Antes de que el arte abstracto se inventara, de que Duchamp le diera la vuelta a un urinario, antes de que los galerista promocionaran las estrellitas de Miró, antes de los dadaístas y todo eso; antes, ya estaba Orbaneja, pintor de Úbeda. Cuando leí en su día este fragmento de El Quijote me maravilló tanto que lo copié letra a letra. Este es un homenaje a la mejor novela moderna.
Pasen y lean:
-Ahora digo -dijo don Quijote- que no habrá sido sabio el autor de mi historia, sino algún hablador ignorante, que a tientas y sin ningún discurso se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbajena, pintor de Úbeda; al cual, cuando le preguntaban qué estaba pintando, respondía: Lo que saliere («Lo que salga»). Por ejemplo, pintaba un gallo, de tal forma y tan mal hecho, que era necesario que, con letras góticas, escribiera debajo: «Esto es un gallo». Y así debe de ser mi historia, que tendrá necesidad de comentarios para entenderla.

P.E.: El Quijote reflexiona en el libro (1615) sobre la obra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que se publicó diez años antes (1605). Lo que hoy conocemos por El Quijote no son sino dos libros, publicados con diez años de diferencia. Quijote, el personaje, está preocupado porque la historia de sus aventuras, que Sansón conoce porque ya la ha leído, sea un libro complicado y pedante, donde al final no se entienda el sentido verdadero de su historia: un caballero andante que lucha por el bien de todos.
-Eso no -respondió Sansón-; porque es tan clara, que no hay cosa que sea dificil en ella (la historia del Quijote): los niños la manosean, los jóvenes la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran. De hecho, es tan sencilla, tan leída y tan sabida por todo tipo de gentes que, apenas han visto un caballo flaco, exclaman: ¡Aquel es como Rocinante!
P. E.: El bachiller Sansón Carrasco le dice al Quijote que la historia de sus aventuras, sin ser complicada, enriquece a todo el mundo y que se ha hecho muy famosa, como sucedió en la realidad. El Quijote de 1605 supuso un éxito en su época y rápidamente se hizo una obra muy conicida. Diez años después, en 1615, Cervantes juega magistralmente con la realidad y la ficción.
-No hay duda de eso -contestó don Quijote-. Pero muchas veces pasa que los que tienen mucha fama, merecidamente ganada por sus escritos, al darlos a la imprenta, la perdieron del todo o la perjudicaron en algo.
-La causa de eso es que -dijo Sansón-, como las obras impresas se miran despacio, fácilmente se ven sus defectos, y mucho más se analizan cuanta mayor es la fama de quien las escribió. Los hombres famosos por su ingenio, los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las más de las veces, son envidiados por aquellos que tienen por gusto y por entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado sus propios escritos a la luz del mundo.
P. E.: Otra de las preocupaciones de Cervantes expresadas aquí por el Quijote es que, al hacerse su obra tan famosa, iba a ser mirada con lupa y criticada por los envidiosos. Eso de hecho sucedió y son célebres las disputas entre el novelista y el círculo de Lope de Vega, a quien se les atribuye la publicación del Quijote falso, el llamado Quijote de Avellaneda (1914). Pese a los malos rollos, si no fuera por Avellaneda, quizá Cervantes nunca hubiera terminado la historia que lo haría mundialmente admirado.
-No hay que extrañarse de eso -dijo don Quijote-; porque muchos ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
-Todo es así, señor don Quijote -dijo Carrasco-; pero quisiera yo que estos criticadores fueran más amables y menos escrupulosos, y que consideren el mucho mérito que tuvo el autor por dar a la luz una obra lo menos oscura posible. Quizá podría ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a veces hacen más hermoso el rostro que los tiene. Admito que es muy grande el riesgo al que se expone un autor que decide imprimir su libro, siendo del todo imposible escribirlo de tal manera que contente a todos los que lo vayan a leer.
P.E.: Sansón Carrasco será más adelante en la novela el Caballero de la Blanca Luna, quien derrotará al Quijote en un duelo en la playa de Barcelona. A cambio, Sansón le pedirá al Quijote que vuelva a casa y deje el loco sueño de la caballería andante. Todo es una estrategia de sus amigos para que el Quijote vuelva a casa con sus seres queridos y no se escape otra vez en busca de aventuras. A pesar de sus locuras, nuestro inmortal caballero es un hombre bueno, que comete el delito de querer un mundo mejor.

Este es un trocito minúsculo de la mejor novela que aún puede leerse en este orbe. Es tanta la inspiración, el acierto, el adelanto, que cuando uno relee algún fragmento de El Quijote se queda maravillado con la inspiración y la humildad de su autor. En este texto hemos querido traducir el castellano de la época al español actual, restaurando las expresiones más difíciles y oscuras sin romper la magia del texto. Un trabajo de este tipo debería hacerse, me encantaría hacer, para llevar la obra de Cervantes al gran público, que es lo que él quería. Se suele pensar que El Quijote es un libro complicado y aburrido, solo para eruditos con corbata. Nada más lejos de la realidad. Lo único que dificulta la recepción de esta obra es el paso de los siglos por la lengua castellana, que hemos querido sortear en esta traducción. Para los que quieran el fragmento original, disponen de ella al final de este textículo.
Cervantes es el filósofo más universal que han dado nuestras letras. Si hubiera conseguido acercarlo, no habría conseguido poco.
Firmado,
Pobrecito Escribidor (P.E.)

Fragmento original:
-Ahora digo –dijo don Quijote- que no ha sido sabio el autor de mi historia, sino algún ignorante hablador, que a tiento y sin algún discurso se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja, el pintor de Úbeda, al cual preguntándole qué pintaba, respondió: “Lo que saliere”. Tal vez pintaba un gallo, de tal suerte y tan mal parecido, que era menester que con letras góticas escribiese junto a él: “Este es gallo”. Y así debe de ser mi historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla.
-Eso no –respondió Sansón-; porque es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto un rocín flaco, cuando dicen: “Allí va Rocinante”.
-No hay duda de eso –replicó don Quijote-; pero muchas veces acontece que los que tenían méritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus escritos, en dándolos a la estampa la perdieron del todo o la menoscabaron en algo.
-La causa deso es –dijo Sansón- que como las obras impresas se miran despacio, fácilmente se ven sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto es mayor la fama del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios, los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las más veces, son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particular entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propios a la luz del mundo.
-Eso no es de maravillar –dijo don Quijote-; porque muchos teólogos hay que no son buenos para el púlpito, y son bonísimos para conocer las faltas o las sobras de los que predican.
-Todo eso es así, señor don Quijote –dijo Carrasco-; pero quisiera yo que los tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sin atenerse a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran; consideren lo mucho que estuvo despierto, por dar la luz su obra con la menos sombra que pudiese; y quizá podría ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a las veces acrecientan la hermosura del rostro que los tiene; y así, digo que es grandísimo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal, que satisfaga y contente a todos los que le leyeren.




