Etiqueta: El Quijote

  • (¿)Los alumnos aprenden(?)

    (¿)Los alumnos aprenden(?)

    Un fantasma recorre los institutos de toda España: el fantasma de la Literatura. No sería descabellado decir que en toda Europa sucede lo mismo. Los imparables avances tecnológicos han hecho que la enseñanza sea una actividad frenética, sujeta a cambios que se producen a la velocidad de la luz. Los docentes tienen problemas para adaptarse y es un clamor en la sociedad: hay que cambiar el rumbo que está tomando la educación. La gran cuestión es hacia donde hay que orientar el buque de la eseñanza.

    En la educación secundaria (básica si antendemos a la última ley de educación) actual, los alumnos pasan seis horas y media al día en el instituto. En ese tiempo, dedican tiempo a las matemáticas, las ciencias naturales, la tecnología, las ciencias sociales, las lenguas autóctonas y extranjeras, entre un largo etcétera de optativas que se organizan en torno a un horario endemoniado, donde se ofertan decenas de asignaturas diferentes.

    Suena el timbre. El docente modelo de Lengua y literatura se desplaza desde la sala de profesores hasta el aula donde le toca 3 ESO B. Los alumnos vienen del patio y están revoltosos. Hoy toca trabajar El Quijote. Lleva bajo el brazo un fajo de dosieres que ha imprimido por la mañana: se recogen los episodios más nutridos de nuestro hidalgo. Aunque la ilusión del profesor por la lectura, la escritura, la literatura, sigue intacta, camina hacia el aula con pesadez, como si llevara una nube negra sobre la cabeza. Hace años que ha perdido la motivación y sólo piensa en el tiempo que le queda para jubilarse. Las generaciones de alumnos han ido cambiando y cada vez saben menos, escriben peor y casi nunca leen. Sólo piensan en las redes sociales y su imagen. El mundo de las letras está completamente obsoleto y la Gran Literatura acumula polvo en la estantería del departamento, donde los clásicos yacen olvidados, mudos, cerrados.

    Las nuevas leyes de educación no ayudan. Se premia el trabajo en grupo, la gamificación, la simplificación, los términos en inglés: flipped classroom, genially, canva, google classroom, drive… Nuestro docente, a quien llamaremos Antonio José, no entiende nada de todo ese lenguaje, que llegó con el nuevo milenio y que poco a poco ha ido colonizando el habla pedagógica. Antonio ha dedicado su vida a la lectura de los clásicos, a la comprensión profunda de la vanguardia del siglo XX, a la exégesis de los textos oscuros de la Edad Media, a admirar a Cervantes y a entender algo a Góngora. Ha hecho leer las obras de teatro de Lorca y las ha representado con los alumnos. Tiene recuerdos imborrables con generaciones anteriores, que lo veneran y lo admiran mucho, que le escriben un correo electrónico de vez en cuando. El profesor Antonio José a veces traspapela esos mensajes de cariño entre las decenas de correos que recibe a dirario en las tres cuentas que no sabe gestionar muy bien. A veces sus hijos le echan un cable, pero ellos van a lo suyo. Antonio José ya no entiende su trabajo porque en su momento decidió no dedicar tiempo a las modas pedagógicas del momento, porque pensó que era mejor para la formación de sus alumnos formarse él en su propia materia.

    Mientras sube las escaleras hacia el segundo piso, el profesor recuerda sus años en el insituto. La imagen que se le viene a la cabeza es de un color amarillento, como si en el aula fuera por la tarde, y don Ramón lee sobre la tarima un poema de Quevedo. El joven Antonio José siente devoción por don Ramón y su voz cavernosa, por la manera que tiene de sujetar el cigarrillo cuando los alumnos escriben en sus pupitres individuales, por el traje de chaqueta y el pelo cano que suele llevar un poco largo. El joven alumno quiere ser un día lo mismo que don Ramón: profesor de Lengua y Literatura. En su memoria, el profesor era un ser superior, sabio, sacro como un Dios. Antonio José siempre fue su alumno predilecto y objeto de la envidia de otros discípulos por ello. Sonríe el profesor de educación básica mientras recorre el pasillo repleto de chavales con el móvil en la mano, que gritan y pelean, que ríen y se abrazan ruidosamente. Antonio recorre el presente con la mirada en un pasado dorado, ya fábula de fuentes.

    Al entrar al aula 201 nadie está en su sitio. Los alumnos, al ver al profesor, van tomando asiento en sus pupitres y van guardando el móvil en el bolsillo disimuladamente. Antonio deja sus cosas sobre la mesa y enciende el ordenador para pasar lista. Debe hacerlo en todas las clases: entrar en el programario, poner la contraseña, buscar la lista del grupo, leer cada uno de los nombres, dar a aceptar. Luego tiene que abrir el correo electrónico para acceder al libro de texto digital. Algo falla. Desiste y abre el libro por la página 214, donde ha tomado algunas notas sobre la clase sobre Miguel de Cervantes. Para cuando decide pasar lista, todos los alumnos ya están en su sitio, pero siguen hablando. Mientras vuelve a abrir el programario ve que tiene la bandeja de entrada al correo repleta de mensajes, uno de ellos de dirección: le piden que de forma urgente rellene el formulario correspondiente y que lleva días sin atender: el de las asignaturas optativas de su tutoría, que debió introducir en un excel y luego enviar a cada padre.

    El profesor ya no recuerda ni siquiera la clase que iba a impartir. Siente una sensación de urgencia y estrés por un mundo que no entiende: llega a todas partes tarde y carece de la más mínima autoridad entre sus compañeros de profesión, más jóvenes o, al menos, más adaptados a los cambios educativos que han sacudido los institutos en los últimos años. Una alumna se levanta y le pregunta si puede ir al baño. Está mascando chicle. Antonio José se acuerda de don Ramón y piensa en qué hubiera hecho él.

    Dice que no con la cabeza. La alumna se sienta. El profesor se levanta. En el aula se producen un silencio expectante. Los alumnos se pregutnan si el profesor se ha enfadado, si va a estallar en un grito iracundo sobre su comportamiento, como han visto otras veces: docentes de todas las edades que explotan y les llaman de todo menos guapos y guapas. Antonio José no grita. Aguanta la mirada y el silencio de sus alumnos y dice: “Cerrad todos el libro de texto. Sacad la libreta. No quiero oír una mosca”.

    Ante tan claras instrucciones, los alumno obedecen sin rechistar. Incluso Bryan, que siempre duerme en todas las clases, ha sacado un fajo de papeles de una mochila mugrienta y le ha pedido quedamente le bolígrafo prestado a su compañero. El profesor Antonio José decide que ya está harto de la nueva pedagogía y escribe en la pizarra: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605-1615) de Miguel de Cervantes. Los alumnos escriben en silencio, algunos practican el lettering, es decir, la caligrafía.

    -¿Alguien sabe cuál es el mejor libro del mundo?

    -El Quijote. -Responde Bryan.

    -Efectivamente. Hoy os voy a hablar del mejor libro del mundo y del personaje más inolvidable de la literatura española, qué digo, ¡de la literatura mundial! ¡Universal!

    Los alumnos sonríen. El profesor parece haberse vuelto loco. No están acostumbrados a que les digan un libro es el mejor, algunos ponen una expresión lógica de desacuerdo.

    -Y quien no esté de acuerdo -prosigue Antonio José- deberá presentar conmigo singular batalla. ¡Apunten! La razón de la sinrazón que a mi razón se hace…

    -¿Cómo, cómo, cómo?

    -Quiero silencio, Elena. Repito: La razón… de… la sinrazón…

    Los alumnos toman apuntes del dictado del profesor. No entienden qué es lo que está pasando. No están acostumbrados y el factor sorpresa los toma desprevenidos. Agarrar el bolígrafo, escribir en un folio, tomar apuntes… ¡No tienen casi nunca la oportunidad! El profesor parece se lo está pasando bomba. Termina de dictar su loca oración y dice.

    -¿Qué significa?

    El silencio es sepulcral.

    -Exacto. Nadie lo sabe. Ni siquiera Cervantes, que fue quien la escribió. No importa. La literatura es a veces es incomprensible como esa frase. Pero qué bien suena, ¿verdad?

    -¿Puedes repetir la frase, Antonio José?

    -La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece ¡que con razón me quejo de vuestra fermosura! -Los alumnos aplauden sin saber por qué.

    Antonio José imparte una clase magistral de una hora entera sobre Cervantes y su obra.

    Y los alumnos aprenden.

  • Orbaneja, el pintor de Úbeda

    Orbaneja, el pintor de Úbeda

    Antes de que el arte abstracto se inventara, de que Duchamp le diera la vuelta a un urinario, antes de que los galerista promocionaran las estrellitas de Miró, antes de los dadaístas y todo eso; antes, ya estaba Orbaneja, pintor de Úbeda. Cuando leí en su día este fragmento de El Quijote me maravilló tanto que lo copié letra a letra. Este es un homenaje a la mejor novela moderna.

    Pasen y lean:

    -Ahora digo -dijo don Quijote- que no habrá sido sabio el autor de mi historia, sino algún hablador ignorante, que a tientas y sin ningún discurso se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbajena, pintor de Úbeda; al cual, cuando le preguntaban qué estaba pintando, respondía: Lo que saliere («Lo que salga»). Por ejemplo, pintaba un gallo, de tal forma y tan mal hecho, que era necesario que, con letras góticas, escribiera debajo: «Esto es un gallo». Y así debe de ser mi historia, que tendrá necesidad de comentarios para entenderla.

    P.E.: El Quijote reflexiona en el libro (1615) sobre la obra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que se publicó diez años antes (1605). Lo que hoy conocemos por El Quijote no son sino dos libros, publicados con diez años de diferencia. Quijote, el personaje, está preocupado porque la historia de sus aventuras, que Sansón conoce porque ya la ha leído, sea un libro complicado y pedante, donde al final no se entienda el sentido verdadero de su historia: un caballero andante que lucha por el bien de todos.

    -Eso no -respondió Sansón-; porque es tan clara, que no hay cosa que sea dificil en ella (la historia del Quijote): los niños la manosean, los jóvenes la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran. De hecho, es tan sencilla, tan leída y tan sabida por todo tipo de gentes que, apenas han visto un caballo flaco, exclaman: ¡Aquel es como Rocinante!

    P. E.: El bachiller Sansón Carrasco le dice al Quijote que la historia de sus aventuras, sin ser complicada, enriquece a todo el mundo y que se ha hecho muy famosa, como sucedió en la realidad. El Quijote de 1605 supuso un éxito en su época y rápidamente se hizo una obra muy conicida. Diez años después, en 1615, Cervantes juega magistralmente con la realidad y la ficción.

    -No hay duda de eso -contestó don Quijote-. Pero muchas veces pasa que los que tienen mucha fama, merecidamente ganada por sus escritos, al darlos a la imprenta, la perdieron del todo o la perjudicaron en algo.

    -La causa de eso es que -dijo Sansón-, como las obras impresas se miran despacio, fácilmente se ven sus defectos, y mucho más se analizan cuanta mayor es la fama de quien las escribió. Los hombres famosos por su ingenio, los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las más de las veces, son envidiados por aquellos que tienen por gusto y por entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado sus propios escritos a la luz del mundo.

    P. E.: Otra de las preocupaciones de Cervantes expresadas aquí por el Quijote es que, al hacerse su obra tan famosa, iba a ser mirada con lupa y criticada por los envidiosos. Eso de hecho sucedió y son célebres las disputas entre el novelista y el círculo de Lope de Vega, a quien se les atribuye la publicación del Quijote falso, el llamado Quijote de Avellaneda (1914). Pese a los malos rollos, si no fuera por Avellaneda, quizá Cervantes nunca hubiera terminado la historia que lo haría mundialmente admirado.

    -No hay que extrañarse de eso -dijo don Quijote-; porque muchos ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

    -Todo es así, señor don Quijote -dijo Carrasco-; pero quisiera yo que estos criticadores fueran más amables y menos escrupulosos, y que consideren el mucho mérito que tuvo el autor por dar a la luz una obra lo menos oscura posible. Quizá podría ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a veces hacen más hermoso el rostro que los tiene. Admito que es muy grande el riesgo al que se expone un autor que decide imprimir su libro, siendo del todo imposible escribirlo de tal manera que contente a todos los que lo vayan a leer.

    P.E.: Sansón Carrasco será más adelante en la novela el Caballero de la Blanca Luna, quien derrotará al Quijote en un duelo en la playa de Barcelona. A cambio, Sansón le pedirá al Quijote que vuelva a casa y deje el loco sueño de la caballería andante. Todo es una estrategia de sus amigos para que el Quijote vuelva a casa con sus seres queridos y no se escape otra vez en busca de aventuras. A pesar de sus locuras, nuestro inmortal caballero es un hombre bueno, que comete el delito de querer un mundo mejor.

    Este es un trocito minúsculo de la mejor novela que aún puede leerse en este orbe. Es tanta la inspiración, el acierto, el adelanto, que cuando uno relee algún fragmento de El Quijote se queda maravillado con la inspiración y la humildad de su autor. En este texto hemos querido traducir el castellano de la época al español actual, restaurando las expresiones más difíciles y oscuras sin romper la magia del texto. Un trabajo de este tipo debería hacerse, me encantaría hacer, para llevar la obra de Cervantes al gran público, que es lo que él quería. Se suele pensar que El Quijote es un libro complicado y aburrido, solo para eruditos con corbata. Nada más lejos de la realidad. Lo único que dificulta la recepción de esta obra es el paso de los siglos por la lengua castellana, que hemos querido sortear en esta traducción. Para los que quieran el fragmento original, disponen de ella al final de este textículo.

    Cervantes es el filósofo más universal que han dado nuestras letras. Si hubiera conseguido acercarlo, no habría conseguido poco.

    Firmado,

    Pobrecito Escribidor (P.E.)

    Fragmento original:

    -Ahora digo –dijo don Quijote- que no ha sido sabio el autor de mi historia, sino algún ignorante hablador, que a tiento y sin algún discurso se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja, el pintor de Úbeda, al cual preguntándole qué pintaba, respondió: “Lo que saliere”. Tal vez pintaba un gallo, de tal suerte y tan mal parecido, que era menester que con letras góticas escribiese junto a él: “Este es gallo”. Y así debe de ser mi historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla.

                -Eso no –respondió Sansón-; porque es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto un rocín flaco, cuando dicen: “Allí va Rocinante”.

                -No hay duda de eso –replicó don Quijote-; pero muchas veces acontece que los que tenían méritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus escritos, en dándolos a la estampa la perdieron del todo o la menoscabaron en algo.

                -La causa deso es –dijo Sansón- que como las obras impresas se miran despacio, fácilmente se ven sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto es mayor la fama del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios, los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las más veces, son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particular entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propios a la luz del mundo.

                -Eso no es de maravillar –dijo don Quijote-; porque muchos teólogos hay que no son buenos para el púlpito, y son bonísimos para conocer las faltas o las sobras de los que predican.

                -Todo eso es así, señor don Quijote –dijo Carrasco-; pero quisiera yo que los tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sin atenerse a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran; consideren lo mucho que estuvo despierto, por dar la luz su obra con la menos sombra que pudiese; y quizá podría ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a las veces acrecientan la hermosura del rostro que los tiene; y así, digo que es grandísimo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal, que satisfaga y contente a todos los que le leyeren.

  • Leer para vivir

    Leer para vivir

    Leer me ha salvado la vida, varias veces. No tanto el hecho de leer una historia, un fragmento, una frase concreta; sino el acto de leer en sí mismo, eso es lo que me ha sacado muchas veces del abismo, de pozos oscuros en los que caemos, inevitablemente, de vez en cuando. Podría haber vivido igual sin ser una persona lectora, pero mi experiencia hubiera sido muchísimo más pobre y peligrosa, sin apenas haber vivido.

    Cuando se piensa en la lectura suele venir a la mente una persona apaciblemente sentada en un mullido sillón, con unos rayos de sol tamizados por la persiana y las cortinas, en una tarde de finales de verano mientras anochece, quizá un cigarrillo o un café humeante sobre la mesita del té, las piernas cruzadas y la mirada totalmente absorta. Aunque es una escena deliciosa, no es para mí el arquetipo de la persona lectora. Esta es más bien alguien en el transporte público, rodeada de cuerpos -trabajadores, estudiantes, pedigüeños, parados-, de miles de ruidos estridentes -el traqueteo del vehículo, el chirriar de los frenos, una conversación escandalosa, música ratonera desde un móvil-; entre todo eso, alguien en un rincón leyendo un volumen barato de tapa blanda. Al verlos en algún lugar, seres en peligro de extinción, no puedo evitar sentir cierta ternura.

    Uno de los tópicos que se suele relacionar con la lectura, o con el estudio en general, es que te aparta de vivir. Esta creencia proviene de la edad adolescente y del error que cometen muchos al decir: “prefiero estar viviendo la vida, antes que estar leyendo en casa”. Es una tesis eufónica, por eso parece ser creíble, pero es falsa. Leer no impide vivir, todo lo contrario, leer es vivir, y si bien se suele leer en casa, la persona lectora consigue al final leer en cualquier parte, incluso en las situaciones más inverosímiles.

    Qué extraño invento el de la lectura. Cómo se pudo llegar a la conclusión, y al placer, de que interpretar símbolos minúsculos como hormiguitas en un folio era algo enriquecedor. Las primeras personas lectoras serían gentes muy especiales para que otros hicieran el esfuerzo de sumarse al ejercicio. El ser humano no aprende mediante las lecciones magistrales, sino copiando a otros que cree más fuertes o felices. La lectura es un milagro que ha sobrevivido a todos los avatares del destino, a la censura de las dictaduras y a la aparición de las pantallas. Me divierte cuando alguien sentencia la muerte de la lectura por la inmediatez del vídeo, deberían ver mi estantería abarrotada de ejemplares de todas clases, libros que me hacen sentir en un lugar mágico y amable. Si bien es cierto que se han producido evoluciones evidentes, la aparición de internet no ha significado, por ejemplo, la desaparición de la radio, que ahora se le llama podcast. Tampoco desaparecerá el libro en papel, aunque exista el kindle, y menos la lectura.

    Lo que ha impulsado durante siglos el gusto por leer deben de ser los múltiples beneficios asociados a este ejercicio, que no suelo encontrar en las decenas de vídeos que observo a diario en mi teléfono. Veo campañas a favor del deporte, de la meditación, de la comida sana. Todo ello está muy bien y es muy provechoso en lo físico, pero ¿qué pasa con lo psicológico? Ahora que la salud mental está tan en boga, se debería fomentar como pilar fundamental la lectura. Cualquiera que haya pasado veinte minutos, absorto, leyendo un texto, habrá sentido luego esa paz extraña, como si hubiéramos entrado en una campana donde no penetrara el sonido, como si estuviésemos en medio del mar, o del campo, y sólo escucháramos las olas contra el casco, o el pájaro en la rama, lejos el ruido sempiterno de la ciudad. Es en ese lugar especial, donde podemos tomar las mejores decisiones de nuestra vida. Algunos invierten mucho dinero y salud en encontrarlo durante pocos minutos, incluso jugándose la vida en disparates realizando viajes reveladores. Una persona lectora penetra en ese mundo cada vez que lo desea, sin más secuela que una mirada renovada para ver la realidad a partir de la ficción vivida. Misteriosamente, los demás notan ese estado resplandeciente en la persona y se suelen acercar a ella como el que se arrima a un fuego en mitad de la noche. Leer es, también, trascender las fronteras del cuerpo.

    Un viejo profesor de literatura siempre afirmaba, mirando con sus ojos azules casi ciegos por forzarlos en la lectura de toda una vida, que al final no distinguía en sus recuerdos entre lo que había vivido, lo que había soñado y lo que había leído. Él, como buen maestro, dejaba la cuestión en el aire, pero se deduce entonces que esas tres formas de experiencia -realidad, sueño, ficción- son al final indistinguibles. Luego, una persona lectora añadirá un nuevo estado a su experiencia y será, al cabo, indistinguible. Leer nos hace vivir más en menos tiempo; porque este es relativo, leer nos hace vivir.

    El contenido teórico de un buen texto no está exento de una finalidad práctica, de hecho, la práctica termina siendo más efectiva si previamente se ha atendido a la teoría. Los libros nos hacen más valientes, más activos, más vitales y resilientes. No es habitual el tópico de la persona débil, asustada del mundo, refugiada en los libros. Conozco a algunos grandes lectores que han pateado muchos rincones de la experiencia humana y que, además, han sobrevivido para contarlo. Las historias nos enseñan a ser el protagonista de nuestra vida propia, o el secundario, o solamente el narrador. Toda vivencia puede ser objeto de un buen relato, incluso la más amarga. Sabiendo eso, uno afronta el porvenir como una gran aventura, con el poder superior de interpretar la realidad a su antojo, transformando lo más monstruoso en lo más bello, y viceversa. Si algo nos legó Quijote, es su gusto por la lectura. No hay buenos ni malos libros, el acto de leer es un ejercicio positivo en sí mismo, independientemente de lo que se lea.

    Cuantos más textos, mejor: no hay nada más abyecto que alguien que solo ha leído un libro, porque solo tendrá un único punto de vista sobre la vida. Lea usted autoayuda, realismo finisecular, poesía vanguardista, canción urbana, la Biblia, el Necronomicón, las Soledades de Góngora, de Machado, el próximo premio Planeta, el pasado premio Nobel o este blog sobre literatura. Lea usted sin miedo, hasta volverse loco a la par que amado por sus amigos y por sí mismo. Porque leer es una locura, como lo es la vida.

    Los libros nos hacen más humanos, más felices, más libres. Confíe en leer para vivir.

  • Lo que sé de Francisco Casavella

    Lo que sé de Francisco Casavella

    Brindis ensayístico de la literatura catalana y contemporánea escrita en español. La sombra del Watusi es alargada, radiante.
    por Ricardo Rodríguez Boceta

    En el prólogo y el epílogo que adornan la obra de Francisco Casavella, El día del Watusi en Anagrama (2016), se da una coincidencia feliz: los ensayistas se habían tomado algo con el personaje y comentaban la anécdota que los había unido. «Nos metimos una raya como la Gran Muralla China» (K. Amat) o «El día del entierro de Francisco, pronuncié unas palabras y recordé cuando, en el bar, etcétera» (M. Otero). La suerte de haberse codeado —y colocado—, aunque fuera poco, con el novelista gigante les otorga la lira y la letra para cantar las hazañas de la literatura quinqui con la voz cazallera. Pero yo, Lector curioso, no he tenido la suerte de irme de copas con el paquidermo y no puedo presumir de escena prostibularia ocurrida en el Barrio Chino de Barcelona, hoy llamado «El Raval», que hiciera las delicias de los intelectuales políticamente incorregibles, entre los que, falsa modestia aparte, nos incluyo. Entonces, no me queda más remedio que arremangarme, encenderme un cigarro eterno, adoptar una pose, impostada, de chulo y contarte cómo conocí al verdadero Francisco Casavella. Ponte cómodo, Lector genial, pide un par de cervezas, que vamos a hablar de Literatura.

    Había una vez Barcelona, el Carmelo, para más señas. Yo vivía en un bajo sin cédula de habitabilidad, con vistas privilegiadas al ambiente charnego de Últimas tardes con Teresa y me enardecía creerme que era el Pijoaparte. Con la desfachatez que, ahora, me disfraza, comentaba mis ensoñaciones con una chica que gustaba de pasar el tiempo conmigo. Y fue ella la que me regaló, en un día cualquiera, un libro que «te va a encantar, es muy tú». La novela se titulaba El triunfo. En la portada salía un cartel, uno de esos que se enganchan con cola en las paredes de la calle, ajado, con un rostro sin cara que algún transeúnte habría arrancado por distraerse y por gamberrismo. Devoré la obra en apenas unas horas: no era muy larga. Ella dijo: «Mientras la lees, parece que estés canturreando una rumba, te dan ganas de bailar». De todas las reseñas, entrevistas y ensayos que han tratado la ópera prima de Casavella, no he encontrado una definición más acertada, así que la comparto contigo, Lector carísimo. De nada, dáselas a ella.

    En el estilo casavellano encontré a un escritor de un talento fuera de serie. Seguro que cuando piensas en Las Grandes Obras, te viene a la cabeza un programa parecido al ya extinto Negro sobre blanco en el que Sánchez Dragó se entrevistaba a sí mismo a través del intelectual de turno, con un currículum y una obra tan vastos que dan vértigo y dices: qué lejos estoy de ese tipo. Pero como has pateado lo suficiente y tienes lo que hay que tener, Lector valiente, sabrás que el arte aletea en cualquier parte, continuamente. Observas a la gente anónima interpretando su vida y parecen moverse al compás de un ritmo, de una música imposible. Y cuando devuelves la vista al libro que estás leyendo, quizás echarás de menos encontrar la calle donde tú estás ahora, las cosas que a ti te pasan o pudieron haberte ocurrido. Encuentras, por ejemplo, los paseos pequeñoburgueses, magistralmente narrados, de un Javier Marías que reflexiona sobre el divorcio inevitable. Luego te pones una canción cualquiera y recuerdas cuando estabas con alguien tú ya sabes donde haciendo tú ya sabes qué. Entonces le preguntas al libro que dónde está aquel descampado mágico donde solías perder las horas con tu amigo Jesús del Barriobrero. Lector amigo, yo te lo digo, como entonaba la canción del programa de Dragó, «todo está en los libros». La coordenada exacta: El día del Watusi.

    Si encontrares el mamotreto en tu librería de confianza, lo tomares con una mano firme y le dieres la vuelta, leerías algo así como: Fernando Atienza es un arribista que blablablá. Ni caso. Tomemos un poco de cerveza y adoptemos una visión escéptica de las cosas, a ver qué pasa. Imaginemos un pobre becario, de edad indefinida, con más trabajo que tiempo, al que le mandan escribir cuatro líneas sobre una obra de ochocientas páginas. Se habrá acercado a reseñas, entrevistas, opiniones ajenas, habrá leído como mi abuela en escuela: el primer capítulo, el del medio y el del final. Afirmar que el protagonista es un trepa es como decir: el Quijote es sólo un caballero andante.

    Si eres de los que te vas a Internet y escribes «entrevista francisco casavella», verás que aparecen no más de cuatro vídeos. Verás un señor con facha de tronado, departiendo en el plató demodé sobre su obra, con una pose tabernaria y un ingenio que ni el ingenioso hidalgo. Son tantas las novelas que beben, se justifican, se engalanan, con Cervantes. Decía García Márquez que era difícil escribir en español un diálogo entre personajes que no pareciese quijotesco: cuánta razón la de nuestro amigo el Gabo. Desatendiendo su consejo, muchos escritores se han lanzado a imitar, mejor o peor, la primera novela moderna en obras muy posmodernas. Y ahora viene la hipérbole, Lector amable, escucha: lo que más se le ha acercado, si no pasado por encima, sólo el tiempo lo dirá, es el Watusi. Viendo en la pantalla al escritor en su plática, notarás que le faltan algunas piezas dentales. Como todo el mundo sabe, el consumo reiterado de cocaína daña las encías, pero como te prometí, no quiero hablarte de drogas, noches y rameras. Como decía el eterno «el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho». No se puede resumir mejor ni decir mucho más en la frase. Y te aseguro, Lector suave, que muy pocos han andado y visto y leído tanto, con la misma ferocidad, como Francisco Casavella, jugándose la salud en la causa perdida que es escribir para nuestro deleite.

    Dejando de lado las frases por todos conocidas y los pasajes de galeotes, molinos y disparates, sin olvidarlos, la importancia de la obra de Cervantes, y la de Shakespeare, estriba en su propia concepción; lo que en estudios literarios ha tenido a bien llamarse metaliteratura: la historia más allá de la historia. Verbigracia: Hamlet representa para su tío una obra de teatro, mientras se representa Hamlet en el teatro londinense, en el gran teatro que es el mundo, donde todos nosotros participamos. Pues eso es lo que encontramos en el Watusi, un genio tan vivo, tan actual y tan eterno, que parece salirse de las páginas y formar parte de realidad y la ficción circundante. Fernando Atienza sobrevive en una vida que bien podría protagonizar cualquiera, vive los sueños y las pesadillas que tienes tú y pone en práctica algunos consejos de la autoayuda para llegar a lo más alto y para darse cuenta de que ha tocado fondo. Un extranjero en el barrio parnasiano de la Transición española, de las cloacas políticas y culturales de los años setenta, ochenta, noventa, de ahora. Hay un grupo de melenudos que se reúne todas las vísperas al 15 de agosto para celebrar El día del Watusi, hay personajes de la vida que piensan que el Watusi, como el Quijote, existe. Quizás porque desconocen quién los ha inventado, pero «lo que se pierde de nombre se gana de eternidad», Machado dixit.

    Mientras devoraba los tres tomos que lo conforman —Los juegos feroces, Viento y joyas, El idioma imposible— tenía que parar a veces porque pensaba que me iba explotar una arteria. En cada párrafo había una enseñanza sin moraleja, una genialidad infinita como lo oscuro, radiante. Podría ahora tomar el volumen que tengo delante y ponerte algunas citas que te dejarían rascándote la cabeza: espera, Lector paciente. Porque a diferencia de la poesía, tenemos la suerte de poder entender los versos dentro de una novela, lo cual hace que tu compresión, interpretación y capacidad de dilucidar, revienten e irradien.

    No quiero cansarte con mi verborrea, pero como te respeto, Lector todopoderoso, he querido hablarte en necio porque sé que no lo eres. Si te ha intrigado, ya sabes dónde está el resto de la mercancía: no te la acabarás. Venga, rematemos esto con una cita y brindis al estilo de Vilabrafim, abro el libro al azar, encuentro subrayado en lápiz:

    «Cuando las cosas son un fracaso todos echan a volar. Cuando son un éxito, todos empiezan a desconfiar de todos. Eso pasa en las mejores familias. La sociedad capitalista, Fernando. La propiedad es un robo, pero la vanidad es la vanidad y el miedo es sólo miedo».

    A tu salud, Lector salvaje. Camina por la sombra. Nos vemos por los libros.

    O el próximo 15 de agosto en Barcelona, durante El día del Watusi.

     BIBLIOGRAFÍA

    · Amat, Kiko. Antes del huracán, Ed. Anagrama, 2018.
    · Casavella, Francisco. El triunfo, Ed. Anagrama, 1990.
    · Casavella, Francisco. El día del Watusi, Ed. Anagrama, 2016.
    · Casavella, Francisco. Lo que sé de los vampiros, Ed. Destino, Premio Nadal 2008.
    · De Cervantes, Miguel. El Quijote, 1605 y 1615.
    · García Márquez. Cien años de soledad, Ed. Harper, 1967.
    · Marsé, Juan. Últimas tardes con Teresa, Ed. Seix Barral, 1966.
    · Mendoza, Eduardo. La ciudad de los prodigios, Ed. Seix Barral, 1986.
    · Shakespeare, William. Hamlet, 1609.

  • El profesor azul

    El profesor azul

    Tuve un profesor de literatura hispanoamericana que marcó a muchas generaciones de estudiantes de filología, aspirantes a críticos, ensayistas, escritores malditos y/o profesores de instituto. Sus lecciones eran pura adrenalina. Uno se sentía como si estuviera en el teatro, no como público solamente, sino como miembro activo de una obra que se representaba como si se tratara de una rueda de jazz, donde nadie sabe lo que va a pasar en el próximo compás y todos los artistas permanecen en estado de alerta. Había quienes sabían esquivar la mirada del profesor azul y mimetizarse con los muebles, había otros estudiantes para los que nos era imposible pasar desapercibidos.

    Photo by Pixabay on Pexels.com

    Aunque la lección parecía anárquica, seguía un hilo conductor bien definido: el principio de la clase enlazaba con el final de la misma, como en las buenas historias. Tampoco estaba exenta la exposición del maestro de figuras retóricas que pasaban inadvertidas a los estudiantes. Recuerdo que su preferida era la hipálage, quizá por cómo sonaba, quizá por su forma, o su dificultad para ser bien comprendida. César, acosado al pie de la estatua por los impacientes puñales de sus amigos, donde el adjetivo “impacientes” se traslada de “amigos” a “puñales” y estos objetos sin vida, pero vívidos, cobran un nuevo carácter. Recuerdo que cuando aparecía en alguno de los textos, solía preguntar cuál era la figura retórica que sostenía el verso o la frase, con su mirada, el profesor azul. Unas veces respondí, otras callé y respondió otro alumno más aventajado, su predilecto. También había veces en las que me equivocaba, pero ahora sé que mi error no me restaba credibilidad ante sus ojos. Lo importante es que el alumno sea partícipe de la obra que se representa en riguroso directo, en ese momento, aunque sea inesperada su intervención o lleve el contenido de la clase por un nuevo camino.

    Photo by Skitterphoto on Pexels.com

    Si la imitación es signo de admiración, nuestro profesor azul es la persona más admirada que conozco, por encima de los artistas que configuran el panorama nacional e internacional. Unos cuantos son los que cifran la elegancia con americana y vaqueros, o con unas lentes-quevedos, o dejan crecer sus cabellos, o miran intensamente al interlocutor y a la nada, o fuman cigarrillos con un aire de cantor de tangos, o llevan en un maletín de cuero; tanto en hombres como en mujeres hay rasgos bellos de su imagen. Yo quería contarme entre los que no, quise tener una voz propia, aunque más ronca y grave, pero la mía propia. Lo admiraba, pero yo intentaba no verme como una grupi.

    Han pasado diez años desde la última vez que fue mi profesor de hispanoamericana y la vida nos ha llevado a todos por distintos caminos. Casualidad o causalidad, encontré que su discípula, que ahora enseña literatura hispanoamericana en la universidad, lo iba a traer para una clase abierta, donde podían ir de oyentes a quienes les apeteciera. El profesor azul lleva años jubilado, podía ser una última oportunidad. Porque no tuve tiempo para pensármelo demasiado, allí me planté justo después de salir de trabajar en el instituto. Llegué un poco tarde, me senté en segunda fila, como hiciera en sus clases. Al cabo de pocos minutos en el aula, respirando aquel ambiente tan conocido y apenas recordado, donde uno se siente parte de algo importante, viajé en el tiempo y volví a ser universitario. Me sorprendí al verme reflejado en sus clases, al ver hasta qué punto yo imitaba su postura (los brazos cruzados sobre el libro), sus ademanes (el índice dibujando imposibles en el aire), sus muecas (una sonrisa ladeada, pícara), su pronunciación (un acento levemente afectado); también el uso de fragmentos para ilustrar la clase, las citas de poemas de memoria, las anécdotas de un pasado inventado o remoto donde fuimos el más rebelde, mostrando ahora una autoridad incostestable.  

    Photo by Pixabay on Pexels.com

    La clase se terminó en un aplauso. Recuerdo que los alumnos actuales de hispanoamericana se levantaron rápido y atendieron a sus móviles. Yo repasaba mis apuntes en un cuaderno que utilizo desde mis años universitarios. Quedábamos pocos en el aula y no hizo falta acercarme a su mesa para saludarlo, el profesor azul se acercó a donde estaba yo. Nos abrazamos y me preguntó cómo me iba. Le contesté lo mejor que pude responder en ese momento. Después de la clase, unas cervezas en el bar. Cuatro adultos que parecían extraños, pero a la vez conocidos. Los tres acompañantes que quedamos con él -la profesora de hispanoamericana actual, un antiguo compañero y yo- formábamos una pequeña corte. Durante ese par de horas que duraron las tres cervezas, pensaba en los distintos avatares de la vida: lo que quisimos que sucediera en diez años y lo que finalmente ha terminado pasando. Cuando estudiábamos, fantaseamos con el día en que nos reuniéramos otra vez y quizá imaginamos un mundo distinto. El tiempo es el mejor narrador que conozco. En aquella mesa del bar se sentían las ausencias, encontrábamos recuerdos felices y melancólicos, hablábamos de un futuro incierto para la literatura, se comentaba un pasado glorioso, se diseñaban proyectos a medio plazo.  

    El profesor azul hace años que se jubiló, perdió la visión de un ojo y camino va de quedarse ciego, según él mismo ironiza, para imitar a Borges. Está delgado y sigue fumando demasiado. Tuvo grandes sueños y grandes decepciones, aprendió a subir y a bajar de la torre de marfil, vivió experiencias que lo marcaron a fuego, como a cualquier ser humano, releyó de nuevo El Quijote durante la pandemia, nos contó, otra vez, la anédcota de Martín de Riquer y la alumna que no había leído el gran libro. Ahora que la vida había pasado para él, era un lujo poder estar al lado del profesor azul y demostrarle que allí estábamos para lo que hiciera falta. Nadie iba a evaluar a nadie, no nos debemos nada ni podemos darnos más que amor, y eso es lo mejor del mundo, la raíz de la literatura. A pesar de que, para mí, mereció mucho más que ser un profesor de insituto, impartinedo una sola asignatura en la universidad, a pesar de que considero que una de las desgracias de nuestro país es que no sabe valorar a los mejores activos que tiene por cuestiones sucias como la envidia o la inseguridad, si la vida me diera a escoger entre ser un grande y ser mi profesor azul, está clara mi decisión y la de mis compañeros.  

    Photo by Nicolas Postiglioni on Pexels.com

    Se marchó deprisa, como el que ha hablado y bebido demasiado, arguyendo que tenía que pasear al perro. Casi sin darnos cuenta, se había ido y nos quedamos un rato con esa sensación como de efervescencia emocional. Poco a poco fue volviendo el presente y lo que quedaba del pasado se fue desvaneciendo como un montículo de arena al viento.

    Al cabo de los días he pensado mucho en este último encuentro. De toda la conversación, de todo lo que pude o no decir, lo mejor fue lo que me salió del corazón una vez hubo terminado su clase el profesor azul y me miraba de aquella manera tan particular, preguntándome cómo me iba la vida. “Intentando ser cada día un poco como tú”. Rio brevemente, como hacía antaño, y mintió: “Seguro que ya me superaste”.

    Tuve un profesor de literatura hispanoamericana que marcó a muchas generaciones, sobre todo a mí.