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  • El camino a la Felicidad

    El camino a la Felicidad

    Aristóteles metió baza en todos los órdenes del conocimiento y en ninguno fue exacto ni conciso. Cuando dijo que la tierra era plana, la Iglesia lo creyó; cuando afirmaba que la tragedia era mejor que la comedia, la Filología lo creyó; cuando subrayó la importancia de la observación en la investigación, la Ciencia lo creyó. Hay que tener en mente que “El Estagirita” nació en el siglo IV antes de Cristo, fue tutor de Alejandro Magno y, finalmente, murió aislado en una isla griega: había huido de Atenas para no correr la misma suerte que Sócrates diciendo: Atenas ya ha cometido suficientes crímenes contra la filosofía. Parece ser que la filosofía era incómoda, incluso en sus mejores tiempos.

    Leer a un autor tan antiguo es farragoso. Hay muchas afirmaciones incómodas contra las mujeres y contra los esclavos, el lenguaje es difícil y la manera de explicarse suele ser complicada. Si los tiempos en los que Cristo perdió la alpargata ya nos parecen algo remoto, hay que tener en mente que nuestro filósofo era polvo en el viento cuando el llamado hijo de Dios era apenas un bebé. Filosóficamente, Aristóteles está en la génesis del cristianismo, y por eso es interesante acercarse a su figura. Occidente era una utopía.

    ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cuál es el objetivo por el cual estamos en el mundo? Platón, maestro de nuestro filósofo de hoy, decía que este objetivo era el Bien. Todas las cosas en el mundo tenían hacia esa idea platónica e idealizada del Bien supremo. Luego, a esa idea se le llamó Dios, pero eso es otra historia. Dicen que los mejores alumnos son los que superan a sus maestros. No sé si es el caso de Aristóteles, pero él reformuló la idea de del discípulo de Sócrates y dijo: no, el sentido de la vida es…

    La felicidad. Estamos en el mundo para ser felices. Qué bonito, ¿no? ¿Quién puede llevar la contraria a esta idea? ¿Quién no desea la felicidad para sí mismo? Pues bien, la única pregunta que cabe responder es ¿cómo llegamos a ella? o ¿podemos ser felices?

    Aristóteles pensaba que sí, podemos llegar a la felicidad diaria. Como estamos en una época racionalista y toda afirmación debía ser demostrada, el filósofo nos da la receta para una vida feliz, o lo que es lo mismo: una vida virtuosa. La búsqueda de la felicidad en la filosofía no es genuina de Aristóteles. Ya antes se había apostado por otras fórmulas como la ignorancia o los placeres. Pero resultaron infructuosas y llevaron al camino contrario: la desdicha. Por eso él propone una tercera vía para alcanzar este objetivo humano. Cada uno debería encontrar su propio camino y no hay una sola manera de alcanzar ese estado, de hecho, para cada cual será diferente, pero todos habrán de encontrarla de la misma manera: hallando primero el equilibrio.

    Dibujemos un eje en nuestra mente. En un extremo pondremos la cobardía, el sentimiento que teme a cualquier cosa; en el otro, pondremos la temeridad, la tendencia irracional de no temer a nada. Pues bien, en ambos extremos, en la cobardía y la temeridad, encontramos el vicio. Solo es en el punto medio entre los dos donde encontramos, equilibrando ambas fuerzas y situándonos en el centro, la virtud: la valentía, porque es bueno ser valiente. Y así con todo. Podemos tomar otros ejemplos.

    De esta manera, el amor no es lo contrario del recelo. Sino que es el punto medio entre el recelo y la ingenuidad. Y una vez hallado el centro encontraremos placer, pero no será un placer físico como el que sienten los animales, estos no pueden albergar la idea de felicidad, por lo tanto, no pueden ser felices. Luego, no podemos ser felices con los placeres animales: solo comiendo, solo durmiendo, solo teniendo sexo. Necesitamos algo más porque nuestra propia condición nos obliga a ello. De hecho, comiendo mucho, durmiendo mucho y teniendo demasiado sexo nos situaremos en los vicios y ellos nos conducirán a la desdicha. Cuántas sectas y religiones abogan por la abstención con probado éxito: no comas eso, no ames aquello, no reposes allí. Pero la abstención absoluta tampoco lleva, según Aristóteles, a felicidad alguna, aunque no es tan dañina.

    Hay que buscar, entonces, el término medio. No hay que prescindir de los placeres físicos, pero ellos no pueden ser el eje de nuestra vida. Si no, acabaremos en el otro extremo y tampoco servirá de mucho. Encontrar ese centro es difícil, eso queda contemplado. Una manera efectiva para encontrarlo es el autoconocimiento. Cada persona es un mundo y tiene sus propias tendencias. Hay algunos que tienden a la cobardía, hay otros que tienden a la temeridad. ¿Cómo encontrar el término medio?

    El que tienda, por ejemplo, hacia el recelo, deberá esforzarse por llegar al camino contrario: la ingenuidad. Así, como su tendencia personal siempre lo inclinará hacia la desconfianza, encontrará el centro virtuoso del Amor. Si es cobarde, lo mismo, deberá empujarse a sí mismo hacia la temeridad y, por el camino, encontrará la Valentía.

    A los filósofos de esa época les gustaba buscar ejemplos en el día a día. Para explicar esto, decía que las personas éramos como un madero torcido: para ponerlo recto, habría que empujarlo y torcerlo para el lado contrario. Sin duda, tiene bastante sentido.

    Y luego vino la Historia. Los intereses económicos y espirituales que guiaban las sociedades según unos magnates u otros. Aristóteles influyó profundamente en el pensamiento de la escolástica religiosa, pero no deben entenderse como lo mismo. De hecho, el pensamiento aristotélico fue utilizado por la Iglesia durante el medievo. Desconozco si Aristóteles tenía o no razón, pero que su impronta está en nuestro pensamiento más profundo es un hecho porque su modelo ético fue un existazo.

    Los cristianos ortodoxos en el siglo XIX decían que las sociedades católicas acabarían siendo ateas por su manera de entender la vida. No sé si ser ateo es positivo o negativo, pero sin duda los ortodoxos no se equivocaron. Ha habido una implosión en el pensamiento religioso y miramos hacia Oriente buscando a Buda, el Karma o a Ganesha: la suerte, la serenidad, la felicidad humana. A mí personalmente, el fundamentalismo religioso me abruma y me parece demasiado simple para entender la complejidad de la vida. Así que he mirado hacia los precedentes del cristianismo y me he encontrado a un tal Aristóteles buscando el camino de la felicidad. Sin duda, si esta Ética a Nicómaco se publicara hoy con otro título, otro estilo y otro autor, sería un bombazo y vendería cientos de miles de libros dentro del género de la autoayuda.

    Para los más pragmáticos, me gustaría señalar, a modo de glosa, el pensamiento de otro filósofo contemporáneo, un poco más antiguo, llamado Diógenes de Sinope, el que da nombre al célebre Síndrome de Diógenes. Se le representaba durmiendo y viviendo en una tinaja, su profesión era la de vagabundo. Como Aristóteles, también buscaba la felicidad, pero este renunciaba a todo lo que fuera innecesario. Por ejemplo, se dice que Diógenes vagaba por el mundo sólo con una manta, una bolsa, un bastón y un cuenco para beber agua. Un día vio unos niños bebiendo agua de una fuente con las manos y Diógenes tiró el cuenco. Otra anécdota famosa es la de su encuentro con Alejandro Magno, el hombre más poderoso de aquel mundo. Alejandro fue a ver a Diógenes que estaba tirado en el campo y le dijo: Pídeme lo que desees, que yo lo conseguiré para ti.

    Diógenes lo miró largamente y al fin contestó: Deseo que te apartes, que me tapas el sol.

  • Un café para Platón

    Un café para Platón

    Acabo de terminar dos obras importantes para la historia de la literatura, la filosofía y la cultura en general: Fedón y Fedro. Dos mancebos griegos amigos-amantes de Sócrates que se dejan enseñar por el primer filósofo, que no sabio. Mentiría si no dijera que hay muchas cosas que se escapan a mis referencias y que las he leído sin detenerme, como el que lee una novela, intentando descubrir el misterio entre líneas, dando por supuesto que no lograría aprehender la totalidad de la obra ni del pensamiento helenístico.

    Lo que más sorprende son las coordenadas dualistas: lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo justo y lo injusto, etc. Se da por sentado que existen dichas realidades como lo alto y lo bajo, lo grande y lo pequeño, el calor y el frío. En sus parlamentos, los filósofos califican las dudas como posturas del vulgo: ¿Hay vida más allá de la muerte? El vulgo afirma que quizá no la hay, etc. Me ha decepcionado esta concepción presente en el Fedón, como si fuera cosa de nobles el conocimiento innato y desterrar así la sentencia a la que tantas veces se refieren los profesores de filosofía: solo sé que no sé nada. Yo no sé de dónde la han sacado, pero en el Sócrates platónico, las dudas son cosas de los ignorantes y la mayéutica se basa en preguntas retóricas que se contesta a él mismo y en el que todos los oyentes coinciden y dicen: No podría ser de otro modo.

    Por supuesto que podría ser de otro modo, dice el lector. Siguiendo el planteamiento de ese dualismo atroz, se desprecia el cuerpo y se alaba el alma con liberalidad pueril. Además, por muchas cábalas y silogismos que se planteen, solo tenemos claro que existe una de las dos cosas. Así, se desprecia lo que existe en pro de lo que puede existir o no, ser o no ser, ésa es la cuestión, querido Platón. El argumento más sólido que he podido extraer que respalde la existencia del alma es la concepción de lo perfecto: podemos imaginar la perfección, podemos acotarla de distintas maneras, pero no podemos hacer que exista. Luego, en alguna parte hemos visto lo perfecto, el concepto, lo que es igual a sí mismo, el absoluto, lo infinito, lo divino, lo imposible. Entonces es el alma quien guarda recuerdo de esas ideas y en la vida lo único que hacemos es recordarlas, buscar sus semejanzas, siempre imperfectas, siempre defectuosas, en el mundo sensible: aquel que percibimos mediante nuestros imperfectos y defectuosos sentidos. Bueno, es bastante certero el planteamiento, pero es del todo insuficiente.

    Resulta curioso que se planteen estas cuestiones —de carácter tan personal, tan sentimental, tan irracional, en definitiva— desde el punto de vista de la razón: me parece un despropósito. Hasta el más recalcitrante de los ateos intuye que hay algo más allá de lo tangible, de lo que se ve, se toca y se oye. Sin quererlo su razón, cree que existen sinergias que operan en su vida que no tienen explicación racional: esto podía haber sido de cualquier manera y, no obstante, fue de la manera en que yo presentí que sería: ¿por qué?, se preguntan el filósofo y el ignorante. Así, Platón, la razón quizá es tan defectuosa como cualquiera de los sentidos corporales con los que se descodifica lo que tú llamas realidad, verdad, idea, y yo solo atino a llamar sueño, sombra, ficción.

    Dos milenios más tarde, vino Nietzsche a decirnos que dioses habían muerto porque habíamos dejado de creer en ellos. Los hombres y las mujeres hemos inventado a Dios. Vale, pero eso sigue sin responder quién es nuestro inventor necesario, y eso deja un espacio para que las sectas de toda índole saquen tajada con historietas vagas sobre el origen del mundo, las cuales cada una entiende a su manera defectuosa e imperfecta. Lo único que está claro es que la humanidad no ha inventado a la humanidad, ni la naturaleza, ni tampoco ha encendido ni una sola de las estrellas incontables del cielo. Si a ese misterio lo llamamos Dios, entonces, querido Nietzsche, Dios sigue existiendo.

    Pero volviendo a Platón, también me perturban las ideas peregrinas presentes en Fedro, el bello mito del auriga y los dos caballos, como afirma la contraportada del libro, se encuentra en esta obra. Y dice, al fin, en su dualismo, que hay que maltratar al caballo negro —el de las bajas pasiones como el odio, el miedo o la concupiscencia— y mimar al caballo blanco, que es su contrario. Así, ascenderemos al mundo de las ideas al cual nuestra alma pertenece. Y al describirlo con toda suerte de detalles, que más me parecen fantasía que racionalismo, llego a la conclusión a la que llegó Joaquín Sabina mientras empuñaba un cigarrillo y un güisqui; preguntado en un programa de televisión, de cuyo nombre no quiero acordarme, por la vida eterna dijo: hay vida más allá… pero no es vida.

    Debo decir que me parece muy bello el mito del auriga y sus caballos, pero discrepo en la propuesta de maltratar a uno y regalar al otro; ambos son los que tiran del carro. Aunque contradictorios, habrá que sacar a veces la visceralidad del odio para superar los desiertos del camino y llegar a los vergeles donde nuestro amor pueda mostrarse con todo lustre. El caballo blanco es noble, pero es débil. El negro es malo, pero es fuerte. Ambas corrientes habitan en el corazón, o en el inconsciente, de todas las personas. Ninguna es prescindible, las dos son necesarias. Y adónde el camino irá, lo decide el auriga. Y cuál es el camino mejor, eso no lo sabe nadie. Y quien diga saberlo miente.

    Estas son las conclusiones que saco después de leer a Platón. Lo que más me ha gustado de ambas obras, Fedón y Fedro, es el final. En ambas, Sócrates acaba por recordar un mito y empiezan los dos con la misma idea: esta historia puede ser verdad o no, pero yo creo que es válida. Así, al final, todo se resume en la sentencia: Solo sé que no sé nada.