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    Hugo Race brilla en el festival Accents

    Ayer descubrimos una vieja estrella en el firmamento del rock: el guitarrista y compositor australiano Hugo Race, que vino a la pequeña ciudad de Reus para ofrecernos un concierto para apenas unas cuarenta personas en el contexto del festival Accents. Si bien no puede decirse que ha nacido una estrella, por lo menos ha sido ahora cuando la hemos detectado con nuestros aparatos y tal ha sido su brillo que bien merece el artículo de hoy.

    Hugo Race tiene la pinta del músico-vagabundo que tantas veces ha retratado la imaginación popular. Lo primero que se ve de él es una americana roída pero elegante y unos botas-zapatos negros ajustados sin cordones; lo segundo es el pelo lacio que cae sobre su expresión de tipo que ha visto mucho mundo pero que aún no ha perdido la elegancia. Antes de empezar a tocar, se movía por el escenario con la gracia de un animal felino: cuerpo esbelto por el ejercicio del oficio de cantar rock ante rockanrolas.

    Cuando uno lo ve, diría que su edad ronda entre los 45 y los 65 años. Si uno hace una búsqueda por internet, sabe que tiene 59, pero cuando empieza a tocar su guitarra se descubre el antiguo adolescente que hay debajo de sus facciones y es fácil imaginarlo ensayando los primeros acordes en un lugar perdido de Australia allá por los setenta.

    Cuanto canta, inmediatamente nos viene la cabeza a otros songwriters famosos como Leonard Cohen. Como él, Hugo tiene una voz grave, aunque bonita. Su fuerza reside en la capacidad de interpretar, como un actor de cine de los años cincuenta. Parece que cante sin cantar apenas, pero no pierde una nota, sube cuando es necesario y sabe cantar en tonos bajos, en directo, a pelo, sin más apoyo que el remo de su guitarra eléctrica.

    Solo ante el peligro del escenario, igual que ante la vida. Los únicos aparatos que llevaba eran una tabla con micro que iba percutiendo con el pie derecho, marcando el tempo de la canción cuando le interesaba, guitarra y amplificador. A pesar de lo eléctrico, el sonido de la guitarra era limpio, sin apenas distorsión, al estilo de los sesenteros de la Velvet Underground, por su traducción, Contracultura de Terciopelo. El espíritu de Lou Reed poseía al viejo Hugo Race cuando interpretaba y todos vibrábamos en una sala que no podía estar peor acondicionada.

    El sonido rebotaba en las paredes de piedra y producía un molesto eco que los entendidos llaman reverberación; la iluminación era pobre y abarcaba al escenario y al público, restándole intimidad y magia al concierto, como cuando uno ve una película con las luces del salón encendidas; además los organizadores no proporcionaban ningún apoyo a los artistas, se le rompió una cuerda y ahí se apañó el gran Hugo Race para cambiarla bajo la atenta mirada de todos nosotros, que lo observábamos en un cómodo y tenso silencio. Nadie apoyaba al músico, excepto un viejo amigo suyo que había venido de Berlín y fue presentado como nada menos que una celebridad, una colaboración no esperada, como un hechizo de la noche mágica. No recuerdo el nombre del tipo, Race dijo conocerlo desde hacía veintiséis años y que habían tocado mucho juntos. Para lo que hizo -soplar una flauta travesera, no acertar con la harmonía de las canciones con la guitarra, hacer sonar un gong estridente, tocar un teclado polvoriento apoyado en una silla- podría haberse quedado sentado disfrutando con los demás del espectáculo.

    A pesar de las inclemencias, Hugo Race no dejó de brillar en ningún momento. Lo daba todo igual que si estuviera delante de cuatro mil personas en vez de cuarenta, igual que si contara con un gran equipo en vez de con medios deplorables, igual que si su colega fuera Alan Parsons y no un person con zapatillas deportivas del Decathlon de Berlín. Ahí estaba con un par interpretando sus viejas canciones y sus temas más nuevos. Nunca perdió la sonrisa, nunca decayó su elegancia y en ningún momento nos hizo pensar que le gustaría estar en otra parte. Hugo Race quería estar con nosotros bajo aquella luz cenicienta. Agradecía nuestra atención y presencia y nos daba las gracias a cada aplauso juntando las manos como hacen los orientales, inclinando un poco la cabeza. Entre canción y canción, nos contaba una anécdota en su inglés, pero despacito.

    Si bien vivía en Melbourne, contó que había estado en Italia y en Berlín. Habló de lo mal que lo pasó en el confinamiento, dijo que había escrito mucho durante aquellos días aciagos, que había pensado que toda la humanidad estaba atomizada en un gran laboratorio, formando parte de un frío experimento. Afirmó que su mujer se encontraba en la otra punta de la ciudad y que fue ilegal visitarla durante trescientos días, y que no temía a la policía sino a los vecinos, que lo vigilaban. Hugo Race mostraba una breve consternación, luego levantaba la vista y tocaba la canción que había nacido de todas aquellas experiencias como si hubieran valido la pena, porque lo habían hecho crear.

    Pese a sus ideas, nadie parecía molesto. Seguramente sería porque pocos en la sala entendían lo que Hugo hablaba, pero me gusta pensar que sí. Que el tipo que se sentaba con doble mascarilla en la primera fila entendió lo que Race contaba y no se sintió molesto ni ofendido por no compartir estas o aquellas ideas sobre un tema concreto. El poder del arte nos reconcilia con los otros seres humanos, aunque sean de otro planeta.

    Son muchas las lecciones que dejó Hugo Race encima del escenario: la humildad, la elegancia, la verdad y el oficio. Seguramente ha habido tiempos mejores en su trayectoria, pero no parecía nostálgico. El tipo vive el presente y disfruta de lo que la vida ofrece: tocar la guitarra y vibrar al ritmo de sus canciones con mensaje. No parece interesado en la promoción en redes sociales, no tiene muchos seguidores en Facebook y ni siguiera he intentado encontrarlo en IG. Pero eso no le impide salir de gira por el mundo e ir tocando de sala en sala por Europa, procedente de las antípodas, sin más equipaje que una guitarra, un amplificador, una tabla con micro y una americana roída.

    Dejaron unos discos sobre una mesa por si los queríamos comprar. Le pregunté al tipo cuál era el más parecido a lo que habíamos escuchado y me recomendó el que me compré. Hugo había salido del backstage y rondaba embozado con un gorro de lana y bufanda cerca de la mesa donde sus discos se exponían. Sin duda me vio comprando uno y se alegró por ello. Mi chica me animó a que lo saludara, pero yo no me atreví a molestarlo. ¿Qué iba a decirle? No me interesa la persona es, sino la estrella del rock, y no quería que su brillo se me oscureciera con lo humano y me impidiera escribir este homenaje al gran Hugo Race. Vayan a verlo si están por Cataluña, estos días en Girona.

    Seguro que esta no será la última vez que nuestros aparatos capten su luz por el espacio.