Tuve un profesor de literatura hispanoamericana que marcó a muchas generaciones de estudiantes de filología, aspirantes a críticos, ensayistas, escritores malditos y/o profesores de instituto. Sus lecciones eran pura adrenalina. Uno se sentía como si estuviera en el teatro, no como público solamente, sino como miembro activo de una obra que se representaba como si se tratara de una rueda de jazz, donde nadie sabe lo que va a pasar en el próximo compás y todos los artistas permanecen en estado de alerta. Había quienes sabían esquivar la mirada del profesor azul y mimetizarse con los muebles, había otros estudiantes para los que nos era imposible pasar desapercibidos.

Aunque la lección parecía anárquica, seguía un hilo conductor bien definido: el principio de la clase enlazaba con el final de la misma, como en las buenas historias. Tampoco estaba exenta la exposición del maestro de figuras retóricas que pasaban inadvertidas a los estudiantes. Recuerdo que su preferida era la hipálage, quizá por cómo sonaba, quizá por su forma, o su dificultad para ser bien comprendida. César, acosado al pie de la estatua por los impacientes puñales de sus amigos, donde el adjetivo “impacientes” se traslada de “amigos” a “puñales” y estos objetos sin vida, pero vívidos, cobran un nuevo carácter. Recuerdo que cuando aparecía en alguno de los textos, solía preguntar cuál era la figura retórica que sostenía el verso o la frase, con su mirada, el profesor azul. Unas veces respondí, otras callé y respondió otro alumno más aventajado, su predilecto. También había veces en las que me equivocaba, pero ahora sé que mi error no me restaba credibilidad ante sus ojos. Lo importante es que el alumno sea partícipe de la obra que se representa en riguroso directo, en ese momento, aunque sea inesperada su intervención o lleve el contenido de la clase por un nuevo camino.

Si la imitación es signo de admiración, nuestro profesor azul es la persona más admirada que conozco, por encima de los artistas que configuran el panorama nacional e internacional. Unos cuantos son los que cifran la elegancia con americana y vaqueros, o con unas lentes-quevedos, o dejan crecer sus cabellos, o miran intensamente al interlocutor y a la nada, o fuman cigarrillos con un aire de cantor de tangos, o llevan en un maletín de cuero; tanto en hombres como en mujeres hay rasgos bellos de su imagen. Yo quería contarme entre los que no, quise tener una voz propia, aunque más ronca y grave, pero la mía propia. Lo admiraba, pero yo intentaba no verme como una grupi.
Han pasado diez años desde la última vez que fue mi profesor de hispanoamericana y la vida nos ha llevado a todos por distintos caminos. Casualidad o causalidad, encontré que su discípula, que ahora enseña literatura hispanoamericana en la universidad, lo iba a traer para una clase abierta, donde podían ir de oyentes a quienes les apeteciera. El profesor azul lleva años jubilado, podía ser una última oportunidad. Porque no tuve tiempo para pensármelo demasiado, allí me planté justo después de salir de trabajar en el instituto. Llegué un poco tarde, me senté en segunda fila, como hiciera en sus clases. Al cabo de pocos minutos en el aula, respirando aquel ambiente tan conocido y apenas recordado, donde uno se siente parte de algo importante, viajé en el tiempo y volví a ser universitario. Me sorprendí al verme reflejado en sus clases, al ver hasta qué punto yo imitaba su postura (los brazos cruzados sobre el libro), sus ademanes (el índice dibujando imposibles en el aire), sus muecas (una sonrisa ladeada, pícara), su pronunciación (un acento levemente afectado); también el uso de fragmentos para ilustrar la clase, las citas de poemas de memoria, las anécdotas de un pasado inventado o remoto donde fuimos el más rebelde, mostrando ahora una autoridad incostestable.

La clase se terminó en un aplauso. Recuerdo que los alumnos actuales de hispanoamericana se levantaron rápido y atendieron a sus móviles. Yo repasaba mis apuntes en un cuaderno que utilizo desde mis años universitarios. Quedábamos pocos en el aula y no hizo falta acercarme a su mesa para saludarlo, el profesor azul se acercó a donde estaba yo. Nos abrazamos y me preguntó cómo me iba. Le contesté lo mejor que pude responder en ese momento. Después de la clase, unas cervezas en el bar. Cuatro adultos que parecían extraños, pero a la vez conocidos. Los tres acompañantes que quedamos con él -la profesora de hispanoamericana actual, un antiguo compañero y yo- formábamos una pequeña corte. Durante ese par de horas que duraron las tres cervezas, pensaba en los distintos avatares de la vida: lo que quisimos que sucediera en diez años y lo que finalmente ha terminado pasando. Cuando estudiábamos, fantaseamos con el día en que nos reuniéramos otra vez y quizá imaginamos un mundo distinto. El tiempo es el mejor narrador que conozco. En aquella mesa del bar se sentían las ausencias, encontrábamos recuerdos felices y melancólicos, hablábamos de un futuro incierto para la literatura, se comentaba un pasado glorioso, se diseñaban proyectos a medio plazo.
El profesor azul hace años que se jubiló, perdió la visión de un ojo y camino va de quedarse ciego, según él mismo ironiza, para imitar a Borges. Está delgado y sigue fumando demasiado. Tuvo grandes sueños y grandes decepciones, aprendió a subir y a bajar de la torre de marfil, vivió experiencias que lo marcaron a fuego, como a cualquier ser humano, releyó de nuevo El Quijote durante la pandemia, nos contó, otra vez, la anédcota de Martín de Riquer y la alumna que no había leído el gran libro. Ahora que la vida había pasado para él, era un lujo poder estar al lado del profesor azul y demostrarle que allí estábamos para lo que hiciera falta. Nadie iba a evaluar a nadie, no nos debemos nada ni podemos darnos más que amor, y eso es lo mejor del mundo, la raíz de la literatura. A pesar de que, para mí, mereció mucho más que ser un profesor de insituto, impartinedo una sola asignatura en la universidad, a pesar de que considero que una de las desgracias de nuestro país es que no sabe valorar a los mejores activos que tiene por cuestiones sucias como la envidia o la inseguridad, si la vida me diera a escoger entre ser un grande y ser mi profesor azul, está clara mi decisión y la de mis compañeros.

Se marchó deprisa, como el que ha hablado y bebido demasiado, arguyendo que tenía que pasear al perro. Casi sin darnos cuenta, se había ido y nos quedamos un rato con esa sensación como de efervescencia emocional. Poco a poco fue volviendo el presente y lo que quedaba del pasado se fue desvaneciendo como un montículo de arena al viento.
Al cabo de los días he pensado mucho en este último encuentro. De toda la conversación, de todo lo que pude o no decir, lo mejor fue lo que me salió del corazón una vez hubo terminado su clase el profesor azul y me miraba de aquella manera tan particular, preguntándome cómo me iba la vida. “Intentando ser cada día un poco como tú”. Rio brevemente, como hacía antaño, y mintió: “Seguro que ya me superaste”.
Tuve un profesor de literatura hispanoamericana que marcó a muchas generaciones, sobre todo a mí.
