El síndrome del submarinista (La importancia de gestionar el éxito)

En general, nos vemos sometidos a mucha presión. El trabajo, la familia, uno mismo; situaciones que nos fuerzan a un nivel de exigencia necesario para prosperar en determinados aspectos. En ocasiones la vida nos pone a prueba en determinados momentos y hay muchos libros en los que se trata el tema de salir adelante, de aguantar lo que nos echen para seguir caminando. Por sorprendente que nos parezca, somos más capaces de gestionar el fracaso que de gestionar el éxito, y de esto trata este artículo.

Tendemos a pensar que nuestra sitación actual, sea buena o mala, se extenderá en el tiempo a lo largo de la vida. El ser humano solo sabe vivir en el presente y entiende, de alguna manera, que el futuro será como el presente actual. Un análisis del pasado nos demuestra que esto no es así: se experimentan subidas y bajadas, momentos álgidos y etapas difíciles. En ambos casos tendemos a pensar que estas situaciones se prolongarán por siempre y debemos saber que esto no es así: ni lo malo ni lo bueno es eterno. Por lo tanto, tenemos que ser consicentes en los momentos buenos que debemos gestionar el éxito para alargarlo todo lo posible. Si malbaratamos los triunfos, nos durarán poco.

Hay quienes piensan, y es la tónica general, que debemos seguir nuestro instinto en los momentos altos. Es decir, que debemos vivir lo bueno de forma desenfrenada, tal y como nos dictan nuestros impulsos. Sin embargo, una vez que nos dejamos llevar, empezamos a perder el control de nuestra alegría, empezamos a construir la situación que formará nuestra infelicidad futura. Por tanto, en los momentos buenos hay que disfrutar, eso es indiscutible, pero también hay que ahorrar esos sentimientos para cuando los podamos necestiar. Debemos ser consicentes de que la situación puede variar en cualquier momento y tenemos que estar despiertos para reconducirla.

Encontramos el triunfo después de someternos a una presión alta. Durante nuestro recorrido vital nos ponemos en diferentes retos que nos exigen determinados sacrificios, pensando que nos espera un futuro mejor si conseguimos nuestros objetivos. No obstante, son muchos los que, después de alcanzar aquello que tanto ansiaban, se han metido en una espiral autodestructiva que termina de la peor manera. Se habla de esto como de un misterio irresoluble cuando se trata de una mala gestión del éxito, más concretamente, de una mala descompresión después de una presión alta.

Este es que llamo síndrome del submarinista. Es de todos conocido que, a medida que le cuerpo humano va descendiendo en el mar y la presión aumenta, hay que ir adaptando el cuerpo al entorno acuático. Se hace mediante la maniobra Valsalva, que consiste en pinzar la nariz con los dedos y soplar suavemente hacia ella sintiendo cómo los oídos se adaptan. Los submarinistas descienden de forma gradual y es muy importante hacerlo con cuidado. También cuando suben a la superficie, lo hacen del mismo modo.

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Algo parecido sucede cuando emprendemos un proyecto determinado. Pongamos por caso que queremos superar unos exámenes muy difíciles que nos exigirán prepararnos muy a largo plazo y dicha prepraración quizá no nos garantice el éxito, pero aceptamos el reto. Poco a poco iremos metiéndonos en el mundo de nuestra preparación: adquiriremos los libros, prepararemos los apuntes, quizá acudiremos a clases que refuercen nuestros conocimientos, saldremos a caminar o a correr para seguir adelante, diremos que no a muchos planes con amigos y família, dormiremos menos horas, nos levantaremos más temprano… en fin, poco a poco, iremos aumentando la presión a medida que se acerca la fecha del examen: como el submarinista que desciende treinta metros en busca, pongamos por caso, de un tesoro hundido.

Tarde o temprano el examen llega y puede terminar de dos maneras: lo superamos o no. La situación de que no lo superamos no es objeto de este artículo, aunque recordemos que en esta vida nos han enseñado a luchar y a seguir adelante, a aprender de los errores, a superar los obstáculos: sólo hay que rehacerse y volver a intentarlo, aunque cueste. Pero puede pasar que lo superemos no sepamos cómo gestionar el éxito nuevo.

Por ejemplo. Ha llegado el gran día, hemos superado la prueba, tenemos el éxito en nuestras manos y después de saltar de alegría no sabemos muy bien qué hacer con él. La alegría que experimentamos es momentánea y queremos que se transforme en algo duradero. De hecho, pensamos que ahora seremos realmente felices porque ya no tenemos que hacer tantos sacrificios ni renunciar a los placeres de los que nos hemos privado durante largos meses. Para celebrar que ahora estamos en un nuevo estado, nos abocaremos a vivir la vida, disfrutaremos del tiempo que no teníamos y saborearemos nuestro nuevo logro. Y sucede que, más pronto que tarde, nos sentimos vacíos e infelices, nada nos sacia ni nada nos satisface. Este es el síndrome del submarinista: hemos subido a la superficie demasiado rápido y sin adaptarnos al nuevo entorno.

Porque cuando uno se ha visto sometido a tanta presión, no puede descomprimir de golpe, como solemos hacer, como nos han enseñado que hay que celebrar el éxito. Nadie pensaría que, para disfrutar de un determinado logro, se deba seguir trabajando. El problema es que debemos ir dejando de trabajar poco a poco, para no hacernos daño psicológico en el disfrute de nuestra alegría. Somos como el submarinista que encuentra el tesoro hundido: quisiera salir a la superficie rápidamente para descansar, para disfrutar y respirar aire fresco después de haber obtenido tan ansiado triunfo. A pesar de la alegría, deberemos contenernos y volver a la superficie de forma pausada, paciente, gestinando el éxito. Administrar la alegría para ser felices durante más tiempo.

Se puede morir de éxito y son múltiples los ejemplos. El hecho de no disfrutar de nuestros logros nos hace sentirnos realmente mal, porque si no podemos ser felices con aquello que ansiamos, qué nos dará felicidad, nos preguntamos. Es muy importante trabajar en este sentido para sentirnos realmente plenos y felices con nuestros logros.

Entonces, cuando emprendemos un reto en el que consiguimos cierto premio, lo único que nos queda es interar un próximo reto para disfrutar del triunfo anterior, pero no dejar de sentir esa presión que nos ha hecho conseguir aquello que deseábamos.

Habrá que aprender a vivir bajo presión y ser felices, saber gestionar nuestras emociones en momentos de estrés. Pero esto será el tema de otro artículo.

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