Temblarás de placer, de miedo, de deseo. Es el tiempo de abandonar el desierto. Ahora.
Adiós, mis buenos amigos, el sol y la arena. Otro recorrerá vuestras dunas y vuestros cielos despejados de lluvia. Para otro serán las cuevas sombrías y las noches frías cargadas de estrellas. Noto cómo se aproxima el mar, la mar, solo el mar, y cómo el agua, con placer, va inundándome las piernas, las rodillas, los muslos. Empieza un nuevo horizonte, acaso más vasto que el anterior, y debo decir adiós a mis huellas.
Tantas las cosas que he aprendido recorriendo los caminos tórridos. Sobrevivir en el desierto no es sencillo. Hay que endurecer la piel, los ojos, la sangre. No hay que desesperar, hube de aprender a respirar durante las tormentas de arena, y luego erguirme, y seguir caminando frente al sol. Encontré oasis escasos con agua clara, con agua turbia, a veces pútrida. Me dolió el estómago y vomité sangre de mi alma. Pero como no me morí, seguí adelante, un paso, un pie patea la nada y se posa en el suelo, otro paso. Poco a poco, sol a sol, mes a mes, luna a luna, fui acostumbrándome al paisaje y él también se acostumbró a mí. Si me picaron los escorpiones, me los comí. Si las piedras afiladas me cortaron los pies, hice de ellas cuchillo, martillo, juguete, arma.
En el desierto nunca llueve y no existe el éxito. Cualquier triunfo es escaso como la nube pasajera que descarga y al instante se seca sobre la arena sedienta. No se puede parar y vivir en los charcos del desierto. Quizá esa es la lección más importante.
Hay que dormir tranquilo, con un ojo abierto. Se tienen pesadillas, pero no hay que tomarlas como pronósticos casi nunca. Se ven espejismos y uno los mira sabiendo que son mentira cuando los ha perseguido tantas veces y se ha perdido. Hay atajos que te sacan del desierto, pero nunca los tomé. Me dijeron: ¿Quieres terminar tu caminar errante? ¿Deseas la sombra de este oasis? Pero yo siempre respondía: Por poco tiempo. ¿Por qué?, me preguntaban y yo: Estoy buscando el mar. El mar quizá no existe, yo no lo he visto nunca. Yo sí, vengo de allí. Entonces está en dirección opuesta y lo que haces es internarte cada vez más en la caldera. Puede ser, pero ya no puedo volver sobre mis pasos. ¿Cómo sabes eso? Porque lo he intentado otras veces y ya no estaba el mar donde lo dejé, solo un abismo inmenso que regué con lágrimas, y lo llené con nada.
Acepté que quizá el mar ya no existía porque subí las montañas y no lo divisé en lontananza. Carraspeé de forma amarga y las descendí con pesadumbre. Me acostumbré a la tarea de encontrar de beber, palmeras raquíticas, sombra y agua tibia. Pero supe abandonar pronto esas comodidades y seguir mi camino. Sentí la libertad de estar solo y la amé por encima de todas las cosas. Hablé con Dios y le dije que estábamos en paz, que solo quería seguir teniendo las fuerzas para seguir caminando. Miré las estrellas y aprendí sus nombres. Resistí los envites del tiempo y del vacío. Algunos me miraron con lástima, otros con admiración. Yo aprendí a no mirar a los lados, a seguir andando.
En el fuego del desierto se forja el carácter. Hay quienes no resisten y se rinden, construyen tablones, pozos, chamizos. Otros nunca salieron del mar al cual pertenecían y desconocen la mitad del mundo. No valoran lo que tienen porque no tienen con qué compararlo. Luego me preguntan: Oye, cómo es el desierto. Y yo respondo: A todo te acostumbras, incluso a la sed. El desierto te vuelve indestructible si no te destruye. Compadezco también a los pobladores del desierto que nunca mojaron los dedos de los pies en las olas. Se perdieron, a su vez, la otra mitad. Encontraron barro y soñaron que era el agua. Nunca les contradije, cada uno es libre de buscarse y encontrarse jamás.
Un día, una brisa me trajo antiguos olores marinos. Tracé la dirección, en la planicie cualquier dirección es buena. Puse todo lo aprendido en práctica y dirigí mis pasos hacia ella. Muchas veces no hubo pista alguna. No volvía a soplar el viento del mar, pero no dejé de andar despacio, como si nada sucediera, sin perder la referencia. Pero entonces, algo dentro de mí, supo que lo iba a encontrar por fin. Y no corrí desesperadamente porque sabía que el camino era largo. Me limité a hacer lo mismo que siempre y un día, a lo lejos, vi el mar de cristal. Bajé las dunas con las piernas temblorosas pero fuertes, pero firmes. Me arrodillé junto a la orilla y besé, por fin, sus aguas. Nos habíamos encontrado otra vez, de nuevo. Sé que las aguas también me buscaban, y allí estábamos.
Como somos tan diferentes y tan acostumbrados a no tenernos, vamos introduciéndonos poco a poco el uno el otro. Y ahora que las olas me llegan a la cintura, a punto de saltar, de sumergirme y no volver a sacar la cabeza, miro atrás y veo el desierto, con todos sus recuerdos y tesoros, sus buenas y sus malas experiencias, que se despide como un viejo maestro, ululando. Yo sonrío y pienso que le he ganado la partida, pero él no se ofusca porque se ha divertido conmigo y porque gana muchas veces y desconoce el tiempo.
La brisa del mar me cambia, me transforma. Animal bello me vuelvo y abandono mi forma de camello, de chacal, de serpiente. Soy un niño que juega, que levanta cortinas de espuma en torno a sí. Seré delfín, orca, cachalote, ballena: espejismo del mar infinito.
Ernest Hemingway se suicidó en Idaho, Estados Unidos, el día 2 de julio de 1961. Por ser uno de los grandes escritores del siglo XX, su muerte es una de las más sonadas de la literatura. Maestro de tantos prosistas, siempre buscando un estilo directo y depurado, sus cuentos representan un reto al ingenio del lector porque nunca aparece el hecho más importante de la historia: es el lector quien debe deducirlo. Es por eso que, a pesar de aplaudir su prosa, muchos no entienden el significado real de sus relatos. Este es un homenaje al gran escritor americano, que visitó España durante la Guerra Civil y se enamoró de ella. En este relato, la clave de la historia también está elidida. Sucede en un día espléndido en Ketchum, Idaho, Estados Unidos.
Ernest está bloqueado. Lleva meses así, demasiados. Mira la montaña de papeles sobre su escritorio, mira la botella de whisky. Su padre le decía que uno se hace un borracho cuando empieza a abrir las botellas, él siempre pensó que uno se hace borracho cuando bebe solo. En cualquier caso, abre la botella y se sirve un vaso. Lleva más de una hora frente a su libreta. Los bares están demasiado lejos de su casa y él es ahora demasiado viejo y famoso para ir a cualquier parte tranquilo. Vive en una casa inmensa junto al río.
Suena el teléfono de la sala de estar. El ring-ring es atronador en el silencio de la mañana: papá está escribiendo, niños, no hagáis ruido. Papá tiene un humor de perros últimamente y bebe más de lo que debería. NADIE VA A COGER ESE MALDITO TELÉFONO, grita Ernest y estrella el culo de la botella de scotch contra la sólida caoba de su escritorio. Justo antes de salir, furioso, de su despacho, alguien contesta. El escándalo cesa. Esos malditos aparatos son letales para el trabajo de los escritores. El motivo de su enfado ha pasado, pero la rabia se ha quedado atascada dentro, como un estornudo. Da vueltas por la habitación. Toma el vaso y se sirve uno doble, sin hielo.
La rabia lleva ahí bastante tiempo y le bloquea. Es como uno de esos toros a los que era aficionado cuando vivía en Europa. Se escapaba a España siempre que podía: Pamplona, Valencia, qué recuerdos. Eran otros tiempos, eran sus tiempos, los mejores. Pasaba hambre a veces, pero era feliz con su mujer y su joven hijo Bumby. Ahora Bumby es un hombre y le odia. Él también odiaba a su familia, sobre todo a su madre.
Aquella maldita perra tenía la costumbre de vestirlo como una niña. Quería que fuera una niña y luego tuvo que matar muchos animales para demostrarse que era un hombre. Tuvo que ir a una guerra para demostrarse que era valiente. No lo dejaron combatir, lo destinaron a la cruz roja, como las mujeres, pero nunca lo contaba en sus libros. Vio la muerte a la cara y casi no lo cuenta cuando lo hirió aquella batería. Perdió muchos años de su vida en aquella guerra estúpida, la primera para él. No sería la última, pero ninguna como aquella. Todas las guerras son estúpidas, el adiós a las armas nunca llega.
Pero al final había tenido éxito, había ganado el Nobel, nada menos. Ni en sus mejores sueños se hubiera imaginado conseguirlo, o quizás sí. Recuerda la euforia cuando le otorgaron el premio. Estaba en Cuba. Echa de menos la isla. Ahora las cosas estaban difíciles para los estadounidenses allí. Ya está viejo para la guerra y los conflictos. Está demasiado cobarde, siempre se sintió un cobarde toda su vida, pero no lo confesó. Si su amigo Scott hubiera vivido para verlo… él era quien merecía en verdad el Nobel y no él. Se lo dieron porque no pudieron otorgárselo a Fitzgerald. Siempre fue un hipocondríaco, en la treintena pensaba que iba a morir en cualquier momento. Finalmente murió bastante pronto, estaba marcado por la muerte, como todos sus amigos. Ernest estaba solo.
-Siempre fuiste un mentiroso, Hem. -dijo Scott.
-Sí, pero los escritores viven de mentir.
-¿Eso es otra de tus mentiras, Hem? -insistió Scott- Que le pregunten a Hadley lo mentiroso que eres. Siempre decías que no bebías mientras escribías. Todo lo que escribiste lo hiciste borracho. No escribiste una sola línea sereno, maldito borracho.
-Tú tampoco, Scott. Siempre te estabas quejando. Así lo he dejado escrito.
-Pero yo ahora estoy muerto y tú estás ahí, vivo. Me has convertido en el fantasma de Hamlet. ¿Por qué no vienes conmigo, Hem? Aquí hay muchos borrachos como tú.
-Cállate, Scott. Déjame escribir hoy. No quiero recordar este día, no quiero recordar a nadie. Quiero empezar de cero. Quiero llorar sin que nadie me vea, ni siquiera tú, viejo amigo. Siempre sospeché que te gustaban los hombres, tenías un deje extraño en la voz.
Aporrea la mesa con el puño. De repente, oye unos pasos detrás de la puerta de su despacho y una respiración entrecortada. Se detiene. El pecho tiembla bajo la barbilla mojada de saliva.
-¿Estás bien, cariño?
-Sí, mi vida, estoy bien.
-Te he oído hablando solo. ¿Hay alguien ahí contigo? ¿Puedo entrar, mi amor?
-No te preocupes, estoy escribiendo. Déjame trabajar, déjame tranquilo.
-Pero, cariño, se te oye muy alterado y… -el pomo de la puerta empieza a girar.
-¡Te he dicho que te vayas, maldita zorra! ¡No ves que estoy trabajando! Como salga de…
Los pasos se alejan del otro lado de la puerta. Se había quedado solo otra vez con sus libros, sus papeles, sus fantasmas. Así está mejor. Nadie en su sano juicio podría soportar lo que él soportaba cada día. Se estaba volviendo loco como Zelda. Estaba dando problemas a su familia. Había que tomar una decisión al respecto. Él es un hombre sensible después de todo, siempre lo fue. Podría haber sido poeta, como Ezra.
El vaso está vacío en su mano izquierda, como su bloc de notas. Decide llenar ambas cosas y empieza por el vaso. Toma la botella y se sirve. El pulso le tiembla, está bastante excitado. Unas cuantas gotas caen a fuera y las seca con la manga de su bata. Apesta, lleva bastante tiempo sin lavarse. Se ha vuelto un vagabundo encerrado en su propiedad millonaria. Recuerda aquellos tiempos en los que se sentaba con ellos junto al río, uno siempre tenía que estar atento por si algo picaba. Uno tenía que defenderse solo.
A lo largo de su trayectoria había dado muchos consejos a otros escritores. Si había alcanzado el éxito era porque tenía un sistema: lo más importante era escribir una frase verdadera, el resto vendría solo. Otro de las cosas fundamentales era dejar siempre algo para el día siguiente, parar justo en el momento en el que la historia cobraba forma y uno sabía cómo continuarla. Muchos ingenuos siguieron a pies juntillas sus recomendaciones: no encontraban resultados positivos. Se lo hicieron saber. La culpa era de ellos por creer a un escritor: los escritores viven de mentir. Esa es la regla de oro, la más importante. También decía que sólo bebía después de escribir y todos sabían que mentía. Él había sido escritor porque no había podido ser otra cosa. Ahora se había vaciado el pozo. No podía inventar historias, no tenía fuerzas para encontrar el agua, lo mismo le había pasado a Scott hacía mucho tiempo. Nada tiene sentido para él. Se siente una cáscara vacía, una botella vacía tirada en la basura. Pero estaba vivo y eso le producía una sensación extraña. Hacía meses, años que no experimentaba ningún alivio.
La felicidad consiste en estar paz. Esa es una buena frase, la escribe en su libreta. Antes de seguir moviendo la mano derecha sobre el papel con su lápiz, se deja llevar por esa frase. Es verdadera, le parece lo mejor que haya escrito nunca, al margen de lo que piense mañana. Hoy, esa es la pura verdad: la felicidad es un alivio. Uno tiene hambre y come, y es feliz; uno tiene sueño y duerme, y es feliz; uno tiene deseos, los cumple, y es feliz. Pero luego siempre llega el vacío y esa sensación que no se llena nada: ni el éxito, ni el fracaso, ni el olvido. Ni siquiera lo llena el mejor whisky.
No vale la pena escribir nada más. Podría hacerlo, pero ya no quiere. Hemingway coge el mechero y deshace el trabajo de toda la mañana. Guarda la botella en su sitio y sale de la habitación. Por el pasillo va pensando en que ya sabe cómo encontrará la felicidad.
Es el día 2 de julio del 61. Hace un día espléndido en Ketchum, Idaho, Estados Unidos.
Homenaje a mi admirado novelista Paul Auster. Cualquier parecido con la realidad es pura ficción.
Paul lee un artículo en una revista cultural: Fante, un escritor sobrevalorado. Acaba de alquilar un apartamento en Brooklyn, Nueva York. Tiene 28 años. Ha vivido en París, como Hemingway, buscando la inspiración en la capital cultural del mundo, pero no ha habido suerte. Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, ya no es lo que era y no tiene nada que ofrecer a un escritor americano. Llegado el momento, decidió volver a casa y, como casi no tenía dinero, tuvo que arrendar un piso en un barrio deprimido de la gran manzana. Con el tiempo, será uno de los lugares más exclusivos de la ciudad, pero ahora Paul, en 1975, lo desconoce por completo. Pronto se aburre de la lectura y decide salir a pasear.
Lleva sin escribir algún tiempo y ha abandonado la idea de ser escritor. Es verdad que se sienta frente a su máquina de escribir y redacta ensayos y reseñas para revistas literarias de poca monta, pero eso no es ser escritor. Ha estudiado Lengua y literatura inglesa en la Universidad de Columbia, nunca fue un estudiante destacado. Por suerte, en Estados Unidos, un judío como él puede ganarse la vida bien.
Es una tarde de primavera y Paul pasea por las calles de su nuevo barrio. Pululan los negros, los latinos, los judíos, los italianos: el crisol de culturas que configura el subsuelo de Estados Unidos. Hace un tiempo delicioso, va pensando en todo y en nada mientras escucha sus propios pasos sobre la acera. Paul es un hombre atractivo. Algunas chicas le lanzan miradas mientras pasa por su lado distraído, pero hoy no presta atención porque está absorto en sus pensamientos. Penetrantes ojos azules, delgada figura, como su cigarrillo, una sombra sobre el asfalto de Nueva York. No tiene demasiadas ganas de participar en la fiesta del mundo; sumido en sí mismo, se siente feliz y a la vez taciturno. Pero ese día todo cambiaría.
El primer sueño de Paul era el de convertirse en director de cine. Representaban para él una mezcla perfecta entre el intelectual y la estrella: siempre rodeados de actrices preciosas, de público, de brillo. Pero se sabe demasiado tímido para eso. Además, no le gusta trabajar con gente, prefiere la soledad del tabaco, la radio, la música clásica, los libros, el papel en blanco. Sólo así puede expresarse con verdad. El mundo social hace mella en su ánimo y no puede soportarlo por demasiado tiempo. Piensa que quizá debería haber aprendido a tocar un instrumento, haber formado parte de una banda de jazz, pero al cabo de unos pasos llega a la misma conclusión. Escribir es la única manera que tiene de hablar y, por encima de todo, lo que más le gustaba era leer: ese diálogo íntimo que se establece entre el escritor y el lector, que supera la barrera del tiempo, la cultura, las distancias. Por otra parte, había sido un pésimo guitarrista.
A mitad del paseo, intenta encenderse otro cigarrillo, pero el mechero parece haberse quedado sin gas. Decide volver a casa. Tiene unos veinte minutos hasta llegar a su portal. No tiene nada en la nevera. Piensa en ir a comprar algunos víveres, pero se siente tan cansado por la embriaguez de la tarde que no tiene fuerzas para hacer la compra. Decide que esa noche no va a comer, ni siquiera un sándwich en el bar de abajo. No tiene hambre, no tiene sueño. Solo quiere fumar y leer; o un beso y un abrazo.
Al llegar a casa, toma un libro y se deja caer en el sofá. En el apartamento hay muy pocos muebles, pero para él solo no necesita más: una cama, una mesa, estantes. Vuelve a levantarse en busca del mechero. Encuentra uno en el armario de la cocina, tampoco funciona. Se maldecía por haberlo guardado si en realidad estaba gastado, era una trampa, una jugarreta de su yo del pasado. Comienza a desesperarse. Suena el teléfono. Es Anthony. Le dice que si le apetece salir a comer una hamburguesa. Está cansado y tiene poco dinero. En contra de sus planes, contesta que sí. Preferiría quedarse en casa, pero un fumador de su categoría no puede pasar toda una noche sin llevarse un cigarrillo, o media cajetilla, a la boca.
Se encuentran en la esquina, a dos manzanas del apartamento de Paul. Anthony está fumando y, en cuanto se ven, antes de saludarse, Tony le tiende el mechero. Ambos se quedan en silencio observando los coches atravesar el cruce. “No vas a creer lo que me ha pasado”. Paul puede creer cualquier cosa.
Anthony Hoffman quería ser pintor. Había estudiado en Londres con una beca, pero pronto se cansó de la vida académica y estuvo haciendo el vagabundo por toda Europa. Viajaba con un cuaderno de dibujos y lápices. Vendía bien sus caricaturas, pero aquello no le interesaba. Ambos se habían conocido durante los años de universidad, los dos frecuentaban los mismos ambientes intelectuales y a los dos les daba el mismo cansancio aquello. Se cayeron bien desde el principio y, aunque casi no se veían, guardaban una buena amistad. Paul consideraba que Anthony estaba un poco más loco que él, lo mismo que Anthony.
Entran en la hamburguesería y piden. Mientras la camarera, una hispana llamada Marta, según pone en la plaquita colgada al pecho, trae los platos, Anthony empieza a contar su historia. Está visiblemente nervioso y le tiemblan las manos. Paul no entende cómo, teniendo ese pulso, podía ser tan buen pintor, pero no pregunta. Quizá entiende por qué no ha pasado de caricaturista. Se deja llevar por la historia.
-Verás, me sucedió hace unos días, pero la cosa se remonta unos seis meses en el tiempo. Como sabes, he estado viviendo en Roma, en casa de unos drogadictos. Eran cinco, seis contándome a mí. Todos iban de genios, me dijeron que podía quedarme un tiempo a pintar en lo que ellos llamaban «su estudio»: una pocilga polvorienta en una callejuela del Trastevere. Deberías haberlos visto, Paul, gente asquerosa, sin futuro ni pasado, sin presente. ¿Me sigues? Mierda, sangre y miseria por todos los rincones. ¿Entiendes?
-Claro, continúa. -No le costaba imaginarse a Anthony con gente así. Él, de hecho, era un poco así.
-Anduve con ellos unas semanas. No hacíamos gran cosa y, aunque se llamaban a sí mismos poetas, artistas contraculturales, nunca los vi escribir una sola línea. Lo único que hacían era drogarse todos los días a todas horas. Yo estaba en medio en todo eso, como en un sueño, y los dejaba a su aire. Pensaba en cuál sería mi próximo paso, cada vez tenía más claro que en Europa no había futuro para mí.
-Yo pensé lo mismo. -Era mentira, en realidad pensaba en que su amigo hablaba de sí mismo.
-Escucha, que ahora viene lo mejor. Resulta que uno de los tipos, Tomasso, vivía allí con su novia, Gabriela, y habían sido padres de una niña. El bebé tendría unos meses de vida, pero a esos tipos les daba lo mismo. Se drogaban allí mismo sin importarles que la pequeña llorara o comiera. No sé cómo pude soportar todo aquello. -Se revolvía en la silla, un par de lágrimas comenzaron a resbalar.
-Ánimo, tío, no era tu hija. Supongo que debe ser duro estar en todo aquello, pero no será la única en el mundo. – Paul siempre se había destacado por su cinismo, pero en el fondo era un sensiblón. Con la mirada clavada sobre la mesa, ambos sin haber tocado su hamburguesa, Anthony continuó.
-Se drogaban a todas horas: coca, heroína, qué se yo. Esos tipos se decían a sí mismos artistas, unos desgraciados es lo que eran, cómo podían hacer aquello delante de la bebé. Una noche me levanté sobresaltado, estaba en la cama con un mal viaje y no podía dormir. Fui al salón a por un vaso de agua y entonces la vi: la bebita estaba fría sobre la moqueta del suelo. Aquellos descerebrados habían dejado la droga cerca de ella y de alguna forma se la había llevado a la boca. Yacía sobre un charco de sangre.
Paul no supo qué decir. Se le había quitado el apetito por completo. Lo único que consiguió hacer fue encender un cigarrillo y mirar a su compañero con ojos atónitos. No esperaba semejante horror, tenía que ser una historia inventada. Cómo unos padres iban a dejar que sucediera algo así, por Dios.
-Decidí que había pasado demasiados días allí, cogí mi mochila y me largué en plena noche. Todo me parecía un mal sueño. Me fijaba en cosas absurdas y pensaba cualquier cosa para no pensar. En el aeropuerto, mientras cruzaba la aduana, los tipos de seguridad registraban al azar a quienes pasaban al otro lado. Yo me sentía sucio, quizá debería haber avisado de lo que había visto, pero estaba tan asustado que solo quería largarme de Roma cagando leches. Además, esos polis buscaban a la gente que transportaba droga de un país a otro. Yo pensaba en cómo se debían sentir los traficantes minutos antes de cruzar el umbral, de si ensayaban cara de póquer, en cómo fingían la naturalidad que sentía yo, sabiendo que no transportaba nada raro y que llegaría a casa. ¿Entiendes o no? En verdad me moría.
-Te entiendo más o menos Tony, ¿qué tienen que ver los traficantes con la muerte del bebé? -Pero Anthony no lo escuchaba, absorto como estaba en su propia historia, ojos inyectados en sangre.
-El tipo de seguridad decidió que yo podía ser un posible candidato de traficar algo en el avión. Dejé mi mochila, vacié mis bolsillos, y atravesé el control de metales. Pero el poli me detuvo y me pidió que me sentara. Comenzó a registrarme. Yo obedecía como un ciudadano cualquiera, en esos momentos estaba en otro mundo, completamente sobrio, pero todo me parecía como de plástico, irreal. Me vació de nuevo los bolsillos, pero solo encontró un pañuelo que no había depositado en la bandeja. Estaba tranquilo y al cabo de un rato, dejó que recogiera mis cosas. Total, cogí la maleta, me metí en el avión e intenté dormir.
-No entiendo a dónde quieres llegar, Anthony.
-Me sorprende que quieras ser escritor, tío. Espera a que termine la historia. Mira, alquilé un apartamento y dejé mi mochila por ahí tirada. No tenía muchas cosas y empecé a rehacer mi vida de nuevo. El dinero nunca fue un problema para mi familia y la verdad es que me sobraba. Me compré ropa, me corté el pelo, quería volver sobre mis pasos, recalcular de nuevo la ruta de mi vida. ¿Me sigues? El caso es que en meses no abrí la mochila que traje conmigo. No lo necesitaba, solo tenía ropa sucia. ¿Me entiendes o no?
-Sí, Anthony, maldita sea.
-Pero hace dos días estaba bastante aburrido. Recordé que durante el viaje había comprado una versión en inglés de La Divina Comedia. Por haberla adquirido en Roma, pensé que sería una obra especial. No tenía nada que hacer y busqué el libro dentro de la mochila. ¿Adivinas lo que encontré ahí dentro?
-¿La Divina Comedia?
-Ropa de bebé. Me había confundido de bolsa y me había llevado otra. Eso me horrorizó, pero eso no era lo peor. En el fondo, bien escondido, había medio quilo de coca, o lo menos, una cantidad considerable.
-¿Cómo es eso posible? ¿No dijiste que te pararon en el control?
-No lo sé. Aquellos tipos debieron de meterlo allí porque pensaban que era un lugar seguro, no lo sé. Tampoco les llamé para preguntárselo. Seguro que se quedaron a cuadros cuando vieron lo que había pasado. Lo importante no son esos tipos. Lo fundamental es que había atravesado el control de la aduana con medio quilo de cocaína, me habían registrado, y no lo habían encontrado. El tráfico de drogas es una cosa seria, tío. Si me llegan a encontrar con eso, hubiera sido mi perdición: la cárcel o algo peor. No sabía si estar contento o sentir miedo. Era como si el mundo me dijera algo, pero no entendía el qué.
-Te libraste de una buena, Anthony. Era tu día de suerte y no lo sabías.
-Ahí pienso que está la clave, Paul: yo no lo sabía y por eso me salvé.
-Pero la bebé no se salvó.
-Exacto. Desde entonces no me la quito de la cabeza. No puedo evitar escucharla llorar por la noche.
La cena se había terminado. Paul no podía evitar pensar que la historia de su amigo era sencillamente mentira. Algo tan rocambolesco es imposible que pase en el mundo real. Con la hamburguesa a medio comer, encienden sendos cigarrillos y comienzan un incómodo silencio. Ambos se sienten cansados y quieren irse a casa, en otra ocasión podrían tomar esas copas que hoy se quedaban pendientes.
Salen del restaurante y caminan por la acera. Paul le dice a Anthony que quiere buscar algún lugar donde comprar un mechero. Anthony le da el que lleva en el bolsillo, tiene mecheros en su apartamento. Prometen verse el fin de semana próximo. Se dicen adiós. Nunca más volverán a verse. Anthony se suicidaría poco después. Diagnóstico: sobredosis. Un final lógico para un yonqui como era él.
Una vez en casa, Paul se sienta delante del escritorio. La máquina de escribir permanece callada con su hoja de papel intacta, inmaculada. Corre una brisa fresca y hace una noche agradable. Piensa en la suerte de Anthony, en qué hubiera pasado si la policía de aquel país le hubiera encontrado la droga o al bebé en el apartamento. Seguramente se trataría de un país bastante atrasado. Su pensamiento se desboca. Un segundo después de encender el cigarrillo con el mechero de Anthony, sus dedos teclean rápido.
Paul es un escritor sin imaginación, por eso decide dar forma a la historia que le había contado Anthony aquella noche. La realidad era para él más fascinante que la fantasía, así que se dedicó a contar una posible versión del trance de Anthony. Cambió el nombre, el país y la suerte. Pasó días escribiendo el manuscrito y, una vez terminado, descubrió que era buen prosista. La historia caminaba, era ágil, eléctrica.
No dejó de escribir jamás. Unos años después de aquel encuentro consiguió publicar su primera novela con el pseudónimo de Paul Benjamin. No funcionó, pero le sirvió para seguir publicando. Décadas más tarde se convertiría en uno de los novelistas más importantes de finales del siglo XX y del siglo siguiente. Se hizo rico, se casó un par de veces, tuvo dos hijos, continuó fumando y el cáncer no consiguió darle caza. Nunca más volvió a pensar en Anthony. Aquella historia acabó perdiéndose y nunca fue publicada.
A Paul le gusta mirar por la ventana de su viejo apartamento de Brooklyn, hoy, en 2022, uno de los barrios más exclusivos de Nueva York. Casi puede verse paseando en los 70. La gente lo conoce de toda la vida. Después de todo lo vivido, de todo lo escrito, de saberse inmortal como novelista, piensa, en el otoño de su vida, en cómo empezó. Hoy, extrañamente, recuerda a Anthony en aquella hamburguesería que ya no existe, explicándole su descabellado relato con los ojos inyectados en sangre por las drogas. Su hijo, Daniel Auster, también tiene una hija y problemas con la heroína. Por un instante se le pasa por la mente la vieja historia de Anthony. Piensa en llamar a Daniel, pero es tarde y ya lo ha intentado todo.
Se distrae con una revista, para ser un escritor sobrevalorado no le había ido tan mal. Apaga el cigarrillo, bebe un vaso de agua y se acuesta en la cama con su mujer Siri. Sobre la mesita de noche, hay una revista cultural con su foto en la portada. Lo han despellejado vivo, pero ese será el menor de sus problemas. El título del artículo: Auster, un escritor sobrevalorado. Esa noche sonará el teléfono y ya nada volverá a ser lo mismo, pero Paul Auster dormirá a pierna suelta sin pensar que las viejas historias, a veces, se repiten.
Late esperanza dentro de mí. Después de limpiar mi casa, mi alma, todo parece nuevo. Fluye una energía pura y suave, como la luz entre la fuente. No seré el mejor del mundo y no me importa. Debo sobrevivir unos meses hasta que pase la tormenta. Puedo escribir poemas en prosa esta noche, escribir por ejemplo: la noche está estrellada y a fuera titilan verdes los astros a lo mejor. Con comas y con apenas puntos suspensivos. Dejo volar mi imaginación y mi corazón habla sin que mi mente pueda pararlo o quiera intervenir. Siento paz dentro de mí. Como en el ojo del huracán, escribe la mente, como la paz perfecta, escribe mi corazón. Me siento bien y estoy tranquilo. Quiero exprimir este momento al máximo, donde soy yo mismo porque no soy yo. No hay dolor que me apuñale ahora. Estoy en paz contigo y conmigo. El no es un sí más largo. El invierno es una entelequia. Me gustan algunas palabras: entelequia, quimera, sueño, pareidolia, etcétera. El verbo es mágico, en el principio lo hubo, dice el clásico. Esperar es una palabra que deriva en esperanza, y en desesperar. Esperar es duro. Pero veo sueños cumplidos en este instante del tiempo. Me veo consiguiéndolo todo mañana, escribe la mente, y el corazón espera.
El tren de las 8 am venía cargado de almas. El grueso de la clase baja, también llamada trabajadora, se frotaba las legañas y desperezaba la mandíbula. Todavía era tan temprano que nadie reparaba en ninguno, a pesar de que todos se veían por el rabo del ojo. Un viejo, un moro, una señora, una negra, madre e hija, padre e hija, nieto y abuela, hombres, mujeres, vagabundos y rumanos. Quienes tenían leían un libro, o similar, para distraerse y los que más sabían picoteaban con los pulgares la pantalla del móvil. Era una mañana de lunes cualquiera.
Pero a veces, la lectura y la cháchara resultaban del todo ineficientes. Es entonces cuando las gentes hundían los ojos en sus propios pensamientos. No se podía ni jugar a imaginarse las ocupaciones o la vida de cada uno, todos ellas resultaban igual de grises. Deprimen tanto los trenes a las 8 am que deberían desaparecer.
Hamid el Berenjena había llegado de oriente próximo hacía bastantes años. El cuarto entre siete hermanos, embarcó en las costas mediterráneas en una patera tan abarrotada que parecía que estaba hecha de personas. Por supuesto, no era el caso, porque cuando alguno, por una cosa o por la otra, se volvía frío e inanimado como el plástico de la barcaza, simplemente, se le echaba por la borda y se le encomendaban los restos a Alah. Así los demás contaban con mayor probabilidad de éxito.
Algunos niños lloraban, algunas madres morían y viceversa. A veces les arriaban una bofetada tranquilizadora y eso, a veces, funcionaba o no. Normalmente, aquella travesía de una noche duraba como si fueran mil. Cada segundo podía ser una eternidad según como estuviera el tiempo. En el recuerdo de Hamid hacía un temporal horrible. Frío, viento, olas, incluso le había dado por llover.
-¡Qué paradoja! –pensaba Hamid. –Huyendo de la sed del desierto, temiéndole toda la vida a una muerte seca… y ahora rezar para no morir ahogado en las dunas del mar. ¡Alabado sea Alah!
Y como Alah es grande, y aquella jornada estaba de buen humor, la embarcación consiguió al fin zozobrar con la quilla en tierra. ¡Cuán grande era el contento de todos! ¡Lo consiguieron! ¡Habían arribado a Europa! Después de tanta odisea, por fin estaban al amparo y al cuidado de aquello que los blancos llamaban Estado. Ninguno de ellos iba a morir de hambre o de sed ya nunca. Todos saltaban en la arena de la playa y se abrazaban los unos a los otros con lágrimas de alegría en los ojos. Solamente lloraba de pena algún crío que se habría quedado huérfano, pero nadie lo escuchaba.
Aunque aquella era la vivencia más importante y definitiva en la historia de Hamid, él casi nunca quería recordarla. De hecho, se avergonzaba. Cuando algún cristiano le preguntaba cómo había llegado, el siempre respondía: “Hace muchos años, en avión.” Y lo había repetido tantas veces que, la mayor parte del tiempo, así lo creía.
Pero aquella mañana de lunes le había venido la verdad a la memoria, como una maldición. Con el traqueteo del tren se agitaban los pensamientos y lo que estaba enterrado, como un muerto, podía asomar una pierna o un brazo sin que uno se diera cuenta. Berenjena, como sus paisanos cariñosamente lo llamaban, puso tierra de por medio, sacudió la cabeza y focalizó sus pensamientos en lo que había venido a hacer aquel lunes concreto. Lo cierto es que llevaba bastante preparándose para aquel día. ¿Meses, años, quizá antes de embarcarse? Hamid ya no lo sabía, solo el todopoderoso Alah.
Horas antes, muy temprano, se había preparado a conciencia. Como muchos otros blancos, Berenjena no era muy amigo de la higiene. A pesar de conocer los usos y costumbres de su sociedad postiza, no le entraba en la cabeza aquello de ducharse cada bendito día. ¿Acaso el cuerpo necesitaba tanto perfume y tanta química? Qué despropósito, que hipocresía de la cristiandad.
-Se preocupan tanto por esa clase de tonterías que se olvidan de lo más importante. –cavilaba Hamid, y lo más importante para él era Dios, el suyo o el de ellos, que al fin y al cabo era el mismo.
Pero a pesar de los pesares divinos, él era uno más, ciudadano en pueblo ajeno, extranjero, pero allí estaba. Le era tan difícil vivir entre ellos y no cometer pecado… Le hacía gracia cuando los más antipáticos le reprochaban, a él o a otro, que tenían que adaptarse, que qué era eso de la mezquita y sus costumbres sagradas, que nada, que todo aquello se tenía que terminar.
Hamid, que era tan humano como ellos, se mordía de rabia los labios, en ocasiones, hasta que sangraban. ¡Qué sabrán! Como si los pobres no tuvieran bastante con aprender el idioma y los millones de caprichos culturales que aquella gente tenía, desde comer con cubiertos hasta sentarse en el wáter. Además pretendían arrebatarles su fe, que de hecho, era lo único que realmente poseían. Las cosas tenían que cambiar y él iba a poner todo su afán en ello, aquel era un día decisivo para ello.
En el tren de las 8 am, Berenjena estaba harto. Pero ya habían pasado veinte minutos y dentro de poco llegaría a la estación central donde estaba su destino. Estaba muy nervioso, las manos le sudaban, pero también se sentía muy seguro. En la mochila negra llevaba el fruto de tantos esfuerzos, de tantos años de penurias en su país y en el nuevo. Habían sido tantos compadres los que lo habían ayudado a estudiar, a preparase, a soñar, a perseguir la llegada de ese día. Y aquí estaba al fin. Nunca los olvidaría.
Ciertamente, Hamid se había vuelto ambicioso con el tiempo. Lo quisiera o no, el recuerdo del hambre pasada en su tierra era cada vez más vago, y habían sido tantos los agravios recibidos y durante tanto que aquel sentimiento de profundo agradecimiento y regocijo, cuando en aquella primera playa la Cruz Roja le dio una manta y vaso de sopa caliente, ya se había desvanecido. Los problemas de entonces no eran los mismos que los de hoy, ya no se sentía con la obligación de darle las gracias a ningún blanco. Lo que ahora tenía se lo había ganado con la dureza de sus codos y la fuerza de su perseverancia.
Seguramente, muchos iban a odiarlo a partir de ese lunes. No solamente los cristianos, también sus paisanos. Habían actos que, sencillamente, estaban mal vistos por todos en aquel entonces… sin embargo eran necesarios, además ya no había vuelta de hoja. Una voz robótica, de mujer, anunció que estaban llegando a su destino. El Berenjena se sentía cada vez más nervioso, abrazaba su mochila negra y planeaba cada acción que iba a llevar a cabo, imaginaba las repercusiones que aquello tendría en su barrio, entre sus vecinos y amigos. Muchos de ellos conocían ya sus planes, sin embargo, la mayoría de las veces no decían nada y hablaban de otra cosa.
De repente, sus ojos se encontraron con la mirada simpática de un niño. Apenas tendría cuatro o cinco años, y como él, viajaba de pie en el hall del vagón atestado. Lo miraba con ojos grandes y curiosos, como el de todos los niños, inocentes ante el gran espectáculo del mundo, ante los fuegos artificiales que se iniciaban cada nuevo día. Hamid el Berenjena lo miraba a su vez con seriedad, estaba tan nervioso que no podía esbozar una sonrisa, como en verdad quería. El pequeño llevaba una mochila de Spiderman, pantaloncitos de pana, chaquetón rojo, deportivas diminutas… Se acordó de la infancia de los niños que viajaban en la patera, de la de los que se habían quedado en tierra soportando la sed y el hambre, de la suya propia. El adulto que viajaba con el chico lo apretó contra sí. Hamid levantó la vista y encontró ahora una mirada de desconfianza, de preocupación, de desprecio. Parecía como si aquella madre conociera la intención de él de alguna forma y se la reprochara. Tragó saliva y miró hacia otra parte. El tren, poco a poco, se iba deteniendo y los instantes se hacían eternos de la misma forma que en el pasado, en aquel otro día tan importante que había cambiado su historia, su vida y la de los otros. Presionó con más fuerza la mochila negra contra su americana nueva, color arena, y su camisa a cuadros. Una gota de sudor le resbalaba por las sienes y le temblaban las piernas. Casi iba a ponerse a chillar, pero no lo hizo. El tren se paró definitivamente.
Había llegado el momento. ¡Alah es grande, alabado sea!
El Berenjena apretó el botón para dejar de serlo. Luego, cada alma siguió su propio camino, la de los hombres, mujeres, niños, viejas y extranjeros en torno suyo. Cada una ocupó su lugar en el aire venenoso de la estación, aún más viciado si cabía aquella mañana de lunes.
Media hora más tarde, el señor Hamid ocupaba su puesto entre sus nuevos compañeros, almas afortunadas que, a pesar de la situación social, vivían holgadamente y percibían un gran sueldo como ingenieros informáticos.
El silencio en la carretera era tan atronador que estremecía al cuerpo entero. Joe Black caminaba pesadamente después de la borrachera del viernes noche. Hacía meses que era otoño y a pesar de que en esta época solía hacer un frío infernal, en el sombrío Estado de New Hampshire, Joe casi no lo sentía.
Aunque pisaba fuerte, su trayectoria era un tanto tambaleante, casi caminaba por en medio de la vía. No importaba. Por aquella carretera que conectaba el pueblo minero de Yorkside con Madisongrarden, donde Black vivía, raramente pasaban vehículos. Hacía años que las minas habían cesado su actividad y en las poblaciones arboladas de Green Valley casi que también. Muchos se habían marchado a probar suerte en otros lugares, unos pocos habían permanecido allí, como el padre de Joe, el señor Thomas Black.
El señor Black recordaba bien aquel pretérito día del siglo XX en el que su padre le había enseñado a emborracharse. Seguramente sería un viernes noche como este en el que Black e hijo habían acudido a la taberna del viejo Sam. Después del trabajo en las minas, donde cada vez se pagaba menos y los turnos eran más cortos, al bueno de Thomas le gustaba ahogar las penas en compañía de los amigos. Aquel día, se le ocurrió llevar con él a su hijo Joe.
-Ponme un trago de lo de siempre, Sam. –eructó a la vez que se sentaba en el taburete de la barra- Y otro para mi hombrecito.
-¿Qué edad tienes ya, campeón?
-Doce, señor.
-Ya mismo vendrá a trabajar con su padre, a ganarse el pan y a aprender lo que es la vida.
-Muy bien, muy bien. –Decía el bueno de Sam mientras preparaba las bebidas.
-Al niño pónselo con coca-cola, que tiene que crecer todavía.
-Como tú mandes, Tom.
Al probar por primera vez el sabor del whisky, Joe se preguntó, a su tierna edad, qué pensaría su madre de aquel episodio. Pero ella ya no pensaba, se había quitado de en medio una tarde lluviosa de verano a base de pastillas, cuando él tenía apenas seis años. Recordaba vagamente el cuerpo frío sobre la moqueta de la habitación cuando, con sus manos de niño, la zarandeaba diciéndole “Despierta, mamá. Mamá, despierta…” pero ella no se inmutaba, además tenía los ojos abiertos. Fue así como Joe aprendió lo que era la muerte.
Tomó otro trago de la copa y se distrajo en la conversación que alegremente mantenían Thomas y Sam, acerca de béisbol o de fútbol, ya no lo recordaba. Aquellos eran los viejos tiempos, cuando el minero Black aún era minero, e hijo de minero, y estaba todavía entre los vivos. Habían pasado tantos años que él casi no pensaba en el tema, y cuando lo hacía, como ahora, normalmente, sacudía la cabeza y se encendía otro cigarro.
-Chesterfield, -prendió el pitillo y chupó adelgazando las mejillas- ¡nunca te abandona! –echó el denso chorro de humo hacia la luna, el cual no vio por carecer de una fuente de luz que lo iluminara, pero se lo imaginaba. Luego, rio en una carcajada fortísima que rajó como un cristal el silencio de la noche y que, sin embargo, no espantó a los pájaros que dormían agavillados en las copas de los arces, abetos y demás árboles que delimitaban la carretera de Nueva Inglaterra. –¡Los malditos pájaros! –Masculló riendo, ebrio, Joe.
De pronto, divisó a lo lejos una luz que se aproximaba. La veía al fondo del paisaje, cómo se iba acercando paulatinamente. En un arranque de cordura, decidió echarse a un lado de la vía y continuar su vagabundeo por el arcén. Ya queda poco para llegar a casa, pensaba Joe.
Si nunca se había marchado de Madison Garden, Madison Golden-Garden como él lo llamaba, había sido simplemente por pereza. A pesar de las expectativas que había albergado su padre nunca trabajó en la mina, cerró poco antes de que se incorporara. Eso ocasionó la deriva definitivamente alcohólica que tomó Tom Black, por no poder distraerse ya con otra cosa de los fantasmas del pasado. Joe le tenía cariño a su pueblo, a la casa que lo vio nacer y malcrecer y, al contrario de lo que la gente de los alrededores opinaba, Madison Golden-Garden no estaba tan mal. A pesar de carecer de bar, por lo demás allí tenía todo lo necesario para vivir: un techo. Quizá para muchos fuera el cuchitril putrefacto, de una sola planta con un jardín abandonado, donde vivía el paria de Joe, pero para él era su castillo.
Además, la gente era mala, no había que hacerles ningún caso. Solamente cuando debía realizar algún trabajo esporádico para costearse la comida y, sobretodo, la bebida, solo entonces escuchaba a los demás en silencio, sin prestar demasiada atención. Luego volvía a su morada. Él era un hombre anárquico, de pocas tradiciones. Normalmente se dedicaba a estar encerrado en casa y solo dios sabe lo que hacía allí. De todas formas, cumplía una norma religiosamente: todos los viernes, tuviera o no dinero, salía a dar una vuelta.
Pero a pesar de su mala facha, que le había granjeado el sobrenombre de Dirty-Joe, que asustaba a las parejas cuando se las cruzaba por Yorkside en noches como aquella y cambiaban de acera, Joe no tenía un solo átomo de maldad en el cuerpo. Además, debido a su soledad, nunca se había metido en líos. Él procuraba no molestar a nadie y a su vez intentaba que no lo molestaran a él. Para tal fin, Joe tenía lo que llamaba el sentido arácnido, como nombraba a aquel escalofrío que le recorría toda la espina dorsal hasta las orejas. Cuando sentía los problemas acercase, le daba el tiempo justo para huir de ellos.
La última vez le pasó en el bar. Un grupo de maleantes reparaba en él, que siempre estaba solo, porque siempre iba solo por la vida. Ni siquiera tuvo que mirarlos para saberlo, los sentía. Antes de que alguno decidiera levantarse de la mesa, cazarlo, apuró el whisky con hielo y se largó de allí con el corazón palpitándole en la garganta. A veces, aquel instinto se manifestaba en momentos absurdos, como esta noche. Veía de cerca los faros del viejo Mustang que estaban a punto de alumbrarlo, de descubrirle. Por fortuna, Joe nunca dudaba de su sexto sentido.
Se escondió entre los arbustos. El silencio sería absoluto si no fuera por el run-rún del motor, el crepitar de las hojas secas que pisaba Joe y una música que parecía provenir del vehículo y que a él le gustaba mucho. I’m going down in Lucky Town
down in Lucky Town…
I wanna loose this blues I’ve found
down in Lucky Town… Casi lo hizo salir de su escondrijo y proseguir su camino tranquilamente, no podía haber nada amenazador en aquella canción maravillosa… Además invitaba a echar a andar.
-O quizá es solo un truco para hacer salir al conejo de su madriguera… -pensó en voz baja Joe. Los acontecimientos se desarrollaban sin el menor sentido, podría haber seguido su camino igualmente y no hubiera pasado nada. Black se avergonzaba de ser tan cobarde, pero por otro lado… Nadie lo veía allí, medio inclinado entre los matorrales, al otro lado de la cuneta que separaba el bosque de la carretera. La colilla le quemó los dedos índice y anular de su temblorosa mano derecha. –¡Mierda! –Masculló, tiró el cigarrillo y lo aplastó con el tacón de sus botas de cowboy. En ese momento el coche pasaba frente a él.
La música del Mustang estaba endemoniadamente alta dado que Joe la oía bastante fuerte y todas las ventanillas estaban subidas. Dentro, el vaho de los cristales no dejaba distinguir las formas del conductor, copiloto y demás pasajeros, si los había. Parecía un coche fantasma, abandonado, navegando a la deriva por aquella carretera, lleno de humo y sombra. Suponía que alguien debería conducirlo dado que se movía a una velocidad moderada, ciertamente lenta. Pronto pasó de largo, aún se la oía. I been long time walking on fortune’s cane
tonight I’m steppin’ lightly and feelin’ no pain… Llegó el solo y todavía no desaparecía en el silencio de la noche. Joe se preocupó, no sabía qué hacer. Si todavía se le oía significaba que el vehículo andaba cerca. Pasaron largos segundos con la respiración entrecortada, la canción seguía. Empezaba a sentir un frío atroz que le recorría el cuerpo entero. Algo andaba mal, él lo sabía. Al llegar el estribillo de nuevo, I’m goin’ down in Lucky Town
down in Lucky Town… se incorporó, salió un poco de entre las yerbas y miró hacia su izquierda, por donde el Mustang debería de seguir su camino. Sin embargo, efectivamente, estaba parado a pocos metros. I gonna lose these blues I’ve found
down in Lucky Town…
down in Lucky Town.
Miraba sus luces rojas con los ojos como faros, no lograba entenderlo. Qué buscaba aquel Mustang en aquel descampado, a las tantas de la madrugada, a apenas un quilómetro de Madison Garden y a dos de Yorkside. A Joe no le cabía ninguna duda, lo buscaban a él y para nada bueno.
De golpe, se abrieron las cuatro puertas del vehículo a la vez, violentamente, y el estribillo sonaba ahora de forma atronadora. Era imposible que los altavoces soportaran ese estruendo sin reventar, casi ensordecía a Joe, que parado a unos siete metros, le temblaban las piernas. El miedo lo invadía y casi no conseguía ni parpadear. Los brazos le pesaban como dos fardos de cemento, como en las pesadillas, no tenía fuerza para moverlos, ni siguiera para frotarse los ojos y decir –Esto no tiene ningún sentido… -Estaba paralizado.
Del Mustang, emergieron cuatro individuos que Joe conocía bien. Todos tenían la misma altura, exactamente la misma, y no podía distinguir sus ropas por la oscuridad de la noche. Pero sabía perfectamente quienes eran y lo que querían. Black no se demoró más tiempo. Tomando toda la fuerza de su corazón tembloroso y de su instinto de supervivencia, salió corriendo con la esperanza de que la oscuridad del bosque lo protegiera. Pasara lo que pasara, no debían encontrarle bajo ningún concepto.
¿Pero cómo sabían aquellos que Joe estaba allí? ¿Por qué lo sabían siempre? Habían parado el coche a pocos metros y sin duda ahora saldrían a buscarlo. Suponía que él no era el único con ese sentido arácnido, que ellos también lo tenían y esa noche se habían propuesto, por fin, darle caza. Quizá estaba corriendo en dirección a su trampa, a la telaraña de sus enemigos, pero eso no podía asegurarlo. Lo mejor sería que no lo atraparan. Afortunadamente, había sido más listo que ellos escondiéndose antes de que lo vieran… si es que en realidad no lo habían visto. Ellos ven muchas cosas y Joe lo sabía.
Corría y corría a todo pulmón, el aire circulaba a duras penas por entre sus cavidades taponadas, poco acostumbradas al ejercicio físico. Por lo menos, el sopor de la borrachera parecía haberse disipado y tenía todos los sentidos completamente despiertos. Pendientes del entorno, de cada sonido. Pero la oscuridad era muy tupida dentro de la arbolada y Black no vio la raíz que lo haría tropezar y caer de bruces en el suelo, dejándose parte de la piel de la barbilla que comenzó a sangrar. Habría recorrido unas decenas de metros y no se oía nada, solo el ulular del viento agitando las copas de los árboles a su alrededor. Por lo menos, no se había hecho demasiado daño, la tierra estaba blanda por las lluvias de los días anteriores y albergaban un olor a húmeda madreselva que, extrañamente, tranquilizaban a Joe. Se quedó ahí tirado, quieto, tomando aire. Quizás todo había acabado ya. I’m goin’ down in Lucky Town
down in Lucky Town… -Pero qué diablos…
Otra vez esa música atronadora, sin duda deberían de estar muy cerca. Había sonado de repente, perturbando el silencio del bosque de Nueva Inglaterra. No entendía cómo el coche había logrado introducirse por entre los árboles, pero poco importaba aquello, esas gentes eran capaz de cualquier cosa. Fueron los mismos que se llevaron a su madre, a su padre, Joe lo sabía bien, y ahora venían a por él.
Pese a todo, corrió. Se levantó de un salto y salió disparado como la bala perdida de un winchester. Pero a pesar de sus esfuerzos, por mucho que corriera, la música sonaba cada vez más y más cerca. A punto de atraparlo por la espalda, de echarle el lazo por encima de los hombros y de caer al suelo como el venado de un rodeo, aunque pocas veces había ido a uno.
Black huía de su destino en medio de la noche oscura del bosque. Una gota de sudor le bajaba de las sienes hasta la barbilla, se fundía con la sangre de la herida recién abierta, escocía y fertilizaba el suelo al caer. Los ojos se le llenaban de lágrimas en ese trance y gritaba a todo pulmón.
-¡Dejadme! ¡Qué queréis de mí! ¡Socorro! ¡Socorrooo!
Pero nadie escuchaba excepto sus perseguidores, que ni siquiera contestaban a sus aullidos. Joe se sentía ahogado, no solamente por el cansancio sino también por encontrarse así, corriendo como una rata entre un laberinto de maderos que pretendían cortarle el paso, hacerle la zancadilla, atraparlo. Así que se sintió tranquilo cuando consiguió salir de la arbolada y se adentró en un campo de labranza, despejado. En el cielo miraban el espectáculo las estrellas hirientes y la luna con una sonrisa de medio lado. Black odiaba a todos aquellos astros, culpándoles de su cruel destino, de que no le echaran un necesitado cable.
Al cabo de unos cuantos metros más, se detuvo en medio del área. Apoyó ambas manos sobre las rodillas y respiró con mucha dificultad. El corazón iba a salírsele del pecho, subir por la garganta para reventar contra el suelo de terracota. No podía más, estaba fundido. En el colegio nunca había sido de los buenos en gimnasia, no había sido bueno en nada. Los niños siempre se reían de él.
-¡Joe es un mariica! ¡Joe es un mariica!
-Dejadme, chicos, en serio, ¡no tiene gracia!
-¡Joe el mariica! ¡Tu madre es una puuta! ¡Tu padre un hijopuuta! –Los niños lo rodeaban en círculo en el campo de béisbol. Siempre que intentó plantarles cara había salido mal parado. Cuando le contaba a su padre, llorando, lo sucedido, este le decía lo mismo que los demás críos.
-Joe, tienes que ser un hombre y plantarles cara… ¡qué diría tu pobre madre si te oyera lamentarte como una niña..! Ay, Molly, cuanto te echo de menos… -y se sacaba otra cerveza del frigorífico. Joe no sabía que habría dicho su Molly respecto a ese asunto, tampoco podía contar con el consuelo de ella. A partir de algún día como ese, Joe dejó de ir al campo de béisbol, al de fútbol y a la escuela. A su padre no le importó lo más mínimo, aquellas cosas no servían para nada. Lo importante era el trabajo, al menos, cuando lo había. El pequeño de los Black se pasaba las horas frente al televisor. Su programa preferido era The Amazing Spiderman.
Cuando tomó un poco más de aire, haciendo esfuerzos para no caer de rodillas en el suelo, prestó atención. La música no se oía a sus espaldas, por eso había parado. Ni siquiera el sonido del viento, el silencio era tan atronador que estremecía al cuerpo entero, sudoroso y agotado. Buena señal, volvió a sentirse extrañamente tranquilo. Su sentido arácnido le decía que no conseguirían atraparlo, que de algún modo u otro conseguiría escapar de sus sombríos perseguidores. Todos, todos creen que Joe es estúpido, pero están muy equivocados…, pensaba.
Se sintió más recuperado y volvió la vista, aún preocupado, por encima del hombro izquierdo. Efectivamente, no había nada. Puso los brazos en jarras e intentó serenarse. Quizá todo aquello fuera solamente producto de su imaginación alocada, de una vida demasiado solitaria y alcohólica. Quizá era el momento de plantearse las cosas de otra forma. A sus veinticinco años, Black no había hecho otra cosa que perder el tiempo. Aún le quedaba el suficiente como para tomar el camino correcto. Joe miró al firmamento y le dijo:
-Te prometo que voy a cambiar de vida… a partir de ahora mismo. ¡Como mi nombre es Joe Black! Debes saber: yo siempre cumplo mis promesas… -aunque nunca le había prometido a nadie nada, ni siquiera a él mismo. Joe también se daba cuenta de eso pero, de todas formas, se sentía un hombre nuevo. Sentía que aquello iba en serio, que era verdad.
Sabía también que aquellos cuatro seres eran simplemente producto de su imaginación alocada, un tanto enferma. Tantas veces había soñado con ellos, incluso los había visto en ocasiones, en todas ellas, cuando estaba solo. Aquellas formas eran altas y oscuras, tenían forma de personas pero nunca conseguía distinguir ningún rasgo humano en ellas más allá de la silueta. No entendía el motivo de todas midieran lo mismo y de que fueran siempre cuatro, pero en fin, le daban mucho miedo. Hasta ese día, no lo habían perseguido, él huía y ellos se quedaban allí. Pero ahora era diferente. Sin embargo entendía perfectamente que, para ahuyentarlas, solo tenía que cambiar de hábitos. En muchas ocasiones había oído en la televisión que esas alucinaciones eran comunes entre los borrachos o los adictos a cualquier droga. No quería acabar en un asilo, no antes de tiempo, así que decidió racionalizar sus miedos y volver a girarse.
No había nada en la lejanía, por ninguna parte, ni a derecha ni a izquierda, ya había pasado. Todo normal, árboles, campos, cerros, oscuridad y las pocas luces de Madisongarden hacia el oeste. En cuestión de media hora podría estar en su cama si se daba prisa y empezar a pensar allí en la vida futura que lo esperaba. Más tranquilo, sacó su paquete de Chesterfield que, pese a todo, no se le había caído de los bolsillos de la cazadora durante la carrera, tampoco el mechero.
Sin duda era una noche preciosa. Unas pocas nubes surcaban el cielo de otoño, se movían rápidamente porque eran delgadas y vaporosas. Su transitar era más perceptible cuando pasaban por delante de la luna. Joe estaba fascinado frente a los pequeños regalos de la naturaleza. En su resaca, le parecía un error que el hombre recurriera a determinadas substancias para alegrarse la vida, cuando ya tenía toda aquella belleza en torno suyo. La música no se escuchaba ya más por ninguna parte.
-¡No volveré a escuchar a Bruce Springsteen en mi maldita vida!- rió Joe de corazón ante su pequeña broma, mirando al cielo de New Hampshire. La luna lucía resplandeciente y las estrellas eran tan bellas que.
El pie derecho de Joe no encontró apoyo y el cuerpo se le fue hacia delante. Cayó de bruces y, en vez de contra el suelo, se estrelló contra el vacío. Apenas había conseguido enderezarse y caer de pie. Estiró las manos e intentó agarrarse a la pared resbaladiza, que subía y subía, llena de piedras, que le arrancaron de cuajo varias uñas de las manos, siempre demasiado largas. El dolor era insufrible y, además, tuvo tiempo de reparar en él antes de llegar al fondo.
Violentamente, chocó contra el fango hundiéndose hasta la cintura. Partiéndose la columna o por lo menos la cadera, no sabía. Joe estaba confuso. Se había precipitado varios metros en lo oscuro y se encontraba aturdido. El dolor era cada vez más intenso y generalizado. Las manos le sangraban rabiosamente y un hilo de sangre caliente le brotaba de la comisura derecha de la boca, resbalaba por el cuello y le ensuciaba la su única camisa a cuadros. Se había reventado por dentro.
Joe sabía que aquel era el fin. Un último escalofrío de su sentido arácnido se lo advirtió. Además, en aquella cavidad había bastantes telarañas que daban fe de ello. Se propuso cambiar de vida, se lo prometió y, al fin, lo consiguió más pronto que tarde. La vida iba a volverse en muerte. Intentó mascullar algo pero fue inútil, el daño era tan fuerte que no podía articular palabra, solo gemir y aullar calladamente, escupir sangre y vísceras.
Pero cabía la esperanza de que lo encontraran. Pronto sería de día y quizá el propietario de aquel terreno lo encontraría a la mañana siguiente… Sin embargo estaba solo en aquel escándalo que formaba con sus lamentos, en aquel pozo.
Bueno, no estaba solo del todo. En torno suyo, sintió unas manos heladas que lo apretaban, que lo agarraban del cuello y de los hombros. Eran ellos. I’m going down in Lucky Town
down in Lucky Town… La música surgía de entre las telarañas, de las paredes, de las formas oscuras que lo empujaban al fondo, de la luna que lo miraba en lo alto con una sonrisa torcida. Comiéndoselo, provocándole un dolor horrible, estrujándolo como a una botella de plástico. Joe aullaba e intentaba zafarse de aquellas formas que iban sumergiéndolo en el lodo, en la ciénaga que había generado la lluvia durante aquellos días. Antes de que la tierra llegara a su boca, Joe Black gritó con las últimas fuerzas que le quedaron:
-¡Por qué! Oh, dios mío, ¡¡por qué!! ¡¡¡POR QU…! I gonna lose these blues I’ve found
down in Lucky Town…
baby, down in Lucky Town.