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  • ¿Estarás allí para verlo?

    ¿Estarás allí para verlo?

    El debate medioambiental abre telediarios a nivel nacional. Sale la niña Greta por la tele y a todos se nos cae la baba. Ella es el futuro, ella va a cambiar el mundo y por eso surca los mares en un yate patrocinado por BMW. Los políticos deben tomar conciencia y salvarnos de un desastre seguro. La niña Greta viajaba a Nueva York para hacer su performance en la ONU. Siendo menor de edad, iba camino de ser una Miley Cyrus.

    Pero fuera de la pantalla, en el mundo real del don Nadie, ¿qué es lo que ocurre? Busquemos ejemplos locales que sirvan para hacernos una idea de la magnitud del problema a nivel global, como el que simplifica una ecuación para resolverla. Veamos.

    Tarragona, hoy. Seguramente el lector lo desconoce, pero a pocos quilómetros de la ciudad romana existe un mundo donde la impunidad del delito medioambiental se hace patente. Es un lugar maravilloso que da trabajo a miles de personas en la provincia. El sueño de cualquier chaval sin estudios ya no es currar en la obra. Ahora -y ayer- el sueño tarraconense es formar parte de la ilustre plantilla de la Refinería Ripsol.

    Tienen motivos para desearlo. El sueldo medio del empleado más común en este paraíso es de unos dos mil euros, si no más. Los empleados gozan de muchas ventajas. Tienen a su disposición instalaciones que van desde balnearios hasta pistas de pádel, gratis. Pero las ventajas de la Refinería Ripsol y sus innumerables fábricas aledañas no sólo afectan a sus trabajadores directos, sino también a los habitantes de los pueblos cercanos. Ripsol patrocina las fiestas, la biblioteca, el polideportivo, las piscinas municipales. El verdadero alcalde del llamado Campo de Tarragona no es ningún político, es Ripsol.

    Si uno escribe en su buscador de confianza “Ripsol Tarragona impacto ambiental”, aparecen estudios y artículos en los que Ripsol explica los millones que invierte en no ensuciar el medio ambiente. Si cualquier periodista de Barcelona o Madrid quisiera en verano hacer un articulillo sobre el complejo industrial, vería que el mismo cuenta con un equipo humano y técnico que se preocupa por la salud de los ciudadanos. Pero habría que recomendarles que pasaran una semanita en pueblos como El Morell, La Pobla de Mafumet, Vilallonga del Camp o Constantí; a ver a qué huele el límpido ambiente.

    Estos pueblos se sitúan alrededor del complejo y, si los pusiéramos todos juntos, no llegarían a cubrir toda la extensión que ocupa la petroquímica. Algunos de sus habitantes son desconfiados, sobre todo, los que no trabajan en el complejo y no pueden beneficiarse de las innumerables ventajas de cobrar más que un médico salvando vidas. Suelen ser detractores aislados que en el bar de barrio cuentan leyendas urbanas sobre la enorme contaminación que estas industrias lanzan al ambiente que todos respiramos. Hay una frase muy icónica a este respecto: Tarragona es la capital del cáncer en España.

    Pero si esto fuera verdad, nuestros políticos habrían puesto solución. Los políticos de todos los colores, de todos los partidos, se unirían bajo una misma pancarta para solicitar información verídica a este respecto. Morir de cáncer no es ninguna broma. Que se lo digan a los miles de familias tarraconenses que han perdido a un ser querido, que no volverá a sentarse en la mesa los domingos. Imposible. Los altos índices de cáncer y de impotencia no tienen nada que ver con las incontables empresas químicas que anidan en el Campo de Tarragona. De hecho, estos datos carecen de fundamento.

    Si uno escribe en su buscador de confianza: “Ripsol Tarragona cáncer”, solo aparecen unos cuantos artículos publicados hace un tiempo en periódicos como La Vanguardia o El País donde se dice que quedó demostrado el caso de un trabajador que enfermó a causa de la exposición a los aires de su puesto de trabajo en la petroquímica. Pero es un caso aislado, no hay estudios reales que se puedan consultar a este respecto. Es extraño, podrían hacerlos públicos para demostrar a todo el mundo que además de no contaminar apenas, las petroquímicas no dañan la salud de nadie. Si algunos han muerto, será porque no llevaban una vida sana, no porque las industrias ensuciaran el ambiente.

    Los intereses económicos y los intereses medioambientales, no pocas veces, están en lados contrarios de la balanza. Los ciudadanos, ante este debate, suelen tenerlo claro: entre el dinero en el banco y una posible contaminación medioambiental, escogen lo primero. Nadie puede culparlos. Pero el debate sería más rico si hubiera un estudio concienzudo a este respecto, no sobre el nivel de una sustancia química en el aire, sino sobre los efectos estadísticos de décadas conviviendo con las petroquímicas, sobre la salud de las personas. Quizá, entonces, sentiríamos más o menos miedo y podríamos calibrar mejor nuestra decisión sobre lo que queremos. Si realmente aceptamos el progreso económico juagando a la ruleta rusa, ¿cuántas balas hay en el revolver?, ¿cuántas posibilidades reales hay de que nos toque a nosotros? La política calla.

    Nos proponen ser animalistas, veganos, deportistas, conscientes del cambio climático. Mientras, la vida sigue. Vamos a trabajar y volvemos. Huele mal, pero seguro que es inofensivo. Las nubes se ciernen sobre nuestras cabezas, pero seguro que es solo vapor de agua. Por la noche las chimeneas iluminan en cielo, pero no pasa nada porque las empresas velan por el bien de los trabajadores, los ciudadanos y los políticos. Que tal alcalde quiere hacer un polideportivo, recibirá el dinero para ello. Que se acercan las elecciones y hay que arreglar la biblioteca, hay dinero. Luego llegan las fiestas del pueblo y vemos el estand de una gran empresa química o un cartel enorme que anuncia la estimada participación de estos benefactores. Los políticos cambian, ellos siguen ahí.

    Y la niña Greta surca los mares camino de la ONU. Hablará de las centrales nucleares, de las empresas contaminantes, de las acciones individuales que ensucian nuestro planeta tierra. Y el público aplaudirá, quizás derramará alguna lágrima. Pero en Tarragona, Puerto Llano, Vandellós, Siberia, la vida seguirá su curso y los ciudadanos seguirán tragando. Y es legítimo desear el bien propio en forma de dinero. Quizás vale la pena correr el riesgo de contaminarse por vivir un poco más cómodamente.

    Debemos ser libres para decidir lo que queremos y ninguna opción, por buena que sea, debería sernos impuesta. Pero el sentido común nos dice que, ante cualquier decisión arriesgada, hay que tener en cuenta los riesgos reales de la misma. Lo que cabe preguntarse finalmente es: ¿sabemos el peligro cotidiano que corremos? En 2050 el cambio climático será una realidad, ¿quiénes de nosotros estaremos allí para verlo?