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  • La epidemia adolescente

    La epidemia adolescente

    Creo que son varios los jinetes de este apocalipsis, pero no son muchos.


    No me dedicaré a hacer un análisis clínico porque lo mío es escribir desde la experiencia, con cierta gracia, espero, pero no sentar cátedra en la materia. Sin embargo, cuando te ves obligado a gestionar estos incidentes a diario —otras veces hemos tenido que llamar a la ambulancia— es inevitable que tu cabeza busque razones a esta sinrazón cotidiana.


    Primero: el uso del móvil es más nocivo que el tabaco. El maldito aparato y las redes sociales se llevan la vida de más jóvenes en un año que todo el tabaquismo en una década. Ha matado a muchos más veinteañeros el Instagram que el Marlboro. Todo el mundo se sorprende cuando hago esta correlación, pero me parece que estamos en un punto parecido a lo que ocurrió con el tabaco: todo el mundo sabía que era malo, pero su consumo se promovía en las películas y en la propaganda de la época.


    En los años sesenta uno no podía esquivar el tabaco: o bien era fumador activo o bien lo consumía pasivamente al entrar en cualquier entorno público. Era imposible acudir a un lugar donde no se fumara, y no fumar constituía una rareza poco loable. Hoy hemos evolucionado mucho en ese sentido. Sin embargo, parece que hemos salido del fuego para caer en las ascuas, en un fuego peor. Porque si bien el tabaco se lleva la vida de muchos cincuentones después de darle al vicio desde jóvenes, el móvil y las simpáticas redes sociales se cobran sus víctimas mucho más rápido en los casos más extremos, y en los menos nos dejan una sociedad zombi de chavales con ansiedad.


    ¿Por qué ningún medio de masas, convencional o alternativo, aborda esta evidencia? Sencillamente porque las empresas más importantes del mundo son las causantes de este mal. Tiene más dinero e influencia Meta que Europa entera y, por lo tanto, más poder. Todavía tardará ese golem en destruirse a sí mismo, pero mientras tanto dejará un reguero de bellos cadáveres por el camino.
    Además, es imposible sustraerse del uso del aparato: se necesita para absolutamente todo. No usarlo hoy sería el equivalente a no salir a los espacios públicos de los años 60 para no ser un fumador pasivo.


    Segundo, derivado del primero: no nos perdonamos a nosotros mismos, ni a los demás. Como seres imperfectos, estamos condenados a tropezar dos y tres veces con la misma piedra. Por ello nos sentimos infelices a veces, y eso no es malo. El problema llega cuando tropezar una sola vez se convierte en un delito, y los otros en víctimas de dicho delito.


    Si fumas, si estás gordo, si eres antipático, si eres vago, si eres pobre…, es tu culpa y los demás no deben perdonarte, ni siquiera tú mismo, y mereces lo peor. Es imposible soportar ese grado de exigencia con uno mismo, porque no tiene final. Cuando dejes de fumar, y de ser gordo, y de ser antipático, y de ser vago y de ser pobre, seguirás con ese sentimiento constante de insatisfacción insana.


    La felicidad, por tanto, no es un estado de las circunstancias; la felicidad es un estado de ánimo, sean cuales sean las circunstancias. Y pienso que lo primero que hay que hacer para ser feliz es perdonar y perdonarse. Lo segundo es saber que es una cuestión de equilibrio, es decir, inconstante.


    Tercero: la falta de sentido. Decía el clásico que no solo de pan vive el hombre. Ahora está de moda en los podcast que salga un gurú diciendo que viviremos 150 años y no niego que sea verdad. Pero ¿de qué sirve esa eternidad si no hay una promesa de felicidad en el camino?
    Soportar una sociedad como la nuestra por mucho tiempo se les hace a algunas personas imposible. De hecho, hay quienes con veinte años se quitan de en medio. Por mucha tecnología y ciencia que haya, no sirve de nada sin un sentido. Los seres humanos no sabemos ninguno qué será de nosotros mañana. Si analizamos el pasado, nos damos cuenta de las incalculables casualidades que nos han llevado al presente. Sentimos vértigo.


    Buscamos respuestas y nos sentimos perdidos en medio del bosque, en la jungla digital, mientras el sol se pone. Y lo que encontramos son falsas pistas, caminos engañosos, trampas y soledad. Cuando uno se siente extraviado, se pone nervioso: le entra ansiedad.


    Nadie, absolutamente nadie, se atreve a hacer un pronóstico acertado sobre el futuro inmediato. Hay muchos que abogan por el apocalipsis, como llevan haciendo los agoreros desde que el mundo existe. Lo que ocurre con este pronóstico es que hoy está sustentado por la ciencia y la tecnología. Después de depositar nuestra confianza en dichos dioses y ver lo que ocurre hoy, cabe preguntarse si nos han guiado bien.


    Cuarto jinete, por hacer una analogía con el libro: la hipocresía. Este quizá es el mal más antiguo de los cuatro, el que acompaña a la especie humana desde el albor. La hipocresía no es otra cosa que el autoengaño: hacer parecer algo que no es.
    Pero la mentira es uno de los mejores inventos del ser humano. Gracias a ella y a la necesidad de contarlas, hemos desarrollado el milagro del lenguaje. Ahora bien, la fantasía, la irrealidad, tiene que administrarse con equilibrio. Porque si la aplicamos sobre la realidad sin control, nos encontramos con lo que tenemos: gente presumiendo en redes de una vida que no tiene, medios promoviendo la autodestrucción y la culpa, todos disimulando nuestra imperfección divina. Me recuerdan a la faceta más absurda del caballero de la triste figura.


    Quizá la única herramienta que yo he encontrado para soportar todo este peso sea tan sencilla como esto: la lectura de los clásicos, de los profanos, de las lápidas y hasta de los papeles del suelo. El ejercicio constante de la lectura, no su recuerdo, no su presuntuosidad, no su aparente sofisticación, sino el refugio real y divino del libro abierto, de la letra sobre la página, de la tinta negra en el fondo blanco.
    Porque a veces es más importante la pregunta que se plantea que las respuestas que se dan a esas preguntas. Y porque planteando la pregunta correcta, damos respuesta y solución a toda ansiedad, a toda tristeza, que pueda acontecernos por este incierto camino llamado vida.

    Buen camino.

  • Reflexiones poéticas de una gata callejera

    Reflexiones poéticas de una gata callejera

    Mi manada

    Casi todo el día estoy sola.
    Mi manada se va antes de que salga el sol.
    Yo intento no abrumarme en la
    soledad.

    Al atardecer, poco a poco, uno a uno, van
    llegando.
    algunos me saludan con entusiasmo, otros
    sólo me miran, el resto no me dice nada.

    Ya es de noche, ya todos duermen en sus
    «descansaderos».
    Ahora estoy tranquila.
    Me siento acompañanada y ellos
    tranquilos
    porque yo
    vigilo.

    Dori Rodríguez Boceta (gata callejera)

    …oooOOOooo…

    Este poema lo ha escrito mi padre, R. R. S. Créditos a él.

  • Barcelona / Elige el corazón / Capítulos 6 – 7 – 8

    Barcelona / Elige el corazón / Capítulos 6 – 7 – 8

    Nota del escribidor: Dejo los capítulos anteriores aquí: 1. Nada mejor que hacer, 2. Sólo el principio, 3. Tú estás loco, 4. Escribiendo… y 5. Su corazón aplaudía. Si estás disfrutanto de la historia agradecería mucho que me lo hicieras saber. ¡Seguimos!

    6. Día aciago

    El Carmelo es un barrio obrero que Federico conocía por la novela de Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa. La lectura de aquella obra lo había marcado tanto que, paseando por sus empinadas calles, esperaba ver pasar al Pijoaparte con una moto robada de camino a las chabolas que los charnegos ocupaban en lo alto de los montes verdes. Aunque demasiado alambicado para el paisaje que dibujaba, aquel libro había cincelado su imaginación de forma providencial y le parecía, al recorrer las aceras mal embaldosadas, que había estado allí mucho antes, en los años sesenta, cuando su padre era apenas un niño. Ese es el poder demiúrgico de los libros, capaz de volverle a uno loco.

    Pero el barrio había cambiado mucho desde las novelas hasta entonces. Si bien conservaba la calle cierto sabor a barrio andaluz o murciano, ya la herencia solo se hacía visible en los bares de tapas, que tenían nombres evocadores como Los Caminantes o Bar Manolo. Algunos de ellos conservaban en su cartel nuevo la bandera de Extremadura. Por lo demás, se trataba de un barrio normal de Barcelona. En la calle se hablaba principalmente el castellano neutro salpicado por palabras en catalán como Adéu! o I tant! En los negocios abundaban cada vez más los paquistaníes y supermercados multimarca. Lo único que la gentrificación capitalista no había podido comerse eran las cuestas imposibles que subían hasta el mismo cielo. A veces, un microbús emprendía la tarea de sortear una de aquellas rampas empinadísimas y Federico se preguntaba si no terminaría resbalando y cayendo irremediablemente hacia atrás, empotrándose contra el muro del edificio enclenque al principio de la cuesta, y las gentes morirían aplastadas en los fierros. Pero el pequeño autobús llegaba a lo alto de la loma asfaltada y él respiraba con alivio.

    Aún quedaba un rato hasta que llegara Roberto y podía pasear tranquilo por las calles del barrio, conociendo la que pronto sería su realidad cotidiana, sin que él lo supiera entonces.

    En el cruce entre la calle Fasternah y Santa Rosalía, Federico estaba desesperado. No conseguía encontrar una plaza tranquila donde sentarse a echar un cigarro: todo eran subidas y bajadas que conducían a ninguna parte. Sintiéndose cansado, se paró delante de lo que parecía un negocio de ferretería abandonado y, de pie junto a la puerta del garaje, se puso a repasar los acontecimientos que se habían sucedido durante aquel día aciago.

    7. Su ángel

    La vida en el Bon Pastor era agradable y tranquila. Además, tenía buena conexión con su centro de trabajo, en la calle Fabra i Puig, pero el hecho de compartir el techo con un histérico lo ponía muy nervioso. La convivencia con el gay había llegado a límites insostenibles y en el salón por la noche era como el de una estación de autobuses solitaria.

    Ioan, que el pronunciaba a la catalana Joan, tenía 36 años. Llevaba el pelo rapado como suelen hacer los calvos, pero no lo estaba porque se le veía el manto grisáceo del cuero cabelludo como una finísima capa de madreselva. No era muy alto, apenas un metro con sesenta y cinco. Estaba delgado y acudía regularmente al gimnasio cuando salía de trabajar en unas oficinas donde, según él, desempeñaba labores informáticas. Joan se había comprado el piso en Bon Pastor recientemente, y alquilaba una de las dos habitaciones para aliviar el precio de la hipoteca. Federico se preguntaba qué necesidad tendría un informático de compartir un piso de menos de 70 metros cuadrados con alguien, pero nunca llegó a plantearle la cuestión. El día que se mostraron más confianza fue el primero, cuando se conocieron. A medida que fue transcurriendo el tiempo, el recelo y la incomodidad entre ambos había ido en aumento. A Federico le inquietaba el hecho de que Joan fuera homosexual y que en más de dos meses de convivencia no le hubiera conocido ni un solo amigo. Llevaba una vida solitaria, cargando con la bolsa del gimnasio.

    Pronto, el buen rollo entre ambos se vio dañado, durante la primera semana de convivencia. A Joan le molestaban las idas y venidas con Martina. La primera tarde que Federico y ella habían quedado en Bon Pastor y decidieron ir a su piso, el tipo encontró la casa con un fuerte olor a sexo y a tabaco que no le gustó. La puerta de la casa se había abierto con sigilo para cerrarse con un portazo. Martina, desnuda, se sobresaltó un poco.

    -Es mi compañero de piso.

    -¿El gay?

    -Sí. Luego te lo presento. -y siguieron hablando de sus canciones favoritas.

    Cuando se vistieron y decidieron salir del cuarto, Federico vio que Joan se había metido en su habitación y que no tenía intenciones de salir de él. Como ambos habían fumado en la habitación, Federico intentó ventilar todo lo posible el cuarto abriendo de par en par la ventana de la habitación, pero aun así el hedor reptaba hasta el sensible olfato de Joan.

    -Será mejor que nos vayamos. -dijo Federico. Martina y él salieron, cerrando despacito.

    Al volver a casa de su paseo, con una sonrisa amplia y con la satisfacción del sexo bien hecho, ya a solas, encontró a Joan sentado en el sofá del salón con sus cortas piernas cruzadas, que mostraban sus muslos blancos completamente desnudos hasta casi llegar al glúteo donde lo tapaba un fino pantalón de deporte. Lucía una camiseta estrecha de tirantes del mismo estilo. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y su cara revelaba impaciencia. Federico supo que se avecinaba tormenta y dejó de sonreír. Puso las llaves en el bolsillo del pantalón y las mantuvo agarradas allí dentro, con una mano sudorosa.

    -Hola, Ioan. -saludó, conciliador.

    -Hola. ¿Cómo ha ido el paseo con tu amiga?

    -Muy bien. Quería presentártela, se llama Martina.

    -¿Es tu novia?

    -Bueno, de momento es una buena amiga. Seguramente vendrá por aquí alguna vez…

    A Joan se le cambió la cara de repente, como en un cuento de vampiros transilvanos.

    -Verás, no quiero esa clase de chicas en mi casa.

    -¿Cómo? -Federico no sabía qué pensar. Joan se comportaba como una madre ultracatólica en vez de como el gay liberal que, según la cultura popular, debería ser.

    -Que en mi casa quiero estar tranquilo. Ahora con una, ahora con la otra… No es plan…

    -Supongo que eso es asunto mío, Joan. -Federico empezó a enfadarse- Tú a lo tuyo y yo…

    -Además la casa huele a tabaco. -dijo tabbacco, doblando levemente las oclusivas, revelando un acento extranjero que en general se esforzaba por disimular- Toda la casa.

    -Te prometo que solo hemos fumado en la habitación, como quedamos.

    -Ya, pero el olor sale fuera. Te pido que no vuelvas a fumar en la habitación.

    -Pero no era así como habíamos quedado el primer día.

    -Ya, pero esta es mi casa. –(Y si no te gusta ahí tienes la puerta). No lo dijo, no hizo falta.

    Después de un breve silencio más tenso que el sonido de una bomba antes de estallar.

    -Pero no puedo salir al balcón por mi cuarto, tengo que pasar por tu habitación para poder fumar en el balcón… -contestó Federico en un tono conciliador, no quería que el día se estropeara teniendo que dormir en la calle o luchando con el rumano por sus derechos.

    -Pues no fumes. -dijo Joan, inflexible. -¿Tanto lo necesitas? –(¿Drogadicto de mierda?)

    Federico no dijo nada. Su cabeza valoraba las opciones que tenía: a) hacer las maletas y salir a la calle buscando otro lugar donde vivir sin apenas dinero. b) enfrentarse al rumano cuerpo a cuerpo y ver si podía someterlo físicamente sin que pasara nada luego. c) resignarse y aceptar las normas de una casa que, a pesar del alquiler, no era suya. Optó por la última. El rumano sonrió triunfante, como si no estuviera acostumbrado a ganar.

    -Vale, Joan. Lo intentaré. Entiendo que te moleste el humo.

    -Me alegro de que nos entendamos. -dijo descruzando las piernas. -Voy a hacerme algo de cenar. ¿Te apetece que cenemos juntos?

    -Yo ya he comido algo por ahí. No te preocupes. Me voy a mi cuarto un rato. -cerró la puerta tras de sí como el adolescente sin emancipar que hacía poco había dejado de ser.

    Tumbado sobre los pecios de su tarde de placer, Federico recordaba mezcladas las escenas del sexo dulce con Martina y la frialdad del gay sentado con su obsceno pantalón sobre el sofá de falsa piel. Además de todos los retos que la ciudad planteaba, se sumaba el hecho de vivir con un compañero histérico, que hacía irrespirable el ambiente del hogar.

    Cuando empezó a trabajar, y con el transcurrir de los días y las semanas, la convivencia no mejoraba. Martina siguió viniendo a casa de Federico con regularidad y el paisaje del barrio se les hacía cada vez más grato y comprensible. Cuando ella quiso fumar, él le propuso que lo hiceran en el balcón, mirando las pocas estrellas que el cielo dejaba ver.

    -Además, a Joan le molesta que fume dentro de la habitación.

    -¿En serio? Pero si es tu habitación…

    -Ya, pero es su casa.

    -Sí, pero pagas el alquiler.

    -Ya, pero no tengo contrato. Que le den. Vamos, a ver si vemos una estrella fugaz.

    Para pasar hacia el balcón, había que atravesar la habitación de Joan. Era un cuarto amplio, junto al de Federico, el doble de grande, con una cama de matrimonio y un armario empotrado. Todo estaba castamente recogido y, sobre una repisa, descansaban los retratos de un dios ortodoxo, reproducción de unos frescos que deberían de ser bizantinos. Martina no pudo evitar fijarse en aquellos retratos de dios que miraban la cama de Joan y volverse hacia Federico que la seguía con las manos en su breve cintura.

    -¡Pero si es católico! ¡Un gay católico!

    -Supongo que hay de todo en la viña del señor.

    Fumaron su cigarrito escuchando canciones rap y hablando de temas banales con la voz cálida de quien ha hecho el amor y se siente en paz y armonía de cintura para abajo. Al cabo de un rato oyeron la puerta de la entrada y ambos salieron del balcón por donde habían venido. Encontraron a Joan en el salón, justo saliendo de su habitación. Este saludó con la cabeza sin decir mucho y se encaminó hacia la cocina. Federico y Martina entraron en la habitación y se tumbaron de nuevo en la cama. Ella se colocó sobre él y le dijo.

    -Vamos a hacerlo otra vez. Quiero que nos oiga.

    -Vas a conseguir que me eche. Estas últimas semanas no han sido muy buenas…

    -Que le den porculo. -y se rio ella sola -Eso es lo que quiere.

    -¿Y tú qué quieres? -añadió Federico sintiendo que su erección se apretaba contra la fina tela de nylon de la ropa interior de Martina. Sus dedos acariciaban el final de su espalda.

    -A lo mejor quiero lo mismo…

    Fue imposible evitar que el cabecero de la cama percutiera el fino tabique de la habitación de vez en cuando. También era imposible acallar los gemidos ahogados de Martina, cada vez más hondos y más seguidos, mientras sus cuerpos percutían la carne. Federico sabía que Joan los estaría oyendo y que en cualquier momento podría llamar o abrir directamente la puerta y encontrarlos retozando de la forma más salvaje que se les ocurría.

    A pesar del riesgo, no disminuían las ganas de seguir haciéndolo, sino que las acrecentaba.

    No lo encontraron al terminar. Probablemente había vuelto a marcharse. Esta vez habían conseguido que se sintiera incómodo y no al revés. Lo vivieron como una pequeña victoria y Martina se marchó triunfante a casa de sus padres. Una vez en el coche, abrió la ventanilla y miró a Federico sonriendo con los ojos brillantes a la luz de las farolas.

    -Si tienes problemas con él, llámame. Podrías quedarte a dormir en mi casa. Mis padres no dirán nada… -Suspiró pensativa. -Deberías cambiarte de piso, ese tipo es siniestro.

    -Lo sé. -dijo Federico mirando al suelo- Pero no tengo adónde ir.

    -¿Por qué no hablas con Roberto? Su familia es de Barcelona de toda la vida y seguro que conoce a alguien que puede echarte un cable. -al mencionar a Roberto, Federico no pudo evitar sentir un pinchazo en la base del corazón. ¿Tenía que pedirle ayuda al tipo que se había estado acostando con Martina tiempo atrás? Eso, en su provincia, era un deshonor. Pero en la gran ciudad la vida era dura y no había más remedio que aceptar ciertas cosas si se quería sobrevivir una noche más. Además, ¿quién era él para sentirse celoso? Al fin y al cabo, Martina tenía pareja mucho antes de tener un lío con Roberto y con él mismo.

    -No sé, Martina. -respondió con cansancio. Como si ella supiera lo que le pasaba por la cabeza, cambió de tema y le propuso que pasaran el próximo fin de semana en su casa, dado que sus padres tenían planeado marcharse a la casa de Pals y se quedaba sola. La perspectiva de un fin de semana alejado de Joan y de Bon Pastor lo alegró sobremanera.

    Se besaron una última vez y él vio marcharse el todoterreno gris por el callejón hacia el bullicio de la calle principal. Aquella noche no encontró a Joan en casa cuando volvió y decidió acostarse sin cenar. Antes de entrar en la habitación tuvo que pasar por el servicio a orinar y allí, entre los botes de productos de belleza que su compañero utilizaba, vio un tarro blanco de la marca deliplus. Al leerlo detenidamente, su imaginación se disparó:

    Vaselina hidratante, podía leerse en letras verdes sobre un fondo blanco.

    Por un momento, pensó en abrir el bote y ver cuánto de ese producto había sido utilizado para ir comprobando periódicamente los usos que hacía de ella. Joan parecía un hombre solitario y eso le daba mucha lástima. Una vez, en los pocos ratos de confidencias que habían compartido, le había contado que para un homosexual extranjero era muy difícil tener una relación sincera con alguien, porque al fin, muchos hombres eran unos aprovechados y, entre hombres, esta problemática aumentaba exponencialmente. Federico le había contestado que siguiera buscando y que pronto habría suerte. También le contó que lo estaba pasando mal en el trabajo, que el sueldo era poco, que era duro.

    A pesar de estas conversaciones a la luz de un par de cervezas en la mesa de la cocina, nunca floreció la amistad entre ambos. Federico salió del lavabo y se metió en su habitación al tiempo que oía abrirse la puerta de la entrada. Pensó en salir a saludar a su compañero, preguntarle cómo le había ido en el gimnasio, pero decidió dejarlo estar porque seguramente la conversación derivaría en una oleada de reproches por algo que Federico habría hecho mal o que no era del gusto de Joan, el dueño y señor de la hipoteca.

    Se tumbó sobre la cama mirando al techo. Al cabo de un tiempo indeterminado, notó que su teléfono vibraba sobre la mesita de noche. ¿Haces algo mañana por la tarde?, escribía Roberto sin más preámbulos. Seguramente, Martina ya había movido sus hilos, su ángel.     

    8. La solución

    Roberto llegó un poco más tarde de la hora indicada, como suelen hacer aquellas personas que tienen muchas cosas que hacer todos los días. Detrás de una esquina, apareció con sus andares risueños, aunque pesados, una chaqueta de pana marrón tan pasada de moda que resultaba anacrónica, pantalones vaqueros y zapatos de cuero, que contrastaban por su pulcritud con todo el resto de la indumentaria. Parecía, con su camisa abierta hasta el segundo botón, un marchante de cantantes de flamencos o un feriante a punto de partir. Aunque no era ninguna de las dos cosas, su oficio era igualmente artístico: era un poeta.

    -¿Cómo estás, artista?

    -¿Cómo estás, Roberto? Me alegro de verte.

    -Te voy a llevar a un sitio que te va a encantar. ¿Ya conoces el barrio?

    -Es la primera vez que estoy aquí en persona… He venido antes en los libros de Marsé.

    -Has llegado a tu Paraíso, chico.

    Rompieron a andar calle arriba. A pesar de un incipiente sobrepeso, Roberto repechaba las cuestas de la calle sin esfuerzo, como un animal cuadrúpedo acostumbrado a los rigores de su hábitat. Por el contrario, Federico tenía problemas para seguirle el ritmo y disimular mientras fumaba. Su cicerone fumaba igualmente y sólo dejaba de hablar para darle una chupada al recién encendido cigarrillo Malboro. Luego continuaba con su conversación amena, lo cual permitía a Federico un poco de resuello para seguirle el paso.

    Roberto explicó que había vivido toda la vida en el Carmelo. Sus padres habían nacido allí y se conocían desde que eran niños. Su abuela había llegado a Barcelona siendo una niña pequeña y todavía seguía viviendo en una de las chabolas en la zona más alta.

    -¿Tu abuela vive en una chabola? ¡Qué épico!

    -¿No te lo crees?

    -No soy de los que dudan de la palabra de los demás todo el tiempo. Pero me sorprende.

    -¿Sabes qué? Vamos a hacer un pequeño cambio de planes. Voy a llevarte a verla.

    -Me parece una idea fantástica.

    En el cruce de calles, había dos que hacían bajada, una que continuaba prácticamente plana y otra más estrecha que subía dramáticamente hacia el cielo. Tomaron aquella calle. Roberto explicaba la historia del barrio, que en realidad era la historia de su familia. Había sido uno de los lugares más humildes de la ciudad de Barcelona, donde se habían concentrado principalmente los inmigrantes del sur de España, que para los años sesenta es como decir los del oeste americano. Sin luz, sin agua corriente, por supuesto sin asfalto, los pobladores se habían asentado entre aquellas cuestas y habían ido construyendo sus casas ladrillo a ladrillo. No había trazado urbanístico por eso las calles constituían un verdadero laberinto. Los obreros construían su propia casa según lo permitiera el terreno y este era tan pronunciado que las pobres personas se apañaron como bien pudieron. Roberto decía que si en vez de casas, hubiera naturaleza, los pijo-hippis del centro poblarían aquellas lomas y las subirían como sanas experiencias del deporte dominguero.

    Entre calle y calle, a veces podía verse el mar de casas que iban dejando atrás. El paisaje entonces se volvía informe y pareciera que uno mirara los barrios desde un satélite que todo lo aplanara y lo dejara a ras de suelo. A lo lejos podía distinguirse, a veces, el azul del mar, haciendo que la vista no se asfixiara del todo en aquel lago de cemento. Acostumbrado a los pasos de su compañero, con el cuerpo adaptado a las subidas y bajadas y habiendo tirado el cigarrillo hacía un rato, Federico se sentía más fuerte y risueño, en contacto con el paisaje y el paisanaje que veía a su alrededor. Las casas, cada vez, eran más bajas y espaciosas. Iban apareciendo zonas arboladas entre descampados con montañas de basura. Un camino de tierra seguía cuesta arriba hacia lo que parecía un parque. Unas pocas farolas, algunas rotas y todas con pintadas, se apostaban a los lados.

    -Por aquí, Federico.

    -Joder, macho, tu abuela debe vivir en el fin del mundo.

    -Ya llegamos.

    Quizá por el cansancio, Roberto se mostraba más callado de lo que venía siendo habitual. Caminaron por el ancho camino de tierra que bien parecía una pista forestal y se internaron en una de las veredas que daban allí. En fila de uno, subieron un poco más por un camino de cabras hasta que se toparon con una casa blanca, de una sola planta, con un tejado a dos aguas. Sin haberse dado apenas cuenta, los pies de Federico estaban pisando las baldosas de lo que parecía el patio de una pequeña finca. El suelo plano solo era interrumpido por un limonero lánguido en medio del gris de las baldosas carcomidas.

    Federico siguió a Roberto hacia un porche bajo de uralita. El lugar en su conjunto parecía una de esas casas abandonadas donde tanto había jugado a explorar cuando era niño. Atravesaron el umbral sin apenas tiempo para mirar en derredor. Una oscuridad espesa y un olor a tierra vieja, el olor del polvo antiguo, los asaltó de repente. Roberto sólo dijo:

    -¡Soy yo!

    -¡Estoy aquí! -respondió una voz alegre y cansada.

    Caminaron un poco más hacia dentro en lo que parecía una sala de estar alargada. En el interior de la estancia se notaba que había alguien que habitaba el lugar: había recuerdos, fotos de niños en color y en blanco y negro, figuritas encima de tapetes blancos, banderitas de Andalucía, de Extremadura y otras regiones. El mestizaje cultural en esa tierra lejana.

    Mientras caminaba, una mano antigua, como de madera, tomó la suya. Federico se giró, un tanto sobresaltado, y vio a una anciana sentada en un anciano sillón de cuero. La mujer tenía los ojos muy grandes. Ojos que en otro tiempo habrían sido bonitos, de un color indistinguible por la telilla de las cataratas. Su boca sonreía pero no mostraba un solo diente. Su pelo era completamente blanco, recogido en un moño que ya casi no se veía. La señora representaba en aquel sillón un mundo que se extinguía, como debió de suceder con los indios apaches en su momento, una cultura y una manera de ver la vida que moría.

    Federico sintió una súbita nostalgia que le sobrevino, sentía ganas de llorar. Saludó a la mujer dándole dos besos acordándose de su propia abuela, de todas las abuelas del mundo. La señora le devolvió los besos sin soltarle la mano, con su cara redonda y sonriente.

    -Este es mi amigo Federico, abuela.

    -Mucho gusto, niño.

    -¿Cómo estás? -preguntó Roberto como el que ya sabe la respuesta.

    -Aquí ando. Como siempre. Cada día más vieja.

    -¿Ha venido hoy la tita?

    -Se acaba de ir. Estará al caer. Ha ido a comprar. Yo ya no puedo ni salir.

    La conversación entre la abuela y Roberto se desarrollaba con normalidad, pero por debajo de las palabras, Federico intuía una conversación más profunda que decía algo así como: Te quiero mucho, abuela. Y que ella respondía: Cada vez me queda menos tiempo en el mundo, hijito. Yo también te quiero mucho y te querré siempre. Y él: No digas eso. Pero ninguno de los dos dijo lo que su corazón sentía en ese momento, y no era porque Federico estuviera delante, sino porque el amor no hacía falta envilecerlo con la palabra.

    Roberto encendió un cigarrillo y Federico hizo lo mismo. La señora sacó un cenicero de cristal de entre un revoltijo de objetos que tenía al alcance y se lo tendió a su nieto. Ambos fumaron en silencio sin decir gran cosa, de pie, en medio de la estancia. A medio cigarro, se escuchó la puerta de la entrada y unos pasos pesados, como los de Roberto, penetraron.

    -Hola, tita.

    -Hola, cariño.

    Una señora rubia por el tinte barato de la peluquería de barrio, con el sobrepeso habitual de las cincuentonas, entró en la estancia con bolsas de la compra. Miró a Federico sin mucha curiosidad, como si en aquella casa estuvieran acostumbrados a la gente extraña.

    -Buenas tardes.

    -Hola, soy Federico.

    -Es de Tarragona. -repuso Roberto.

    -Anda, de Tarragona. Muy bien. 

    La mujer pasó de largo. Tenía otras cosas más importantes que hacer que perder el tiempo con las amistades del hijo de su hermana. Federico y Roberto sentían que ya sobraban.

    -Bueno, abuela, nosotros nos vamos. Sólo quería venir a verte.

    -Muy bien, hijo.

    -Nos vemos mañana.

    -Vale. Aquí estaremos, si Dios quiere. Adiós, niño.

    -Adiós, señora. -contestó educadamente Federico- Tiene una casa muy bonita.

    La abuela rio con ganas y contestó: -Eso es verdad, niño, eso es verdad. Mi casa preciosa.

    -¡Adiós, Robe y el amigo! -Dijo desde lo que parecía la cocina la tita.

    -¡Chao!

    Salieron a la calle y caminaron cuesta abajo. Andar pronunciadamente hacia abajo también tenía su dificultad porque las piernas tenían que ir frenando el cuerpo todo el tiempo. Federico se preguntaba cómo una persona tan mayor podía vivir en un lugar tan inhóspito, tan alejado de todos los servicios. El día que tuvieran una emergencia, ¿qué?

    -¿Qué te ha parecido?

    -Tu abuela es una crack.

    -¿Y la chabola?

    -No me imaginaba que las chabolas eran así. Pensaba en cuatro chapas y un colchón en el suelo, no en una casa que más pareciera un chalé o una finca en medio del campo.

    -Bueno, han ido mejorando con el tiempo, claro. Y esta está en medio de Barcelona.

    -¿El Ayuntamiento no ha querido quitarlas? Ya deben quedar pocas casas así hoy en día…

    -Por supuesto que lo han intentado, pero mi abuela es como Chanquete: no la moverán.

    -Debe ser difícil apañarse para una persona de esa edad en unas condiciones así.

    -Nos tiene a nosotros. Yo voy a verla cada día. -y después de un emocionado silencio. -La quiero mucho.

    -Se te nota.

    Caminaron en silencio sin hablar más del tema por la pista de tierra por la que habían subido. Pronto encontraron el asfalto de la ciudad que volvía a hacerse presente con su trajín habitual, sus transportes, sus aparatos tecnológicos, su estrés posmoderno. La ascensión a aquel cerro del Carmelo había tenido algo de místico y atemporal, una experiencia de epifanía, como lo que los turistas buscaban en templos perdidos de Asia.

    Mucho más pronto de lo que Federico pensaba, estaban sentados en una mesa del Bar Paco. Se trataba de un restaurante de tapas que quería conservar la solera y el folclore de otros tiempos mejores. El camarero era un cincuentón calvo y ventrudo que pronto trajo unas cervezas bien frías y unos cacahuetes -el jamón del mono- a la mesa que compartían.

    -¿Cómo te está tratando Barcelona?

    -Te lo diré sin ambages. Tengo un problema con mi compañero de piso.

    Roberto abrió la vaina y extrajo dos granos de cacahuete que, con habilidad simiesca, se llevó a la boca. Luego, mientras mordisqueaba, dio un largo trajo a la cerveza y dijo:

    -Yo tengo la solución. 

    …oooOOOooo…

    Nota del escribidor: El próximo domingo se publicará una nueva entrega de esta historia. Hasta entonces, te invito a seguir explorando el contenido de esta página. Si el relato te gustó, por favor, no dudes en hacérmelo saber. Muchas gracias por estar ahí. Nos vemos pronto con otra entrega. ¡Un abrazo!

    El Pobrecito Escribidor

  • Volver a verte

    Volver a verte

    Salgo de un sitio interior y cae el sol de la tarde sobre una calle vacía de coches. Es un paisaje bonito, en la campiña andaluza, sin apenas árboles, pero verde y amarillo. En la acera desierta, hay una parada de autobús y, en ella, se encuentra el tío Eduardo.

    Me acerco a él y lo saludo. En ese momento sé que estoy soñando. Me alegro de verlo porque ha fallecido recientemente y, en mi sueño, soy consciente de que su presencia puede ser real a pesar de ser onírica.

    Está sentado en su silla de ruedas. Tiene buen aspecto. Viste un traje con americana y pantalones color marrón oscuro. Me mira sonriente. Está más joven y fuerte que cuando se fue, corresponde al momento de la primera vez que recuerdo verlo, quizá de antes, como lo imagino que era en los años noventa u ochenta, como lo he visto en fotos. Lleva bigote sin apenas canas, las mejillas ronrosadas y el pelo muy peinado hacia atrás. Me pongo junto a él y lo llamo. Mi voz como debajo del agua, como pasa en los sueños.

    ¿Cómo estás, tío?

    Me responde. No recuerdo que mueva los labios. Oigo sus palabras en mi cabeza. Me dice que está estupendamente, como solía hacer cuando vivía, con un tono alegre.  

    ¿Sí? ¿Estás bien “allí”?

    No me atrevo a preguntarle si está en el cielo o dónde está. Me parece de mala educación, porque yo debería suponer que sí, que está allí, en el cielo. O quizá esté esperando el autobús de línea que lo ha de llevar a ese lugar más allá del horizonte.

    Me reponde que está muy bien. De hecho, me explica que consiguen una suerte de puntos que pueden gastar en un parque temático con atracciones y toda clase de diversiones. Su descripción resulta parecida a una mezcla de PortAventura y Santuario de Montserrat. Este último lugar él lo disfrutaba mucho cuando iba a los encuentros que la ONCE organizaba para los discapacitados; o inválidos, como lo decimos en mi casa.

    Me alegro mucho por él, por que esté disfrutando tranquilo de una vida más grata. Le pregunto entonces si se ha reunido con los suyos, si ha hablado con su madre y hermanos. Entonces su rostro se queda un poco serio y me dice que sí, aunque no ha hablado mucho porque las personas allí casi no hablan y se van quedando en su mundo.

    No lo entiendo muy bien. Lo noto un poco triste, no mucho. Se queda callado. 

    ¿Tienes sed, tío? ¿Quieres un vaso de agua?

    Me responde que no con la cabeza, pero no puedo evitar que mis pasos me lleven de nuevo al interior del edificio de donde he salido, que parece una de estación de autobuses, completamente vacía. Encuentro en una de las ventanillas un grifo y vasos. Lleno uno y vuelvo a salir al exterior, no tardo nada, me parece un instante.

    Cuando vuelvo junto a la carretera, el tío Eduardo ya no está allí. No sé si me quedo con el vaso de agua en la mano, pero recuerdo que miro el final de la carretera y quizás me parece ver a lo lejos uno de los autobuses rojos a los que lo he visto subir tantas veces. El sol de la tarde, naranja, no se ha movido un ápice y me quedo con una extraña sensación en el corazón, sabiendo que estoy soñando y que pronto despertaré.

    Sabiendo que escribiré esta escena, donde me parece que el tío Eduardo se despedía.

    Me alegró mucho volver a verte.

  • lloraba ella, lloraba él

    lloraba ella, lloraba él

    Nota del autor: Este poema lo firma mi padre, quien escribe infitiamente mejor que yo. Dejo otras colaboraciones suyas por aquí y por aquí. Ojalá que te emocionen casi tanto como a mí.

    un país llamado
    España 1941.
    mujer joven de
    ventitrés años recién
    parida.
    vende por unos pocos
    reales
    la leche de sus senos para
    alimentar
    al hijo de un mal llamado
    “señorito”.

    esa leche le pertenecía a
    su hijo
    el cual lloraba de
    hambre
    en la canasta de mimbre.
    ella lloraba de
    rabia
    también y, mientras,
    el hijo del señorito se
    saciaba
    con el néctar de sus
    senos.

    terminada la toma
    corriendo volvía a su casa y
    calmaba el llanto de su hijo
    con lo poquito que el otro niño
    no se había
    comido.

    de nuevo lloraba ella
    por no poder saciar a su
    hijo.
    de nuevo lloraba él
    por no poder saciar-
    se.

    el llanto los cansaba y los dejaba
    dormidos.

    …oooOOOooo…

    RRS 9/9/23