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    Viaje a la ciudad blanca

    El momento cuando decidimos emprender un proyecto se parece a cuando estamos recorriendo un camino y planeamos ir a un lugar que se ve a lo lejos, pongamos por caso, una ciudad blanca. Allí esperamos encontrar refugio y respuestas nuevas que creemos que nos harán más felices, tal y como ocurre con los proyectos que emprendemos: los intentamos cumplir porque pensamos que, al final, nos sentiremos más realizados. No obstante, son muchas personas las que dejan sus proyectos, y sus sueños, a medias, no encuentran las fuerzas para continuar hacia delante y aquello que parecía tan tangible se vuelve una pesadilla. Después solo queda la angustia y una amarga sensación en el estómago. Llegado el momento cabe preguntarse qué hacer.

    Entender la vida como camino, homo viator, es un tópico latino, por lo tanto no es nada nuevo. Ocurre que generalmente no se repara en la profundidad de los latinismos y si bien podemos entender nuestro transcurso en la vida como un trayecto que, en la mayoría de los casos, va de la infancia a la vejez, se olvida que el dicho antiguo actúa también, y sobre todo, durante el recorrido. Y es que la vida es como un gran viaje donde somos nosotros los que decidimos a donde vamos. Podemos seguir las indicaciones, podemos saltárnoslas, hacer caso de nuestro instinto, a un consejo de otro caminante. Hay anuncios engañosos, cruces de caminos, asaltos, peligros, sorpresas. La vida fluye como un río, vita fumen, que termina en el mar, y es un viaje apasionante porque nosotros decidimos, en parte, por dónde el río de nuestra vida transcurre.

    Pasa a veces que, según la senda que tomamos, perdemos nuestro objetivo de vista. En algún recodo del camino vimos a lo lejos la ciudad soñada, llámese esta como se quiera: Amor, Prosperidad, Familia…, y decidimos seguir las indicaciones para llegar a ella. En función de múltiples factores -nuestra experiencia, las señales, los acompañantes-, el camino será más o menos fácil. Habrá momentos en que estaremos en una intersección y deberemos decidir, en soledad, qué opción es la mejor. Un buen consejo para todo caminante: la senda más corta suele ser la más escarpada. El problema viene cuando estamos cansados, sin apenas agua, levantamos la cabeza y ya no vemos la ciudad soñada, esa tierra prometida hacia donde hace tiempo dirigimos nuestros pasos.

    Nos asaltan los miedos: ¿nos habremos perdido, estaremos más lejos, yendo hacia otra parte llena de peligros, tendremos todo lo que nos hace falta para afrontar lo que pueda surgir más adelante, valdrá la pena, después de todo, llegar allí? Estos fantasmas y muchos otros nos rodean cuando estamos persiguiendo un sueño. No faltarán momentos en que nadie nos comprenda ni nos apoye, cuando nos pidan que desistamos, cuando se haga imposible avanzar por el dolor en los pies y en el corazón.

    Pero hay que seguir aunque hayamos perdido de vista la ciudad sagrada, porque eso pasa siempre. El momento en el que vimos más cerca el lugar soñado fue cuando lo divisábamos a lo lejos. La ciudad es tan grande y blanca que parece que podamos tocarla estirando el brazo, casi podemos ver lo bien que vamos a habitar allí. Debemos tener en cuenta que, al principio, estamos mirando nuestro objetivo en línea recta y que nos separan caminos tortuosos, valles y montañas, ríos y polvo, toda clase de accidentes. Tenemos que estar preparados para todas las eventualidades y ser realistas. El tiempo es relativo y podemos tardar más o menos, hay que tener paciencia y, sobre todo, disfrutar del camino cuando se pueda.

    Sin embargo, cuando sea doloroso, cuando no se pueda avanzar, cuando nos duelan todos los huesos y todas las ilusiones, habrá que apretar los dientes, dar otro paso, escribir otra línea, casi a ciegas, con sangre y lágrimas. Porque lo único que está prohibido, en este recorrido que llamamos vida, es rendirse, es decir, dejar de caminar.

    No hay que pensar si estamos en el camino correcto, no hay que darle demasiadas vueltas. Simplemente seguir avanzando como se pueda, seguir aguantando las embestidas, seguir empujándonos a nosotros mismos. Solo así se llega, así se consigue lo que uno se propone. Hay que saber que la ciudad se pierde muchas veces, pero eso no significa que no estemos llegando a nuestra meta. No hay que desistir estando tan cerca.

    Un buen día cruzaremos las puertas de la ciudad blanca y seremos enormemente felices, como pocas veces. Caeremos de rodillas y quizás besaremos el suelo con lágrimas en los ojos. O simplemente respiremos hondo y sintamos la ansiada paz dentro del corazón.

    Poco dura la quietud en los pies del caminante. El ser humano es nómada por naturaleza y pronto buscará su felicidad por nuevos caminos; porque los sueños se mueven constantemente, y es nuestro deber es perseguirlos.

    Quizás la efímera felicidad está en el camino y no en la meta, pero eso es otro artículo.