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  • El último día en la URSS (Parte 2)

    El último día en la URSS (Parte 2)

    2. Perdón imposible

    A la salida del trabajo, mientras bajaba los pocos escalones que separaban la planta baja del edificio de la calle, miró al cielo gris. Un pájaro cruzó por su mirada de derecha a izquierda, tan veloz que fue imposible determinar su raza, era solamente una mota de instante en el sempiterno gris-asfalto del cielo. Arrebujado en su abrigo, encendió un cigarrillo y se encaminó hacia su vehículo que estaba aparcado unos metros más allá en el descampado solitario. Había terminado tarde de corregir unos exámenes y, a pesar de que sabía que no sería necesario acabar con aquella engorrosa tarea, sentía la imperiosa obligación de finalizar aquel cometido antes de que su vida cambiara para siempre. Muy probablemente, los funcionarios se encargarían de hacer desaparecer aquellas notas y esas correcciones nunca serían entregadas a sus destinatarios, pero esa certeza no restaba peso a su cometido así que, cuando dio la vuelta al último formulario y dejó el bolígrafo sobre la sobria mesa de madera, se sintió más aliviado y más ligero que antes.

    A pesar de todo, esa vaga sensación de amargura en los labios no lo abandonaba. Atribuyó, mirando al conglomerado de nubes, a la nostalgia próxima porque tardaría mucho en volver a ver a su mujer y a su hijo, aunque todo parecía dispuesto a la perfección. Abandonaría la URSS aquella misma noche, de una vez por todas, y no había marcha atrás. Continuar con la vida que hasta entonces llevaba habría significado un suicidio. Eran muchas las pruebas que lo incriminaban y, más pronto que tarde, la policía encontraría indicios de su culpabilidad: era un traidor a la patria y, para un ruso-soviético, ese delito se castigaba con la muerte; como todo el mundo occidental sabía.

    Andréi había servido en el ejército y luego, al terminar la guerra, había sido un eficiente agente del gobierno. Sus conocimientos de la lengua inglesa, que tenía gracias a una abuela de aquel país y a su facilidad para leer en ese idioma, lo habían convertido en una pieza fundamental de la diplomacia soviética. Había viajado por medio mundo como embajador comunista. Andréi era, según rezaba la propaganda, un héroe de guerra, uno de los muchos soldados valientes que sirvieron en la batalla contra el Mal y que consiguieron la Victoria para las generaciones venideras. Hubo una época en que los niños se hacían fotos con él y lo exhibían como un trofeo, pero en verdad era un agente soviético, entrenado para sacar información de debajo de las piedras del constructo capitalista. Había servido a su país con valentía y luego con inteligencia.

    No obstante, sus continuos viajes por el globo le habían dado una visión del mundo occidental distinta a la propaganda soviética del gobierno. Si bien existía la miseria, en general la gente se ganaba bien la vida y, aunque materialistas, las personas tenían tan buen fondo como cualquier camarada rusófono. Al otro lado del telón de acero no vivían las peligrosas alimañas que el Estado hacía creer a los demás. De hecho, aquellas gentes vivían mejor que cualquiera de sus compatriotas en Francia, Inglaterra, EEUU; países que había conocido como diplomático-espía confeso de la patria de Lenin.

    Todo cambió al ser padre. Hasta entonces no había pensado en el futuro de la nación y la vida se reducía al presente continuo en el que vivían él y la única persona que le importaba en todo el mundo: Natalia, su mujer. Pero la circunstancia de la paternidad había hecho que los engranajes que movían la maquinaria de su pensamiento comenzaran a cambiar por completo y se empezara a preguntar por el futuro que quería dejar a su pequeño Nicolai, quien ninguna culpa tenía de los avatares de la Unión Soviética. ¿De verdad quería que su único hijo viviera en aquel mundo gris? La voz que formulaba aquella traicionera pregunta se contestaba sola, y la respuesta era simple: No. No quería que su hijo se criara en aquel país maldito por sus propias virtudes y empezó a sentir la necesidad asfixiante de salir de allí, cuanto antes, y su nueva familia con él.

    Empezó a ponerse en contacto con personas del otro lado, y a ganarse su confianza dando con tino dosis de información comprometida. Aquello le granjeó buenos amigos los cuales quisieron ayudarlo en su situación. Sobre todo, agentes estadounidenses quienes eran los más interesados en fomentar el caos en el mundo soviético para destruir el régimen desde dentro. Gracias a su trabajo como diplomático, pudo establecer contacto con ciertas personas dentro y fuera del territorio que querían ayudarlo a destruir su propio país. No eran pocos los quintacolumnistas quienes conspiraban en la sombra con una sonrisa en los labios, quienes deseaban la caída de la tiranía para siempre. Pero el régimen tenía sus propios mecanismos de supervivencia y encontraba la manera de aguantar los envites de los traidores habituales. De hecho, con Andréi casi lo habían conseguido. Un buen día, mientras se preparaba para marcharse de viaje a Italia para participar en un congreso comunista en aquel país, fue llamado a la oficina. Su superior le dijo que sus servicios como diplomático habían terminado y que, de ahora en adelante, ocuparía la plaza de profesor en un instituto público de Leningrado.

    Andréi no preguntó, no se quejó ni protestó. Hacerlo habría significado la muerte. Un buen ruso asumía su destino con estoicismo, fuese cual fuese la orden debía cumplirla.

    La perspectiva de una pronta huida se había esfumado por completo, pero sus camaradas capitalistas habían conseguido dar con su paradero y consideraban que, por su nivel de conocimiento de los engranajes del Estado y de otros idiomas, además del ruso, podía ser una pieza fundamental de contraespionaje soviético al servicio de los Estados Unidos de América. A través de Igor, un confidente de los americanos, su corazón había conseguido mantener la luz de la esperanza gracias a un plan de fuga bien trazado. Todo estaba dispuesto: los pasaportes, el transporte, los sobornos. La idea era tomar un tren hasta la frontera con Finlandia y de ahí, tomar un vuelo directo a España, donde se reuniría con su familia y los tres se embarcarían en un buque estadounidense en una base al sur de ese país mediterráneo, que imaginaba soleado como una playa. Sólo tenía que hacer una única cosa: esperar en silencio la llegada del día de la fuga: el 20 de noviembre de 1975, es decir, el día que estaba viviendo en ese mismo instante.

    Antes de llegar a su coche, vio a Igor fumando un cigarro a lo lejos, detrás de unos árboles, enfundado en una gabardina marrón. Lo miraba con fijeza sin hacer ningún gesto, levantando la mano sólo para llevarse el cigarrillo a los labios y expulsar una nube de humo gris sobre el pesado cielo de aquella tarde. Sin hacer ningún gesto tampoco, pasó de largo y no subió a su vehículo sino que siguió avanzando hacia él, en dirección al lugar acostumbrado donde había mantenido otras reuniones breves con el viejo Igor en el pasado. Se trataba de un callejón oscuro entre dos condominios que daba a un descampado que siempre estaba moteado de charcos y de barro, por el cual nunca pasaba nadie a excepción de algún gato hambriento en busca de alguna rata. Preocupado por la inesperada visión de Igor, intentaba tranquilizarse con pensamientos positivos: probablemente la visita del confidente simplemente era algo rutinario, para repasar los detalles de un plan que sabía de memoria: a la hora convenida debería estar en el lugar indicado sin más equipaje que el que cupiese en los bolsillos de su gabán.

    Al llegar al fondo del callejón, por el camino más largo, Igor lo esperaba al final, recortada su silueta por el cielo gris y el suelo marronáceo del descampado. Ambos fumaban nerviosamente mientras Andréi transitaba los escasos doce metros que los separaban. Sin levantar la vista, casi sin mirarse, Igor reparó en su camarada y dijo:

    -Malas noticias. Misión abortada hasta nueva orden.

    Sabía que debía continuar de largo, tal y como indicaba el protocolo establecido en aquellos casos. La comunicación debía hacerse de pasada, corta, directa y claramente. Pero Andréi no pudo evitar que su corazón se derrumbara como una cortina que se soltara de sus rieles y cayera pesadamente sobre el escenario de su vida. Había esperado ese día con toda su ilusión y no pudo evitar detenerse en mitad de la calleja, frente a Igor, mirando al frente, mientras un gato pardo lo miraba con ojos famélicos de diablo.

    -¿Por qué?

    Igor le tendió un sobre. Andréi lo tomó al instante e Igor se marchó en dirección opuesta sin decir nada más. Ambos se separaron y Andréi retomó la marcha internándose en el descampado al que los edificios mastodónticos parecían dar la espalda. Pisando charcos y basura, Andréi abrió el contenido del sobre sin matasellos. Dentro había la hoja del periódico Pravda con la noticia de ese día. Franco ha muerto, rezaba el titular y se explicaban los pormenores que habían dado lugar al fallecimiento de aquel neblinoso personaje de la política española quien, con su muerte, hacía saltar por los aires el plan que había de llevarlo a España en las próximas fechas, tal y como había supuesto.

    -¡Maldito sea! -gritó en mitad de la nada. Un par de cuervos alzaron el vuelo asustados.

    Una lágrima se precipitó al suelo y cayó sobre un charco marrón. El reflejo de su cara sobre el cielo gris lo decía todo: estaba perdido, todo por lo que había luchado se había esfumado como el que sopla cenizas. Aturdido, sin saber bien a dónde ir, retomó el camino hacia su vehículo que lo esperaba solitario donde lo había dejado esa mañana.

    Ya en la berlina decidió encender el transistor y sintonizar el canal de noticias. Una voz gangosa le salió al paso y le informó, entre los muchos proyectos positivos que hacía la URSS para sus ciudadanos, de la muerte del dictador en España y la posibilidad que eso abría para la extensión del proyecto comunista en aquel país y, por ende, en Europa en general. Un representante del PC hablaba en la radio y se felicitaban por ese día feliz.

    -¡Malditos sean! -Andréi golpeaba con furia el volante de su berlina color ocre mientras avanzaba despacio por la carretera helada entre bloques iguales de edificios gemelos repetidos uno detrás de otro como las piezas de un austero dominó. -¡Malditos sean!

    Andréi lloraba. No es que tuviera especial simpatía por aquel personaje calvo y ventrudo, que ahora se había convertido en un viejo decrépito que había muerto de flebitis, no era eso lo que lo entristecía. El terremoto político que la plácida muerte del dictador había generado era de tal magnitud que provocaba el movimiento de las placas tectónicas sobre las que se construía el complejo bloque de la política internacional, que poco o nada tenía que ver con los intereses particulares de un país o de un individuo. Que Franco hubiera muerto era una buena o mala noticia para su pueblo, en eso Andréi no entraba y le daba absolutamente igual. Pero con su fallecimiento, nada volvería a ser lo mismo, es decir, todos los planes que se habían trazado hasta la fecha quedaban pospuestos, en revisión o directamente cancelados, como sabía que era su caso.

    Se había jugado demasiado en aquella aventura de la fuga y sólo esperaba que nadie se hubiera dado cuenta, que todo siguiera igual que siempre y que pudiera, al menos, continuar con las clases de Literatura que disfrutaba tanto. Amaba a su familia por encima de todas las cosas y esperaba encontrar en los placeres del hogar un nuevo motivo por el que levantarse cada día, aunque fuera en un mundo en blanco y negro.

    Aparcó donde siempre, subió con pesadez las escaleras hasta el tercer piso y abrió la puerta de su casa. Eran las cinco de la tarde del 20 de noviembre de 1975, un día que recordaría un país entero por muchas décadas, si no siglos, y Andréi Nicolaievich también. Al penetrar en su hogar, el olor a café recién preparado hizo que se alegrara. Natalia jugaba con el pequeño Nicolai en el salón y las risas de ambos se escuchaban desde la puerta. Atravesó el pasillo dejando las botas, las llaves y el abrigo en su lugar correspondiente, con una sonrisa en los labios de oreja a oreja. Mientras con pesados pasos cruzaba la distancia entre la entrada y el salón, la voz de su hijo decía: -¿Papá?

    Al traspasar el umbral de la puerta vio a su hijo y a su mujer sentados en el suelo que lo miraban con alegría infinita. Con los ojos llenos de lágrimas, Andréi cayó de rodillas y de hinojos comenzó a llorar blandamente frente a su mujer y su hijo. Ellos, sin entender, se quedaron quietos un minuto, mientras el cabeza de familia vertía lágrimas tiernas. Fue Natalia quien primero se levantó y abrazó a su marido diciéndole: -¿Qué ha pasado? El pequeño Nicolai se acercó también y abrazó a su padre repitiendo la misma pregunta; nunca había visto a su padre llorar como él hacía de vez en cuando, cuando estaba triste.

    -Os he fallado.

    -Cuéntame ahora mismo qué es lo que te pasa. -dijo Natalia imperativa.

    Aunque no tenía intención de confesar su secreto y sabía que por el bien de todos era mejor mantener el pico cerrado, Andréi no pudo aguantar más. Podía engañar a un país entero, un país que le había pedido muchos sacrificios como ir a la guerra, matar, mentir, despedir a familiares y amigos antes de tiempo, y un largo etcétera de heroicidades. Podía engañar a los soviets pero no podía seguir escondiéndose delante de las personas más importantes de su vida: su mujer y su hijo. Hoy les diría la verdad.

    -Tengo algo que contarte, Natalia. -Dijo de rodillas, suplicando un perdón imposible.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continuará en el próximo capítulo. ¿Qué crees que va a pasar?
    Sigue atento/a las actualizaciones de esta página todos los domingos por la mañana.

    Un abrazo,

    El Pobrecito Escribidor