En el pasado festival de Eurovisión 2022, una de las canciones me llamó la atención por encima de las demás. A pesar de las polémicas que ha suscitado el certamen, no me parecen al cabo de los días tan interesantes como la canción que trajo Serbia y el fenómeno que el tema significó. La propuesta se titula “In Corpore Sano” y la interpretación corrió a cargo de la cantante y compositora serbia Konstrakta.
La canción no tenía mucho. Ni la cantante era guapa, ni la puesta en escena era espectacular, ni la coreografía era difícil e imposible, ni hubo un vestuario provocativo. La canción se basaba en su mensaje, tomado de la expresión harto conocida Mens sana in corpore sano, cuyo significado todos conocemos por ese famoso anuncio de yogures. “Mente sana en un cuerpo sano” dejó escrito el poeta clásico Juvenal entre los siglos I y II y suena tan bien que todos lo hemos interpretado como una verdad incontestable.
La gracia es que el tema de Konstrakta le daba la vuelta al dicho latino y dice:
Mens infirma in corpore sano
Animus tristis in corpore sano
Mens desperata in corpore sano
Mens conterrita in corpore sano
Que en español se traduciría como “Mente enferma en un cuerpo sano, / alma triste en un cuerpo sano / mente desesperada en un cuerpo sano / mente asustada en un cuerpo sano”. Menudo mensaje, vaya torpedo en la línea de flotación a todos los vídeos que circulan por redes sociales y que promueven una vida de músculos, de belleza, de superficialidad, de vacuidad. Gente que vende todo lo anteriormente dicho como sinónomo de felicidad. Si un sujeto pasa la mayor parte de su vida musculándose, será feliz porque “Mens sana in corpore sano”. La simple observación de nuestra sociedad demuestra que esto no es así, solamente una argucia más para vender humo.
Me encantó la canción y su intérprete. Menuda valentía la de Serbia (que no es el país más simpático del mundo) al llevar un tema como ese, cantado en su propio idioma excepto las partes en latín. Qué bonito era y qué triste, porque iba a quedar entre las peores posiciones del certamen, porque vivimos en un mundo vacuo y superficial, en el imperio de las redes sociales y de los vídeos con dietas y planes sanos y motivadores. No iba a ser entendido, excepto por mí, un espectador distraído que estaba viendo el concurso casi por accidente, pero que disfruté como un verdadero eurofan.

Konstrakta me hizo pensar en uno de mis alumnos. Recuerdo su caso porque me ha impactado tanto que me ha hecho reflexionar mucho acerca del mundo en el que vivimos. Cuando conocí a Alex (nombre falso) él tendría unos quince o dieciséis años. Me fijé en él porque era del tipo de persona que destacaba en clase, de hecho, fue escogido delegado de su curso. Físicamente era del tipo delgado-atlético. Un chico que uno imagina corriendo y saltando, ágil como una liebre. Pensaba que muchas chicas de la clase beberían los vientos por él, y me parecía muy bien porque el chico lo merecía.
Nunca establecí una relación próxima con Álex, por eso nunca supe de su vida más allá de lo que uno se entera inevitablemente por la profesión: que quería estudiar el CAFE (Grado de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte) y que tenía problemas en casa. Quizá porque somos tan diferentes, nunca establecimos una comunicación especialmente próxima, como sí supongo que se produjo con otros compañeros. Los profesores de secundaria tenemos muchísimos alumnos cada curso y, aunque los recordamos a todos, es difícil hacer el seguimiento de cada caso. Álex era normal.
Andando el tiempo, ha pasado un curso y el siguiente. Álex está irreconocible. Resulta que para paliar sus dificultades emocionales se refugiaba en el deporte, o más bien, en el gimnasio. Cualquiera hubiera dicho que aquella era una buena receta para salir de cualquier problema, pero en el caso de Álex ha sido muy contraproducente. El chico atlético se ha transformado en una mole de músculo no demasiado alta, lo cual le confiere apariencia de gárgola con sobrepeso. Además, sus problemas en el ámbito personal no han hecho más que aumentar y la gestión que hace de los mismos es pésima: ha acabado teniendo problemas con algunos profesores y consigo mismo. En cierta manera, al principio, Álex me recordaba a mí cuando en su día empecé el bachillerato, pero hemos tomado caminos diferentes. Quizá nuestros problemas eran parecidos con la misma edad, pero mientras mi refugio fueron la música, los libros, los amigos y la vida, el refugio de Álex habían sido las pesas. Un chico que ha hecho lo que le exige su sociedad ha terminado desarrollando un trastorno por ansiedad considerable.

A partir de su caso, he ido observando otros similares. Chicos, generalmente, que se pasan el día en el gimnasio, en el parque, en el crossfit, buscando un cuerpo cada vez más definido y una felicidad prometida que nunca llega. Porque la felicidad es un estado mental y, si bien es necesario tener un cuerpo sano, el exceso de dicha salubridad puede conducir a todo lo contrario, y lo que se acaba produciendo parece ser una huida hacia delante: “como ahora estoy fuerte y aún no estoy bien, voy a tener un cuerpo aún más perfecto…” y por ese camino muchos como Álex acaban convertidos en monstruos.
La canción de Serbia en Eurovisión me ha hecho reflexionar y mirar con aún más escepticismo los vídeos de vendedores de productos dietéticos o de jóvenes influidos predicando una vida “sana”. Konstrakta demostró a toda Europa y a mí la trampa de los tiempos virtuales que vivimos, donde impera la imagen y se olvida el contacto estrecho, las distancias cortas, conocer a alguien y escuchar lo que tiene que decir, pasar el tiempo charlando, riendo, jugando a ser niños sin importar cómo tengamos el cuerpo. Qué pena que Serbia no fuera a quedar entre las primeras posiciones en el certamen, pero qué valiente había sido la propuesta y que poco importaba lo poco importante.

Pero con su propuesta, Konstrakta consiguió la quinta posición en la clasificación final. Una excelente clasificación para una canción que ni estaba en inglés, ni aparecían culos exuberantes, ni se trataba de un país políticamente simpático. Una mujer en los cuarenta, con una extraña palangana enfrente, consigue sorprender con su “In Copore Sano”.
A mí me hizo pensar. Y a Europa, también.
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