Un fantasma recorre los institutos de toda España: el fantasma de la Literatura. No sería descabellado decir que en toda Europa sucede lo mismo. Los imparables avances tecnológicos han hecho que la enseñanza sea una actividad frenética, sujeta a cambios que se producen a la velocidad de la luz. Los docentes tienen problemas para adaptarse y es un clamor en la sociedad: hay que cambiar el rumbo que está tomando la educación. La gran cuestión es hacia donde hay que orientar el buque de la eseñanza.
En la educación secundaria (básica si antendemos a la última ley de educación) actual, los alumnos pasan seis horas y media al día en el instituto. En ese tiempo, dedican tiempo a las matemáticas, las ciencias naturales, la tecnología, las ciencias sociales, las lenguas autóctonas y extranjeras, entre un largo etcétera de optativas que se organizan en torno a un horario endemoniado, donde se ofertan decenas de asignaturas diferentes.
Suena el timbre. El docente modelo de Lengua y literatura se desplaza desde la sala de profesores hasta el aula donde le toca 3 ESO B. Los alumnos vienen del patio y están revoltosos. Hoy toca trabajar El Quijote. Lleva bajo el brazo un fajo de dosieres que ha imprimido por la mañana: se recogen los episodios más nutridos de nuestro hidalgo. Aunque la ilusión del profesor por la lectura, la escritura, la literatura, sigue intacta, camina hacia el aula con pesadez, como si llevara una nube negra sobre la cabeza. Hace años que ha perdido la motivación y sólo piensa en el tiempo que le queda para jubilarse. Las generaciones de alumnos han ido cambiando y cada vez saben menos, escriben peor y casi nunca leen. Sólo piensan en las redes sociales y su imagen. El mundo de las letras está completamente obsoleto y la Gran Literatura acumula polvo en la estantería del departamento, donde los clásicos yacen olvidados, mudos, cerrados.
Las nuevas leyes de educación no ayudan. Se premia el trabajo en grupo, la gamificación, la simplificación, los términos en inglés: flipped classroom, genially, canva, google classroom, drive… Nuestro docente, a quien llamaremos Antonio José, no entiende nada de todo ese lenguaje, que llegó con el nuevo milenio y que poco a poco ha ido colonizando el habla pedagógica. Antonio ha dedicado su vida a la lectura de los clásicos, a la comprensión profunda de la vanguardia del siglo XX, a la exégesis de los textos oscuros de la Edad Media, a admirar a Cervantes y a entender algo a Góngora. Ha hecho leer las obras de teatro de Lorca y las ha representado con los alumnos. Tiene recuerdos imborrables con generaciones anteriores, que lo veneran y lo admiran mucho, que le escriben un correo electrónico de vez en cuando. El profesor Antonio José a veces traspapela esos mensajes de cariño entre las decenas de correos que recibe a dirario en las tres cuentas que no sabe gestionar muy bien. A veces sus hijos le echan un cable, pero ellos van a lo suyo. Antonio José ya no entiende su trabajo porque en su momento decidió no dedicar tiempo a las modas pedagógicas del momento, porque pensó que era mejor para la formación de sus alumnos formarse él en su propia materia.
Mientras sube las escaleras hacia el segundo piso, el profesor recuerda sus años en el insituto. La imagen que se le viene a la cabeza es de un color amarillento, como si en el aula fuera por la tarde, y don Ramón lee sobre la tarima un poema de Quevedo. El joven Antonio José siente devoción por don Ramón y su voz cavernosa, por la manera que tiene de sujetar el cigarrillo cuando los alumnos escriben en sus pupitres individuales, por el traje de chaqueta y el pelo cano que suele llevar un poco largo. El joven alumno quiere ser un día lo mismo que don Ramón: profesor de Lengua y Literatura. En su memoria, el profesor era un ser superior, sabio, sacro como un Dios. Antonio José siempre fue su alumno predilecto y objeto de la envidia de otros discípulos por ello. Sonríe el profesor de educación básica mientras recorre el pasillo repleto de chavales con el móvil en la mano, que gritan y pelean, que ríen y se abrazan ruidosamente. Antonio recorre el presente con la mirada en un pasado dorado, ya fábula de fuentes.
Al entrar al aula 201 nadie está en su sitio. Los alumnos, al ver al profesor, van tomando asiento en sus pupitres y van guardando el móvil en el bolsillo disimuladamente. Antonio deja sus cosas sobre la mesa y enciende el ordenador para pasar lista. Debe hacerlo en todas las clases: entrar en el programario, poner la contraseña, buscar la lista del grupo, leer cada uno de los nombres, dar a aceptar. Luego tiene que abrir el correo electrónico para acceder al libro de texto digital. Algo falla. Desiste y abre el libro por la página 214, donde ha tomado algunas notas sobre la clase sobre Miguel de Cervantes. Para cuando decide pasar lista, todos los alumnos ya están en su sitio, pero siguen hablando. Mientras vuelve a abrir el programario ve que tiene la bandeja de entrada al correo repleta de mensajes, uno de ellos de dirección: le piden que de forma urgente rellene el formulario correspondiente y que lleva días sin atender: el de las asignaturas optativas de su tutoría, que debió introducir en un excel y luego enviar a cada padre.
El profesor ya no recuerda ni siquiera la clase que iba a impartir. Siente una sensación de urgencia y estrés por un mundo que no entiende: llega a todas partes tarde y carece de la más mínima autoridad entre sus compañeros de profesión, más jóvenes o, al menos, más adaptados a los cambios educativos que han sacudido los institutos en los últimos años. Una alumna se levanta y le pregunta si puede ir al baño. Está mascando chicle. Antonio José se acuerda de don Ramón y piensa en qué hubiera hecho él.
Dice que no con la cabeza. La alumna se sienta. El profesor se levanta. En el aula se producen un silencio expectante. Los alumnos se pregutnan si el profesor se ha enfadado, si va a estallar en un grito iracundo sobre su comportamiento, como han visto otras veces: docentes de todas las edades que explotan y les llaman de todo menos guapos y guapas. Antonio José no grita. Aguanta la mirada y el silencio de sus alumnos y dice: “Cerrad todos el libro de texto. Sacad la libreta. No quiero oír una mosca”.
Ante tan claras instrucciones, los alumno obedecen sin rechistar. Incluso Bryan, que siempre duerme en todas las clases, ha sacado un fajo de papeles de una mochila mugrienta y le ha pedido quedamente le bolígrafo prestado a su compañero. El profesor Antonio José decide que ya está harto de la nueva pedagogía y escribe en la pizarra: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605-1615) de Miguel de Cervantes. Los alumnos escriben en silencio, algunos practican el lettering, es decir, la caligrafía.
-¿Alguien sabe cuál es el mejor libro del mundo?
-El Quijote. -Responde Bryan.
-Efectivamente. Hoy os voy a hablar del mejor libro del mundo y del personaje más inolvidable de la literatura española, qué digo, ¡de la literatura mundial! ¡Universal!
Los alumnos sonríen. El profesor parece haberse vuelto loco. No están acostumbrados a que les digan un libro es el mejor, algunos ponen una expresión lógica de desacuerdo.
-Y quien no esté de acuerdo -prosigue Antonio José- deberá presentar conmigo singular batalla. ¡Apunten! La razón de la sinrazón que a mi razón se hace…
-¿Cómo, cómo, cómo?
-Quiero silencio, Elena. Repito: La razón… de… la sinrazón…
Los alumnos toman apuntes del dictado del profesor. No entienden qué es lo que está pasando. No están acostumbrados y el factor sorpresa los toma desprevenidos. Agarrar el bolígrafo, escribir en un folio, tomar apuntes… ¡No tienen casi nunca la oportunidad! El profesor parece se lo está pasando bomba. Termina de dictar su loca oración y dice.
-¿Qué significa?
El silencio es sepulcral.
-Exacto. Nadie lo sabe. Ni siquiera Cervantes, que fue quien la escribió. No importa. La literatura es a veces es incomprensible como esa frase. Pero qué bien suena, ¿verdad?
-¿Puedes repetir la frase, Antonio José?
-La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece ¡que con razón me quejo de vuestra fermosura! -Los alumnos aplauden sin saber por qué.
Antonio José imparte una clase magistral de una hora entera sobre Cervantes y su obra.
Y los alumnos aprenden.



















