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  • Ortega para el debate

    Ortega para el debate

    Leídas La deshumanización del arte (1925), La rebelión de las masas (1929) y otros ensayos adicionales en ambas obras; cumpliendo con el deber autoimpuesto de escribir sobre los filósofos que me parecen interesantes: explicar a Ortega y Gasset no es easy.

    Existen decenas de documentales y artículos en Internet que desarrollan la vida de este español tan internacional y, por eso, tan ilustre; tan incomprendido por su tiempo y su sociedad como cualquier buen español que se precie: tan preocupado por sus circunstancias y por los problemas de aquella España al borde y al cabo de una guerra. Filósofos de barba blanca, un poco obesos, de voz gruesa, dan cuenta en antiguos programas de televisión sobre la vida y obra de este otro filósofo que siempre sale fumando en las fotos o conduciendo un anacrónico descapotable con sombrero panamá.

    «Yo soy yo y mis circunstancias, y si no las salvo a ellas tampoco me salvo yo», repite un poco todo el mundo sin saber que la frase es de Ortega y sin entender muy bien lo que significa. Porque a mí también estas palabras me han venido a la cabeza en multitud de circunstancias, he decidido emprender un viaje intelectual en borriquito, a trote cochinero, y pasearme por la prosa de Ortega sin detenerme en conceptos como «razón vital» o «perspectivismo filosófico»: eso es trabajo de los filósofos de barba blanca.

    Mi  vocación  de  profesor  de  secundaria  y  el  hecho  de  pasarme  las  horas  entre  adolescentes  sin  pelos  en  la  lengua,  me  hace  explicar —y explicarme— la figura de este intelectual de una manera diferente. Podría hacerlo con mayor rigor y con palabras más altisonantes, pero entonces me aburro y no escribo. Será que yo también soy un poco adolescente y un poco viejo cascarrabias y un tanto enfant terrible para ser intelectual.

    Perdón por el desorden de palabras y fragmentos sin una estructura muy definida. No obstante, me sirve para que el lector entienda el estilo del autor objeto de nuestro ensayo: José Ortega y Gasset. Él es como los mejores y peores escritores españoles, es decir, es como Orbaneja, pintor de Úbeda, que preguntado en su pueblo qué demonios pintaba, él respondía «lo que saliere» —búsquese: «Orbaneja, el Quijote, fragmento» o léase El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615)—  y así, vemos en Ortega un ensayista que escribe según lo que a él le saliere: sus libros son semilleros de ideas.

    Nunca se desarrolla una teoría clara y concisa, bien estructurada al modo decimonónico y vetusto de las novelas naturalistas que de joven le tocó defender. Los textos de Ortega pueden leerse por separado, todos juntos, desordenados, ahora el primero, luego el último y el lector nunca encuentra, ni pierde, el hilo. Quizás por ese motivo se pasó algunos artículos defendiendo La deshumanización del arte: el arte nuevo de hacer poemas, de pintar cuadros obtusos, en aquel tiempo. Era la era de vanguardias y futurismos que vivieron deprisa y envejecieron pronto. Ortega es también un artista de su tiempo, a veces incapaz de hacer otra cosa que no fuera amoldarse las circunstancias. Y así, como hoy encontramos innumerables novelas que mezclan la ficción con el ensayo, el diario y la autoayuda, así encontramos el estilo de Ortega. Pero para algunos criticones posmodernos, los cuales repiten frases como parrots, Ortega no tiene interés.

    Y yo, en aquella obra del 25, encuentro mis principales diferencias con el madrileño. No estoy de acuerdo con muchas de las cosas que afirma. De hecho, me pasé la lectura escribiendo contraargumentos en los márgenes del libro o apóstrofes retóricos tal como: ¡qué dice este tío! ¡cállate, no! y exabruptos del estilo. También frases que uso ahora on writing. Por otra parte, le gustaba mucho ir poniendo palabrejas en inglés o en francés, las lenguas de moda de su tiempo, y aunque este estilo está un poco demodée, encuentra en Ortega cierta gracia, como esos cómicos a los que se les perdona los chistes de mal gusto sin motivo aparente. Incluso le disculpo los dislates por su gran inteligencia.

    En pocas palabras, defiende que el arte debe deshumanizarse: cuanto más alejado de las pasiones humanas, de las altas y las bajas, tanto mejor, tanto más arte será. Y así, repasando toda la historia de la humanidad, de forma muy somera, llega a concluir que el arte de su tiempo no puede ser de otra manera, enfrentándose, con la dialéctica, a los moralistas de su época que criticaban esa condición del arte nuevo. La tradición era una cosa bizantina, es decir, tan hierática y oriental que no debía interesar al europeo artista. Y claro, yo, que soy un ser demasiado apegado a las pasiones, las altas y las bajas, tan cerca del romanticismo y de sus diversos precedentes —y de sus futuras restauraciones— a lo largo de la historia, no podía estar más en desacuerdo. Y me reafirmaba el hecho de que, cuando defendía a determinados artistas como grandes precursores del arte futuro, ahora ninguno es Góngora, sino que son todos tierra, humo, polvo, sombra, nothing.

    Pero, aunque se equivocara en sus predicciones, y a pesar de no estar de acuerdo con  su  perspectiva,  no  pude  dejar  de  leer  La  rebelión  de  las  masas —con ese título, quién puede resistirse— y, entonces, el lector encuentra a un Ortega muy diferente: más bien contrario al crítico literario. Si en La deshumanización parecía apreciar la tontería en el arte, en este, cuando habla sobre la Historia, es decir, de temas serios —piensen que corren los bélicos años treinta, con todos sus muertos a cuestas—, resulta que es un gran adivino.

    José Ortega y Gasset

    Ortega decía que la historia podía predecirse, de hecho, lo dice varias veces a lo largo de sus ensayos. Si uno estudia a los pensadores de otros tiempos, encuentra aciertos que parecen imposibles, genialidades. No obstante, él afirma que tales aciertos responden a un ejercicio de lógica. Y es muy curioso que el propio Ortega previera una futura Unión Europea que el llamaba con otro nombre, donde todos los países deberían unirse con todas sus diferencias, no entendiéndolas como obstáculos, sino como elasticidades para afrontar los distintos problemas posibles que pudiera afrontar esa sociedad. O eso o la autodestrucción de Europa. Por otra parte, también afirmaba que la política estaba dominada por el hombre-masa, es decir, por personas que piensan que tienen todos los derechos y ninguna obligación, que creen que todo lo que ha construido la humanidad y la cultura hasta ahora ha caído del cielo como cae la lluvia. Que la sociedad, la democracia o la ley es tan antigua como la naturaleza, por eso no se preocupaban por conocer su propia historia, por eso estaban condenados a repetir los mismos errores. Es diabólico el grado de acierto, impresiona que aún, todavía hoy, estemos en las mismas. Mientras me deleitaba con la lectura pensaba: ay, Ortega, ¿qué pensarías hoy en día?

    Uno de los debates encendidos que cada día me toca afrontar desde la intelectualidad con el resto del mundo es el de la importancia del humanismo respecto a la ciencia. En mi profesión existen los profesores de matemáticas. No todos, pero muchos de ellos se creen los alquimistas del conocimiento, o por lo menos, los poseedores y transmisores del único conocimiento válido, contrario a las lenguas, la historia y, no digamos, el arte. Lo mismo sucede con algunos científicos: biólogos, ingenieros, tecnócratas. Apátridas de la filosofía y el pensamiento, según ellos, en pro de los números. Pero Ortega ya habla de ellos, ya los esboza como vetustos decimonónicos, como abejas en su celda haciendo avanzar la ciencia por su cuenta y riesgo: encerrados en su mentalidad sin atender a lo que pasa en torno, sin ver para qué o a quién sirven los avances que ellos realizan. Y yo pregunto, si como ellos afirman, todo es química o biología o fríos números: ¿qué falta hacen las religiones, las sectas, el tabaco, el alcohol, las pastillas para dormir o los antidepresivos? Parece ser, en mi empirismo, que los más científicos son los más miopes. Ortega lo ve, Ortega lo esboza, y me dio esta idea que escribo aquí y ahora.

    No todo está tan claro como afirman los libros de autoayuda y las ciencias exactas que curan todas las enfermedades del alma con químicos. Hay esperanza para la filosofía, para la literatura, para el arte, la duda. Decía el filósofo: Ortega es un semillero de ideas.

  • Un café para Platón

    Un café para Platón

    Acabo de terminar dos obras importantes para la historia de la literatura, la filosofía y la cultura en general: Fedón y Fedro. Dos mancebos griegos amigos-amantes de Sócrates que se dejan enseñar por el primer filósofo, que no sabio. Mentiría si no dijera que hay muchas cosas que se escapan a mis referencias y que las he leído sin detenerme, como el que lee una novela, intentando descubrir el misterio entre líneas, dando por supuesto que no lograría aprehender la totalidad de la obra ni del pensamiento helenístico.

    Lo que más sorprende son las coordenadas dualistas: lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo justo y lo injusto, etc. Se da por sentado que existen dichas realidades como lo alto y lo bajo, lo grande y lo pequeño, el calor y el frío. En sus parlamentos, los filósofos califican las dudas como posturas del vulgo: ¿Hay vida más allá de la muerte? El vulgo afirma que quizá no la hay, etc. Me ha decepcionado esta concepción presente en el Fedón, como si fuera cosa de nobles el conocimiento innato y desterrar así la sentencia a la que tantas veces se refieren los profesores de filosofía: solo sé que no sé nada. Yo no sé de dónde la han sacado, pero en el Sócrates platónico, las dudas son cosas de los ignorantes y la mayéutica se basa en preguntas retóricas que se contesta a él mismo y en el que todos los oyentes coinciden y dicen: No podría ser de otro modo.

    Por supuesto que podría ser de otro modo, dice el lector. Siguiendo el planteamiento de ese dualismo atroz, se desprecia el cuerpo y se alaba el alma con liberalidad pueril. Además, por muchas cábalas y silogismos que se planteen, solo tenemos claro que existe una de las dos cosas. Así, se desprecia lo que existe en pro de lo que puede existir o no, ser o no ser, ésa es la cuestión, querido Platón. El argumento más sólido que he podido extraer que respalde la existencia del alma es la concepción de lo perfecto: podemos imaginar la perfección, podemos acotarla de distintas maneras, pero no podemos hacer que exista. Luego, en alguna parte hemos visto lo perfecto, el concepto, lo que es igual a sí mismo, el absoluto, lo infinito, lo divino, lo imposible. Entonces es el alma quien guarda recuerdo de esas ideas y en la vida lo único que hacemos es recordarlas, buscar sus semejanzas, siempre imperfectas, siempre defectuosas, en el mundo sensible: aquel que percibimos mediante nuestros imperfectos y defectuosos sentidos. Bueno, es bastante certero el planteamiento, pero es del todo insuficiente.

    Resulta curioso que se planteen estas cuestiones —de carácter tan personal, tan sentimental, tan irracional, en definitiva— desde el punto de vista de la razón: me parece un despropósito. Hasta el más recalcitrante de los ateos intuye que hay algo más allá de lo tangible, de lo que se ve, se toca y se oye. Sin quererlo su razón, cree que existen sinergias que operan en su vida que no tienen explicación racional: esto podía haber sido de cualquier manera y, no obstante, fue de la manera en que yo presentí que sería: ¿por qué?, se preguntan el filósofo y el ignorante. Así, Platón, la razón quizá es tan defectuosa como cualquiera de los sentidos corporales con los que se descodifica lo que tú llamas realidad, verdad, idea, y yo solo atino a llamar sueño, sombra, ficción.

    Dos milenios más tarde, vino Nietzsche a decirnos que dioses habían muerto porque habíamos dejado de creer en ellos. Los hombres y las mujeres hemos inventado a Dios. Vale, pero eso sigue sin responder quién es nuestro inventor necesario, y eso deja un espacio para que las sectas de toda índole saquen tajada con historietas vagas sobre el origen del mundo, las cuales cada una entiende a su manera defectuosa e imperfecta. Lo único que está claro es que la humanidad no ha inventado a la humanidad, ni la naturaleza, ni tampoco ha encendido ni una sola de las estrellas incontables del cielo. Si a ese misterio lo llamamos Dios, entonces, querido Nietzsche, Dios sigue existiendo.

    Pero volviendo a Platón, también me perturban las ideas peregrinas presentes en Fedro, el bello mito del auriga y los dos caballos, como afirma la contraportada del libro, se encuentra en esta obra. Y dice, al fin, en su dualismo, que hay que maltratar al caballo negro —el de las bajas pasiones como el odio, el miedo o la concupiscencia— y mimar al caballo blanco, que es su contrario. Así, ascenderemos al mundo de las ideas al cual nuestra alma pertenece. Y al describirlo con toda suerte de detalles, que más me parecen fantasía que racionalismo, llego a la conclusión a la que llegó Joaquín Sabina mientras empuñaba un cigarrillo y un güisqui; preguntado en un programa de televisión, de cuyo nombre no quiero acordarme, por la vida eterna dijo: hay vida más allá… pero no es vida.

    Debo decir que me parece muy bello el mito del auriga y sus caballos, pero discrepo en la propuesta de maltratar a uno y regalar al otro; ambos son los que tiran del carro. Aunque contradictorios, habrá que sacar a veces la visceralidad del odio para superar los desiertos del camino y llegar a los vergeles donde nuestro amor pueda mostrarse con todo lustre. El caballo blanco es noble, pero es débil. El negro es malo, pero es fuerte. Ambas corrientes habitan en el corazón, o en el inconsciente, de todas las personas. Ninguna es prescindible, las dos son necesarias. Y adónde el camino irá, lo decide el auriga. Y cuál es el camino mejor, eso no lo sabe nadie. Y quien diga saberlo miente.

    Estas son las conclusiones que saco después de leer a Platón. Lo que más me ha gustado de ambas obras, Fedón y Fedro, es el final. En ambas, Sócrates acaba por recordar un mito y empiezan los dos con la misma idea: esta historia puede ser verdad o no, pero yo creo que es válida. Así, al final, todo se resume en la sentencia: Solo sé que no sé nada.

  • Ahora me rindo y eso es todo

    Ahora me rindo y eso es todo

    “Antes me movía como el viento…”

    Ahora me rindo y eso es todo es la más reciente novela del escritor mejicano Álvaro Enrigue (1969). La frase que titula la obra fue pronunciada por el indio Gerónimo, cuando capitulaba frente al ejército de los Estados Unidos a finales del siglo XIX. Su fuerza es tanta que podría funcionar como el verso inicial de un poema épico, o en este caso concreto, como el último verso apache.

    La zona donde habitaba la apachería chiricahua aparecía en los mapas del norte del continente americano y su territorio se extendía al oeste de Río Grande, protegida por las montañas, entre los estados de Sonora, Chihuahua, Arizona y Nuevo México, donde cabrían Francia, España y Alemania. Para el momento en que comienza la novela, las guerras contra los apaches llevaban alargándose desde antaño. Muchos se sometieron y fueron indios de razón, pero los apaches chiricahuas decidieron extinguirse antes que renunciar a ser libres.

    Mundo apache.

    El paisaje fronterizo entre Méjico y Estados Unidos lo hemos visto en las películas. El desierto americano tiene ese magnetismo de lo antiguo, de lo eterno. Una fotografía detenida de lo que una vez hubo de ser el mundo, antes de que la vida, las selvas, el agua, las flores, hicieran posible lo bucólico. Es un ambiente que embruja, un lugar donde la magia es posible y en el que la voz del dios “Yusn” viaja con el viento recordándole, a quien la escucha, que es minúsculo y que, como las naciones, está de paso. “A los bendokojes no les falta nada, mi teniente coronel, pero cada cosa que se empacan les cuesta. Nada les cae del cielo. Así es su mundo y están agradecidos.”, escribe Enrigue. Todos, alguna vez en la historia, fuimos indios chiricahuas.

    “El teniente coronel José María Zuloaga era un hombre del monte, así que le encantó recibir las órdenes que lo ponían a recorrer sin reparo ni límite de tiempo los peladeros que adoraba”, añade el escritor. El cometido del personaje era encontrar, viva o muerta, a Camila, cuyo cuerpo no había aparecido después de que los apaches asaltaran una ranchería de Janos en 1836. Como era su costumbre, no dejaron a nadie con vida, tampoco a los niños, pero Camila no estaba. Raptada por el jefe indio Mangas Coloradas, quizá estuviera prisionera.

    Civilización y barbarie.

    El conflicto entre la civilización y la barbarie ha recorrido la historia de la literatura fundacional hispanoamericana desde la formación de sus primeros estados nacionales, en el siglo XIX. El asunto lo han encarnado, con frecuencia, los conflictos entre hombres y mujeres. En la obra clásica La cautiva (1837), del argentino Esteban Echeverría, una joven criolla también es raptada por indios bárbaros. En la obra de Enrigue, el planteamiento no es tan maniqueo. Y, aunque gran parte de la novela es la narración literaria de un acontecimiento histórico, no nos queda tan claro quiénes son los malos y los buenos; los civilizados y los bárbaros.

    En una entrevista, Enrigue decía que una novela es siempre política. Si hubiera que extraer de Ahora me rindo y eso es todo una interpretación en este sentido, veríamos dibujada en la frontera real y la cultural entre Méjico es Estados Unidos el muro del presidente Donald Trump, los westerns, las luchas entre las ideologías de derechas y las de izquierdas, el intervencionismo estadounidense. Pero los gringos también son hábiles: se apropiaron de la memoria de los héroes que se dedicaron a extinguir y cuyos últimos descendientes murieron en un campo de concentración. Porque Naiche, Mangas Coloradas, Cochís y otros tantos jefes indios eran apaches, pero mejicanos. Y si hablaban en idioma extranjero, era en castilla, no en inglés. El más famoso de todos: Gerónimo.

    “Para nosotros siempre fueron nomás unos bandidos a los que había que suprimir porque les habíamos dado una religión, una tierra y una patria, y la habían rechazado”

    Méjico —dicho con j, como he hecho a lo largo de este texto— parece haber olvidado estas figuras legendarias que una vez poblaron las tierras septentrionales, fronterizas, de la recién nacida república. Sin duda, los apaches rebeldes eran un estorbo para los intereses comunes de las naciones civilizadas. Pero la obra reflexiona sobre sí misma, y demuestra que en ese camino hacia la tierra prometida de la sociedad del bienestar, hemos perdido el mayor bienestar de todos: la libertad.

    Es como escribe Enrigue en su novela: “Para nosotros siempre fueron nomás unos bandidos a los que había que suprimir porque les habíamos dado una religión, una tierra y una patria y la habían rechazado. Nunca quisimos entender que tienen su propio lugar en la historia y que su historia también es la nuestra” Por eso los rendimos, América, si ese es tu nombre. Y eso es todo.

  • Patria, novela de Fernando Aramburu

    Patria, novela de Fernando Aramburu

    Encontré la novela de Aramburu en un estand de la librería Abacus en Barcelona, concretamente, en la avenida Fabra i Puig. No suelo leer libros actuales, no soy una fangirl de Javier Marías y nunca me dijo demasiado Vila-Matas. Igualmente, no me he acercado al proyecto Nocilla ni al resto de obras, dizque, de su generación. Alberto Olmos me aburre bastante y casi nunca leo los periódicos ni críticas literarias.

    Yo conecto mejor con los clásicos; a poder ser, los mamotretos del siglo XIX. Cuando se trata de leer, pocas veces me gusta perder el tiempo; conforme me voy haciendo adulto, cada vez tengo menos ganas de malgastar las horas.

    Pero mi ávido olfato de lector de novelas se ha desarrollado como un sexto sentido que pocas veces me falla. Además, nunca leo las contraportadas de los libros por miedo a que algún mequetrefe me destroce doscientas páginas de una buena novela en cuatro líneas mal escritas. Para mí, la intriga es importante, quizá por mi condición de lector inocente al cual la Nocilla ha dejado de entusiasmarle.

    En lo que sí suelo reparar es en las bandas de papel que, a modo de cinturón en las portadas, suelen contener frases cortas de escritores que recomiendan las obras del momento. Recuerdo que Vargas Llosa, uno de mis autores favoritos, ponía la novela de Aramburu por las nubes y no necesité más crítica que esa para hacer el dispendio y comprármela. Pero así soy yo.

    Para quienes no sepan qué leer, o duden incluso de si leer vale la pena, van dirigidas estas palabras. Soy profesor de castellano en la pública y mientras estaba leyendo Patria preparaba, también, los exámenes de la primera evaluación. En vez de buscar un fragmento por Internet, leerlo someramente y pegarlo en una hoja de Word, decidí utilizar unos cuantos párrafos de la novela que yo mismo estaba leyendo. Antes de repartir el examen, subrayé que el fragmento del texto me había parecido especialmente bueno para utilizarlo como comprensión lectora. Una de las preguntas estrella que puse fue: ¿Quién es el narrador en este fragmento?

    Quizá alguno de ustedes pueda recordar una pregunta de este estilo en su etapa de estudiante de secundaria. El ejercicio era típico, calcado a muchos otros. El hecho que lo hizo especial fue el estilo de Aramburu. Esa forma magistral de mezclar la primera y la tercera persona a la hora de narrarnos una historia, capta perfectamente el punto de vista del personaje que nos está relatando algún pasaje de su vida, sin caer en la pesadez de la primera persona y el yo esto, yo lo otro. Magistral. Yo lo había intentado en alguna que otra prosa, sin atreverme a romper la unidad de la tercera persona pero queriendo meterla dentro del pensamiento y el alma de los personajes. Aramburu lo consigue de forma natural y, por eso, su novela es una delicia a la altura de cualquier clásico del XIX. Dicho sea de paso, mis alumnos también agradecieron el fragmento que, aunque difícil, les gustó porque no era «lo típico que les hacen leer normalmente».

    Cuando me pregunta la gente de mi entorno: «Oye, ¿de qué va la novela?», yo respondo: «De la ETA». Ahora te pregunto a ti, que me estás leyendo, ¿tú sabes algo de la ETA? Más allá de las noticias y los atentados y el politiqueo, dime, ¿sabes algo de eso? Yo tampoco tenía ni idea. Este autor nos sumerge en un mundo cercano, desconocido y tabú; nos muestra a las personas que lo forman: las víctimas y los verdugos; las víctimas y los opresores. En definitiva, los seres humanos que viven y se desarrollan en un mundo que nos juega malas pasadas, generalmente, por nuestra irremediable ignorancia. Sin política, sin bandos, sin ideales de ninguna clase. Literatura pura y dura; arte del bueno que no te deja indiferente.

    Ni siquiera soy de los que lloran en público; ni siquiera soy de los que lloran en el cine. Pero no pude contener un calambrazo de emoción al sentirme identificado, en tantas cosas, con Joxe Mari, con Bittori, con Xabier o el Txato; entre tantos otros personajes duros, tristes, optimistas y entrañables. Es literatura que emana de la fuente más pura y clara para un mundo, cada vez, más necesitado de ella.

    No sé qué estás haciendo que me estás leyendo a mí en vez de leer Patria, de Aramburu.

  • Lo que sé de Francisco Casavella

    Lo que sé de Francisco Casavella

    Brindis ensayístico de la literatura catalana y contemporánea escrita en español. La sombra del Watusi es alargada, radiante.
    por Ricardo Rodríguez Boceta

    En el prólogo y el epílogo que adornan la obra de Francisco Casavella, El día del Watusi en Anagrama (2016), se da una coincidencia feliz: los ensayistas se habían tomado algo con el personaje y comentaban la anécdota que los había unido. «Nos metimos una raya como la Gran Muralla China» (K. Amat) o «El día del entierro de Francisco, pronuncié unas palabras y recordé cuando, en el bar, etcétera» (M. Otero). La suerte de haberse codeado —y colocado—, aunque fuera poco, con el novelista gigante les otorga la lira y la letra para cantar las hazañas de la literatura quinqui con la voz cazallera. Pero yo, Lector curioso, no he tenido la suerte de irme de copas con el paquidermo y no puedo presumir de escena prostibularia ocurrida en el Barrio Chino de Barcelona, hoy llamado «El Raval», que hiciera las delicias de los intelectuales políticamente incorregibles, entre los que, falsa modestia aparte, nos incluyo. Entonces, no me queda más remedio que arremangarme, encenderme un cigarro eterno, adoptar una pose, impostada, de chulo y contarte cómo conocí al verdadero Francisco Casavella. Ponte cómodo, Lector genial, pide un par de cervezas, que vamos a hablar de Literatura.

    Había una vez Barcelona, el Carmelo, para más señas. Yo vivía en un bajo sin cédula de habitabilidad, con vistas privilegiadas al ambiente charnego de Últimas tardes con Teresa y me enardecía creerme que era el Pijoaparte. Con la desfachatez que, ahora, me disfraza, comentaba mis ensoñaciones con una chica que gustaba de pasar el tiempo conmigo. Y fue ella la que me regaló, en un día cualquiera, un libro que «te va a encantar, es muy tú». La novela se titulaba El triunfo. En la portada salía un cartel, uno de esos que se enganchan con cola en las paredes de la calle, ajado, con un rostro sin cara que algún transeúnte habría arrancado por distraerse y por gamberrismo. Devoré la obra en apenas unas horas: no era muy larga. Ella dijo: «Mientras la lees, parece que estés canturreando una rumba, te dan ganas de bailar». De todas las reseñas, entrevistas y ensayos que han tratado la ópera prima de Casavella, no he encontrado una definición más acertada, así que la comparto contigo, Lector carísimo. De nada, dáselas a ella.

    En el estilo casavellano encontré a un escritor de un talento fuera de serie. Seguro que cuando piensas en Las Grandes Obras, te viene a la cabeza un programa parecido al ya extinto Negro sobre blanco en el que Sánchez Dragó se entrevistaba a sí mismo a través del intelectual de turno, con un currículum y una obra tan vastos que dan vértigo y dices: qué lejos estoy de ese tipo. Pero como has pateado lo suficiente y tienes lo que hay que tener, Lector valiente, sabrás que el arte aletea en cualquier parte, continuamente. Observas a la gente anónima interpretando su vida y parecen moverse al compás de un ritmo, de una música imposible. Y cuando devuelves la vista al libro que estás leyendo, quizás echarás de menos encontrar la calle donde tú estás ahora, las cosas que a ti te pasan o pudieron haberte ocurrido. Encuentras, por ejemplo, los paseos pequeñoburgueses, magistralmente narrados, de un Javier Marías que reflexiona sobre el divorcio inevitable. Luego te pones una canción cualquiera y recuerdas cuando estabas con alguien tú ya sabes donde haciendo tú ya sabes qué. Entonces le preguntas al libro que dónde está aquel descampado mágico donde solías perder las horas con tu amigo Jesús del Barriobrero. Lector amigo, yo te lo digo, como entonaba la canción del programa de Dragó, «todo está en los libros». La coordenada exacta: El día del Watusi.

    Si encontrares el mamotreto en tu librería de confianza, lo tomares con una mano firme y le dieres la vuelta, leerías algo así como: Fernando Atienza es un arribista que blablablá. Ni caso. Tomemos un poco de cerveza y adoptemos una visión escéptica de las cosas, a ver qué pasa. Imaginemos un pobre becario, de edad indefinida, con más trabajo que tiempo, al que le mandan escribir cuatro líneas sobre una obra de ochocientas páginas. Se habrá acercado a reseñas, entrevistas, opiniones ajenas, habrá leído como mi abuela en escuela: el primer capítulo, el del medio y el del final. Afirmar que el protagonista es un trepa es como decir: el Quijote es sólo un caballero andante.

    Si eres de los que te vas a Internet y escribes «entrevista francisco casavella», verás que aparecen no más de cuatro vídeos. Verás un señor con facha de tronado, departiendo en el plató demodé sobre su obra, con una pose tabernaria y un ingenio que ni el ingenioso hidalgo. Son tantas las novelas que beben, se justifican, se engalanan, con Cervantes. Decía García Márquez que era difícil escribir en español un diálogo entre personajes que no pareciese quijotesco: cuánta razón la de nuestro amigo el Gabo. Desatendiendo su consejo, muchos escritores se han lanzado a imitar, mejor o peor, la primera novela moderna en obras muy posmodernas. Y ahora viene la hipérbole, Lector amable, escucha: lo que más se le ha acercado, si no pasado por encima, sólo el tiempo lo dirá, es el Watusi. Viendo en la pantalla al escritor en su plática, notarás que le faltan algunas piezas dentales. Como todo el mundo sabe, el consumo reiterado de cocaína daña las encías, pero como te prometí, no quiero hablarte de drogas, noches y rameras. Como decía el eterno «el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho». No se puede resumir mejor ni decir mucho más en la frase. Y te aseguro, Lector suave, que muy pocos han andado y visto y leído tanto, con la misma ferocidad, como Francisco Casavella, jugándose la salud en la causa perdida que es escribir para nuestro deleite.

    Dejando de lado las frases por todos conocidas y los pasajes de galeotes, molinos y disparates, sin olvidarlos, la importancia de la obra de Cervantes, y la de Shakespeare, estriba en su propia concepción; lo que en estudios literarios ha tenido a bien llamarse metaliteratura: la historia más allá de la historia. Verbigracia: Hamlet representa para su tío una obra de teatro, mientras se representa Hamlet en el teatro londinense, en el gran teatro que es el mundo, donde todos nosotros participamos. Pues eso es lo que encontramos en el Watusi, un genio tan vivo, tan actual y tan eterno, que parece salirse de las páginas y formar parte de realidad y la ficción circundante. Fernando Atienza sobrevive en una vida que bien podría protagonizar cualquiera, vive los sueños y las pesadillas que tienes tú y pone en práctica algunos consejos de la autoayuda para llegar a lo más alto y para darse cuenta de que ha tocado fondo. Un extranjero en el barrio parnasiano de la Transición española, de las cloacas políticas y culturales de los años setenta, ochenta, noventa, de ahora. Hay un grupo de melenudos que se reúne todas las vísperas al 15 de agosto para celebrar El día del Watusi, hay personajes de la vida que piensan que el Watusi, como el Quijote, existe. Quizás porque desconocen quién los ha inventado, pero «lo que se pierde de nombre se gana de eternidad», Machado dixit.

    Mientras devoraba los tres tomos que lo conforman —Los juegos feroces, Viento y joyas, El idioma imposible— tenía que parar a veces porque pensaba que me iba explotar una arteria. En cada párrafo había una enseñanza sin moraleja, una genialidad infinita como lo oscuro, radiante. Podría ahora tomar el volumen que tengo delante y ponerte algunas citas que te dejarían rascándote la cabeza: espera, Lector paciente. Porque a diferencia de la poesía, tenemos la suerte de poder entender los versos dentro de una novela, lo cual hace que tu compresión, interpretación y capacidad de dilucidar, revienten e irradien.

    No quiero cansarte con mi verborrea, pero como te respeto, Lector todopoderoso, he querido hablarte en necio porque sé que no lo eres. Si te ha intrigado, ya sabes dónde está el resto de la mercancía: no te la acabarás. Venga, rematemos esto con una cita y brindis al estilo de Vilabrafim, abro el libro al azar, encuentro subrayado en lápiz:

    «Cuando las cosas son un fracaso todos echan a volar. Cuando son un éxito, todos empiezan a desconfiar de todos. Eso pasa en las mejores familias. La sociedad capitalista, Fernando. La propiedad es un robo, pero la vanidad es la vanidad y el miedo es sólo miedo».

    A tu salud, Lector salvaje. Camina por la sombra. Nos vemos por los libros.

    O el próximo 15 de agosto en Barcelona, durante El día del Watusi.

     BIBLIOGRAFÍA

    · Amat, Kiko. Antes del huracán, Ed. Anagrama, 2018.
    · Casavella, Francisco. El triunfo, Ed. Anagrama, 1990.
    · Casavella, Francisco. El día del Watusi, Ed. Anagrama, 2016.
    · Casavella, Francisco. Lo que sé de los vampiros, Ed. Destino, Premio Nadal 2008.
    · De Cervantes, Miguel. El Quijote, 1605 y 1615.
    · García Márquez. Cien años de soledad, Ed. Harper, 1967.
    · Marsé, Juan. Últimas tardes con Teresa, Ed. Seix Barral, 1966.
    · Mendoza, Eduardo. La ciudad de los prodigios, Ed. Seix Barral, 1986.
    · Shakespeare, William. Hamlet, 1609.