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    La marihuana o la vida

    Este texto me lo hizo llegar un buen amigo, quien me enseñó el secreto de la filantropía, hace unos siete años. Durante un tiempo supuse perdido este artículo, pero la recopilación de varios escritos para mi blog hizo que reapareciera, para mi alegría. Después de pasar un par de semanas editándolo, aquí tengo esta historia que pretende hacer reflexionar al lector sobre una decisión trascendente: la marihuana o la vida.

    La primera vez que probé los porros fue con 15 años en un descampado a las afueras de mi pueblo con unos colegas del instituto. Entonces no fumaba tabaco, sacaba buenas notas. Aunque no hacía mucho deporte, era un chico sano en muchos aspectos. Tenía una madurez inusitada para mi edad y siempre tuve claro que quería estudiar y prosperar en la vida.

    A partir de entonces, comencé a fumar también tabaco. El consumo real vino partir de los 16 años y con 17 ya fumaba medio o un paquete de cigarrillos al día. En cuanto a los porros, fumaba cuando había, cuando alguno de los amigos conseguía pillarle a un chaval mayor que nosotros que nos vendía hojarasca. A pesar de eso, fumábamos y nos partíamos de risa. Las ocasiones eran muy esporádicas, pero las recordábamos muy afablemente.

    SAN FRANCISCO – APRIL 20 (Photo by Justin Sullivan/Getty Images)

    Entonces comencé el bachillerato. Para mí fue una liberación. De ser un chico responsable que nunca había suspendido un examen, pasé a todo lo contrario. Faltaba a clase, me juntaba con los alumnos de la última fila y nos pasábamos las mañanas en el bar. Nunca he tenido problemas para estudiar, sin embargo, ese año repetí curso. También hay que resaltar que trabajaba los fines de semana en el restaurante de mi pueblo y que esto ocupaba un tiempo importante en el que debería estar en casa.

    El segundo año de bachillerato, para mí todavía el primer curso, conocí a la que fue mi novia durante unos años, una chica que, como yo, también había repetido curso. En cuanto a los porros, consumía muy de vez en cuando y me reía de otros porretas que se pasaban las tardes fumándola, sentados en el sofá, sin hacer otra cosa que hablar de tonterías. Ese año cumplí 18; el día de mi cumpleaños compramos una tableta de chocolate y nos fumamos la mitad por la tarde, cuando llegó la noche estaba tan dormido que no tuve fuerzas para celebrar ese día como se merecía. No le di importancia, habría muchos más días.

    Pasé al segundo curso de bachiller, comenzaron los porros de verdad, por las noches, con los colegas. Durante ese año, las noches que nos reuníamos para fumarla iban intensificándose a medida que avanzaba el curso. Al final del mismo, casi lo hacíamos cada noche y a la que no se podía era motivo de tristeza. En ese plan seguimos todo el verano y comenzamos la universidad. Mi chica no fumaba pero no le daba importancia a que yo lo hiciera de vez en cuando, muchos de sus amigos eran porretas habituales y, como yo me reía de ellos, debió de suponer que nunca caería en el fumeteo diario.

    Igual fueron pasando los años de la universidad: el consumo de marihuana nunca me supuso una traba, la verdad. Saqué buenas notas y en tercero puede cumplir uno de mis sueños más arraigados, estudiar en Madrid con una beca. Entonces tenía 21 años. Tenía dinero y absoluta libertad para hacer lo que me diera la gana. En esa época, fue la primera vez que me fumé un porro por la mañana. Como tenía casi siempre y lo guardaba en mi piso de estudiantes, fumaba cuando me apetecía y, como el placer es adictivo, casi siempre me apetecía. Había días que me levantaba, me sentaba con mi café con leche, y me fumaba un porro mirando la tele, en concreto, los Desayunos de la Primera, que entonces presentaba Ana Pastor, de la cual me enamoré perdidamente. Muchas fueron las veces que me salté todas las clases y no iba en todo el día. A pesar de eso, aprobé la mayoría de las asignaturas a última hora con buenas notas. De todo ello saqué la siguiente conclusión: los porros diarios no eran malos (al menos, para mí no).

    Volví a casa al curso siguiente y acabé la universidad. Ese año me distancié de los amigos, con los cuales fumaba porros en el bachillerato, por sentirme desplazado cuando volví de la gran ciudad. Parecían tenerme rencor por haberme ido y haberles dejado, aburridos, en las provincias. Actué radicalmente, que les dieran porculo, tenía mis porros, mis libros, otros muchos amigos y a mi chica que me apoyaba en todo lo que hacía. Me encerré en aquella vida, en ningún momento pensé que estaba actuando mal porque todo me iba bien. Encontré trabajo aquel verano con el que pensaba pagarme el máster. Cuando el verano acabó, no me gustó el plan de estudios y decidí dejarlo. Ese invierno me dediqué a estudiar inglés y a esperar la próxima temporada de verano, ahorrar bastante dinero y estudiar un máster mejor al año siguiente. Me volvió a salir bien la jugada, encontré un trabajo mejor pagado, seguía leyendo mucho y fumando cada vez más. De lo último mi chica no sabía casi nada, yo no se lo contaba porque me daba vergüenza, me había convertido en lo mismo que yo criticaba: un porreta que prefería quedarse en casa que pasar la tarde por ahí. Cuando me sentía mal por ello, me fumaba otro porro. Yo intentaba escondérselo, pero algo sospechaba ya.

    Ese verano tenía 24 años y me sentía realmente confundido. Trabajaba todo el día duramente y cuando llegaba la noche, cogía y me fumaba «el porro de la recompensa», tan esperado durante todo el día. La verdad es que prefería fumar a quedar con mi chica el único momento del día que tenía para verla, la noche. Le decía que estaba cansado y que me iba a casa. No era mentira, me iba a casa fumando un porro y me dormía enseguida, hasta el día siguiente.

    Y llegó un día de ese verano en el que no sabía ni dónde estaba ni quién era yo, pero me gustaba el caos, fuese lo que fuese. Me sentía en la cumbre de mí mismo, en lo más alto. En la hostelería, conoces a mucha gente, de todo tipo, y yo siempre he sido muy abierto de mentalidad a pesar de mi cabezonería, no me gustaba juzgar mal algo que no conocía. Empecé a salir de fiesta por las noches con ellos, al bar de rigor donde éramos conocidos. Nunca podría confesárselo a la que entonces era mi chica, y al cabo de dos semanas, decidí dejar la relación en vez de decirle lo que había. Hacía tiempo que no le contaba la verdad: yo era un porreta. Ella no entendió nada, pero no me entendía desde hacía ya tiempo, rompí su corazón y también el mío. Supuse que eso era mejor que hacer lo que hasta entonces hacía, mentirnos .

    Para superar el trauma, me refugié en los porros y en el trabajo. Más bien, me estanqué. Acabó aquel verano, que en teoría era maravilloso y, por suertee, me aceptaron en el máster de la Universidad de Barcelona. Todo funcionaba suavemente, encontré un piso muy barato y un trabajo de mierda con el que pagarme los vicios, que en esas alturas eran 20 o 30 euros de marihuana a la semana.

    Pero me pilló la ola, un día de esos quedé con mi ex y, el verla tan bien, tan sana, tan buena, me reventaron las tripas. Me prengunté qué es lo que era yo y no lo supe, me volví loco, me tragó el pozo como un torbellino y me tuvo girando durante aquellos meses de invierno en lo más frío y más oscuro de mí mismo. Dejé el máster, dejé el curro, dejé a una chica con la que había intimado un par de veces, y me fui a casa a llorar lo que quedaba de mí.

    Y fumaba y fumaba. Por suerte, trabajé los fines de semana en el mismo sitio donde estuve el verano anterior y entre semana escribía una novela que comencé en Barcelona, sobre un loco como yo al que todo le salía al revés. Pensé que si la acababa, podría sentirme orgulloso de algo que había hecho, y así fue. Para celebrarlo, fumaba y fumaba, pero no superé nada, más bien todo lo contrario. Como ella había llevado siempre una vida como Dios manda, poco a poco fue superando la situación y saliendo adelante. Yo, por mi parte, seguía estancado y no sabía por qué. Entre porro y porro, llegó la primavera y comenzó de nuevo la temporada.

    Ahora tengo 25 años. Lo que me hizo decidir cambiar la manera de funcionar fue una última pelea que tuve con mi ex, yo le reprochaba que no me ayudara a salir de todo aquello en lo que yo solo me había metido. Decidí que se acabó, que saldría por mi propio pie del agujero y decidí que el 31 de mayo sería el último día que me fumaría un porro. Estaba con mi colega de toda la vida, este no se lo creía y se partía de la risa. Efectivamente, al día siguiente no fumé, ni al otro, ni al otro, ni al otro. Al tercer día, me sentí resucitar, a la semana ya actuaba como no hacía mucho tiempo. Había llevado tanto tiempo aquella dinámica que era como una bola de nieve bajando la montaña, haciéndose cada vez más grande. Cada día que pasa, me siento un poco más seguro y un poco más yo mismo. Si me cuesta dormir, me pongo a leer furibundamente hasta que lo consigo. Ahora repaso todos estos hechos, como hacía antes, sin obsesionarme. No me culpo de la vida que he tenido porque he conseguido sacar algo bueno, y eso es lo más importante. Aquel que no hace nada, nunca se equivoca; el que hace, se equivoca muchas veces, pero también hay que ser valiente para reconocer los errores que uno comete.

    Hoy, todos me notan cambiado, mi familia, mis amigos y yo mismo, me notan mejor. Poco a poco, voy volviendo a ser quien era, pero todavía me queda mucho camino por recorrer y creo que eso es lo mejor. Llevo 19 días sin fumar un solo porro, caladas esporádicas que al final rechazo cuando alguno de mis amigos me tiende el porro que se está fumando. Cuando decidí dejarlo, paré de comprar, fumaría cuando hubiera, como hacía años antes. Sin embargo, me afectan tanto tres caladas que al final he decidido dejarlos definitivamente.

    El futuro siempre es incierto y uno nunca sabe, pero el presente es nuestro, completamente. Y me prometo que hoy tampoco fumaré, aunque a veces venga el pasado a recordarme que he actuado mal muchas veces. Entonces, yo cojo y escribo mi historia, para colgarla en cualquier blog de porretas y decirles lo que hay. Quizá con ella consiga hacer reflexionar a alguno, quizá no consiga absolutamente nada, pero por lo menos me pongo a trabajar en vez de levantarme, liarme un mai y perder toda la mañana fumado, sentado en el sofá.

    Ahora pienso que la marihuana es buena, siempre y cuando se saque algo bueno de ella.

    Firmado,

    Un exfumeta