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  • Pennac, D. (1993) Como una novela. Editorial Anagrama, S.A., Barcelona

    Pennac, D. (1993) Como una novela. Editorial Anagrama, S.A., Barcelona

    Nota: Estos fragmentos corresponden a frases destacadas de la obra/novela de Daniel Pennac, Como una novela, la cual reflexiona sobre la necesidad de la lectura y su papel fundamental en la sociedad actual.

    I Nacimiento del alquimista

    El verbo leer no soporta el imperativo. (pág. 11)

    […] leer era entonces un acto subversivo. […] lecturas clandestinas debajo de las mantas a la luz de la linterna eléctrica. […] Se amaban en contra de mamá y papá, se amaban en contra del deber de mates por terminar… (pág. 14)

    […] la paradójica virtud de la lectura consiste en abstraernos del mundo para encontrarle un sentido. (pág. 17)

    ¡Qué pedagogos éramos cuando no estábamos preocupados por la pedagogía! (pág. 19)

    Pero, al cabo de unas páginas, se ha sentido invadido por esa pesadez dolorosamente familiar, el peso del libro, peso del tedio, insoportable fardo del esfuerzo inalcanzado. (pág. 22)

    […] aquel ritual de la lectura, […] se parecía un poco a la oración. […] Allí no se confesaba ningún pecado, […] era un momento de comunión entre nosotros, la absolución del texto, un regreso al único paraíso que vale la pena: la intimidad. (pág. 31)

    […] a cien leguas de mamá, sumido en esa soledad extraña que se llama el esfuerzo. […] una buena mañana, o una tarde, todavía con el zumbido del barullo de la cantina en los oídos, asiste a la eclosión silenciosa de la palabra sobre la hoja blanca, allí, delante de él: mamá. […] la culminación del más gigantesco viaje intelectual imaginable, […] infinitamente más expresiva que la más fiel de las fotografías. (págs. 39-40)

    […] el placer de leer no teme a la imagen, […] Pero si el placer de leer se ha perdido […], no está muy lejos. Sólo se ha extraviado. Es fácil de recuperar. (pág. 41)

    Éramos su cuentista, nos hemos convertido en su contable. […] La televisión elevada a la dignidad de recompensa… y, como corolario, la lectura rebajada al papel de tarea… Esa es la ocurrencia nuestra… (pág. 50)

    “Un medio más seguro que todos ésos, y que siempre se olvida, es el deseo de aprender. Dadle al niño ese deseo, […] suele conseguirse con gran seguridad y premura aquello que no se tiene prisa por conseguir.” (pág. 51) Palabras de Rousseau citadas por el autor.

    Es, en un principio, el buen lector que seguiría siendo si los adultos que lo rodean alimentaran su entusiasmo en lugar de poner a prueba su competencia, (pág. 53)

    Basta con no dejar pasar los años. Basta con esperar la caída de la noche, abrir de nuevo la puerta de su habitación, sentarnos en la cabecera de su cama, y reanudar nuestra lectura común. (pág. 54)

    II Hay que leer. (El dogma)

    La interminable letanía de la palabra educativa: Hay que leer…, ¡cuando cada una de sus frases demuestra que no leen jamás! (pág. 72)

    “Toda la cultura literaria que poseo, la he adquirido fuera de la escuela. […] Una vez que se ha saboreado el hechicero encanto de la gran literatura y la confrontación que procura, uno quisiera saber cada vez más…, más “historias ridículas”, y parábolas llenas de sabiduría, y cuentos de múltiples significados, y extrañas aventuras. Y así es como uno comienza a leer por sí mismo…” Klaus Mann, El viraje. (págs. 75-76)

    ¿Y si en lugar de exigir la lectura, el profesor decidiera de repente compartir su propia dicha de leer? (…) en contra del dogma: la mayor parte de las lecturas que nos han formado, no las hemos hecho a favor, sino en contra. Hemos leído (y leemos) como si nos parapetáramos. […] Cada lectura es un acto de resistencia ¿De resistencia a qué? A todas las contingencias. […] Y por encima de todo, leemos contra la muerte. […] y el alumno del fondo de la clase leyendo a escondidas, mientras espera a entregar el ejercicio en blanco. (págs. 79-81)

    La Fontaine, Molière… En una hora, perdieron su estatuto de divinidades escolares para hacérsenos íntimos y misteriosos…, es decir, indispensables. […] Con él, la cultura dejaba de ser una religión de Estado y la barra de un bar era una cátedra tan presentable como una tarima. (págs. 88-89)

    Aquel profesor no inculcaba un saber, ofrecía lo que sabía. No era tanto un profesor como un trovador, […] ¡Lo más importante era que nos leyera todo en voz alta! (pág. 91)

    III. Dar de leer

    […] la comodidad de la fatalidad. Nada tan tranquilizador como un cero perpetuo en mates o en ortografía: al excluir la eventualidad de un progreso, suprime los inconvenientes del esfuerzo. (pág. 102)

    -Bien -dice el profe-, como no os gusta leer… soy yo quien os leerá los libros. (pág. 105)

    […] un miedo secreto: el miedo (muy, muy antiguo) a no entender. (pág. 113)

    El tiempo para leer siempre es tiempo robado. (Al igual que el tiempo para escribir, por otra parte, o el tiempo para amar.) […] Yo jamás he tenido tiempo para leer, pero nada, jamás, ha podido impedirme que acabara una novela que amaba. (págs. 120-121)

    Basta una condición para esta reconciliación con la lectura: no pedir nada a cambio. (pág. 123)

    Solo el miedo puede convertir en “muermos” los textos del programa. Miedo de no entender, miedo de contestar mal, (pág. 129)

    […] habiendo perdido el texto su estatuto de enigma paralizante, nuestro esfuerzo pro alcanzar su sentido se vuelve un placer. (pág. 131)

    […] los libros no han sido escritos para que mi hijo, mi hija, la juventud, los comente, sino para que, si el corazón se lo dice, los lean. […] el comentario domina en él como un señor absoluto, hasta el punto, muchas veces, de apartarnos de la vista el objeto comentado. (pág. 133)

    IV. El cómo se leerá (o los derechos imprescindibles del lector)

    Es de sabios reconciliarnos con nuestra adolescencia; odiar, despreciar, negar o simplemente olvidar el adolescente que fuimos es en sí una actitud adolescente. (pág. 160)

    […] nuestras razones para leer son tan extrañas como nuestras razones para vivir. (pág. 169)

    …oooOOOooo…

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    Ricardo