-Me gustaría ir por el mundo haciendo el pobre, pero soy pobre. -y apuró el cigarrillo.
El otro lo miraba con una expresión indiferente, quizás de superioridad. No importaba, había que tragar con todo aquello. Al fin y al cabo, era un trabajo como cualquier otro.
-¿Vamos?
-Venga, tú primero.
Pasaron hacia dentro y dejaron fuera el tronar ensordecedor de las chicharras. Hacía un calor insufrible y sudaba, sobre todo sus manos. No sabía si eso iba a salir bien tal y como estaba: estúpidamente nervioso. Cogió aire y penetró en la oscuridad del recinto.
Al cabo de unos pasillos, llegaron al estudio. El ambiente era como el de todos los lugares de esa clase. El olor era agradable, como de madera barnizada. Le parecía un misterio cómo se generaba aquel sabor en el aire: mezcla se sudor, cerveza y guitarras.
-Este es Felipe. Viene a hacer la prueba.
El grupo no tocaba en ese momento, pero estaban colocados como si fueran a ensayar otro trema. Primero saludó al batería, un tipo gordo y malcarado. Luego al bajista, pelo largo y con una cara bastante horrible. El guitarra, también feo, pero con el pelo corto. El que lo había recibido en la puerta era un amigo. Buscaban una voz para la formación.
Saludó a todos. Estaban un poco nerviosos, pero actuaban como si no, lo cual producía cierta incomodidad. Dejó la funda en el suelo y empezó sacar de ella su vieja guitarra.
-Veo que traes tu guitarra.
-Sí.
-Sólo buscamos un cantante, además es una guitarra española. Nos interesa más el rock.
-Bueno. ¿Qué queréis que cante?
-Mira, ¿conoces esta canción? -Y le hizo llegar una hoja mal impresa con la letra de una canción punki. Era de un grupo cuyo líder había muerto en los noventa por la heroína.
-Claro que la conozco.
-Pues venga. Un, dos, tres, y…
La música, si puede llamarse así a cuatro acordes mal ejecutados, empezó a sonar. Como hacía siglos que no escuchaba la canción, tuvo serias dudas a la hora de entrar. Mientras todos ejecutaban la pieza, pensaba que lo habían descartado nada más llegar.
Empezó a cantar, pero la calidad del micro era tan mala, tocaban tan fuerte y estaban tan metidos en lo suyo, que difícilmente podían escuchar cómo lo hacía. Por su parte, estaba un poco nervioso, pero no lo hizo mal. A medida que la canción avanzaba se iba sintiendo más seguro y, sabiendo que estaba descartado desde el principio, pensó que no perdía nada por disfrutar del karaoke. Así que se dejó llevar y la canción terminó.
-¿Qué tal? ¿Cómo lo veis?
Todos guardaron silencio. Era una condena aquella quietud. No les había gustado, ni siquiera lo habían escuchado. Pero bueno, eso era el mundo: no escucharse unos a otros.
Sacó la guitarra de la funda. Era una vieja Alhambra. La enchufó en uno de los amplificadores que había, sin pedir permiso. Por lo menos, la experiencia serviría para tocar un par de canciones delante de desconocidos. Siempre había tocado en su casa.
-¿Os sabéis esta?
Empezó a rasgar la rueda de acordes que se había preparado. Los músicos decían conocer la canción, pero no se animaban a tocarla con él. Mejor. Por lo menos lo escucharían. Tocó y cantó el tema en apenas tres minutos sin mirar qué hacía el resto.
-Bueno -dijo uno de ellos cuando terminó-, pues ya te diremos algo.
Pues ya estaba todo dicho. Pero había venido con el coche de un amigo y tenía que esperarse hasta que terminada la sesión para poder marcharse a su casa. Su amigo lo miraba con una expresión lastimera, como el que dice con los ojos: “Te lo dije, tío”.
Una vez sentado en un rincón de la sala, pudo escuchar al grupo sin la presión de tener que participar en el ruido. El batería era bastante malo. Percutía un ritmo sin fuerza, sin ganas. Ninguno tenía un talento especial. Por lo menos, él se sentía con más gracia, pero qué artista no se cree tocado por los dioses. Y cuando no se sentía así, se autoconvencía.
Como no tenía nada mejor que hacer, cogió una de las cervezas que había en una pequeña nevera. Si le decían algo, se haría el sueco. Pero solo lo miraron con expresión contrariada y guardaron silencio. La gente es cobarde y prefiere urdir sus pequeñas venganzas con argucias. Lo sabía porque lo había visto en todas partes. La vida funciona de esta manera: nadie te respeta hasta que sienten que deben respetarte.
-Pues a mí me parecéis bastante malos, la verdad. No sé si querría tocar con vosotros.
La expresión general cambió. El bajista lo miró con rabia y entró en el trapo rápido.
-Bueno, si no te gusta, ya te puedes ir.
-Tengo que esperar a que termine Arturo. -el amigo que lo había traído al ensayo. -De todas maneras, deberías aprender a encajar las críticas. Tocando así no llegaréis a ninguna parte. He visto millones de grupos de versiones. No tocáis nada vuestro.
-Nosotros solo queremos tocar. -dijo el guitarra solista- Nos importa poco la letra.
-¿Qué grupo que haya llegado a alguna parte conoces que haga esa clase de comentario?
-Tú que sabrás. Primero aprende a tocar lo básico, y luego podrás hablar con nosotros.
-Estoy hasta las narices de la gente como vosotros. No sabéis nada y preferís ignorar vuestra mediocridad patente. No es prepotencia, es simplemente observación. ¿Leéis?
Silencio sepulcral. Mi amigo empezó a recoger su guitarra. El ensayo se había terminado, por lo menos para ellos dos, pues era él quien tenía que llevarlo a casa. Por lo menos no se lo había quedado dentro. Ahora los miraba con una expresión de superioridad, como a seres inferiores, aunque numerosos: esa siempre es su fuerza.
-En fin. Ya os apañaréis, artistas. Que os den por culo. Acordaros de mí al fracasar.
Y salió con la guitarra al hombro. Salió a la calle. El sol había bajado un poco en el horizonte, pero aún era de día y las chicharras seguían con sus canciones. Empezó a liar un cigarrillo en la puerta mientras esperaba a que saliera su amigo. No tenía prisa a pesar de que hacía calor. Estaba en la calle y se sentía a gusto a la intemperie.
Cuando terminó el cigarrillo y empezó a liar el segundo, su amigo salió por la puerta.
-Eres un gilipollas, tío.
-Ya. Ellos también lo son. No harás nada interesante con esta gente.
-No sé cómo he podido traerte. Sabía que te ibas a poner estupendo, como siempre.
-Bueno, teníamos que probar. Pero bueno, al final ha pasado lo de siempre. Imbéciles.
-Tío, creo que deberías abrir la mente. -Estaban en el coche, ventanillas bajadas porque el viejo vehículo no había llegado a la era de aire acondicionado. Ambos fumaban. -Te recomiendo que salgas a ver mundo. Pasas todos los veranos aquí. Trabajas todo el año y lo único que haces es soñar, no llevas nada a cabo. Está bien leer, pero hasta cierto punto. Muchos de tus prejuicios se esfumarían si salieras de tu centro de confort.
-Salgo de mi centro de confort de lunes a viernes de siete de la mañana a tres de la tarde. Vosotros también deberíais probarlo: un poco de realidad no está mal. Te conecta con el público, con lo real de la vida, con la gente. En el cogollito punk no haréis nada.
-Joder, Felipe, no sé cómo podemos ser amigos. No entiendo como puedes pensar así.
-Ya te lo he dicho antes, pero parece que no escuchas. Me gustaría ir por el mundo haciendo el pobre, pero soy pobre. Tú también lo eres. Los viajes de Instagram son una estafa, ¿no te das cuenta? Gente haciendo lo que les han dicho que hagan para encontrarse. Luego no pueden pasar ni media hora a solas en su casa, con su soledad.
-No vale la pena seguir hablando contigo.
Pasaron el resto del trayecto en silencio, hasta que llegaron al pueblo. El coche se detuvo delante de su casa. Le diría al colega de subir y echar una cerveza: hacer las paces. Pero el orgullo es una frontera demasiado alta a veces, a pesar de ser inútil.
-Oye, Felipe, quiero decirte una cosa.
-Mira, Arturo, soy así, tío. Lo único es que me ha jodido que no me escucharan. Ya se me pasará. Perdona la pataleta, por lo menos no me he quedado con el demonio dentro.
-No es eso. Verás. Quieren que vengas al ensayo el próximo jueves.
-¿En serio?
-Sí, les ha molado la canción que has tocado. La verdad es que es buena, aunque me cueste decírtelo porque eres un prepotente gilipollas. Quieren probar el próximo día.
-No me jodas. No tenía ni idea. Pensaba que me habían descartado.
-Siempre estás adelantándote a las cosas. Fluye, tío, fluye como el viento.
-No me va el yoga y esas mierdas indias. Me pensaré lo del próximo jueves. ¿Una birra?
-Otro día, tío. Tengo cosas que hacer. Pero podemos vernos mañana para ensayar.
-Venga.
-Dame un abrazo, anda.
Subió a su casa y se pasó el resto de la tarde tocando. Por fin tenía una banda. Era feliz.
…oooOOOooo…
Nota del autor: La primera vez que publiqué esta entrada fue en agosto de 2022. Afortunadamente, casi nadie la leyó, ya que desde esa fecha hasta ahora son muchos más los amigos que pasan por esta página.
Debido a que ando con las galeradas del que será mi primer libro en papel (próximamente iré dando información sobre este asunto), estoy dedicando el tiempo de escritura a la corrección de la versión definitiva.
Hoy publico esta historia perdida y poco leída, pero que en su momento me pareció muy inspirada.
Muchas gracias por el apoyo. Un abrazo, Ricardo R. B.
cierra los ojos. imagina un hombre, un cigarro olvidado sobre un cenicero, uno de esos de cristal. imagínalo sentado en un sillón, en medio de la sala. con la mirada perdida en el gres del suelo.
y un reloj colgado sobre el blanco de la pared, como encalada, que marca el tempo que baila el humo. ¿lo ves?
tic- tac- tic- tac.
el sol, rabiosamente sereno, se cuela por un ventanal. todo lo baña su luz blanca.
y un espejo, y en su reflejo, una fotografía enmarcada.
nunca tuvo fuerzas para descolgarla de aquella pared enjabelgada.
hojas secas del otoño visten marrón claro el suelo pies en botines de cuero bajo un vestido gris cielo cabellos negros que caen sobre sus hombros estrechos sonrisa antes de un beso ¡qué cálido fue aquel invierno! ¡pasión en sus ojos pardos! ¡una mirada de fuego!
qué gran foto en aquel marco. tal estrella de mentiras perdida en un cielo negro. fundirme en ella quisiera
¡solo un segundo siquiera!
solo uno.
Nota del autor:
Hace unos cuantos 23 de abril, teníamos diecisiete años y ganamos un premio con este tema-poema que hoy he rescatado del fondo de mi disco duro. Como el audio que yo conservaba estaba inconcluso, no he podido transcribir la totalidad del poema. Al final, se desvelaban los símbolos explicando el significado del reloj, el cenicero y la foto en el cuadro. Pero hoy, diecisiete años después, me parece un accidente feliz que se haya perdido ese fragmento y sea el lector/a quien desvele por sí mismo el significado de cada objeto en el poema.
Así es la vida, quien ha escrito este poema y quien lo ha terminado por donde ella quería. Respetaré su voluntad.
Información adicional:
La canción se realizó en el Amanita Estudi de Constantí y fue compuesta, tocada y grabada por mi admirado Sergi Sabaté Reig, quien sigue siendo un genio del sonido y trabaja con diferentes artistas. Créditos a él.
siempre la pagamos con quien más nos quiere. sonreímos a nuestros enemigos continuamente en la oficina, la clase, el café y luego la pagamos con quien más nos quiere al llegar a casa y encontrar las cosas como las tenemos. discutimos y nos vamos a la cama enfadados, estresados por el trabajo y la sociedad que nos espera al día siguiente a las seis treinta de la mañana cuando sonreiremos a nuestros enemigos, a quienes desean vernos caer o muertos. reiremos falsamente y dejaremos en casa toda nuestra frustración como una maleta llena de piedras. deberíamos sonreír a nuestros enemigos y también a quién más nos quiere.
Bururu-buru-buru
Bururuburuburu di un salto y miré a mi izquierda y vi a un hombre encorvado dando pasos cortos que extendía su mano diciendo: bururu- buru tengo sesentaicinco años y no tengo nada. dije que no con la cabeza con una sonrisa nerviosa y apunté estos versos al vuelo mientras se alejaba dando pasos cortos mientras extendía su mano, encorvado, diciendo: bururu- buru tengo sesentaicinco años y no tengo nada.
tres
llegaron cansados tres músicos para tocar en la ciudad portuaria a las 12 del mediodía de un sábado de abril. dijeron venir de Barcelona donde lo habían petado a pesar de que el baterista no se encontraba bien desde hacía tiempo. mi amigo tocaba la guitarra sustituta y otro tenía un bajo Squire de 50 euros en el Cashconverters y una camiseta de los Ramones. eran tres y no duraron en la ciudad tres cuartos de hora. tres amigos fuimos a verlos pero no llegó nadie más. a pesar de que nos cobraron la entrada igualmente no tocaron más de tres canciones sin muchas ganas y medio bis. Hubiéramos subido al escenario a cantar con ellos y beber tres cubatas pero apenas teníamos en el cuerpo tres cervezas y los músicos habían llegado cansados de la vida y del ingrato oficio de tener que tocar para tres. decidieron renunciar al concierto pero no renunciaron a los 30 euros que dimos en nombre de las musas y de la amistad que alguna vez nos unió. estos músicos profesionales no pudieron ejercer su profesión porque llegaron cansados y tristes porque solo fuimos tres a verlos. otra cosa hubiera sido si hubiésemos sido tres-cientos, todo serían sonrisas y parabienes, deben ellos pensar, pero si algo enseña cualquier oficio es que hay que ser igual de artista para tres que para tres mil personas. Kurt Cobain tocaba delante de casi nadie cuando era el mejor como sabe el baterista por los rare footage que ha visto en YouTube soñando con estar allí, se tiñó el pelo de rubio, tomó la droga, pero olvidó lo importante. los músicos se sintieron en un apuro y solo supieron cargar sus trastos y salir corriendo con la música a otra parte a olvidar Tarragona y a descansar en casa. mi amigo y yo nos miramos sin saber muy bien qué decir ni cuándo volveríamos a coincidir en un cruce de caminos cada vez más imposible. nos dimos un abrazo frío y fue tan triste como en una película española. hasta siempre, camaradas, tomaros tres cervezas a nuestra salud con nuestro dinero que no os ganasteis, sin recordar que hay que ser profesional ante tres-cientas, tres mil personas y, también, ante tres.
Son apenas las siete de la tarde y ya es de noche. En la puerta del polideportivo se agolpan cabelleras blancas y bien peinadas, las personas mayores del pueblo llevan unos quince minutos haciendo cola, el evento es gratis: concierto de Joan Reig y su banda. Estamos en Constantí, un pequeño pueblo industrial e industrioso cercano a Tarragona.
Para quien no sea de Cataluña, hay que decir que Joan Reig es el baterista de uno de los grupos más influyentes en el panorama musical catalán desde los años 90 a la actualidad: Els Pets. Aunque percusionista, Reig ha escrito muchos de los himnos inolvidables de esta banda, como sabemos muchos de los que leemos las letras de las canciones en el librito de los discos y vemos quién las ha firmado. Si cantaran en inglés, serían algo así como los Eagles o cualquiera banda mítica del imaginario internacional.
Marina y yo hacemos bromas sobre que bajamos la media de edad del evento. Como yo soy de Constantí también, distingo entre las cabezas venerables a algunas ancianas del pueblo: la abuela del Genís, la abuela de la Laura, la abuela del Joshua, etc. Las puertas se abren y recorremos el pasillo hasta la pista de patinaje artístico, la cual hace las veces de lugar de actos municipales como entierros, graduaciones o conciertos. Tomamos asiento en una de las primeras filas y esperamos a que la acción empiece. Mientras estamos sentados, vemos como la sala se va llenando paulatinamente hasta ocupar todas las sillas de plástico que hacen de butacas en el teatro improvisado del polideportivo.
Fotografía de Marina Martí
La luz se apaga y los focos iluminan a cuatro gatos-jazz que aparecen en escena. Músicos experimentados que uno imagina cruzándose en los pocos bares de rock que van quedando, tomando un wiski en la barra solos o con poca compañía. Ahora se muestran en su plenitud, con el instrumento colgando, sonrientes, hermanados por los ritmos sincopados que Joan Reig marca con su batería en el centro mientras interpreta. Para disfrutar más del espectáculo, sería ideal que, como en la ópera, desfilara la letra de los temas por una pantalla sobre el escenario. Las palabras de Reig cuentan historias que valen la pena ser leídas y el sonido del directo no siempre ayuda a distinguirlas bien. Aun así, uno disfruta de esa música con sabor a Dylan, a The Band, a Serrat y a Krahe.
Las canciones se entremezclan con poemas recitados, todos hijos de la estilográfica de Reig. Las letras dibujan un sol blanco sobre la tapia del cementerio y el humeante café con leche en el bar de delante de casa, las fotos en sepia donde aparecen los que ya no están cuando eran más jóvenes y más eternos, el paso del tiempo irrecuperable, el misterio de estar vivo, retrata la muerte cotidiana y amable, como un viejo conocido, pero al que nadie saluda, sentado en una mesa de la esquina, al fondo del Bar El Casino.
Otro de los temas que Joan Reig toca es la raigambre a la tierra, no en un sentido político -o no solamente- sino a las raíces, a los orígenes, a la esencia de uno mismo. Cuando uno lo piensa y ve al músico, con tantos quilómetros a sus espaldas, habiendo visto miles de caras desde arriba en el escenario, habiendo conocido el éxito, pienso: ¿por qué no se marchó, como hicieron todos? Constantí no es el pueblo idílico que uno evoca cuando piensa la palabra “pueblo”, se ha convertido más bien en una ciudad dormitorio aledaña a los polígonos industriales que sitian el municipio. Pero Joan Reig habla de los avellanos, de los surcos en la tierra, de los olivos que peinan el viento, de los caminos centenarios hacia otros pueblos antiguos como La Canonja o Reus. Joan Reig no solo es un artista de Constantí, él es Constantí. Amigo de los vecinos, de los que llevan allí desde que tienen memoria y los que fueron llegando, valorándolos por el peso de su corazón, como hacen los párrocos sabios o los intelectuales visionarios.
La vida puede ser comedia, tragedia, sainete, dice Reig en algún momento del espectáculo. Las historias a veces tocan temas tabú como los abusos de un cura oscuro vividos en carne propia, o hablan de esa gran ce que se ha llevado a tantos tan pronto. El momento álgido del recital es cuando revisita un poema sobre su madre pintando una imagen poderosísima: cuando las manos se entrelazan, se aprietan muy fuerte, bajo la sombra de un día claro. Por el recuerdo indeleble de su mamá, se le quiebra la voz y él, y yo, derramamos una lágrima tan antigua como el mundo, un beso tierno de la tristeza.
Al ir llegando al final del espectáculo, Joan ironiza sobre que hay dos enfermeras del departamento de salud que te ayudan con la depresión post-concierto. El público ríe y se tocan los bises, más alegres y movidos, para terminar arriba y recordar que la vida es bonica, aunque a veces complicada. Aplaudimos y vuelven las luces, recuperamos nuestra vida y recordamos que hace un frío de mil demonios porque el lugar carece de climatización. La corriente se llevará por delante a alguno de los ancianos, comentamos.
De vuelta al corredor por donde habíamos entrado, salimos ordenadamente hacia la calle. De repente, nos detenemos un instante y veo que se ha parado la abuela del Joshua, una anciana que, desde que tengo memoria, siempre ha sido mayor. Ayudada por el brazo de su acompañante, unos años más joven, se ha plantado frente a uno de los acomodadores que están vigilando que la salida del recinto se haga ordenadamente, otro vecino conocido como Joan Déugràcies (Adiósgracias, por su traducción), y le espeta: ¡Pues no me ha gustado el concierto, porque era en catalán y a mí me gusta el castellano! El hombre sonríe como lo hacemos todos en la cola. Todo el pueblo quiere a la abuela del Joshua, todo el pueblo quiere a Joan Reig y el mundo está más hermanado.
Cualquiera que tenga corazón, aunque no sea de Constantí, de Cataluña, de Europa, podrá disfrutar de la letra y la música de este Bagatzem que ha construido verso a verso Joan Reig para que guardemos allí los recuerdos con las personas que no olvidaremos.
Recordar con tristeza que el tiempo se esfuma es la mejor invitación para vivir felices.
Roma es una ciudad bastante sucia. Llegué un lunes por la tarde y me sorprendió el paisaje que cruzaba frente a mí durante el trayecto del aeropuerto al centro de la ciudad: los suburbios aledaños a las vías del tren estaban especialmente sucios, pintados con grafiti, máquinas tiradas y herrumbrosas por doquier. Me parecía estar viajando a un pueblo del Sur, no entrando en una capital europea, nada menos que la Ciudad Eterna.
Llegué al hotel y un tal Damiano me esperaba para entregarme las llaves de mi habitación. Plaza Pío XI. Me parecía que el lugar sería especial por encontrarse a apenas dos quilómetros de la Ciudad del Vaticano. No obstante, daba la sensación de estar muy alejado. Las calles eran comunes, un paisaje de periferia con sus aceras de asfalto y sus contenedores repletos de basura donde buscaban suerte los extracomunitarios. Quise hacerle notar a Damiano mi desazón y asegurarme de que el centro se encontraba tan cerca como lo situaba el mapa, en efecto, Internet no me había mentido. En apenas cinco paradas de autobús, uno se encontraba atravesando las aguas del Tíber.
El recepcionista era fumador y lucía un paquete de tabaco en el bolsillo delantero de la camisa. Me pidió la documentación y yo, mientras tanto, le hacía preguntas al respecto de dónde conseguir las cosas que se me habían olvidado en casa: un cargador para el teléfono, un supermercado con droguería, un banco, un sitio para comer-cenar dado que llevaba todo el día con el estómago vacío. Con una voz rota y viril, como la mía -no sería mucho mayor que yo-, Damiano me informó en itañol (mezcla de dos idiomas hermanos) donde se encontraba todo lo que yo quería: el sitio más lejano estaba a apenas dos minutos andando desde el edificio donde me hospedaba. Después de todo, me alegré de que el centro se encontrara al otro lado del río, habría sido difícil para mí realizar todos los recados de forma ágil si me hubiera encontrado en una calle donde solo hubiera comercios de souvenirs. Salimos juntos del edificio dado que Daminao acababa su turno a las ocho en punto y ya eran las siete y cuarto. Luego me quedé solo.
Cené una carbonara y demás está decir lo buena que estaba. Lo único que no me gustaba, a pesar de no encontrarme en la ciudad vieja, es que en el restaurante sólo había clientes del norte de Europa, turistas como yo a quienes clavarían una factura demasiado alta por unos platos que creeríamos auténticamente italianos. Pero, en fin, yo estaba cansado por el viaje y de buen humor por llevarme algo al estómago.
Venciendo la tentación de irme al hotel a descansar, crucé la calle y me subí al primer autobús que se dirigía al centro. Previamente, había pasado por un banco donde me fue imposible sacar efectivo. No había otra sucursal a la vista, así que me subí al vehículo con la esperanza de poder pagar mi billete con tarjeta de crédito. Al mostrarle mi intención al conductor, este me miró por encima del hombro, hizo un gesto de indiferencia, miró al frente y cerró las puertas del autobús. Me quedé algo sorprendido, sin entender bien lo que pasaba. Una chica, a mi lado, vio la escena y me informó en inglés que los autobuses no aceptaban el pago con tarjeta. Pero yo ya estaba subido, le hice notar, y ella me instó a no decir gran cosa y dejarme llevar gratis por las calles de Roma. Me preguntó dónde iba y le contesté con el nombre de una pizzería: Trastevere.
Resulta que ella, cuyo nombre nunca me dijo, trabajaba cerca y nos bajábamos en la misma parada. Era enfermera en uno de esos hospitales que, luego lo confirmé, parecían sanatorios de la Edad Media -no me gustaría estar ingresado en uno de esos. La buena conversación hizo que el tiempo pasara volando y, llegados al río, me indicó por dónde tenía que seguir mi camino a pie. Pensé en intentar coger el número de aquella chica pero yo ya tenía un amor en Roma, la persona que me había recomendado que, aquella primera noche solo, me dirigiera al barrio bohemio, que seguro que te piac(h)erà.
Trastevere significa “tras el río Tíber”. Como en otras ciudades fluviales donde yo había pernoctado -Madrid, Londres- los barrios situados al otro lado del río -Carabanchel, Hammersmith- eran mucho más pobres y no tenían nada que ofrecer a los turistas. Pero en Roma la pobreza es una gala. Mientras bajaba el paseo junto al ancho río, observaba cómo caía la tarde bajo los grandes arcos de los puentes. Allí se preparaban para recibir otra noche húmeda algunos vagabundos solitarios, separados entre sí entre puente y puente. Cuando pisé por primera vez el barrio, la música me invadió por todos los flancos. La gente se arremolinaba en una plaza de donde partían varias calles sinuosas hacia todas las direcciones. Supe que había llegado a mi destino y, para asegurarme, le pregunté a una transeúnte, señalando con el dedo, con los ojos iluminados y los oídos encendidos, si aquello de allí era Trastevere. Me contestó que sí.
Nunca consulto las guías de viaje cuando visito un lugar. En ocasiones, como en este caso, tenía información de algunos monumentos por haberlos estudiado en los libros de historia, pero apenas sabía dónde se encontraban. Me gusta dejarme llevar por las calles, por la vida, y encontrar lo que Fortuna quiera. No tengo interés en meterme en un lugar emblemático si algo no me ha llevado allí. En otras ciudades uno corre el riesgo de no encontrar nada, de acabar en un espacio liminal, pero en Roma uno lo encuentra todo.
Guiado por el ritmo de las calles donde artistas entonaban canciones que yo conocía -rock clásico principalmente o tangos de Gardel- me iba internando por entre los muros de las estrechas avenidas. Como era el barrio bohemio, no me costó demasiado encontrar un estanco; como era un barrio turístico, tampoco me supuso ninguna dificultad sacar, por fin, dinero. Demás está hablar de la preciosidad del sitio para quien encuentra en la decadencia un aroma cálido y embriagador. Siguiendo la música de los artistas desconocidos, atravesando puestos de pasta donde se formaban largas colas de turistas centroeuropeos hambrientos, encontré una plazuela sin saber que me quedaría allí hasta que cayera la noche.
Había una tienda de campaña verde-militar y dos militares con sendos subfusiles, una iglesia, restaurantes, bares, puestos callejeros de bisutería y mesitas de playa donde tres hechiceros -dos brujas y un mago- echaban las cartas delante del portal de la iglesia. Me resultó curioso este hecho dado que sabía que la religión católica considera pecaminoso y satánico el uso y el consumo del esoterismo: pero, en Roma, Dios y el Diablo convergen en la misma sucia vía. Un rastafari negro tocaba maravillosamente la guitarra y nos íbamos arremolinando bajo sus notas, asistiendo a una misa pagana que me llenaba los ojos de lágrimas y me ponía el vello de punta. La voz de aquel tipo, el modo en el que golpeaba la guitarra y arrancaba de ella los acordes, era tan especial y genuino que el músico que lo acompañaba, un hombre blanco con sombrero de cowboy y guitarra eléctrica, parecía que no tuviera ni idea de hacer música. Al cabo de un tiempo indeterminado -quince minutos o una hora- continué mi camino dejando la plaza tras de mí. Encontré otra donde se celebraba un concierto por la paz: entidades católicas de toda Europa se reunían para clamar por la convivencia y por su supervivencia. Soy consciente de los horrores del catolicismo y de la Santa Madre Iglesia, pero no podía evitar una sonrisa de oreja a oreja, hacer fotos y saltar con el párroco joven que llevaba la batuta de la orquestra rock católico y virginal. En la enésima iglesia, un mosaico dorado en lo alto de la fachada mostraba santos personajes rodeados de pan de oro y palmeras. Continué mi camino, pero volví sobre mis pasos cuando se acabaron las calles peatonales y se ensancharon para que cupiesen coches. Aquello no me interesaba, volví donde los tarotistas y me senté en el portal de la iglesia, justo detrás del rastafari que mezclaba el tema No Woman No Cry de Bob Marley con Let It Be de Paul McCartney.
Luego, cuando el rastamán recogía sus bártulos, dos guitarristas más mediocres se pusieron a interpretar canciones más actuales, a los que nadie parecía prestar atención excepto yo, que estaba justo detrás de ellos, con un gin tonic en un vaso de plástico y un cigarrillo en la otra mano. Solté las amarras de mi alma y me llené de la noche romana.
Estaba en otro país, completamente solo, pero no me lo parecía. No echaba de menos a nadie. Quizá mi posible acompañante no habría entendido mi afición por la música en directo de ahora, ayer y siempre; tampoco se había arriesgado a fumar tabaco de liar y a beber un cubata delante de un puesto del ejército -los cuales no me dijeron nada, como ya supuse. Al día siguiente iba a reunirme con otra Roma. Pensé entonces que si la cosa se torcía y la cita no resultaba como era deseable, lo cual era un riesgo evidente, no me importaría disfrutar el resto del tiempo así, entregado a la ciudad en cuerpo y alma.
Al cabo de tres copas, la música se terminó. Era un buen momento para volver al hotel y al fin, descansar, pero quise hacerlo por el camino más largo. No conocía el barrio, así que rápidamente me perdí por calles sorprendentemente oscuras que inquietaban al misterio. Al cruzarme con los paseantes no podía distinguir su rostro, éramos sombras los unos para los otros y sentía que su desazón era el mismo que el mío al mirarnos furtivamente. Sabía que el río quedaba a la derecha y lo encontré torciendo la primera calle. No andaba lejos y una vez junto a la margen de piedra divisé no muy lejos un puente antiquísimo e iluminado. Bastantes paseantes lo cruzaban y me dirigí hacia él. Cualquier parada de autobús era buena para mí dado que no sabía cuál era la buena.
La brisa me acariciaba mientras cruzaba hacia la parte noble y antigua de la ciudad. Frente a mí, una calle sinuosa, aunque esta vez más recta que al otro lado del río, se torcía más adelante y la seguí sin saber qué encontraría unos metros más allá. De una tienda salía música de AC/DC y la dependienta me invitó a entrar. Aproveché para preguntar dónde tenía que coger el autobús y me dieron indicaciones lo suficientemente vagas para llegar a mi próximo alto en el camino y no irme todavía a descansar los pies.
Tuerce a la derecha y continúa recto, cuando llegues a una calle que cruza, la parada está a la derecha de nuevo. Encontré la avenida transversal por donde pasaban taxis y coches y me asaltó, otra vez, la música. En un bar que hacía esquina, había gente bailando en la puerta un rock and jazz antiguo y muy bien ejecutado. Miré hacia dentro y unos músicos -saxo, batería, guitarra, contrabajo, cantante femenina- lo daban todo como si solo existiera aquel último local sobre la Tierra. No pude resistir la tentación de entrar y pedir una ginebra con tónica. El dueño del local, bastante exclusivo, me dedicó una mirada de desprecio y me cobró diez euros por una copa demasiado sencilla para su buen gusto. Pero me daba lo mismo, no me incomodaba estar sentado rodeado de ricos ignorantes porque yo estaba allí por la música, que era fantástica. Me senté en la barra frente a los músicos, que imaginé tan pobres como yo, y me dediqué a emborracharme con su actuación por la que habría pagado todo lo que me quedaba en el bolsillo.
Más tarde, salí del local en busca de la parada de autobús. Dos señoras italianas habían salido de fiesta y les pregunté cómo llegar a la plaza donde se encontraba mi hotel. Me informaron de que debía bajarme al cabo de unos diez minutos y esperar allí a un autobús que me llevaría, seguramente, a Pío XI. La conversación con ellas era muy aminada. Me dijeron que aquello era Roma y que no tuviera prisa a que llegara el autobús, yo me reía y contestaba que no tenía prisa ninguna, que tenían una ciudad maravillosa. No tardó demasiado y, una vez dentro del transporte público gratuito, me explicaron singularidades de los edificios que íbamos dejando atrás dado que ambas eran guías turísticas y yo no tenía ningún reparo en preguntarles por las bellezas que veíamos de pasada. El dato que más me impactó fue cuando pasamos por delante de un sanatorio, todavía en funcionamiento, que constituía il primo ospedale in tutta Europa.
Bajé frente a los muros de la Ciudad del Vaticano a esperar el siguiente autobús. Como no estaba seguro de si me llevaría a mi hotel, pregunté a un extracomunitario que esperaba en la parada. El hombre, muy amablemente, me contó que él iba en mi misma dirección y que me avisaría cuando llegásemos a Pío XI. Yo hacía tiempo que no tenía batería en el móvil, así que dependía de la buena voluntad de los romanos para llegar.
Nunca me sentí solo, jamás aburrido. Más bien al contrario, si todos los días iban a ser como esa tarde y esa noche: fermati, istante, sei così bella. Al cargar mi teléfono, mi amiga me había llamado varias veces, preocupada por mi situación: yo en una ciudad desconocida y sin contestar. No pasaba nada, tranquila, me lo había pasado bomba.
Y solo era el principio.
II
Quedamos en vernos al día siguiente. Debía recogerla en la estación de Termini sobre las diez y media de la mañana. Que descanses. Tengo ganas de abrazarte. Adiós. Bacio.
Me desperté emocionado por el nuevo día. Tomé una ducha y me dirigí hacia la parada de metro, que quedaba a unos pocos pasos del hotel. Empezaba a enamorarme también de ese barrio de la periferia. La vida se desarrollaba con normalidad un día entre semana. Antes de bajar las escaleras del suburbano, entré en una cafetería cualquiera, antigua, como las que hay en España: barra de metal y taburetes de contrachapado. Pedí un café solo y sólo necesité mirar la antigua cafetera para darme cuenta de que estaría buenísimo, ni mejor ni peor que en mi país, si uno sabe dónde encontrar lo bueno. Lo mejor no fue el sabor del café, fue que su precio estaba por debajo del euro, Ottanta, dijo la vieja matrona, y yo entendí que sólo me pedía ochenta céntimos por mi café solo.
Al salir a la calle, el cielo me parecía más azul y las nubes más blancas. Bajé las oscuras escalinatas hacia el andén y me subí al primer tren que me llevará a Termini. El vagón estaba vacío, supuse que los romanos preferían moverse en coche, en vespa o en autobús, que salía gratis. Podía haberlo intentado, pero no quería fallarle a mi Roma.
Subí al edificio y me uní al río de gentes que iban de un lado a otro, buscando su destino. Me llamó la atención los altos techos y la cantidad de negros que poblaban el vestíbulo principal. Aquel lugar era su centro de operaciones y le otorgaba al espacio un aire de zoco africano en pleno centro de la capital del catolicismo. Todavía me quedaba tiempo, así que decidí buscar una floristería y compré una rosa roja. Verme paseando por la estación, bastante descuidada, pero populosa de Termini, con una rosa en la mano atraía la mirada de algunos transeúntes, también de los negros, y todo el mundo sonreía.
Habíamos quedado en vernos en una de las entradas de la estación. Al llegar vi que era la menos concurrida. Algunos taxistas hacían tiempo, esperando los clientes a la sombra. La temperatura era primaveral y no había demasiado ruido en el ambiente. Un poco antes había divisado un McDonald’s encastado en un muro milenario. Las palomas antiquísimas se arremolinaban nerviosamente en busca de alguna patata frita americana. Empezaba a esbozar aquellos contrastes en mi cabeza cuando vi aparecer a Sofia.
Vestía un vestido apretado con volantes, que ceñía sus pechos decididos y su cintura breve. Sus caderas eran generosas, pero sin exagerar. Sus piernas no eran largas, pero estaban bien torneadas y morenas. El pelo castaño le caía sobre los hombros, recogido en una pinza por detrás. Sus ojos eran grandes y sus labios carnosos. Sofia era siciliana y yo creía ver la honda tradición mediterránea en sus rasgos levemente afilados, en la nariz casi prominente que comparten los árabes, los judíos y los cristianos del sur. Son nuestros defectos los que nos hacen adorables, y a mí ella me parecía el colmo de la belleza bajo aquella mañana italiana. Como había visto la rosa, a medida que se acercaba, reía afectuosa y yo supe que ya estaba todo hecho. Llevábamos un año sin vernos, la vez anterior en Barcelona. Ella era turista y yo trabajaba para el turismo. Muchos meses sin contacto y sin demasiada confianza, pero los dioses paganos otorgan su bendición a los corazones valientes y, cuando la tuve entre mis brazos, la besé, nos besamos en un largo y apasionado beso que se terminó cuando ella miró, y yo le di, la rosa. Oh, dijo con una expresión de alegría. Y volvimos a abrazarnos bajo la mirada atenta de los taxistas y de los negros, que entonces pensaban que yo era el tipo más afortunado del mundo conocido. Sofia me dijo que estaba más gordo, reí y nos fuimos.
No tardamos mucho en llegar a mi hotel por el mismo camino por donde había llegado. Sentados en el metro nos abrazábamos de vez en cuando y nos poníamos al día, ambos nerviosos y excitados por lo que teníamos entre manos. Hubo algunos momentos de desenfreno bajo el subsuelo romano, en el casi solitario vagón de metro, que suavizábamos con conversaciones intrascendentes sobre el trabajo o mi viaje. Ella se dedicaba también al turismo en un hotel de lujo en una villa cercana, Civitavecchia, a una hora de allí. Yo le conté mi noche anterior por el barrio del Trastevere.
Subimos hasta la habitación en relativa calma, como si fuéramos solo dos amigos que han quedado en verse inocentemente. Saludamos a Damiano en la recepción y me miró con cara de Será cabrón. Hablaron un momento Sofia y él en un italiano rápido que entendí a medias. Corté la conversación alegando prisa, temeroso de que la conversación se alargara demasiado y enfriara los planes que ambos teníamos en mente.
Muy castamente, traspasamos la puerta de mi habitación y, al cerrarla, la castidad quedó fuera. Nos abrazamos como su fuéramos los últimos seres humanos sobre este mundo, nos besábamos como si estuviéramos sedientos y quisiéramos beber de la boca del otro. Mientras mis manos recorrían su cuerpo por debajo de la ropa, sentía su respiración, caliente, su lengua húmeda sobre mi cuello. Su carne era suave, tierna, cálida. Sus manos eran femeninas pero fuertes, nobles manos de mujer a quien no se le caían los anillos por trabajar, por manejarme. Me deshizo el cinturón y los pantalones cayeron al suelo como las hojas. Me quitó la camiseta y miró mi cuerpo, lejos del ideal hercúleo, pero vital y lleno de hambre. La liberé del vestido como de un velo mágico y caímos sobre el lecho de la cama. Le quité el sostén con delicadeza y sus pechos se revelaron más pequeños de lo que prometían. Ella descubrió mi desnudez también y nos quedamos un momento, un leve segundo, observándonos. Los defectos de la carne, aquellos que nos hacía humanos y que la ropa tapaba, nos juntaban en una unión divina.
Con delicadeza, le quité lo que quedaba por descubrir y nos fundimos en dos besos simultáneos, el de la boca y el de los sexos. El tiempo pasa a ser relativo cuando se producen contactos de esta clase, estuvimos un rato yendo y viniendo, oliéndonos, lamiéndonos, comiéndonos cada vez más fuerte y más duro. Antes de que todo terminara, cambiamos de postura. Divisé el lecho y las sábanas blancas revueltas. Su maleta miraba la escena desde una esquina como un gato negro, las paredes eran azules y el cabezal de la cama blanco. En la parte inferior de la espalda, Sofia lucía un tribal tatuado, muy típico de la época de los dos mil. Ella había sido una chica de barrio, como yo. Eran muchas las coincidencias que, sin saberlo, nos conciliaban. No pensé demasiado en todo ello y me uní de nuevo a ella desde esa perspectiva. La tomé suavemente del pelo con una mano y con la otra la acariciaba de arriba abajo, desde la espalda hasta el muslo. Poco a poco fuimos subiendo de intensidad de nuevo y miré todos los detalles de la pared azul para no terminar antes que ella. Por la forma en que arqueaba hacia fuera la espalda, por la voz entrecortada como me hablaba, supe que el momento estaba cerca. Apuré las últimas fuerzas de mi concentración y la sentí explotar de un modo elegante, sin exageración pero con intensidad. Llegados a este punto, no lo resistí más y le manché en varias oleadas el tribal que lucía sobre su espalda morena.
Llegó la calma, se hizo el silencio, casi se apagó todo. Poco a poco fueron volviendo los colores y las luces de mundo. Allí estábamos, uno encima del otro, sucios y felices, cansados pero contentos. Mucho tiempo, me dijo. No entiendo, le contesté. Mucho tiempo sin… Me miraba con sus ojos grandes y sus labios carnosos. Era una mujer atractiva, seguro que tendría a muchas babosas detrás de ella, como todas, pero extrañamente me había escogido a mí. Me parecía un misterio, No entiendo, dije.
Se levantó divertida y entró en el baño. En su ausencia, yo miraba la luz del medio día que entraba por la ventana. Me parecía curioso el grado de complicidad se producía cuando se intimaba con una persona desconocida, se entraba en otra dimensión diferente y ya nada volvía a ser igual entre esos dos seres. Sofia y yo conocíamos la desnudez del otro y eso parecía situarnos en un plano diferente. Cuando saliéramos de la habitación tanto Damiano como cualquiera sabría que ahora éramos algo más que amigos castos.
Se metió en la cama conmigo y hablamos de nuestra vida. Ella había estado mucho tiempo sola, y yo también. Trabajaba mucho y tenía poco tiempo libre, y yo tampoco. Tenía el sueño de viajar a España y supuse que ese era mi mejor baza. Para muchos extranjeros, el simple hecho de hablar bien el español constituye un atractivo que la mayoría no sabe aprovechar. Le dije que a mí no me importaría vivir en Roma para siempre, que me encantaba la ciudad, la gente, la vida y, por encima de todo, ella, exageré. Le gustó y me contó que había sufrido mucho en Italia. Sentí una honda pena, que casi me movía a las lágrimas, y la abracé de nuevo, la besé de nuevo, me endurecí nuevamente y ella se dio cuenta. Esta vez, en vez de repetir el mismo baile de antes, fue ella quien tomó la iniciativa y me dejé llevar. Vi sus bellos ojos alejarse de los míos sobre mi vientre, vi su melena caer sobre mis muslos, su nariz contra mi piel, sus labios generosos y su lengua caliente y húmeda bajo mi ombligo. Si el éxtasis era posible, era sinónimo de aquello. Solo se oía ese acuoso y suave sonido, como de peces en una balsa tranquila. Yo respiraba y simplemente disfrutaba del regalo que ella me hacía, de vivir.
Terminamos pronto. Teníamos prisa por salir y visitar la ciudad. Empezamos a tener hambre por la actividad pero no prisa por comer. Decidimos coger un autobús e irnos, de la mano, a perdernos por las calles de la ciudad vieja, del amor en la Roma eterna.
III
Solo disponíamos de un día. Sofia pasaría la noche conmigo y al día siguiente nos marcharíamos, ella a su trabajo y yo a mi país. Se trataba de un amor solo posible en el siglo de los vuelos de bajo coste y los teléfonos móviles, al menos para dos ciudadanos de clase media. Miraba la ciudad pasar en los ojos de ella. Al apearnos estábamos en una zona de anchos muros y hondos fosos, una fortaleza inexpugnable de la época de los grandes emperadores. La ciudad romana de extendía, pero solo buscábamos un sitio donde comer pasta y reponer fuerzas. Terminamos en un restaurante para turistas. Los camareros se sorprendían al ver que ella era italiana y yo español, normalmente la historia se producía a la inversa por la escasa confianza de mis compatriotas, supuse.
Paseamos por el Foro, en cuya área cabía todo el casco antiguo de Tarragona. Ambas ciudades, la mía y la de Sofia, eran hermanas de la misma época. Roma era la mayor pero no única heredera del pasado glorioso que una vez compartimos los mediterráneos. Visitamos el Coliseo y, contra todo pronóstico, no me sorprendió. Yo buscaba un arco por donde la luz azul del mar se colara por entre las piedras, como sucedía en el Anfiteatro de mi ciudad, pero no lo hallé, y me decepcionó sin quererlo. Observé que las gaviotas eran muy confiadas, casi violentas, con la inteligencia malvada de esos simios que pueden verse en documentales sobre templos en países de Oriente; gaviotas milenarias que por centurias habían visto pasar turistas de todas las épocas y países.
Visitamos la ciudad del Renacimiento y el Barroco. Plaza de España y la Fontana di Trevi. Extrañamente no me sorprendió ni me sobrecogió la belleza armoniosa del siglo de oro. La Fontana me pareció pequeña y demasiado blanca, como de yeso. Tan limpia y conservada que no encajaba con el espíritu decadente de la ciudad. Todas las iglesias estaban abiertas y se podían visitar. Entramos en una cercana a la plaza y Sofia se arrodilló a la entrada. Sus piernas se mostraron en toda su generosidad bajo la falda del vestido al realizar la genuflexión y a mí, dentro del templo y bajo la mirada atenta y balsámica de nuestro Dios hecho hombre, me pareció esa visión el sumun del erotismo. Nos mantuvimos a cierta distancia mientras paseábamos por la casa de Cristo y al salir al cabo de poco rato la abracé con el deseo renovado, Sofia se sorprendió y rio contenta.
Vimos el Panteón y demás monumentos hasta que empezó a caer la tarde. Caminamos unos cuantos quilómetros y al llegar a la plaza de san Marcos, frente al parlamento y la columna trajana, nos sentamos en un parque. Comiendo un gelato, ella me contó la historia de su exnovio. El tipo era policía y le había puesto los cuernos. Después de muchos años, él la había repudiado y no podía volver a su isla con la misma cara, porque todavía funcionaban en aquel mundo algunas tradiciones antiguas e injustas. Yo la miraba en silencio y sentía cierta tristeza por la realidad que nos iba circundando a medida que la noche se acercaba. Iba llegando el momento de la despedida y el sueño se terminaría, como una vez había caído el sueño del Imperio Romano, a pesar de Trajano.
Volvimos al hotel más taciturnos y cenamos en cualquier sitio. Estábamos realmente cansados por la actividad y aún nos quedaba el día siguiente. Teníamos ganas de abrazarnos hasta ahuyentar la dulce tristeza que había llegado con las nubes que amenazaban lluvia. Subimos a un autobús y tomamos uno que iba en dirección a Pío XI.
Como el hotel quedaba a pocos minutos de la Ciudad del Vaticano, estaba de camino. Era tarde y no habíamos cenado, empezaba a hacer frío pero quizá aquella sería la última noche en Roma para ambos. Nos bajamos en la ciudad santa y al poco estábamos en mitad de la Plaza de San Pedro. No había nadie, era oscuro y empezó a llover muy fuerte. Nos refugiamos bajo los porches curvados. La llamaron y Sofia anduvo hablando por teléfono un rato. Mientras, yo paseaba por entre las columnas y miraba aquella plaza que había visto tantas veces en las noticias, pensando en qué sobrecogedora era cuando llovía. En aquel viaje no visitaría el interior del Vaticano, no me importaba. El turismo salvajemente organizado estaba lejos de mi romanticismo salvajemente desorganizado.
Este es el lugar perfecto para el final de una película. Le dije cuando se acercaba. No me reveló el motivo de la llamada ni tampoco quise saberlo. Al fin y al cabo, éramos dos extraños en un mundo extraño bajo la mirada atenta de estatuas extrañas sobre los tejados. Ella tenía frío y me abrazó. Era el momento de volver al hotel y descansar.
Las calles se convirtieron en ríos y los autobuses en vehículos acuáticos. Llegamos al hotel con los pies mojados y con el frío dentro del cuerpo. Entramos en el plato de ducha y nos amamos por última vez en aquel día. De pie y cansados, pero aún vivos.
Dormimos del tirón hasta el día siguiente. La llegada del nuevo amanecer significaba el fin de nuestra historia, pero ninguno de los dos se lo hizo saber al otro. Un poco taciturnos, preparamos el equipaje y bajamos a buscar un sitio donde desayunar. La mañana, después de la lluvia, se presentaba transparente y limpia. Nubes blancas, esponjosas, surcaban el cielo azul. Como no sabíamos dónde tomar un café, dimos una vuelta por el barrio. En la mitad de una cuesta se hallaba el estudio de un viejo pintor.
Un señor mayor vendía sus paisajes marítimos en un almacén polvoriento. Todos los cuadros, en diferentes tamaños, tenían los mismos motivos: el mar, unas barcas, la arena de la playa, el cielo azul. No era ni mucho menos el negocio de un galerista, sino más bien el de un maestro alfarero que, en este caso, se dedicaba a pintar paisajes. Había algo mágico en aquellos lienzos, que por otra parte no eran muy caros. Como no quería irme de la ciudad sin un recuerdo, decidí entrar en la tienda y ver si podía llevarme un poco de Roma a casa. Sofia y el viejo pintor estuvieron hablando mientras yo observaba las pinturas. Escogí una en formato pequeño y le hice saber al caballero que quería esa. Me dijo, en un italiano ininteligible, que había hecho una buena elección, porque le gustaba especialmente de ese lienzo cómo le habían salido las nubes. Ya nadie mira las nubes, porque todo el mundo mira los móviles, nos dijo con su lengua antigua. Cuando me disponía a pagar, y a dejar al viejo y el mar con su melancolía, Sofia no me dejó.
Salimos cargando el pequeño cuadro, que no era mayor que una fotografía, y seguimos la calle buscando la ciudad. Todavía nos quedaba la mañana y podríamos compartir los últimos momentos del día juntos antes de separarnos, quizá para siempre. Ambos sabíamos, en el fondo de aquella mañana, que lo nuestro no tenía el más mínimo futuro, que dioses extraños habían unido nuestros caminos y que pronto estos llegaban a su fin. A pesar de haber disfrutado tanto del tiempo juntos, la felicidad estaba en lo efímero.
Antes de separarnos, dimos un paseo por un parque cerca del Tíber. Muchos cuentos en mi vida han terminado así, con un río al fondo del cuadro. Hablábamos de asuntos intrascendentes, sabiendo que pronto volveríamos a la estación de Termini para coger dos trenes con destinos diferentes. Pero de momento era media mañana e íbamos cogidos de la mano. En un banco del parque, un violinista tañía una bella canción que emocionó mucho a Sofia. Se recostó contra mí y la estreché con mi brazo con más ímpetu, mientras mirábamos la música a poca distancia. Esta iba a ser la canción de mi boda, dijo en italiano, y entonó la dulce melodía mientras sonreía tristemente.
La puse frente a mí y coloqué sus brazos sobre mis hombros y mis manos en su cintura. Bailamos muy cerca y despacio, al ritmo de las largas notas, como si ese fuera la noche de nuestra boda: un día que no olvidaríamos nunca. Por un momento, mientras duró la música, ella y yo bailábamos en una sala llena de amigos y familiares, de caras radiantes de alegría y de contento por nuestra unión. Ella vestía de blanco y yo de negro, éramos felices y siempre lo seríamos. Puso su cabeza en mi pecho y yo mi sien contra su pelo. Cerramos los ojos y el tiempo se detuvo en la eternidad de ese instante tan bello.
Cesó la música y dimos unas cuantas monedas al chico del violín. Estuvimos hablando un poco con él, era un estudiante que había ido a Roma en busca de un golpe de suerte, en busca de fama y dinero, lo cual tardaba en producirse. La vida es así. Nos da todo y nos lo quita, nada se puede hacer, sólo que vivir el momento. Sofia estaba radiante.
Mientras conversaban, miré en torno a mí y vi el río, los puentes, las estatuas, los tejados, las nubes efímeras. Roma es una ciudad bastante sucia, y como el amor: eterna.
Ayer descubrimos una vieja estrella en el firmamento del rock: el guitarrista y compositor australiano Hugo Race, que vino a la pequeña ciudad de Reus para ofrecernos un concierto para apenas unas cuarenta personas en el contexto del festival Accents. Si bien no puede decirse que ha nacido una estrella, por lo menos ha sido ahora cuando la hemos detectado con nuestros aparatos y tal ha sido su brillo que bien merece el artículo de hoy.
Hugo Race tiene la pinta del músico-vagabundo que tantas veces ha retratado la imaginación popular. Lo primero que se ve de él es una americana roída pero elegante y unos botas-zapatos negros ajustados sin cordones; lo segundo es el pelo lacio que cae sobre su expresión de tipo que ha visto mucho mundo pero que aún no ha perdido la elegancia. Antes de empezar a tocar, se movía por el escenario con la gracia de un animal felino: cuerpo esbelto por el ejercicio del oficio de cantar rock ante rockanrolas.
Cuando uno lo ve, diría que su edad ronda entre los 45 y los 65 años. Si uno hace una búsqueda por internet, sabe que tiene 59, pero cuando empieza a tocar su guitarra se descubre el antiguo adolescente que hay debajo de sus facciones y es fácil imaginarlo ensayando los primeros acordes en un lugar perdido de Australia allá por los setenta.
Cuanto canta, inmediatamente nos viene la cabeza a otros songwriters famosos como Leonard Cohen. Como él, Hugo tiene una voz grave, aunque bonita. Su fuerza reside en la capacidad de interpretar, como un actor de cine de los años cincuenta. Parece que cante sin cantar apenas, pero no pierde una nota, sube cuando es necesario y sabe cantar en tonos bajos, en directo, a pelo, sin más apoyo que el remo de su guitarra eléctrica.
Solo ante el peligro del escenario, igual que ante la vida. Los únicos aparatos que llevaba eran una tabla con micro que iba percutiendo con el pie derecho, marcando el tempo de la canción cuando le interesaba, guitarra y amplificador. A pesar de lo eléctrico, el sonido de la guitarra era limpio, sin apenas distorsión, al estilo de los sesenteros de la VelvetUnderground, por su traducción, Contracultura de Terciopelo. El espíritu de Lou Reed poseía al viejo Hugo Race cuando interpretaba y todos vibrábamos en una sala que no podía estar peor acondicionada.
El sonido rebotaba en las paredes de piedra y producía un molesto eco que los entendidos llaman reverberación; la iluminación era pobre y abarcaba al escenario y al público, restándole intimidad y magia al concierto, como cuando uno ve una película con las luces del salón encendidas; además los organizadores no proporcionaban ningún apoyo a los artistas, se le rompió una cuerda y ahí se apañó el gran Hugo Race para cambiarla bajo la atenta mirada de todos nosotros, que lo observábamos en un cómodo y tenso silencio. Nadie apoyaba al músico, excepto un viejo amigo suyo que había venido de Berlín y fue presentado como nada menos que una celebridad, una colaboración no esperada, como un hechizo de la noche mágica. No recuerdo el nombre del tipo, Race dijo conocerlo desde hacía veintiséis años y que habían tocado mucho juntos. Para lo que hizo -soplar una flauta travesera, no acertar con la harmonía de las canciones con la guitarra, hacer sonar un gong estridente, tocar un teclado polvoriento apoyado en una silla- podría haberse quedado sentado disfrutando con los demás del espectáculo.
A pesar de las inclemencias, Hugo Race no dejó de brillar en ningún momento. Lo daba todo igual que si estuviera delante de cuatro mil personas en vez de cuarenta, igual que si contara con un gran equipo en vez de con medios deplorables, igual que si su colega fuera Alan Parsons y no un person con zapatillas deportivas del Decathlon de Berlín. Ahí estaba con un par interpretando sus viejas canciones y sus temas más nuevos. Nunca perdió la sonrisa, nunca decayó su elegancia y en ningún momento nos hizo pensar que le gustaría estar en otra parte. Hugo Race quería estar con nosotros bajo aquella luz cenicienta. Agradecía nuestra atención y presencia y nos daba las gracias a cada aplauso juntando las manos como hacen los orientales, inclinando un poco la cabeza. Entre canción y canción, nos contaba una anécdota en su inglés, pero despacito.
Si bien vivía en Melbourne, contó que había estado en Italia y en Berlín. Habló de lo mal que lo pasó en el confinamiento, dijo que había escrito mucho durante aquellos días aciagos, que había pensado que toda la humanidad estaba atomizada en un gran laboratorio, formando parte de un frío experimento. Afirmó que su mujer se encontraba en la otra punta de la ciudad y que fue ilegal visitarla durante trescientos días, y que no temía a la policía sino a los vecinos, que lo vigilaban. Hugo Race mostraba una breve consternación, luego levantaba la vista y tocaba la canción que había nacido de todas aquellas experiencias como si hubieran valido la pena, porque lo habían hecho crear.
Pese a sus ideas, nadie parecía molesto. Seguramente sería porque pocos en la sala entendían lo que Hugo hablaba, pero me gusta pensar que sí. Que el tipo que se sentaba con doble mascarilla en la primera fila entendió lo que Race contaba y no se sintió molesto ni ofendido por no compartir estas o aquellas ideas sobre un tema concreto. El poder del arte nos reconcilia con los otros seres humanos, aunque sean de otro planeta.
Son muchas las lecciones que dejó Hugo Race encima del escenario: la humildad, la elegancia, la verdad y el oficio. Seguramente ha habido tiempos mejores en su trayectoria, pero no parecía nostálgico. El tipo vive el presente y disfruta de lo que la vida ofrece: tocar la guitarra y vibrar al ritmo de sus canciones con mensaje. No parece interesado en la promoción en redes sociales, no tiene muchos seguidores en Facebook y ni siguiera he intentado encontrarlo en IG. Pero eso no le impide salir de gira por el mundo e ir tocando de sala en sala por Europa, procedente de las antípodas, sin más equipaje que una guitarra, un amplificador, una tabla con micro y una americana roída.
Dejaron unos discos sobre una mesa por si los queríamos comprar. Le pregunté al tipo cuál era el más parecido a lo que habíamos escuchado y me recomendó el que me compré. Hugo había salido del backstage y rondaba embozado con un gorro de lana y bufanda cerca de la mesa donde sus discos se exponían. Sin duda me vio comprando uno y se alegró por ello. Mi chica me animó a que lo saludara, pero yo no me atreví a molestarlo. ¿Qué iba a decirle? No me interesa la persona es, sino la estrella del rock, y no quería que su brillo se me oscureciera con lo humano y me impidiera escribir este homenaje al gran Hugo Race. Vayan a verlo si están por Cataluña, estos días en Girona.
Seguro que esta no será la última vez que nuestros aparatos capten su luz por el espacio.