Nota del Escribidor: Como el domingo pasado no hubo capítulo, esta semana se ofrece un doble capítulo. Pido disculpas a quienes esperaban la historia y me lo han hecho saber por distintos canales.
Índice de capítulos anteriores
1. Nada mejor que hacer,
2. Sólo el principio,
3. Tú estás loco
4. Escribiendo… y 5. Su corazón aplaudía
6. Día aciago, 7. Su ángel y 8. La solución
9. Invito yo
El tío de Roberto se llamaba Fernando y trabajaba como mecánico en el taller cochambroso que tenía justo debajo de su casa. Toda la familia del poeta vivía en un mismo bloque de pisos construido en los sesenta por el abuelo paterno. Se trataba de un edificio cuyo rebozado, antaño color pastel, se iba ennegreciendo cada vez más por la sucia humedad de la calle. Roberto vivía con su familia en el segundo, su tío Fernando en el primero y en el tercero habitaba una tercera hermana con la que no se hablaban. Federico estuvo esperando en la puerta de abajo, situada en un callejón que olía a cañería, mirando un gato que dormía plácidamente en el rincón menos inmundo del rectángulo. Pensaba que, para ser un poeta reconocido, Roberto debería guardar un poco las formas e intentar adecentar todo aquello. Luego pensó que quizá aquella podredumbre arquitectónica formaría parte de un decorado ideal para un poeta de extrarradio. Cuando estaba a punto de acariciar al felino, oyó la hoja del portal abrirse.
-Buenos días, chaval. -Saludó Fernando con un cigarro en los labios recién prendido. Era un hombre relativamente joven, quizá en la cuarentena, pero se movía como un chaval de veinte años, lo que le confería cierto aire de treintañero. Su nariz aguileña habría recorrido en rayas la distancia entre Barcelona y Tarragona ida y vuelta, pensó. Sonreía con todos los dientes de delante, mostrando algunas muelas ausentes a los lados. Vestía un mono de trabajo azul, como de mecánico, sucio. -Hoy tengo fiesta.
-Me ha comentado Roberto que alquilas un bajo.
-Sólo para la buena gente. -y guiñó, sonriente a su sobrino. -Podemos ir a verlo.
-Mi amigo Federico es muy buena gente, tito.
En dirección a su futurible casa, Federico se sentía exultante. Aunque no habían hablado de dinero, intuía que Roberto le habría dicho a su tío que la economía del inquilino no era muy boyante, aunque sí suficiente como para hacer frente a un pago pequeño. Además, se animaba Federico, estaban en un barrio obrero, cutre, cuesta arriba, con un trazado urbanístico como un laberinto. No se podía pedir demasiado. Lo que más le atraía de la idea es que, por fin, viviría solo, sin tener que aguantar a otro neurótico.
Roberto y su tío Federico iban hablando de asuntos familiares a los que Roberto no prestaba demasiada atención, solo la justa para no perder el hilo de las últimas palabras. Los tres fumaban mientras ascendían las rampas de las aceras, las cuales parecían no tener final. Todo era cuesta arriba en el Carmelo, todo era difícil en aquella Barcelona. Tío y sobrino parecían acostumbrados a aquel paisaje, nacidos allí como las serpientes en el desierto, no notaban las rigurosidades de su hábitat porque ellos eran su paisaje.
-Aquí es.
Fernando se detuvo delante de una reja. Parecía la entrada a un quiosco de chucherías encastado dentro de una edificación más grande, pero igual de carcomida. Sacó de su bolsillo un manojo de llaves y empezó a buscar la adecuada mientras el humo del cigarrillo se le metía por el ojo izquierdo. Sin inmutarse, escogió una llave verde y abrió un candado especial que abrazaba una barra contra el marco de metal de la reja corredera. La movió con dificultad como si de una persiana se tratara y dejó el espacio justo para que una persona pasara. Dentro había una puerta blanca, muy delicada, opaca, que el tío de Roberto abrió con otra llave que extrajo con un tintineo decadente.
Una vez vencidas las barreras que daban al interior, Federico recordaría que lo primero que le llamó la atención del sitio era su oscuridad. La tenue claridad de aquella tarde solo conseguía iluminar un breve espacio donde se reflejaba el suelo de baldosas marrón claro. Se distinguía un pequeño televisor y un sofá justo en frente. En medio había una mesa de té llena de polvo. Parecía más bien un pasillo que un salón. Fernando subió las persianas y la claridad dejó ver la cocina al fondo de la sala. El bajo había sido convertido en casa hacía tiempo, quizá a finales de los noventa. Se trataba en realidad de un local comercial cuyas dos ventanas miraban al pie de la calle por donde habían venido. Una estaba en el salón, la otra en la habitación, separada por un tabique. En la pared contraria estaba el baño que constaba de una ducha minúscula, un váter maloliente y una pica con espejo. Todos los muebles estaban juntos, como si pudieras hacer todo a la vez. Federico supuso que sería difícil acostumbrarse a aquella estrechez.
El tío de Roberto iba explicando cada una de las estancias moviendo las manos y sin dar demasiada información. Habló de que la luz eléctrica no estaba dada, pero que sería fácil proveerla. Como podía ver, el piso estaba completamente amueblado, para entrar.
Federico iba pasando los ojos de un lado a otro sin decir nada. Llegaron a un patio de luces, al cual se accedía por una puerta detrás de la cocina. Al entrar, la tenue claridad dotaba a las paredes mohosas de un tristísimo color gris azulado. El espacio no debería tener más de diez metros cuadrados, pero la sensación de ahogo era tal que parecía incluso más pequeño. Al mirar arriba, buscando el cielo cenital, la cabeza debía torcerse completamente. La espalda del edificio daba a aquel sitio. Al mirar arriba se veía la ropa tendida de los humildes habitantes de la morada, sus electrodomésticos baratos, sus tendederos con las pinzas puestas. Al bajar la vista, el panorama no era menos desolador. En el suelo había piedras y ruina, los restos de una obra inacabada. Había pinzas tiradas y un ambiente tan húmedo que respirar se hacía pesado. Aquello era un horror, pero Roberto y su tío Fernando actuaban con sincera normalidad, como si la casa fuera en verdad una buena oportunidad y estuviera limpia como los chorros del oro.
Al volver al salón, Federico se sentía desolado. Se preguntaba cómo demonios haría para vivir en aquel cuchitril infecto y no encontraba una respuesta convincente. De vuelta al salón, el arrendatario notó el silencio del arrendador y lo animó diciéndole:
-Con un poco de limpieza y un poco de vida, el piso parecerá otro.
-Sin duda, tito. Aquí hay un montón de espacio.
-Yo estuve viviendo aquí, ¿sabes? Pasé los mejores años de mi vida entre estas paredes.
Fernando barrió con una mirada nostálgica las paredes color crema. Federico no sabía si aquel color era por la pintura, por el paso del tiempo o por el polvo adosado a los muros. Se quedó unos segundos callado, sin decir nada. Sacó un cigarrillo de su bolsillo y todos hicieron lo mismo. Aquello era bueno. Dio un par de caladas y paseó de un lado a otro de la estancia. En realidad podría llegar a acostumbrarse: si el tío de Roberto había podido sobrevivir, por qué no iba a poder él. La cocina estaba pringosa y sucia.
-¿Los electrodomésticos funcionan?
-Funciona todo.
-Y si algo no funcionara, mi tío te lo arreglaría, ¿a que sí, tito?
-Sin problema. -dijo tirando la ceniza de su cigarrillo al suelo.
-¿Cuánto es el alquiler?
Los tres dieron una calada sin pronunciar palabra. Llegaba la hora de la verdad. Federico esperaba no tener que regatear, porque desconocía los rudimentos de esa estrategia comercial. Tío y sobrino se miraron fraternalmente y sonrieron al unísono.
-Sabes, Federico, -dijo Fernando- me caes bien. Me recuerdas a mí cuando era más joven. Cuando te he visto, he pensado que veía a mi yo de veintipico años, y ya han pasado casi veinte años de eso. Además, tu nombre se parece al mío y empieza por efe.
Federico se preguntaba en qué acabaría toda aquella perorata, pero permanecía callado.
-La vida en Barcelona -dijo remarcando la pronunciación de las sílabas de la ciudad- es cada día más cara y es muy difícil encontrar una oferta como esta. La verdad es esa.
-Pero tito, aún no has dicho el precio del alquiler. No te pases, que Federico es amigo.
-Se están pagando setecientos euros por un sitio como este en Barcelona. -repitió.
A Federico se le cayó el alma a los pies. Setecientos euros estaba completamente fuera de su alcance y lo sabía. Entre el transporte, la comida, las facturas y su exiguo sueldo, no llegaría ni aún con las mayores estrecheces a cubrir el precio del alquiler. Fumó sin saber muy bien qué decir. Sintió como la tristeza se le derramaba por dentro de sí.
-Anda, ya, tito.
Fernando dio una última calada a su cigarrillo, lo tiró al suelo del salón y lo apagó contra la baldosa marrón claro del piso. Su bota dejó un rastro de ceniza negra.
-Pero eres amigo de mi sobrino y, como te digo, me caes bien. Me recuerdas a mí cuando tenía tu edad y quería comerme el mundo y ya ves… -Se metió las manos en los bolsillos como si pensara en los avatares de lo que había sido hasta entonces su díscola vida- Voy a hacerte mi mejor oferta. Y es mi oferta definitiva. No la cambiaré por nada.
-De acuerdo.
-Quinientos cincuenta euros.
-Es una buena oferta. -dijo Roberto. -¿Qué opinas tú, Federico?
Federico apagó el cigarrillo en la pica de lo que iba a ser su casa en los próximos meses.
-¿Tengo que dar algún tipo de fianza? -preguntó con inocencia.
Un pensamiento cruzó como un rayo el pensamiento de Fernando, quien no había pensado en esa posibilidad. Dio apenas un pestañeo, hombre acostumbrado a las decisiones rápidas que otorga una vida dedicada al consumo nasal de estupefacientes.
-Ciento cincuenta euros.
Federico reflexióno un momento. Le quedaban doscientos euros en la cuenta y dos semanas para terminar el mes. Debería comer con apenas veinticinco euros la semana.
-¿Cuándo podría mudarme?
-Mañana mismo si quieres.
La perspectiva de abandonar la casa del gay tan pronto le parecía un sueño hecho realidad. Pagaría incluso con su propia alma por no tener que pasar más noches en aquel lugar asfixiante. Pensó en cuánto duraría las gestiones que debería hacer y dijo.
-El lunes, pasado mañana, me vendría bien. Siempre y cuando ya haya luz.
-Eso te lo arreglo en un momento. -dijo Fernando extendiendo una mano. Federico la estrechó mirándolo a los ojos y no pudo dejar de advertir una leve sonrisa pícara.
-Bueno, pues ya está. -Añadió Roberto. -Bienvenido al Carmelo, Federico.
-Muchas gracias, Roberto. -respondió agradecido, con los ojos emocionados.
-Ya me lo devolverás algún día, no te preocupes. -respondió con verdadera alegría.
-Pues yo me voy, chavales. -dijo Fernando marchándose- Nos vemos el lunes, Fede. Os dejo las llaves por si queréis echar un ojo tranquilos. Ya me las traerás tú, Robe.
-Muchas gracias, Fernando.
-No hay de qué. Hay que ayudar a que los chavales jóvenes salgan adelante. Está la vida muy mala. -suspiró hondamente y las aletas de su nariz se ensancharon- En mis tiempos las cosas eran más fáciles. Había dinero para la gente como nosotros. Las pesetas…
-Bueno, tito, no te pongas sentimental. Nos vemos. -dijo Roberto echándolo.
Fernando se fue tan alegre como había venido. Se quedaron Roberto y Federico solos en la estancia que hacía las veces de salón-cocina. En el silencio se oían las voces de los vecinos que venían del patio de luces. Se mezclaban con los ruidos que provenían de la calle, justo al otro lado de la cancela. Federico paseó de un lado al otro sin rumbo fijo.
-¿Vamos a tomar una cerveza para celebrarlo?
-Con esta operación financiera, casi no me queda dinero.
Roberto, poniendo una mano fraternal sobre su hombro dijo: -A la primera invito yo.
10. Vinagre y rosas
Antes de que llamara con dos golpes suaves a la puerta, había visto aparecer su silueta a través del cristal de la ventana. Traía el pelo suelto, como siempre que se ponía guapa. Aunque era otoño, vestía ropa ligera porque el tiempo aún era benigno. Llevaba los hombros desnudos y la rebeca en la mano. Federico se levantó del sofá donde fingía que miraba la tele y se apresuró a abrir la puerta. Martina entró en la sala como un rayo de sol. Sonreía y no decía nada. Caminaba despacio sobre las grises baldosas polvorientas.
-Así que este es nuestro nidito de amor.
-Supongo que sí.
-Enséñame la casa.
Pasaron de una habitación a otra y en apenas dos minutos ya habían visto todo el espacio que ocupaba aquel hogar sin cédula de habitabilidad. Al llegar a la cama -un colchón de 105 sobre un somier, sin cabecero- Federico esperaba que hicieran en amor. La abrazó por la espalda y apartó su pelo lago que caía sobre su cuello, para besarlo.
-Te has alisado el cabello.
-Sí… -dijo ella estremeciéndose un poco y echando la cabeza hacia atrás mientras las manos de él recorrían su cuerpo delgado- ¿Te gusta? -la erección era ya una evidencia.
-Me encanta. -dijo él sin parar de besarla. Sus manos empezaron a acariciar los pechos de Martina, lo cual era fácil porque llevaba un vestido vaporoso de fina tela veraniega.
-Un momento, campeón. -Y se apartó bruscamente. Sonriente añadió -Hay que limpiar.
Sin poder creerlo, Federico bajó las manos que durante unos segundos se quedaron tocando el aire. Volviendo despacio a la realidad, miró a su alrededor. Era cierto. Hacía falta una buena limpieza en aquel lugar oscuro. Más que una casa, parecía una cueva.
Quiso objetar que salir era peligroso. Podían encontrarse con Roberto y, teniendo en cuenta que había sido hacía unos meses el amante de Martina, que había quedado como el amigo eternamente enamorado y dispuesto a todo por ella, y que, además, era Roberto quien le había conseguido aquel lugar a Federico por intercesión de su tío, salir a pasear por el barrio constituía un deporte de riesgo que quizá acabaría a garrotazos. No se atrevió a exponer sus miedos por no quedar como un cobarde. Decidió salir y.
-Que sea lo que Dios quiera.
-¿Cómo? -dijo Martina que había encontrado en la cocina unas bolsas de plástico.
-Nada. ¿Estás lista? -dijo Federico con la mano sobre le pomo de la puerta.
-Yo siempre estoy lista, Ico.
Salieron a la calle cuando el sol de la tarde empezaba a desaparecer. Por suerte, el supermercado no se hallaba demasiado lejos de la vivienda, a apenas unos doscientos metros bajando, eso sí, una cuesta increíblemente pronunciada por donde subían milagrosamente los coches y hasta los microbuses, y por donde habrían de subir ellos luego con la compra a cuestas. Solo de pensarlo daba pereza, pero en fin, ya estaban bajando. Evitaban cogerse de la mano, como solían hacer, y hablaban animadamente como dos amigos que se han encontrado por casualidad en aquel barrio olvidado.
-¿Cómo te va en el trabajo?
-Muy bien. -Mintió él.
-Me alegro. Veo que te has adaptado bien a Barcelona. Ya llevas una buena temporada.
-Si no fuera por ti, todo habría sido mucho más difícil. -Se sinceró y ella sonrió por eso.
-Conmigo, todo es más fácil. Ya lo sabes.
-Tengo ganas de hacerte el amor. No me apetece pasar la única tarde contigo limpiando.
-No seas impaciente, Ico. Primero hay que dejarlo todo preparado para nuestro amor.
Ninguno de los dos había pronunciado las palabras clave y cada vez que salía el tema era de refilón, metafóricamente, entre líneas, como estaban haciendo en ese momento. Pero hacía tiempo que el corazón de Federico latía con fuerza por el de Martina, quizá desde el primer momento en que la vio, como ocurre siempre cuando eso se produce. Sin embargo, ninguno de los dos se había atrevido a pronunciar esas dos palabras que los unirían, de alguna forma, a la eternidad del recuerdo mientras ellos dos vivieran.
Al llegar al apartamento con la compra, no perdieron tiempo y se pusieron manos a la obra. Llenaron cubos de agua tibia, echaron los vaporosos productos de limpieza y las escobas fueron arrancando el polvo de años incrustado en el suelo. Pusieron música y abrieron las ventanas de par en par. Una brisa fresca, otoñal, penetraba en la casa suavemente, acariciando los brazos y el pelo de Marina, mientras Federico la miraba con arrobamiento. Ella estaba concentrada en una mancha del suelo que no terminaba de salir por más que la fregona pasara una y otra vez por encima, la frotase y volviera al agua oxigenada con friegasuelos. Llevaba el pelo recogido con una trenza y vestía ahora unas mallas ajustadas, como su camiseta, que dejaba ver su silueta de bailarina y su escote generoso. Sus pechos cimbreaban levemente mientras agarraba con fuerza el palo de la fregona, intentando borrar la impureza de aquel piso deshabitado desde hacía años.
A Federico aquella imagen le pareció de lo más evocadora. Llevado por un resorte, introdujo una de sus manos en el bolsillo derecho del pantalón de chándal que vestía y extrajo su teléfono móvil. Con un dedo tembloroso encontró el botón de la cámara sobre la pantalla y enfocó el cuerpo concentrado de Martina, sus manos agarrando fuerte el palo de la fregona y los mechones de su pelo temblando rítmicamente mientras frotaba.
-Mírame, guapa.
Martina salió de su concentración con cierto desconcierto como si se hubiera despertado de un sueño y lo miró. Cuando vio que se proponía a echarle una foto ella sonrió y se incorporó, agarrando el palo con su mano derecha, levemente apoyada en él como si este fuera el báculo de una sacerdotisa del amor carnal que entonces encarnaba ella.
-Anda que no te gusta verme así, ¿eh?
-No puedes estar más guapa.
Era cierto. La simple imagen de ella vestida en ropa de andar por casa, haciendo las tareas del hogar, le parecía algo tremendamente sensual. Cuando la foto estuvo tomada, Federico se dispuso a enseñársela y ella se acercó para verla, olvidando el cubo de la fregona y la mancha inextinguible del suelo. El olor de su pelo lo embriagó por completo. Una de las manos de él rodeó la cintura de Martina y la apretó contra su cuerpo, dejándole notar a ella la erección que palpitaba insistentemente, llamándola.
-Salgo fatal.
-Sales perfecta. -dijo él abrazándola suavemente. Empezó a besar suavemente su cuello.
-Llévame a la cama.
Contra todo pronóstico, aquella primera vez en el apartamento, hicieron el amor despacio. Como si fueran una pareja de muchos años que se entiende a la perfección, que no tienen que demostrarse nada más que amor, se tumbaron sobre el colchón con sábanas recién lavadas y se acariciaron fervientemente. Ella se quitó sola las mallas ajustadas que llevaba y él los pantalones. Se quedaron desnudos bailando al son de los abrazos y de los gemidos intermitentes que alguno de los dos emitía de vez en cuando.
El sexo de Federico parecía endurecido por la espera. Siempre en ristre, había dejado de palpitar pero se mantenía completamente firme como un mástil en el aire. Martina sorbía uno de los lóbulos de la oreja de él y ambos se dejaban llevar por un placer extático. El cuerpo de Martina estaba cada vez más caliente a pesar de la brisa fresca que entraba por el ventanal del cuarto, por donde de vez en cuando se oía la voz de alguien que pasaba por la calle, dando la sensación de que estaban así desnudos en medio de la acera. Los besos de Martina iban bajando por su cuello, pero se pararon.
-Quiero pedirte una cosa. -dijo ella bruscamente, como cambiando de tema.
-Pídeme lo que quieras. -contestó Federico sin prestar atención a lo que decía.
-Es en serio.
Fue entonces cuando él notó la rigidez de su cuerpo y la tensión en sus miembros, que se habían quedado quietos, como congelados. Se preocupó por un momento y su erección casi cimbreó un instante, asustado porque ella lo hubiera pensado mejor y quizá decidiera irse de aquella casa, de su casa, la cual le había conseguido Roberto, su examante y aún enamorado, quien hubiera vendido su alma por tal de pasar una tarde como la que Federico, a sus espaldas, estaba viviendo en el apartamento de su tío. O quizás se había rallado porque estaba lejos de su casa, del barrio de casas ricas al cual ella pertenecía como hija de un catalán burgués que había hecho negocio con los tejidos en una provincia de lejana, sin duda aquel nido de ratas no era digno de ella. O tal vez el problema era su pareja, el novio que tenía desde hacía tantos años, el cual no sabía nada de que Federico existía y a quien Federico obviaba su existencia cada vez con más dificultad como si se tratara de un fantasma o un elefante en una habitación llena de muebles de cristal de bohemia. ¿Así terminaba todo? Federico sabía que la respuesta podría ser que sí. Las cosas en la vida a veces terminaban de repente, como un sueño.
-Hace tiempo que quiero pedírtelo, pero no sé qué vas a pensar de mí.
-Martina, me estás preocupando. Suelta lo que tengas que decir. No tengas miedo.
-Prométeme que no pensarás mal.
-¡Qué voy a pensar!
Con el pecho tembloroso por la respiración entrecortada, Martina bajó un momento los ojos mientras un mechón de su pelo caía desde la frente hasta la punta de su pezón rosa.
-Me gustaría que me lo chuparas. Me gustaría mucho.
-¿Cómo?- dijo Federico sin entender. Otras veces habían practicado el sexo oral, lo habían tratado con naturalidad, así que no podía ser eso lo que tanto la perturbaba.
-Ya sabes. -se puso completamente roja. -El ano. -cogió carrerilla- Me gustaría que…
-¿Has dicho el ano?
-Sí. Me encantaría que me metieras la lengua dentro. Sé que es un poco raro pero…
La erección que hasta hace un instante amenazaba con caer cuan larga era, se alzó de repente como movida por un efecto milagroso, como aquellas palabras divinas que hicieron a Lázaro salir de su cueva y echar a andar. Otra vez Federico sentía la palpitación de su corazón allí abajo, como un reloj, tic-tic-tic-tic. Sonrió ampliamente.
-Nunca lo he hecho. Pero no me importaría probar.
-¿En serio? Yo te puedo enseñar cómo se hace.
-Pues tú dirás.
Se separaron un poco para que ella tuviera el espacio suficiente para moverse. Como estaban completamente desnudos, fue fácil para ambos moverse entre las sábanas. Martina se arrodilló sobre el colchón y se colocó al borde de la cama, con las pantorrillas y los pies en el aire. Sin dejar de mirar a Federico, con una expresión totalmente tomada por el deseo, se inclinó hacia delante, apoyándose en los antebrazos, haciendo que sus pechos colgaran rozando las sábanas. Arqueó la espalda y dijo:
-Ponte detrás de mí.
Federico se levantó obediente y un poco vacilante. Se puso detrás de la espalda de Martina y miró hacia abajo. Su sexo también parecía palpitar y se mostraba acuoso, un poco más arriba, se dejaba ver la negrura de otro agujero muy pequeño, hasta entonces casi invisible. Sin saber muy bien cómo proceder, Federico se incinó sobre ella. Con ambas manos separó cada una de sus nalgas. Como desconocía por dónde empezar, empezó a besar la distancia entre el coxis y el ano, suavemente, dejando que los labios lo fueran guiando hasta donde ella quería. Martina no decía nada y solo gemía con fuerza. De repente, Federico lo notó. Era una superficie más resbalosa y húmeda. Recordaría para siempre el sabor salado que tenía y el intenso aroma a cuero que desprendía. Martina casi gritaba de placer mientras su lengua exploraba las esquinas de aquella obertura circular que temblaba bajo la humedad de su lengua, abriéndose poco a poco como una negra flor. Cuando sintió menos resistencia, Federico introdujo su lengua a todo lo que daba, haciendo toda la fuerza de la que aquel órgano era capaz. Las piernas de ella temblaron de placer mientras una de sus manos guiaba la mano de él hacia su sexo, que había quedado olvidado en el aire. Ambas manos, la de él y la de ella, se frotaban contra la piel de Martina haciendo que esta casi echara fuego. Cuando la boca de Federico estaba completamente mojada por el numen de su cuerpo, con la lengua casi agarrotada por el esfuerzo obstinado y casi inconsciente de aquel órgano exhausto, ella se apartó mostrando una leve abertura y un temblor impaciente.
-Métemela ahora.
Sin decir nada, Federico obedeció y se introdujo en el cuerpo de ella con delicadeza. Por suerte, no fueron demasiadas las embestidas necesarias para que ella alcanzara el clímax durante tanto rato perseguido. Él se derramó dentro de ella como una lata de refresco que albergara más líquido que el permitido por las fuerzas de la física más elemental. Gimieron ambos casi ahogando un grito atávico y secular, saliendo de lo más hondo.
Cayeron sobre el colchón exhaustos. Las sábanas manchadas por las secreciones de sus cuerpos. Respiraban agitadamente mirando al techo sin ver la bombilla amarillenta que pendía de un pobre hilo de cable sobre sus cabezas como una espada de Damocles.
-Dios mío.
-Me ha encantado.
-A mí también. Ha sido espectacular.
Se miraron a los ojos. Los olores empezaron a ocupar la habitación y a hacerse presentes. Ese era el olor del sexo: dulce, espeso, cobrizo. El olor del alma y las vísceras, el olor del cuerpo detrás de los productos aromáticos que lo esconden. Parecía que aquel aroma los hermanara, como si sus almas se hubieran conocido de antes y aquel aroma lo revelara ante ellos. Sin apartar la mirada, confiados la una en el otro:
-Te quiero. -dijo alguien.
-Yo también. -respondió.
Ese era el olor del sexo, del amor, que huele a sangre y a mierda, a vinagre y rosas.
…oooOOOooo…
Nota del Escribidor: El próximo domingo se publicará una nueva entrega de esta historia. Hasta entonces, te invito a seguir explorando el contenido de esta página. Si el relato te gustó, por favor, no dudes en hacérmelo saber. Muchas gracias por estar ahí. Nos vemos pronto con otra entrega. ¡Un abrazo!
El Pobrecito Escribidor





