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  • El último día en Berlín

    El último día en Berlín

    1.Saludando sonriente

    Era un día como cualquier otro: no volvería a repetirse nunca más. El despertador sonó, como cada mañana, a las 5:50, pero lo apagó casi al momento porque ya estaba despierto. Siendo perfectamente consciente, se dispuso a saborear cada una de las acciones que componían su rutina diaria. Reparó en el despertador. Era un modelo común, con campanas a los dados y un badajo diminuto dentro, el cual hacía un ruido fortísimo cuando llegaba su hora y anunciaba un nuevo día. Pronto se quedaría sin cuerda, pero no importaba. En veinte años nunca había olvidado esa pequeña tarea y sentía un orgullo pequeño y duro como un diamante. A pesar de la melancolía, era feliz.

    Su mujer y su hijo aún dormían, a su lado. El pequeño tenía dos años y solía pasar la noche en su propio cuarto, pero estaba con tos y su mamá había decidido que pasara la noche con ellos en la cama. Apenas son dos bultos bajo las gruesas mantas de lana.

    Hacía mucho frío, como tenía que ser en la Unión Soviética. La calefacción central del edificio los salvaba de morir congelados en el hormigón, pero aun así había que echarse una bata encima para llegar hasta el baño y hacer la primera micción del nuevo y último día que pasaría en su país, de donde nunca había salido en treinta y cinco años que tenía.

    Encendió la luz de la cocina y acto seguido comenzó a calentar el café. Intentaba resistir la tentación de prender un cigarrillo demasiado pronto. Encendió la radio para distraerse y sintonizó las noticias de la mañana. El conductor del programa, hombre de unos sesenta años, al que poco le importaba la vida ya, a veces trataba cuestiones al filo de la censura y persecución de la Stasi. Sabía que cualquier día encendería el transistor y aquel hombre ya no presentaría el programa matinal. Formaba parte del destino de los hijos de la Unión Soviética y se aceptaba con gusto por todos, incluso con verdadera devoción por algunos. No pudo resistirse más. Tomó uno de los paquetes de tabaco que reposaban sobre la encimera impoluta y se encendió el pitillo con una cerilla. Era un día especial y debía permitirse ciertos lujos. El locutor anunció que eran las 6 de la mañana del día 20 de noviembre de 1975, la temperatura era negativa y el día sería gris.

    El café subió y vertió su contenido en una taza de lata, su preferida, de cuando era más joven y sirvió en el ejército. Sus compañeros siempre le achacaban que prefiriera el café en vez del té negro, como un buen soviet. Pero se lo perdonaban porque en lo demás era un hombre valiente e íntegro, alguien en que podían confiar cuando estaban con la soga al cuello, perdidos en un remoto lugar de Siberia. Siempre tenía una sonrisa y palabras de ánimo. “Es gracias al café”, les decía, y todos se reían como buenos camaradas, fumando cigarrillos de liar y bebiendo de vez en cuando un trago de ardiente vodka helado. Fueron años duros los del servicio militar. Siempre pasando frío, hambre, odio. Un hombre tiene que resistir, decían los superiores. Pero los jóvenes camaradas dudaban de que esos tipos ventrudos tuvieran la entereza para sostener su kalasnikov; aquellos malditos dictadores que los tenían allí, en una trinchera pisando mierda. Si no fuera por sus compañeros, se habría pegado un tiro. Pero aquello ya se terminó para él. No dejaba de pensar, con la mirada perdida mientras el café se enfriaba. Le dio un sorbo y ya estaba tibio. Había perdido la oportunidad de disfrutar del primer café del día como se debía y eso lo enervó; por culpa de sueños antiguos había olvidado el presente continuo.

    Una vez hubo terminado, entró en el baño y se desvistió. Tenía en su cuerpo algunas cicatrices de aquellos tiempos a los que no quería prestar más atención. Algunas habían sido provocadas por el enemigo y otras no. A veces es duro ser un soviet, ¿pero quería ser otra cosa? La patria era exigente con sus hijos, pero estos siempre le serían fieles. Tenía claro cuál era su lugar en la sociedad, a la que se sentía muy orgulloso de pertenecer. El agua caliente corría por su cuerpo delgado dejando un vaho denso en el baño pobremente iluminado. Las baldosas de las paredes estaban amarillentas por el paso del tiempo y el grifo estaba un poco oxidado. No había medios para cambiarlo y él nunca había sido muy ducho con las tareas del hogar. Lo suyo era ser intelectual y guerrero: sabía manejarse bien con los libros y las armas, pero no con la hoz y el martillo. Después de frotarse con la pastilla de jabón lagarto se sintió purificado.

    Salió del baño, ya vestido: calzoncillos, calcetines, camiseta interior, camisa celeste, pantalón marrón, cinturón negro, americana gris, sin corbata. No soportaba llevarla al cuello, le recordaba al nudo de la soga, prefería las largas bufandas de lana que tejía su mujer. Mientras se calzaba no dejaba de escuchar la voz del transistor. Noticias llegaban desde el otro lado del telón, desde España, importantes. Antes de salir de casa comprobó que llevaba todo lo necesario. Abrió su cartera y vio su identificación y nombre: Andréi Nicolaievich, nacido en 1942 en Berlín, donde vivía actualmente con su mujer Natalia.

    Antes de ponerse el abrigo de piel y salir al frío, pasó por la habitación conyugal. Su mujer y su hijo aún dormían en aquella hora temprana. Al verlos allí acurrucados, madre e hijo, tanto amor no cabía en aquella pieza, sintió una punzada de tristeza y las lágrimas duras inundaron sus ojos secos. Aquella era la última mañana, se despediría de ellos en ese instante y a partir de entonces ya nada volvería a ser igual. Eran apenas dos cabezas bajo las gruesas mantas. Se inclinó y besó a su hijo en la frente. El aroma característico de los niños pequeños lo embriagó y quiso retener ese olor en la memoria para siempre. Una lágrima se resbaló por su mejilla afeitada, la secó con un rápido movimiento con la manga de la camisa. Como no se diera prisa no iba a salir de allí. Se inclinó hacia su mujer y la besó en los labios, como hacía siempre antes de salir de casa. Ese día se entretuvo un poco más y del otro ojo cayó una lágrima traicionera a la cama.

    -Andréi, ¿estás bien? ¿qué te ocurre?

    -Nada, sigue durmiendo.

    -¿Estás llorando?

    -Por supuesto que no. -Y se incorporó con decisión. Si Natalia se hubiera incorporado, si hubiera encendido la pobre luz de la desvencijada lámpara de mesa, no habría tenido más remedio que contarle la verdad y quizás el final de esta historia hubiera sido otro.

    Nicolai consiguió disimular su agitación y ella, tan cansada estaba por la pasada noche en la que no había pegado ojo, ahuyentando el instinto de que algo no iba bien, se quedó dormida apenas Andréi cruzó el umbral de la puerta de la habitación y cerraba tras de sí. ¿Volverían a verse? Nadie lo sabía, pero no tendrían otra ocasión que aquella despedida.

    Había que disimular. Para que las cosas salieran según lo planeado, aquel tenía que ser un día absolutamente normal, uno más en su vida de profesor de literatura en un instituto estatal. Entró en el coche, que estaba helado, encendió el motor, la radio, y mientras se calentaba las manos volvía a escuchar las noticias, que hablaban de España. Había muerto el dictador Francisco Franco Bahamonde aquella misma madrugada.

    -Maldita sea, -pensó Nicolai- esto seguro que lo complica todo. -No se equivocaba. Inició la marcha con cuidado, las calles estaban heladas por el frío sempiterno.

    Nicolai sabía muy poco de España, apenas por los libros de literatura, y no era mucho lo que había leído. Conocía el Quijote y una obra de teatro bastante filosófica que llevaba por título La vida es un dormir, o algo así. Un tipo en una prisión se liberaba en un mundo ficticio, que él creía real, y que en realidad era real, pero luego resultaba ser un sueño, pero no era cierto, porque no había estado soñando, sino despierto. Un drama complicado del siglo XVII. España le parecía un país bastante anodino y tragicómico. Pero las circunstancias habían hecho que, de unos meses a esta parte, las relaciones con aquella región tan al oeste del continente fueran frecuentes y, prometían, duraderas. Nicolai sabía mucho de dictadores y se alegraba por los españoles, pero no por él.

    Decidió no darle demasiadas vueltas. Debía prestar atención a la carretera si no quería salirse y acabar con todo demasiado pronto. Franco había muerto en su cama, de viejo, poco se sabía de lo que iba a pasar a partir de ahora. En la URSS todo seguiría igual. El utilitario de Nicolai recorría las avenidas hacia el centro de la ciudad. Los edificios de la época prusiana iban tomando más presencia a medida que se aproximaba a su destino. El pasado glorioso de aquella ciudad sobre el río Spree dormía pesadamente como un león herido. Nicolai no había conocido, en toda su vida, otra cosa que no fuera la Unión Soviética. Del pasado de su propio país sólo podía sentir asco y vergüenza. Era un tabú.

    A lo lejos ya se divisaban los altos edificios grises de las afueras, donde él vivía. Altas torres de hormigón, todas iguales, funcionales, el pueblo necesitaba viviendas y el Estado las proveía. Para un país que había pasado su historia reciente a la intemperie, comiendo patatas podridas y durmiendo en la escarcha, disponer de una vivienda con calefacción central y gas para cocinar, era como haber dado un salto de milenios. Nadie le negaba a los soviéticos sus avances, pero quizás habrían llegado también sin los millones de muertos. Nicolai se preguntaba si no les habría ido mejor siendo alemanes. Al final, todos los de arriba son iguales, se llenan la boca con palabras como gloria, patria, honor, pero lo que quieren es mantener una vida de preocupaciones pequeñas y miserables. A su manera, aquellos altos edificios eran bellos, buques fantasmales entre la neblina petrolífera del progreso. Edificios como pilares que aguantaban el cielo gris.

    En una construcción antigua, que antaño fue una biblioteca para los nobles y burgueses de la ciudad cuando la paz entraba a caballo por la puerta de Brandemburgo, se desarrollaba la labor docente de Andréi. Apagó el cigarro con el pie al salir del coche y encendió otro justo al cerrar la portezuela tras de sí. El día era helado, pero al menos no había caído nieve. Sus gruesas botas pisaban seguras sobre el suelo de cemento. Algunos estudiantes ya esperaban junto al edificio ocre, el cual tenía forma rectangular, como dos cajas de zapatos en paralelo, unidas por una fachada de columnas y escalinatas hasta la puerta principal, muy al estilo del Reichstag pero más liviano. El pueblo necesita formarse, el conocimiento os hará libres: matemáticas, literatura, química, latín. Le encantaba su profesión, aunque estuviera mal pagada. Le habría esperado un futuro glorioso si hubiera sabido mantener la boca cerrada en el ejército. Había sido un militante audaz años atrás, pero no supo guardarse la verdad para sí mismo y la Stasi decidió castigarlo en aquel puesto en el instituto de secundaria.

    -Buenos días, Andréi. Parece que tenemos una mañana fría.

    -Buenos días, profesor Fridrih. Así es, el invierno aprieta fuerte.

    -Para inviernos los que había cuando yo era niño. Aquello sí que era frío, y no ahora. Hubo un año en el que no dejó de nevar. Te lo digo, Andréi, el clima está cambiando.

    Andréi pensó en los inviernos de la época del profesor Fridrih. Era un hombre de sesenta años, casi un anciano, que había vivido dos guerras mundiales. Una siendo apenas un niño, la otra siendo un joven militar. Estuvo en el bando perdedor en ambas.

    -Seguro que tienes razón.

    Mientras ambos subían las escaleras del edificio, un timbre fabril rompió la mañana. Andréi se giró un momento y miró hacia la calle. Los estudiantes llegaban con sus ropas raídas y sus carteras de cuero. Algunos habían estado fumando unas cuadras más allá, otros pasaban hambre, frío, necesidad. Soñaban con ser ingenieros, militares, poetas. Cuántos sueños por cumplir, cuánta energía malgastada, cuántas vidas inservibles.

    Dios mío, cuánto echaría de menos todo aquello. -Lamentaba saludando sonriente.

    …

    2. Perdón imposible

    A la salida del trabajo, mientras bajaba los pocos escalones que separaban la planta baja del edificio de la calle, miró al cielo gris. Un pájaro cruzó por su mirada de derecha a izquierda, tan veloz que fue imposible determinar su raza, era solamente una mota de instante en el sempiterno gris-asfalto del cielo. Arrebujado en su abrigo, encendió un cigarrillo y se encaminó hacia su vehículo que estaba aparcado unos metros más allá en el descampado solitario. Había terminado tarde de corregir unos exámenes y, a pesar de que sabía que no sería necesario acabar con aquella engorrosa tarea, sentía la imperiosa obligación de finalizar aquel cometido antes de que su vida cambiara para siempre. Muy probablemente, los funcionarios se encargarían de hacer desaparecer aquellas notas y esas correcciones nunca serían entregadas a sus destinatarios, pero esa certeza no restaba peso a su cometido así que, cuando dio la vuelta al último formulario y dejó el bolígrafo sobre la sobria mesa de madera, se sintió más aliviado y ligero que antes.

    A pesar de todo, esa vaga sensación de amargura en los labios no lo abandonaba. Atribuyó, mirando al conglomerado de nubes, a la nostalgia próxima porque tardaría mucho en volver a ver a su mujer y a su hijo, aunque todo parecía dispuesto a la perfección. Abandonaría la Berlín aquella misma noche, de una vez por todas, y no había marcha atrás. Continuar con la vida que hasta entonces llevaba habría significado un suicidio. Eran muchas las pruebas que lo incriminaban y, más pronto que tarde, la Stasi encontraría indicios de su culpabilidad: era un traidor a la patria y, para un soviético, ese delito se castigaba con la muerte; como todo el mundo occidental sabía.

    Andréi había servido en el ejército y luego, al terminar la guerra, había sido un eficiente agente del gobierno. Sus conocimientos de la lengua inglesa, que tenía gracias a una abuela de aquel país y a su facilidad para leer en ese idioma, lo habían convertido en una pieza fundamental de la diplomacia soviética. Había viajado por medio mundo como embajador comunista. Andréi era, según quería la propaganda, un hombre de su patria, uno de los muchos soldados valientes que servían en la batalla contra el Enemigo y que conseguirían la Paz para las generaciones venideras. Hubo una época en que los niños lo abrazaban y lo exhibían como un trofeo. En verdad era un agente soviético, entrenado para sacar información del enemigo capitalista. Había traicionado, herido, incluso matado. Había servido a su país en la valentía y luego en la Inteligencia.

    No obstante, sus continuos viajes por el globo le habían dado una visión del mundo occidental distinta a la propaganda soviética del gobierno. Si bien existía la miseria, en general la gente se ganaba bien la vida y, aunque materialistas, las personas tenían tan buen fondo como cualquier camarada del Partido. Al otro lado del telón de acero no vivían las peligrosas alimañas que el Estado hacía creer a los demás. De hecho, aquellas gentes vivían mejor en Francia, Inglaterra, EE. UU. que cualquiera de sus compatriotas; países que había conocido como diplomático oficial al servicio de los pueblos de Lenin.

    Todo cambió al ser padre. Hasta entonces no había pensado en el futuro de la nación y la vida se reducía al presente continuo en el que vivían él y la única persona que le importaba en todo el mundo: Natalia, su mujer. Pero la circunstancia de la paternidad había hecho que los engranajes que movían la maquinaria de su pensamiento comenzaran a cambiar por completo y se empezara a preguntar por el futuro que quería dejar a su pequeño Nicolai, quien ninguna culpa tenía de los avatares de la Unión Soviética. ¿De verdad quería que su único hijo viviera en aquel mundo gris? La voz que formulaba aquella traicionera pregunta se contestaba sola, y la respuesta era simple: No. No quería que su hijo se criara en aquel país maldito por sus propias virtudes y empezó a sentir la necesidad asfixiante de salir de allí, cuanto antes, y su nueva familia con él.

    Empezó a ponerse en contacto con personas del otro lado, y a ganarse su confianza dando con tino dosis de información a la CIA. Aquello le granjeó buenos amigos, los cuales quisieron ayudarlo en su situación. Sobre todo, agentes estadounidenses quienes eran los más interesados en fomentar el caos en el mundo soviético para destruir el régimen desde dentro. Gracias a su trabajo como diplomático, pudo establecer contacto con ciertas personas dentro y fuera del territorio que querían ayudarlo a destruir su propio país. No eran pocos los quintacolumnistas quienes conspiraban en la sombra con una sonrisa en los labios, quienes deseaban la caída de la tiranía para siempre. Pero el régimen tenía sus propios mecanismos de supervivencia y encontraba la manera de aguantar los envites de los traidores habituales. De hecho, con Andréi casi lo habían conseguido. Un buen día, mientras se preparaba para marcharse de viaje a Italia para participar en un congreso comunista en aquel país, fue llamado a la oficina. Su superior le dijo que sus servicios como diplomático habían terminado y que, de ahora en adelante, ocuparía la plaza de profesor en un instituto público del centro de Berlín.

    Andréi no preguntó, no se quejó ni protestó. Hacerlo habría significado la muerte. Un buen soviet asumía su destino con estoicismo: fuese cual fuese la orden debía cumplirla.

    La perspectiva de una pronta huida se había esfumado por completo, pero sus camaradas capitalistas habían conseguido dar con su paradero y consideraban que, por su nivel de conocimiento de los engranajes del Estado y de otros idiomas, además del ruso y el alemán, podía ser una pieza fundamental de contraespionaje al servicio de los Estados Unidos de América. A través de Igor, un confidente de los americanos, su corazón había conseguido mantener la luz de la esperanza gracias a un plan de fuga bien trazado. Todo estaba dispuesto: los pasaportes, el transporte, los sobornos. La idea era tomar un tren hasta la frontera con Finlandia y de ahí, tomar un vuelo directo a España, donde se reuniría con su familia y los tres se embarcarían en un buque estadounidense en una base al sur de ese país mediterráneo, que imaginaba soleado como un desierto. Sólo tenía que hacer una única cosa: esperar en silencio la llegada del día de la fuga: el 20 de noviembre de 1975, es decir, el día que estaba viviendo en este mismo instante.

    Antes de llegar a su coche, aparcado a unos metros de la puerta del centro de formación, vio a Igor fumando un cigarro a lo lejos, detrás de unos árboles, enfundado en una gabardina marrón. Lo miraba con fijeza sin hacer ningún gesto, levantando la mano sólo para llevarse el cigarrillo a los labios y expulsar una nube de humo gris sobre el pesado cielo de aquella unánime tarde. Sin hacer ningún gesto tampoco, pasó de largo y no subió a su vehículo, sino que siguió avanzando hacia él, en dirección al lugar acostumbrado donde había mantenido otras reuniones breves con el viejo Igor en el pasado. Se trataba de un callejón oscuro entre dos condominios que daba a un descampado que siempre estaba moteado de charcos y de barro, por el cual nunca pasaba nadie a excepción de algún gato hambriento en busca de alguna rata feroz. Preocupado por la inesperada visión de Igor, intentaba tranquilizarse con pensamientos positivos: probablemente la visita del confidente simplemente era algo rutinario, para repasar los detalles de un plan que sabía de memoria: a la hora convenida debería estar en el lugar indicado sin más equipaje que el que cupiese en los bolsillos de su abrigo.

    Al llegar al fondo del callejón, por el camino menos concurrido, Igor lo esperaba al final, recortando su silueta el cielo gris y el suelo marronáceo del descampado. Las ruinas de unos edificios aún por reconstruir eran los únicos testigos de su encuentro. Ambos fumaban nerviosamente mientras Andréi transitaba los escasos doce metros que los separaban. Sin levantar la vista, casi sin mirarse, Igor reparó en su camarada y dijo:

    -Malas noticias. Misión abortada hasta nueva orden.

    Sabía que debía continuar de largo, tal y como indicaba el protocolo establecido en aquellos casos. La comunicación debía hacerse de pasada, corta, directa y claramente. Pero Andréi no pudo evitar que su corazón se derrumbara como una cortina que se soltara de sus rieles y cayera pesadamente sobre el escenario de su vida. Había esperado ese día con toda su ilusión y no pudo evitar detenerse en mitad de la calleja, frente a Igor, mirando al frente, mientras un gato pardo lo miraba con ojos famélicos de diablo.

    -¿Por qué?

    -¿No has oído las noticias?

    Igor se marchó en dirección opuesta sin decir nada más. Ambos se separaron y Andréi retomó la marcha internándose en el descampado al que los edificios mastodónticos parecían dar la espalda. Pisando charcos y basura, Andréi encontró lo que buscaba tirado en el suelo: un periódico de ese día. En la portada del diario, la noticia de ese día era: Franco ha muerto. En las páginas interiores se explicaban los pormenores que habían dado lugar al fallecimiento de aquel neblinoso personaje de la política española quien, con su muerte, hacía saltar por los aires el plan que había de llevarlo a España.

    -¡Maldito sea! -gritó en mitad de la nada. Un par de córvidos alzaron el vuelo asustados.

    Una lágrima se precipitó al suelo y cayó sobre un charco marrón. El reflejo de su cara sobre el cielo gris lo decía todo: estaba perdido, todo por lo que había luchado se había esfumado como el que sopla cenizas. Aturdido, sin saber bien a dónde ir, retomó el camino hacia su vehículo que lo esperaba solitario donde lo había dejado esa mañana.

    Ya en la berlina decidió encender el transistor y sintonizar el canal de noticias. Una voz gangosa le salió al paso y le informó, entre los muchos proyectos positivos que hacía la URSS por los berlineses, de la muerte del dictador en España y la posibilidad que eso ofrecía para la extensión del proyecto comunista en aquel país y, por ende, en Europa en general. Un representante del PC hablaba en la radio y se felicitaban por ese día feliz.

    -¡Malditos sean! -Andréi golpeaba con furia el volante de su berlina color ocre mientras avanzaba despacio por la carretera helada entre bloques iguales de edificios gemelos repetidos uno detrás de otro como las piezas de un austero dominó. -¡Malditos sean! -La torre de televisión en Alexander Platz lo miraba pasar a lo lejos, entre los edificios, como un ojo constante que centelleara al encuentro de los escasos rayos solares.

    Andréi lloraba. No es que tuviera especial simpatía por aquel personaje calvo y ventrudo, que ahora se había convertido en un viejo decrépito que había muerto de flebitis; no era eso lo que lo entristecía. El terremoto político que la plácida muerte del dictador había generado era de tal magnitud que provocaba el movimiento de las placas tectónicas sobre las que se construía el complejo bloque de la política internacional, que poco o nada tenía que ver con los intereses particulares de un país, o de un individuo. Que Franco hubiera muerto era una buena o mala noticia para su pueblo, en eso Andréi no entraba y le daba absolutamente igual. Pero con su fallecimiento, nada volvería a ser lo mismo, es decir, todos los planes que se habían trazado hasta la fecha quedaban pospuestos, en revisión o directamente cancelados, como temía que era su caso.

    Se había jugado demasiado en aquella aventura de la fuga y sólo esperaba que nadie se hubiera dado cuenta, que todo siguiera igual que siempre y que pudiera, al menos, continuar con las clases de Literatura que disfrutaba tanto. Amaba a su familia por encima de todas las cosas y esperaba encontrar en los placeres del hogar un nuevo motivo por el que levantarse cada día, aunque fuera en un mundo en blanco y negro.

    Aparcó donde siempre, subió con pesadez las escaleras hasta el tercer piso y abrió la puerta de su casa. Eran las cinco de la tarde del 20 de noviembre de 1975, un día que recordaría un país entero por muchas décadas, si no siglos, y Andréi Nicolaievich también. Al penetrar en su hogar, el olor a café recién preparado hizo que se alegrara. Natalia jugaba con el pequeño Nicolai en el salón y las risas de ambos se escuchaban desde la puerta. Atravesó el pasillo dejando las botas, las llaves y el abrigo en su lugar correspondiente, con una sonrisa en los labios de oreja a oreja. Mientras con pesados pasos cruzaba la distancia entre la entrada y el salón, la voz de su hijo decía: -¿Papá?

    Al traspasar el umbral de la puerta vio a su hijo y a su mujer sentados en el suelo que lo miraban con alegría infinita. Con los ojos llenos de lágrimas, Andréi cayó de rodillas y de hinojos comenzó a llorar blandamente frente a su mujer y su hijo. Ellos, sin entender, se quedaron quietos un minuto, mientras el cabeza de familia vertía lágrimas tiernas. Fue Natalia quien primero se levantó y abrazó a su marido diciéndole: -¿Qué ha pasado? El pequeño Nicolai se acercó también y abrazó a su padre repitiendo la misma pregunta; nunca había visto a su padre llorar como él hacía de vez en cuando, cuando estaba triste.

    -Os he fallado.

    -Cuéntame ahora mismo qué es lo que te pasa. -dijo Natalia imperativa.

    Aunque no tenía intención de confesar su secreto y sabía que por el bien de todos era mejor mantener el pico cerrado, Andréi no pudo aguantar más. Podía engañar a un país entero, un país que le había pedido muchos sacrificios como traicionar, matar, mentir, despedir a familiares y amigos antes de tiempo, y un largo etcétera de falsas heroicidades. Podía engañar a los soviets pero no podía seguir escondiéndose delante de las personas más importantes de su vida: su mujer y su hijo. Hoy les diría la verdad.

    -Tengo algo que contarte, Natalia. -Dijo de rodillas, suplicando un perdón imposible.

    …

    3. Caía tras la ventana

    -Amo…

    -Yo también te amo, Natalia, mi amor.

    Andréi se sentía liberado. Por fin, después de tantos meses de incertidumbre, había podido desahogarse con la persona que más quería en el mundo: su mujer Natalia. A pesar del fracaso sentía una poderosa sensación de alivio, como el que deja en el suelo un peso imposible. Nunca más tendría secretos para ella, para ninguno de los dos.

    -Amo a mi país por encima de cualquier cosa, nada ni nadie podría separarme de él.

    Cayó el silencio en el pequeño salón como un montículo de nieve y la habitación se quedó helada a pesar de la calefacción central. Sin saber muy bien qué hacer ni qué decir, Andréi miraba a su mujer con los ojos como platos, temblando de miedo. Nunca había conocido esa expresión de resentimiento en el rostro de la dulce Natalia, con quien llevaba casado más de diez años. Simplemente, no parecía la misma persona.

    De pie en medio de la habitación, Andréi miraba a todas partes como si de repente estuviera encerrado en una jaula. Su hijo Nicolai jugaba tranquilo con unas piezas a construir una torre que siempre acababa desmoronándose. Un pensamiento cruzó como un cuervo por su mente: así los hombres viven sus sueños, que siempre se vienen abajo. Natalia, que permanecía callada, empezó a llorar amargamente sobre el sofá marrón.

    Aguantándose las ganas de llorar también, Andréi permaneció pensativo con las manos en los bolsillos. El pequeño Nicolai dejó a la mitad la torre que andaba construyendo y fue corriendo a abrazar las rodillas de su madre, cuya espalda subía y bajaba en cada hipido. Andréi observaba la construcción que había dejado a medio hacer su hijo en mitad de la moqueta del salón y le dio una patada de furia. Las piezas saltaron por los aires, en todas direcciones, estrellándose la mayoría en los libros de la estantería. Natalia detuvo su tácito gimoteo y permaneció en silencio mientras Andréi se acercaba. De pie junto a su mujer y su hijo, se derrumbó. Se puso de rodillas frente a ellos y dijo:

    -Perdóname. Yo sólo quiero… quería lo mejor para vosotros. -y empezó a llorar también. Apoyaba su cabeza sobre las blancas rodillas de ella y poco a poco iba humedeciendo su piel con lágrimas pringosas y saladas mientras Natalia le acariciaba el pelo. El pequeño Nicolai, al ver a su padre así, no supo cómo reaccionar y se escondió detrás del sofá, mirando desde detrás del reposabrazos, asimilando la extraña situación.

    -Te perdono. Eres mi marido y lo serás hasta el día en que uno de los dos muera.

    Feliz, Andréi levantó la vista y a través de sus ojos llorosos miró el rostro impertérrito de Natalia, quien con mirada azul fijaba la vista en un punto invisible que parecía situado a cientos de quilómetros de esa habitación cuyos muros dejaban apenas un espacio de diez metros cuadrados. Su marido la besó en los finos labios y fue entonces cuando ella giró su cabeza hacia él, aunque su mirada seguía posada a cientos de millas.

    -Natalia, te quiero tanto…

    Ella se limitó a seguir acariciando amorosamente el pelo de la nuca de Andréi. El pequeño Nicolai se sintió más seguro y volvió para abrazar a sus padres. Se quedaron así, abrazados entre el suelo y el sofá, un espacio indeterminado de tiempo, hasta que el niño decidió proseguir con sus juegos y Natalia se levantó decidida y dijo: Prepararé té.

    Andréi se levantó del suelo donde de hinojos aún estaba y se sentó en el duro sofá. Mientras oía el ruido de su mujer con la pava del té y las tazas se miraba las manos. Le parecía un milagro que aquellas extremidades, con sus diez dedos y sus incontables falanges, siguieran pegadas a su cuerpo, funcionando a cada orden intangible que el celebro les mandaba. Nunca podrían los científicos soviéticos replicar aquel milagro. Como un bebé cuando las descubre, cerraba y abría sus manos, movía los dedos en direcciones arbitrarias por el siempre gusto de tocar el aire y la luz con la piel desnuda.

    Natalia volvió con el té y se sentó a su lado. Sirvió dos tazas humeantes y suspiró.

    -Otra vez andas en tus pensamientos.

    -Solo puedo pensar en lo maravillosa que eres.

    -Mi amor, estás completamente equivocado.

    -Eres maravillosa y nada podrá quitármelo de la cabeza.

    -Me refiero a tus pensamientos, al plan que has urdido a mis espaldas todo este tiempo.

    Andréi bajó la cabeza sin saber muy bien qué decir.

    -No digas nada, ahora me toca hablar a mí. Te voy a decir por qué este es el país más maravilloso que existe, y por qué nunca voy a abandonarlo. Ni yo ni mi hijo Nicolai.

    Una expresión de estupor y miedo pobló el rostro de Andréi, quien escuchaba callado.

    -Como sabes, nací en un pequeño pueblo en la península de Kamchatka. Creo que mi padre fue destinado allí por un asunto de deslealtad, pero nunca se habló del tema. En aquella extrema región solo había nieve, hambre y muerte. No llegaba ni siquiera el periódico y la luz eléctrica era un lujo del que solo disponían los edificios oficiales. Mi madre murió en el parto y mi padre volvió a casarse muy pronto, con una aldeana de ojos rasgados a quien nunca podría llamar Madre. Yo no tenía nada, y estaba sola…

    >>Pero en Kamchatka sí que había Escuela. Muy pronto, destaqué en los estudios. Aprendí a leer enseguida y el lenguaje de las matemáticas simplemente era algo natural para mí. Un día, unos inspectores venidos de Moscú aplicaron unas pruebas internas del estado, estaban buscando futuros científicos para el programa espacial en todas las regiones de nuestra extensa patria, y dieron conmigo. Recuerdo el día en que me subí al tren que habría de llevarme a Irkutsk, y de allí seguiría en transiberiano hasta la capital. Hicimos el viaje con otros niños de regiones cercanas a la mía. Éramos unos diez. Hubo uno que murió en el tren por una apendicitis y fue el primer contacto que tuve con la muerte. A pesar de todo, no fue un momento triste. Yo estaba feliz: ¡iba a prosperar!

    >>Una vez en el instituto de enseñanza intensa seguí destacando por mis cualidades, sobre todo en el ámbito de la física y las matemáticas. Antes de entrar a la universidad fui propuesta para participar en el programa espacial. Me veía a mí misma como una futura cosmonauta, atravesando el cielo gris como había hecho nuestro héroe, Yuri Gagarin, incluso la perra Aika me producía una amarga sensación de envidia. Iba a conseguirlo, iba a convertirme en la más audaz cosmonauta, la primera en pisar Marte.

    >>Pero no pudo ser. No fui lo suficientemente buena y en los exámenes escogieron a otros antes que a mí. Entré en la facultad de ingeniería, que fue donde nos conocimos, y el resto ya es nuestra historia, que no hace falta repetir. Sé que sabías todo esto pero lo que quiero decirte por primera vez desde que estamos juntos es que se lo debo todo a mi país. Si no fuera por la URSS ahora sería una estibadora arrugada en Vladivostok.

    Andréi la observaba en silencio con ojos arrobados. Era cierto que conocía todos los detalles de la vida anterior de Natalia, aunque ella casi nunca hablaba de su pasado. Aquella chica rubia y solitaria que una vez le robara el corazón se había convertido en una madre amable y en una trabajadora incansable en la fábrica de fuselajes, a cargo de líneas de producción extensas, donde trabajaban hombres y mujeres de brazos fuertes. A pesar de su esbelta figura, de su cabello rubio y de sus grandes ojos azules, todo el mundo la respetaba. La llamaban la muñeca de hierro. Quienes estaban cerca de ella decían que era capaz de matar con los ojos y que un extraño espíritu, numen de la Siberia, vivía en su interior. Por eso, hasta las brujas, le tenían miedo y gran estima.

    -Pero, Natalia, mi amor. ¿Nunca has pensado que el mismo Estado que te salvó fue el mismo que destinó a tu familia al rincón más extremo de la Siberia? Si no viviéramos bajo la bota del totalitarismo, no habría hecho falta tanto sufrimiento, quizá tu madre…

    -¡No sigas! -El pequeño Nicolai, asustado, dejó sus cosas y se escondió bajo la mesa.

    -Solo digo que nuestra vida podría ser diferente. Tú podrías desarrollar tu profesión en otro sitio, quizá tendríamos más cosas, una casa grande, un coche decente. Tú no has visto lo que yo, Natalia, los ingenieros en sus países viven en grandes mansiones al sol.

    -Tú lo has dicho: los ingenier-os. No quiero ser una de esas mujeres, ¿entiendes? Lo único que saben hacer es pintarse las uñas, y a mí eso ya sabes que no me va. El suyo es un mundo dominado por hombres ventrudos, burgueses con el puro en la boca y el pie sobre los trabajadores y campesinos, como lo fui yo. ¿Crees que una chica como yo habría tenido alguna posibilidad en el mundo capitalista? Me habría muerto de hambre.

    -Nadie puede saberlo, Natalia. En cualquier caso, no vale la pena pensar en lo que pudo haber sido. Lo importante es el presente y el futuro, el porvenir de Nicolai… De todas formas, nada importa ya… Nuestros sueños, los míos y los tuyos, se han venido abajo.

    -Habla por ti, Andréi. Yo soy feliz en la URSS y quiero que mi hijo crezca aquí.

    -Pero es nuestro hijo… 

    -¿No te das cuenta? Puede ser que vivamos en un mundo gris, en una vivienda pequeña dentro de un piso de hormigón replicado en toda la avenida. Nuestro coche se avería y la calefacción falla. La nevera está medio vacía y la televisión no ha llegado a esta casa. Pero me da lo mismo. Tenemos la literatura: Tolstoi, Gorki, Chéjov, Turgéniev…

    -Y muchos intelectuales proscritos.

    -Traidores. Tenemos también la música de Chaikovski, el ballet, la ciencia, el Sputnik.

    -Ellos pusieron el hombre en la luna.

    -¡Mienten! ¿Es que no lo ves? ¡Todo es una gran mentira! Viven en un mundo de colores, con muchas marcas y muchos objetos con los que adornarse, pero por dentro son grises, por dentro no tienen nada. Y son profundamente infelices, más que nosotros.

    El pequeño Nicolai comenzó a llorar al escuchar los gritos de sus padres. Ambos se quedaron en silencio, de pie, mirándose a los ojos con amor y tristeza, como si estuvieran en el andén despidiéndose para siempre de lo que pudo haber sido. Natalia cogió a su hijo en brazos y lo meció blandamente, Nicolai dejó de llorar al instante. Al fin, Andréi suspiró y calló rendido en una silla próxima. Con los ojos húmedos dijo:

    -¿Sabes qué, Natalia? En realidad me importa muy poco donde residamos, siempre y cuando estemos juntos, los tres. Para mí vosotros sois mi verdadera patria, mi vida.

    Con el niño en brazos, Natalia se sentó sobre las piernas de Andréi y los tres se abrazaron con fuerza. Sonreían de tristeza y alegría mientras el sol caía tras la ventana.

    …

    4. El último día en la Unión Soviética

    La tarde transcurrió sin grandes incidentes. En los días más trascendentales de las vidas humanas parece que no pasa nada. Pronto se hizo de noche y el frío comenzó a arañar el cristal de la ventana cerrada. Era imposible salir a la calle en un día como aquel, en una ciudad como Berlín, a esa hora de la tarde. Andréi estaba sentado junto a la ventana mirando los pocos vehículos que iban y venían al otro lado del cristal, pensativo y triste.

    -Ahora vuelvo. -dijo Natalia- Voy a dejar a Nicolai con Sasha y los otros.

    El pequeño Alexander, Sasha, y los otros niños vivían en una de las viviendas del condominio con sus abuelos, la familia Rostov. Los Rostov habían sido nobles en el tiempo de los zares pero ahora ocupaban un cargo de importancia dentro del Partido. Entre otras sutilezas, la casa, aunque en metros era igual que la de ellos, contaba con teléfono y televisor, lo cual constituía un verdadero lujo en aquella sociedad estoica.

    Nicolai oyó los pasos de su mujer y su hijo alejándose por el pasillo, camino de la puerta, y suspiró. A pesar de sentir un leve temblor en su corazón, se mostraba tranquilo. Bajó la mirada y reparó en el libro que tenía en las manos, un clásico de la lengua y la literatura española que andaba leyendo aquellos días: La vida es sueño.

    “Qué es la vida, un frenesí
    qué es la vida, una ilusión
    una sombra, una ficción
    y el mayor bien es pequeño
    que toda la vida es sueño
    y los sueños, sueños son
    .”

    Leyó Andréi en ruso y, como se sentía tan identificado, reflexionó sobre el personaje. Segismundo había desperado, en aquella parte del libro, encerrado en la torre que casi lo había visto nacer, sin más compañía que las cadenas que lo sujetaban a la pared como a un animal; pero había estado en otro estado más benigno antes de quedarse dormido por el efecto del somnífero que le administran sus carceleros. El héroe piensa que sus vivencias en palacio fueron un sueño, aunque fueron en realidad ciertas, pero no lo sabe.

    Pasó un tiempo indeterminando en el que Andréi le dio vueltas a la cuestión de la vida y el sueño en la deliciosa traducción de la obra de Calderón que manejaba. Al fin y al cabo, su sueño de salir de la URSS se había venido también abajo y se había despertado en aquella torre de cemento. Por lo menos tenía cerca a su mujer y su hijo, con quienes tanto quería. Andréi recordó que había escogido aquella obra del barroco español del siglo XVII porque quería entender la cultura del país que lo iba a acoger, y el destino quiso que corriera la misma suerte que aquel personaje desdichado de la Vida es sueño.

    En aquellas disquisiciones, se oyó la puerta. Era Natalia que entraba en la habitación trayendo un leve olor a incienso que venía del corredor. Sin decir nada, se dirigió hacia la habitación. Sus pasos ligeros se perdieron detrás de la puerta del dormitorio, que se cerró. Andréi volvió a levantar la mirada del libro, esta vez sin pensar en nada. Los ojos se le llenaron de lágrimas dulces mientras la última luz del sol se perdía en el horizonte.

    -Date la vuelta. -dijo Natalia, y Andréi así lo hizo. Lo que vio lo dejó perplejo. Natalia estaba completamente desnuda, de pie, sobre la alfombra del salón. Y estaba preciosa.

    Para ser una mujer, Natalia tenía los pies un poco grandes. Nunca se pintaba las uñas y por eso sus dedos parecían hechos de mármol blanco. No había venas como arañas que empañaran su piel delicada, sus dedos largos y sus tobillos un poco anchos, demasiado fuertes, herencia de una abuela del Cáucaso acostumbrada a caminar por la nieve. Natalia se sentía acomplejada por aquellos pies y, cuando habían ido al mar en los pocos meses de verano, los escondía dentro de la arena para que nadie, ni siquiera Andréi, pudiera verlos. Pero a él le encantaban sus pies desnudos porque formaban parte de ella.

    Sus piernas, sin ser demasiado largas, estaban bien torneadas. Las varices no habían hecho aparición en aquella carne joven y blanca, que se mantenía pura como la nieve intacta. Sobre el muslo derecho, donde empezaban las curvas de su trasero, su naturaleza había dibujado un lunar marrón sobre la piel. Andréi pensaba en las veces que había besado aquel lunar del que Natalia se sentía tan orgullosa. Siempre que lo hacía, ella se estremecía y arqueaba la espalda con placer diciendo palabras de amor.

    Su vientre era recto y firme, pero no se adivinaba debajo de la piel nada de músculo, como si no fuera por dentro como el resto de las personas sino hecha de un material divino que sólo había tocado él en todos los años que habían compartido. Sus pechos eran pequeños y tersos, conservaban cierta dureza que no habían perdido después de ser madre. Le gustaba cuando Andréi los apretaba entre sus manos y lamía la aureola de aquellos senos de diosa griega. Un poco más arriba encontraba su cuello largo y elegante y, por encima de este, una sonrisa pícara, que le recordaba tanto a aquella actriz soviética que a ellos les gustaba tanto y de la cual habían visto todas sus películas.

    Su nariz, aunque un poco grande, era un triángulo perfecto que daba elegancia y geometría a su rostro delgado, a sus mejillas altas y a sus ojos verdes que eran grandes incluso cuando sonreían. Su pelo era espeso y suave, con un flequillo que tapaba una frente alta. Andréi la quería, la deseaba, la amaba con toda la fuerza de su existencia, las palabras se agolpaban en la boca y no era capaz de pronunciar ninguna porque su belleza le parecía una cosa fuera del mundo. Cómo había podido trazar un plan de fuga sin contar con ella, cuánto la hubiera echado de menos, qué estúpido había sido.

    Natalia se acercó y se sentó, desnuda como estaba, sobre sus rodillas. Se besaron en los labios y ella empezó a desabrochar los botones de la ropa de Andréi, con agilidad acostumbrada. Él acariciaba con suavidad su cuerpo, repasando todas las líneas de su figura con la yema de los dedos, desde los pies hasta la punta de la nariz, recorriendo con el tacto todo lo que antes había admirado con la vista. Desapareció el piso de cemento sobre el suelo helado de la madre patria y los dos se trasladaron, en un sueño, junto a aquella playa donde se amaron hacía años, antes de que Nicolai fuera siquiera un proyecto, en aquellos días de verano tan cálidos que parecían un milagro. Andréi no quería abrir los ojos mientras la besaba para no verse en su torre, sino en aquella playa donde una vez habían sido más jóvenes y libres. Cuando estuvo desnudo, cayeron al suelo junto con el libro que antes estaba leyendo y se derramaron sobre la alfombra floreada y oscura que los protegía del suelo de la estancia. Se amaron durante un tiempo imposible de cuantificar porque no sucedió en un momento concreto, sino que fue la suma de todas las veces que habían hecho el amor alguna vez, desde la primera a esa última. Ambos gritaron y golpearon el suelo sin importar que los vecinos los oyeran.

    Tal y como empezó, el sueño se terminó de pronto para ambos, y quedaron exhaustos y desnudos mirando a la vieja lámpara soviética que coronaba el techo del pequeño salón.

    -Eres maravillosa. No sé en qué estaba pensando. Me arrepiento tanto, Natalia…

    Sin decir nada, ella se levantó del suelo y se dirigió a su habitación contoneando su estrecho trasero blanco a cada paso. Andréi la hubiera amado de nuevo, pero sabía que eso no sucedería otra vez. Recogió su ropa interior y se puso también los pantalones, dejando que el sudor de su torso delgado comenzara a secarse solo al aire de la habitación. De la mesita cercana tomó su paquete de cigarrillos y encendió dos. Al cabo de un momento apareció Natalia, vestida con camisón blanco bajo una bata de lana azul, y tomó el cigarrillo que su marido le tendía. Ambos se sentaron en el suelo, con el cenicero a sus pies descalzos, fumando en silencio mientras la radio sonaba muy baja.

    Se quedaron así sin decirse nada mientras el Coro del Ejército Rojo ejecutaba en el viejo transistor su versión del Bella ciao en un tono casi imperceptible para ellos. No hacían falta más palabras para quienes habían vivido tanto tiempo juntos, con la simple manera de cogerse la mano podían hablar con el otro sin tan siquiera mirarse a los ojos.

    -Hiciste lo que creíste que era mejor, Andréi, no te culpes. Te quiero. Siempre te querré.

    De repente, atronó el timbre de la puerta y ambos se sobresaltaron. Natalia corrió a ponerse unas zapatillas y atarse la bata y Andréi recompuso su camisa y encontró sus zapatillas cerca porque ella las había traído de la habitación. Se quedó de pie en medio de la habitación, paralizado por un miedo indescriptible que poco a poco comenzaba a crecer detrás de la puerta de su casa, habitado desde ahora por el fantasma de la eterna sospecha. ¿Alguien se habría enterado de sus planes? ¿Qué sería de él si lo descubrían?

    Prefería no darle demasiadas vueltas y dejar que los miedos siguieran su curso, mañana sería otro día en el que podría trazar nuevos horizontes y estrategias a partir de lo que había pasado hoy. Quién sabe, puede ser que recibiera alguna buena noticia en los días posteriores y el cambio de planes constituyera una nueva oportunidad para su familia. La esperanza era lo último que se perdía y lo único que no había salido de su alma.

    El pequeño Nicolai, llamado así por su abuelo, entró risueño en el hogar llenándolo de luz y alegría. Corriendo, como casi nunca hacía, abrazó a su padre y lo besó en las mejillas con su cabello revuelto y un muñequito en su mano derecha. Andréi abrazó a su hijo con fuerza, mientras lo besaba a su vez y el olor de su pelo inundaba sus sentidos. Mientras mamá comenzó a preparar la cena, ambos jugaron sobre la alfombra que quizás había engendrado un nuevo hermano para Nicolai, que habría de llamarse Alejandro, como el padre de Natalia. Pero entonces ninguno de los dos lo sabía.

    Jugaron, lucharon, cantaron. Desordenaron todas las esquinas de la estancia y corrieron de un lado a otro por la casa. Reían tanto que las lágrimas inundaron los ojos de ambos. Mamá tuvo que intervenir dos veces para que se tranquilizara un poco el juego, que amenazaba con derribar la casa de tanta pataleta y golpe seco y tanta risa estridente. Completamente exhaustos, se sentaron en la mesa del comedor mientras Natalia servía la sopa humeante de una fuente de porcelana con tapadera. Los cuencos se fueron llenando de aquel líquido dorado, como un linimento que habría de sanarlos por dentro.

    -No juegues con la comida, Nicolai.

    -Déjalo, mujer, no hace daño a nadie.

    Todos sorbieron la sopa ruidosamente mientras las agujas del reloj daban vueltas sobre sí mismas señalando la proximidad de la hora siguiente. Sin decir gran cosa, como hacían todos los días, se terminaron su escasa ración y los cuencos y cubiertos fueron retirados. Mientras Natalia recogía, Andréi encendió un cigarrillo y Nicolai jugueteaba con unas migas de pan duro que habían sobrado de la cena. Andréi miraba a su hijo: su melena rubia, sus brazos que un día serían fuertes, sus profundos ojos azul oscuro. Era un niño listo y guapo, podría llegar tan lejos como se propusiera, hasta donde lo dejaran. Andréi enjuagó una minúscula lágrima de orgullo y dio una profunda calada de alivio.

    -A la cama. -dijo Natalia al volver de la cocina. El pequeño Nicolai protestó.

    – Quielo jugal con papá.

    -Dale un beso a papá y a la cama.

    Andréi abrazó a su hijo fuertemente sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho. El pequeño le plantó un beso en la mejilla húmeda y se zafó del abrazo de su padre. Luego se marchó alegremente detrás de su mamá, camino de su cuarto, con pasos decididos de guerrero soviético, con los mismos sueños de cosmonauta que había heredado de su mamá. Algún día Nicolai Andreiévich pisaría el planeta Marte, creía.

    Andréi se quedó solo un rato. El humo del cigarrillo dibujaba círculos que rápidamente se tornaban en espirales para hacerse al final invisibles. Bajo la luz amarilla de la habitación, fumaba y sus piernas se agitaban obsesa y repetidamente. Sus dedos temblaban un poco, hacía tiempo que un peso hondo se había instalado en su estómago.

    Natalia volvió al cabo de un rato y se sentó frente a él. Estaba tan bella que costaba mirarla a los ojos sin sentirse deslumbrado. El pequeño Nicolai dormía ya plácidamente. Andréi decidió abrir el libro y continuar leyendo la obra por donde la había dejado.

    Estuvieron así, sentados frente a frente en silencio, una hora entera, sin moverse. Al cabo de ese tiempo, se oyeron unos pasos que venían del hueco de la escalera. Eran dos personas, por lo menos, hombres, por el peso de sus cuerpos sobre el piso. Caminaban prácticamente a la vez, como si fueran una pareja acostumbrada a ir juntos a todas partes, y pisaban fuerte. Podía sentirlo en las patas de la silla donde todavía estaba. Los pasos fueron haciéndose más presentes hasta llegar a la puerta de la entrada. Casi podía percibirse la respiración entrecortada y honda de los individuos detrás de la madera.

    Toc-toc-toc. Uno de ellos había llamado con fuerza y decisión, sin tocar el timbre.

    -¿Son ellos? -preguntó Andréi.

    Natalia no contestó y se echó a llorar. Puso su cabeza sobre los brazos apoyados en la mesa marrón y empezó a sollozar desconsoladamente por primera vez en años. De hecho, Andréi nunca la había visto así, tan abatida y triste, tan desesperadamente rota.

    -¿Por qué, Andréi? ¿Por qué lo hiciste?

    -Porque te quiero. A ti y al niño. Os quiero con toda mi alma. Daría mi vida por…

    TOC-TOC-TOC.

    Los golpes sonaron más fuertes y una voz ronca preguntó algo desde el otro lado de la puerta, amenazando la próxima vez con derribarla y formar un escándalo innecesario.

    -¿Sabrás perdonarme?

    Andréi se puso de pie y la miró en silencio. Los ojos de ella le atravesaban el corazón. Nunca los había visto tan tristes. La muñeca de hierro nunca había llorado así, jamás.

    -No tengo nada que perdonarte, mi amor. Te quiero y te querré siempre. Cuida de él.

    -Yo también te quiero, Andréi. Te querré siempre. -dijo ella sin levantarse de la silla.

    Con pasos dudosos, se encaminó hacia la puerta por el oscuro corredor de su casa. Sabía que nunca más pondría los pies en aquella torre de cemento y que desde ahora para siempre dejaba lo que hasta entonces había sido su vida, la vida. Pero estaba contento. Miró una última vez hacia atrás y vio el libro abandonado en el suelo. No lo terminaría.

    Abrió la puerta y miró desafiante a los dos tipos que lo esperaban al otro lado.

    -¿Andréi Nicolaiévich? -dijo el tipo de la Stassi con cara de perro de presa soviético.

    -Este día ha sido feliz. He sido feliz… -dijo él -Es último día en la Unión Soviética.

    …oooOOOooo…

    Nota del escribidor: El próximo domingo habrá nueva publicación si las musas quieren. Hasta entonces te amino a dejar tu opinión y comentarios en el espacio para ello. Te mando un cálido abrazo y espero volver a verte en otros personajes. Un saludo,

    El Escribidor

  • Barcelona / Elige el corazón / Capítulos 11 y 12

    Barcelona / Elige el corazón / Capítulos 11 y 12

    Índice de capítulos anteriores

    1. Nada mejor que hacer
    2. Sólo el principio
    3. Tú estás loco
    4. Escribiendo… y 5. Su corazón aplaudía
    6. Día aciago, 7. Su ángel y 8. La solución
    9. Invito yo y 10. Vinagre y rosas

    11. Ya me vendrá

    Después de cenar, aunque Federico no cenó, lo llamaron a la puerta agitando la cancela metálica medio abierta, que cerraba por las noches o cuando salía de aquella casa. Al oír el ruido de metálico, se levantó de un salto del sofá, apagó el cigarrillo en el cenicero repleto de colillas y abrió contento la puerta. La cara de Roberto sonreía bajo el fuerte claroscuro de la farola que le iluminaba parcialmente el rostro. Estaba fumando un cigarrillo recién prendido y las formas del humo se recortaban contra el fondo negro.

    -Qué tal, Roberto.

    No respondió. Parecía distraído con algún pensamiento oscuro que había nublado su mente. Quizá había descubierto su relación, o sus relaciones, con Martina y venía a partirle la cara, a vengar su corazón roto. A la mejor guardaba en el bolsillo de su chaqueta un cuchillo que había robado de su casa y que quedaría, ensangrentado, sobre la gris acera de la calle, frente a su puerta. A Federico le parecía entrever aquellas intenciones en el silencio de Roberto, pero de todas formas echó a un lado la cancela que habría de servirle de parapeto y abrió los brazos para saludar al que era su único amigo en aquella ciudad tan económicamente asfixiante para un pobre diablo como él.

    Roberto entró a la casa sin decir nada y en tres pasos se situó en medio del salón, entre la televisión y el desvencijado sofá. Bajo la luz cenital de la bombilla, parecía que, ahora sí, iba a sacar el cuchillo y a clavárselo en medio de su corazón traicionero. Después él mismo se quitaría la vida, porque no valía la pena vivir en un mundo donde Martina no lo fuera a querer nunca. Muchas veces le había hablado de ella y Federico callaba con un silencio pesado, incómodo, incapaz de confesar, a su amigo, su traición.

    Le miró de arriba abajo y dijo al fin: -¿Qué haces así vestido, tío?

    Por unos segundos, Federico no pareció entender. Miró instintivamente hacia abajo, hacia su propio cuerpo, y vio las ropas que llevaba intactas, sin ningún charco de sangre que se extendiera desde su estómago hasta la pernera de sus pantalones de chándal.

    -Estoy vestido para estar en casa.

    -Pero es sábado.

    -Ya.

    Roberto escurrió la ceniza de su cigarro sobre el cenicero y dio una honda calada. El humo pareció inundar toda la habitación desde la puerta de la entrada hasta la cocina, lo cual no era difícil. Llevaba, como solía, camisa blanca con puntitos azules, metida por dentro de los pantalones, lo cual le hacía parecer mucho más mayor de lo que era pero conseguía disimularle la barriga. Tenía pantalones marrones claros y zapatos de cuero. Parecía un intelectual socialista de los años setenta. Por suerte no vestía chaqueta de pana. Federico podía llegar a entender que a Martina no le gustara, a pesar de ser un poeta reconocido, desde muy joven, por una de las mejores editoriales de poesía del país. Roberto era una gran promesa de la literatura, ¿pero Federico qué era? ¿Qué sería?

    -No tengo plan.

    -Para ser escritor, Federico, no coges las indirectas. Ponte una camisa que tengas por ahí. Esta noche voy a enseñarte el barrio, vas a conocer el verdadero Carmelo.

    -¿Cómo sabías que estaría en casa?

    -No tienes dinero para ir a ninguna parte. Siempre estás en casa.

    Sin poder objetar nada al respecto, Federico se encamino hacia su habitación mientras Roberto se acomodaba en el sofá y sacaba su teléfono móvil. Mientras decidía qué ropa ponerse, podía oír los improperios que de vez en cuando soltaba Roberto por la boca, mascullando palabrotas dirigidas a jugadores de fútbol de los que Federico desconocía los nombres. Se puso una camiseta limpia y pantalones vaqueros. Cogió una chaqueta que en letras grandes ponía “University” y salió hacia el salón cogiendo el móvil, las llaves, la cartera y el tabaco. Se echó un poco de agua fría la cara y se arregló el pelo.

    -Ya estoy.

    La zona que ellos denominaban El Carmelo, no referenciada así en el ordenamiento municipal, era el triángulo que se extendía entre tres paradas de metro: El coll / La teixonera, Carmel y Vallcarca. La historia de esas calles era la misma: inmigración y falta de servicios básicos hasta los años 80-90, que fueron subsanados para los Juegos Olímpicos del año 92 y se viera que aquella era una ciudad y un país moderno, donde si bien había pobreza, no había miseria. En aquella época, explicó Roberto mientras andaban cuesta arriba y cuesta abajo las calles, construyeron la Ronda de d’Alt, la carretera que abrazaba por el oeste a la ciudad de sur a norte. Para el trazado de aquella obra faraónica tuvieron que tirar innumerables casas, barriadas enteras. Lo que se salvó fue remodelado, se limpió la cara a la ciudad y se la preparó para la llegada del mundo.

    -¿Y qué fue de aquella gente que vivía en aquellas casas?

    -Eran nidos de rata.

    -Ya, ¿pero qué fue de ellos?

    -Supongo que se les reubicó… No lo sé. La historia de esa gente no interesa a nadie, excepto si un partido político piensa que eso le da votos. Pero es una historia olvidada.

    -Los escritores vivimos de cuentos olvidados.

    -Tú no eres escritor, Federico… Los escritores publican libros.

    Aquello le dolió tanto que casi se le cortó la respiración. No dejó mostrar sus emociones y prefirió soltar una carcajada breve, como un chasquido de lengua. Estuvo a punto de decirle algo así como: -Pero por lo menos Martina me quiere a mí y no a ti, poeta. Pero le pareció una crueldad y una falta tan grande de elegancia que se contuvo y se culpó.

    -Tienes razón. -dijo al fin mientras los pasos sonaban sobre la castigada acera. -La verdad es que últimamente no sé muy bien lo que soy… Ni adónde me llevan mis pasos.

    -Nunca sabrás adónde vas. Lo único que puedes hacer es saber dónde estás ahora. Mira, un poco más allá, detrás de la ronda, McDonald’s montó una casa para los padres de los niños que reciben tratamiento en el hospital Vall d’Ebrón. Fundación Ronald o algo así.

    Federico dirigió su vista hacia donde le decía Roberto pero iba tan inmerso en sus pensamientos que no consiguió distinguir nada en plena noche. Todos los edificios le parecían iguales: grises, marrones, oscuros. Pero el aire era fresco y el ruido del tráfico le resultaba agradable, como el rumor de un océano artificial sucio, colosal, fascinante. Doblaron una esquina hacia una calle empinada que subía hasta más arriba del cielo. 

    -¿De verdad tenemos que ir por ahí?

    A pesar de su leve sobrepeso, Roberto remontaba aquellas cuestas con mucha más facilidad que Federico, que estaba más delgado que el papel de fumar. Le sonrió.

    -Todo esfuerzo vale la pena.

    -Si tú lo dices…

    En silencio, subieron la cuesta. Federico empezó a sacar un cigarrillo al principio de la rampa pero Roberto le hizo un gesto para que se lo reservara. Empezaron la ascensión a aquella montaña de cemento sin mérito, sin cruz en lo alto, en silencio, oyendo el uno la respiración del otro. Las casas que se habían construido en esa zona no eran más altas de tres pisos, se veían viejas y con necesidad de reforma, aunque todas estaban habitadas. La calle tendría unos doscientos metros pero parecía de diez quilómetros. Resultaba imposible que se pudiera construir algo allí, pero la gente había encontrado el espacio, las fuerzas y las ganas suficientes para construir sus nidos de rata en aquellas cuestas imposibles, que deberían subir y bajar eternamente, hasta para comprar el pan.

    Cuando habían superado un poco más de la mitad de la calle, oyeron el gemido largo de un motor como el alarido mecánico de un cetáceo mitológico. Un microbús, con plaza para unas cuantas personas, empezó a subir la cuesta imposible desde el principio de la calle. El asfalto estaba un poco húmedo y Federico temía que las ruedas terminaran resbalando, haciendo caer el vehículo hacia atrás, estampándose contra los peldaños que servían en ocasiones para sortear la empinadura imposible de la acera. A pesar de sus pronósticos, el autobús consiguió superar la distancia de la calle, adelantándolos a ellos y repechando hasta la cumbre, donde había un estop. El conductor tuvo que reducir la velocidad pero por suerte, aquella vez, no tuvo que detenerse del todo. Si lo hubiera hecho, seguro que habría terminado resbalando y cayendo toda la calle cuan larga era.

    -Es imposible…

    -Es su rutina. -dijo Roberto adivinando los pensamientos de su compañero. -Llegamos.

    En lo alto de la cuesta, no había otra cosa que un muro que rodeaba un parque. Avanzaron por él junto a los grafitis y las pocas estrellas calladas que se dejaban ver en el cielo. La luz de las farolas, que allí era amarilla, daba a la avenida plana un aire avejentado, separado del siglo que mucho más abajo se vivía en la ciudad condal.  

    -Ese bar sale en Últimas tardes con Teresa, de tu querido Marsé. Pero está cerrado ya.

    -No me vendría mal un bar ahora.

    Llegaron a la valla de un balcón urbano. La ciudad se extendía a sus pies como un manto iluminado, con hilos rectilíneos que se entrecruzaban con otras calles perpendiculares. El trazado de Barcelona, tan brutal y antinatural resultaba fascinante cuando se lo miraba desde las alturas, desde los montes donde vivían los ricos en palacios de Pedralbes y Sarriá, pero también desde aquellos barrios obreros, nidos de rata como los había denominado su amigo, natural de ese lugar mágico, que dejaba ver la cara más bella de la ciudad, como una joya junto al mar Mediterráneo, tierra de nadie.

    -Esta ciudad es preciosa. Quizá la ciudad más bonita del mundo.

    -Estoy de acuerdo contigo.

    Se quedaron un rato en silencio, mirando la constelación de luces artificiales que iluminaban las carreteras, las calles, los edificios. Era sábado y la ciudad, a lo lejos, bullía en silencio. Las luces parecían titilar al calor de la noche de aquel otoño raro. Quizá todo acabaría saliendo bien y los problemas se solucionarían solo con quererlo.

    -Es por aquí. -dijo Roberto detrás de él. Se había alejado unos pasos y se encaminaba calle abajo, con un cigarrillo encendido. Federico reparó en su figura. Era un tipo amable este, dotado de una magia especial. No podía entender por qué Martina no se había enamorado de él, habiendo compartido una aventura que se terminó hacía poco. No podía seguir ocultándole lo que él y ella estaban haciendo a sus espaldas. Aquello no era bueno, ni sano, ni noble. Esa noche le confesaría su relación con Martina y quizá él podría llegar a entenderlo. Decidido, se encaminó hacia su amigo carmelita.

    -Tengo algo que decirte, Roberto.

    -Dímelo cuando lleguemos al bar. -contestó encendiendo otro cigarrillo con la punta del anterior que acababa de terminarse. El sueldo de Roberto como profesor de literatura se iba en comprar cajetillas de Marlboro. Consumía alrededor de dos paquetes al día.

    El bar estaba en una calle que hacía cuesta abajo, enterrado en el hormigón gris de un edificio bastante alto, de los setenta, que tenía parterres de setos a cada lado de los portales. El sitio se llamaba “El Pelat” y estaba lejos de ser un bar adecuado para dos jóvenes intelectuales que buscaban hacerse un hueco en el panorama literario de la ciudad. Era, como su propio nombre presagiaba, un bar de borrachos, como tantísimos otros que hay en cualquier barriada, con sus parroquianos de mirada perdida y rostro demacrado por el alcohol y el tabaco. Era sábado y el ambiente, al abrir la puerta de cristal transparente, era muy alegre y acogedor. En el interior sonaba, sobre la música ambiente, el sonido estridente de la algarabía de las conversaciones y la camaradería. Se sentaron en la única mesa que había libre en aquel cuadrado de no más de diez mesas. Todo el mundo estaba de pie, de aquí para allá. Unos pedían en la barra, otro jugaba a las tragaperras, uno venía del baño rascándose la nariz y otro entraba detrás de él. La gente se llamaba a gritos y parecían conocerse todos entre sí. Roberto estaba feliz.

    -Este es el verdadero Carmelo, Federico.

    -Ya veo. Entiendo que te entusiasme. Este sitio es maravilloso.

    -Voy a saludar.

    Roberto se levantó y se dirigió hacia la barra. Como un cincuentón experimentado, se apoyó con ambos codos y comenzó a departir con la camarera, una señora que podría ser su madre si hubiera encontrado tiempo para criar un hijo. La mujer sonreía y asentía, dedico una mirada a Federico y este cabeceó a modo de saludo. Luego continuaron a lo suyo. Entre los parroquianos que formaban aquella clientela, la mayor parte de ellos hombres, había un viejo con el pantalón manchado, de unos sesenta o setenta años. Llevaba una barra de pan metida en una bolsa de tela. Estaba hablando alegre con otro tipo más joven, moreno y alto, de nariz aguileña y mirada penetrante, quien de vez en cuando le daba golpecitos en la espalda y reía ampliamente. Federico suponía la historia de aquel anciano. Su mujer, aquella mañana, lo había echado de casa con la excusa de que saliera a comprar el pan. Era casi media noche y todavía no había vuelto. Aquel día, como quizá tantos otros, no se había comido el pan en casa, papá estaba ausente dando una vuelta, hablando con un tipo que le robaría la cartera a la primera de cambio. Ese señor prefería estar en la calle que en casa con su sufrida mujer, que tanto lo había aguantado. Sin embargo, allí estaba. Un drama muy habitual en los barrios de periferia de las ciudades, pero en el bar no había drama. Todo era alegría provocada por el elixir engañoso que a todos habría de llevárselos por delante antes de tiempo, o quizás no, el alcohol. Droga maldita y letal, absolutamente legalizada y normalizada en la sociedad.

    -Te he pedio una cerveza.

    -Chin-chin. -dijo Federico alzando su botellín para brindar. Bebió el líquido dorado y de tan fresco y sabroso que estaba le pareció que estaba tomando ambrosía en el paraíso.

    -Ese es don Ramón. -Roberto se había dado cuenta de que estaba mirando al viejo.

    -Todavía no ha vuelto don Ramón de comprar el pan.

    Roberto rio por la ocurrencia, dándose cuenta de que, efectivamente, aún llevaba la bolsa del pan a cuestas, sucia y rebañada de toda la mugre de los bares de la ciudad.

    -No tiene un sitio mejor al que volver. -se puso serio- Su mujer murió el mes pasado de una enfermedad larga. El pobre hombre ha sufrido como un condenado…

    -Vaya. Pensaba que su historia sería más alegre… -dijo Federico.

    -Si quieres te lo presento.

    -Déjalo estar. Oye, Roberto, tengo que hablar contigo. Tengo algo importante que…

    Roberto se quedó callado un momento, como si no lo escuchara. Luego dijo sin más.

    -No puedo olvidarla, macho. Sueño con ella todas las noches y no consigo sacarla de mi cabeza. -dio un trago largo a su cerveza, queriendo ahogarse dentro de la espuma. -Sé que lo nuestro se ha terminado pero no consigo hacerme a la idea de que nunca más la tendré entre mis brazos… Mira, odio ponerme cursi. Sé que tú eres su amigo, que te llevas bien con ella, podrías intentar hablarle de mí, a ver si la cosa tiene posibilidades…

    -De quién me estás hablando, tío.

    -De quién va a ser. ¡De Martina, hombre! Mi único y verdadero amor.

    -Verás, Roberto, Martina y yo…

    -Sí. Ya sé que sois amigos. Quizá tú mismo andes un poco enamorado de ella. No me extrañaría. Sácatelo de la cabeza, Federico, ella es demasiado para ti, y para mí también.

    -¿Por qué crees que no tendría ninguna posibilidad con ella?

    -¿Tú te has visto?

    Federico se sintió profundamente ofendido. Por un momento deseó estrellarle el botellín de cerveza que tenía entre las manos en la cara colorada de su acompañante, quien había pagado las cervezas porque él no tenía dinero. Se contuvo sintiéndose una rata. Decidió, para pasar el mal trago, dar un sorbo de la cerveza que poco a poco iba calentándose entre sus manos. Al terminar, posó su mirada sobre don Ramón, que miraba hacia ellos también con unos ojos vacíos, ahogados. Posó la botella en la mesa y sonrió de nuevo.

    -Supongo que tienes razón.

    -Pues claro que la tengo. Yo nunca me equivoco en esas cosas. No quería ofenderte.

    -No lo has hecho, tranquilo.

    -¿Qué era aquello que tenías que decirme? -dijo levantándose de la mesa para ir a la barra a buscar dos cervezas más, la suya se había terminado hacía un momento.

    -Nada. Se me ha olvidado. Ya me vendrá.

    11. La luz no se encendió

    Estaba muy nervioso y hacía calor. A pesar de que la ventana que daba al pequeño balcón estaba abierta de par en par, no corría la más mínima brisa de aire. La ciudad se cocía en su propia salsa y burbujeaba en un rumor de coches, motos y autobuses que casi parecía ser el susurro de un mar de plástico, metal y asfalto. Las paredes parecían más estrechas de lo habitual en aquel pequeño salón del piso de Bon Pastor, que carecía de aire acondicionado. El verano se resistía a querer marcharse aquel año y todo parecía sudado. Las paredes de los edificios lucían manchurrones oscuros por la humedad. Ioan no tardaría en aparecer y nada sospechaba de las intenciones evasivas Federico.

    Se levantó de un salto y sintió el tirón de la tela del sofá, imitación de la piel, contra la piel desnuda de sus piernas que dejaban al aire un pantalón corto. Fue una sensación desagradable, como el ruido de una tiza al chirriar en la pizarra o el de una botella de plástico que se contrae sobre sí misma produciendo un ruido que le daba dentera.

    Paseó de un lado al otro. Eran casi las siete de la tarde. No podía tardar. Federico fue al que había sido su cuarto durante aquella temporada y revisó sus maletas. Había dejado la habitación como la encontró: sin sábanas, sin ropa, sin ordenador. Solo quedaba en ella el olor de un último cigarrillo que fumó junto al quicio de la ventana con Martina, motivo por el cual terminaron discutiendo él y Ioan de forma muy cruenta. Al tipo le molestara que su joven inquilino fumara, a pesar de que no lo hiciera en la habitación y tomara todas las precauciones posibles. Sin embargo, el olor se impregnaba en todas las cosas y reptaba hasta las fosas nasales del rumano barcelonés, produciéndole una incomodidad insoportable que Federico, como fumador empedernido, no podía comprender. Al fin se habían serenado los ánimos pero aquella discusión supuso el inicio de una incomodidad latente que en ocasiones se volvía insoportable. Ya no compartían el mismo espacio en el salón, evitaban cenar juntos o siquiera cruzarse, Ioan se había vuelto más exigente con el tema de la limpieza y hacía peticiones absurdas, no perdonaba que Federico se olvidara de poner la pasta de dientes en su sitio y andaba siempre mosqueado. En todo el tiempo que estuvieron viviendo juntos, nunca le conoció un novio o un amigo. Ioan era un tipo bastante solitario pero siempre tenía muchas cosas que hacer y, por suerte, casi no paraba por casa. Era ingeniero en una empresa donde le pagaban poco y le trataban bastante mal, según explicó un día.

    Una vez comprobado que todos los cajones y armarios estaban vacíos, volvió al salón con las manos en los bolsillos. Aquello parecía el fin de una relación amorosa y le pareció ridículo. Compartir piso era una soberana mierda, pero en Barcelona no había más remedio: la gente tenía que aguantarse para poder pagar la renta de la vivienda. Personas que no se querían estaban condenadas a vivir en menos de cien metros cuadrados, como si de un juego macabro se tratara. Cada uno con sus manías y sus vicios, con sus secretos de alcoba y sus perfumes, con una intimidad mancillada por la compañía de extraños. A Federico aquello siempre le había resultado insoportable. De repente, se oyó un tintineo de llaves en el rellano y la puerta de la entrada abrirse. Ioan vestía pantalones muy cortos, que dejaban ver hasta la mitad de sus muslos de un blanco huevo, casi amarillo, sin un solo pelo en sus piernas depiladas. Vestía una camiseta de tirantes un poco holgada. Sobre el hombro llevaba una bolsa de deporte. No se había duchado en el gimnasio, lo haría ahora al llegar a casa, supuso Federico. Antes de saludarse, se fijó una última vez en él mientras se cambiaba los zapatos en el diminuto vestíbulo del edificio. Se había cortado el pelo, como hacía habitualmente. Iba rapado y su pelo corto dejaba ver la forma de un cráneo redondo, excepto por la coronilla, donde se aplanaba súbitamente. Eran detalles imperceptibles para cualquiera que no fuera su pareja o su compañero de piso, alguien harto de verlo sistemáticamente. Aunque iba al gimnasio tres veces por semana, no se le veía un solo músculo en forma. Su cuerpo era flácido y delgado. Federico imaginaba que lo que él llamaba gimnasio podía ser también una sauna donde pasaba las horas y los días buscando un amor imposible.

    -He visto que has hecho las maletas.

    Se preguntó cómo podía saberlo, si las había dejado en su cuarto y había cerrado la puerta, pero prefirió no preguntar. No era el momento de iniciar otra discusión.

    -Me voy. He encontrado otra cosa. Esta noche la pasaré allí.

    -¿Dónde es?

    -En El Carmelo.

    -¿Cuánto pagas?

    -Prefiero no decirlo.

    -En verdad, me da igual. -dijo Ioan, mintiendo.

    -Me gustaría que me devolvieras el dinero que te di de la fianza.

    Se produjo un silencio sepulcral. Ambos estaban en medio del salón, a una distancia prudencial, mirándose frente a frente. Una sombra cruzó por detrás de los ojos de Serguei. Como seguía en silencio, Federico decidió intervenir para poder respirar.

    -Todo está en las mismas condiciones, como lo encontré.

    -Todo excepto el olor asqueroso de tu tabaco.

    Federico sintió deseos de partirle la cara, pero se contuvo en nombre de la civilización.

    -Ya no tendrás que soportarlo más, me voy esta misma noche. Podrás vivir a tu manera.

    -He dicho a mucha gente interesada en tu habitación que no, estabas tú. ¿Qué voy a hacer ahora? Tendré que buscar a un nuevo inquilino. No me has avisado con tiempo.

    -No tengo contrato de ninguna clase. No tengo la obligación de avisarte de nada.

    Si la tensión fuera coloreable, no habrían podido verse a pesar de lo cerca que estaban. El ambiente se iba volviendo irrespirable por momentos y Federico intuía que su compañero quería discutir. Su expresión iba tornándose del color del reproche y dijo:

    -Sabes, siempre me arrepentí de haberte metido aquí. Eres muy desordenado y lo dejas todo por ahí. Además siempre estás fumando y me dejas la casa con ese olor asqueroso. -cambió la expresión de su cara hacia la compasión- Me dabas pena. Te veía triste y amargado siempre y no te decía nada, pero muchas veces pensé en echarte de aquí, pero adónde ibas a ir, y me aguantaba las ganas. Pero me arrepiento de haberte metido.

    -Bueno, -Federico se encaminó hacia su habitación mientras hablaba- afortunadamente, ya no tendrás esos problemas. Podrás encontrar a alguien mejor que quiera aguantarte.

    Ioan lo miró con una expresión dolida, como si le hubiera dado muy hondo y le hubiera provocado mucho daño: Federico sabía que era un tipo inaguantable, quien temía a la soledad por encima de cualquier cosa, y no había conocido nada más que eso. Estaban, otra vez, en medio del salón. Ioan obstaculizaba el camino hacia la puerta. Federico se preguntaba si tendría que apartarlo para poder salir por fin de aquella casa siniestra.

    -El chico que estuvo antes que tú, ese sí que fue un buen inquilino. A ver si aprendes.

    Acercándose a él, a unos pocos centímetros, Federico le dijo: -Me voy, Ioan. -le tendió la mano. El tipo la miró, hizo una mueca histérica y se apartó sin tomarla, hacia dentro de la casa. Federico cerró la mano y dejó las maletas en la puerta, cada vez más feliz.  

    -Qué pasa con el tema de la fianza.

    Ioan se había sentado en el sofá. Sus muslos desnudos se pegaban contra la piel sintética del sofá. Aquella visión le pareció insoportable e intentó no mirarlo demasiado.

    -Ahora no tengo el dinero aquí. Tampoco voy a ir al banco a esta hora. Vuelve otro día.

    Federico suspiró. En todos los pisos donde había estado de alquiler compartiendo habitación, nunca le habían devuelto el maldito dinero de la fianza y, si lo habían hecho, fue después de mucho batallar para que le pagaran. Menudo país era este, de gente gastándose un dinero que no era suyo, perdiendo la dignidad por unos pocos euros. En un instante se acordó de todos los tipos que le habían alquilado un piso, una mafia.

    En este caso, prefirió no darle demasiadas vueltas y volver otro día con mayor energía. Se hacía tarde y no quería llegar tan de noche a su nueva casa, así que abrió la puerta.

    -Pues ya quedaremos, entonces. Que te vaya bien, Ioan. Gracias por todo, por nada.

    El otro no contestó. Se limitó a mirar el teléfono móvil, supuso que para comprobar si alguno de sus amigos le había dicho algo. No se molestó en levantar la vista mientras cerraba la puerta detrás de sí. Luego se levantó y se metió en su cuarto a ver una película pornográfica, pero eso Federico ya no lo vio, ni lo vería a él nunca más.

    El aire de la calle le trajo un gusto de libertad. Arrastró su maletón por las calles de Bon Pastor a donde tardaría muchos años en volver, pero él entonces no lo sabía. Se terminaba un episodio accidentado de su aventura y empezaba otro, quizá mejor. Mientras conducía por la Ronda de d’Alt hacia la salida de Vallcarca su corazón quería sentirse optimista y ver en las rápidas luces de los vehículos, un signo de buena suerte. En la radio sonaba una machacona música rock y la tarde caía sobre la ciudad encima de él. Atravesando un túnel, vio un coche parado con las cuatro luces intermitentes y pensó que, por suerte o por desgracia, siempre había alguien que estaba peor que uno mismo.

    Después de dar un millón de vueltas, consiguió encontrar aparcamiento relativamente cerca de su nueva casa. Tenía las llaves en la mano como el que se agarra a la cuerda de una nueva vida. Caminó por las calles inquietantes del barrio hacia su hogar. El ruido de las ruedas de la maleta sobre la acera alertaba a los pocos transeúntes que pasaban. Nervioso por un peligro invisible, llegó por fin a la reja de la que sería su casa. El lugar, como era esperable, estaba completamente a oscuras. Le costó encontrar, abrir, la cerradura, algo oxidada. Hubo momentos en los que pensó que no lo conseguiría pero por fin cedió. Al entrar en su casa, buscó con la luz del móvil el interruptor en la pared cercana. Lo encontró a la derecha, un poco más arriba de lo esperado. Lo accionó pero pese a la promesa de Fernando de que todo estaría preparado, la luz no se encendió.  

    …oooOOOooo…

    Nota del Escribidor: El próximo domingo se publicará una nueva entrega de esta historia. Hasta entonces, te invito a seguir explorando el contenido de esta página. Si el relato te gustó, por favor, no dudes en hacérmelo saber. Muchas gracias por estar ahí. Nos vemos pronto con otra entrega. ¡Un abrazo!

    El Pobrecito Escribidor