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  • Las personas que no olvidaremos: Recital de Joan Reig en Constantí

    Las personas que no olvidaremos: Recital de Joan Reig en Constantí

    Son apenas las siete de la tarde y ya es de noche. En la puerta del polideportivo se agolpan cabelleras blancas y bien peinadas, las personas mayores del pueblo llevan unos quince minutos haciendo cola, el evento es gratis: concierto de Joan Reig y su banda. Estamos en Constantí, un pequeño pueblo industrial e industrioso cercano a Tarragona.

    Para quien no sea de Cataluña, hay que decir que Joan Reig es el baterista de uno de los grupos más influyentes en el panorama musical catalán desde los años 90 a la actualidad: Els Pets. Aunque percusionista, Reig ha escrito muchos de los himnos inolvidables de esta banda, como sabemos muchos de los que leemos las letras de las canciones en el librito de los discos y vemos quién las ha firmado. Si cantaran en inglés, serían algo así como los Eagles o cualquiera banda mítica del imaginario internacional.

    Marina y yo hacemos bromas sobre que bajamos la media de edad del evento. Como yo soy de Constantí también, distingo entre las cabezas venerables a algunas ancianas del pueblo: la abuela del Genís, la abuela de la Laura, la abuela del Joshua, etc. Las puertas se abren y recorremos el pasillo hasta la pista de patinaje artístico, la cual hace las veces de lugar de actos municipales como entierros, graduaciones o conciertos. Tomamos asiento en una de las primeras filas y esperamos a que la acción empiece. Mientras estamos sentados, vemos como la sala se va llenando paulatinamente hasta ocupar todas las sillas de plástico que hacen de butacas en el teatro improvisado del polideportivo.

    Fotografía de Marina Martí

    La luz se apaga y los focos iluminan a cuatro gatos-jazz que aparecen en escena. Músicos experimentados que uno imagina cruzándose en los pocos bares de rock que van quedando, tomando un wiski en la barra solos o con poca compañía. Ahora se muestran en su plenitud, con el instrumento colgando, sonrientes, hermanados por los ritmos sincopados que Joan Reig marca con su batería en el centro mientras interpreta. Para disfrutar más del espectáculo, sería ideal que, como en la ópera, desfilara la letra de los temas por una pantalla sobre el escenario. Las palabras de Reig cuentan historias que valen la pena ser leídas y el sonido del directo no siempre ayuda a distinguirlas bien. Aun así, uno disfruta de esa música con sabor a Dylan, a The Band, a Serrat y a Krahe.

    Las canciones se entremezclan con poemas recitados, todos hijos de la estilográfica de Reig. Las letras dibujan un sol blanco sobre la tapia del cementerio y el humeante café con leche en el bar de delante de casa, las fotos en sepia donde aparecen los que ya no están cuando eran más jóvenes y más eternos, el paso del tiempo irrecuperable, el misterio de estar vivo, retrata la muerte cotidiana y amable, como un viejo conocido, pero al que nadie saluda, sentado en una mesa de la esquina, al fondo del Bar El Casino.

    Otro de los temas que Joan Reig toca es la raigambre a la tierra, no en un sentido político -o no solamente- sino a las raíces, a los orígenes, a la esencia de uno mismo. Cuando uno lo piensa y ve al músico, con tantos quilómetros a sus espaldas, habiendo visto miles de caras desde arriba en el escenario, habiendo conocido el éxito, pienso: ¿por qué no se marchó, como hicieron todos? Constantí no es el pueblo idílico que uno evoca cuando piensa la palabra “pueblo”, se ha convertido más bien en una ciudad dormitorio aledaña a los polígonos industriales que sitian el municipio. Pero Joan Reig habla de los avellanos, de los surcos en la tierra, de los olivos que peinan el viento, de los caminos centenarios hacia otros pueblos antiguos como La Canonja o Reus. Joan Reig no solo es un artista de Constantí, él es Constantí. Amigo de los vecinos, de los que llevan allí desde que tienen memoria y los que fueron llegando, valorándolos por el peso de su corazón, como hacen los párrocos sabios o los intelectuales visionarios.

    La vida puede ser comedia, tragedia, sainete, dice Reig en algún momento del espectáculo. Las historias a veces tocan temas tabú como los abusos de un cura oscuro vividos en carne propia, o hablan de esa gran ce que se ha llevado a tantos tan pronto. El momento álgido del recital es cuando revisita un poema sobre su madre pintando una imagen poderosísima: cuando las manos se entrelazan, se aprietan muy fuerte, bajo la sombra de un día claro. Por el recuerdo indeleble de su mamá, se le quiebra la voz y él, y yo, derramamos una lágrima tan antigua como el mundo, un beso tierno de la tristeza.

    Al ir llegando al final del espectáculo, Joan ironiza sobre que hay dos enfermeras del departamento de salud que te ayudan con la depresión post-concierto. El público ríe y se tocan los bises, más alegres y movidos, para terminar arriba y recordar que la vida es bonica, aunque a veces complicada. Aplaudimos y vuelven las luces, recuperamos nuestra vida y recordamos que hace un frío de mil demonios porque el lugar carece de climatización. La corriente se llevará por delante a alguno de los ancianos, comentamos.

    De vuelta al corredor por donde habíamos entrado, salimos ordenadamente hacia la calle. De repente, nos detenemos un instante y veo que se ha parado la abuela del Joshua, una anciana que, desde que tengo memoria, siempre ha sido mayor. Ayudada por el brazo de su acompañante, unos años más joven, se ha plantado frente a uno de los acomodadores que están vigilando que la salida del recinto se haga ordenadamente, otro vecino conocido como Joan Déugràcies (Adiósgracias, por su traducción), y le espeta: ¡Pues no me ha gustado el concierto, porque era en catalán y a mí me gusta el castellano! El hombre sonríe como lo hacemos todos en la cola. Todo el pueblo quiere a la abuela del Joshua, todo el pueblo quiere a Joan Reig y el mundo está más hermanado. 

    Cualquiera que tenga corazón, aunque no sea de Constantí, de Cataluña, de Europa, podrá disfrutar de la letra y la música de este Bagatzem que ha construido verso a verso Joan Reig para que guardemos allí los recuerdos con las personas que no olvidaremos.

    Recordar con tristeza que el tiempo se esfuma es la mejor invitación para vivir felices.