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  • Los ejes del pensamiento

    Los ejes del pensamiento

    La mente humana es casi tan infinita como el universo conocido y son tantas las posibilidades de conjugar una idea que el hecho de ponerlas en el papel es hablar solo de la punta del iceberg. En este artículo de exploran de manera sucinta las cuatro leyes o dicotomías más comunes que he encontrado en las obras, el pensamiento, el arte de Occidente y del resto del globo. A pesar de la variedad, parece haber coincidencias.

    El Amor y la Muerte

    Estos dos son los grandes temas de la literatura y del arte en general. De la combinación infinita de ambos elementos, se hacen todos los temas habidos y por haber que se pueden tratar en una obra de arte. La aparición del elemento amoroso como la superación de la muerte o la muerte como final inexcusable, son solo ejemplos de las posibilidades inagotables que ofrecen estas dos ideas. Invito al lector a pensar por sí mismo qué películas, libros, series, temas, conoce y vea hasta qué punto y en qué grado se relacionan con el Amor y la Muerte. Las dos ideas primeras que mueven el mundo.

    El Destino y el Libre Albedrío

    Mucha de la filosofía, tanto religiosa como profana, parten del rechazo o la asunción de una de las dos ideas. ¿Somos dueños absolutos de nuestra vida o cumplimos con un plan establecido? Según el sentir de los tiempos, la respuesta ha sido una o la contraria. Por ejemplo, las tragedias griegas exploran la idea de Destino como algo inevitable: cuando el héroe intenta huir de la profecía del hado, acaba encontrado su propia fatalidad en la carrera desesperada. Obras como las de Sófocles, siglos antes de nuestra era, exploran esta ironía. No obstante, la idea de que el ser humano no es dueño de lo que le sucede choca con el concepto de moral. Es decir, si el Destino del sujeto está escrito, el sujeto no es ni bueno ni malo, solamente una pieza en el tablero de Dios o de la Matemática. Por lo tanto, desaparece el concepto filosófico de Culpabilidad, sobre el que se sustentan todas las religiones. Por ejemplo, el catolicismo cree en el Libre Albedrío porque el ser humano puede decidir si es bueno o malo, y eso explica el mal en el mundo, porque muchos, como pueden escoger, deciden ser mezquinos. ¿Qué crees tú? ¿Vivimos determinados por nuestro destino o somos libres para elegir nuestro camino? Las respuestas son inacabables y los matices pueden ser muchos. Habrá quienes, inocentemente, piensan que son libres y a la vez creen que su futuro está escrito.

    La Civilización y la Barbarie

    También podría llamarse este punto La Inocencia y el Escepticismo, pero parece menos aclaratorio. El ser humano es el único animal que vive de espaldas a la madre Naturaleza. Este proceso, que lleva desarrollándose milenios, sume a la persona en una fuerte necesidad de reconectar con la fuente primigenia, y necesitamos irnos en medio de los árboles, subir una montaña, respirar la brisa del mar. Sólo podemos sentir por un momento, como de pasada, el breve sentido de nuestra vida cuando miramos la tierra, el campo, las montañas, el cielo, las nubes, los astros. No obsante, en general, somos inacapaces de vivir para siempre en medio de tales portentos, y deberemos encontrar refugio en la polis, entre los nuestros, y discutir en la plaza pública, antinaturalmente cuadrada, cómo vamos a organizarnos, quiénes serán los de arriba y los de abajo. Así, nos vemos traicionando a nuestra propia madre Naturaleza que, aunque lo es todo, también es cruel en su ceguera: mientras nosotros podemos admirarla, ella parece no querer vernos. Nos protegemos de sus terremotos y sus fenómenos atmosféricos extremos. La simple caída de la noche nos da una idea de nuestra solitaria debilidad. En un plano más actual, cada vez estamos más aislados del campo con nuestros aparatos tecnológicos y analógicos, cada vez más alejados de nuestra pureza, de nuestra inocencia animal, que por otra parte, puede ser brutalmente cruel y llevarnos a cometer los actos más reprochables. Los antiguos nómadas vivían en su barbarie con sus dioses crueles, sentándose en el suelo o bailando en derredor de la hoguera, comiendo poco y muriendo jóvenes, siendo la muerte su pan de cada día, tan natural como el agua clara del río y el cielo raso. Ahora, escribimos artículos sentados sobre una silla mullida delante del ordenador y tenemos problemas para conciliar el sueño. ¿Ahora estamos mejor? Indudablemente vivimos más, pero es mucho más difícil ser inocentemente feliz.

    La Duda y la Certeza

    Dos amigos y yo hablábamos de estos temas en un bar de barrio. Mientras cenábamos una humilde pizza, dibujábamos las líneas maestras del pensamiento humano. Lejos de la tertulia intelectual en la ubre, tratábamos los temas que habíamos leído en los libros y en la experiencia de estar vivos. Cualquier lugar es bueno para sentarse a filosofar si se tiene el fuego de las ideas encendido. Dudas y certezas tan necesarias como el aire que respiramos, que nos dan un soplo de frescura para continuar nuestra aventura humana. Uno de ellos afirmó, a raíz de lo expuesto, que debemos vivir con la contradicción permanente a cuestas. Creemos en una cosa y la contraria a la vez, y por eso somos capaces de dudar de todo lo cierto y creer a ciegas en cualquiera fantasma como el Amor, el Destino, la Civilización y la Verdad. Ya lo dijo el griego: Sólo sé que no sé.

    ¿Qué sabes tú?