    Los niños creen como una verdad absoluta todo lo que les dice su madre. Si ella les dijera que dios existe y nos protege desde el cielo, ellos lo creerían a pies juntillas hasta la adolescencia. Los adultos tejen una vida, un mundo imaginario para proteger a sus hijos del horror real. Se tranquilizan y ambos cierran los ojos. Su respiración es rítmica.

    Se meten en la cama con ellos y apagan la luz. Steve le da un beso a Owen en la cabeza, el chico está mucho más tranquilo, o por lo menos, más sosegado. Se acuerda de cuando él mismo era un niño y lo asaltaban pesadillas parecidas, al día siguiente ya las había olvidado. Esa es la fuerza de los niños. Creen en todo y olvidan fácilmente. Su valentía consiste en que son tan inocentes que piensan que todo saldrá bien en un mundo cruel.

    Steve intenta dormir, pero no lo consigue. Se siente completamente despierto. Espera un rato hasta que cree que su familia duerme y sale con sigilo de la cama. En las sombras, se encamina hacia la puerta del dormitorio. La abre. Las bisagras crujen levemente.

    -¿Papá?

    -Duérmete, hijo.

    Sale de la habitación y busca a oscuras el interruptor. Sigue sin saber dónde está. Parece haberse movido desde la última vez que lo encendió, pero piensa que es porque está en una casa ajena. Odia salir de su hogar. Nunca le ha gustado viajar. No encuentra la inspiración para escribir lejos de Maine. Aquella tierra es su sitio. Se siente vulnerable fuera de ella. Si sucede una emergencia, a quién pueden avisar. Maldita sea, debería haberle dicho que no a Tabitha. Ella es la que siempre insiste en salir a conocer el mundo. Él es un hombre de su casa. No le gustan las aventuras reales, menos con hijos.

    Siente que lo observan. Es un cosquilleo inconsciente. Como cuando uno mira hacia un lugar y ve que lo está mirando un desconocido en la calle y éste aparta la mirada rápido. Algo lo está mirando desde el fondo del pasillo. Recuerda aquella sombra. Encuentra el interruptor. La luz se enciende con un mínimo chasquido: no hay absolutamente nada.

    Suspira aliviado. Necesita un cigarrillo con urgencia. Un cigarrillo y un trago. Diablos, es una noche horrible. Le duele el estómago, tiene acidez. No le importa. Tiene sed.

    Baja las escaleras peldaño a peldaño. La luz es más tenue a medida que avanza. No quiere volverse a buscar el otro interruptor. Sabe que hay uno al principio de la escalera. Los últimos escalones están completamente oscuros, las bombillas arriba no logran iluminarlos. Siente miedo. Un terror indecible. No quiere bajar hasta allí, hay algo malo. Pero ya es un hombre adulto, padre de dos hijos. Es escritor de esa clase de novelas, qué demonios. Cualquier lector se reiría en su cara si lo viera en esa situación: muerto de miedo como un chiquillo. La niña. No lo ha pensado hasta entonces. Él ya la conocía.

    Enciende la luz. No hay nada. Decide no seguir pensando en tonterías y buscar el paquete de tabaco. La sed de nicotina es tanta que lo hace olvidar sus miedos y lo sitúa en el plano de las necesidades reales, cotidianas. En la cocina encuentra el paquete de cigarrillos y una caja de fósforos que Taby ha colocado cuidadosamente. Ha ido encendiendo todas las luces que ha encontrado a su paso y ahora prende la cerilla. El humo inunda su garganta y repta hasta sus pulmones. Expira una nube hacia el techo. El reloj de pared anuncia silencioso que son las cuatro y media de la mañana. Decide que no volverá a dormirse y, en vez de la cerveza, opta por preparar café. Solo espera no despertar a los niños. Ha traído consigo algunos libros para el viaje, se entretendrá leyendo y preparando un discurso para decirle a Taby que tienen que volver a casa, que ese no es un lugar adecuado para la salud psicológica de sus dos hijos. Así debe ser.

    Dejando una estela de humo blanco tras de sí, se dirige hacia amplio salón. Dos sillones se sitúan delante del hogar, en esa época del año inservible. No hace nada de frío. Toma la novela, The old man and the sea, y se sumerge en la aburrida historia de Hemingway. Unos años antes ese escritor se había suicidado, no quiere acabar como el gran hombre.

    Una vez terminado el café y el segundo cigarrillo, Steve levanta la vista para descansar. Repara por primera vez en la estantería que tiene frente a sí, está repleta de libros. Es extraño que no se haya fijado hasta ahora. Normalmente, al llegar a una casa, es en lo primero que observa. Suele curiosear los volúmenes con la vista mientras su interlocutor le habla de otra cosa. Repasa los títulos y se hace una idea del sujeto. Si uno ha leído lo suficiente puede radiografiar el cerebro de un sujeto solo mirando su biblioteca, incluso si no tiene libros, eso también le da una idea de lo que tiene tras la frente: nada. Muchas veces ha encontrado sus propios libros. Puede saber si lo han leído o no por las arrugas del lomo. Es un juego divertido e íntimo nunca confesado a nadie. Se levanta de la silla.

    Pasea su mirada por los títulos y autores. Son viejas ediciones, algunas parecen decimonónicas. Hay un Quijote forrado en piel por el que no siente curiosidad alguna. La literatura española no la ha interesado nunca, le parece que tiene demasiados diálogos y por uno u otro motivo los personajes siempre acaban hablando de dios. Pero hay algunos títulos en inglés que reconoce como David Copperfield o Huckleberry Finn. Sus ojos tropiezan con dos palabras escritas en rojo sangre, en letras góticas.

    Unausspreclichen Kulten de Friedrich Wilhelm von Juntz. Como activada por un mecanismo automático, Steve estira una de sus manos y agarra el volumen. Mira la portada con atención. El encuadernado parece muy antiguo, pero extrañamente el libro parece impreso hace poco tiempo. No hay litografía o grabado alguno, solo el título y el nombre del autor en letras aún más granes y rojas. De qué le suena ese libro, lo desconoce, pero esas dos palabras en alemán le resultan familiares. Muy familiares.

    El corazón se agita bajo su bata. Vuelve a experimentar una sensación de intranquilidad. Por alguna razón sabe que no debe abrir ese libro, pero por otra aún más fuerte, no puede evitarlo. Sus manos actúan como llevadas por una voluntad ajena y se siente como en un trance. Dicen que los suicidas entran en una especie de sopor cuando comenten un acto contra su propia vida, como si estuvieran sonámbulos. Así se siente ahora, de pie frente a la estantería que parece observarlo desde arriba. Despega las tapas del libro y baja la mirada. Sus ojos pasean frente a la tinta roja de la letra impresa. No entiende nada y sin embargo no puede dejar de leer palabras al azar. Pasa un par de páginas y encuentra grabados con seres diabólicos. A pesar de no entender el idioma, sabe lo suficiente de libros como para intuir que se trata de una especie de manual de instrucciones macabro. La obra parece un recetario de magia negra a juzgar por las imágenes dantescas que lo miran desde el papel. Sombras diabólicas, oscuras, retorcidas, con formas imposibles y de caras sonrientes. A veces solitarias, a veces en pequeños grupos. Tiene miedo, pero no puede dejar de pasar las páginas. Parece estar buscando una página en concreto, y la encuentra. Ocupa toda la plana la figura de una niña. Tiene el pelo pegado a la cara, grasiento. Sus brazos son esqueléticos, como sus brazos, su cuerpo es indescriptible bajo el vestido de época blanco, o amarillo, sucio. No tiene pies. Su cara es horrible, arrugada, de vieja. En ese grabado es donde el libro muestra una levísima nota de color: sus pupilas son de un rojo intenso, casi luminoso, hipnótico. Steve no puede dejar de mirarlos. Parecen brillar sobre el papel amarillento. Parecen vivos. Están vivos. Y lo observan divertidos, malditos. Su boca es oscura. No tiene labios o estos son muy finos, y debajo muestra unos dientes pequeños, afilados.

    -¡Steve! -La boca empieza a moverse. Casi puede notar su aliento frío. -Steve. -repite.

    Sus labios se mueven rápidamente sin decir nada, solo graznidos con una voz ominosa, putrefacta. Sus manos tiemblan. Quiere gritar, pero no puede. Se ahoga, se ahoga. Convulsiona. La niña empieza a mover las manos hacia él. Se va acercando, sin andar.

    -¡Steve! ¡Steve! ¡Steve!

    De un salto se levanta de la silla. Los ojos de Taby lo miran con expresión preocupada.

    -Te has quedado dormido, Steve. ¿Estás bien?

    -Sí. -Pero no lo estaba. Estaba muy lejos de sentirse bien. -¿Dónde estoy?

    -Has tenido una pesadilla, cariño. Sois tal para cual tu hijo y tú. De tal palo…

    Steve mira en torno y ve que ya es de día. El libro de Hemingway reposa sobre el suelo con algunas páginas arrugadas. Lo recoge. Se levanta. Hace un día precioso. La vida empieza a despertar y afuera todo es verdor y frescura estival. Los árboles parecen mudos, disimulando. Todo le parece un teatro. Se siente confuso. Asustado. En peligro.

    -Taby, tengo que hablar contigo. Lo mejor será, verás, creo que lo mejor será que…

    -Lo mejor será que volvamos a casa. Sí. No me gusta este lugar.

    Steve suelta un suspiro de alivio. Dios mío, amaba a esa mujer. Quería estar con ella hasta el último de sus días, que esperaba que estuviera muy lejos. Era su ángel guardián.

    -Prepararé café y llamaremos a un taxi. Nos iremos hoy. -Y lo besa antes de marcharse.

    Lo que más lo enamora de ella es su olor. Hay personas cuyo olor corporal no es agradable, pero Taby es diferente. Su perfume le recuerda al hogar feliz que nunca tuvo. Cuando lleguen a casa, vaciará aquel cajón inmundo donde guarda el polvo blanco.

    Antes de levantarse, bastante más tranquilo, mira de nuevo a la estantería. Sobre la hoguera, en el estante más alto, hay un libro con letras rojas. Desde allí no puede leerlas, no le hace falta, sabe perfectamente lo que hay escrito allí: Unausspreclichen Kulten.

    Son las 12:10 y Steve está más tranquilo, incluso contento: vuelven a casa. A las 17:10, dentro de exactamente cinco horas, su familia y él estarán rumbo al aeropuerto, de vuelta al hogar. No tendrán que pasar más noches en esa casa, en ese país extraño. El fin de las vacaciones lo pone de buen humor y no ve el momento de ver el letrero de Portland, 9KM. Saborea ese momento mientras fuma un cigarrillo en el porche.

    Owen y Joe parecen haber olvidado completamente la pesadilla de anoche. Con la luz del día, los fantasmas parecen haberse borrado y lo que era tan urgente pasa a ser solo una leve comezón. Él mismo se habría olvidado de todo si no fuera por ese maldito libro que seguía en el estante. Prefería ignorar que lo había visto y seguir con su día. Al fin y al cabo, iba a estar dentro del avión para cuando las sombras invadieran la casa vacía.

    -Lo siento, Steve. -la voz de Taby sonaba compungida, al borde del llanto.

    -¿Por qué? -dijo él arqueando las cejas, pero lo sabía. Conocía lo suficiente a su mujer como para saber que quería disculparse por haberlos llevado a él y los niños hasta allí.

    -Sólo pretendía pasar unas vacaciones en familia. Pensé que nos sentaría bien el campo, que te sentaría bien a ti alejarte del sótano y el trabajo. Me equivocaba. Solo puedo…

    -No digas nada más. -y la abrazó. Los niños jugaban a fuera distraídos. A ninguno de ellos les apetecía pasar tiempo dentro de la vivienda. La energía allí era diferente, mala.

    Tenía ganas de zarandearla. De decirle que las cosas no se consiguen de vacaciones en España. Que tenía un compromiso con sus lectores, con el cosmos, consigo mismo. No tenía tiempo de lamentarse ni de preocuparse por estupideces. Si el niño duerme, si el otro saca notas bajas, si ella no se siente querida. Lo único que deseaba era refugiarse en el sótano frente a la máquina de escribir. ¿Es que no podía entenderlo? Algunas personas solo quieren recoger los frutos, pero no respetan el trabajo de la siembra.  

    -Tranquila cariño. -Taby lloraba sobre su pecho -Lo has hecho con buena fe. Por todos.

    -Esta casa es…

    -Sí, es extraña. No entiendo cómo la gente puede vivir en este lugar, con este calor, en este maldito país estúpido. No quiero pasar ni un minuto más fuera de Estados Unidos.

    -Yo tampoco.

    -Te quiero.

    -Yo también, Steve.

    -El trabajo es importante para mí.

    -Lo sé. Nosotros también lo somos, ¿verdad, Steve?

    -Claro. -Y no mentía. Su familia lo era todo para él. Pero había dentro de sí algo que se revolvía. Un demonio informe que lo devoraba, que lo hacía sentarse entre las sombras y escribir como llevado de una fiebre. La vida sin la escritura sería difícil, insoportable.

    También lo sería una vida sin Taby, sin sus hijos. A solas con su éxito y sus fantasmas.

    -Deberías dejar las cosas malas, Steve. Eso te aparta de nosotros, de Owen, Joe y yo.

    -Lo pensaré. Ya hemos hablado de eso. No es tan fácil como lo planteas. No para mí.

    -Lo sé, cariño, pero no quiero vivir con el miedo de que un niño lo encuentre y…

    -No lo encontrarán. Tienen prohibido bajar al sótano. Es donde papá crea monstruos.

    -Es donde su papá se convierte en un monstruo. La maldita coc… eso que tomas no…

    -Voy a salir a dar una vuelta.

    -¿Ahora?

    -Sí, necesito despejarme. Hablaremos de esto cuando lleguemos a casa. No es momento.

    -Nunca es el momento. ¿Dónde vas a ir? Es la hora del almuerzo. Hay un jamón que…

    -Solo me gustan las hamburguesas. ¿Qué quieres? Te casaste con un norteamericano.

    -Me casé con el mejor.

    -¿Lo crees de verdad? -Y se miraron desde unos metros, mientras Steve se alejaba.

    -Vuelve pronto.

    -Solo voy al río. Es lo único que me recuerda a Nueva Inglaterra en este maldito lugar.

    -No tardes.

    -Papá, ¿Dónde vas?

    -Id con mamá, hará unos sándwiches deliciosos de un extraño producto llamado jamón.

    -¿Tú no vienes?

    -Voy a dar un paseo.

    -Queremos ir contigo.

    -No.

    Y por la expresión que vieron en su rostro, ambos niños intuyeron que no había nada que hacer, que su padre era inflexible y necesitaba espacio, como cuando bajaba al sótano y podían perderlo de vista durante horas. No se podía llamar a la puerta, mucho menos entrar. Owen y Joe se habían colado una vez que su padre estaba dormido. El lugar estaba tan oscuro y olía tan mal que nunca quisieron volver allí. No entendían como su papá podía estar tantas horas allí metido. Cuando fueran mayores, entenderían.

    El camino que llevaba al río era ancho, de tierra. Un coche podría pasar por él sin problemas, pero en ese país tercermundista había muy pocos. De hecho, aún no habían visto pasar a nadie, a parte del conductor que los trajo y que esta tarde iría a recogerlos. Era un milagro que Taby hubiera encontrado vuelos para ese mismo día. Los niños tendrían que viajar separados, pero estaban acostumbrados a volar en su país. Steve suponía que en Europa eso de tomar un avión era todavía algo futurista. A juzgar por los pueblos y la mirada de las gentes que hubieron de pasar camino a la casa, pobre país.  

    -Estos malditos pueblerinos no saben qué es cruzar su país en coche. Pobrecillos.

    Steve piensa en que las cosas son muy diferentes de un lugar a otro. En cómo habría sido su vida si hubiera nacido allí, si él mismo fuera natural de un país así. ¿Habría sido escritor? Quizás en el futuro, pero no entonces. El paisaje parecía sacado de un cuento malo de Mark Twain: la arboleda, el río, los caminos, el sol. Demasiado decimonónico.

    Tiene ganas de llegar a casa. Se imagina esnifando una y otra vez, disfrutando de una cerveza fría y un buen cigarro. Luego el son acompasado de sus dedos tecleando frenéticos, viviendo en un mundo de fantasmas, vampiros, maizales malditos y eternos.

    -Taby tiene que entenderlo. No le quedará más remedio que entenderlo y entenderme.

    Levanta la vista y da un respingo. A pocos metros delante de él se acerca una anciana. Su cabello blanco contrasta con su vestido negro, largo, de luto. No la ha visto acercarse, aunque el camino es completamente recto. Steve lo atribuye a que iba distraído, recreando en su cabeza posibles historias para su libro de cuentos. La anciana camina un poco encorvada, pero lo mira y lo hace de forma fija. Sin sorpresa, como quien lo conoce. Decide no aguantarle la mirada por miedo a que se pare y decida entablar conversación. Mira los árboles. Le parecen raquíticos. No sabe su nombre.

    Cuando están a la misma altura, la anciana se detiene. Un viento frío recorre el camino.

    -¿Dónde está mi niña? -Dice en lengua extraña. Steve, sin detenerse, la mira sorprendido. -¿Dónde está, señor? ¿Ha visto a mi niña? ¿Dónde está? ¿Dónde?

    Steve supone que la vieja señora debe estar senil y decide no hacerle mucho caso. Al fin y al cabo, desconoce el idioma y no sabe lo que la mujer le está preguntando, si es que pregunta algo. Quizás solo lo saluda, pero Steve no está de humor para ser simpático.

    -Adiós. -Dice de forma cortés en español, y se marcha.

    La voz de la señora sigue retumbando en su cabeza mientras desciende el camino, quizá a un paso más veloz. Quizás no ha sido buena idea alejarse solo de la casa, después de todo. Llevaba años sin sentir esa sensación de intranquilidad, de desamparo, de miedo.

    -Es solo una anciana, Stephen. No seas cobarde. Tú no lo eres.

    Pero la anciana le resulta extrañamente familiar. Su cara, ahora lo recuerda, surcada de miles de arrugas finas, la ha visto en otra parte, lo cual es imposible porque nunca ha estado allí. Era el primer ser humano que veía en aquel lugar a parte de su familia. Sus ojos eran vidriosos, como si no hubiera vida en ellos. Tenían un extraño brillo rojizo.

    Steve gira su cabeza hacia atrás esperando ver a la anciana caminando lentamente en dirección contraria, a pocos metros. Y la divisa, pero a lo lejos, pasará por delante de la casa. Taby sabe un poco de español. Siendo como es, quizá la encuentra sentada en la mesa, almorzando con sus hijos y charlando animadamente. Pero algo le dice que no.

    -¿Cómo ha ido tan rápido? -Aquel era un país extraño, sin duda.

    Llega a la margen de río y mira las aguas fluyendo mansamente. El rumor lo transporta a un lugar distinto. Se siente bien allí. Enciende un Pall Mall con la única intención de contemplar el paisaje, de escuchar los pájaros, de mojarse la cara. Había muchos ríos en Nueva Inglaterra. Solía pasar los veranos jugando a hacer diques o buscando ranas. A veces con amigos, pero generalmente solo. Nunca había sido muy bueno con la gente.

    De repente, sabe de qué conoce a la anciana. Ya ha visto esa cara, pero con otra forma. A veces como una sombra, otras como un reflejo, hacía años que no la veía. Esos ojos, esa expresión ávida. Lo más extraño de todo es que la anciana tenía dientes, afilados.

    -¡Corre, maldita sea! -Y Steve hace caso. Sabe que algo anda mal. No tiene dudas.

    Para ser buen escritor, un hombre, aparte de ser sensible, debe ser intuitivo. Son características muy extrañas en el género masculino que, cuando se dan, encuentran en el arte su mayor expresividad. Pero como es un rasgo extraño, produce un arte singular. Steve corre todo lo que puede y sus mocasines se llenan de tierra. Se siente pesado, cansado, debe dejar de fumar, pero no puede detener el impulso de correr hacia la casa. Lo sabe, lo siente, sus hijos están en peligro, Owen corre serio peligro. Lo sabe, dios.

    Mientras deja atrás el río y los árboles, Steve siente que todo era una trampa. El río era una estrategia de la vieja para distraerlo, para que se alejara de la casa. Mientras sus pasos golpean el suelo como un tambor, Stephen solo desea que esta sea una de sus paranoias, que todo haya sido cosa del síndrome de abstinencia por falta de cocaína.

    A pocos metros de la casa, oye los gritos desesperados de Tabitha y Joe. Corre y corre.

    Al doblar la esquina, la escena no puede ser más aterradora. Ni en la peor de sus pesadillas, ni en el más horrible de sus libros puede concebir algo más abyecto. Sobre las baldosas del porche, bajo la sombra oscura de casa, Joe y Tabitha lloran y gritan. Sobre la mesa de la terraza está el almuerzo a medio comer. Las botellas de coca-cola están volcadas y un chorro negro, espumoso, resbala hasta el suelo. Joe camina en círculos histéricos, Tabitha está de rodillas en el suelo y sujeta a Owen. Tiene los ojos completamente blancos y su piel blanca se ha vuelto de color azulada. Cada paso es para Steve una eternidad. Por encima de su cabeza, justo antes de llegar a ellos, le parece ver desde la ventana de la casa una sombra que se mueve. Es una niña de ojos rojos, sonríe y sus dientes son afilados, su expresión es oscura. Desde detrás del cristal, lo saluda.

    -Se ahoga, papá. OWEN SE AHOGA, SE AHOGA, SE AHOGA, PAPÁ.

    Taby no puede articular palabra, está presa del miedo. Lo mira con expresión enloquecida. Si Stephen ha visto alguna vez una expresión así, ha sido en el sanatorio. Ese era el fin de todo, si no conseguía salvar a su hijo, ese iba a ser el fin. Owen apenas se mueve, aún está vivo, pero su alma cuelga de su cuerpo, a punto de separarse.

    Dicen que los suicidas actúan como movidos por un resorte que se apodera de ellos. Desde ese día, Steve sabe que los héroes también. Sin pensarlo, movido por una fuerza extraña, levanta a su hijo y le estruja, con todas sus fuerzas, la boca del estómago. Tiene miedo de partirle una costilla, pero no le importa. Eso no sale. Aún no respira. Repite el procedimiento una y otra vez tal y como le enseñaron en el curso de primeros auxilios.

    Nunca fue un buen estudiante, quizás ni siquiera fuera buen escritor. Mira a Taby y solo ve la expresión de una mujer desquiciada. La imagina con la camisa de fuerza en un sanatorio. Se imagina él mismo temblando contra una esquina, recordando esa pesadilla. Pero se despertaría y se daría cuenta que todo fue real, que su hijo murió aquel día en un extraño país porque papá había decidido dar una paseo campestre. No puede soportarlo.

    -Si me sacas de esta, lo dejaré todo. Por favor, no te lleves a Owen. Llévame a mí.

    Siente como su hijo suda y tiembla bajo entre sus brazos, pero poco a poco va perdiendo fuerza, casi no le queda vida. No quiere que se duerma, no quiere que se vaya, no, no.

    Empuja de nuevo. Un trozo de carne roja, gelatinosa, sale disparada hacia el suelo. El niño, con una voz ronca, respira, toma aire y respira. Ahora respira y hay un silencio.

    -Owen, cariño, Owen, mi vida.

    Stephen llora. Con su hijo en los brazos, llora y solloza. Lo abraza, lo besa, y llora.

    Suena el teléfono y Steve lo oye mientras sube con parsimonia las escaleras del sótano. Al segundo o tercer timbrazo, Taby contesta. Steve está satisfecho. Ha pasado toda la mañana trabajando en su nuevo libro, un ensayo destinado a jóvenes escritores que, como él en su día, buscaban hacerse un hueco en el mundo de la literatura. Era un libro que tenía pendiente desde hacía tiempo, pero nunca encontraba el momento de salirse de las historias de terror. Un escritor nunca escoge los temas que trata, lo escogen a él. También ha pasado un tiempo navegando en internet. Hace años que trabaja con ordenador, mucho más cómodo. Ese día, ha encontrado una traducción al inglés de un extraño volumen, Unausspreclichen Kulten de Friedrich Wilhelm von Juntz. El título de sonaba de algo, pero no recuerda por qué. Le gusta comprar libros por internet. Es 1999.

    El reloj de la cocina marca las 12:30 y Steve lleva trabajando desde las 6. Como explica en su manuscrito, prefiere trabajar por la mañana porque es cuando se siente más inspirado. Luego suele salir a dar una vuelta. Lleva sin fumar unos veinte años, y sin beber otros tantos. Los vicios se habían acabado después de un traumático viaje que casi no recuerda, unas vacaciones a un país insignificante cuyo nombre no le viene a la mente. Está concentrado en servirse un café y canturrear una canción de los Ramones. El rock no morirá. Hace un día fantástico en Bangor, Maine. Los rigores del invierno han dejado paso a una luz clara que se cuela por los ventanales de la cocina. Taby dice bajito: Es Owen. Y le pasa el teléfono. Owen y Joe hace muchos años que se independizaron y ahora viven en la otra punta del país, en regiones con un clima más benigno. Ambos son escritores, como su padre, tienen su propia familia y casi no se ven. Su relación es inmejorable, piensa. Quizás porque pasan mucho tiempo alejados.

    -Hey Hou, hijo. ¿Cómo va todo? ¿Estáis bien?

    -Hola, papá. Sí, todo bien. Sally y los niños han salido a comprar algo.

    -¿Cómo están los pequeños?

    -Como siempre, con ganas de veros.

    -Espero que vengáis pronto.

    -Sí.

    -¿Y Sally?

    -Bien también. ¿En qué andas últimamente?

    -Pues llevo entre manos un libro de ensayos, nada menos.

    -No puedo creerlo. ¿En maestro del terror escribiendo ensayos? Pensaba que lo odiabas.

    -Sí, pero sentía ese impulso. Ya sabes a lo que me refiero. Quizás me canso a la mitad.

    -¿Y de qué va?

    -Tendrás que esperar a que termine. Ya sabes que es una regla de oro no hablar de lo que uno escribe. Se puede perder el sentido, el ritmo. Te lo he dicho muchas veces.

    -Siempre con tus secretismos. No pasa nada si le dices a tu propio hijo qué escribes.

    -Sí, supongo que no. -y para cambiar te tema- Te noto preocupado, hijo. ¿Todo bien?

    -Bueno, verás. -se hizo un silencio, Steve estaba cada vez más preocupado- Te parecerá una tontería, pero hoy he tenido una pesadilla horrible. ¿Recuerdas aquellas vacaciones?

    -¿Cuáles? ¿Cuándo fuimos al Gran Cañón? Antes viajábamos bastante, ¿recuerdas?

    -No, me refiero a aquella vez en España. Hace unos años. Me salvaste la vida, papá.

    -Eso fue hace mucho tiempo, hijo. No vale la pena recordar el pasado.

    -Me salvaste la vida.

    -No pienses en eso. Cualquier padre hubiera hecho lo mismo. ¿Vas a ver el partido?

    -Papá, ¿vas a salir?

    -Sí, justo ahora iba a dar mi paseo. Uno tiene que mantenerse en forma con la edad y…

    -No vayas, quédate en casa con mamá.

    -No te entiendo.

    -Hazme caso, papá. Por una vez en tu vida. Hazme caso y no salgas.

    -Mira, Owen. No sé qué clase de sueño habrás tenido, pero ya basta. No debes hacer caso a las pesadillas, todo es mentira. Hazme caso, sé a lo que me refiero. Las escribo.

    -Papá, por favor. Esta vez era diferente. Soñé con aquella niña, hace mucho tiempo, sabes que siempre he pensado que me casi muero por su culpa… No salgas hoy.

    -Este cuerpo de acero no se mantendrá solo. Pero bueno, para que no te preocupes, no saldré. Me quedaré en casa con mamá. Quizás podemos hacer un pastel juntos. Nunca he sido muy buen cocinero, siempre se está a tiempo de aprender algo. ¿No te parece?

    -¿Estás seguro?

    -Te lo prometo.

    -Está bien.

    -Te quiero, hijo.

    -Yo también, papá. ¿Me pasas con mamá?

    -Claro. –“Quiere hablar contigo”, dice bajito y le pasa el teléfono inalámbrico.

    Tabitha coge el auricular y escucha, su expresión es atenta. Steve sale de la cocina con el café, aún humeante, en la mano derecha. Va al balcón. Hace un día maravilloso. Las nubes de algodón transitan tranquilas. Hacía mucho tiempo que no las miraba. Cada vez más, las personas se vuelven materialistas y se olvidan del cielo, se olvidan de soñar.

    -Me estoy haciendo viejo.

    -¿Dices algo, mi vida?

    -Qué extraño estaba Owen. ¿Habrá discutido otra vez con Sally?

    -El matrimonio es difícil en estos tiempos.

    -En los nuestros también lo era y míranos. Aquí seguimos. Jóvenes impacientes…

    -¿Vas a salir?

    -Iré a dar una vuelta por el camino. Sólo unos veinte minutos. Necesito aire fresco.

    -Owen insistía en que no salieras. Estaba muy preocupado. ¿Por qué no te quedas hoy?

    -Cariño, sabes bien que no voy a haceros caso. Necesito este paseo. Ya sabes por qué.

    A pesar de los años transcurridos, Stephen tenía unas ganas imperiosas de fumar.

    -Bueno, es imposible sacarte una idea de la cabeza. Solo te pido que tengas cuidado.

    -Lo tendré, como siempre. A este viejo lobo no puede pasarle nada. Soy inmortal.

    -Eres un estúpido.

    -Te quiero.

    -No vuelvas tarde.

    -No lo haré.

    Steve sale a la mañana y el aire es puro y fresco. Viven en una mansión alejada del centro urbano. Detrás de la casa hay varias hectáreas de terreno para ellos. Steve tiene la costumbre de salir a estirar las piernas. No puede correr, pero sí sale a caminar. Cuando dejó de fumar necesitaba moverse, cansarse. La ansiedad había pasado, pero echaba de menos, de vez en cuando, un cigarrillo, una cerveza fría. Esos fantasmas, aquellos recuerdos lo acompañarían siempre. Pero quería vivir, le daban terror los hospitales.

    Sopla una brisa repentina que mueve sus cabellos encanecidos. El viento parece susurrar palabras entre los árboles, que tiemblan mientras pasa junto a ellos. Por un momento, piensa en lo que le ha dicho su hijo, lo mejor hubiera sido quedarse en casa. Pero ya está fuera y volver sería un signo de flaqueza. A los hombres como les queda el orgullo.

    El camino de tierra pasa por entre la arboleda. Los sauces enormes de nueva Inglaterra lo miran pasar quedamente. El viento se ha detenido y el día es agradable. Se siente maravillosamente. Esa mañana casi no le han dolido las rodillas al salir de la cama. Ha escrito bastante y el libro va tomando forma fácilmente. Pronto podrá mandarlo a la editorial y ponerse con otra cosa. Quizás la historia de un asesino en serie. Hace un tiempo se siente encasillado en el género del terror, por los malditos críticos literarios.

    Hay verdaderos locos. Por su condición de escritor de novelas de terror, la gente solía pensar que él creía en esa clase de cosas. La realidad es bien distinta. Él sabía que solo eran historias, mentiras, ficciones que daban mucho dinero. La vida le había enseñado que los payasos malditos, los monstruos de la oscuridad, los engendros mutados y mutilados que viven de las cloacas, todo eso no existía. A lo único que había que temer era a las cosas reales. La realidad siempre superaba la ficción, pero no lo parecía. Millones de muertes cada día en guerras, asesinatos, accidentes, enfermedades. Eso.

    Steve llega a la carretera interestatal. Es un tramo bastante corto el que tiene que recorrer por el arcén hasta llegar al camino que lo llevará al río. Hay un parque y los transeúntes suelen ir a correr por la zona. Pero el gobernador nunca había arreglado ese tramo de carretera que debería pasar por otra parte. Los políticos y sus promesas.

    Los coches y los camiones pasan con parsimonia. Steve es un transeúnte más, un viejo en el que nadie repara. Le gusta el anonimato y los sitios tranquilos. Ser famoso es un engorro cuando iba con sus hijos a tomar una hamburguesa. Cuesta distinguir la vida real, fijarse en los detalles porque cada dos por tres hay un individuo que quiere un autógrafo. Casi no sale de casa. Ese es el único rato que tiene para sí mismo, ese paseo.

    Y al fondo, a unos metros, la ve. Va vestida con su viejo traje de época, bastante sucio. Igual que la recordaba. Su cabello rubio cae apelmazado sobre sus hombros. Hacía años, décadas, que no la veía. Finalmente lo había encontrado. No sabe cómo ni por qué estaba allí. Piensa que está alucinando, que está soñando despierto, por lo menos. Al salir de aquella casa, mientras se marchaban con el coche, de camino al aeropuerto, la vio por última vez en la ventana. Sus ojos brillaban. Una mano mortecina lo señalaba. Ya no recordaba todo aquello, lo había olvidado. La niña estaba allí de nuevo, sola, como siempre, mirándolo. El corazón pugna por saltar del pecho y le molesta, ya no está para tantos trotes y el riesgo de un infarto de miocardio es razonable. No ha llevado una buena vida de joven, aunque lleva cuidándose muchos años. La niña está en la misma posición. Sus pies parecen no tocar el suelo. Es mediodía. No pasa un solo coche. La luz parece haberse vuelto mortecina. Ella espera al lado del camino que había de llevarlo al río. Realidad o ficción, Steve se ha detenido. Las piernas enclenques, fuertes para su edad, pero envejecidas, tiemblan. Un chorro de pis puga por salir de su entrepierna y su próstata casi no puede retenerlo. Él está bastante más viejo, ella está exactamente igual, con su cara de plástico grasienta. Levanta una mano y lo saluda. Steve está paralizado, no sabe qué hacer. La niña, aquella vieja, levanta uno de sus brazos y lo señala. Y empieza a acercarse, rápidamente, pero no parece pisar el suelo, solo desplazarse sobre el asfalto sin tocarlo siquiera, como movida por una rampa frenética del aeropuerto.

    Steve se gira y decide emprender la retirada. Una sombra se lanza sobre él. Casi no puede distinguir el color azul oscuro de la camioneta. Su cuerpo sale despedido unos metros y se oye un frenazo sobre la carretera. Y luego, un silencio que se rompe cuando oye la puerta del conductor cerrarse con un portazo. El hombre sale y grita. No sabe qué hacer. Ha atropellado a un transeúnte, a un hombre que se ahoga en su propia sangre. Casi no puede respirar. El hombre está tendido en el suelo en una postura imposible, retorcida. Quién es ese maldito viejo. Qué ha hecho él para merecer eso, maldita sea.

    Pide ayuda. Sin duda es un buen tipo. Steve está consciente sobre el asfalto. Piensa en Taby, en Joe, en Owen. El final no puede llegar así, tan abruptamente. Él iba por el lado correcto de la carretera, no se había salido del arcén. Frente a la policía, el conductor de la camioneta diría que se había distraído porque su perro se asustó, parece ser que había visto algo en la carretera, y que por unos instantes había ocupado el arcén. No había visto al hombre hasta tenerlo encima, se le apareció como una sombra, no pudo frenar.

    Poco más tarde se enteró de que había atropellado a Stephen King, maestro del terror.