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  • Técnicas efectivas para enseñar (Parte 3)

    Técnicas efectivas para enseñar (Parte 3)

    3. La pauta para una clase motivadora de una materia aparentemente aburrida

    Estaba pensado planear esta entrada del artículo en forma de historia, para hacerla más agradable para el posible lector/a que se acerque a estas páginas. Sin embargo, se ha optado por el sentido práctico de este texto, que quiere ser, en primer lugar, una herramienta efectiva para la gestión de aula, es decir, para sobrevivir a cualquier clase. Como las lecciones suceden dentro de un tiempo muy acotado (60 minutos), cada uno de los pasos que se irán detallando se sucederían por orden cronológico al entrar al aula.

    3.1. La entrada

    Cualquiera que haya sido estudiante recordará de aquellos años que había docentes que imponían nada más verlos. Estos parecían tener un aura especial que hacía que los alumnos de las clases más movidas se callaran rápidamente y sin necesidad de abrir la boca conseguían que cada alumno ocupara su asiento en silencio y con presteza. Lo primero que hay que decir es que, siendo estas historias ciertas, a veces están exageradas por la memoria del adulto y distorsionadas por la perspectiva de un chaval de doce o trece años. Los adolescentes, sobre todo los de primera edad, son más influenciables a los estímulos externos porque también son más sensibles. Con los años, la llegada de la madurez va matizando e insensibilizando las emociones, para bien o para mal. El caso es que no hay que esperar ser de la noche a la mañana como aquel profesor/a que sabía imponer el orden en un santiamén, pero sí podemos tomar algunas ideas para lograr algo parecido. Estos profesionales sienten una gran sensación se seguridad, de dominio de la situación, lo cual les hace transmitirlo a sus alumnos con su lenguaje corporal, con su aura, con la manera que tienen de abrir la puerta y de poner un pie dentro del salón.

    Por lo tanto, una de las claves del éxito para empezar una clase con buen pie es sentir el dominio de la situación, y para ello es importante saber cómo comenzar a desarrollar las actividades didácticas. Lo primero que hay que conseguir es la atención de los alumnos y, para ello, lo primero que debe exigir el profesor/a es que los alumnos/as estén sentados en su sitio correspondiente. Algunos pueden venir a la mesa a saludar, a poner el docente a prueba o a preguntar una duda, la respuesta debe ser tranquila, firme y amable: Siéntate en tu sitio. Mientras, el profesor/a irá dejando las cosas sobre su mesa, sin preocuparse demasiado por si es obedecido o no. No está de más hacer un aviso genera a que Todo el mundo esté en su sitio. Sin gritar demasiado, sin desgañitarse, utilizando el diafragma para proyectar la voz. Es simplemente un aviso, no una cuestión de autoridad personal, si la orden no se cumpliera, se trata de aplicar las consecuencias conocidas por todos y todas.

    Una vez que el docente ha conseguido abrir su ordenador y ya tiene delante el programa para pasar lista, se procede a decir el nombre y apellido de alumno por alumno. Muy rápidamente se irá formando un silencio, no hay que ponerse nervioso, lo único que hay que hacer es seguir pasando lista. Si algún alumno/a en ese delicado momento está molestando, hablando maleducadamente con el compañero/a o vemos que no ha ocupado su lugar en el pupitre, es un momento muy cómodo para poner una observación o una incidencia en el comportamiento, dado que no tendremos que andar abriendo el programa en mitad de la clase. Si se opta por esta opción, la decisión tiene que ser rápida y firme, sin miedo a las dudas, y siempre con cordialidad. Ciertamente, sería deseable que se produjera una situación así, para que el resto de la clase viera que las normas están claras.

    De hecho, es muy importante conocer cuáles son las normas y los procesos para gestionar el aula. Si el profesor conoce qué es lo que los alumnos pueden hacer y lo que no, se hace mucho más sencilla la gestión de la clase, porque se conocen las leyes que la rigen. Bien es cierto que cada docente hace una interpretación de las normas a su medida y que los alumnos poco a poco se van acostumbrando al estilo del profesor/a, pero debe haber unas líneas maestras que sean respetadas por toda la comunidad educativa. Por eso, lo que todos los docentes deberían exigir a su dirección es que las normas que rigen la clase sean compartidas de forma pública, para que en caso de existir algún conflicto sobre cómo se ha juzgado una medida, pueda consultarse que, por ejemplo, gritar de forma injustificada, es una falta de disciplina, que tiene su importancia y que ha sido aceptada por alumnos, profesores y padres. En caso de tener que poner una incidencia que implique comunicarse con la familia, esta comunicación debe hacerse con total educación y es recomendable acompañarla de una llamada telefónica, además de lo que se pueda escribir en el programa educativo para tal fin. Los alumnos temen más al teléfono que la falta en el ieduca.

    Una vez pasada la lista, la clase puede comenzar. Si se ha empezado con buen pie, terminará también de forma satisfactoria de forma muy probable. Ahora manos a la obra.

    3.2. El espacio teórico

    Hay muchas teorías educativas que abogan por darle la vuelta a la clase, hacer trabajos cooperativos, basar el aprendizaje en la solución de problemas, etc. Todas esas estrategias están muy bien, siempre que estén bien asentadas las bases que rigen el desarrollo de una clase normal, es decir, aquella en la que se avanza en la materia y el profesor/a espera poner una prueba o trabajo en el que se valore si se ha aprendido o no la materia que se ha impartido, no si el alumno/a es más o menos espabilado/a para ser simpático/as, amigo de sus amigos/as, agradable con el profesor/a, resiliente en la solución de un enigma o implicado/a en la participación sobre temas ajenos a lo que se imparte. No es que esas habilidades no sean importantes, en verdad son fundamentales, pero no componen el marco teórico del currículum de las materias, dado que hay docentes de lengua, matemáticas, ciencia, historia, música… y lo que la sociedad espera es que los niños/as aprendan sobre estos conceptos que la educación universal ha entendido como imprescindibles. En resumen, a un especialista le pagan para que enseñe lo que sabe.

    Partiendo de esta premisa, el momento más adecuado para desarrollar el marco teórico de la materia en cuestión es al principio, es decir, la explicación del profesor. Lo que los alumnos/as más valoran de un docente es que explique bien. Eso es una obligación que se debe proporcionar y toda la ciencia educativa debería abordar esta cuestión y este arte, dado que a veces se pierden en debates bizantinos ajenos al conocimiento y más de tipo sociológico o político. Si un profesor/a explica bien, ya tendrá casi todo el trabajo hecho. Para ello, el docente debe conocer su materia, debe estudiar su campo del saber, debe hacer sus deberes. No se está afirmando que el docente haya sabido su materia hace veinte o treinta años y no la haya actualizado, no es mejor profesional ni explica mejor el profesor/a que sabe mucho, sino el que se ha esforzado de forma reciente por entender lo que está explicando él mismo. Así, teniendo el proceso fresco, lo hará diáfano a los alumnos. Puede ser que el profesor/a ya sepa mucho de lo que explica y que los conocimientos que tiene sean muy superiores a lo que tiene que impartir en clase. Igualmente, el profesor tiene la obligación de formarse toda su vida profesional, y hacerlo de forma activa y muy concienzuda. El docente debe estar en la labor por aprender como lo están sus alumnos, así, podrá contagiarles el valor del esfuerzo, la satisfacción del trabajo bien hecho y la pasión por aprender. Aquel profesional que no quiera seguir aprendiendo, sería mejor que se dedicara a otra cosa. Además, no se puede exigir a los alumnos una disciplina y una motivación sino uno no trae la disciplina y la motivación de casa. Aquellos discursos quejosos que a veces se escuchan en la sala de profesores no solucionan el problema de la educación y, además, serían imposibles en el mundo privado. Como la educación, como la sanidad, como la justicia, son un bien público, razón de más para hacer estas labores con absoluto denuedo y responsabilidad. Así, los profesionales se ganarán la confianza de la sociedad, que ha depositado en su trabajo los valores más importantes de esta. Cuando el docente se ha esforzado por saber, los alumnos lo imitan.

    Pero la clase no debe ser teórica toda ella porque sería agotadora. El tiempo de la explicación no debería superar en ningún caso los veinte minutos. Tampoco deberíamos exigirles a los estudiantes de hoy en día una atención superior a ese tiempo sin saber que estarán haciendo un esfuerzo ímprobo por seguir el hilo. Una vez terminada la explicación, se puede pasar a la siguiente fase de la lección, y sirve para cambiar el chip.

    3.3. La hora de la práctica

    Toda lección debe tener un momento en que se ponga a prueba lo que se ha explicado. Puede ser con ejercicios, resolución de problemas, actividades varias, pero siempre relacionadas con lo que se ha explicado anteriormente. Para el diseño de esta parte de la sesión es muy importante tener en cuenta la capacidad de los estudiantes para relacionar el tema teórico con la práctica. De hecho, en la explicación, lo ideal es que el enseñante tenga muy presentes qué actividades va a pedir en la parte práctica, para así orientar todo su discurso explicativo de forma coherente y efectiva. Si se cumplen estas sencillas premisas, los alumnos ven que entienden lo que les han explicado, por muy difícil que les haya resultado al principio, y la cara de satisfacción que ponen nos se paga con dinero.

    Durante la resolución de las actividades se puede hablar. Los estudiantes necesitan comunicarse entre ellos para preguntarse dudas sobre los ejercicios, compartir puntos de vista, aportar cosas nuevas. Si se les deja, lo hacen de forma orgánica, sin necesidad de alterar el ritmo de la clase poniéndolos en grupos de cuatro o de cinco para hablar sobre un ejercicio muy poco productivo al fin y al cabo. Lo que les hace aprender es el día a día, el hecho de haber adquirido una dinámica, una fórmula, un método exitoso, variado, pero estable, para adquirir nuevas habilidades. Por lo tanto, el docente debe dejar que los alumnos intercambien opiniones y que el ambiente de la clase se distienda un poco.

    No obstante, el tiempo para la resolución de la práctica debe ser acotado, por ejemplo unos 10 o 15 minutos, como mucho, Al finalizar ese lapso el docente debe buscar la manera de ver si el trabajo se ha realizado y que el tiempo en clase ha sido aprovechado. Si es que sí, es bueno añadir puntos positivos y buena calificación diaria en la libreta de notas; esto motivará a los alumnos a hacerlo bien. Si es que no, será positivo igualmente fiscalizar esta falta de trabajo, reflejarla en los documentos de evaluación, para que el alumno, y quizás también los padres, sepan que su hijo/a no ha trabajado como debía. Hay días de todo y siempre hay que ser humano, por eso es importante ver el conjunto, el global del aprendizaje, y no basarlo todo en una o dos actividades estrella por muy bonitas que sean o por muy bien que quede la foto en las actuales redes sociales o en otros medios.

    3.4. El cierre

    Los últimos minutos, después de haber corregido u observado si se ha hecho el trabajo práctico, son ideales para el fomento de las relaciones humanas alumno/a-profesor/a. Si un chico/a lo está pasando mal, o bien, o regular, si han hecho una excursión, si están contentos o no con el ambiente de clase, si el tema les ha parecido interesante, si han aprendido algo, si recuerdan otra cosa que aprendieron en otro momento, en fin, si la faena se ha hecho bien, en el cierre se puede hacer casi cualquier cosa, siempre que sea desde el respeto a las normas anteriormente mencionadas. Hay que disfrutar de los momentos de distensión también porque hace que entre el enseñante y los aprendices se establezca un punto de unión y confianza que vaya más allá de la materia que se imparte.

    También es el momento ideal para ver un vídeo, leer un libro, realizar un debate distendido, etc. Un poco lo que vaya surgiendo. Se puede tener algo preparado, pero se debe dejar terreno a la improvisación porque esta también forma buena parte de la vida.

     3.5. Fin

    Siguiendo estas pautas no hay materia, por muy aburrida que sea, que se resista. No existe la fórmula mágica, ni para alumnos ni para profesores, y el que crea que hay atajos o trampas para llegar al mismo sitio se equivoca. Pero también se equivocan aquellos que piensan que el esfuerzo, la disciplina, el trabajo es aburrido, doloroso, pesado. Nada más lejos de la realidad, cualquiera que sea exitoso en su campo podrá decir lo mismo; y probablemente sea una persona muy feliz que transmite su alegría a los otros. Es así.

    …

    En esta entrega de artículos se irán desgranando algunos consejos y técnicas para la gestión de aula, dirigida a los muchos compañeros/as docentes que tengo y a cualquier persona curiosa que quiera reflexionar y ver por dentro cómo funciona la educación.

    Cada domingo se ofrecerá algún tema de debate a este respecto. Las opiniones en libertad de otros docentes o personas ajenas al ámbito de la educación serán bienvenidas. Muchas gracias por leer hasta aquí y si te has quedado con ganas de más te invito a seguir explorando este sitio. Cada domingo publico una historia nueva.

    Muchas gracias,

    R. R. B.

  • Estamos hechos de sentimientos, no de cables

    Estamos hechos de sentimientos, no de cables

    Seguro que conocen ese poema de Garcilaso “En tanto que de rosa y azucena” donde el poeta invita a una chica joven y preciosa a gozar de la vida cada segundo; si no lo recuerdan, me permito la libertad de transcribir los versos aquí.

    En tanto que de rosa y azucena
    se muestra la color en vuestro gesto,
    y que vuestro mirar ardiente, honesto,
    enciende al corazón y lo refrena;

       y en tanto que el cabello, que en la vena
    del oro se escogió, con vuelo presto,
    por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
    el viento mueve, esparce y desordena;

       coged de vuestra alegre primavera
    el dulce fruto, antes que el tiempo airado
    cubra de nieve la hermosa cumbre.

       Marchitará la rosa el viento helado,
    todo lo mudará la edad ligera,
    por no hacer mudanza en su costumbre.

    Lo digo porque hace poco estuve trabajando este soneto, el veintitrés, en clase, y hoy ha pasado algo alucinante, irrepetible. Ha sido uno de esos días normales y corrientes en los que llegas a la última clase exhausto de las cinco clases anteriores, pensando si habrá valido la pena el esfuerzo de las horas precedentes, si podrás enseñar algo a alguien.

    Cualquier experto en la materia diría que son malos tiempos para enseñar una asignatura como Literatura castellana en pleno siglo XXI. Parece una materia molesta en los planes de estudio actuales: todo es tecnología y ciencias exactas; o gamificación, simplificación y papilla. Pero yo no soy ningún experto y todavía no me he rendido.

    Me sorprendo cuando mis alumnas de bachillerato empiezan a descubrir de qué va esta materia donde pasaremos cuatro horas a la semana. Este curso me ha tocado un grupo en el que a duras penas se lee o se piensa en otra cosa que no sean las redes sociales. Cualquiera que mirara a mis alumnas desde la mesa del profesor pensaría que esas chicas no tienen interés alguno que las motive en los planes académicos, y menos todavía en aprender quiénes eran Garcilaso, Góngora, Ronsard, Horacio.

    Los padres, los profesores, los adultos sabrán de lo que hablo. Los testimonios descorazonadores copan los libros para profesores: ¡Estos chicos no tienen remedio! ¡No tienen ni idea de nada! Yo, a veces, también lo he pensado; pero la lección me la han dado hoy a mí, sin esperármelo siquiera; me hace plantearme si yo tengo idea de algo después de todo.

    Había que analizar el soneto XXIII de Garcilaso cuyo tema es el llamado carpe diem: “atrapa el día”, “vive el momento”, “coged de vuestra alegre primavera el dulce fruto”. El poeta invita a una chica joven a disfrutar los goces de la vida antes de que lleguen la vejez y la muerte. El tiempo, el inexorable pasar de “la edad ligera”, todo lo cambiará, por no cambiar, el muy malvado, de costumbre: pasaba en el siglo de oro y ahora. 

    Poco a poco, íbamos desgranado el significado de cada verso, de cada estrofa, sin perder de vista la unidad del poema en su conjunto. Paladeábamos la bella pronunciación de los endecasílabos: “el viento mueve, esparce, desordena”; buscábamos la rima con “azucena” y nos preguntábamos si aquella flor, junto con la rosa, tendrían algún significado oculto, alguna relación con el paso del tiempo, con los años fugaces.

    El tiempo de la sesión se terminaba y nos hallábamos en pleno éxtasis místico-literario. Veía en las miradas de mis alumnas cómo aquellos versos antiguos de Garcilaso se les estaban gravando en el corazón, sin ellas darse cuenta. Una vez vista la métrica, la rima, el tema y los símbolos, les pedí que escribieran para el próximo día una experiencia que a ellas les evocara el carpe diem. Es decir, un recuerdo o pensamiento que les recordara que había que vivir, aprovechar cada segundo. Les puse un ejemplo de mi experiencia personal. A mí me llaman mucho la atención las fotografías antiguas, en blanco y negro o en color sepia. Cuando en esas imágenes veo a niños o a jóvenes o a gente de mi edad, en la treintena, pienso en qué habrá sido de sus vidas, me asalta la idea de que esas personas no se imaginaban, en el momento que tomaban la foto (un baile, un acontecimiento, un día cualquiera), que yo las estaría mirando después de sesenta, setenta u ochenta años. Un día yo también seré un personaje de una foto así: un rostro quieto que grita ¡caarpe dieem… caarpe dieem! desde las lejanías del espacio-tiempo.

    Sonó el timbre y cada cual siguió con sus ocupaciones. Los problemas diarios me hicieron olvidar a Garcilaso y sus consejos hasta la siguiente clase de literatura, que ha tenido lugar hoy mismo. A última hora de un martes, hemos sacado los apuntes y hemos explicado lo que es el hiato, la sinéresis, la diéresis, los tipos de rima y el arte mayor y menor de los versos. Una de esas clases que lo dejan a uno exhausto. Quince minutos antes de que se terminara la hora, las alumnas me han recordado que teníamos que hablar del carpe diem. Y es ahí donde me he han dado la clase de literatura a mí.

    La primera alumna habló de su abuela. “Ella siempre me dice eso, que tengo que vivir cada momento, aprovechar la vida. Y a mí me da mucha tristeza cuando hablo con ella, pensando que un día no la tendré y no podré hacerlo”. Yo le dije que eso no era exactamente tristeza, pues era un sentimiento triste, sí, pero muy bonito. Además, su abuela tenía toda la razón.

    El clima de la clase cambió y se sentía una calidez muy íntima, como de una pequeña plaza. Otra alumna habló de su país, Ecuador, pensaba en el carpe diem cuando recordaba a su familia, que estaba allí en su mayoría y hacía muchos años que no veía, a pesar del amor. Debía haber disfrutado de cada momento cuando estuvo con ellos, sin duda lo hará al volver a verlos de nuevo, si es que eso es posible, porque los días van pasando.

    Alguien dijo que estaba a punto de llorar, ¿pero eso es malo? Otra habló de su padre, que ya no está. “Pienso en el tiempo que pasé con él”. No dije gran cosa, solo la escuchamos. Ella sentía que había que valorar cada momento, porque no sabes cuándo todo se va a terminar, cuándo dejaremos de estar con las personas que más amamos.

    Íbamos llegando al final, a punto de que el timbre rompiera la burbuja de ese momento único, sutil, como cuando entra una mariposa por la ventana. “Mi caso es un poco fuerte. Yo pienso en el carpe diem porque tuve un problema de salud muy grave.” Le dije si era una enfermedad larga y contestó con esa palabra tabú que da tanto miedo. “Estaba en el hospital y veía que la vida se me podía escapar”. Y, en esos momentos, ¿qué era para ti lo más importante?, preguntaba yo. “Las risas con mi familia, los buenos momentos en el hospital, la gente que conocí allí: con eso te quedas.” Ostras, vaya clase de literatura. A pesar de haber leído hasta la saciedad a Garcilaso, a Góngora, a Ronsard, a Horacio, he salido del aula en una nube, oyendo una voz honda que decía: ¡Carpe diem!  

    Y quizá haya esperanza para la Literatura castellana en estos tiempos aciagos para casi cualquier arte. Al final, los seres humanos estamos hechos de sentimientos, no de cables.

  • El profesor azul

    El profesor azul

    Tuve un profesor de literatura hispanoamericana que marcó a muchas generaciones de estudiantes de filología, aspirantes a críticos, ensayistas, escritores malditos y/o profesores de instituto. Sus lecciones eran pura adrenalina. Uno se sentía como si estuviera en el teatro, no como público solamente, sino como miembro activo de una obra que se representaba como si se tratara de una rueda de jazz, donde nadie sabe lo que va a pasar en el próximo compás y todos los artistas permanecen en estado de alerta. Había quienes sabían esquivar la mirada del profesor azul y mimetizarse con los muebles, había otros estudiantes para los que nos era imposible pasar desapercibidos.

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    Aunque la lección parecía anárquica, seguía un hilo conductor bien definido: el principio de la clase enlazaba con el final de la misma, como en las buenas historias. Tampoco estaba exenta la exposición del maestro de figuras retóricas que pasaban inadvertidas a los estudiantes. Recuerdo que su preferida era la hipálage, quizá por cómo sonaba, quizá por su forma, o su dificultad para ser bien comprendida. César, acosado al pie de la estatua por los impacientes puñales de sus amigos, donde el adjetivo “impacientes” se traslada de “amigos” a “puñales” y estos objetos sin vida, pero vívidos, cobran un nuevo carácter. Recuerdo que cuando aparecía en alguno de los textos, solía preguntar cuál era la figura retórica que sostenía el verso o la frase, con su mirada, el profesor azul. Unas veces respondí, otras callé y respondió otro alumno más aventajado, su predilecto. También había veces en las que me equivocaba, pero ahora sé que mi error no me restaba credibilidad ante sus ojos. Lo importante es que el alumno sea partícipe de la obra que se representa en riguroso directo, en ese momento, aunque sea inesperada su intervención o lleve el contenido de la clase por un nuevo camino.

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    Si la imitación es signo de admiración, nuestro profesor azul es la persona más admirada que conozco, por encima de los artistas que configuran el panorama nacional e internacional. Unos cuantos son los que cifran la elegancia con americana y vaqueros, o con unas lentes-quevedos, o dejan crecer sus cabellos, o miran intensamente al interlocutor y a la nada, o fuman cigarrillos con un aire de cantor de tangos, o llevan en un maletín de cuero; tanto en hombres como en mujeres hay rasgos bellos de su imagen. Yo quería contarme entre los que no, quise tener una voz propia, aunque más ronca y grave, pero la mía propia. Lo admiraba, pero yo intentaba no verme como una grupi.

    Han pasado diez años desde la última vez que fue mi profesor de hispanoamericana y la vida nos ha llevado a todos por distintos caminos. Casualidad o causalidad, encontré que su discípula, que ahora enseña literatura hispanoamericana en la universidad, lo iba a traer para una clase abierta, donde podían ir de oyentes a quienes les apeteciera. El profesor azul lleva años jubilado, podía ser una última oportunidad. Porque no tuve tiempo para pensármelo demasiado, allí me planté justo después de salir de trabajar en el instituto. Llegué un poco tarde, me senté en segunda fila, como hiciera en sus clases. Al cabo de pocos minutos en el aula, respirando aquel ambiente tan conocido y apenas recordado, donde uno se siente parte de algo importante, viajé en el tiempo y volví a ser universitario. Me sorprendí al verme reflejado en sus clases, al ver hasta qué punto yo imitaba su postura (los brazos cruzados sobre el libro), sus ademanes (el índice dibujando imposibles en el aire), sus muecas (una sonrisa ladeada, pícara), su pronunciación (un acento levemente afectado); también el uso de fragmentos para ilustrar la clase, las citas de poemas de memoria, las anécdotas de un pasado inventado o remoto donde fuimos el más rebelde, mostrando ahora una autoridad incostestable.  

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    La clase se terminó en un aplauso. Recuerdo que los alumnos actuales de hispanoamericana se levantaron rápido y atendieron a sus móviles. Yo repasaba mis apuntes en un cuaderno que utilizo desde mis años universitarios. Quedábamos pocos en el aula y no hizo falta acercarme a su mesa para saludarlo, el profesor azul se acercó a donde estaba yo. Nos abrazamos y me preguntó cómo me iba. Le contesté lo mejor que pude responder en ese momento. Después de la clase, unas cervezas en el bar. Cuatro adultos que parecían extraños, pero a la vez conocidos. Los tres acompañantes que quedamos con él -la profesora de hispanoamericana actual, un antiguo compañero y yo- formábamos una pequeña corte. Durante ese par de horas que duraron las tres cervezas, pensaba en los distintos avatares de la vida: lo que quisimos que sucediera en diez años y lo que finalmente ha terminado pasando. Cuando estudiábamos, fantaseamos con el día en que nos reuniéramos otra vez y quizá imaginamos un mundo distinto. El tiempo es el mejor narrador que conozco. En aquella mesa del bar se sentían las ausencias, encontrábamos recuerdos felices y melancólicos, hablábamos de un futuro incierto para la literatura, se comentaba un pasado glorioso, se diseñaban proyectos a medio plazo.  

    El profesor azul hace años que se jubiló, perdió la visión de un ojo y camino va de quedarse ciego, según él mismo ironiza, para imitar a Borges. Está delgado y sigue fumando demasiado. Tuvo grandes sueños y grandes decepciones, aprendió a subir y a bajar de la torre de marfil, vivió experiencias que lo marcaron a fuego, como a cualquier ser humano, releyó de nuevo El Quijote durante la pandemia, nos contó, otra vez, la anédcota de Martín de Riquer y la alumna que no había leído el gran libro. Ahora que la vida había pasado para él, era un lujo poder estar al lado del profesor azul y demostrarle que allí estábamos para lo que hiciera falta. Nadie iba a evaluar a nadie, no nos debemos nada ni podemos darnos más que amor, y eso es lo mejor del mundo, la raíz de la literatura. A pesar de que, para mí, mereció mucho más que ser un profesor de insituto, impartinedo una sola asignatura en la universidad, a pesar de que considero que una de las desgracias de nuestro país es que no sabe valorar a los mejores activos que tiene por cuestiones sucias como la envidia o la inseguridad, si la vida me diera a escoger entre ser un grande y ser mi profesor azul, está clara mi decisión y la de mis compañeros.  

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    Se marchó deprisa, como el que ha hablado y bebido demasiado, arguyendo que tenía que pasear al perro. Casi sin darnos cuenta, se había ido y nos quedamos un rato con esa sensación como de efervescencia emocional. Poco a poco fue volviendo el presente y lo que quedaba del pasado se fue desvaneciendo como un montículo de arena al viento.

    Al cabo de los días he pensado mucho en este último encuentro. De toda la conversación, de todo lo que pude o no decir, lo mejor fue lo que me salió del corazón una vez hubo terminado su clase el profesor azul y me miraba de aquella manera tan particular, preguntándome cómo me iba la vida. “Intentando ser cada día un poco como tú”. Rio brevemente, como hacía antaño, y mintió: “Seguro que ya me superaste”.

    Tuve un profesor de literatura hispanoamericana que marcó a muchas generaciones, sobre todo a mí.