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  • Donde lo dejaste

    Donde lo dejaste

    Ocurre en ocasiones en la vida que nos encontramos con un amigo al cual hace tiempo que no vemos. El lapso entre la última vez que compartimos una cena, una cerveza, un café puede ser muy variable: desde unos meses hasta muchos años; pero siempre se produce un fenómeno que nos llama la atención: parece que el tiempo no haya pasado.

    Que el tiempo es relativo ya lo ha demostrado Einstein y muchos memes de internet, lo difícil es entender qué significa este concepto en la vida práctica. Podemos encontrar un ejemplo en el caso de los amigos que se encuentran, después de un lustro, y que deciden compartir una cerveza. No hace falta que la conversación rememore glorias pasadas, sencillamente las risas, las complicidades, las afinidades comunes aflorarán por sí solas.

    Pocas veces sabemos en la vida cuándo es el último día que pasamos con un amigo. Stephen King se pregunta sobre la infancia algo así como: la última vez que saliste a jugar con tus amigos, ¿sabías que era la última vez? Muchos responderemos que no. Así es la vida, una caja de sorpresas en la que parece que no existen los finales definitivos. Incluso en las despedidas protocolarias siempre quedamos en vernos algún día, nunca decimos adiós para siempre, sabedores de que podemos encontrarnos en cualquier cruce de caminos. Mantienes con las personas la misma relación que antes, donde lo dejaste.

    Pero la vida nos cambia inevitablemente. En los años transcurridos en que los amigos no se han visto han pasado muchas cosas: uno tuvo un accidente, el otro se casó, tuvo una hija, el anterior terminó sus estudios, acabó una relación tóxica, se enamoró de nuevo. En fin, nunca dejamos de aprender y ese continuo crecer nos cambia, a veces mucho. Si nos imaginamos hace cinco o diez años, veremos que pensamos y actuamos de forma muy diferente, en determinados casos casi antagónica. Pero al juntarnos todo eso se olvida y volvemos a ser, a veces sin querer, aquellos de hace tanto tiempo. Es tal el poder del fenómeno que el cambio en nuestro amigo nos parece una pequeña traición.

    Compartir esa cerveza con nuestro viejo amigo habrá sido como viajar al pasado. Probablemente nuestras obligaciones diarias nos obligarán a seguir con lo nuestro más pronto que tarde. Prometeremos vernos en otra ocasión con más tiempo y sólo Dios sabe si podremos cumplir nuestra promesa o si esa será la última vez que nos vimos.

    Lo mismo ocurre en otras facetas de la vida. Nos relacionamos con las situaciones como con las personas. A veces nos alejamos de según qué circunstancia y al encontrarnos de nuevo frente a ella, actuamos de la misma manera o nos pasa lo mismo que años antes. Esa idea de que la historia se repite, o de que es cíclica, no deja de tener relación con el ejemplo del amigo al cual hace tiempo que no vemos: las cosas están donde lo dejaste.

    Ocurre con los miedos. Un verano fuiste niño y te daba miedo saltar del trampolín a la piscina, tanto miedo que te quedaste paralizado y hasta te costó bajar por la escalera. Otro agosto tienes vienticinco años, has tenido novias, peleas, exámenes imposibles, noches inolvidables; estás tranquilamente con tus amigos y te subes al trampolín sin recordar y una vez al filo de la tabla todos tus antiguos, olvidados miedos están ahí. En ese momento hay sólo dos opciones, o saltar o seguir igual, y solemos seguir igual porque el susto nos afecta más cuando nos coge desprevenidos, con la guardia baja.

    La mentalización es muy importante para superar cualquier miedo irracional, por eso la previsión es una herramienta efectiva frente al fracaso. La vida puede parecer muy compleja cuando la observamos de cerca y extrañamente simple cuando la miramos de soslayo, a través de ejemplos simples. Ocurre que, sin saberlo, podemos repetir, sin querer, conductas que nos hacen tropezar una y otra vez con la misma piedra.  

    Porque las piedras están tal y como las dejaste. Tenemos una relación que se terminó por una serie de circunstancias que no dependieron de nosotros, o así lo creímos en su momento. En el pasado, tuvimos una serie de conductas de las que no estamos muy orgullosos y prometemos cambiar en la próxima oportunidad. Pasa el tiempo, nos enamoramos de nuevo, y estamos otra vez igual. A veces, hasta nos pasa lo mismo que la vez anterior y la relación termina por exactamente las mismas causas de siempre. Entonces nos preguntamos si todo obedecerá a un oscuro destino que nos la juega.

    También en el trabajo. Tuvimos un oficio alienante que no nos proporcionaba la plenitud deseada y, llegado el momento, decidimos dejarlo y buscar otro puesto completamente distinto. Tenemos suerte y lo encontramos, es un nuevo comienzo, pero al cabo de los meses tenemos la misma sensación que antes, ¿qué está sucediendo?

    Sencillamente que tu manera de relacionarte con la circunstancia es la misma que antes, donde lo dejaste. Por eso se repiten los mismos patrones y todo vuelve a ser como el último día, como con nuestro amigo. Sólo terminará el problema si somos capaces de cambiarnos nosotros frente al asunto. Por eso es muy importante escoger bien el momento en que decidimos afrontar una situación, como el que salta del trampolín.

    Si perduran los miedos, también se mantiene intacto el amor. Por eso es fundamental saber dejar las situaciones un momento dulce, para que al volver se siga manteniendo ese sabor que nos hace sentir que la vida vale la pena. Debemos evitar el colapso, la frustración, el vicio, es bueno que nuestra relación con el entorno respire y se airee.

    Porque podrás volver al mismo punto y retomar tu vida y tu tiempo tal cuales eran; por mucho tiempo que pase siempre volverás a encontrar el rompecabezas de la vida por…

    …donde lo dejaste

  • La marihuana o la vida

    La marihuana o la vida

    Este texto me lo hizo llegar un buen amigo, quien me enseñó el secreto de la filantropía, hace unos siete años. Durante un tiempo supuse perdido este artículo, pero la recopilación de varios escritos para mi blog hizo que reapareciera, para mi alegría. Después de pasar un par de semanas editándolo, aquí tengo esta historia que pretende hacer reflexionar al lector sobre una decisión trascendente: la marihuana o la vida.

    La primera vez que probé los porros fue con 15 años en un descampado a las afueras de mi pueblo con unos colegas del instituto. Entonces no fumaba tabaco, sacaba buenas notas. Aunque no hacía mucho deporte, era un chico sano en muchos aspectos. Tenía una madurez inusitada para mi edad y siempre tuve claro que quería estudiar y prosperar en la vida.

    A partir de entonces, comencé a fumar también tabaco. El consumo real vino partir de los 16 años y con 17 ya fumaba medio o un paquete de cigarrillos al día. En cuanto a los porros, fumaba cuando había, cuando alguno de los amigos conseguía pillarle a un chaval mayor que nosotros que nos vendía hojarasca. A pesar de eso, fumábamos y nos partíamos de risa. Las ocasiones eran muy esporádicas, pero las recordábamos muy afablemente.

    SAN FRANCISCO – APRIL 20 (Photo by Justin Sullivan/Getty Images)

    Entonces comencé el bachillerato. Para mí fue una liberación. De ser un chico responsable que nunca había suspendido un examen, pasé a todo lo contrario. Faltaba a clase, me juntaba con los alumnos de la última fila y nos pasábamos las mañanas en el bar. Nunca he tenido problemas para estudiar, sin embargo, ese año repetí curso. También hay que resaltar que trabajaba los fines de semana en el restaurante de mi pueblo y que esto ocupaba un tiempo importante en el que debería estar en casa.

    El segundo año de bachillerato, para mí todavía el primer curso, conocí a la que fue mi novia durante unos años, una chica que, como yo, también había repetido curso. En cuanto a los porros, consumía muy de vez en cuando y me reía de otros porretas que se pasaban las tardes fumándola, sentados en el sofá, sin hacer otra cosa que hablar de tonterías. Ese año cumplí 18; el día de mi cumpleaños compramos una tableta de chocolate y nos fumamos la mitad por la tarde, cuando llegó la noche estaba tan dormido que no tuve fuerzas para celebrar ese día como se merecía. No le di importancia, habría muchos más días.

    Pasé al segundo curso de bachiller, comenzaron los porros de verdad, por las noches, con los colegas. Durante ese año, las noches que nos reuníamos para fumarla iban intensificándose a medida que avanzaba el curso. Al final del mismo, casi lo hacíamos cada noche y a la que no se podía era motivo de tristeza. En ese plan seguimos todo el verano y comenzamos la universidad. Mi chica no fumaba pero no le daba importancia a que yo lo hiciera de vez en cuando, muchos de sus amigos eran porretas habituales y, como yo me reía de ellos, debió de suponer que nunca caería en el fumeteo diario.

    Igual fueron pasando los años de la universidad: el consumo de marihuana nunca me supuso una traba, la verdad. Saqué buenas notas y en tercero puede cumplir uno de mis sueños más arraigados, estudiar en Madrid con una beca. Entonces tenía 21 años. Tenía dinero y absoluta libertad para hacer lo que me diera la gana. En esa época, fue la primera vez que me fumé un porro por la mañana. Como tenía casi siempre y lo guardaba en mi piso de estudiantes, fumaba cuando me apetecía y, como el placer es adictivo, casi siempre me apetecía. Había días que me levantaba, me sentaba con mi café con leche, y me fumaba un porro mirando la tele, en concreto, los Desayunos de la Primera, que entonces presentaba Ana Pastor, de la cual me enamoré perdidamente. Muchas fueron las veces que me salté todas las clases y no iba en todo el día. A pesar de eso, aprobé la mayoría de las asignaturas a última hora con buenas notas. De todo ello saqué la siguiente conclusión: los porros diarios no eran malos (al menos, para mí no).

    Volví a casa al curso siguiente y acabé la universidad. Ese año me distancié de los amigos, con los cuales fumaba porros en el bachillerato, por sentirme desplazado cuando volví de la gran ciudad. Parecían tenerme rencor por haberme ido y haberles dejado, aburridos, en las provincias. Actué radicalmente, que les dieran porculo, tenía mis porros, mis libros, otros muchos amigos y a mi chica que me apoyaba en todo lo que hacía. Me encerré en aquella vida, en ningún momento pensé que estaba actuando mal porque todo me iba bien. Encontré trabajo aquel verano con el que pensaba pagarme el máster. Cuando el verano acabó, no me gustó el plan de estudios y decidí dejarlo. Ese invierno me dediqué a estudiar inglés y a esperar la próxima temporada de verano, ahorrar bastante dinero y estudiar un máster mejor al año siguiente. Me volvió a salir bien la jugada, encontré un trabajo mejor pagado, seguía leyendo mucho y fumando cada vez más. De lo último mi chica no sabía casi nada, yo no se lo contaba porque me daba vergüenza, me había convertido en lo mismo que yo criticaba: un porreta que prefería quedarse en casa que pasar la tarde por ahí. Cuando me sentía mal por ello, me fumaba otro porro. Yo intentaba escondérselo, pero algo sospechaba ya.

    Ese verano tenía 24 años y me sentía realmente confundido. Trabajaba todo el día duramente y cuando llegaba la noche, cogía y me fumaba «el porro de la recompensa», tan esperado durante todo el día. La verdad es que prefería fumar a quedar con mi chica el único momento del día que tenía para verla, la noche. Le decía que estaba cansado y que me iba a casa. No era mentira, me iba a casa fumando un porro y me dormía enseguida, hasta el día siguiente.

    Y llegó un día de ese verano en el que no sabía ni dónde estaba ni quién era yo, pero me gustaba el caos, fuese lo que fuese. Me sentía en la cumbre de mí mismo, en lo más alto. En la hostelería, conoces a mucha gente, de todo tipo, y yo siempre he sido muy abierto de mentalidad a pesar de mi cabezonería, no me gustaba juzgar mal algo que no conocía. Empecé a salir de fiesta por las noches con ellos, al bar de rigor donde éramos conocidos. Nunca podría confesárselo a la que entonces era mi chica, y al cabo de dos semanas, decidí dejar la relación en vez de decirle lo que había. Hacía tiempo que no le contaba la verdad: yo era un porreta. Ella no entendió nada, pero no me entendía desde hacía ya tiempo, rompí su corazón y también el mío. Supuse que eso era mejor que hacer lo que hasta entonces hacía, mentirnos .

    Para superar el trauma, me refugié en los porros y en el trabajo. Más bien, me estanqué. Acabó aquel verano, que en teoría era maravilloso y, por suertee, me aceptaron en el máster de la Universidad de Barcelona. Todo funcionaba suavemente, encontré un piso muy barato y un trabajo de mierda con el que pagarme los vicios, que en esas alturas eran 20 o 30 euros de marihuana a la semana.

    Pero me pilló la ola, un día de esos quedé con mi ex y, el verla tan bien, tan sana, tan buena, me reventaron las tripas. Me prengunté qué es lo que era yo y no lo supe, me volví loco, me tragó el pozo como un torbellino y me tuvo girando durante aquellos meses de invierno en lo más frío y más oscuro de mí mismo. Dejé el máster, dejé el curro, dejé a una chica con la que había intimado un par de veces, y me fui a casa a llorar lo que quedaba de mí.

    Y fumaba y fumaba. Por suerte, trabajé los fines de semana en el mismo sitio donde estuve el verano anterior y entre semana escribía una novela que comencé en Barcelona, sobre un loco como yo al que todo le salía al revés. Pensé que si la acababa, podría sentirme orgulloso de algo que había hecho, y así fue. Para celebrarlo, fumaba y fumaba, pero no superé nada, más bien todo lo contrario. Como ella había llevado siempre una vida como Dios manda, poco a poco fue superando la situación y saliendo adelante. Yo, por mi parte, seguía estancado y no sabía por qué. Entre porro y porro, llegó la primavera y comenzó de nuevo la temporada.

    Ahora tengo 25 años. Lo que me hizo decidir cambiar la manera de funcionar fue una última pelea que tuve con mi ex, yo le reprochaba que no me ayudara a salir de todo aquello en lo que yo solo me había metido. Decidí que se acabó, que saldría por mi propio pie del agujero y decidí que el 31 de mayo sería el último día que me fumaría un porro. Estaba con mi colega de toda la vida, este no se lo creía y se partía de la risa. Efectivamente, al día siguiente no fumé, ni al otro, ni al otro, ni al otro. Al tercer día, me sentí resucitar, a la semana ya actuaba como no hacía mucho tiempo. Había llevado tanto tiempo aquella dinámica que era como una bola de nieve bajando la montaña, haciéndose cada vez más grande. Cada día que pasa, me siento un poco más seguro y un poco más yo mismo. Si me cuesta dormir, me pongo a leer furibundamente hasta que lo consigo. Ahora repaso todos estos hechos, como hacía antes, sin obsesionarme. No me culpo de la vida que he tenido porque he conseguido sacar algo bueno, y eso es lo más importante. Aquel que no hace nada, nunca se equivoca; el que hace, se equivoca muchas veces, pero también hay que ser valiente para reconocer los errores que uno comete.

    Hoy, todos me notan cambiado, mi familia, mis amigos y yo mismo, me notan mejor. Poco a poco, voy volviendo a ser quien era, pero todavía me queda mucho camino por recorrer y creo que eso es lo mejor. Llevo 19 días sin fumar un solo porro, caladas esporádicas que al final rechazo cuando alguno de mis amigos me tiende el porro que se está fumando. Cuando decidí dejarlo, paré de comprar, fumaría cuando hubiera, como hacía años antes. Sin embargo, me afectan tanto tres caladas que al final he decidido dejarlos definitivamente.

    El futuro siempre es incierto y uno nunca sabe, pero el presente es nuestro, completamente. Y me prometo que hoy tampoco fumaré, aunque a veces venga el pasado a recordarme que he actuado mal muchas veces. Entonces, yo cojo y escribo mi historia, para colgarla en cualquier blog de porretas y decirles lo que hay. Quizá con ella consiga hacer reflexionar a alguno, quizá no consiga absolutamente nada, pero por lo menos me pongo a trabajar en vez de levantarme, liarme un mai y perder toda la mañana fumado, sentado en el sofá.

    Ahora pienso que la marihuana es buena, siempre y cuando se saque algo bueno de ella.

    Firmado,

    Un exfumeta