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  • La epidemia adolescente

    La epidemia adolescente

    Creo que son varios los jinetes de este apocalipsis, pero no son muchos.


    No me dedicaré a hacer un análisis clínico porque lo mío es escribir desde la experiencia, con cierta gracia, espero, pero no sentar cátedra en la materia. Sin embargo, cuando te ves obligado a gestionar estos incidentes a diario —otras veces hemos tenido que llamar a la ambulancia— es inevitable que tu cabeza busque razones a esta sinrazón cotidiana.


    Primero: el uso del móvil es más nocivo que el tabaco. El maldito aparato y las redes sociales se llevan la vida de más jóvenes en un año que todo el tabaquismo en una década. Ha matado a muchos más veinteañeros el Instagram que el Marlboro. Todo el mundo se sorprende cuando hago esta correlación, pero me parece que estamos en un punto parecido a lo que ocurrió con el tabaco: todo el mundo sabía que era malo, pero su consumo se promovía en las películas y en la propaganda de la época.


    En los años sesenta uno no podía esquivar el tabaco: o bien era fumador activo o bien lo consumía pasivamente al entrar en cualquier entorno público. Era imposible acudir a un lugar donde no se fumara, y no fumar constituía una rareza poco loable. Hoy hemos evolucionado mucho en ese sentido. Sin embargo, parece que hemos salido del fuego para caer en las ascuas, en un fuego peor. Porque si bien el tabaco se lleva la vida de muchos cincuentones después de darle al vicio desde jóvenes, el móvil y las simpáticas redes sociales se cobran sus víctimas mucho más rápido en los casos más extremos, y en los menos nos dejan una sociedad zombi de chavales con ansiedad.


    ¿Por qué ningún medio de masas, convencional o alternativo, aborda esta evidencia? Sencillamente porque las empresas más importantes del mundo son las causantes de este mal. Tiene más dinero e influencia Meta que Europa entera y, por lo tanto, más poder. Todavía tardará ese golem en destruirse a sí mismo, pero mientras tanto dejará un reguero de bellos cadáveres por el camino.
    Además, es imposible sustraerse del uso del aparato: se necesita para absolutamente todo. No usarlo hoy sería el equivalente a no salir a los espacios públicos de los años 60 para no ser un fumador pasivo.


    Segundo, derivado del primero: no nos perdonamos a nosotros mismos, ni a los demás. Como seres imperfectos, estamos condenados a tropezar dos y tres veces con la misma piedra. Por ello nos sentimos infelices a veces, y eso no es malo. El problema llega cuando tropezar una sola vez se convierte en un delito, y los otros en víctimas de dicho delito.


    Si fumas, si estás gordo, si eres antipático, si eres vago, si eres pobre…, es tu culpa y los demás no deben perdonarte, ni siquiera tú mismo, y mereces lo peor. Es imposible soportar ese grado de exigencia con uno mismo, porque no tiene final. Cuando dejes de fumar, y de ser gordo, y de ser antipático, y de ser vago y de ser pobre, seguirás con ese sentimiento constante de insatisfacción insana.


    La felicidad, por tanto, no es un estado de las circunstancias; la felicidad es un estado de ánimo, sean cuales sean las circunstancias. Y pienso que lo primero que hay que hacer para ser feliz es perdonar y perdonarse. Lo segundo es saber que es una cuestión de equilibrio, es decir, inconstante.


    Tercero: la falta de sentido. Decía el clásico que no solo de pan vive el hombre. Ahora está de moda en los podcast que salga un gurú diciendo que viviremos 150 años y no niego que sea verdad. Pero ¿de qué sirve esa eternidad si no hay una promesa de felicidad en el camino?
    Soportar una sociedad como la nuestra por mucho tiempo se les hace a algunas personas imposible. De hecho, hay quienes con veinte años se quitan de en medio. Por mucha tecnología y ciencia que haya, no sirve de nada sin un sentido. Los seres humanos no sabemos ninguno qué será de nosotros mañana. Si analizamos el pasado, nos damos cuenta de las incalculables casualidades que nos han llevado al presente. Sentimos vértigo.


    Buscamos respuestas y nos sentimos perdidos en medio del bosque, en la jungla digital, mientras el sol se pone. Y lo que encontramos son falsas pistas, caminos engañosos, trampas y soledad. Cuando uno se siente extraviado, se pone nervioso: le entra ansiedad.


    Nadie, absolutamente nadie, se atreve a hacer un pronóstico acertado sobre el futuro inmediato. Hay muchos que abogan por el apocalipsis, como llevan haciendo los agoreros desde que el mundo existe. Lo que ocurre con este pronóstico es que hoy está sustentado por la ciencia y la tecnología. Después de depositar nuestra confianza en dichos dioses y ver lo que ocurre hoy, cabe preguntarse si nos han guiado bien.


    Cuarto jinete, por hacer una analogía con el libro: la hipocresía. Este quizá es el mal más antiguo de los cuatro, el que acompaña a la especie humana desde el albor. La hipocresía no es otra cosa que el autoengaño: hacer parecer algo que no es.
    Pero la mentira es uno de los mejores inventos del ser humano. Gracias a ella y a la necesidad de contarlas, hemos desarrollado el milagro del lenguaje. Ahora bien, la fantasía, la irrealidad, tiene que administrarse con equilibrio. Porque si la aplicamos sobre la realidad sin control, nos encontramos con lo que tenemos: gente presumiendo en redes de una vida que no tiene, medios promoviendo la autodestrucción y la culpa, todos disimulando nuestra imperfección divina. Me recuerdan a la faceta más absurda del caballero de la triste figura.


    Quizá la única herramienta que yo he encontrado para soportar todo este peso sea tan sencilla como esto: la lectura de los clásicos, de los profanos, de las lápidas y hasta de los papeles del suelo. El ejercicio constante de la lectura, no su recuerdo, no su presuntuosidad, no su aparente sofisticación, sino el refugio real y divino del libro abierto, de la letra sobre la página, de la tinta negra en el fondo blanco.
    Porque a veces es más importante la pregunta que se plantea que las respuestas que se dan a esas preguntas. Y porque planteando la pregunta correcta, damos respuesta y solución a toda ansiedad, a toda tristeza, que pueda acontecernos por este incierto camino llamado vida.

    Buen camino.

  • Un corazón donde vivir (Parte 4)

    Un corazón donde vivir (Parte 4)

    Nota del autor: Dejo el enlace de la primera parte, el de la segunda y la tercera para quienes quieran (re)leer los capítulos previos de esta historia con comodidad después de leer esta parte.

    Su voz la llamó

    Al cerrarse la puerta del ascensor, notó su lengua húmeda y caliente abrazando la suya. Gerard abrió mucho los ojos por la sorpresa, pero pronto los cerró. Abrazó el cuerpo de Cayetana y sus manos recorrieron la totalidad de su perfil: pelo, cuello, hombros, brazos, caderas y vuelta a empezar. Sus movimientos eran nerviosos pero acompasado con los de ella, que lo abrazaba por debajo de la ropa con una mano mientras con la otra buscaba la hebilla de su cinturón. La puerta se abrió de pronto y un vecino esperaba en el rellano. Ambos disimularon en silencio. Saludaron con la cabeza y siguieron adelante mientras ella buscaba las llaves de su apartamento en el bolso blanco. El viejo, desde el elevador, los miró curioso y luego pareció sonreír con dientes torcidos y amarillos. De alguna manera, la cara de aquel señor le resultaba bastante conocida. Cosa imposible allí, pensó de pronto. Cayetana consiguió abrir la puerta y tiró de su mano hacia dentro.

    Gerardo no recordaría mucho la decoración de aquella estancia. Había pocos muebles y las paredes estaban pintadas blanco. La luz del techo era amarilla y daba la sensación de ser un lugar frío. Un espacio de paso como un túnel. Poco le importaba a Gerardo la pobre decoración, que atribuyó enseguida a la poca vida que se hacía en aquella casa. El lugar estaba completamente vacío y si alguien iba allí de vez en cuando, hoy no estaba. Cayetana lo condujo de la mano por el pasillo de luces cenitales. Notaba su mano caliente, tanto tiempo añorada, entrelazada. Su pelo negro se mecía a cada paso que daba y su figura se dibujaba a contraluz en lo que para él era una perfecta Venus mediterránea: caderas anchas, hombros estrechos, pasos elegantes, movimientos ligeros. Pronto llegaron a la habitación sin encender más luces. Pasarían por un tramo de absoluta oscuridad, pero Gerard se sentía seguro y feliz como guiado por un hada buena.

    El cuarto de Cayetana estaba tan sobriamente decorado como el resto de la casa y eso lo extrañó. Siempre había sido una chica muy primorosa que le gustaba tener las cosas a su gusto, hacer de las estancias su espacio, su nido. Puro instinto de mujer. Por eso aquella habitación le parecía tan extraña, pero tampoco le dio importancia: seguramente hacía muy poco que estaba allí, además no había tiempo para pensar tanto. Por fin la tenía entre sus brazos, en un lugar, aunque un poco sórdido, íntimo, donde dar rienda suelta a unos años con el corazón vacío. La buscó en la oscuridad mientras sus ojos se iban acostumbrando a la tenue luz que entraba por un ventanal que no pudo ver, porque sus ojos se centraron en las líneas y contornos que dibujaban la figura de Cayetana. Ella no decía nada ni él tampoco. Se limitaban a besarse sin tregua. Sólo se oía en salpicar de las bocas al encontrarse, entrechocarse y vuelta a empezar. En uno de esos besos largos y húmedos ella se separó un poco. Puso sus labios carnosos junto al lóbulo de su oreja derecha y lo mordió. Sintió su boca empapada por la saliva del hambre y del deseo. Gerardo tembló y un escalofrío resbaló por su espina dorsal desde el coxis a la coronilla.

    -Gerard… -dijo mientras introducía su lengua por entre su oreja, algo que si bien no le gustaba mucho, no consiguió que dejara de sentirse excitado, con la cremallera del pantalón a punto de saltar por los aires. -Desnúdame. -dijo lentamente al separarse.

    En ese instante sintió sus brazos pesados, como si un invisible fardo de arena hubiera sido atado en cada una de sus muñecas y le impidiera moverse con rapidez. Aún así hizo su mejor esfuerzo para pasar las manos por debajo de el vestido de ella, blanco y con volantes, y subir desde los muslos, pasando por el tacto sedoso de su ropa interior, deteniéndose en abrazar sus generosas nalgas que siempre le gustaron tanto, subir despacio por su espalda, siempre por debajo de la ropa, hasta encontrar sus axilas, sus pechos tersos y duros, generosos también a la medida de sus manos grandes, y llegar a sus brazos hasta pasar el vestido blanco por encima de su cabeza y que cayera al suelo como el velo mágico de una náyade de las hespérides. Ella seguía besándolo en el cuello, la barbilla, la boca. Sus manos rozaban el endurecimiento de su pantalón vaquero que prometía la fuerza de las piedras y la suavidad irresistible de la carne.

    Los dedos de Gerardo buscaron el broche de su sujetador y lo deshizo en un movimiento ágil, acostumbrado. Quizá ella había llevado aquel sostén antes, en el pasado remoto que ahora se abría ante él como un presente lleno de futuros donde compartir momentos como aquel que estaba viviendo ahora mismo, cuando hacía nada que se habían vuelto a encontrar después de tanto tiempo y de tantas vivencias lejos. Sus pechos quedaron libres mostrando la areola de dos pezones como dos flores de primavera. Poco a poco fue recorriendo con besos cortos el camino desde su boca, las comisuras, el mentón, el cuello, el esternón y poco a poco se fue agachando hasta que sus besos y su lengua encontraron uno de sus pechos que guardaban un sabor dulce a jazmín y a naranja, un aroma clavado en su memoria que le hacía revivir todos los momentos junto a ella, tan añorados y ahora todos a la vez, como si todas las notas de un órgano antiguo sonaran a la vez en mitad de una iglesia vacía y polvorienta.

    Primero un pecho y luego el otro. Sentía cómo Cayetana se estremecía y le acariciaba el pelo despacio. La imaginaba con los ojos cerrados, con la cabeza inclinada hacia el techo, porque no podía verla más allá de su vientre que ahora se descubría frente a él mientras la acariciaba las piernas de abajo arriba y se iba poniendo de rodillas frente a ella, como si adorara a una diosa frente a su tálamo-altar. Siguió con los besos cortos, pasando de largo por sus braguitas, hasta llegar a la rodilla, que mordió suavemente, sin hacerle daño, pero con decisión, acto que su cuerpo había recordado que le encantaba. Ella gimió de placer mientras repetía el mordisco en la otra rodilla y sus manos le quitaban la última frontera de su desnudez para, ahora sí, poder abrazarse a ella sin cortapisas, sin armaduras, piel con piel. El contacto de la boca de Gerardo con la parte más íntima de ella hizo que las piernas de Cayetana perdieran fuerza y se doblaran, cayendo sobre la cama, pero él siguió sin apartarse, guiado por las manos de ella que lo empujaban al centro de su ser con ansia, con sed pero con delicadeza. Gerardo sentía cómo su corazón revoloteaba en su pecho como un canario amarillo en una jaula blanca, de un lado a otro cantando la misma melodía con leves variaciones. Así su lengua se movía por entre sus labios, como un baile conocido pero con las variaciones que le habían otorgado los años y las otras experiencias vividas en otras camas donde si bien el corazón no se movía del sitio, el deseo no dejaba de pugnar por salir y acabar con el mundo para empezar un mundo nuevo. Cayetana gemía cada vez más seguido, más hondo y más largamente. Sus manos lo agarraron con fuerza mientras la respiraba a fondo, acariciando las suaves hebras de su pelo con la boca, mientras sentía su lengua cansada pero fuerte que seguía cada vez más rápido y más duro horadando un corazón.

    -Métemela. -Dijo de pronto. Sin más preámbulo ni medias tintas. Con la voz ahogada.  

    Gerardo se levantó. En algún momento había perdido su camiseta pero no sus pantalones ni sus ganas de quitárselos. Cayetana lo miraba, desnuda, sobre la pequeña cama de noventa sin sábanas. Tenía los ojos grandes y acuosos, que dibujaban dos pozos de estrellas en la media luz de la habitación. Se oyeron voces más allá de la calle, gente yendo y viendo. El volumen de los paseantes iba en aumento con rapidez, seguramente sería un grupo numeroso que se dirigía hacia algún lugar con prisa por llegar. Resultaban, de una forma leve, insoportables. Su trajín lo distraía, lo apartaba del cuerpo desnudo de ella donde con el que estaba a punto de unirse para siempre.

    -No consigo deshacerme el cinturón, ¿te lo puedes creer?

    -Déjame que te ayude. -dijo ella. Y cuando se incorporaba en la cama, acercando su rostro amado a sus tejanos, se oyó el traqueteo horrible y chirriante de la persiana metálica subiendo con decisión, dejando entrar la luz, demasiada, que hizo que perdiera de vista el rostro tranquilo de Cayetana que lo miraba sentada en la cama de su habitación, que desaparecía iluminado por la luz cegadora y blanca que lo envolvía todo. Sus manos perdieron el tacto de su pelo para siempre y su voz la llamó.

    -Caye…

    …oooOOOooo…

    Sin luz. Sin sueños

    Cuando despertó ya tenía los ojos abiertos. Sentía la espalda molida por el tacto duro del suelo y entendió de dónde venía el molesto ruido: una azafata operaria de una empresa de transporte turístico estaba subiendo la persiana del negocio junto al que estaba durmiendo y que imaginara cerrado. No lo estaba. De hecho. El lugar, antes solitario y desolado, se había llenado de turistas con la cara rosa y los ojos transparentes, que lo miraban ahí en el suelo como si fuera una bolsa de plástico o un gato callejero que molestaba en el camino de sus grandes pies de uñas poco cuidadas.

    Aún confuso, se levantó de un salto del suelo y se apartó de allí maleta en mano. Sintiéndose avergonzado a la par que traicionado por un sueño demasiado dulce. Como en las películas baratas, al final todo había sido un sueño, deus ex machina, dirían los críticos con recelo y un gesto de desagrado por ese recurso fácil que resuelve una trama sin seguir su lógica interna. Pero a veces la vida imita al arte, sobre todo al arte malo.

    Era ya bien entrada la madrugada. Había dormido unas horas y se sentía descansado a pesar de espalda. A su vez, tenía la mente nublada como si en verdad se hubiera despertado en un sueño en el que no entendía nada. Buscó los paneles luminosos con las salidas de los aviones y vio que el suyo ya aparecía en la pantalla, aún sin puerta de embarque. Decidió que ya era buen momento para ir acercándose a la zona, no fuera a ser que volviera a dormirse y se quedara en mitad de un aeropuerto sin paredes y sin avión. Superó el control de seguridad sin mayor complicación y pasó por entre los escaparates lujosos de las tiendas cerradas aunque bien iluminadas. Pensó en comprarle un regalo a Cayetana para cuando la viera, pero le parecía algo frío comprar un detalle en aquel lugar, aunque hubiera tiendas apropiadas para ello. Era como adquirir algo en una gasolinera o en un área de servicio: sin alma. Pasó por entre los peluches y los libros sin decidirse por ninguno. Además, todo estaba carísimo y el dinero escaseaba.

    Tenía ganas de llegar a casa, de dormir en su cama, de hacer de vientre en su váter. Luego pensó en que aún estaba lejos de todo y de todos. Cayetana era la única luz que imaginaba al frente, como el marino que busca la luz intermitente del faro en mitad del mar y de la noche, con el corazón encogido y la esperanza iluminando sus ojos rojos. Si Dios quería, tendría suerte y podría llevar por fin una vida con algún sentido, tendría algo por lo que luchar, alguien a quien amar, a quien cuidar, con quien hablar y yacer.

    -Creo en Dios pero no lo entiendo. -Dijo para sus adentros en voz alta, sentado en uno de los bancos frente a una puerta de embarque que podía ser la suya o la de otro avión. El viajero junto a él giró levemente el rostro para mirarlo de reojo, descartó el posible peligro del joven murmurador y siguió atento a la pantalla de su teléfono móvil. Gerardo pasó el rato mirándose las manos y recordando el sueño que hacía poco lo había unido a Cayetana, desando que fuera un presagio de buena suerte que le mandaba la divinidad para darle ánimo, para decirle que siguiera adelante, que lo conseguiría. Atesoraba el olor de su pelo en el recuerdo, se sorprendía de hasta qué punto aquellos fragmentos se quedaban encastrados en el alma. Soñaba despierto con volver a acariciarla y le parecía imposible aquella realidad circundante, más irreal para su corazón que la cama de Cayetana en aquella habitación vacía que, ahora entendía, estaba inspirada en el recuerdo del apartamento de playa de su familia donde acudían todos los viernes para amarse. Cómo no se había dado cuenta. Simplemente no quería.

    La pantalla sobre la puerta de embarque se iluminó. Vuelo FR 203. STN – DUB. Era el suyo. De todas las incontables puertas de embarque de aquella zona del aeropuerto, puestas en fila una tras otra flanqueadas por líneas de asientos individuales, de las decenas o cientos de puertas, estaba sentado justo en frente de la suya. La casualidad de sus pasos erráticos lo había puesto allí, frente a la puerta de embarque: un hombre frente a su destino. Le pareció un guiño de Dios que le decía estar de su lado, que lo guiaba en el laberinto del mundo con su mano bondadosa de padre celestial. Sube a tu avión, hijo mío. Parecía que le decía una voz grave pero amable desde todas partes y de ninguna. Se acercó al mostrador pero no fue el primero. Tres viajeros habían llegado antes, quizá porque sabían que ese avión siempre salía por esa puerta o porque los había guiado Dios también a sus distintas misiones vitales. Gerardo esperaba su turno feliz por ser de los primeros que ocuparía su asiento en el avión. Por el gran ventanal de vidrios tintados de oscuro se adivinaba la llegada del amanecer porque el fuselaje de los aparatos se veía cada vez más claramente en aquella madrugada londinense. No necesitaba más para sentirse feliz, para saber que todo al final saldría bien, para estar, por fin, optimista.

    Dos operarios, un chico y una mujer de mediana edad, comenzaron a sonreír y a invitar a toda la cola, cada vez más larga -pobres desgraciados los del final, pensaba Gerardo- a subir al avión presentando su documento identificativo y su tarjeta de embarque. Anduvo por la plataforma sobre el aire, adosada a la puerta del avión y saludó a la azafata que lo esperaba en la puerta con una sonrisa cansada. Buscó con la vista su fila y se fue dirigiendo hacia el final de la cabina de pasajeros donde tenía su asiento junto a la ventana. Ahora sí que se sintió afortunado: podría ver el amanecer sobre el mar irlandés, quizá incluso la Isla de Man, dependiendo de la trayectoria que siguiera la nave.

    Con total tranquilidad, puso su maleta en el compartimento y tomó asiento en la parte derecha según se miraba a la cabina de los pilotos. Su ventana quedaba cerca del ala del avión, pero no molestaría para ver el paisaje celestial que dibujarían las nubes rosas del amanecer. Poco a poco el avión fue llenándose de gente y de voces que hablaban en inglés con comedimiento, sabiendo que estaban en un lugar público, sin afán de molestar en aquellas horas de la mañana. Nada que ver con los guiris que iban y veían a su país, que formaban escándalo como hordas sudorosas de vikingos fofos. Estos eran igualmente guiris pero iban bien vestidos, tranquilos, moviéndose por sus islas con educación, acudiendo a ver a familiares o a eventos profesionales, nada de turismo.

    Gerardo apoyó la cabeza contra la pared de plástico duro de la cabina. Miraba a otras aeronaves más madrugadoras que emprendían su despegue. Era un momento emocionante que siempre le gustaba sentir en su barriga, cuando las ruedas del aparato abandonaban el suelo y en las tripas se sentía igual que la fuerza de un imán cuando se separa de la nevera, muy fuerte, insoportablemente fuerte una milésima de segundo y luego nada, a volar. Era la fuerza que tiraba de todos los seres humanos hacia el mismo punto y uno podía albergarla mientras atravesaba como una saeta desde la nuez hasta el perineo. Se moría de ganas de volver a sentirla, de sentir algo, de sentirse vivo otra vez.

    El avión efectivamente echó a volar, pero Gerardo no sintió el despegue de forma consciente, ni vio el primer rayo de sol sobre el Mar del Norte ni sobre la tierra verde-clara de Britania, no divisó las nubes rosas con esa línea de plata tan característica que hace soñar al ser humano con encontrar la veta afortunada en la obra de Dios. No vio nada de todo lo que quería porque se había quedado dormido. Esta vez en un sueño pesado como el de una piedra en el fondo de un pozo oscuro. Sin luz. Sin sueños.

    Continuará el próximo domingo.

    Nota del autor: ¿Te está gustando este relato? No dudes en dejar un comentario y susciribirte. Subo contenido al blog todos los domingos. También dispones de las historias que ya se han publicado hasta la fecha haciendo clic aquí.
    Nos vemos, corazón. Un abrazo,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 1)

    Un corazón donde vivir (Parte 1)

    1. Una llamada

    Su corazón palpitaba en la garganta mientras en el teléfono sonaba el primer timbrazo. Piíp… piíp… piíp. A punto de colgar y dejarlo estar, aquella voz conocida respondió.

    -¿Hola?

    Por un momento no supo qué decir. Estaba absolutamente en blanco mientras el corazón golpeaba con los puños las paredes de su pecho. Manos invisibles atenazaban su voz.

    -Gerard, ¿estás ahí?

    -Hola, Caye… Sí, estoy aquí.

    -¿Cómo estás? ¿Estás bien?

    -Sí… Eso creo… ¿Y tú?

    -Yo estoy intrigada… Pero me alegro de saber de ti.

    A partir de ahí, la conversación se desarrolló por los cauces habituales. La excusa de la llamada de Gerard a Cayetana había sido la pedirle información a esta para realizar un viaje a Londres. Ella llevaba algunos meses viviendo en las Islas Británicas, concretamente en Irlanda. Gerard planeaba un viaje próximo a Londres para hacer lo que muchos españoles en aquellos años de crisis: encontrar un trabajo remunerado.

    Al volver de arreglar los papeles del paro, que le darían para un subsidio de un par de meses, Gerard acariciaba la idea de aventurarse a tierras inglesas en busca del sueño anglosajón mientras pensaba en llamar a Cayetana y contarle su proyecto. Parecía una idea plausible, dado que sabía por las redes sociales y conocidos comunes que ella estaba viviendo allí, huyendo de una relación tormentosa con un gimnasta marroquí.

    -No tendrás problemas para dar clases de español por aquí… Ya lo verás. La demanda es muy alta y necesitan de todo urgentemente. Yo misma encontré un empleo al día siguiente de llegar a Maynooth. Esto es otro mundo, lo verás cuando llegues a Londres. ¿Cuándo tienes pensado mudarte?

    Lo cierto es que no tenía nada pensado, que la idea se le había ocurrido y se había dejado llevar por el impulso, como tantas veces había hecho a lo largo de su vida, cometiendo errores y acertando a veces. Contestó como mejor pudo a la pregunta.

    -El mes que viene, cuando termine de arreglar unos cuantos asuntos por aquí. Me lo tomaré como una especie de vacaciones, nunca he estado en Inglaterra y me atrae la idea mejorar mi inglés. Quizá viajaré un poco y me acercaré por Irlanda, por… ¿cómo dices que se llamaba tu pueblo?

    -Maynooth.

    -¡Quizás me acerque por Maynooth a verte! ¿Qué te parece?

    -Gerard, sigues tan loco como siempre. -y rio. Él lo tomó como una buena señal, como si la idea de que pudiera aparecer por allí la ilusionara. Por lo menos él lo vivió así.

    Siguieron hablando un rato mientras subía la calle a por el coche. La ciudad era cuesta arriba y el vehículo estaba en la zona alta, pero Gerard no sentía ni el calor de junio ni lo empinado del pavimento, tampoco reparaba en la gente que se cruzaba, como si en el mundo solamente existiera aquella voz dulce y acostumbrada que le hablaba por el altavoz, como si fuera un náufrago contactando por radio con el buque salvador.  Al cabo de un buen rato llegó al coche y se hizo el silencio al otro lado del teléfono.

    -Me tengo que ir. Me alegro de saber de ti, Gerard, y de que estés bien después de todo.

    -Yo también me alegro mucho de oír tu voz. De hecho, la he echado mucho de menos.

    Su corazón volvió a palpitar con fuerza mientras oía el ruido blanco del silencio al otro lado de la línea. Se le había escapado aquella frase de las manos como un animalillo.

    -Ya hablaremos. Ya me irás contando tus planes. Te dejo que me tengo que marchar.

    -Vale, Caye. Un beso grande y gracias por la info. Quizá nos vemos pronto.

    -Besos. Ba-bye.

    Colgó y sonó un piíp seco y breve. Se apartó el terminal de la cara. Estaba caliente y grasiento por el sudor del mediodía. La llamada había durado más de veinte minutos. Después de dos años sin hablar, aquella casi media hora se le representaba como una especie de milagro. Parecía que el tiempo no había trascurrido entre ellos y que Caye viviera al otro lado de la ciudad, que hiciera poco que se habían visto y que faltaba nada para volver a verse, como cuando estaban juntos y eran la pareja más bonita del litoral.

    La llamada había trastocado los planes de Gerard por completo. Si bien proyectaba la idea de visitar Londres en el futuro, ahora se le hacía un imperativo vital hacerlo, una ventana de oportunidad que no podía desaprovechar. Sabía que Cayetana volvía a estar sola y la idea de volver a encontrarse la divertía. La posibilidad de reencontrarse en Irlanda o en donde fuera lo ilusionaba como el mejor de sus sueños por fin cumplido. Ni se atrevía a acariciar la posibilidad de volver a abrazarla después de tanto tiempo. Cuando pensó en volver a besar sus labios carnosos casi se come una señal de tráfico y tuvo que corregir con un volantazo que provocó el pitido airado del vehículo de detrás. No veía el momento de llegar a casa y empezar a pertrechar lo necesario para ese viaje sin billete de vuelta, donde conocería la ciudad del Támesis y quizá la paz que perdió. Los acontecimientos parecía que se desarrollaban solos y supuso que era una señal del destino. Como dicen en las películas malas: Gerard seguía los designios de su corazón.

    Había muchas cosas que preparar: la tarjeta sanitaria, la convalidación de su título universitario en Inglaterra, el alojamiento y hacer acopio del dinero necesario para la empresa de trasladarse a otro país con lo puesto y buscarse allí la vida. Animado por el relato de otros inmigrantes españoles, jóvenes universitarios en su mayoría, y la nebulosa posibilidad de encontrarse con Cayetana más tarde, se dispuso a preparar los pormenores de la nueva aventura que se abría frente a su horizonte, en la cual veía brillar la luz de un nuevo futuro a pesar de la niebla en la que transcurría su presente.

    Al llegar a casa de sus padres, lo recibieron los gritos y las discusiones acostumbradas. Nadie lo saludó al entrar ni él hizo constar su presencia. Entró directamente en su cuarto y dejó los papeles del paro encima del escritorio repleto de libros, apuntes, libretas y folios sueltos con algún que otro poema. Cogió la guitarra y rasgó cuatro acordes: Mi, La menor, Re menor, Sol, Fa, Mi. Volvió a dejarla apoyada en la pared y se tumbó sobre la cama. Por el rabillo del ojo lo miraban los libros en la estantería que había hecho comprar a sus padres para depositar todos aquellos volúmenes que el paso de su adolescencia había ido recogiendo por el camino. La mayoría de su biblioteca constaba de ediciones baratas y antiguas que no querría ni un trapero, pero él entonces no lo sabía. Sobre las sábanas soñaba despierto mirando al techo, distrayéndose con la forma de la bombilla apagada que habría de iluminar la habitación cuando llegara la noche, recordando las calles de Londres que había visitado en alguno de aquellos libros. Por fin la vida parecía funcionar, por fin todo iba a salir bien, por fin iba a salir de la mierda.

    -Gerardito, ¿hoy no comes? -Era su madre, que había abierto sin llamar la puerta de cuarto y lo miraba inquisitiva, con ganas de pelea, desde el umbral de la puerta.

    -No tengo hambre.

    -Este niño está fatal. Iba a comerse el mundo y el mundo se lo comió a él. -Y cerró.

    Gerard estuvo soñando despierto con aviones, trenes, estatuas, plazas, bosques y besos, hasta que se durmió sonriendo. Le parecía la vida un milagro que propició una llamada.

    …oooOOOooo…

    2. En blanco

    Su corazón palpitaba en la garganta mientras en el teléfono sonaba el primer timbrazo. Piíp… piíp… piíp. A punto de colgar y dejarlo estar, aquella voz conocida respondió.

    -Geri, ¿cómo está mi niño?

    -Cayetana, me gustaría hablar contigo.

    -¿Qué sucede?

    -Creo que no deberíamos seguir juntos.

    Se produjo un silencio tan hondo como si hubiera estallado la bomba atómica y el aire se hubiera quedado vacío. Fue cosa de pocos segundos, pero se hicieron eternos en la memoria de ambos.

    -¿Cómo dices?

    -Que creo que deberíamos dejarlo.

    -¿Por qué?

    -Verás, he conocido a alguien…

    -¿Y me lo dices por teléfono? Quiero verte. Quiero que hablemos. No puedes hacerme algo así. No de esta forma.

    -Tengo que trabajar.

    -Pues ven antes.

    -De acuerdo. -Y ella colgó.

    Años después, Gerard recordaría aquellos últimos días de una relación de tantos años. Se sentía imbuido por un sopor extraño, como si lo exterior importara poco. Su expresión no era ni alegre ni triste, sino indiferente. Actuaba como un autómata que mirara solo hacia dentro de sí mismo, y lo que veía era de un color gris uniforme. Lo bueno y lo malo, todo le resbalaba. Hacía tiempo que pensaba en terminar con todo y una forma de hacerlo era tirar su vida por la ventana, buscando la manera de empezar de cero o por lo menos de terminar con un sufrimiento crónico e inexplicable. Pensaba que a los suicidas se les ponía la misma expresión que él tenía en la mirada entonces.

    Sin dar demasiada importancia a una llamada de teléfono que terminaba con su vida tal y como la había conocido los últimos seis años, salió de casa sin decir nada y se dirigió hacia el coche. Por el camino iba con la mente en blanco, sin reparar en el daño que estaba causando y que sería irreparable. Solamente conducía y no veía el momento de terminar con aquel trámite molesto e irse a trabajar al hotel de cuatro estrellas donde hacía las veces de recepcionista. Un trabajo anodino que le permitía olvidarse de sí.

    Cuando llegó a la cuesta de su casa, Cayetana ya estaba allí. Lucía un vestido holgado que hondeaba en el viento como una bandera. Llevaba el pelo largo recogido con una cola y en sus grandes ojos marrones lucía la expresión de quien ha llorado durante un buen rato. Arrugaba los labios enfadada con el mundo, como quien se pregunta: cómo puede pasarme esto a mí. Sin pensarlo dos veces, abrió la puerta indignada por le odio.

    Gerard casi no abrió la boca ni tampoco escuchaba todo lo que Cayetana le decía. Básicamente ella se sentía traicionada porque él le había dicho que había otra persona. Incapaz de explicarse mejor, ella entendió que había iniciado una relación con alguien a sus espaldas y que llevaban tiempo engañándola. Nunca hubiera esperado algo así de su Geri, a quien quería tanto y a quien desde ahora odiaba con toda su alma. Le deseaba lo peor en su nueva vida y le pronosticaba que pronto se arrepentiría de ser una rata.

    -¿Es que no piensas decir nada?

    -Tengo que irme, entro a las dos y media y ya son más de las dos.

    -Que te den por culo, Gerard.

    Y salió del coche y de su vida para siempre. El otro casi sintió alivio, pero la sensación principal era la misma indiferencia de siempre, la que lo había llevado a aquella conversación en el coche, a terminar con más de un lustro de historia de un plumazo.

    En ningún momento se esforzó por desmentir lo que Cayetana pensaba. Si iba a terminar la relación, lo mejor era hacerlo de la forma más eficaz y menos indudable. Que ella pensara que estaba con otra persona, a pesar de estar solo, se le hacía una buena forma de cortar por lo sano, aunque fuera sin anestesia y de un hachazo brutal. Gerard no pensaba en las consecuencias de sus actos porque vivía en un sopor gris que le impedía pensar en nada. Se sentía poseído por una fuerza informe que lo gobernaba como una marioneta. Podrían ser las manos de Dios o del demonio, pero no se lo preguntaba. Solo se dirigía en su utilitario hacia el hotel donde habría de pasar las nueve horas siguientes, ajeno a su fracaso amoroso, profesional, vital. Estaba en caída libre y creía que volaba. Sentía cosquillas en el bajo vientre y confundió la vida con el vértigo.

    Cuánto tiempo pasaría luego preguntándose por qué había actuado de esa manera. Por qué demonios había sido tan cruel y había dicho aquella mentira. Podía haberse expresado mejor y quizá se hubieran entendido y todo habría terminado bien, con la posibilidad de una reconciliación futura, si no como pareja, sí como buenos amigos.

    Gerard tenía dieciocho años cuando empezó con Cayetana y terminaron la relación cuando ambos tenían veinticuatro. Los años más intensos de su primera juventud los pasaron juntos y habían vivido momentos inolvidables que parecían conducirlos a una eternidad feliz. Durante los primeros años fue así y esta anomalía que constituían en una sociedad donde primaba lo superficial acabó por pasarles factura. Por mucha felicidad que atesoraran juntos, el paisaje de la vida se compone también de colores oscuros y el hecho de amarse tanto también suponía no dejar espacio a encontrarse a ellos mismos, a saber quiénes son, a la soledad amarga pero necesaria. Gerard se ahogaba en una rutina feliz impropia para un chico en la veintena, con ganas de conocer el mundo en toda su extensión, con el deseo de intentar ver más allá de sus horizontes y de aventurarse solo en la empresa de vivir, sin sentirse responsable de la felicidad de otra persona, que por otra parte y paradójicamente eran la persona que más quería. Era Ícaro volando hacia el sol y lo sabía, la caída se le hacía de una necesidad tan perentoria que la anhelaba.

    Y lo consiguió. De un modo brutal y cruel, fruto de su inexperiencia, pero lo hizo. Se liberó de las cadenas de oro que lo ataban a una vida maravillosa y se adentró en la nada del abismo que por contraste se le hacía el lugar más apetecible del mundo. Ahora ya no tendría que rendir cuentas ante nadie, solo ante sí mismo. Podía hacer lo que le diera la gana y era tanta la sensación de libertad que se le hacía pequeño el cielo abierto ante sí. Detuvo el coche en el parquin de los empleados y se encontró con otros compañeros en el fumadero, antes de empezar la jornada. Quienes estuvieron allí con él dirían que nunca lo habían visto tan contento en todo aquel verano, que era el tipo más divertido del planeta tierra, haciendo bromas con todo y haciendo reír a todo el mundo.

    -Gerardo, hoy iremos unos cuantos a tomar algo después de trabajar. A lo mejor se nos hace de día en la playa. ¿Te apuntas? -Era Sara quien le hablaba, sonriéndole divertida.

    Apurando el cigarrillo, pensó en lo que tendría que hacer al día siguiente. En si tenía que avisar o si le parecería bien a alguien. La agenda de su vida estaba en blanco.

    -¡Pues claro que sí!

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Este relato continuará la semana que viene y se irá publicando por partes todos los domingos. Espero tener la fuerza y la pericia necesarias para contar la historia completa, y bien.

    Siéntete libre de escribir cualquier comentario y de compartirlo con quien tú quieras.

    Gracias por estar al otro lado de la página, pues sin ti esta historia no tendría corazón donde vivir.

  • Podría haber sido yo (Parte 1)

    Podría haber sido yo (Parte 1)

    Era martes, 22 de marzo de 2016, y yo había madrugado mucho para subir al avión veinte minutos antes de las 6:10 de la mañana. Mi padre me había dejado la noche antes en la estación de autobús de Tarragona y tomé un autocar nocturno que me dejó en el Aeropuerto del Prat de Barcelona al cabo de una hora. En general, había pasado la noche sin dormir demasiado y me sentía en un estado de sopor un tanto indiferente.

    Al día siguiente sería mi cumpleaños, cumpliría 26, pero no andaba demasiado ilusionado con eso, de hecho, durante aquella época, no andaba ilusionado con nada. Iba por la vida como arrastrado por una corriente de aire, sin saber muy bien adónde se dirigían mis pasos vitales, y sin importarme demasiado. Iba a vivir la efeméride en otro país, lejos de mi familia y amigos. Lo último no me importaba demasiado, porque igualmente no hubiera visto a mis colegas aunque me hubiera quedado en casa: no tenían muchas ganas de verme en aquella época. Fueron años duros, y muy felices.

    Quien sí quería verme era una chica belga que había conocido el verano anterior. Se llamaba Karlaina, aunque se escribe diferente, y tenía mi edad. Como tantos otros de sus compatriotas, había venido a las costas de Tarragona a pasar unos días de vacaciones con unas amigas, quiso la casualidad que fuera en el hotel donde yo trabajaba de camarero recogiendo vasos de guiris y sirviendo cervezas. Había gente que consideraba aquello muy duro y no aguantaba una semana trabajando de pie diez horas diarias, seis días a la semana, por mil euros. Vi muchos llegar y marcharse a llorar a su casa. Para mí fueron años maravillosos donde conocí personas imprescindibles como Karlaina.

    Tuve la suerte entonces de que ella se fijara en mí y me encontrara por la red social de referencia en ese momento, y en la cual yo casi ni entraba, Facebook. A raíz de ahí, iniciamos una conversación que terminó con su vuelta, al cabo de una semana a La Pineda, donde yo trabajaba, pero esta vez en un apartamento que compartimos por unos días azules. Nuestro affaire se nos hizo de lo más dulce y repetimos varias veces ese verano. Ella era enfermera en un país mucho más rico que el mío, venía de una familia pudiente, y podía permitirse el lujo de tomar el avión como el que agarra un autobús. Aunque tenía mucho más dinero que yo, nunca me sentí inferior a su lado y siempre me trató como a un igual. Yo tenía la intención entonces de ser profesor si conseguía reunir el dinero para pagarme el abusivo máster necesario para ejercer esa función en España. Recordaba que el día que me admitieron en la Universidad, estaba con ella en la cama cuando me comunicaron la noticia y dimos saltos de alegría en ese verano de 2015.

    Pensaba en todo aquello recostado en el asiento del avión, viendo amanecer por la ventana y, a pesar de todo, no me daba cuenta de lo feliz que era. Yo estaba atribulado por ciertos problemas que me había hecho romper con algunas relaciones que yo hube considerado indestructibles no hacía mucho tiempo atrás, y la pérdida inevitable de estas personas se me hacía tan difícil de superar como si fuera la muerte de un ser muy querido. La realidad cede con demasiada facilidad y no hay nada más absurdo, menos entendible, que las despedidas para siempre, ya sean las que impone la vida o las que impone la muerte. Aunque era mi último día con 25 años, que tenía una aventura por delante de una semana en Bélgica con mi chica en un apartamento para nosotros, a pesar de que me estaba comiendo el mundo a bocados, estaba melancólico y apesadumbrado. Sentía que lo mismo me daba morir que vivir en este cuento absurdo que llamaban realidad. Por eso me dejaba llevar por el aire como una bolsa de plástico, metido en este caso en un avión de Ryanair que tenía prevista su llegada al Aeropuerto Internacional de Zaventem (Bruselas) a las 8:30 de ese día, marcado en la historia, 22 de marzo de 2016.

    Una voz de la tripulación nos pidió en inglés que nos pusiéramos los cinturones de seguridad porque íbamos a iniciar el aterrizaje. Eran aproximadamente las 7:55 de la mañana, como habíamos salido puntuales, estaba previsto que tocáramos tierra un poco antes de la hora convenida. Mientras yo y los demás pasajeros pensábamos en nuestras particulares cosas y la tierra belga se aproximaba cada vez más, intervino en inglés la voz angustiada del comandante: …there have been an explosion at the airport…

    Sólo entendí la palabra explosion y airport y los chillidos ahogados de algunas personas que se llevaban las manos a la boca. Luego se produjo el silencio más tenso que he oído en mi vida, como si la cuerda que lo sostenía fuera a reventar de un momento a otro y el mundo que conocíamos se pudiera terminar en un pestañeo. Poco a poco, empezaron a oírse rumores de voces hablando en idiomas indescifrables para mí, excepto por el tono, que era contrito y asustado. Pensé en encender mi móvil, pero habría sido inútil, dado que no teníamos cobertura. Además, daba la casualidad de que había salido de casa prácticamente sin batería y no había tenido la oportunidad de cargarlo en algún enchufe del aeropuerto. Sería mejor llegar a tierra y esperar a ver cómo terminaba todo.

    Me sentía tranquilo. Para entonces, ya todos sospechábamos que, en el mundo en el que vivíamos, una explosión en el aeropuerto no se producía por accidente. En general, la gente estaba callada, rezando lo que sabía o aguantándose las ganas de salir corriendo o, como yo, sin saber muy bien qué pensar ni qué hacer. Seguí recostado pensando en que, cuando se producía un atentado, no solía suceder de forma aislada y había que esperar otro en alguna parte. Quizás en el avión donde viajábamos, debíamos de pensar todos.

    La voz del comandante volvió a sonar. Airport Charlorai. Resulta que iban a desviar nuestro vuelo. Es bien sabido que Ryanair viaja con el combustible justo para ahorrar en costes, más de uno esperábamos que tuviéramos el suficiente para llegar al otro aeropuerto, que por otra parte yo desconocía completamente en qué país se hallaba. Había quedado con Karlaina en que me recogería en el aeropuerto de Zaventem a la hora indicada, pero en ese momento yo no sabía dónde había sucedido la tal explosion.

    Pero yo seguía tranquilo, viendo los acontecimientos que sucedían como si los viviera otra persona. Entonces entendí que el miedo era completamente arbitrario y lo mismo te agarraba en tu casa viendo la tele que te dejaba en paz dentro de un avión buscando urgentemente pista de aterrizaje. Por fin conseguimos tocar tierra y, una vez que el aeroplano se paró, en vez del previsible alivio, empezaron las prisas y la ansiedad. Sonaron los teléfonos móviles casi al unísono. Cuando encendí en mío, mi padre me había llamado más de nueve veces. Antes de que pudiera devolverle la llamada, me estaba contactando de nuevo y lo cogí. En su voz fue cuando me asusté. Era fría y dura, como el que se prepara para oír cualquiera clase de noticia, incluso la peor de todas.

    El día martes 22 de marzo a las 8am hubo un atentado terrorista con explosivos en el Aeropuerto Internacional de Zaventem, Bruselas. Por ese entonces, apenas las 9 de la mañana, ya era noticia a nivel internacional y todo era confusión. Le dije a mi padre que habíamos aterrizado en otro aeropuerto, que estaba bien, que no se preocupara, que allí no había pasado nada y que tenía que colgar porque tenía que llamar a Karlaina. Sólo esperaba que ella estuviese bien, dado que era previsible que se encontrara en el lugar de los hechos a la hora en que las explosiones ocurrieron, esperándome en las Llegadas.

    Intenté contactar con ella pero fue imposible, las líneas debían de estar saturadas. En el avión, todos intentaban establecer contacto con el mundo exterior. En esa tesitura, se me terminó la batería del móvil. Maldije mi mala cabeza y me dispuse a encontrar un enchufe de forma urgente, una vez que pudiera acceder a la maleta y agarrar el cargador, el cual esperaba con todas mis ganas haber traído al viaje y no haberlo olvidado en casa, cosa posible dado que había hecho la maleta deprisa y corriendo.

    El Aeropuerto de Charlorai se encontraba en Bélgica, a 46 quilómetros de la capital. Fue una suerte que no hubiéramos acabado en Francia o en Alemania. Quizá, porque fuimos de los primeros vuelos desviados, acabamos en el aeropuerto más inmediato a nuestro destino. Pero Charlorai era un aeropuerto como el que hay en mi pueblo y ahora estaba absorbiendo el tráfico aéreo de su hermano mayor, el aeropuerto de Zaventem. Nos bajaron en la pista y nos indicaron que camináramos hacia un edificio que se veía a unos doscientos metros más allá, donde encontraríamos la salida. El personal del aeropuerto brillaba por su ausencia, dado que fueron a atender al próximo vuelo desviado que aterrizaría en el pequeño aeropuerto de un momento a otro. Todo era un pandemonio.

    Visto lo visto, me daba tiempo de fumar un cigarrillo. Lo encendí, como hicieron otros pasajeros, y fuimos fumando por la pista del aeropuerto hacia nadie sabía muy bien adónde, pero con la alegría efímera por satisfacer una necesidad acuciante como la sed.

    Llegados al interior del edificio del aeropuerto, el caos se intensificaba por momentos. Atravesamos las salidas sin ningún control por parte de los empleados del lugar. En lo que parecían unas aduanas vacías, encontré el preciado enchufe que andaba buscando como un perro ventor y me dirigí a ese rincón sin saber muy bien si me echarían de allí. Abrí mi equipaje de cabina y saqué el bendito cargador que, con manos nerviosas, conecté al teléfono. Esperé a que marcara un dos por ciento para encenderlo y entonces sí que vi las decenas de llamadas de Karlaina, lo cual me tranquilizó de sobremanera. La llamé yo y me contestó con lo que parecía el manos libres de un coche. Estaba bien. En Zaventem todo era un caos, estaba intentando salir del aeropuerto rumbo a Charlorai, donde sabía que yo estaba. Su voz sonaba nerviosa y mezclaba el inglés con palabras en su idioma, el flamenco. Quedamos en que nos veríamos en Charlorai cuando consiguiera llegar, pero tenía que ser paciente porque el tráfico era horrible y el caos absoluto en todas partes. Le mandé un beso y le dije que se cuidara mucho. Beso, dijo.

    Esperé un poco más y me di cuenta de que no podría seguir en ese lugar liminal mucho más tiempo, que era cuestión de minutos que llegara alguien del aeropuerto y me preguntara qué diablos estaba haciendo en ese rincón con una maleta, en pleno pasillo por donde iban pasando oleadas de pasajeros asustados de diferentes vuelos internacionales. Recuerdo ver a un señor con turbante que llamó mi atención. Nos miramos un momento a los ojos, la verdad es que no me habría gustado ser él entonces.

    Con menos de un diez por ciento de batería, atravesé por fin el portal de las llegadas con la esperanza de encontrar otra toma de corriente en algún lugar. Fue entonces cuando me percaté de la magnitud del caos. Miles de personas se agolpaban en el amplio vestíbulo del aeropuerto, que había superado su aforo por mucho. Todos iban de un lado al otro haciendo preguntas al personal del aeropuerto que no sabían muy bien qué responder ni qué hacer. Un tipo pálido con una rebeca apretada sobre su tripa, responsable del lugar, miraba a todas partes con los ojos como platos, como queriendo decir algo a alguien, pero sin encontrar las palabras ni el receptor del mensaje. Había pensado en preguntarle dónde había una toma de corriente, pero desistí. Quise salir al exterior y alejarme de aquel barullo, porque entonces sí que sentí cierta sensación de desprotección: si los perpetradores han decidido poner una bomba en aquel aeropuerto, las víctimas se contarían por centenares, si no por miles. El plan era que no había plan.

    Una vez en la calle, vi llegar los autobuses, los coches, las gentes yendo y viniendo. Todo sucedía muy deprisa a mi alrededor y yo estaba detenido en medio del mundo, fumando otro cigarrillo, pensando en que al día siguiente sería mi cumpleaños y tendría 26 años, pensando en el absurdo de la vida y en la facilidad con que cede y se desmonta el edificio que llamamos Realidad. Al final, encontré un enchufe y me senté a leer.

    Más tarde supe que hubo otras explosiones en el metro de Bruselas y que hubo víctimas mortales de distintas nacionalidades, entre ellas un español, que podría haber sido yo.

    Nota del autor: La próxima publicación en unos días será la Parte 2.