Nadie es imprescindible se suele decir, y se toma como una verdad indiscutible. Sin embargo, esa sentencia es más que discutible en realidad. Como demuestra el caso de este artista, recientemente fallecido, cuya ausencia será para siempre palpable en mi vida. Tanto era el ascendente que este maestro tenía sobre mí, que su local inspiró otras reflexiones que he publicado anteriormente como La esperanza es lo último que se pierde. Como suele ocurrir, nunca le dije con palabras lo mucho que lo valoraba, sencillamente disfruté de su trabajo hasta el final, hasta que ya no volvió a subir la persiana de su local por motivos personales.
Francisco Artacho regentaba una peluquería muy cerca de la emblemática calle Mare Molas de la ciudad de Reus. Quiso la suerte que hace como cosa de dos años, cuando había pandemia, paseando con mi mujer, pasamos por delante de su pequeño local. ¿Por qué no te arreglas esos pelos? Me dijo. Me pareció buena idea y fui a preguntar. Al abrir la puerta del local uno no entraba en un establecimiento cualquiera, uno entraba a la casa de Francisco, al estudio de un artista. En las paredes colgaban fotos de sobrinos e hijos con ese corte de hombre, tan nostálgico ahora, de los finales de los noventa-principios de los dos mil: cogote y sienes rapados con máquina al dos y parte superior un poco más larga, peinada hacia arriba con mucha gomina. El último número de la revista Interviú, de aquella época, descansaba sobre una mesita. Un viejo estaba sentado en la cómoda silla mientras hablaba con el tácito Francisco: hombre de mediana edad, de abundante melena morena peinada hacia atrás y expresión de propietario de bar en una película del oeste. ¿Tienes hora para cortarme el pelo? Pásate en diez minutos.
Así empezó una relación que, si por mi fuera, hubiera sido eterna. Cada mes me acercaba al taller de Artacho y, entre viejo y viejo, me sentaba en la silla negra. Cada vez quedan menos locales como el suyo. O bien hay barberías modernas de tipos de barba espesa que invierten en kriptomonedas o bien venerables ancianos que reciben a sus amigos ancianos. Es extremadamente difícil encontrar una buena peluquería y, como la de Francisco, del todo imposible. Trabajaba con una precisión que era digna de aplaudir. Se notaba que el hombre disfrutaba de su labor mientras mascaba chicle y aguantaba la cara de pocos amigos, necesaria para vivir tranquilo en los barrios. Usaba la cuchilla para repasar los bordes de las patillas y el cogote, untaba con una esponja húmeda un producto helado y refrescante que aliviaba la leve irritación de la navaja, manejaba las tijeras como su fueran una extensión de su mano derecha y, al terminar, te mostraba siempre la parte posterior de la cabeza con un espejo que no veía desde niño.
Nunca aceptaba pagos con tarjeta de crédito, nunca desconfió de que a mí se me olvidara y tuviera que ir a sacar dinero al banco unos 250 metros más allá. Volvía, le pagaba y le dejaba, gozoso, un euro más de propina a lo que me pedía por el corte. Poco a poco fuimos estableciendo una relación parecida a la amistad sin llegar nunca a intercambiar más de veinte palabras en una sesión. Quizá por la diferencia de edad, yo en la treintena y él con treinta más que yo, no teníamos muchos temas de conversación comunes, pero no importaba. Al artista Artacho le gustaba trabajar en silencio y a mí relajarme y dejar que me acicalaran estando callado. Me considero un cliente exigente, aunque no exteriorizo mucho mi opinión a desconocidos, busco la mejor relación calidad precio en todo lo poco que consumo y valoro el trabajo bien hecho. Francisco era un verdadero artista, si no había montado cuatro peluquerías en Barcelona era, sencillamente, porque no le había dado la gana. Su pasión era la casa que se había construido en Alcover, en el campo, donde había forjado recuerdos que le iluminaban la mirada. Me habló de ella la última vez que nos vimos, hace cosa de dos o tres meses.
Como ocurre muchas veces en la vida, uno sabe cuáles son las primeras veces pero casi nunca cuáles son las últimas, me marché del local de Francisco sin saber que ya no volvería a pisarlo más, que ya nunca ojearía la Interviú buscando en ella antiguo contenido antisistema, que ya no volvería a sentarme en la silla negra ni a mencionar la vida de pasada mientras me cortaba el pelo el mejor peluquero que hasta ahora he conocido. Hace como cosa de un mes, llamé para pedir hora pero el número ya no existía. Volví a intentarlo durante un par de días y siguió igual. Decidí acercarme personalmente a pedir hora y vi la persiana bajada. Me aproximé un poco más y había un cartel: Cerrado por motivos personales. No había más información al respecto.
Confundido, sin saber muy bien a dónde ir, mis pasos me llevaron hasta el local del paquistaní que vende pan, lejía y chucherías en el barrio. Compré una barra y un paquete de garrapiñadas y pregunté por la peluquería de al lado. ¿Francisco? Está malo, barriga. Hizo gesto como de globo hinchado. Francisco muy mal. Prosiguió. ¿Sí? ¿Cuándo volverá? Quise saber yo y me dijo: Ya no volverá más. Hospital. Muy mal.
Fue uno de esos momentos singulares en la vida de uno, señalado por lo completamente inesperado del evento. Resulta que, como descubrí más tarde, Francisco Artacho llevaba bastante tiempo sintiéndose mal del estómago y al parecer no quería ir al médico. No dejó de ir a trabajar a pesar de sentirse así y aguantó hasta que ya no pudo más, hasta que literalmente reventó. Murió con las botas puestas, con el peine y las tijeras en cada mano, con la misma expresión de western y la pasión que le había visto cada día. Nunca pensó en jubilarse ni abandonó ninguno de sus proyectos. Me dio una lección de vida que no olvidaré nunca, lo admiraré siempre porque me recordaba a mi propio padre, que es igual que él. Nunca aparecerán en revistas, pero son artistas irrepetibles en lo suyo.
Todos somos prescindibles suele repetir un poco todo el mundo en este mundo mediocre, pero no es así. Por suerte o por desgracia, hay personas que son capaces de interferir en la realidad como la mano que altera el curso de la corriente del río de la vida. Seres imposibles que hacen cosas impensables para el común de los mortales y que viven con nosotros: esa maestra, ese médico, esa madre, ese peluquero de barrio.
Hace cosa de una semana vi en la prensa que enterraban a Francisco Artacho. En cuestión de poco más de un mes había pasado de regentar un negocio, de soñar despierto con sus proyectos, a descansar para siempre, a irse sin hacer ruido.
Por suerte o por desgracia, la vida sigue a pesar de la crudeza de la muerte, como sigue creciendo el pelo. Yo ya llevaba una melena que era inaguantable y mi mujer me volvió a instar a que fuera a la peluquería, a cualquiera, a arreglarme esos pelos. Busqué por todo internet en Reus y Tarragona y nada me convencía, ninguno como Francisco. Pedí hora a un tal Joan, llegué 8 minutos tarde, cogió a otro y ya lo tenía todo lleno. Acabé cortándome el pelo en una peluquería de señoras cuya regente conoce mi mujer. En fin, aunque me cortaron bien y estoy aseado, nada como el trabajo de Francisco Artacho, ni de lejos. Aquello era otra cosa, era arte, era maestría. Se fue alguien imprescindible.








