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  • Un corazón donde vivir (Parte 4)

    Un corazón donde vivir (Parte 4)

    Nota del autor: Dejo el enlace de la primera parte, el de la segunda y la tercera para quienes quieran (re)leer los capítulos previos de esta historia con comodidad después de leer esta parte.

    Su voz la llamó

    Al cerrarse la puerta del ascensor, notó su lengua húmeda y caliente abrazando la suya. Gerard abrió mucho los ojos por la sorpresa, pero pronto los cerró. Abrazó el cuerpo de Cayetana y sus manos recorrieron la totalidad de su perfil: pelo, cuello, hombros, brazos, caderas y vuelta a empezar. Sus movimientos eran nerviosos pero acompasado con los de ella, que lo abrazaba por debajo de la ropa con una mano mientras con la otra buscaba la hebilla de su cinturón. La puerta se abrió de pronto y un vecino esperaba en el rellano. Ambos disimularon en silencio. Saludaron con la cabeza y siguieron adelante mientras ella buscaba las llaves de su apartamento en el bolso blanco. El viejo, desde el elevador, los miró curioso y luego pareció sonreír con dientes torcidos y amarillos. De alguna manera, la cara de aquel señor le resultaba bastante conocida. Cosa imposible allí, pensó de pronto. Cayetana consiguió abrir la puerta y tiró de su mano hacia dentro.

    Gerardo no recordaría mucho la decoración de aquella estancia. Había pocos muebles y las paredes estaban pintadas blanco. La luz del techo era amarilla y daba la sensación de ser un lugar frío. Un espacio de paso como un túnel. Poco le importaba a Gerardo la pobre decoración, que atribuyó enseguida a la poca vida que se hacía en aquella casa. El lugar estaba completamente vacío y si alguien iba allí de vez en cuando, hoy no estaba. Cayetana lo condujo de la mano por el pasillo de luces cenitales. Notaba su mano caliente, tanto tiempo añorada, entrelazada. Su pelo negro se mecía a cada paso que daba y su figura se dibujaba a contraluz en lo que para él era una perfecta Venus mediterránea: caderas anchas, hombros estrechos, pasos elegantes, movimientos ligeros. Pronto llegaron a la habitación sin encender más luces. Pasarían por un tramo de absoluta oscuridad, pero Gerard se sentía seguro y feliz como guiado por un hada buena.

    El cuarto de Cayetana estaba tan sobriamente decorado como el resto de la casa y eso lo extrañó. Siempre había sido una chica muy primorosa que le gustaba tener las cosas a su gusto, hacer de las estancias su espacio, su nido. Puro instinto de mujer. Por eso aquella habitación le parecía tan extraña, pero tampoco le dio importancia: seguramente hacía muy poco que estaba allí, además no había tiempo para pensar tanto. Por fin la tenía entre sus brazos, en un lugar, aunque un poco sórdido, íntimo, donde dar rienda suelta a unos años con el corazón vacío. La buscó en la oscuridad mientras sus ojos se iban acostumbrando a la tenue luz que entraba por un ventanal que no pudo ver, porque sus ojos se centraron en las líneas y contornos que dibujaban la figura de Cayetana. Ella no decía nada ni él tampoco. Se limitaban a besarse sin tregua. Sólo se oía en salpicar de las bocas al encontrarse, entrechocarse y vuelta a empezar. En uno de esos besos largos y húmedos ella se separó un poco. Puso sus labios carnosos junto al lóbulo de su oreja derecha y lo mordió. Sintió su boca empapada por la saliva del hambre y del deseo. Gerardo tembló y un escalofrío resbaló por su espina dorsal desde el coxis a la coronilla.

    -Gerard… -dijo mientras introducía su lengua por entre su oreja, algo que si bien no le gustaba mucho, no consiguió que dejara de sentirse excitado, con la cremallera del pantalón a punto de saltar por los aires. -Desnúdame. -dijo lentamente al separarse.

    En ese instante sintió sus brazos pesados, como si un invisible fardo de arena hubiera sido atado en cada una de sus muñecas y le impidiera moverse con rapidez. Aún así hizo su mejor esfuerzo para pasar las manos por debajo de el vestido de ella, blanco y con volantes, y subir desde los muslos, pasando por el tacto sedoso de su ropa interior, deteniéndose en abrazar sus generosas nalgas que siempre le gustaron tanto, subir despacio por su espalda, siempre por debajo de la ropa, hasta encontrar sus axilas, sus pechos tersos y duros, generosos también a la medida de sus manos grandes, y llegar a sus brazos hasta pasar el vestido blanco por encima de su cabeza y que cayera al suelo como el velo mágico de una náyade de las hespérides. Ella seguía besándolo en el cuello, la barbilla, la boca. Sus manos rozaban el endurecimiento de su pantalón vaquero que prometía la fuerza de las piedras y la suavidad irresistible de la carne.

    Los dedos de Gerardo buscaron el broche de su sujetador y lo deshizo en un movimiento ágil, acostumbrado. Quizá ella había llevado aquel sostén antes, en el pasado remoto que ahora se abría ante él como un presente lleno de futuros donde compartir momentos como aquel que estaba viviendo ahora mismo, cuando hacía nada que se habían vuelto a encontrar después de tanto tiempo y de tantas vivencias lejos. Sus pechos quedaron libres mostrando la areola de dos pezones como dos flores de primavera. Poco a poco fue recorriendo con besos cortos el camino desde su boca, las comisuras, el mentón, el cuello, el esternón y poco a poco se fue agachando hasta que sus besos y su lengua encontraron uno de sus pechos que guardaban un sabor dulce a jazmín y a naranja, un aroma clavado en su memoria que le hacía revivir todos los momentos junto a ella, tan añorados y ahora todos a la vez, como si todas las notas de un órgano antiguo sonaran a la vez en mitad de una iglesia vacía y polvorienta.

    Primero un pecho y luego el otro. Sentía cómo Cayetana se estremecía y le acariciaba el pelo despacio. La imaginaba con los ojos cerrados, con la cabeza inclinada hacia el techo, porque no podía verla más allá de su vientre que ahora se descubría frente a él mientras la acariciaba las piernas de abajo arriba y se iba poniendo de rodillas frente a ella, como si adorara a una diosa frente a su tálamo-altar. Siguió con los besos cortos, pasando de largo por sus braguitas, hasta llegar a la rodilla, que mordió suavemente, sin hacerle daño, pero con decisión, acto que su cuerpo había recordado que le encantaba. Ella gimió de placer mientras repetía el mordisco en la otra rodilla y sus manos le quitaban la última frontera de su desnudez para, ahora sí, poder abrazarse a ella sin cortapisas, sin armaduras, piel con piel. El contacto de la boca de Gerardo con la parte más íntima de ella hizo que las piernas de Cayetana perdieran fuerza y se doblaran, cayendo sobre la cama, pero él siguió sin apartarse, guiado por las manos de ella que lo empujaban al centro de su ser con ansia, con sed pero con delicadeza. Gerardo sentía cómo su corazón revoloteaba en su pecho como un canario amarillo en una jaula blanca, de un lado a otro cantando la misma melodía con leves variaciones. Así su lengua se movía por entre sus labios, como un baile conocido pero con las variaciones que le habían otorgado los años y las otras experiencias vividas en otras camas donde si bien el corazón no se movía del sitio, el deseo no dejaba de pugnar por salir y acabar con el mundo para empezar un mundo nuevo. Cayetana gemía cada vez más seguido, más hondo y más largamente. Sus manos lo agarraron con fuerza mientras la respiraba a fondo, acariciando las suaves hebras de su pelo con la boca, mientras sentía su lengua cansada pero fuerte que seguía cada vez más rápido y más duro horadando un corazón.

    -Métemela. -Dijo de pronto. Sin más preámbulo ni medias tintas. Con la voz ahogada.  

    Gerardo se levantó. En algún momento había perdido su camiseta pero no sus pantalones ni sus ganas de quitárselos. Cayetana lo miraba, desnuda, sobre la pequeña cama de noventa sin sábanas. Tenía los ojos grandes y acuosos, que dibujaban dos pozos de estrellas en la media luz de la habitación. Se oyeron voces más allá de la calle, gente yendo y viendo. El volumen de los paseantes iba en aumento con rapidez, seguramente sería un grupo numeroso que se dirigía hacia algún lugar con prisa por llegar. Resultaban, de una forma leve, insoportables. Su trajín lo distraía, lo apartaba del cuerpo desnudo de ella donde con el que estaba a punto de unirse para siempre.

    -No consigo deshacerme el cinturón, ¿te lo puedes creer?

    -Déjame que te ayude. -dijo ella. Y cuando se incorporaba en la cama, acercando su rostro amado a sus tejanos, se oyó el traqueteo horrible y chirriante de la persiana metálica subiendo con decisión, dejando entrar la luz, demasiada, que hizo que perdiera de vista el rostro tranquilo de Cayetana que lo miraba sentada en la cama de su habitación, que desaparecía iluminado por la luz cegadora y blanca que lo envolvía todo. Sus manos perdieron el tacto de su pelo para siempre y su voz la llamó.

    -Caye…

    …oooOOOooo…

    Sin luz. Sin sueños

    Cuando despertó ya tenía los ojos abiertos. Sentía la espalda molida por el tacto duro del suelo y entendió de dónde venía el molesto ruido: una azafata operaria de una empresa de transporte turístico estaba subiendo la persiana del negocio junto al que estaba durmiendo y que imaginara cerrado. No lo estaba. De hecho. El lugar, antes solitario y desolado, se había llenado de turistas con la cara rosa y los ojos transparentes, que lo miraban ahí en el suelo como si fuera una bolsa de plástico o un gato callejero que molestaba en el camino de sus grandes pies de uñas poco cuidadas.

    Aún confuso, se levantó de un salto del suelo y se apartó de allí maleta en mano. Sintiéndose avergonzado a la par que traicionado por un sueño demasiado dulce. Como en las películas baratas, al final todo había sido un sueño, deus ex machina, dirían los críticos con recelo y un gesto de desagrado por ese recurso fácil que resuelve una trama sin seguir su lógica interna. Pero a veces la vida imita al arte, sobre todo al arte malo.

    Era ya bien entrada la madrugada. Había dormido unas horas y se sentía descansado a pesar de espalda. A su vez, tenía la mente nublada como si en verdad se hubiera despertado en un sueño en el que no entendía nada. Buscó los paneles luminosos con las salidas de los aviones y vio que el suyo ya aparecía en la pantalla, aún sin puerta de embarque. Decidió que ya era buen momento para ir acercándose a la zona, no fuera a ser que volviera a dormirse y se quedara en mitad de un aeropuerto sin paredes y sin avión. Superó el control de seguridad sin mayor complicación y pasó por entre los escaparates lujosos de las tiendas cerradas aunque bien iluminadas. Pensó en comprarle un regalo a Cayetana para cuando la viera, pero le parecía algo frío comprar un detalle en aquel lugar, aunque hubiera tiendas apropiadas para ello. Era como adquirir algo en una gasolinera o en un área de servicio: sin alma. Pasó por entre los peluches y los libros sin decidirse por ninguno. Además, todo estaba carísimo y el dinero escaseaba.

    Tenía ganas de llegar a casa, de dormir en su cama, de hacer de vientre en su váter. Luego pensó en que aún estaba lejos de todo y de todos. Cayetana era la única luz que imaginaba al frente, como el marino que busca la luz intermitente del faro en mitad del mar y de la noche, con el corazón encogido y la esperanza iluminando sus ojos rojos. Si Dios quería, tendría suerte y podría llevar por fin una vida con algún sentido, tendría algo por lo que luchar, alguien a quien amar, a quien cuidar, con quien hablar y yacer.

    -Creo en Dios pero no lo entiendo. -Dijo para sus adentros en voz alta, sentado en uno de los bancos frente a una puerta de embarque que podía ser la suya o la de otro avión. El viajero junto a él giró levemente el rostro para mirarlo de reojo, descartó el posible peligro del joven murmurador y siguió atento a la pantalla de su teléfono móvil. Gerardo pasó el rato mirándose las manos y recordando el sueño que hacía poco lo había unido a Cayetana, desando que fuera un presagio de buena suerte que le mandaba la divinidad para darle ánimo, para decirle que siguiera adelante, que lo conseguiría. Atesoraba el olor de su pelo en el recuerdo, se sorprendía de hasta qué punto aquellos fragmentos se quedaban encastrados en el alma. Soñaba despierto con volver a acariciarla y le parecía imposible aquella realidad circundante, más irreal para su corazón que la cama de Cayetana en aquella habitación vacía que, ahora entendía, estaba inspirada en el recuerdo del apartamento de playa de su familia donde acudían todos los viernes para amarse. Cómo no se había dado cuenta. Simplemente no quería.

    La pantalla sobre la puerta de embarque se iluminó. Vuelo FR 203. STN – DUB. Era el suyo. De todas las incontables puertas de embarque de aquella zona del aeropuerto, puestas en fila una tras otra flanqueadas por líneas de asientos individuales, de las decenas o cientos de puertas, estaba sentado justo en frente de la suya. La casualidad de sus pasos erráticos lo había puesto allí, frente a la puerta de embarque: un hombre frente a su destino. Le pareció un guiño de Dios que le decía estar de su lado, que lo guiaba en el laberinto del mundo con su mano bondadosa de padre celestial. Sube a tu avión, hijo mío. Parecía que le decía una voz grave pero amable desde todas partes y de ninguna. Se acercó al mostrador pero no fue el primero. Tres viajeros habían llegado antes, quizá porque sabían que ese avión siempre salía por esa puerta o porque los había guiado Dios también a sus distintas misiones vitales. Gerardo esperaba su turno feliz por ser de los primeros que ocuparía su asiento en el avión. Por el gran ventanal de vidrios tintados de oscuro se adivinaba la llegada del amanecer porque el fuselaje de los aparatos se veía cada vez más claramente en aquella madrugada londinense. No necesitaba más para sentirse feliz, para saber que todo al final saldría bien, para estar, por fin, optimista.

    Dos operarios, un chico y una mujer de mediana edad, comenzaron a sonreír y a invitar a toda la cola, cada vez más larga -pobres desgraciados los del final, pensaba Gerardo- a subir al avión presentando su documento identificativo y su tarjeta de embarque. Anduvo por la plataforma sobre el aire, adosada a la puerta del avión y saludó a la azafata que lo esperaba en la puerta con una sonrisa cansada. Buscó con la vista su fila y se fue dirigiendo hacia el final de la cabina de pasajeros donde tenía su asiento junto a la ventana. Ahora sí que se sintió afortunado: podría ver el amanecer sobre el mar irlandés, quizá incluso la Isla de Man, dependiendo de la trayectoria que siguiera la nave.

    Con total tranquilidad, puso su maleta en el compartimento y tomó asiento en la parte derecha según se miraba a la cabina de los pilotos. Su ventana quedaba cerca del ala del avión, pero no molestaría para ver el paisaje celestial que dibujarían las nubes rosas del amanecer. Poco a poco el avión fue llenándose de gente y de voces que hablaban en inglés con comedimiento, sabiendo que estaban en un lugar público, sin afán de molestar en aquellas horas de la mañana. Nada que ver con los guiris que iban y veían a su país, que formaban escándalo como hordas sudorosas de vikingos fofos. Estos eran igualmente guiris pero iban bien vestidos, tranquilos, moviéndose por sus islas con educación, acudiendo a ver a familiares o a eventos profesionales, nada de turismo.

    Gerardo apoyó la cabeza contra la pared de plástico duro de la cabina. Miraba a otras aeronaves más madrugadoras que emprendían su despegue. Era un momento emocionante que siempre le gustaba sentir en su barriga, cuando las ruedas del aparato abandonaban el suelo y en las tripas se sentía igual que la fuerza de un imán cuando se separa de la nevera, muy fuerte, insoportablemente fuerte una milésima de segundo y luego nada, a volar. Era la fuerza que tiraba de todos los seres humanos hacia el mismo punto y uno podía albergarla mientras atravesaba como una saeta desde la nuez hasta el perineo. Se moría de ganas de volver a sentirla, de sentir algo, de sentirse vivo otra vez.

    El avión efectivamente echó a volar, pero Gerardo no sintió el despegue de forma consciente, ni vio el primer rayo de sol sobre el Mar del Norte ni sobre la tierra verde-clara de Britania, no divisó las nubes rosas con esa línea de plata tan característica que hace soñar al ser humano con encontrar la veta afortunada en la obra de Dios. No vio nada de todo lo que quería porque se había quedado dormido. Esta vez en un sueño pesado como el de una piedra en el fondo de un pozo oscuro. Sin luz. Sin sueños.

    Continuará el próximo domingo.

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    Nos vemos, corazón. Un abrazo,

    El Pobrecito Escribidor