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  • La literatura del futuro glorioso que nos espera

    La literatura del futuro glorioso que nos espera

    Me rodean los libros y los papeles. El cenicero lleno de cerillas en un rincón y una taza de café vacía junto a la ventana. Está nublado, pero corre el aire y lo agradezco porque es agosto de 2020. Hoy he tenido un día difícil, aún no entiendo muy bien por qué. Me asaltó un sentimiento de zozobra y la ansiedad invadió mis miembros. Juzgo mi prosa de vacua. Escribir me ayuda a soltar lastre. Llevo mucho tiempo sin escribir, sin voluntad de expresar algo, una idea propia y elaborada, una imagen, una historia, un estilo. Primero fueron las reseñas, luego las oposiciones. Siento que no he escrito todo lo que me gustaría y, cuando pierdo la fe, escribo una historia que me divierte y me da esperanzas. Pero luego no sé qué hacer con ella y los vientos no soplan a mi favor en ese sentido, no encuentro el camino, no puedo ser un artista, que es lo que más me gustaría. O si lo soy, no puedo ganarme la vida con ello y busco subterfugios en la docencia o en mi vida personal, que es quizá lo más importante y lo que me podría convertir, algún día, en un escritor que valiera la pena leer. En fin, escribo como esas adolescentes feministas de insta.

    Estoy leyendo un libro interesante, la Biblia. Siento que una fuerza inusitada me protege, me libera. Por lo menos hasta hoy, cuando un viejo sentimiento de congoja me ha asaltado cuando menos lo esperaba. Ha pasado la tormenta y ahora estoy más tranquilo y más cansado. He leído y he terminado el Antiguo Testamento. Muchísimas páginas y muchísimas horas de reflexión. Tengo una edición que tomé prestada de casa de mi tía durante la infancia. Para mí los libros siempre representaron una tabla de salvación para un chaval atribulado. Me llamo Ricardo, es un nombre difícil de llevar. Hasta Pablo Neruda se cambió mi nombre porque le resultarían costosas las erres y esa o al final que durante unos años omití. Luego me acostumbré a su presencia como el que abraza un destino aciago para sentirse más cómodo consigo mismo. No me cambié el nombre como Pablo. Quizá soy su rencarnación española y mi misión en la vida es aguantar con mi nombre e intentar hacer lo mismo que él, es decir yo. Difíciles conceptos.

    He pensado en editar una obra con comentarios para que los jueces encuentren a qué me refiero con cada giro y entiendan que nada es baladí, aunque lo parezca. Me gusta eso de la vida, todo parece vanidad y la cosa más vana es la más importante. El diablo está en los detalles, y es verdad. Un diablo figurado, ni bueno ni malo, pero astuto, que da su bien o su mal por los resquicios abiertos que dejan los detalles. Las palabras son importantes por lo que significan, no por lo que son en sí mismas. Porque uno diga “planta”, el hecho de decirlo o escribirlo, no significa nada. Las palabras son en un contexto inabarcable de aspectos del todo inescrutables.

    Nunca fue mi fuerte la poesía. Si hubiera sido poeta, hubiera escrito menos y con mejor suerte. Por lo menos sería como esos tipos que se creen algo. Me gusta cómo leen su propia poesía, el tono que toman cuando se leen a sí mismos, sabiendo que nadie más lo hará si no es por un interés fuera del arte mismo. El arte por el arte, pero la fama y los placeres por encima del arte. No lo entiendo, nunca ganarán su lugar en la Historia, ni siquiera en la historia de su propia vida. Entonces, para qué escribir. Para la aprobación del Arte, con mayúsculas, y de Dios. En el papel en blanco es el único sitio donde soy libre. Quiero escribir algo para los demás, que sea bueno.

    Una historia que los inspire como tantas veces me han inspirado a mí. Sin rencores ni venganzas veladas. Quizá por eso no se me entiende. He querido alcanzar conceptos para los que no estaba preparada mi condición social. En mi familia no había un maldito libro y siempre he creído en mi familia, o una parte de mí que ha querido ser verdadera y fiel lo ha hecho. No he podido evitarlo, aunque conociera sus errores o las tendencias que me alejaban del camino que yo quería y que quizá me dejaban en un camino mejor.

    Últimamente digo un par de ideas que no son del todo malas. La primera es que tenemos que aprender continuamente. Es decir, ahora estoy leyendo el libro y estoy aprendiendo mucho, pero si desde hoy no lo leyera más y leyera otras cosas, me pregunto hasta qué punto la lectura de hoy quedaría en mí, si no habría, al cabo de los años, un recuerdo borroso que tiene poco que ver conmigo. Poco, pero algo, y supongo que ahí esta la clave. Lo vivido nos configura, no por el hecho acumulativo de los recuerdos a través de los cuales sacamos una conclusión lógica de las cosas presentes, las menos de las veces es así. Ni siquiera los más inteligentes han logrado entender las razones de sus actos y de los actos de los demás y la suma de unos y otros en el itinerario vital de cada uno. Esa es una.

    La segunda es que las personas necesitamos problemas asumibles para ser felices. Una vez que las cosas están controladas, empieza el aburrimiento y la envidia. Cuando uno trabaja por lo suyo, no necesita nada más, bastante tiene con sus problemas para mirar a los demás: vivir sin mirar a los lados. Aunque a veces es inevitable parar y decirse, cómo va la cosa. Me pregunto si verdaderamente es necesario, si no distrae y retrasa de la labor verdadera. Todo esto lo escribo evitando una circunstancia que ha iniciado mi texto: un tipo me ha pedido un favor demasiado grande. He aprendido algo del Libro: no hay que ayudar a los enemigos, porque entonces ellos crecen y te pisotean a ti. Tampoco se debe pisar a nadie, pero hay que ir con cuidado en este mundo. Cada uno da lo que recibe, pero hay que mirar bien a quién se le da y a quién no.

    Cuántas veces me he sentido vacío, desvalijado, cuando me he prodigado bajo el ideal de ayudar a los demás sin mirar quiénes son. Ahora soy más cínico, o más escéptico, o siempre lo he sido. El caso es que no me fío de cualquiera porque no puedo condicionar las cosas que me importan a un error personal, a un descuido por el orgullo de decir: soy el mejor, te ayudaré. Tampoco me prodigo en mis triunfos, aunque los lucho con todas mis fuerzas. Parece que las cosas cobran sentido cuando uno las realiza y añade a la vida un verso con el que contribuir que diría Whitman y que escuché en la película famosa del Capitán y los grumetes. En fin, me desoriento, me disperso, me voy por los cerros de Úbeda y la exploro sin haber estado nunca allí. En cada rincón hay una sorpresa y puede ser que esta sea la literatura del futuro glorioso que nos espera.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor:

    Debido a que ando con las galeradas del que será mi primer libro en papel (próximamente iré dando información sobre este asunto), estoy dedicando el tiempo de escritura a la corrección de la versión definitiva.

    Hoy publico este fragmento perdido por mi ordenador, pero que en su momento me pareció muy inspirado.

    Muchas gracias por el apoyo. Un abrazo,
    Ricardo R. B.

  • Orbaneja, el pintor de Úbeda

    Orbaneja, el pintor de Úbeda

    Antes de que el arte abstracto se inventara, de que Duchamp le diera la vuelta a un urinario, antes de que los galerista promocionaran las estrellitas de Miró, antes de los dadaístas y todo eso; antes, ya estaba Orbaneja, pintor de Úbeda. Cuando leí en su día este fragmento de El Quijote me maravilló tanto que lo copié letra a letra. Este es un homenaje a la mejor novela moderna.

    Pasen y lean:

    -Ahora digo -dijo don Quijote- que no habrá sido sabio el autor de mi historia, sino algún hablador ignorante, que a tientas y sin ningún discurso se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbajena, pintor de Úbeda; al cual, cuando le preguntaban qué estaba pintando, respondía: Lo que saliere («Lo que salga»). Por ejemplo, pintaba un gallo, de tal forma y tan mal hecho, que era necesario que, con letras góticas, escribiera debajo: «Esto es un gallo». Y así debe de ser mi historia, que tendrá necesidad de comentarios para entenderla.

    P.E.: El Quijote reflexiona en el libro (1615) sobre la obra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que se publicó diez años antes (1605). Lo que hoy conocemos por El Quijote no son sino dos libros, publicados con diez años de diferencia. Quijote, el personaje, está preocupado porque la historia de sus aventuras, que Sansón conoce porque ya la ha leído, sea un libro complicado y pedante, donde al final no se entienda el sentido verdadero de su historia: un caballero andante que lucha por el bien de todos.

    -Eso no -respondió Sansón-; porque es tan clara, que no hay cosa que sea dificil en ella (la historia del Quijote): los niños la manosean, los jóvenes la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran. De hecho, es tan sencilla, tan leída y tan sabida por todo tipo de gentes que, apenas han visto un caballo flaco, exclaman: ¡Aquel es como Rocinante!

    P. E.: El bachiller Sansón Carrasco le dice al Quijote que la historia de sus aventuras, sin ser complicada, enriquece a todo el mundo y que se ha hecho muy famosa, como sucedió en la realidad. El Quijote de 1605 supuso un éxito en su época y rápidamente se hizo una obra muy conicida. Diez años después, en 1615, Cervantes juega magistralmente con la realidad y la ficción.

    -No hay duda de eso -contestó don Quijote-. Pero muchas veces pasa que los que tienen mucha fama, merecidamente ganada por sus escritos, al darlos a la imprenta, la perdieron del todo o la perjudicaron en algo.

    -La causa de eso es que -dijo Sansón-, como las obras impresas se miran despacio, fácilmente se ven sus defectos, y mucho más se analizan cuanta mayor es la fama de quien las escribió. Los hombres famosos por su ingenio, los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las más de las veces, son envidiados por aquellos que tienen por gusto y por entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado sus propios escritos a la luz del mundo.

    P. E.: Otra de las preocupaciones de Cervantes expresadas aquí por el Quijote es que, al hacerse su obra tan famosa, iba a ser mirada con lupa y criticada por los envidiosos. Eso de hecho sucedió y son célebres las disputas entre el novelista y el círculo de Lope de Vega, a quien se les atribuye la publicación del Quijote falso, el llamado Quijote de Avellaneda (1914). Pese a los malos rollos, si no fuera por Avellaneda, quizá Cervantes nunca hubiera terminado la historia que lo haría mundialmente admirado.

    -No hay que extrañarse de eso -dijo don Quijote-; porque muchos ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

    -Todo es así, señor don Quijote -dijo Carrasco-; pero quisiera yo que estos criticadores fueran más amables y menos escrupulosos, y que consideren el mucho mérito que tuvo el autor por dar a la luz una obra lo menos oscura posible. Quizá podría ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a veces hacen más hermoso el rostro que los tiene. Admito que es muy grande el riesgo al que se expone un autor que decide imprimir su libro, siendo del todo imposible escribirlo de tal manera que contente a todos los que lo vayan a leer.

    P.E.: Sansón Carrasco será más adelante en la novela el Caballero de la Blanca Luna, quien derrotará al Quijote en un duelo en la playa de Barcelona. A cambio, Sansón le pedirá al Quijote que vuelva a casa y deje el loco sueño de la caballería andante. Todo es una estrategia de sus amigos para que el Quijote vuelva a casa con sus seres queridos y no se escape otra vez en busca de aventuras. A pesar de sus locuras, nuestro inmortal caballero es un hombre bueno, que comete el delito de querer un mundo mejor.

    Este es un trocito minúsculo de la mejor novela que aún puede leerse en este orbe. Es tanta la inspiración, el acierto, el adelanto, que cuando uno relee algún fragmento de El Quijote se queda maravillado con la inspiración y la humildad de su autor. En este texto hemos querido traducir el castellano de la época al español actual, restaurando las expresiones más difíciles y oscuras sin romper la magia del texto. Un trabajo de este tipo debería hacerse, me encantaría hacer, para llevar la obra de Cervantes al gran público, que es lo que él quería. Se suele pensar que El Quijote es un libro complicado y aburrido, solo para eruditos con corbata. Nada más lejos de la realidad. Lo único que dificulta la recepción de esta obra es el paso de los siglos por la lengua castellana, que hemos querido sortear en esta traducción. Para los que quieran el fragmento original, disponen de ella al final de este textículo.

    Cervantes es el filósofo más universal que han dado nuestras letras. Si hubiera conseguido acercarlo, no habría conseguido poco.

    Firmado,

    Pobrecito Escribidor (P.E.)

    Fragmento original:

    -Ahora digo –dijo don Quijote- que no ha sido sabio el autor de mi historia, sino algún ignorante hablador, que a tiento y sin algún discurso se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja, el pintor de Úbeda, al cual preguntándole qué pintaba, respondió: “Lo que saliere”. Tal vez pintaba un gallo, de tal suerte y tan mal parecido, que era menester que con letras góticas escribiese junto a él: “Este es gallo”. Y así debe de ser mi historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla.

                -Eso no –respondió Sansón-; porque es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto un rocín flaco, cuando dicen: “Allí va Rocinante”.

                -No hay duda de eso –replicó don Quijote-; pero muchas veces acontece que los que tenían méritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus escritos, en dándolos a la estampa la perdieron del todo o la menoscabaron en algo.

                -La causa deso es –dijo Sansón- que como las obras impresas se miran despacio, fácilmente se ven sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto es mayor la fama del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios, los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las más veces, son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particular entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propios a la luz del mundo.

                -Eso no es de maravillar –dijo don Quijote-; porque muchos teólogos hay que no son buenos para el púlpito, y son bonísimos para conocer las faltas o las sobras de los que predican.

                -Todo eso es así, señor don Quijote –dijo Carrasco-; pero quisiera yo que los tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sin atenerse a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran; consideren lo mucho que estuvo despierto, por dar la luz su obra con la menos sombra que pudiese; y quizá podría ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a las veces acrecientan la hermosura del rostro que los tiene; y así, digo que es grandísimo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal, que satisfaga y contente a todos los que le leyeren.