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    Roma eterna, amor fugaz

    1. El principio

    Roma es una ciudad bastante sucia. Llegué un lunes por la tarde y me sorprendió el paisaje que cruzaba frente a mí durante el trayecto del aeropuerto al centro de la ciudad: los suburbios aledaños a las vías del tren estaban especialmente sucios, pintados con grafiti, máquinas tiradas y herrumbrosas por doquier. Me parecía estar viajando a un pueblo del Sur, no entrando en una capital europea, nada menos que la Ciudad Eterna.

    Llegué al hotel y un tal Damiano me esperaba para entregarme las llaves de mi habitación. Plaza Pío XI. Me parecía que el lugar sería especial por encontrarse a apenas dos quilómetros de la Ciudad del Vaticano. No obstante, daba la sensación de estar muy alejado. Las calles eran comunes, un paisaje de periferia con sus aceras de asfalto y sus contenedores repletos de basura donde buscaban suerte los extracomunitarios. Quise hacerle notar a Damiano mi desazón y asegurarme de que el centro se encontraba tan cerca como lo situaba el mapa, en efecto, Internet no me había mentido. En apenas cinco paradas de autobús, uno se encontraba atravesando las aguas del Tíber.

    El recepcionista era fumador y lucía un paquete de tabaco en el bolsillo delantero de la camisa. Me pidió la documentación y yo, mientras tanto, le hacía preguntas al respecto de dónde conseguir las cosas que se me habían olvidado en casa: un cargador para el teléfono, un supermercado con droguería, un banco, un sitio para comer-cenar dado que llevaba todo el día con el estómago vacío. Con una voz rota y viril, como la mía -no sería mucho mayor que yo-, Damiano me informó en itañol (mezcla de dos idiomas hermanos) donde se encontraba todo lo que yo quería: el sitio más lejano estaba a apenas dos minutos andando desde el edificio donde me hospedaba. Después de todo, me alegré de que el centro se encontrara al otro lado del río, habría sido difícil para mí realizar todos los recados de forma ágil si me hubiera encontrado en una calle donde solo hubiera comercios de souvenirs. Salimos juntos del edificio dado que Daminao acababa su turno a las ocho en punto y ya eran las siete y cuarto. Luego me quedé solo.

    Cené una carbonara y demás está decir lo buena que estaba. Lo único que no me gustaba, a pesar de no encontrarme en la ciudad vieja, es que en el restaurante sólo había clientes del norte de Europa, turistas como yo a quienes clavarían una factura demasiado alta por unos platos que creeríamos auténticamente italianos. Pero, en fin, yo estaba cansado por el viaje y de buen humor por llevarme algo al estómago.

    Venciendo la tentación de irme al hotel a descansar, crucé la calle y me subí al primer autobús que se dirigía al centro. Previamente, había pasado por un banco donde me fue imposible sacar efectivo. No había otra sucursal a la vista, así que me subí al vehículo con la esperanza de poder pagar mi billete con tarjeta de crédito. Al mostrarle mi intención al conductor, este me miró por encima del hombro, hizo un gesto de indiferencia, miró al frente y cerró las puertas del autobús. Me quedé algo sorprendido, sin entender bien lo que pasaba. Una chica, a mi lado, vio la escena y me informó en inglés que los autobuses no aceptaban el pago con tarjeta. Pero yo ya estaba subido, le hice notar, y ella me instó a no decir gran cosa y dejarme llevar gratis por las calles de Roma. Me preguntó dónde iba y le contesté con el nombre de una pizzería: Trastevere.

    Resulta que ella, cuyo nombre nunca me dijo, trabajaba cerca y nos bajábamos en la misma parada. Era enfermera en uno de esos hospitales que, luego lo confirmé, parecían sanatorios de la Edad Media -no me gustaría estar ingresado en uno de esos. La buena conversación hizo que el tiempo pasara volando y, llegados al río, me indicó por dónde tenía que seguir mi camino a pie. Pensé en intentar coger el número de aquella chica pero yo ya tenía un amor en Roma, la persona que me había recomendado que, aquella primera noche solo, me dirigiera al barrio bohemio, que seguro que te piac(h)erà.

    Trastevere significa “tras el río Tíber”. Como en otras ciudades fluviales donde yo había pernoctado -Madrid, Londres- los barrios situados al otro lado del río -Carabanchel, Hammersmith- eran mucho más pobres y no tenían nada que ofrecer a los turistas. Pero en Roma la pobreza es una gala. Mientras bajaba el paseo junto al ancho río, observaba cómo caía la tarde bajo los grandes arcos de los puentes. Allí se preparaban para recibir otra noche húmeda algunos vagabundos solitarios, separados entre sí entre puente y puente. Cuando pisé por primera vez el barrio, la música me invadió por todos los flancos. La gente se arremolinaba en una plaza de donde partían varias calles sinuosas hacia todas las direcciones. Supe que había llegado a mi destino y, para asegurarme, le pregunté a una transeúnte, señalando con el dedo, con los ojos iluminados y los oídos encendidos, si aquello de allí era Trastevere. Me contestó que sí.

    Nunca consulto las guías de viaje cuando visito un lugar. En ocasiones, como en este caso, tenía información de algunos monumentos por haberlos estudiado en los libros de historia, pero apenas sabía dónde se encontraban. Me gusta dejarme llevar por las calles, por la vida, y encontrar lo que Fortuna quiera. No tengo interés en meterme en un lugar emblemático si algo no me ha llevado allí. En otras ciudades uno corre el riesgo de no encontrar nada, de acabar en un espacio liminal, pero en Roma uno lo encuentra todo.

    Guiado por el ritmo de las calles donde artistas entonaban canciones que yo conocía -rock clásico principalmente o tangos de Gardel- me iba internando por entre los muros de las estrechas avenidas. Como era el barrio bohemio, no me costó demasiado encontrar un estanco; como era un barrio turístico, tampoco me supuso ninguna dificultad sacar, por fin, dinero. Demás está hablar de la preciosidad del sitio para quien encuentra en la decadencia un aroma cálido y embriagador. Siguiendo la música de los artistas desconocidos, atravesando puestos de pasta donde se formaban largas colas de turistas centroeuropeos hambrientos, encontré una plazuela sin saber que me quedaría allí hasta que cayera la noche.

    Había una tienda de campaña verde-militar y dos soldados con sendos subfusiles, una iglesia, restaurantes, bares, puestos callejeros de bisutería y mesitas de playa donde tres hechiceros -dos brujas y un mago- echaban las cartas delante del portal de la iglesia. Me resultó curioso este hecho dado que sabía que la religión católica considera pecaminoso y satánico el uso y el consumo del esoterismo: pero, en Roma, Dios y el Diablo convergen en la misma sucia vía. Un rastafari negro tocaba maravillosamente la guitarra y nos íbamos arremolinando bajo sus notas, asistiendo a una misa pagana que me llenaba los ojos de lágrimas y me ponía el vello de punta. La voz de aquel tipo, el modo en el que golpeaba la guitarra y arrancaba de ella los acordes, era tan especial y genuino que el músico que lo acompañaba, un hombre blanco con sombrero de cowboy y guitarra eléctrica, parecía que no tuviera ni idea de hacer música. Al cabo de un tiempo indeterminado -quince minutos o una hora- continué mi camino dejando la plaza tras de mí. Encontré otra donde se celebraba un concierto por la paz: entidades católicas de toda Europa se reunían para clamar por la convivencia y por su supervivencia. Soy consciente de los horrores del catolicismo y de la Santa Madre Iglesia, pero no podía evitar una sonrisa de oreja a oreja, hacer fotos y saltar con el párroco joven que llevaba la batuta de la orquestra rock católico y virginal. En la enésima iglesia, un mosaico dorado en lo alto de la fachada mostraba santos personajes rodeados de pan de oro y palmeras. Continué mi camino, pero volví sobre mis pasos cuando se acabaron las calles peatonales y se ensancharon para que cupiesen coches. Aquello no me interesaba, volví donde los tarotistas y me senté en el portal de la iglesia, justo detrás del rastafari que mezclaba el tema No Woman No Cry de Bob Marley con Let It Be de Paul McCartney.

    Luego, cuando el rastamán recogía sus bártulos, dos guitarristas más mediocres se pusieron a interpretar canciones más actuales, a los que nadie parecía prestar atención excepto yo, que estaba justo detrás de ellos, con un gin tonic en un vaso de plástico y un cigarrillo en la otra mano. Solté las amarras de mi alma y me llené de la noche romana.

    Estaba en otro país, completamente solo, pero no me lo parecía. No echaba de menos a nadie. Quizá mi posible acompañante no habría entendido mi afición por la música en directo de ahora, ayer y siempre; tampoco se había arriesgado a fumar tabaco de liar y a beber un cubata delante de un puesto del ejército -los cuales no me dijeron nada, como ya supuse. Al día siguiente iba a reunirme con otra Roma. Pensé entonces que si la cosa se torcía y la cita no resultaba como era deseable, lo cual era un riesgo evidente, no me importaría disfrutar el resto del tiempo así, entregado a la ciudad en cuerpo y alma.

    Al cabo de tres copas, la música se terminó. Era un buen momento para volver al hotel y al fin, descansar, pero quise hacerlo por el camino más largo. No conocía el barrio, así que rápidamente me perdí por calles sorprendentemente oscuras que inquietaban al misterio. Al cruzarme con los paseantes no podía distinguir su rostro, éramos sombras los unos para los otros y sentía que su desazón era el mismo que el mío al mirarnos furtivamente. Sabía que el río quedaba a la derecha y lo encontré torciendo la primera calle. No andaba lejos y una vez junto a la margen de piedra divisé no muy lejos un puente antiquísimo e iluminado. Bastantes paseantes lo cruzaban y me dirigí hacia él. Cualquier parada de autobús era buena para mí dado que no sabía cuál era la buena.

    La brisa me acariciaba mientras cruzaba hacia la parte noble y antigua de la ciudad. Frente a mí, una calle sinuosa, aunque esta vez más recta que al otro lado del río, se torcía más adelante y la seguí sin saber qué encontraría unos metros más allá. De una tienda salía música de AC/DC y la dependienta me invitó a entrar. Aproveché para preguntar dónde tenía que coger el autobús y me dieron indicaciones lo suficientemente vagas para llegar a mi próximo alto en el camino y no irme todavía a descansar los pies.  

    Tuerce a la derecha y continúa recto, cuando llegues a una calle que cruza, la parada está a la derecha de nuevo. Encontré la avenida transversal por donde pasaban taxis y coches y me asaltó, otra vez, la música. En un bar que hacía esquina, había gente bailando en la puerta un rock and jazz antiguo y muy bien ejecutado. Miré hacia dentro y unos músicos -saxo, batería, guitarra, contrabajo, cantante femenina- lo daban todo como si solo existiera aquel último local sobre la Tierra. No pude resistir la tentación de entrar y pedir una ginebra con tónica. El dueño del local, bastante exclusivo, me dedicó una mirada de desprecio y me cobró diez euros por una copa demasiado sencilla para su buen gusto. Pero me daba lo mismo, no me incomodaba estar sentado rodeado de ricos ignorantes porque yo estaba allí por la música, que era fantástica. Me senté en la barra frente a los músicos, que imaginé tan pobres como yo, y me dediqué a emborracharme con su actuación por la que habría pagado todo lo que me quedaba en el bolsillo.

    Más tarde, salí del local en busca de la parada de autobús. Dos señoras italianas habían salido de fiesta y les pregunté cómo llegar a la plaza donde se encontraba mi hotel. Me informaron de que debía bajarme al cabo de unos diez minutos y esperar allí a un autobús que me llevaría, seguramente, a Pío XI. La conversación con ellas era muy aminada. Me dijeron que aquello era Roma y que no tuviera prisa a que llegara el autobús, yo me reía y contestaba que no tenía prisa ninguna, que tenían una ciudad maravillosa. No tardó demasiado y, una vez dentro del transporte público gratuito, me explicaron singularidades de los edificios que íbamos dejando atrás dado que ambas eran guías turísticas y yo no tenía ningún reparo en preguntarles por las bellezas que veíamos de pasada. El dato que más me impactó fue cuando pasamos por delante de un sanatorio, todavía en funcionamiento, que constituía il primo ospedale in tutta Europa.  

    Bajé frente a los muros de la Ciudad del Vaticano a esperar el siguiente autobús. Como no estaba seguro de si me llevaría a mi hotel, pregunté a un extracomunitario que esperaba en la parada. El hombre, muy amablemente, me contó que él iba en mi misma dirección y que me avisaría cuando llegásemos a Pío XI. Yo hacía tiempo que no tenía batería en el móvil, así que dependía de la buena voluntad de los romanos para llegar.

    Nunca me sentí solo, jamás aburrido. Más bien al contrario, si todos los días iban a ser como esa tarde y esa noche: fermati, istante, sei così bella. Al cargar mi teléfono, mi amiga me había llamado varias veces, preocupada por mi situación: yo en una ciudad desconocida y sin contestar. No pasaba nada, tranquila, me lo había pasado bomba.

    Y solo era el principio.

    …

    2. Roma eterna

    Quedamos en vernos al día siguiente. Debía recogerla en la estación de Termini sobre las diez y media de la mañana. Que descanses. Tengo ganas de abrazarte. Adiós. Bacio.

    Me desperté emocionado por el nuevo día. Tomé una ducha y me dirigí hacia la parada de metro, que quedaba a unos pocos pasos del hotel. Empezaba a enamorarme también de ese barrio de la periferia. La vida se desarrollaba con normalidad un día entre semana. Antes de bajar las escaleras del suburbano, entré en una cafetería cualquiera, antigua, como las que hay en España: barra de metal y taburetes de contrachapado. Pedí un café solo y sólo necesité mirar la antigua cafetera para darme cuenta de que estaría buenísimo, ni mejor ni peor que en mi país, si uno sabe dónde encontrar lo bueno. Lo mejor no fue el sabor del café, fue que su precio estaba por debajo del euro, Ottanta, dijo la vieja matrona, y yo entendí que sólo me pedía ochenta céntimos por mi café solo.

    Al salir a la calle, el cielo me parecía más azul y las nubes más blancas. Bajé las oscuras escalinatas hacia el andén y me subí al primer tren que me llevará a Termini. El vagón estaba vacío, supuse que los romanos preferían moverse en coche, en vespa o en autobús, que salía gratis. Podía haberlo intentado, pero no quería fallarle a mi Roma.

    Subí al edificio y me uní al río de gentes que iban de un lado a otro, buscando su destino. Me llamaron la atención los altos techos y la cantidad de negros que poblaban el vestíbulo. Aquel lugar era su centro de operaciones y le otorgaba al espacio un aire de zoco africano en pleno centro de la capital del catolicismo. Todavía me quedaba tiempo, así que decidí buscar una floristería y compré una rosa roja. Verme paseando por la estación, bastante descuidada, pero populosa de Termini, con una rosa en la mano atraía la mirada de algunos transeúntes, también de los negros, y todo el mundo sonreía.

    Habíamos quedado en vernos en una de las entradas de la estación. Al llegar vi que era la menos concurrida. Algunos taxistas hacían tiempo, esperando los clientes a la sombra. La temperatura era primaveral y no había demasiado ruido en el ambiente. Un poco antes había divisado un McDonald’s encastado en un muro milenario. Las palomas antiquísimas se arremolinaban nerviosamente en busca de alguna patata frita americana. Empezaba a esbozar aquellos contrastes en mi cabeza cuando vi aparecer a Sofia.

    Vestía un vestido apretado con volantes, que ceñía sus pechos decididos y su cintura breve. Sus caderas eran generosas, pero sin exagerar. Sus piernas no eran largas, pero estaban bien torneadas y morenas. El pelo castaño le caía sobre los hombros, recogido en una pinza por detrás. Sus ojos eran grandes y sus labios carnosos. Sofia era siciliana y yo creía ver la honda tradición mediterránea en sus rasgos levemente afilados, en la nariz casi prominente que comparten los árabes, los judíos y los cristianos del sur. Son nuestros defectos los que nos hacen adorables, y a mí ella me parecía el colmo de la belleza bajo aquella mañana italiana. Como había visto la rosa, a medida que se acercaba, reía afectuosa y yo supe que ya estaba todo hecho. Llevábamos un año sin vernos, la vez anterior en Barcelona. Ella era turista y yo trabajaba para el turismo. Muchos meses sin contacto y sin demasiada confianza, pero los dioses paganos otorgan su bendición a los corazones valientes y, cuando la tuve entre mis brazos, la besé, nos besamos en un largo y apasionado beso que se terminó cuando ella miró, y yo le di, la rosa. Oh, dijo con una expresión de alegría. Y volvimos a abrazarnos bajo la mirada atenta de los taxistas y de los negros, que entonces pensaban que yo era el tipo más afortunado del mundo conocido. Sofia me dijo que estaba más gordo, reí y nos fuimos.

    No tardamos mucho en llegar a mi hotel por el mismo camino por donde había llegado. Sentados en el metro nos abrazábamos de vez en cuando y nos poníamos al día, ambos nerviosos y excitados por lo que teníamos entre manos. Hubo algunos momentos de desenfreno bajo el subsuelo romano, en el casi solitario vagón de metro, que suavizábamos con conversaciones intrascendentes sobre el trabajo o mi viaje. Ella se dedicaba también al turismo en un hotel de lujo en una villa cercana, Civitavecchia, a una hora de allí. Yo le conté mi noche anterior por el barrio del Trastevere.

    Subimos hasta la habitación en relativa calma, como si fuéramos solo dos amigos que han quedado en verse inocentemente. Saludamos a Damiano en la recepción y me miró con cara de Será cabrón. Hablaron un momento Sofia y él en un italiano rápido que entendí a medias. Corté la conversación alegando prisa, temeroso de que la conversación se alargara demasiado y enfriara los planes que ambos teníamos en mente.

    Muy castamente, traspasamos la puerta de mi habitación y, al cerrarla, la castidad quedó fuera. Nos abrazamos como su fuéramos los últimos seres humanos sobre este mundo, nos besábamos como si estuviéramos sedientos y quisiéramos beber de la boca del otro. Mientras mis manos recorrían su cuerpo por debajo de la ropa, sentía su respiración, caliente, su lengua húmeda sobre mi cuello. Su carne era suave, tierna, cálida. Sus manos eran femeninas pero fuertes, nobles manos de mujer a quien no se le caían los anillos por trabajar, por manejarme. Me deshizo el cinturón y los pantalones cayeron al suelo como las hojas. Me quitó la camiseta y miró mi cuerpo, lejos del ideal hercúleo, pero vital y lleno de hambre. La liberé del vestido como de un velo mágico y caímos sobre el lecho de la cama. Le quité el sostén con delicadeza y sus pechos se revelaron más pequeños de lo que prometían. Ella descubrió mi desnudez también y nos quedamos un momento, un leve segundo, observándonos. Los defectos de la carne, aquellos que nos hacía humanos y que la ropa tapaba, nos juntaban en una unión divina.

    Con delicadeza, le quité lo que quedaba por descubrir y nos fundimos en dos besos simultáneos, el de la boca y el de los sexos. El tiempo pasa a ser relativo cuando se producen contactos de esta clase, estuvimos un rato yendo y viniendo, oliéndonos, lamiéndonos, comiéndonos cada vez más fuerte y más duro. Antes de que todo terminara, cambiamos de postura. Divisé el lecho y las sábanas blancas revueltas. Su maleta miraba la escena desde una esquina como un gato negro, las paredes eran azules y el cabezal de la cama blanco. En la parte inferior de la espalda, Sofia lucía un tribal tatuado, muy típico de la época de los dos mil. Ella había sido una chica de barrio, como yo. Eran muchas las coincidencias que, sin saberlo, nos conciliaban. No pensé demasiado en todo ello y me uní de nuevo a ella desde esa perspectiva. La tomé suavemente del pelo con una mano y con la otra la acariciaba de arriba abajo, desde la espalda hasta el muslo. Poco a poco fuimos subiendo de intensidad de nuevo y miré todos los detalles de la pared azul para no terminar antes que ella. Por la forma en que arqueaba hacia fuera la espalda, por la voz entrecortada como me hablaba, supe que el momento estaba cerca. Apuré las últimas fuerzas de mi concentración y la sentí explotar de un modo elegante, sin exageración pero con intensidad. Llegados a este punto, no lo resistí más y le manché en varias oleadas el tribal que lucía sobre su espalda morena.

    Llegó la calma, se hizo el silencio, casi se apagó todo. Poco a poco fueron volviendo los colores y las luces de mundo. Allí estábamos, uno encima del otro, sucios y felices, cansados pero contentos. Mucho tiempo, me dijo. No entiendo, le contesté. Mucho tiempo sin… Me miraba con sus ojos grandes y sus labios carnosos. Era una mujer atractiva, seguro que tendría a muchas babosas detrás de ella, como todas, pero extrañamente me había escogido a mí. Me parecía un misterio, No entiendo, dije.

    Se levantó divertida y entró en el baño. En su ausencia, yo miraba la luz del medio día que entraba por la ventana. Me parecía curioso el grado de complicidad se producía cuando se intimaba con una persona desconocida, se entraba en otra dimensión diferente y ya nada volvía a ser igual entre esos dos seres. Sofia y yo conocíamos la desnudez del otro y eso parecía situarnos en un plano diferente. Cuando saliéramos de la habitación tanto Damiano como cualquiera sabría que ahora éramos algo más que amigos castos.

    Se metió en la cama conmigo y hablamos de nuestra vida. Ella había estado mucho tiempo sola, y yo también. Trabajaba mucho y tenía poco tiempo libre, y yo tampoco. Tenía el sueño de viajar a España y supuse que ese era mi mejor baza. Para muchos extranjeros, el simple hecho de hablar bien el español constituye un atractivo que la mayoría no sabe aprovechar. Le dije que a mí no me importaría vivir en Roma para siempre, que me encantaba la ciudad, la gente, la vida y, por encima de todo, ella, exageré. Le gustó y me contó que había sufrido mucho en Italia. Sentí una honda pena, que casi me movía a las lágrimas, y la abracé de nuevo, la besé de nuevo, me endurecí nuevamente y ella se dio cuenta. Esta vez, en vez de repetir el mismo baile de antes, fue ella quien tomó la iniciativa y me dejé llevar. Vi sus bellos ojos alejarse de los míos sobre mi vientre, vi su melena caer sobre mis muslos, su nariz contra mi piel, sus labios generosos y su lengua caliente y húmeda bajo mi ombligo. Si el éxtasis era posible, era sinónimo de aquello. Solo se oía ese acuoso y suave sonido, como de peces en una balsa tranquila. Yo respiraba y simplemente disfrutaba del regalo que ella me hacía, de vivir.

    Terminamos pronto. Teníamos prisa por salir y visitar la ciudad. Empezamos a tener hambre por la actividad pero no prisa por comer. Decidimos coger un autobús e irnos, de la mano, a perdernos por las calles de la ciudad del amor, las calles de Roma eterna.

    …

    3. Como el amor

    Solo disponíamos de un día. Sofia pasaría la noche conmigo y al día siguiente nos marcharíamos, ella a su trabajo y yo a mi país. Se trataba de un amor solo posible en el siglo de los vuelos de bajo coste y los teléfonos móviles, al menos para dos ciudadanos de clase media. Miraba la ciudad pasar en los ojos de ella. Al apearnos estábamos en una zona de anchos muros y hondos fosos, una fortaleza inexpugnable de la época de los grandes emperadores. La ciudad romana de extendía, pero solo buscábamos un sitio donde comer pasta y reponer fuerzas. Terminamos en un restaurante para turistas. Los camareros se sorprendían al ver que ella era italiana y yo español, normalmente la historia se producía a la inversa por la escasa confianza de mis compatriotas, supuse.

    Paseamos por el Foro, en cuya área cabía todo el casco antiguo de Tarragona. Ambas ciudades, la mía y la de Sofia, eran hermanas de la misma época. Roma era la mayor pero no única heredera del pasado glorioso que una vez compartimos los mediterráneos. Visitamos el Coliseo y, contra todo pronóstico, no me sorprendió. Yo buscaba un arco por donde la luz azul del mar se colara por entre las piedras, como sucedía en el Anfiteatro de mi ciudad, pero no lo hallé, y me decepcionó sin quererlo. Observé que las gaviotas eran muy confiadas, casi violentas, con la inteligencia malvada de esos simios que pueden verse en documentales sobre templos en países de Oriente; gaviotas milenarias que por centurias habían visto pasar turistas de todas las épocas y países.

    Visitamos la ciudad del Renacimiento y el Barroco. Plaza de España y la Fontana di Trevi. Extrañamente no me sorprendió ni me sobrecogió la belleza armoniosa del siglo de oro. La Fontana me pareció pequeña y demasiado blanca, como de yeso. Tan limpia y conservada que no encajaba con el espíritu decadente de la ciudad. Todas las iglesias estaban abiertas y se podían visitar. Entramos en una cercana a la plaza y Sofia se arrodilló a la entrada. Sus piernas se mostraron en toda su generosidad bajo la falda del vestido al realizar la genuflexión y a mí, dentro del templo y bajo la mirada atenta y balsámica de nuestro Dios hecho hombre, me pareció esa visión el sumun del erotismo. Nos mantuvimos a cierta distancia mientras paseábamos por la casa de Cristo y al salir al cabo de poco rato la abracé con el deseo renovado, Sofia se sorprendió y rio contenta.

    Vimos el Panteón y demás monumentos hasta que empezó a caer la tarde. Caminamos unos cuantos quilómetros y al llegar a la plaza de san Marcos, frente al parlamento y la columna trajana, nos sentamos en un parque. Comiendo un gelato, ella me contó la historia de su exnovio. El tipo era policía y le había puesto los cuernos. Después de muchos años, él la había repudiado y no podía volver a su isla con la misma cara, porque todavía funcionaban en aquel mundo algunas tradiciones antiguas e injustas. Yo la miraba en silencio y sentía cierta tristeza por la realidad que nos iba circundando a medida que la noche se acercaba. Iba llegando el momento de la despedida y el sueño se terminaría, como una vez había caído el sueño del Imperio Romano, a pesar de Trajano.

    Volvimos al hotel más taciturnos y cenamos en cualquier sitio. Estábamos realmente cansados por la actividad y aún nos quedaba el día siguiente. Teníamos ganas de abrazarnos hasta ahuyentar la dulce tristeza que había llegado con las nubes que amenazaban lluvia. Subimos a un autobús y tomamos uno que iba en dirección a Pío XI.

    Como el hotel quedaba a pocos minutos de la Ciudad del Vaticano, estaba de camino. Era tarde y no habíamos cenado, empezaba a hacer frío pero quizá aquella sería la última noche en Roma para ambos. Nos bajamos en la ciudad santa y al poco estábamos en mitad de la Plaza de San Pedro. No había nadie, era oscuro y empezó a llover muy fuerte. Nos refugiamos bajo los porches curvados. La llamaron y Sofia anduvo hablando por teléfono un rato. Mientras, yo paseaba por entre las columnas y miraba aquella plaza que había visto tantas veces en las noticias, pensando en qué sobrecogedora era cuando llovía. En aquel viaje no visitaría el interior del Vaticano, no me importaba. El turismo salvajemente organizado estaba lejos de mi romanticismo salvajemente desorganizado.

    Este es el lugar perfecto para el final de una película. Le dije cuando se acercaba. No me reveló el motivo de la llamada ni tampoco quise saberlo. Al fin y al cabo, éramos dos extraños en un mundo extraño bajo la mirada atenta de estatuas extrañas sobre los tejados. Ella tenía frío y me abrazó. Era el momento de volver al hotel y descansar.

    Las calles se convirtieron en ríos y los autobuses en vehículos acuáticos. Llegamos al hotel con los pies mojados y con el frío dentro del cuerpo. Entramos en el plato de ducha y nos amamos por última vez en aquel día. De pie y cansados, pero aún vivos.

    Dormimos del tirón hasta el día siguiente. La llegada del nuevo amanecer significaba el fin de nuestra historia, pero ninguno de los dos se lo hizo saber al otro. Un poco taciturnos, preparamos el equipaje y bajamos a buscar un sitio donde desayunar. La mañana, después de la lluvia, se presentaba transparente y limpia. Nubes blancas, esponjosas, surcaban el cielo azul. Como no sabíamos dónde tomar un café, dimos una vuelta por el barrio. En la mitad de una cuesta se hallaba el estudio de un viejo pintor.

    Un señor mayor vendía sus paisajes marítimos en un almacén polvoriento. Todos los cuadros, en diferentes tamaños, tenían los mismos motivos: el mar, unas barcas, la arena de la playa, el cielo azul. No era ni mucho menos el negocio de un galerista, sino más bien el de un maestro alfarero que, en este caso, se dedicaba a pintar paisajes. Había algo mágico en aquellos lienzos, que por otra parte no eran muy caros. Como no quería irme de la ciudad sin un recuerdo, decidí entrar en la tienda y ver si podía llevarme un poco de Roma a casa. Sofia y el viejo pintor estuvieron hablando mientras yo observaba las pinturas. Escogí una en formato pequeño y le hice saber al caballero que quería esa. Me dijo, en un italiano ininteligible, que había hecho una buena elección, porque le gustaba especialmente de ese lienzo cómo le habían salido las nubes. Ya nadie mira las nubes, porque todo el mundo mira los móviles, nos dijo con su lengua antigua. Cuando me disponía a pagar, y a dejar al viejo y el mar con su melancolía, Sofia pagó por mí.

    Salimos cargando el pequeño cuadro, que no era mayor que una fotografía, y seguimos la calle buscando la ciudad. Todavía nos quedaba la mañana y podríamos compartir los últimos momentos del día juntos antes de separarnos, quizá para siempre. Ambos sabíamos, en el fondo de aquella mañana, que lo nuestro no tenía el más mínimo futuro, que dioses extraños habían unido nuestros caminos y que pronto estos llegaban a su fin. A pesar de haber disfrutado tanto del tiempo juntos, la felicidad estaba en lo efímero.   

    Antes de separarnos, dimos un paseo por un parque cerca del Tíber. Muchos cuentos en mi vida han terminado así, con un río al fondo del cuadro. Hablábamos de asuntos intrascendentes, sabiendo que pronto volveríamos a la estación de Termini para coger dos trenes con destinos diferentes. Pero de momento era media mañana e íbamos cogidos de la mano. En un banco del parque, un violinista tañía una bella canción que emocionó mucho a Sofia. Se recostó contra mí y la estreché con mi brazo con más ímpetu, mientras mirábamos la música a poca distancia. Esta iba a ser la canción de mi boda, dijo en italiano, y entonó la dulce melodía mientras sonreía tristemente.

    La puse frente a mí y coloqué sus brazos sobre mis hombros y mis manos en su cintura. Bailamos muy cerca y despacio, al ritmo de las largas notas, como si ese fuera la noche de nuestra boda: un día que no olvidaríamos nunca. Por un momento, mientras duró la música, ella y yo bailábamos en una sala llena de amigos y familiares, de caras radiantes de alegría y de contento por nuestra unión. Ella vestía de blanco y yo de negro, éramos felices y siempre lo seríamos. Puso su cabeza en mi pecho y yo mi sien contra su pelo. Cerramos los ojos y el tiempo se detuvo en la eternidad de ese instante tan bello.

    Cesó la música y dimos unas cuantas monedas al chico del violín. Estuvimos hablando un poco con él, era un estudiante que había ido a Roma en busca de un golpe de suerte, en busca de fama y dinero, lo cual tardaba en producirse. La vida es así. Nos da todo y nos lo quita, nada se puede hacer, sólo que vivir el momento. Sofia estaba radiante. 

    Mientras conversaban, miré en torno a mí y vi el río, los puentes, las estatuas, los tejados, las nubes efímeras. Roma es una ciudad bastante sucia, sí, y eterna como un amor fugaz.

    …oooOOOooo…

    El Pobrecito Escribidor

  • Barcelona / Elige el corazón / Capítulos 15 y 16

    Barcelona / Elige el corazón / Capítulos 15 y 16

    Índice de capítulos anteriores

    1. Nada mejor que hacer
    2. Sólo el principio
    3. Tú estás loco

    4. Escribiendo… y 5. Su corazón aplaudía
    6. Día aciago, 7. Su ángel y 8. La solución
    9. Invito yo y 10. Vinagre y rosas
    11. Ya me vendrá y 12. La luz no se encendió
    13. De verdad y 14. El caniche blanco

    15. La verdad

    -Sé qué estás liado con Martina, ¿te crees que soy tonto?

    Las estaciones de tren tienen algo de templo. En todas las que había estado en su vida, había sentido al pisar el andén una cierta paz y desazón a un tiempo, como el que espera paciente a que algo importante pase, con resignación religiosa. Las personas en la estación solían buscar lugares donde sentarse o, si permanecían de pie como Federico estaba, lo hacían mirando a la nada, es decir, hacia dentro de sí mismos, conversando en silencio. Los móviles iban comiendo terreno al agradable aburrimiento de los viajeros, pero todos de vez en cuando alzaban la vista y miraban las pantallas luminosas donde, a veces, los trenes se retrasan, pero siempre solían llegar. Según el tren que uno tomara lo esperaba un destino diferente, con nuevas posibilidades. En Paseo de Gracia las posibilidades no eran muchas. Se trataba de una estación turística, de paso, donde sólo se apeaban los viajeros que iban de visita o los menos que trabajaban en el centro. Federico había esperado pacientemente en el andén a que su tren llegara. No le importaba esperar allí, le gustaba el ambiente de recogimiento que él creía ver en las estaciones de tren. Le emocionaría tanto subirse a unos de esos trenes destinados hacia el norte, llegar a una estación fronteriza y subirse a otro tren hacia Europa. Pero aunque los sueños y la juventud le dieran el empuje necesario, faltaba siempre lo fundamental.

    -No entiendo cómo has podido hacer una cosa así. La verdad es que me lo olía pero…

    Después de que su tren llegara, Federico lo acompañó a la salida. El abrazo fue frío, falso. Pero de todas formas se saludaron con efusividad como siempre que se veían. No había sido un trayecto largo, no llevaba maletas ni un objetivo firme más allá de mantener una conversación al respecto. Siguieron el rumbo acostumbrado, tantas veces recorrido que se sabían de memoria, sin necesidad de decirse nada. Federico callaba.

    Al salir de Paseo de Gracia se sale delante de la Casa Batlló, una construcción arquitectónica obra de Antonio Gaudí. Siempre que la observaba, le gustaba contar la anécdota de la muerte de Gaudí: iba borracho, como siempre, y lo atropelló un tranvía de principios de siglo. No recordaba quién le había relatado la anécdota del genio, pero disfrutaba con ese giro inesperado del destino que provocó que no se terminara el único monumento del estado que podía igualarse, en altura, a la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad o el Big Ben, es decir, la única construcción lo suficientemente icónica y antigua que consiguiera poner al país en el mundo occidental. Resultó un azar del destino que el hombre muriera bajo las ruedas de un vehículo que no avanzaba a más de veinte quilómetros por hora, y que lo hiciera sin dejar un maldito plano para terminar la Sagrada Familia. Seguramente lo hacía todo de memoria, sin más mapa que sus cojones.

    -¿Me estás escuchando?

    -Disculpa, estaba pensando en Gaudí. ¿Sabías que tuvo que marcharse de su ciudad natal porque los otros modernistas no lo dejaban construir nada allí? Si le hubieran dejado, ahora estaríamos en el mapa y no tendríamos que desplazarnos hasta Barcelona.

    Su acompañante no conseguía entender, así que se limitó a darle una calada a su cigarrillo y a mirar enfrente mientras cruzaban la larga calle que había de conducirlos al otro lado de la acera. A ambos costados se extendían las tiendas más exclusivas de la ciudad, con nombres escritos en francés, italiano, inglés, incluso en chino mandarín.

    Torcieron por la Calle de la Diputación. La mañana era agradable. La luz y el agua de la ciudad tenían un sabor meloso que impregnaba todas las cosas: desde el aire hasta los alimentos. Como era temprano por la mañana, las calles estaban humedecidas por la manguera del vehículo de la basura dedicado a tal fin. A Federico no le hubiera importado ser basurero-conductor de aquellas andróminas que circulaban lentamente, barriendo y fregando las calles, con una vista panorámica al asfalto, avanzando lentamente al paso regio de la tortuga, que todos los demás vehículos respetaban. El Ensanche era un monumento a la especulación urbanística: no había un solo parque en quilómetros a la redonda. Las únicas zonas ajardinadas se situaban dentro de los cubos que dibujaban los edificios, todos con los mismos balcones alargados de forja, los mismos techos altos, los mismos ventanales amplios, algunas fachadas lucían ricos azulejos en el sotabalcón y otras más humildes se conformaban con su rebozado. Pisos llenos hasta la bandera, algunos turísticos, otros con estudiantes adinerados. Cada vez había menos vecinos de la época de la posguerra, que se iban muriendo y los iban dejando en herencia a allegados que lucían un perfecto catalán que ellos no hablaron.

    -¿Sabías que muy cerca de aquí, en el número 44 o 45 de la calle Aribau, está la casa de Carmen Laforet? Siempre pensé que aquella novela, a pesar de ser aburrida como estas calles, tenía algo especial que la hace maravillosa. ¡Tiene el espíritu del Eixample! ¿Eh?

    -Federico, ya basta. Para de andar soltándome clases de historia o te parto la cara.

    Hablaba en serio y tenía razón. Intentaba aligerar el peso de la situación con conversaciones asépticas sobre datos que fácilmente podían encontrarse en internet, así que parecía que no valía la pena mecionarlos. Al cabo de aquel rato que habían compartido juntos entre reproches y conversaciones ajenas al tema del día, Federico decidió abordar la cuestión y proponer que se sentaran: una terraza en aquella calle.

    -Es verdad, tienes razón, aún no te he dicho Nada, ¿te das cuenta? Homenaje a Laforet.

    -Déjate de chistes malos.

    El camarero pidió la comanda eficientemente no bien tomaron contacto sus traseros con el frío metal de la silla negra. Una vez apuntados los dos cafés americanos, se marchó dejando un aire a colonia barata en el ambiente, que congeniaba con el humo del tráfico.

    -Bueno, Alejandro, ¿qué quieres que te diga? Llevamos un par de meses sin vernos y todavía no me has preguntado cómo me va por aquí. Me va muy bien. En el trabajo…

    -Tienes que dejar de ver a Martina.

    El camarero dejó la comanda sobre la mesa, en silencio. Era un tipo alto y bien plantado, de brazos fornidos en el gimnasio. Dejaba las tazas sobre la mesa de chapa con aire ausente, como si él no estuviera allí, sirviendo copas en una cafetería por mil euros, sino en la discoteca de moda de la ciudad, donde se gastaba todo su sueldo. Una vez que se hubo marchado, Federico dejó de fantasear con su entorno y se centró. De aquella mesa quizá se levantaría más solo que como llegó: podría perder a otro amigo.

    -Le prometí a Martina que no hablaría de este tema contigo.

    La expresión de Alejandro se ensombreció. Sus pequeños ojos oscuros adoptaron una opacidad superior, como si el resentimiento los dejara sin vida. Su boca contrajo un rictus crispado y empezó a atusarse el largo flequillo, como siempre hacía al enfadarse.

    -Tú ya sabías que Robe estaba enamorado de Martina.

    -Eso quería preguntarte, ¿desde hace cuánto que están así?

    -Unos dos años, desde que yo los conocí. Se puede decir -sonrió un poco- que yo fui su Celestina. Le di consejos a Robe sobre cómo tenía que acercarse a ella y lo consiguió.

    -¡Podrías haberme dado esos consejos a mí también!

    Alejandro se ensombreció de nuevo. Guardó silencio un momento como si buscara las palabras adecuadas para decir aquello, para que no se le notaran tanto los sentimientos.

    -Hacían una buena pareja. Yo pensé que lo suyo resultaría después de todo ese tiempo.

    -Bueno, en realidad no es asunto mío. No me gusta preguntarle a la gente por su pasado, me interesa el presente. Ahora ella está conmigo y he disfrutado mucho de su compañía.

    -¿Te estás enamorando?

    -¿Y a ti qué te importa de quien yo me enamore? Sabía que esto era simplemente un juego. Yo estaba solo, sin pareja, ¿qué hay de malo en hacer el amor con una chica?

    -Pero es que esta chica tiene pareja, desde hace años, desde antes de Robe.

    -Pero yo no la tengo.

    Alejandro dio un sorbo a su café, que se iba enfriando sobre la mesa a pasos agigantados, y encendió otro cigarrillo. Fumó exhalando el humo hacia los transeúntes que cruzaban ajetreados de un lado al otro. La vida en la calle era frenética, pero en aquella mesa de la terraza de la calle Aribau parecía que el tiempo se había detenido.

    -Te has enamorado.

    Federico calló. Dio un sorbo a su café y también encendió un cigarrillo. Miró hacia el fondo de la calle y distinguió el cruce iluminado de la plaza de la Universidad, que quedaba a pocos metros. La gente cruzaba el paso de peatones en la mañana amarilla.

    -Puede ser que tengas razón. -se resignó Federico- Quizá estoy un poco enamorado.

    -El juego se te ha ido de las manos…

    Tenía razón. Quien jugaba con fuego se termina quemando y a quien jugaba con el amor le podía suceder lo mismo. Aunque se lo negara a veces y procurara no pensarlo demasiado para no sentirse celoso, lo cierto era que se había enamorado de Martina y él sabía que enamorarse de la persona equivocada puede ser el juego más peligroso.

    -Robe y Martina tuvieron un idilio hace algún tiempo, como ya sabes. Ella también le dijo que no contara nada hasta que terminara con su novio. Supongo que te suena.

    Ahora fue Federico quien se ensombreció. Aquella casualidad, por llamarla de algún modo, se le clavó dentro. Había habido veces que habían hablado del futuro, en momentos oscuros le había preguntado por qué seguía con su pareja si en teoría lo quería a él. Ella siempre le había pedido paciencia, que esperara. Él intentaba no meterse con sus cosas, al fin y al cabo, ¿qué seguridad podía ofrecerle? Ninguna.

    -Mira, Alejandro, ya sé todo lo que vas a decirme y puede ser que tengas razón. Pero Martina me dijo una vez algo que se me quedó clavado. Un día le dije que tenía muchos remordimientos, ya sabes, por cosas del pasado que bien conoces. Estar con ella, en esta situación, en parte me libera. Me hace sentirme mejor conmigo mismo. Las cosas no son tan rígidas como parecen por fuera. Le dije que me sentía mal conmigo mismo por ser como era, por haber hecho daño a personas que quise, por decepcionar a todos.

    -¿Qué te dijo ella?

    -Que ella se había enamorado de la persona que yo era ahora. Y que la persona que yo soy ahora es fruto de todo lo que he vivido, tanto lo bueno como lo malo. Sé que suena a topicazo y autoayuda, dicho así, con palabras, pero por primera vez me sentí en paz.

    -Eso se lo dice a todos, hombre. Se lo puede decir a cualquiera. Seguro que a Robe le decía cosas similares. No debes caer en la trampa. El tema está peor de lo que pensaba.

    -Tenemos una conexión bonita, es cierto. Bonita y peligrosa. En este mundo mezquino.

    Otra camarera vino a recoger la cuenta. Era una chica rubia, con el pelo hasta la cintura y la piel blanca decorada con algunos tatuajes que no debían de tener más de un año. Se había acercado a la mesa con la excusa de recoger el dinero de los cafés a medio terminar, pero en realidad lo que quería era ligar con Alejandro. Con cualquier pretexto, le había sacado conversación y él se dejaba agasajar por los ojos marrones de la camarera, que si bien era guapa, carecía de la más absoluta elegancia. Aunque, de todas formas, si ella se hubiera fijado en Federico, no habría desaprovechado la oportunidad. Cuando se hubo marchado, Alejandro dejó de sonreír y volvió al tema que le interesaba.

    -Está repitiendo exactamente el mismo patrón que siguió con el otro: te cuenta la milonga, tú te vas enchochando y, al final, te dará la patada. Tarde o temprano lo hará, lo sé. Creo que es alguien que tiene una carencia emocional muy acentuada, no sé.

    -¿Y quién no tiene carencias emocionales? ¿Acaso tú estás mejor que ella? ¿Que yo?

    -Mira, Federico, yo no quiero comprenderla. Solo te digo que no seas igual que Roberto, igual de inocente. No dejes que te haga la misma jugada, por tu bienestar.

    La camarera volvió a recoger el dinero y se quedó hablando con Alejandro un buen rato. El camarero anterior miraba la escena desde detrás de la rabia, con un punto divertido y celoso por el cliente que quizá le estaba levantando el ligue. Él se dejaría querer por ella con cierto aire de indiferencia, sonriendo mucho y dejando ver los hoyuelos de sus mejillas bien cuidadas, sin un solo grano ni cicatriz que las manchara.  A pesar de la cantidad de tabaco que consumía, se mantenía milagrosamente joven. Sabía vestirse y los años le iban dando esa elegancia con la que sueñan las pseudoestrellas de cine. La chica, de espaldas a Federico, se desvivía porque al fin le pidiera el número de teléfono, porque quedaran cuando ella terminara el turno. Podía verlo en la impaciencia con la que jugueteaba con la larga melena, con la pose que adoptaba su cuerpo al apretar las piernas. Tenía un trasero bonito, pensó Federico. No le pareció más bonita que Martina. Después de todo, era un tipo con suerte. Podría estar en esa situación incómoda y solo.

    -Estoy aquí con mi amigo, te lo presento, se llama Federico.

    -Hola.

    -Hola. -dijo ella casi sin mirarlo, iluminada como estaba por la belleza de su amigo.

    -Estamos hablando de amor, ¿a que sí? Federico está con una chica bastante tóxica.

    -¡Oye!

    -Ui. No pierdas el tiempo con esa clase de gente, tío. -dijo la camarera, que se llamaba Cristina, dándole la razón a Alejandro en todo lo que dijera- Yo las sé distinguir de lejos.

    -¿Ah, sí? -dijo Alejandro.

    Siguieron hablando entre ellos mientras la mente de Federico divagaba. Dirigió su vista al cielo azul que se abría paso entre las algodonosas nubes del cercano mediodía. Una brisa agradable cruzaba la calle sombría donde estaban. El café se había terminado desde hacía bastante rato. Quizá Alejandro tenía razón y Martina estaba jugando con él al gato y al ratón. Al final se lo comería y no quedaría nada de su corazón, ni las raspas. Ya había salido bastante maltrecho de un intento de relación reciente, quizá su salud mental no soportaría otro envite de esas características y terminaría por hundirse en la abulia más absoluta. No podía permitirse el lujo de dejarse caer, no cuando su economía dependía de forma exclusiva de él mismo. Ya era lo suficientemente difícil ir a trabajar en un puesto que odiaba, donde no terminaba de encajar y donde sentía el estómago acalambrado. Por lo menos tenía a Martina y aquella ciudad mágica para ellos dos.

    “Pobre Cristina”, pensó Federico. Se había olvidado de todas las mesas, hechizada como estaba de la belleza de Alejandro. Sabía que aquella chica no tenía ninguna posibilidad y que él solo estaba jugando con ella, como le había criticado antes a Martina. Aquel coqueteo no llegaría ninguna parte porque no tenía ningún interés. Y si por casualidad llegaban a quedar, a salir juntos, a tener una relación, la cosa terminaría como todas las anteriores relaciones de Alejandro: ella le acabaría dando una patada por ser un colgado de la vida, un manipulador, un egoísta y un trepa sin escrúpulos. Pero al fin y al cabo, era su amigo y Federico sentía por la lealtad una estima casi destructiva.

    Estaba enfadado y lo sabía. Su mente no pensaba con claridad. Le daba rabia que Alejandro pudiera tener toda la razón y aquel hecho no cambiaría por mucho que se dedicara a tenerle rabia en su fuero interno. De repente, vio como la chica se fue a atender las otras mesas y cómo él apuraba el poco café que le quedaba en la taza.

    -Bueno, qué, ¿nos vamos? -dijo Alejandro levantándose.

    -Claro. -Federico también se puso de pie- Oye, no me he enterado. ¿Cómo ha quedado la cosa con esta nueva amiga tuya? ¿Vais a volver a veros? Estaba en mi mundo…

    -¡Qué va, tío! ¿Tú has visto a esa choni? Qué tatuajes más feos. Solo me divertía.

    -Pues a mí me ha parecido guapa.

    -Sí que lo era, ¿verdad? Si hubiera querido, me la habría hecho. Pero me daba pereza.

    -Desde luego, Dios da pan a quien no tiene dientes. ¿No serás gay en realidad?

    Alejandro, lejos de ofenderse, rio de buena gana la broma de su amigo. Hacía años que se conocían y se decían barbaridades sin que la sangre nunca acabara de llegar al río.

    -En verdad estoy enamorado de ti, bribón. -dijo estirando la mano para cogerle el culo.

    -Puede que digas la verdad.

    16. Una radionovela

    -¿Y tú qué quieres?

    El edificio de Ràdio Sant Just se situaba encastado en una loma, en las postrimerías de una zona ajardinada cuyo cielo solía ser azul claro y las nubes tranquilas pasaban calladas sobre las cabezas de los cipreses. Habían estado por allí otras veces, generalmente al caer la tarde cuando todo el mundo se recogía. Era la primera vez que iban a aquel lugar, que a Federico le encantaba, por la mañana. Aunque siempre aparcaban justo en frente del edificio de la radio, su destino estaba un poco más arriba, subiendo una rampa. En lo alto, justo encima del edificio encastado en el urbano cerro, se alzaba un edificio novecentista. Era una antigua casa de veraneo de dos pisos, sin contar las buhardillas. Tenía la planta rectanuglar y torreones en cada extremo. Las ventanas eran amplias pero carecían de balcones, probablemente porque no los necesitaba: alrededor había suficiente campo y jardín y aire puro. Era una de esas viviendas que se hacía la gente rica a principios del siglo XX, por poco no le había pillado la moda modernista, así que las paredes eran de hormigón que, si bien era un material modernísimo para la época, en el siglo siguiente habría de resultar frío y feo. Aquellas casas abundaban por todas partes diseminadas por la geografía catalana. Normalmente, sus paredes interiores estaban llenas de pintadas como escupitajos y sus suelos llenos de cristales rotos cuando no alguna jeringuilla. Pero no la de Sant Just. Aquel edificio conservaba su antiguo esplendor como un pino grueso al lado de una carretera, como un milagro que la especulación urbanística todavía había respetado. En aquel distrito había el dinero suficiente para restaurar las joyas arquitectónicas que daban señas de identidad a una población que hasta hacía pocas décadas sólo había sido campo, zonas altas donde los ricachones curaban sus pulmones con la brisa benigna del mar. Dentro del local las paredes conservaban su antiguo color verde botella y el olor a tiempos pasados de cuando Proust tomaba el té con magdalenas en casa de su vieja tía.

    -Una coca-cola y una mediana.

    -¿Voleu olives?

    -Sí, también. -Aquel día Federico se sentía dadivoso, con los testículos ligeros y la cabeza despejada como el cielo que se alzaba sobre los capiteles que la casa de verano levantaba sobre su terraza como queriendo tocar el cielo con la punta de un dedo duro.

    Convertirse en bar había sido una buena manera de sobrevivir. Seguramente, el nombre que le habían puesto, Vell Ginestar, sería el apellido de los antiguos dueños. Quizá el ventrudo y perezoso camarero que lo regentaba sería el último descendiente de una saga que, con los años y venida a menos, sólo había conservado el usufructo de ese edificio, antaño de su propiedad, hoy explotado bajo concesión gracias a un conocido en el ayuntamiento. Mientras Federico esperaba a llevarse la comanda, miraba los carteles del local con el estilo revolucionario del bando republicano en la guerra civil, las pasadas mesas de hierro y cristal con sus sillas a juego, la máquina de tabaco y la tragaperras como anacronismos. Posaba su vista sobre los objetos como si fuera la primera vez que los veía, como si fuera la última vez que los habría de ver, con una dulce melancolía.

    -Aquí tens, noi.

    -Gracias. ¿Qué te debo?

    Al posar su tarjeta sobre el datáfono sintió un repentino miedo que le frunció todas las partes del bajo vientre. Los segundos que transcurrieron desde que la maquinita leyó la tarjeta y se comunicaba con la entidad bancaria de Federico fueron largos como si transcurrieran debajo del agua. Poco antes había comprobado que aún le quedaba algo de dinero en la cuenta pero ¿y si no lo había mirado bien? ¿y si se había equivocado? Aquellas preguntas lo asaltaban siempre que tenía que hacer un dispendio. No soportaba la idea de que la operación resultara denegada y tuviera que inventar una excusa: esta tarjeta no me funciona bien. Entonces el camarero lo miraría con cierta preocupación y condescendencia, quizá con desconfianza, mientras fingía ir a su mesa a por dinero suelto cuando en verdad iría a decirle a Martina que no tenía el montante para pagar los refrescos que se había pedido, los cuales habían resultado más caros de lo esperado. Por suerte, el datáfono ronroneó y empezó a sacar el papelito del tique: venta autorizada.

    Mientras volvía con las bebidas, las copas y el platito de las olivas en las manos, caminando el breve trayecto de la barra a la mesa a la sombra donde Martina se había sentado, se preguntaba si todo aquello era real, cuánto tardaría en despertarse. Los árboles, el edificio con los ojos verdes de sus contraventanas, los tejados que se veían al fondo y hasta el Edificio Walden que se adivinada abajo del todo, todas las cosas lo miraban como a una rata con americana, intruso en un mundo que no le pertenecía.

    -Muchas gracias, guapo.

    -Para servirla, princesa. Este mayordomo siempre a su cordial servicio.

    -Brindo por este mayordomo.  

    -Salud.

    Entrechocaron sus copas y al tiempo del chin-chin, Federico se olvidó de todos sus problemas, como siempre solía sucederle cuando estaba cerca de Martina. El amor tenía ese poder: el de sobreponerse a las dificultades más acuciantes. Uno podía estar muriéndose que, si lo hacía en brazos de la persona amada, la muerte era menos muerte. La ciudad se desplegaba a sus pies como si ellos dos fueran los amos del mundo entero.

    -Me encanta este lugar.

    -Lo sé. Me encanta que te encante.

    Se besaron. Una brisa fresca levantó unas hojas caídas y las arrastró por el suelo llevándoselas colina abajo. Pájaros invisibles cantaban alegres bajo el sol matutino.

    Habían pasado su primera noche juntos y eso los hacía sentirse felices, más optimistas con el presente. Aquello significaba cierto compromiso y esta era una palabra difícil de encajar en los planes de ambos. Lo que había empezado siendo un juego sencillo se había ido complicando y ahora parecía una madeja tan intrincada que solo podría deshacerse con un cuchillo. Cambiar, aunque fuera a mejor, siempre era doloroso.

    -Martina, -su voz cambió como si una nube tapara el sol de repente. Ella se recolocó en la silla mientras él pronunciaba su nombre, sabiendo que aquella conversación que nunca habían tenido, que ninguno de los dos había planeado, estaba próxima a producirse. -¿por qué lo dejaste con Roberto? ¿es que no supo satisfacerte? ¿es eso?

    -¿En qué sentido? -parecía sorprendida por la pregunta, como si no la esperara. Pero su expresión delataba que estaba completamente abierta a hablar sin tapujos ni prejuicios.

    -En qué va a ser. -Federico dio un trago a su cerveza, el frescor ayudó. -En el sexual.

    -No termino de entenderte, Ico. A veces hablas como en metáforas y no te explicas bien.

    -Siempre he pensado que Roberto no supo satisfacerte en la cama, que no conseguía hacerte correr, no sé. Quizá te ocurre lo mismo con tu pareja, que por cierto, no sé ni cómo se llama, ni quiero saberlo. El caso es que me siento como una especie de gigoló.

    Martina rió con ganas mostrando una dentadura perfecta, unas encías sanas como una fresa. Su pelo se derramaba sobre sus hombros y sus pechos, dejando entrever el escote.

    -No sé qué te hace tanta gracia. Estoy hablando en serio.

    -A veces me sorprendes, Ico. Eres capaz de salir con cualquier ocurrencia. ¿En qué piensa esa cabecita de chorlito? A veces me gustaría estar dentro de ti para saberlo.

    -No estoy seguro de que te gustara tanto. Además, no me has contestado la pregunta.

    -Roberto me satisfacía casi tanto como tú. Me lo pasaba muy bien con él en la cama, como me lo paso muy bien contigo. No estoy aquí sentada porque necesite sexo.

    Aquella revelación lo dejó roto en mil pedazos. La suposición más sólida que hasta entonces se había hecho, la razón que en su fuero interno había encontrado para que Martina pasara el tiempo con él se había derrumbado como un castillo de naipes. Federico se quedó con la boca semiabierta y una expresión bobalicona en los ojos. Tuvo el impulso de quedarse callado, de no seguir adelante por aquel terreno pantanoso que hasta entonces, hasta ese día, habían evitado por todos los medios. Pero hoy estaba dispuesto a llegar hasta el final, a saber la verdad de una vez por todas: saber qué eran.

    -Supongo que con tu novio te lo pasas igual de bien. -Federico se había ensombrecido completamente. El corazón golpeaba rítmicamente como un puño sobre una mesa, alimentando su desazón- La verdad es que no sé qué haces conmigo aquí sentada.

    -Pues me estoy tomando una coca-cola, intentando disfrutar la mañana que pareces dispuesto a estropear. ¿Se puede saber qué te pasa? Estás girado como un calcetín.

    Federico guardó silencio. Era mejor no añadir nada más si ella no quería hacerlo. Sentía unas ganas imperiosas de levantarse y salir corriendo, pero permaneció anclado a la silla de metal que lo sostenía sobre el suelo de tierra dura. Encendió un cigarro y respiró. Martina se aproximó, puso los brazos sobre la mesa, le agarró las manos nerviosas.

    -Mira, Ico. Contigo me lo paso muy bien en la cama. Me haces tocar el cielo a veces y yo te lo hago tocar a ti. Pero que me lo pase bien en la cama no es responsabilidad tuya, sino mía. También me lo pasaba muy bien con Roberto, y decirte otra cosa sería mentir. -dio un trago a su refresco. En sus ojos se reflejaban las nubes que pasaban serenas- El sexo no es tan importante como tú piensas. No estoy contigo sólo porque quiera follar contigo, que también. Estoy contigo por cómo eres, cuando follamos y cuando no. Yo creo que deberíamos alegrarnos por eso. ¿O es que tú me quieres sólo para follar?

    -La verdad es que nunca lo he hecho con nadie como contigo. Pensaba que teníamos una conexión especial, no sé, algo que nos unía de una forma diferente. ¿Qué quieres? En cierta manera me decepciona que yo haya sido uno más en tu vida y no alguien especial, alguien que te haya hecho llegar al cielo. Disculpa que me haya enfadado…

    -El sexo es una cuestión de comunicación, Ico. Es verdad que con Robe, sobre todo al principio, no encontrábamos la manera de satisfacernos. Pero poco a poco fuimos cogiendo confianza el uno con el otro y todo fue fluyendo. Al final se trata de decirnos qué es lo que nos gusta y que la otra persona esté dispuesta a escuchar. Si se hace así, cualquiera puede ser un gran amante. Porque no se trata de ser un machoman, como tú te crees, sino de saber escuchar a tu pareja, y de intentar hacerlo lo mejor que puedas.  

    Federico fumaba en silencio y las nubes de su cigarrillo se fundían en el cielo despejado de aquella mañana diáfana. Lo que le había dicho Martina lo había pillado completamente desprevenido y le haría pensar mucho tiempo después de ese día.

    -Vaya, -dijo al fin, rompiendo el silencio de su sorpresa- eres toda una sexóloga.

    -¡Mi hermano es el sexólogo!

    Ahora fue Federico quien rio con ganas, expulsando de golpe el humo de sus pulmones, lo cual le hizo toser un par de veces. Martina era una verdadera caja de sorpresas, no él.

    -¿En serio? -Cuando ella le explicó que era cierto, añadió- No lo sabía, qué interesante.

    -Creo que te encantaría conocer a mi hermano, haríais buenas migas.

    Un silencio gris se apoderó de nuevo de la conversación cuando hubieron terminado las risas de ambos. Las bebidas se habían acabado y el camarero pronto los echaría.  

    -Hay muchas cosas que no sé de ti, Martina.

    Ella se encogió de hombros sin saber qué añadir. Él pensaba en su próxima pregunta.

    -¿Y tu novio? ¿Qué piensa él de todo esto? ¿Sabe que yo existo? ¿Te acuestas con él?

    Ahora fue ella quien se ensombreció. Martina podía ser dura como un escorpión si se lo proponía, e igual de dolorosa. Su embrujo era un veneno al cual era difícil sobreponerse. Puso las manos sobre sus muslos desnudos que el vuelo de su falda no conseguía tapar.

    -Aún no estoy preparada para hablar de ese tema contigo, Ico. No es el momento. Te pido paciencia, dentro de poco las cosas se resolverán, pero necesito más tiempo.

    -Tiempo para qué. -dijo él con hartazgo. No dejaba de darle vueltas a la conversación que había tenido con Alejandro hacía un par de semanas en la calle Aribau, después de todo, tenía razón en su tesis: Martina, tarde o temprano, le daría una patada en el culo.

    -Voy a dejarlo.

    -Eso ya lo has dicho otras veces.

    -Es difícil. Son muchos años. Pero lo voy a hacer. Dame un poco más de tiempo.

    Se levantaron y mientras recogía sus pertenencias de la mesa, Martina lo abrazó muy fuerte, como si quisiera pedirle perdón por cómo habían resultado todo. Ninguno de los dos había planeado que las cosas salieran así, y no valía la pena buscar inocentes ni culpables.  Al amor le importaba poco quiénes eran los más nobles o los más viles, no seguía unas pautas establecidas y, a veces, no se ajustaba a la moral de lo correcto. Caminaron en silencio por la rampa, cerro abajo, pasando por delante de la puerta de la radio. Al estar frente al edificio encastado en el verdor de la montaña Martina dijo.

    -Nuestra historia daría para una radionovela.

    …oooOOOooo…

    Nota del Escribidor: El próximo domingo se publicará una nueva entrega de esta historia. Hasta entonces, te invito a seguir explorando el contenido de esta página. Si el relato te gustó, por favor, no dudes en hacérmelo saber. Muchas gracias por estar ahí. Nos vemos pronto con otra entrega. ¡Un abrazo!

    El Escribidor