Nota del autor: Dejo los enlaces de los capítulos anteriores (primera parte, segunda, tercera, cuarta y quinta) para quienes quieran (re)leer los pasos previos de nuestro Gerardo con comodidad antes o después de leer este capítulo. Esta historia encuentra cada día más lectores. Os lo agradezco mucho.
Su única oportunidad
Después de dar algunas vueltas y de retrasar el momento de la verdad todo lo posible en busca de unas fuerzas que no acababa de encontrar, Gerardo llegó a su destino. Como hiciera por la mañana, miraba desde el otro lado de la acera la puerta negra del Abrebadero’s, donde sabía que trabajaba Cayetana. Quizá todo había sido un tremendo error, lo mejor sería dar la vuelta y volver a casa, dejar de hacer el ridículo. Nervioso por los pensamientos que lo acuciaban, miró su teléfono móvil y revisó las conversaciones que hasta entonces había tenido con Cayetana. Llevaban unos cuantos meses hablando, a cuentagotas. Aún recuerda aquel día en que le envió una foto antigua, de antes, de cuando estaban juntos y el mundo no parecía tan oscuro como ahora. Gerardo revisó la conversación buscando la fotografía, para darse ánimos y hacerlo.
Estaban los dos sentados en un banco del parque. Ambos sonreían. Tenían más cara de niños que las que tenían entonces, más inocentes que ahora. Él vestía una chaqueta blanca y ella una vaquera. Sería septiembre u octubre y el cielo tenía esa luz especial que adquieren los atardeceres al final del verano, cuando les gustaba sentarse en un punto de la ciudad donde se viera el mar y dejar pasar el tiempo volar entre las manos y los besos, ajenos a los transeúntes que los miraban de reojo con curiosidad y envidia. La vida parecía perfecta en aquellos días, nadie quería que trascurriera el tiempo y se pasara la tarde, el día, la edad. El futuro era algo lejano y lleno de posibilidades felices. Fue ella quien tomó la fotografía. Decía que siempre salía mal en las fotos, pero en esa estaba preciosa. Gerardo acarició su mejilla sobre la pantalla grasienta del teléfono y sintió una lágrima antigua recorrer un surco invisible en su rostro, un camino acostumbrado. La lágrima cayó por dentro de la piel, por donde más dolía. Le había mandado la foto hacía un par de meses. En el mensaje decía: ¿Te acuerdas? No quiso ver lo que había contestado él. Era una respuesta nerviosa y forzada, apresurada. Como fuere no sirvió para que volvieran a retomar el contacto fluido, de eso era incapaz.
Guardó el móvil en el bolsillo y pensó en encender un último cigarrillo, pero movido por un resorte se dijo: Ahora, y salió disparado en dirección a los toldos negros del Abrevadero’s con una sonrisa forzada y el gesto concentrado de la decisión tomada. Sintió que sus pies caminaban decididos sobre el asfalto gris como por una cuerda floja. No había nadie en la terraza durante el día gris. No conseguía ver el interior del local desde fuera y adivinarla a ella por entre las mesas. Llevado por la inercia de sus pasos, empujó la doble puerta del local y penetró en la luz tenue del recinto sin ver apenas.
El local era más amplio de lo que parecía por fuera. Había mesas negras y blancas por doquier, con cuatro sillas cada una. No abundaba la clientela a esa hora, las 15:20 de la tarde. Vio el camarero alto que se paseaba por entre las filas de mesas vacías, recogiendo algún vaso, vio otra chica con el pelo recogido con una cola de caballo ordenando las tazas de té detrás de la barra. No estaba ella. Quizá aquel no era su turno después de todo o se había marchado a casa a descansar. Debería volver más tarde.
Cuando iba a emprender el camino de vuelta, la vio. Salía de lo que parecía la puerta batiente que daba a la cocina, la cual se adivinaba por los azulejos blancos que se veían a través del ojo de buey. Se acodó frente a la barra e hizo una broma en inglés con la chica que fingía arreglar las tazas de té. La de la cola de caballo le contestó y al girarse para mirarla a ella, lo vio a él detrás y puso cara de: Hello, how can I help you? Cayetana no se había girado, quizá sin entender por qué su amiga no la miraba a ella o no seguía con la coña. Gerardo estaba detrás de ella y no se le ocurrió otra que decir: Can I take a beer? Fue entonces cuando Cayetana se giró y el mundo pareció detenerse.
Dicen que si la tierra se parara de pronto todo saldría volando por los aires. Gerardo lo sintió en aquellos instantes. Su corazón quería salirse por un costado como un pájaro en una jaula pero sus pies estaban enterrados en el piso del local. Ella lo miró divertida, quizá pensando que aquella voz le sonaba o simplemente extrañada por esa pronunciación tan deficiente de la lengua de Joyce. Se miraron a los ojos después de mucho tiempo, de tanto tiempo. Su expresión se iluminó por un instante como la llama de una cerilla, con el fuego que había ardido antaño, que los había envuelto en tantas noches bajo las estrellas y en cualquier banco del parque, un fuego que pronto se apagó.
-¡Gerard…! ¡Qué haces aquí! -dijo con la boca abierta, mostrando los dientes inferiores. Tenía la expresión de haber visto un fantasma. La chica de detrás de la barra no entendía nada. -Cariño, ven, dame un abrazo… -Se acercó ligera y sus brazos recordaron la posición justa para albergar su cuerpo en esa memoria que se queda guardada en los movimientos acostumbrados y que pueden pasar inadvertidos toda una vida hasta que se pierden para siempre. Sintió su pequeño cuerpo sobre su camisa arrugada por el viaje. La envolvió con sus brazos cansados sin decir nada, disfrutando del tan ansiado momento cuando pudiera abrazarla de nuevo y sentir el olor de su pelo junto a su rostro.
Pero algo era diferente. Había algo frío y tenso por debajo de su piel, algo incómodo. La expresión de la chica de detrás de la barra pasó del desconcierto al enfado, como si efectivamente conociera el caso del tal Gerard y aquel tipo no le gustara nada para su amiga de hacía cinco semanas. Él la miró con desafío y observó también al tipo alto de la bandeja, que no se había movido del sitio y los miraba también. Para entonces, Cayetana ya se había separado, había durado muy poco el contacto, y hablaba con su compañera en un inglés atropellado sin saber explicarle muy bien la situación.
-Pasaba por aquí y he pensado en venir a verte. -Dijo Gerard en su lengua materna.
-¿Qué quieres tomar?
La pregunta lo extrañó. Luego recordó que al fin y al cabo estaban en un bar y que ella estaba trabajando. Seguramente aquella era la excusa para encontrar un momento solos.
-Una cerveza. Cualquiera.
-Siéntate donde quieras.
-Vale.
Tomó asiento en una de las muchas mesas vacías que había en el local. El tipo alto pasó a su lado y Gerard tuvo ganas de partirle la cara de pelirrojo sin un motivo aparente. Cayetana iba de aquí para allá. Estaba nerviosa, sin saber qué hacer ni cómo ponerse. Él también se sentía nervioso pero tenía la ventaja que estaba sentado y podía hacer como que miraba por la ventana y veía los coches pasar y los cuervos saltando en la acera.
-¿Cómo se te ocurre venir hasta aquí? -Dijo con la cerveza sobre la bandeja. No sabía manejarla muy bien, debería hacer poco que hacía ese trabajo. Estaba en Irlanda huyendo de su vida anterior, como en esas películas donde la chica se marcha a otro estado en fuga de un maltratador o un peligro inminente. Gerard intuía eso en su voz.
-Tenía ganas de verte.
-Mi turno acaba a las cuatro. ¿Qué vas a hacer? ¿Te quedas a comer aquí?
Gerard miró su muñeca fingiendo no saber la hora que era. Sentía los movimientos como dentro de un reloj de arena, cada vez más pesados por la acumulación de tierra en torno al cuello. No entendía la pregunta. Lo último en lo que pensaba era en comer.
-¿No dices que terminas a las cuatro? Queda media hora. Salgo contigo.
Se marchó con la bandeja vacía y volvió al cabo de poco tiempo con una versión irlandesa de patatas bravas. Al fijarse en la decoración, Gerard percibía que el sitio era una mezcla de hispanidad: lo mismo había sombreros mexicanos colgados que castañuelas y trajes de flamenca. Era una mezcla de mal gusto aquel colorido sobre el fondo negro, pero los guiris deberían percibir aquello como el colmo de la autenticidad, como cuando los europeos van a un restaurante chino y lo mismo el león de la puerta y la grulla de la vajilla no tienen culturalmente nada que ver pero da el ambiente asiático.
Quiso decirle lo que le parecía el local a Cayetana, pero se marchó pronto. La verdad es que no había tanta gente como para no poder intercambiar dos o tres palabras de vez en cuando: el local estaba casi vacío y había camareros de sobra. De hecho, ella pasaba tiempo hablando con sus compañeros, seguramente de él, y a ninguno les hacía gracia.
Estaba acostumbrado a no agradar a los amigos de ella. En su ciudad, sus amistades le habían parecido gente frívola y sin interés, que al cabo de una hora resultaban insoportablemente mediocres. No entendía cómo ella podía relacionarse con aquella gente y no preferir la compañía de los amigos de Gerardo, los raritos de la última fila que fumaban mucho tabaco y escuchaban rock en lugar de rap y leían libros raros y películas de la época cuando sus abuelos iban en pantalones cortos. A Cayetana le encantaba pasar tiempo con los amigos de él y era una más en el grupo, intervenía y sabía tanto de tabaco, de rock, de películas y de cosas raras como todos ellos juntos. Era, a pesar de ser guapísima, una chica rara y preferiría la compañía de su gente.
O eso le parecía a Gerardo. Las patatas estaban asquerosas, estaban poco fritas y la salsa era insípida. Aunque llevaba sin comer muchas horas, si no días, no logró terminarse el plato. La cerveza estaba templada y resultaba también imbebible. Maldijo la gastronomía irlandesa, era imposible aguantar demasiado en ese país con aquella comida. ¿Cómo conseguía hacerlo Cayetana? Volvió al cabo de un rato. Se había quitado el delantal de trabajo que llevaba amarrado a la cintura y se había cambiado de ropa. Había dejado el uniforme negro en algún lugar del local y se había puesto pantalones vaqueros y una sencilla camiseta a rayas azules y blancas estilo marinero. Tenía los labios y los ojos maquillados levemente. Llevaba el pelo corto, se había hecho ese corte un tiempo después de que lo dejaran y se lo había dejado así. Igualmente estaba preciosa. Los ojos negros y grandes lo miraban con una dulzura contenida.
-Ya terminé. ¿Vamos?
Salieron juntos del local, ella un poco adelantada y él detrás como un animal tímido y obediente. Los compañeros la despidieron y obviaron la presencia de Gerardo. La chica de la cola de caballo le dijo en inglés que si necesitaba cualquier cosa sólo tenía que llamarla. Gerard empezaba a sentirse molesto con todo ese teatro. Quizá no se había portado bien con ella, sobre todo en los últimos momentos, en aquel último día, pero no era un violador ni tampoco un agresor de ninguna clase. No iba a perseguirla hasta el fin del mundo reclamándole su obediencia y su lealtad. Si estaba allí era porque pensaba que una parte de ella, aunque quizá minúscula, aún lo quería y que aquel rescoldo, aquella chispa, podría encender el bosque de lo que un día hubo sido el amor de su vida.
-Tus compañeros me miran como si les debiera dinero.
-No se lo tengas en cuenta. Me han ayudado mucho.
Ella caminaba rápido, mucho más de lo que recordaba por los largos paseos que habían recorrido juntos durante tanto tiempo. Ahora se alejaba deprisa del ámbito del restaurante, calle abajo, en dirección, sin saberlo, a la siniestra abadía universitaria donde Gerard se alojaba. Si seguían ese camino, en cuestión de diez minutos llegarían a las puertas del campus y, quien sabe, podrían subir a descansar un rato y a ponerse al día. Gerardo se sentía feliz en su fuero interno. Todo estaba saliendo, más o menos, como lo había soñado. El día se iluminaba por momentos a pesar del cielo gris y los siniestros cuervos de pico negro sobre los semáforos y las señales de tráfico.
-Pues yo ahora he quedado con uno… -dijo ella de pronto, entre dientes, mirando hacia todas partes por si aparecía aquel “uno” y los veía andando calle abajo como desconocidos. No añadió nada más y Gerardo sintió como su corazón dio un temblor y se detenía. En ese instante sintió una sacudida como si le hubiera caído un rayo encima.
Parada frente a él, más nerviosa e incómoda si cabe por la situación, se encendió un cigarrillo. Gerardo se rascó el cogote, se frotó el cuello, se aguantó las lágrimas y dijo.
-Bueno, bueno, bueno… Pues nada…
-No, no… a ver… Le digo que…
-No, no, tranquila… Haz tus planes, haz tus planes…
Sin saber muy bien qué hacer, los pies de Gerard empezaron a iniciar la retirada calle abajo, siguiendo el camino que ella había detenido. Sentía el ridículo subiendo como la espuma desde los tobillos, pasando por sus gónadas, hasta detrás de las orejas, buscando los ojos y estallar en lágrimas saladas y estúpidas. Puso cara descompuesta pero no quiso que ella lo viera y se fue retirando de medio lado, como el que se despide con la mano y sigue su camino porque tiene prisa, como si fuera a él a quien esperaban a las 16:15 en algún sitio. Ella se quedó mirándolo angustiada, sin saber qué hacer ni decir.
-Geri, te llamo luego y te digo algo.
-Vale, vale. No te preocupes.
Gerardo retomó el camino al hotel sin mirar atrás. La pena y el ridículo ya anegaban sus ojos en lágrimas incontenibles que pugnaban por caer al suelo. Apresuró la marcha antes de que tuviera que verse obligado a frotarse los ojos y hacerle ver a ella que lloraba si es que estaba viendo cómo se alejaba. No se giró para descubrirlo y, casi sin ver, no dejó que se le escapara una lágrima hasta que llegó a la altura del Castillo de Maynooth cuyas ruinas se alzaban al cielo como dientes podridos y cariados. Un cuervo graznó.
Estaba al final de la calle y siguió la marcha lloriqueando hasta entrar en el solitario recinto del campus, unos cinco minutos más tarde. Sentía rabia, impotencia, incertidumbre. Quería tumbarse en algún sitio y dolerse como un perro herido, buscar con la lengua la herida y lamer y gemir hasta que se aliviara o se muriera por fin. Atravesó los verdes jardines, las grises paredes de los muros. Pasó por entre los cuervos cuyo número aumentaba por doquier mientras aquellas alimañas lo miraban con curiosidad, como si valoraran si entre todos podrían comerse a aquel despojo humano.
Entró en el portal abierto, atravesó el pasillo con techo de bóveda, subió las escaleras, encontró la puerta de su habitación y la abrió. En todo aquel camino no se había encontrado con absolutamente nadie y una voz le preguntó cómo sería pasar una noche a solas en un lugar tan espeluznante como aquel sitio, como esa habitación con grifo y espejo frente a la cama. Se tumbó sobre las sábanas y ahogó un grito sobre la almohada.
Un grito que no oyó nadie, ni siquiera los cuervos que parecían picotear el duro cristal del ventanal que abría la visión en un lado de la pared y dejaba ver el jardín verdísimo donde se acumulaban aquellas aves negras, en aquella hora, a ver un hombre desolado.
Gerardo no podía dejar de preguntarse: Si estaba con un tío, ¿por qué hablaba conmigo? Partía de la lógica de que si Cayetana estaba en una relación no hablaría con él. Aquello era deshonesto, impropio de ella, de la Caye que había conocido durante tanto tiempo.
Quizá era algo pasajero. Un rollo de una noche o de una tarde y la casualidad había querido que fuera en el día en que él había llegado pero, en ese caso, ¿no podría haber cambiado los planes? Al fin y al cabo, los imprevistos podían surgir. Quizá el tipo era demasiado importante para ella como para posponer el plan, a lo mejor no había sabido qué hacer al verlo allí plantado, en su restaurante, en el último sitio donde esperaba encontrarse a alguien conocido. En ningún caso la culpaba, sólo se sentía perdido.
El teléfono sonó. Le había llegado un mensaje. Miró con esperanza y lágrimas: era ella.
-¿Quedamos en el cruce a las 17:30?
Así que sí. Había cambiado de planes para verlo. Se había dado cuenta de su error y querría pasar tiempo con él, saber qué andaba haciendo allí, qué tenía que decirle. El rollo, el amigo, podría esperar un día. Gerard aprovecharía su momento para brillar.
-Allí estaré. -contestó.
Se tumbó bocarriba. Pensaba en lo que le diría. Aquella sería su única oportunidad.
…oooOOOooo…
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Había una vez una joven escritora feminista: pobre, apasionada y negra. Sus reflexiones y relatos suscitaban la admiración de otras mujeres feministas que destacaban, lo mismo que ella, en otros ámbitos del arte: acuarelas, fotografía, tarot, atardeceres, maternidades. Pero un día el Hambre personificada llamó a su puerta para sentarse un rato en el sofá de su casa de Menorca, isla donde antaño se había rodado un anuncio mítico de cerveza que se reversionó otro verano, con los mismos músicos demacrados por la droga, que suscitaba una nostalgia amable. El Hambre estaba sentada como una sombra silenciosa y secreta, nadie la veía, solo la escritora feminista, que estaba sola. Es duro ser una escritora feminista y depender de un hombre, artista feminista como ella, que vive de la bondad paterna y burguesa para pagar el pisito en Menorca, los múltiples fracasos, los dudosos triunfos, que nunca se traducían en dinero.
Así que, la cada vez menos, joven escritora feminista soñaba con ser una gran escritora y vivir sin traicionar sus ideales. Para no sentirse como una de esas amas de casa a las que despreciaba por no trabajar, se inventó unas clases particulares para ricachones de Menorca, como si tuviera quince años y ahorrara un dinerillo para comprarse ropa. La escritora cada vez tenía menos ropa que ponerse. Te veo más gorda, dijo el Hambre. Ella no contestó y siguió escribiendo en su teléfono su reflexión diaria para las artistas feministas como ella. No quiero acabar de profesora en un instituto porque soy una genia y quiero que el gran mecenas me vea, me rescate y me siente en una silla de oro para ser como la princesa de Darío y suspirar por un príncipe azul, guapo y feminista.
El Hambre, con su máscara roja, puso la tele y los pies encima de la mesita del salón. El Hambre no dice nada si no la miras a los ojos un buen rato y le dices, qué quieres, qué diablos estás haciendo aquí. Es discreta y se sienta tranquila en el sofá de tu casa o en el coche mientras viajas hacia esa cascada mágica que te revelará el sentido de la vida. El Hambre es así, llega sin avisar y no se va de tu hogar hasta que ella quiere. Pero si la escritora feminista la mirara y observara la negra oquedad de sus ojos, esta le diría.
Guapa, la vida que proyectas, que te parece tan sencilla y tan absurda, es mucho más difícil de lo que te crees. Si no despiertas, cuando quieras darte cuenta y agarrar el tren, será demasiado tarde. Lo que ves como un paseo, un lugar donde caerte muerta, es un carrusel de dificultades que pueden conducirte a querer tirarte por la ventana, o entrar lentamente en el mar con un camisón blanco, si así lo prefieres por romanticismo. La joven escritora feminista la miró y no dijo nada. El Hambre, se encendió un cigarrillo sin preguntar si en la casa de la autora promesa se podía fumar o no. Tirando una brizna de ceniza al suelo, prosiguió. Verás, las cosas van a ser cada vez más complicadas y esta idea del arte no está funcionando del todo.
Maldita Hambre mentirosa. La joven escritora no podía contestarle más allá de volcar su frustración sobre un mundo que nunca acaba de consolidar el feminismo ni el matriarcado. A mí todo eso me la trae sin cuidado, yo soy tan antigua como el mundo. Además, la mentirosa eres tú, todos lo saben. Y las que te aplauden son tan mentirosas como tú. En todos los viajes, en todos los caminos, yo estaba allí, mirándote.
La joven no pudo más que darle la razón y preguntar, qué puedo hacer para evitarte, qué tengo que hacer para que no vuelvas nunca más. No puedes hacer que no vuelva nunca más, pero puedes hacer que no venga tan a menudo. Tienes que ponerte a trabajar, a ganarte la vida, a dejarte de historias extrañas sobre ideales que nunca llevan a una consecución real y que solo son mentira. Vuelve a donde te quieran, vive la vida junto a las personas que amas, por encima del dinero, la fama o tu voluntad de ser algo o tu necesidad de que alguien te crea algo. Tienes que ser feliz en la infelicidad, en la vida gris que te proyecto para que camines hasta mí y te encuentres conmigo en un instante que nunca conocerás. Tienes derecho a soñar, pero será después de hacer todo lo que te he dicho y quizá lo consigas o quizá no, pero no podrás decir que tu vida no valió nada.
Bueno, creo que tienes razón. No puedo discutir contigo porque nunca dices la verdad ni la mentira, porque no hay excusa o dialéctica que te esquive cuando estás sentada en el sofá de mi casa y me da miedo de mi propia sombra, porque te adivino como un reflejo. Entonces me marcharé, pero recuerda lo que te he dicho, deshecha toda esa basura y aprende a vivir en el silencio, que es el enemigo acérrimo, más temido, que tengo.
Y tal como vino se fue. La joven escritora feminista lloró amargas lágrimas desesperadas y se sintió mejor. Retomó su teléfono móvil y miró algunos atardeceres en valles de ensueño que había colgado alguna de sus seguidoras feministas a quienes el Hambre no habría visitado aún, a juzgar por sus rostros felices e imbéciles.
Todo ha sido un sueño, se dijo. Nadie se ha sentado en mi sofá y me ha dicho todas esas cosas horribles, no las veo en mi pantalla, todo lo que la Muerte o el Hambre o como se llame hablara. Solo es mi imaginación. Se levantó de su silla, atravesó con un par de pasos el salón y vertió sobre su mano un antidepresivo que ingirió con agua. Siguió escribiendo su texto sobre la felicidad que daba ser una mujer pobre y trabajar como una negra, expresión que solo podía usar ella, a pesar de no ser negra, porque era hispana.
El Hambre miraba por la ventana desde la calle y se reía. No quiero meterme en una vida gris, escribía la joven escritora feminista.
Esa noche, como la anterior, la nevera estaba vacía.
De camino a la estación, miro el reloj, son apenas las siete, y no tengo prisa. Decidí salir temprano de mi apartamento porque estaba expectante y tenía ganas de tomar un poco el aire antes de meterme en el tren dos horas y aparecer en el corazón alocado de la gran ciudad.
Hace una tarde magnífica. Algunos bañistas vuelven con sus enseres de la playa en las manos: sombrilla, toalla, alguna nevera portátil. El verano poco a poco se termina y a esta hora, en este día, corre una brisa fresca y húmeda que me hincha la camisa fina de algodón. Acarreo una maleta negra en la mano derecha, que compré para otro viaje, con pocas prendas: un par de camisetas, ropa interior, otros tejanos aparte de los que llevo puestos, el cepillo de dientes y el resto de los enseres para el aseo. Una sensación de optimismo me hincha los pulmones, me siento en paz y contento. Van a ser unos días maravillosos.
Miro al cielo mientras camino por la acera en dirección al viejo y sucio edificio de la estación. Es un lugar que me gusta. Tengo pensado tomar un café en el bar, en la terraza que da al primer andén, el más ancho, y ver pasar los trenes, la tarde, la gente. He quedado para cenar en Barcelona sobre las diez, Claudio me estará esperando en la estación central, dejaremos mi maleta en su casa de Gracia y quizá tomemos algo por allí cerca. No tengo ninguna prisa esta tarde.
Como pasaré unos días en la ciudad, he dejado el coche en mi casa -a unos diez quilómetros de la estación- y he llegado en autobús. Es difícil aparcar cerca y además todas las plazas son zona azul, es decir, de pago. Para no dejar el vehículo en una calle lúgubre durante mi estancia, he decidido llegar en transporte público. Hacía tanto tiempo que no me subía a un autobús.
Me acordaba de mi adolescencia mientras miraba el paisaje pasar por detrás de la sombra de mi rostro en la ventanilla. El panorama seguía siendo el mismo de siempre, de mí no sabría decir lo mismo. Han pasado más de diez años entre aquel chaval que conocía a todos los conductores y yo. Los vehículos tampoco han cambiado mucho, el material sigue emitiendo crujidos cada vez que tomamos una curva cerrada o pasamos por encima de un badén, su velocidad sigue siendo anormalmente alta y pienso que es un milagro que, en todos estos años, no haya pasado nada grave. La empresa concesionaria debe de tener algún acuerdo con el diablo o el ayuntamiento a este respecto. La vida entonces, aunque casi nunca tenía dinero, era más sencilla en algunos aspectos: tenía amigos, pareja, iba sobrado de confianza. Ahora tengo otras cosas y con el tiempo he ido aprendiendo a achacar el hecho de que no tenga más por culpa de los tres factores antes mencionados. Pero fui bastante feliz y supongo que cometería los mismos errores de nuevo, pero no ahora.
Aunque he dejado atrás la euforia, sigue brillando dentro de mí un viejo vitalismo como un rescoldo, incluso en los momentos más difíciles. Tengo una profesión que me gusta y, lo mejor, es que me deja tiempo -y dinero- para dedicarme a hacer lo que me apasiona: tocar la guitarra y escribir canciones. He conseguido algunos éxitos humildes a este respecto y, como llevo muchos años tocando, parezco profesional cuando ejecuto una pieza y domino bastante de harmonía a pesar de no haber ido nunca al conservatorio. Las veces que he tenido un profesor de música, o de cualquier otra cosa, no ha sido muy excelente; siempre eran tipos que tenían pocas ganas de enseñar y que se dedicaban a la docencia porque no habían podido trabajar de lo suyo. Nunca disfrutaban con lo que hacían y me pregunto si alguna vez disfrutarían de la vida en general. Me contesto que seguramente no, y que seguramente por eso nunca habrán impresionado a nadie tocando su instrumento. Me detengo y veo que es un pensamiento bastante duro, pero me lo permito porque lo digo para mí mismo. Antes hablaba por los codos sobre lo que pensaba y hacía hipótesis sobre todo lo que ocurría entorno a mí; ahora lo sigo haciendo, pero procuro no contarlo porque por la boca muere el pez, que decía la canción, o algo parecido.
Yo, en este aspecto, he tenido suerte. Algunas veces me han dicho que tenía un talento especial para tocar, que debería haberme hecho músico. ¿Acaso no lo soy ahora? No, pero músico con estudios de música. Ya, pero prefería tener un buen trabajo antes, que me robara la mayor parte del tiempo, tiempo que podría dedicar a un sueño que, por otra parte, difícilmente se cumpliría y acabaría igual de amargado que los pelanas que me daban clase. Para nada, mejor o peor, prefiero que mis pasiones no me roben la alegría. Tengo suerte porque creo que no lo hacen, al contrario.
Recuerdo que aprendí a tocar la guitarra en Madrid. Conocí a un amigo, Roberto, borracho de libros y música de autor, como yo, que tenía un año menos y una beca de estudios igual que la mía. Nos hicimos tan inseparables que pude ver de cerca cómo aprendía. Sabía de una web donde estaban todas las tablaturas de las canciones, había buscado las más fáciles y las que sonaban mejor, a partir de aquí el ancho mundo de la música se limitaba a seguir tirando del hilo y a hacer la pregunta correcta en Google para que te mostrara el ejercicio adecuado para ti. Dicho así, por mi voz interior, parece muy lógico, pero todavía es difícil ordenar los niveles de información en Internet: el día que descubran el negocio y la gente se acostumbre, se acabarán los colegios, los institutos, las universidades: todos los centros de enseñanza al uso que existen hoy en día. ¿Me quedaré sin trabajo dentro de veinte, treinta años? Al fin y al cabo, yo también soy.
-¡Isaac, Isaac! ¿Qué haces por aquí?
Estaba sorteando una fila de maletas, camino de las ventanillas para adquirir un billete solo de ida, por favor; casi había tropezado con una y llevaba la mía en volandas cogida de un solo brazo. Iba tan distraído que no había mirado a nadie y cualquiera que me viera pensaría que era un autómata con los ojos puestos a años luz de la realidad circundante. La voz era conocida, muy conocida de hecho, me giré un tanto sobresaltado, pero procuré que no se me notara.
-¡Hombre! -es lo que dije, a pesar de que era una chica. -Isabela. Cuánto tiempo sin verte, qué guapa estás, ¿cómo va todo? -Quise decir eso, pero solo acerté a decir la última pregunta con un cacareo nervioso mientras me apartaba de la fila para que la señora que tenía detrás de mí, impaciente, ocupara mi posición en la cola. No me importaba, no tenía ninguna prisa y, en aquel instante, el encontrarme con Isabela era una grata sorpresa.
Nos dimos un abrazo, bastante frío, quizá fue normal, pero antes nos abrazábamos tan fuertemente, y el cuerpo parece recordar tan bien ciertas cosas, que ahora todo parece sucedáneo de cortesía. Hace mucho tiempo que no abrazo a nadie como la abrazaba a ella. Me han dicho que tengo un muro, una coraza: es para no sufrir, me gustaría contestar, pero encojo los hombros, sonrío y digo que soy así. Por encima de su hombro, pude ver que algunas chicas nos miraban, me miraban, con escepticismo, las mismas que yo había sorteado un momento antes. Seguramente pensaban que yo era el famoso Isaac y que, al fin y al cabo, era muy poco para ellas. Quizás me habían imaginado más guapo, más alto, con más carisma. A veces me cruzan pensamientos de otra gente entre los míos, y me gustaría pensar que me equivoco, pero por desgracia, generalmente, no es así. Como me daban igual, no volví a dirigirles la mirada, ni siquiera hice un tibio conato de saludo.
-¿Dónde vas?
-Pues a Barcelona, he quedado con Claudio allí, ¿te acuerdas de él? -como era una pregunta retórica, continué atropelladamente- Vamos a dar un conciertillo en un bar de copas que hay por Gracia, él vive allí desde hace un par de años.
-¿En serio? Qué pasada. Sigues tocando, ¿verdad? -Por los ojos de ella, tan embriagadores como siempre, podía ver que se alegraba de verme y eso agitaba la tumba de viejos sentimientos que, de hacía años, andaban criando malvas y polvo. -Nosotras hemos venido a dejar a Laura, que se va a Valencia. -Hizo un gesto con la mano y la tal Laura levantó su mirada asqueada del móvil, la miró a ella y volvió a bajarla en silencio. Lo mismo hacía la otra, la cual había dejado de prestarnos atención para atender a las múltiples redes sociales y todo eso.
-Oye, ¿te apetece que echemos un café? -Cuando estas palabras salieron de mis labios, no podía creerlas. No las había dicho yo, sino otra entidad que hablaba por mí. Recodé la película aquella de Woody Allen, Un seductor de medio pelo o algo así, soy malo para las películas y los nombres. En este caso, Humphrey Bogart había hablado por mí. Al darme cuenta, empecé a cagarla. -Bueno, si te apetece, si no, no. Tienes cosas que hacer…
-¡Vale! Me apetece mucho. Vamos a la terraza esa, que me encanta. Me gusta sentarme y ver pasar los trenes y la gente, antes lo hacía mucho. Me venía a pensar, jeje. Oye, ¿pero no tenías que comprar el billete?
-Tranquila, mi tren no sale todavía. No tengo prisa. -dije sin mirar el reloj ni saber, en realidad, qué hora era.
-Chicas, voy al bar a tomar un café con Isaac. Lauri, si llega tu tren avísame, eh. A ver si no se retrasa mucho.
-Ok. -Contestó secamente la otra sin levantar la vista. Le habría soltado una grosería. Algo como “maleducada, deja el móvil de una puta vez que te están hablando”. Pero no lo hice, me limitaba a mirar a Isabela un poco más adelantado, con mis pies apuntando en dirección a la cafetería de la estación. Seguro que parecía idiota.
-¿Y tú qué? ¿Qué haces con tu vida? Pensaba que vivías en Inglaterra, ¿ahora andas por aquí? -deseaba con todo mi corazón que me dijera que sí.
-No, estoy de vacaciones. He venido a pasar unos días con la familia, ya sabes. Tan pesados como siempre.
-¿Cómo están? Me acuerdo un montón de ellos, sobre todo de tu hermano, no lo he vuelto a ver desde… -que lo dejamos, que te dejé, que me fui casi sin despedirme no sé muy bien adónde- Dale recuerdos.
-Jaja, claro. -Creo que me leyó la mente, en cierto modo, porque levantó la guardia de forma imperceptible, solo por la energía que se respiraba en torno de nosotros. Pensé que cambiaría de idea y volvería con sus amigas, pero no lo hizo. -¿Qué te apetece? -Dijo cuando llegamos a la barra del establecimiento.
-Un cortado con hielo, por favor.
-Un café con leche corto de café.
-¿Leche caliente? -dijo la camarera con acento del este.
-Sí. -contesté yo. Stevtlana, sabía su nombre porque lo ponía en una plaquita que llevaba sobre el pecho izquierdo, me miró sorprendida porque la pregunta no iba dirigida a mí. Isabela se echó a reír y la máquina del tiempo nos transportó a los dos unos cuantos años antes, cuando pasábamos la tarde tomando un café, besándonos, hablando de mil pamplinas que para nosotros constituían los pilares de la Tierra, de nuestro mundo.
-¿Todavía te acuerdas de cómo me gusta el café, eh?
-A eso no se le puede llamar café, sino leche sucia, del infierno, ideal para una fría tarde de verano. Qué puto asco. -Dije sin perder la sonrisa, en realidad me encantaban sus manías y algunos gustos extraños que tenía.
-Sigues tan tonto como siempre… -e hizo un mohín falso de disgusto. Humphrey Bogart me instaba a que la besara, “BÉSALA, IDIOTA”, pero no lo dice y apreté los puños. Vi que me había tendido la mano levemente, estaba en el aire esperando que yo la cogiera; antes era un gesto que hacía sin darse cuenta, pero la apartó pronto. Stevtlana trajo los cafés, pagamos, pagué, se quejó porque pagara yo, y nos fuimos a la terraza, ella con su taza humeante y yo con mi vaso que contenía un líquido que se volvía helado por momentos.
Nos sentamos el uno al lado del otro, los otros dos vértices de la mesa cuadrada apuntaban hacia los andenes, los cables, el muro que separa la estación de la playa, el mar. Era una tarde preciosa. Las nubes marineras nos miraban a lo lejos.
-Me decías que seguías en Inglaterra, ¿cómo te va con los gabachos?, ¿te quedas muchos días por aquí?
-Las cosas van genial, Isaac. Aquello te encantaría. Hay mucha música en directo y no ponen nada de lo latino que ponen aquí, ya sabes, la mierda de siempre. Hay grupos geniales que tocan como bandas grandes en pubs pequeñitos. Incluso en el pueblecito donde vivo yo, hay un garito en el que todos los jueves, viernes, sábados, e incluso los domingos, hacen música en directo. La mayoría de los grupos tocan éxitos de hace mil años. A veces me acuerdo de ti, te encantaría, Isaac, en serio.
-Podría probar suerte. Podría tocarles una rumba catalana con la guitarra aquella, ¿te acuerdas? La que fuimos a comprar al Musica’s. Tiene un sonido brutal, no he vuelto a tener una guitarra como esa, es mi preferida.
-¿Y dónde la tienes? ¿No ibas a Barcelona a tocar?
-La he dejado en casa. Claudio insiste en que debemos hacer el directo con una acústica suya, por rollos de sonido y tal. Parece ser que una española no pega con el rock-pop y con esas canciones lacrimosas que a ti te gustan tanto. Ya sabes, Only got the sun when you’re feeling low, only got the snow when it’s strats to snow… -Canturreé con una voz ridícula, como si me hubiera pellizcado el escroto. Me pegó en el brazo mientras se reía.
-¡Así no es la letra! ¡Te la has inventado! Only MISS the sun… -cantó ella brevemente, y deseé que continuara, que la cantara entera, como cuando íbamos en aquel coche minúsculo que tenía yo por entonces y ponía sus canciones, que luego fueron las mías, a fuerza de escucharlas tanto. Pero ya no era entonces, sino ahora.
-¡Canta, canta! A ver si me la aprendo… Esa la tocamos también, pero como el vocalista es Claudio yo me limito a los arpegios.
-Me gustaría verte tocar.
-¿Por qué no te vienes conmigo? Lo pasaremos bien. Seguro que a Claudio no le importa que te quedes a dormir, ahora sus compañeros de piso se han ido de Barcelona y tiene la casa libre. Tocamos mañana por la tarde en la Plaça del Diamant con unos colgados amigos suyos, te caerían bien. Son buena gente, ya sabes, músicos de la vida. A mí me parecen unos flipados, pero no se lo digo, claro. Se creen estrellas del rock y además…
Antes de que contestara al ofrecimiento, una voz la llamó.
-¡Isa! -Sus amigas nos miraban con el mismo escepticismo, o desprecio, de antes, a unos metros. Yo las odié en ese momento con todas mis fuerzas, esa voz de pito roto nos devolvía a un presente menos luminoso, más gris, más mezquino.
Se fue con ellas y yo me quedé en la mesa temiendo que no volviera. Le quedaba la mitad del café todavía. Sus amigas se disponían a pasar al andén número cuatro, el tren estaba al caer, lo clamaba la voz femenina de los altavoces. Tenían que acceder por un túnel subterráneo y supongo que esperaban que Isabela las acompañara. Me quedé mirando la escena, conjurando todos los astros para que se quedara conmigo. Hablaban un rato, se abrazaban y se despedían. Cuando la vi volver sola, mientras aquellas dos arpías no se dignaban ni a mirarme, me sentí tan afortunado que casi me pongo a saltar. Si hubiera tenido rabo, como un perro, lo habría estado moviendo frenéticamente.
-Hemos quedado para vernos antes de que vuelva a Witney.
-¿Así se llama tu pueblo, donde vives?
-Sí, no está muy lejos de Oxford. Es precioso, la universidad es maravillosa. Todo allí parece sacado de una película de estas de magia y edad media.
-Estilo Harry Potter.
-Exacto. -Hablábamos de cualquier cosa, quizás se le había olvidado mi propuesta. Así que, desoyendo los consejos de la voz interior, insistí.
-Pues, como te decía, podrías venir conmigo y.
-Me temo que no puedo, Isaac. Tengo muchas cosas que hacer por aquí y no puedo estar fuera de casa, he venido a ver a mis padres. Imagínate el cabreo que se agarrarían si les digo que hoy me voy a Barcelona contigo, jeje.
-Claro, lo entiendo perfectamente. -No me pareció una excusa, sino un motivo perfectamente razonable. Quizás no es lo que hubiera hecho yo en su lugar, pero yo no era ella.
-¿Cuánto te quedas por aquí? ¿Tienes muchos días de vacaciones o qué?
-Oye, estaba pensando… ¿A qué hora tienes que coger el tren? No vaya a ser que lo.
-Tranquila, tranquila. -Miré el reloj sin ver qué hora era- Puedo coger el último tren a Barcelona, no tengo prisa.
-¿Pero no estará esperándote Claudio?
-Pero a ti hace más que no te veo. Cuánto, ¿dos, tres años?
Miró su teléfono móvil y contestó a los mensajes pendientes. Siempre había sido una chica actualizada a los tiempos, no como yo, que soy un anacronismo. Si ahora estaba de moda el libro electrónico, a mí me gustaban los libros de papel; si ahora se llevaba tal red social, yo usaba la anterior; y así con todo. En todo ese tiempo no había mirado el teléfono y no tenía la necesidad de hacerlo ahora. Seguramente Claudio me estaría preguntando qué tren había tomado, pero yo no quería perder un solo segundo en mirar una maldita pantalla cuando podía mirar a Isabela. Levantó la vista y parecía más tranquila, más distante. Quizás sus amigas le habían dicho algún comentario negativo sobre mí. A saber: ¿ese es tu ex?, qué feo, que pelos, qué ropa de vagabundo, etcétera. Una de las reglas del ligoteo es ganarse a las amigas. Yo nunca las cumplía, soy un anarquista de la seducción. Ojo, ¿acaso estaba intentando ligar con ella?
-Perdona, tenía un montón de mensajes. Qué pesada la gente, ¿verdad?
-Supongo.
-Pues la verdad es que me voy pronto. Dentro de tres días, el viernes cojo el avión de vuelta. He pasado una semana y media aquí. Luego me voy unos días a Irlanda.
-Qué pasada, debe ser precioso. -Es bastante difícil para mí ocultar la decepción, así que intenté cambiar de tema para que la música del azar que nos había unido no dejara de sonar. -¿Y el trabajo qué tal?
-Muy bien. He encontrado de lo mío. Me ha costado horrores, antes estaba en un restaurante, pero la verdad es que me lo pasaba muy bien. Tú también has sido camarero, ya sabes a qué me refiero. Ui, me ha salido un pareado, jaja. Bueno, pues eché un montón de currículum y ahora estoy trabajando para una multinacional. Me pagan poco, gano prácticamente lo mismo que en el bar, pero no me quejo porque es una oportunidad.
-No sabes cuánto me alegro, en serio.
-Sí, estoy muy contenta. Estas son mis primeras vacaciones desde que estoy en esta empresa. Me han dado un montón de días. Allí las cosas son diferentes, Isaac. Parece que hay más ventanas, más posibilidades… Todo aquí está estancado, la misma gente, con sus historias de siempre. Me ahogan, no lo soporto. Estoy unos días, todo el mundo está contento de verme, y luego me vuelvo a marchar. Así no hay problemas, no hay complicaciones. Cuando me fui no sabía muy bien lo que hacía. -Una sombra cruzó por sus ojos, que se volvieron más oscuros, como recordando momentos difíciles. Su mano estaba sobre la mesa, como la mía, tuve la intención de acariciarla, de apretarla, de darle un beso en el dorso como hacía antes cuando se ponía así. No hice nada de todo eso. -Pero ahora estoy genial. Inglaterra me ha dado todo lo que no conseguía aquí.
-Joder, es lo mejor. Lo mejor que me podrías contar. Estoy muy contento por ti. Eres una chica valiente, siempre lo has sido. -No sabía muy bien lo que decía, pero quería llenar el silencio.
-¿Y tú que haces? ¿A qué te dedicas ahora a parte de tocar con Claudio por Barcelona?
-Soy profesor en un instituto.
-¿En serio? Qué buena noticia. Lo que siempre quisiste, al final lo conseguiste, estoy segura de que eres genial y tus alumnos te quieren un montón.
-Bueno, hay de todo, pero en general me va muy bien sí, y estoy contento. Ha sido difícil, he dado algunos tumbos y he tenido que pagar una pasta por el máster, pero al final estoy en la rueda. No sé qué será de mí en setiembre. Supongo que me llamarán para cubrir una plaza en algún instituto, pero nunca se sabe ni dónde ni cuándo ni cuánto tiempo. Estoy con la incertidumbre, no me molesta. Me da igual dónde ir, no me ata nada aquí a parte de mis padres, hermanos, familia, etcétera.
-¿Cuándo te dirán algo?
-A finales de agosto, la semana que viene o la otra.
-Eso es dentro de nada.
-Sí.
-Espero que tengas suerte y te den algo por aquí cerca. Así no tendrás que ir muy lejos de casa.
-Ahora vivo solo, hace unos meses me he emancipado. Soy un chico autosuficiente del siglo XXI, puedo vivir donde sea. ¿Quién sabe? Quizá me voy a Inglaterra de profesor de español para los niñatos guiris.
-Encontrarías trabajo seguro.
-Además, allí me puedo cruzar contigo, como hoy. Qué casualidad, eh. He pensado en escribirte, en saber de ti, pero me daba… No sé, ¿sabes lo que te quiero decir?, ya me entiendes, es complicado y, no sé.
-No, no sé lo que me quieres decir, ¡no has dicho nada! -decía entre risas, el pelo le caía sobre los hombros, una brisa me trajo su olor, aquel aroma suave que tenía ella, que he buscado en tantos cuerpos y en todos he notado un hedor rancio de desapego. Pero allí estaba el suyo, otra vez, como ayer, como siempre. -No has cambiado nada.
-Espero haber cambiado un poco. He ordenado los muebles de mi cabeza, su trabajo me ha costado, no te creas. Por poco se me cae el mundo encima, pero creo que ahora lo tengo todo bajo control.
-Dime, ¿tienes novia?
Le habría dicho que no. Que desde que no estoy con ella no había vuelto a sentir nada. Que me sentía solo y que me había acostumbrado. Que no conseguía encontrar nada ni nadie que me volviera loco, que me hiciera volar y olvidar el entorno. Que había ido a mil lugares, conocido a cientos de personas, y que no había nadie como ella. Que a veces miraba la luna y pensaba si ella la estaría mirando también, en otro lugar, y si pensaba a veces en mí y en lo que tuvimos. Que éramos muy jóvenes e inexpertos y no sabíamos lo que teníamos entre manos. Que el amor era algo muy poderoso, muy peligroso, y en las manos de dos adolescentes era fácil que se cayera, que se me cayera, pero no se me había roto, no se rompió mi parte y la guardo en el fondo del alma y no encaja con nada porque ese trozo es la otra mitad del que se quedó con ella, que no sé si guarda, que no se si existe.
-Bueno, he tenido, tengo, algunas amigas. Pero nada serio.
-Tú siempre igual, a ver si un día sientas la cabeza…
No me atreví a preguntarle si ella estaba con alguien. Supuse que no, porque si lo estaba, ¿qué demonios hacía hablando conmigo? Si yo estuviera con ella, y se sentara con un ex una tarde a hablar sobre la vida me sentiría mal, me sentiría celoso, preocupado por si ya no me quiere. Así que supongo que estará sola y no tiene otra cosa mejor que hacer tiempo conmigo.
-Supongo que un día la sentaré. Todavía no ha aparecido la persona adecuada, no aguanto a nadie, o nadie me aguanta a mí. Acabaré como una puta vieja, hablando con mis gatos -canturreé con voz cascada- Es de Sabina.
-Ya tardaba en salir el Sabina.
-Es el mejor, ya sabes.
-Cada vez que lo escucho pienso en ti. De vez en cuando me lo pongo en casa, ¡me las se todas por tu culpa!
-¡Yo también me sé todas las de Coldplay y no me quejo! ¿Te acuerdas cuando fuimos al concierto? Llegamos tardísimo, nos colamos y nos pusimos en las primeras filas del estadio. Qué bueno.
-Qué cara más dura tenías… Eres un caso.
-Era. Ahora soy un chico serio y responsable.
-Las personas no cambian, Isaac. Seguimos siendo los mismos siempre.
-Yo no lo creo. Evolucionamos. Aprendemos de los errores, no nos queda otra.
-No sé, yo creo que siempre tropezamos con la misma piedra.
-Por eso hoy hemos tropezado tú y yo.
Se hace un silencio. No sé decir si es incómodo. Durante la conversación se han ido produciendo algunas pausas entre las frases que antaño se llenaban con besos y miradas cómplices. Ahora nos miramos a los ojos, frente a frente. Debo tener la mirada un tanto desquiciada, como borracha, no por haber bebido sino por haberme embriagado de ella. Estoy tan embebido que es como si el cuerpo no me respondiera. Podría pasarme así la eternidad entera, sin ninguna prisa. El móvil vibra en mi bolsillo. Como tengo la costumbre de llevarlo a clase, casi siempre lo tengo en silencio, como esta vez. Ni siquiera lo siento. No siento nada. Si lloviera, no me daría cuenta. Si me cayera un rayo me quedaría igual. Estático, extático. Loco de amor, de deseo. De abrazarla fuertemente y de decirle que todavía la quiero. Que la echo tanto de menos que la vida me da miedo. Loco. Tanto, que quizá ella lo perciba. Pero como me conoce, como me ha conocido como nunca nadie lo ha hecho, no me importa. Soy yo mismo. Soy como nunca soy con los demás, con las demás. Isabela, he pasado tanto miedo, ha llovido tanto sobre mi alma rota, rescátame de mí mismo, sácame del pozo donde yo mismo decidí meterme. Mi antebrazo repta sobre la mesa, mi mano está a punto de coger la suya mientras nos miramos, mi cuerpo se acerca levemente al suyo y ella no se aparta, no deja de mirarme, con una expresión que no sé leer, no puedo saber qué piensa, nunca he podido. Cuando estamos a punto de establecer contacto, a esa distancia del cuadro de Miguel Ángel, entre el dedo de Dios y del Hombre, cuando por fin estamos al borde de la frontera, y vamos a atravesarla, y no nos separaremos nunca, e iremos a Londres, a París, a Roma, y haremos el amor en cada ciudad de este mundo y del siguiente, en ese preciso instante en el que el tiempo y el espacio no existen, donde la vida es eterna en cada segundo, allí, entonces, cuando,
-Chicos, tenemos que recoger terraza. -Es Stevtlana. Ajena a la escena trascendental que estaba sucediendo. Trabaja muchas horas por un sueldo ridículo. No está dispuesta a pasar un minuto de más en este antro. Nuestra mesa es la única que queda. Todas las demás están apiladas en un rincón de la terraza. Hace tiempo que nos hemos terminado el café. La realidad vuelve y nos golpea, me golpea, como un maremoto japonés.
-Vale, perdone. Ya nos vamos. -Contesta ella. Es más apta para el mundo. Yo siempre he sido un soñador frustrado, al estilo romántico decimonónico, es decir, todo lo contrario del romanticismo hollywoodiense, donde los románticos son guapos y siempre salen ganando porque tienen verdad, valor, buena suerte. Quizás yo también lo sea esta tarde, esta noche ya.
Caminamos en silencio en dirección a la salida. Ella va mirando el móvil, yo arrastro mi maleta como un fantasma sus cadenas. No sé por qué pienso en esa imagen, quizá lo ha pensado ella y me ha contagiado a mí. Teclea sobre la pantalla y yo miro en derredor. El ambiente ahora es más tranquilo, pero parece que no existe. Sigo sin saber la hora que es porque, a su lado, no tengo prisa. De repente se para, escribe más intensamente. Yo la miro. Está preciosa. Su cuerpo no ha cambiado tanto, está más delgada, más madura, más asentada en sí misma. De mayor será una mujer preciosa y todavía la mirarán los jóvenes. Posee el don de ser atractiva, la envidiarán otras mujeres que no tendrán tanta suerte, aunque ahora sean más guapas según el canon estúpido hecho por homosexuales. Procuro contener el flujo de mis pensamientos. No tengo nada en contra de los homosexuales, de hecho, admiro a muchos de ellos, tienen un don especial para el arte, y las mujeres dicen que son atractivos. Yo no lo soy, aunque me gustaría serlo ahora. Quizás estaría más seguro, tendría más confianza en hacer lo que sé que voy a hacer: intentar besarla. No lo he pensado mucho. Simplemente una voz me lo ha dicho y yo me voy a lanzar, aunque me cueste el amor, el trabajo, la salud. A su lado el mundo tendrá algún sentido, los éxitos no son tales porque no tengo con quién compartirlos, no está ella a mi lado para pesarlos, medirlos, evaluarlos. Haremos buen equipo, tendremos una familia preciosa, mis hijas, tendremos hijas, serán guapas y listas, como ella. Yo seré un pasmarote, un autómata, haré todo lo que me pidan, daría mi vida por la suya. Ella lo sabe, sé que en el fondo me quiere. Ha pensado en mí otras veces, nunca dejará de pensar en mí, aunque estemos a quilómetros, millas, años luz. Miraremos la luna en una playa de arena blanca. Haremos el amor allí mismo y tendremos un futuro anodino, rutinario, intrascendente, aburrido. Un día, de viejo, me llevará la muerte y ella les contará a todos, ya viejecita, cómo era yo: un cascarrabias con un corazón de oro.
-Me pasan a buscar.
-Vale. ¿Por aquí? -Señalo con un gesto el arcén que está justo enfrente de la entrada de la estación. -Te espero.
-Oye, ¿a qué hora sale tu tren?
-No te preocupes, no tengo prisa.
-Pero…
-Verás, Isabela. Tengo que decirte algo y pienso que reventaré si no lo hago. Nunca he dejado de pensar en ti. Eres la persona que más he amado en mi vida. Cada día, no hay uno solo, que no piense en algo que dijiste, en algo que hiciste. Cuando hago algo bueno, por lo que me siento orgulloso, me imagino lo que dirías tú. Igual cuando me equivoco, pienso en el consejo que me darías y actúo en consecuencia. He cambiado mucho, me he equivocado otro tanto, pero en cada paso que he dado he intentado llegar a ser alguien mejor, una persona diferente a la que tú conociste, que se marchó porque no se encontraba a sí mismo. Y hoy he vuelto a encontrarte y creo que es una señal del Destino, de Dios, del Universo. No puedo dejarte ir otra vez. -Doy un paso al frente, la envuelvo con mis brazos, ella se queda quieta, mirándome con los ojos, sus bellos ojos, sus ojos únicos, como platos. -Yo te, quiero decir que yo, yo te -decido acabar la frase después de besarla, y a eso me dispongo cuando me planta dos besos rápidos en las mejillas, tanto que no tengo tiempo a reaccionar. Se zafa de mis brazos y se aleja.
El sueño se está terminando y ahora tiene su influjo más poderoso. Me habla, no sé bien lo que me dice. Dice que tiene que irse. Que se alegra de verme. Que me cuide. Que tenga cuidado. Que no haga locuras. ¿Locuras? No, no. Tengo una vida ordenada, responsable, voy cada día al trabajo e intento ser el mejor, me esfuerzo por conseguir lo que quiero. Ya no fumo tanto, casi no bebo, no me drogo a pesar de que mis amigos sí. Ya sabes, la música es así, pero yo no, yo soy fuerte porque quiero valer la pena, quiero merecerme tu amor. El que una vez perdí, el que estoy perdiendo, otra vez, ahora.
Ella se aleja, cruza la acera. La espera un coche. Un Audi negro tipo A3, con los cristales tintados, con luces azuladas en el salpicadero, quizás del ordenador de a bordo. Es un buen coche. Miro al conductor y es un tipo fornido, alto, un poco mayor que yo. Tiene esa pose de seguridad, ese saber estar del que tiene todo lo que quiere sin haber hecho demasiado para conseguirlo. No lo conozco, no es de su familia. Ella abre la puerta del copiloto, saluda animadamente con una voz que nunca puso conmigo, una voz estúpida y feliz. Él le pregunta algo, sus labios se mueven alegres como diciendo: ¿Quién es ese? Ella niega con la cabeza y adivino, porque no la veo, que su boca dice: Nadie. Le pone su mano delgada, sus dedos largos, sobre la mejilla barbuda, grasienta, asquerosa, del tipo. Es como yo, pero más guapo y más estúpido, lo primero es evidente, lo segundo no lo sé. Lo besa, la besa, se besan un momento. No es un pico, es un morreo rápido, promesa de otros tantos más largos y más intensos. Antes de que se acabe, me vuelvo. No quiero que me salude, que me saluden los dos. Me vuelvo hacia dentro de la estación. Las puertas automáticas me reciben con los brazos abiertos. Tengo ganas de derrumbarme, pero me trago la vergüenza como una bola de cristal enorme. Miro en torno sin saber muy bien nada.
Camino hacia el mostrador, está cerrado. Miro al bar, a la cafetería donde hace unos minutos soñaba que era otro tiempo y la vida era otra cosa y yo estaba en un universo paralelo donde no estaba solo, tan solo. Miro el reloj de la estación. Son las diez de la noche. Ya debería estar en Barcelona. Quizá Claudio me esté esperando en la estación. Voy al panel electrónico y el último tren ha salido hace diez minutos. No habrá otro hasta mañana a las cinco y media de la mañana. En el teléfono tengo tropecientos mensajes y llamadas perdidas de Claudio, mi madre, que si ya he llegado, grupos de gente que han enviado cosas graciosas, distraídas, intrascendentes.
Me quedo allí plantado sin saber muy bien lo que ha pasado. Un vagabundo avejentado pasa a mi lado y me mira. Quizá tuvo la idea de pedirme dinero, pero al verme ha decidido que lo mejor será dejarme tranquilo.
Suspiro. Me siento mal. Me siento roto. Me siento ridículo.
Llamo a Claudio. Descuelga al primer tono.
-Cabrón. ¿Dónde estás? Estoy aquí con Cristina y Judit que hemos venido a buscarte a la estación. Esta noche va a ser buena. Lo tengo todo preparado. Tocan unos grupos que son una pasada. Venga, dime, ¿dónde estás? No te veo salir del andén.
-Tío, tengo un problema. He perdido el tren.
-¡Pero qué me estás contando! Si me has dicho a las seis que salías de casa, pero tú estás loco o qué te pasa, me cago en tu…
-Lo siento, ya te contaré, es una larga historia. Ahora tengo que colgar. Mañana cogeré el primer tren hacia Barna.
-¿Pero te ha pasado algo?
-No me ha pasado nada, ese es el problema.
-Estás colgado tío, si es que eres un puto loco, a saber dónde te habrás metido, cabrón, cabrón de mierd.
Me siento en un banco solitario. Unos pocos pasajeros esperan al próximo tren que irá a cualquier parte. Irún, leo en la pantalla, no sé muy bien dónde está, en el norte, creo. Seguramente será un lugar bonito, verde, donde llueve a menudo, como en Inglaterra. El vagabundo ahora pasa por delante de mí, con esa barba parece Jesucristo, quizá lo sea, le contaría lo que me ha pasado y me daría consuelo, pero nunca lo comprobaré porque seguramente es un borracho y va a lo suyo. Los andenes están desiertos, desolados.
A lo lejos veo dos figuras. Uno es calvo y bastante bajito, tiene un porte nervioso, se mueve como si se carcajeara. El otro también se ríe, es más alto, va en un traje antiguo, con sombrero de detective de los años treinta, se muestra más sereno. Son Bogart y Woody. Lo han visto todo, oído todo, y se lo pasan genial los dos con mi película.
Pienso que mañana daré el mejor concierto de mi vida. Pero ahora estoy aquí sentado, solo, imaginándome personajes de ficción de cuando el cine era cine, según los cinéfilos. No sé qué hora es, no sé dónde ir, no sé qué hacer. Pero una cosa está clara.