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    Barcelona / Elige el corazón / Capítulos 11 y 12

    Índice de capítulos anteriores

    1. Nada mejor que hacer
    2. Sólo el principio
    3. Tú estás loco
    4. Escribiendo… y 5. Su corazón aplaudía
    6. Día aciago, 7. Su ángel y 8. La solución
    9. Invito yo y 10. Vinagre y rosas

    11. Ya me vendrá

    Después de cenar, aunque Federico no cenó, lo llamaron a la puerta agitando la cancela metálica medio abierta, que cerraba por las noches o cuando salía de aquella casa. Al oír el ruido de metálico, se levantó de un salto del sofá, apagó el cigarrillo en el cenicero repleto de colillas y abrió contento la puerta. La cara de Roberto sonreía bajo el fuerte claroscuro de la farola que le iluminaba parcialmente el rostro. Estaba fumando un cigarrillo recién prendido y las formas del humo se recortaban contra el fondo negro.

    -Qué tal, Roberto.

    No respondió. Parecía distraído con algún pensamiento oscuro que había nublado su mente. Quizá había descubierto su relación, o sus relaciones, con Martina y venía a partirle la cara, a vengar su corazón roto. A la mejor guardaba en el bolsillo de su chaqueta un cuchillo que había robado de su casa y que quedaría, ensangrentado, sobre la gris acera de la calle, frente a su puerta. A Federico le parecía entrever aquellas intenciones en el silencio de Roberto, pero de todas formas echó a un lado la cancela que habría de servirle de parapeto y abrió los brazos para saludar al que era su único amigo en aquella ciudad tan económicamente asfixiante para un pobre diablo como él.

    Roberto entró a la casa sin decir nada y en tres pasos se situó en medio del salón, entre la televisión y el desvencijado sofá. Bajo la luz cenital de la bombilla, parecía que, ahora sí, iba a sacar el cuchillo y a clavárselo en medio de su corazón traicionero. Después él mismo se quitaría la vida, porque no valía la pena vivir en un mundo donde Martina no lo fuera a querer nunca. Muchas veces le había hablado de ella y Federico callaba con un silencio pesado, incómodo, incapaz de confesar, a su amigo, su traición.

    Le miró de arriba abajo y dijo al fin: -¿Qué haces así vestido, tío?

    Por unos segundos, Federico no pareció entender. Miró instintivamente hacia abajo, hacia su propio cuerpo, y vio las ropas que llevaba intactas, sin ningún charco de sangre que se extendiera desde su estómago hasta la pernera de sus pantalones de chándal.

    -Estoy vestido para estar en casa.

    -Pero es sábado.

    -Ya.

    Roberto escurrió la ceniza de su cigarro sobre el cenicero y dio una honda calada. El humo pareció inundar toda la habitación desde la puerta de la entrada hasta la cocina, lo cual no era difícil. Llevaba, como solía, camisa blanca con puntitos azules, metida por dentro de los pantalones, lo cual le hacía parecer mucho más mayor de lo que era pero conseguía disimularle la barriga. Tenía pantalones marrones claros y zapatos de cuero. Parecía un intelectual socialista de los años setenta. Por suerte no vestía chaqueta de pana. Federico podía llegar a entender que a Martina no le gustara, a pesar de ser un poeta reconocido, desde muy joven, por una de las mejores editoriales de poesía del país. Roberto era una gran promesa de la literatura, ¿pero Federico qué era? ¿Qué sería?

    -No tengo plan.

    -Para ser escritor, Federico, no coges las indirectas. Ponte una camisa que tengas por ahí. Esta noche voy a enseñarte el barrio, vas a conocer el verdadero Carmelo.

    -¿Cómo sabías que estaría en casa?

    -No tienes dinero para ir a ninguna parte. Siempre estás en casa.

    Sin poder objetar nada al respecto, Federico se encamino hacia su habitación mientras Roberto se acomodaba en el sofá y sacaba su teléfono móvil. Mientras decidía qué ropa ponerse, podía oír los improperios que de vez en cuando soltaba Roberto por la boca, mascullando palabrotas dirigidas a jugadores de fútbol de los que Federico desconocía los nombres. Se puso una camiseta limpia y pantalones vaqueros. Cogió una chaqueta que en letras grandes ponía “University” y salió hacia el salón cogiendo el móvil, las llaves, la cartera y el tabaco. Se echó un poco de agua fría la cara y se arregló el pelo.

    -Ya estoy.

    La zona que ellos denominaban El Carmelo, no referenciada así en el ordenamiento municipal, era el triángulo que se extendía entre tres paradas de metro: El coll / La teixonera, Carmel y Vallcarca. La historia de esas calles era la misma: inmigración y falta de servicios básicos hasta los años 80-90, que fueron subsanados para los Juegos Olímpicos del año 92 y se viera que aquella era una ciudad y un país moderno, donde si bien había pobreza, no había miseria. En aquella época, explicó Roberto mientras andaban cuesta arriba y cuesta abajo las calles, construyeron la Ronda de d’Alt, la carretera que abrazaba por el oeste a la ciudad de sur a norte. Para el trazado de aquella obra faraónica tuvieron que tirar innumerables casas, barriadas enteras. Lo que se salvó fue remodelado, se limpió la cara a la ciudad y se la preparó para la llegada del mundo.

    -¿Y qué fue de aquella gente que vivía en aquellas casas?

    -Eran nidos de rata.

    -Ya, ¿pero qué fue de ellos?

    -Supongo que se les reubicó… No lo sé. La historia de esa gente no interesa a nadie, excepto si un partido político piensa que eso le da votos. Pero es una historia olvidada.

    -Los escritores vivimos de cuentos olvidados.

    -Tú no eres escritor, Federico… Los escritores publican libros.

    Aquello le dolió tanto que casi se le cortó la respiración. No dejó mostrar sus emociones y prefirió soltar una carcajada breve, como un chasquido de lengua. Estuvo a punto de decirle algo así como: -Pero por lo menos Martina me quiere a mí y no a ti, poeta. Pero le pareció una crueldad y una falta tan grande de elegancia que se contuvo y se culpó.

    -Tienes razón. -dijo al fin mientras los pasos sonaban sobre la castigada acera. -La verdad es que últimamente no sé muy bien lo que soy… Ni adónde me llevan mis pasos.

    -Nunca sabrás adónde vas. Lo único que puedes hacer es saber dónde estás ahora. Mira, un poco más allá, detrás de la ronda, McDonald’s montó una casa para los padres de los niños que reciben tratamiento en el hospital Vall d’Ebrón. Fundación Ronald o algo así.

    Federico dirigió su vista hacia donde le decía Roberto pero iba tan inmerso en sus pensamientos que no consiguió distinguir nada en plena noche. Todos los edificios le parecían iguales: grises, marrones, oscuros. Pero el aire era fresco y el ruido del tráfico le resultaba agradable, como el rumor de un océano artificial sucio, colosal, fascinante. Doblaron una esquina hacia una calle empinada que subía hasta más arriba del cielo. 

    -¿De verdad tenemos que ir por ahí?

    A pesar de su leve sobrepeso, Roberto remontaba aquellas cuestas con mucha más facilidad que Federico, que estaba más delgado que el papel de fumar. Le sonrió.

    -Todo esfuerzo vale la pena.

    -Si tú lo dices…

    En silencio, subieron la cuesta. Federico empezó a sacar un cigarrillo al principio de la rampa pero Roberto le hizo un gesto para que se lo reservara. Empezaron la ascensión a aquella montaña de cemento sin mérito, sin cruz en lo alto, en silencio, oyendo el uno la respiración del otro. Las casas que se habían construido en esa zona no eran más altas de tres pisos, se veían viejas y con necesidad de reforma, aunque todas estaban habitadas. La calle tendría unos doscientos metros pero parecía de diez quilómetros. Resultaba imposible que se pudiera construir algo allí, pero la gente había encontrado el espacio, las fuerzas y las ganas suficientes para construir sus nidos de rata en aquellas cuestas imposibles, que deberían subir y bajar eternamente, hasta para comprar el pan.

    Cuando habían superado un poco más de la mitad de la calle, oyeron el gemido largo de un motor como el alarido mecánico de un cetáceo mitológico. Un microbús, con plaza para unas cuantas personas, empezó a subir la cuesta imposible desde el principio de la calle. El asfalto estaba un poco húmedo y Federico temía que las ruedas terminaran resbalando, haciendo caer el vehículo hacia atrás, estampándose contra los peldaños que servían en ocasiones para sortear la empinadura imposible de la acera. A pesar de sus pronósticos, el autobús consiguió superar la distancia de la calle, adelantándolos a ellos y repechando hasta la cumbre, donde había un estop. El conductor tuvo que reducir la velocidad pero por suerte, aquella vez, no tuvo que detenerse del todo. Si lo hubiera hecho, seguro que habría terminado resbalando y cayendo toda la calle cuan larga era.

    -Es imposible…

    -Es su rutina. -dijo Roberto adivinando los pensamientos de su compañero. -Llegamos.

    En lo alto de la cuesta, no había otra cosa que un muro que rodeaba un parque. Avanzaron por él junto a los grafitis y las pocas estrellas calladas que se dejaban ver en el cielo. La luz de las farolas, que allí era amarilla, daba a la avenida plana un aire avejentado, separado del siglo que mucho más abajo se vivía en la ciudad condal.  

    -Ese bar sale en Últimas tardes con Teresa, de tu querido Marsé. Pero está cerrado ya.

    -No me vendría mal un bar ahora.

    Llegaron a la valla de un balcón urbano. La ciudad se extendía a sus pies como un manto iluminado, con hilos rectilíneos que se entrecruzaban con otras calles perpendiculares. El trazado de Barcelona, tan brutal y antinatural resultaba fascinante cuando se lo miraba desde las alturas, desde los montes donde vivían los ricos en palacios de Pedralbes y Sarriá, pero también desde aquellos barrios obreros, nidos de rata como los había denominado su amigo, natural de ese lugar mágico, que dejaba ver la cara más bella de la ciudad, como una joya junto al mar Mediterráneo, tierra de nadie.

    -Esta ciudad es preciosa. Quizá la ciudad más bonita del mundo.

    -Estoy de acuerdo contigo.

    Se quedaron un rato en silencio, mirando la constelación de luces artificiales que iluminaban las carreteras, las calles, los edificios. Era sábado y la ciudad, a lo lejos, bullía en silencio. Las luces parecían titilar al calor de la noche de aquel otoño raro. Quizá todo acabaría saliendo bien y los problemas se solucionarían solo con quererlo.

    -Es por aquí. -dijo Roberto detrás de él. Se había alejado unos pasos y se encaminaba calle abajo, con un cigarrillo encendido. Federico reparó en su figura. Era un tipo amable este, dotado de una magia especial. No podía entender por qué Martina no se había enamorado de él, habiendo compartido una aventura que se terminó hacía poco. No podía seguir ocultándole lo que él y ella estaban haciendo a sus espaldas. Aquello no era bueno, ni sano, ni noble. Esa noche le confesaría su relación con Martina y quizá él podría llegar a entenderlo. Decidido, se encaminó hacia su amigo carmelita.

    -Tengo algo que decirte, Roberto.

    -Dímelo cuando lleguemos al bar. -contestó encendiendo otro cigarrillo con la punta del anterior que acababa de terminarse. El sueldo de Roberto como profesor de literatura se iba en comprar cajetillas de Marlboro. Consumía alrededor de dos paquetes al día.

    El bar estaba en una calle que hacía cuesta abajo, enterrado en el hormigón gris de un edificio bastante alto, de los setenta, que tenía parterres de setos a cada lado de los portales. El sitio se llamaba “El Pelat” y estaba lejos de ser un bar adecuado para dos jóvenes intelectuales que buscaban hacerse un hueco en el panorama literario de la ciudad. Era, como su propio nombre presagiaba, un bar de borrachos, como tantísimos otros que hay en cualquier barriada, con sus parroquianos de mirada perdida y rostro demacrado por el alcohol y el tabaco. Era sábado y el ambiente, al abrir la puerta de cristal transparente, era muy alegre y acogedor. En el interior sonaba, sobre la música ambiente, el sonido estridente de la algarabía de las conversaciones y la camaradería. Se sentaron en la única mesa que había libre en aquel cuadrado de no más de diez mesas. Todo el mundo estaba de pie, de aquí para allá. Unos pedían en la barra, otro jugaba a las tragaperras, uno venía del baño rascándose la nariz y otro entraba detrás de él. La gente se llamaba a gritos y parecían conocerse todos entre sí. Roberto estaba feliz.

    -Este es el verdadero Carmelo, Federico.

    -Ya veo. Entiendo que te entusiasme. Este sitio es maravilloso.

    -Voy a saludar.

    Roberto se levantó y se dirigió hacia la barra. Como un cincuentón experimentado, se apoyó con ambos codos y comenzó a departir con la camarera, una señora que podría ser su madre si hubiera encontrado tiempo para criar un hijo. La mujer sonreía y asentía, dedico una mirada a Federico y este cabeceó a modo de saludo. Luego continuaron a lo suyo. Entre los parroquianos que formaban aquella clientela, la mayor parte de ellos hombres, había un viejo con el pantalón manchado, de unos sesenta o setenta años. Llevaba una barra de pan metida en una bolsa de tela. Estaba hablando alegre con otro tipo más joven, moreno y alto, de nariz aguileña y mirada penetrante, quien de vez en cuando le daba golpecitos en la espalda y reía ampliamente. Federico suponía la historia de aquel anciano. Su mujer, aquella mañana, lo había echado de casa con la excusa de que saliera a comprar el pan. Era casi media noche y todavía no había vuelto. Aquel día, como quizá tantos otros, no se había comido el pan en casa, papá estaba ausente dando una vuelta, hablando con un tipo que le robaría la cartera a la primera de cambio. Ese señor prefería estar en la calle que en casa con su sufrida mujer, que tanto lo había aguantado. Sin embargo, allí estaba. Un drama muy habitual en los barrios de periferia de las ciudades, pero en el bar no había drama. Todo era alegría provocada por el elixir engañoso que a todos habría de llevárselos por delante antes de tiempo, o quizás no, el alcohol. Droga maldita y letal, absolutamente legalizada y normalizada en la sociedad.

    -Te he pedio una cerveza.

    -Chin-chin. -dijo Federico alzando su botellín para brindar. Bebió el líquido dorado y de tan fresco y sabroso que estaba le pareció que estaba tomando ambrosía en el paraíso.

    -Ese es don Ramón. -Roberto se había dado cuenta de que estaba mirando al viejo.

    -Todavía no ha vuelto don Ramón de comprar el pan.

    Roberto rio por la ocurrencia, dándose cuenta de que, efectivamente, aún llevaba la bolsa del pan a cuestas, sucia y rebañada de toda la mugre de los bares de la ciudad.

    -No tiene un sitio mejor al que volver. -se puso serio- Su mujer murió el mes pasado de una enfermedad larga. El pobre hombre ha sufrido como un condenado…

    -Vaya. Pensaba que su historia sería más alegre… -dijo Federico.

    -Si quieres te lo presento.

    -Déjalo estar. Oye, Roberto, tengo que hablar contigo. Tengo algo importante que…

    Roberto se quedó callado un momento, como si no lo escuchara. Luego dijo sin más.

    -No puedo olvidarla, macho. Sueño con ella todas las noches y no consigo sacarla de mi cabeza. -dio un trago largo a su cerveza, queriendo ahogarse dentro de la espuma. -Sé que lo nuestro se ha terminado pero no consigo hacerme a la idea de que nunca más la tendré entre mis brazos… Mira, odio ponerme cursi. Sé que tú eres su amigo, que te llevas bien con ella, podrías intentar hablarle de mí, a ver si la cosa tiene posibilidades…

    -De quién me estás hablando, tío.

    -De quién va a ser. ¡De Martina, hombre! Mi único y verdadero amor.

    -Verás, Roberto, Martina y yo…

    -Sí. Ya sé que sois amigos. Quizá tú mismo andes un poco enamorado de ella. No me extrañaría. Sácatelo de la cabeza, Federico, ella es demasiado para ti, y para mí también.

    -¿Por qué crees que no tendría ninguna posibilidad con ella?

    -¿Tú te has visto?

    Federico se sintió profundamente ofendido. Por un momento deseó estrellarle el botellín de cerveza que tenía entre las manos en la cara colorada de su acompañante, quien había pagado las cervezas porque él no tenía dinero. Se contuvo sintiéndose una rata. Decidió, para pasar el mal trago, dar un sorbo de la cerveza que poco a poco iba calentándose entre sus manos. Al terminar, posó su mirada sobre don Ramón, que miraba hacia ellos también con unos ojos vacíos, ahogados. Posó la botella en la mesa y sonrió de nuevo.

    -Supongo que tienes razón.

    -Pues claro que la tengo. Yo nunca me equivoco en esas cosas. No quería ofenderte.

    -No lo has hecho, tranquilo.

    -¿Qué era aquello que tenías que decirme? -dijo levantándose de la mesa para ir a la barra a buscar dos cervezas más, la suya se había terminado hacía un momento.

    -Nada. Se me ha olvidado. Ya me vendrá.

    11. La luz no se encendió

    Estaba muy nervioso y hacía calor. A pesar de que la ventana que daba al pequeño balcón estaba abierta de par en par, no corría la más mínima brisa de aire. La ciudad se cocía en su propia salsa y burbujeaba en un rumor de coches, motos y autobuses que casi parecía ser el susurro de un mar de plástico, metal y asfalto. Las paredes parecían más estrechas de lo habitual en aquel pequeño salón del piso de Bon Pastor, que carecía de aire acondicionado. El verano se resistía a querer marcharse aquel año y todo parecía sudado. Las paredes de los edificios lucían manchurrones oscuros por la humedad. Ioan no tardaría en aparecer y nada sospechaba de las intenciones evasivas Federico.

    Se levantó de un salto y sintió el tirón de la tela del sofá, imitación de la piel, contra la piel desnuda de sus piernas que dejaban al aire un pantalón corto. Fue una sensación desagradable, como el ruido de una tiza al chirriar en la pizarra o el de una botella de plástico que se contrae sobre sí misma produciendo un ruido que le daba dentera.

    Paseó de un lado al otro. Eran casi las siete de la tarde. No podía tardar. Federico fue al que había sido su cuarto durante aquella temporada y revisó sus maletas. Había dejado la habitación como la encontró: sin sábanas, sin ropa, sin ordenador. Solo quedaba en ella el olor de un último cigarrillo que fumó junto al quicio de la ventana con Martina, motivo por el cual terminaron discutiendo él y Ioan de forma muy cruenta. Al tipo le molestara que su joven inquilino fumara, a pesar de que no lo hiciera en la habitación y tomara todas las precauciones posibles. Sin embargo, el olor se impregnaba en todas las cosas y reptaba hasta las fosas nasales del rumano barcelonés, produciéndole una incomodidad insoportable que Federico, como fumador empedernido, no podía comprender. Al fin se habían serenado los ánimos pero aquella discusión supuso el inicio de una incomodidad latente que en ocasiones se volvía insoportable. Ya no compartían el mismo espacio en el salón, evitaban cenar juntos o siquiera cruzarse, Ioan se había vuelto más exigente con el tema de la limpieza y hacía peticiones absurdas, no perdonaba que Federico se olvidara de poner la pasta de dientes en su sitio y andaba siempre mosqueado. En todo el tiempo que estuvieron viviendo juntos, nunca le conoció un novio o un amigo. Ioan era un tipo bastante solitario pero siempre tenía muchas cosas que hacer y, por suerte, casi no paraba por casa. Era ingeniero en una empresa donde le pagaban poco y le trataban bastante mal, según explicó un día.

    Una vez comprobado que todos los cajones y armarios estaban vacíos, volvió al salón con las manos en los bolsillos. Aquello parecía el fin de una relación amorosa y le pareció ridículo. Compartir piso era una soberana mierda, pero en Barcelona no había más remedio: la gente tenía que aguantarse para poder pagar la renta de la vivienda. Personas que no se querían estaban condenadas a vivir en menos de cien metros cuadrados, como si de un juego macabro se tratara. Cada uno con sus manías y sus vicios, con sus secretos de alcoba y sus perfumes, con una intimidad mancillada por la compañía de extraños. A Federico aquello siempre le había resultado insoportable. De repente, se oyó un tintineo de llaves en el rellano y la puerta de la entrada abrirse. Ioan vestía pantalones muy cortos, que dejaban ver hasta la mitad de sus muslos de un blanco huevo, casi amarillo, sin un solo pelo en sus piernas depiladas. Vestía una camiseta de tirantes un poco holgada. Sobre el hombro llevaba una bolsa de deporte. No se había duchado en el gimnasio, lo haría ahora al llegar a casa, supuso Federico. Antes de saludarse, se fijó una última vez en él mientras se cambiaba los zapatos en el diminuto vestíbulo del edificio. Se había cortado el pelo, como hacía habitualmente. Iba rapado y su pelo corto dejaba ver la forma de un cráneo redondo, excepto por la coronilla, donde se aplanaba súbitamente. Eran detalles imperceptibles para cualquiera que no fuera su pareja o su compañero de piso, alguien harto de verlo sistemáticamente. Aunque iba al gimnasio tres veces por semana, no se le veía un solo músculo en forma. Su cuerpo era flácido y delgado. Federico imaginaba que lo que él llamaba gimnasio podía ser también una sauna donde pasaba las horas y los días buscando un amor imposible.

    -He visto que has hecho las maletas.

    Se preguntó cómo podía saberlo, si las había dejado en su cuarto y había cerrado la puerta, pero prefirió no preguntar. No era el momento de iniciar otra discusión.

    -Me voy. He encontrado otra cosa. Esta noche la pasaré allí.

    -¿Dónde es?

    -En El Carmelo.

    -¿Cuánto pagas?

    -Prefiero no decirlo.

    -En verdad, me da igual. -dijo Ioan, mintiendo.

    -Me gustaría que me devolvieras el dinero que te di de la fianza.

    Se produjo un silencio sepulcral. Ambos estaban en medio del salón, a una distancia prudencial, mirándose frente a frente. Una sombra cruzó por detrás de los ojos de Serguei. Como seguía en silencio, Federico decidió intervenir para poder respirar.

    -Todo está en las mismas condiciones, como lo encontré.

    -Todo excepto el olor asqueroso de tu tabaco.

    Federico sintió deseos de partirle la cara, pero se contuvo en nombre de la civilización.

    -Ya no tendrás que soportarlo más, me voy esta misma noche. Podrás vivir a tu manera.

    -He dicho a mucha gente interesada en tu habitación que no, estabas tú. ¿Qué voy a hacer ahora? Tendré que buscar a un nuevo inquilino. No me has avisado con tiempo.

    -No tengo contrato de ninguna clase. No tengo la obligación de avisarte de nada.

    Si la tensión fuera coloreable, no habrían podido verse a pesar de lo cerca que estaban. El ambiente se iba volviendo irrespirable por momentos y Federico intuía que su compañero quería discutir. Su expresión iba tornándose del color del reproche y dijo:

    -Sabes, siempre me arrepentí de haberte metido aquí. Eres muy desordenado y lo dejas todo por ahí. Además siempre estás fumando y me dejas la casa con ese olor asqueroso. -cambió la expresión de su cara hacia la compasión- Me dabas pena. Te veía triste y amargado siempre y no te decía nada, pero muchas veces pensé en echarte de aquí, pero adónde ibas a ir, y me aguantaba las ganas. Pero me arrepiento de haberte metido.

    -Bueno, -Federico se encaminó hacia su habitación mientras hablaba- afortunadamente, ya no tendrás esos problemas. Podrás encontrar a alguien mejor que quiera aguantarte.

    Ioan lo miró con una expresión dolida, como si le hubiera dado muy hondo y le hubiera provocado mucho daño: Federico sabía que era un tipo inaguantable, quien temía a la soledad por encima de cualquier cosa, y no había conocido nada más que eso. Estaban, otra vez, en medio del salón. Ioan obstaculizaba el camino hacia la puerta. Federico se preguntaba si tendría que apartarlo para poder salir por fin de aquella casa siniestra.

    -El chico que estuvo antes que tú, ese sí que fue un buen inquilino. A ver si aprendes.

    Acercándose a él, a unos pocos centímetros, Federico le dijo: -Me voy, Ioan. -le tendió la mano. El tipo la miró, hizo una mueca histérica y se apartó sin tomarla, hacia dentro de la casa. Federico cerró la mano y dejó las maletas en la puerta, cada vez más feliz.  

    -Qué pasa con el tema de la fianza.

    Ioan se había sentado en el sofá. Sus muslos desnudos se pegaban contra la piel sintética del sofá. Aquella visión le pareció insoportable e intentó no mirarlo demasiado.

    -Ahora no tengo el dinero aquí. Tampoco voy a ir al banco a esta hora. Vuelve otro día.

    Federico suspiró. En todos los pisos donde había estado de alquiler compartiendo habitación, nunca le habían devuelto el maldito dinero de la fianza y, si lo habían hecho, fue después de mucho batallar para que le pagaran. Menudo país era este, de gente gastándose un dinero que no era suyo, perdiendo la dignidad por unos pocos euros. En un instante se acordó de todos los tipos que le habían alquilado un piso, una mafia.

    En este caso, prefirió no darle demasiadas vueltas y volver otro día con mayor energía. Se hacía tarde y no quería llegar tan de noche a su nueva casa, así que abrió la puerta.

    -Pues ya quedaremos, entonces. Que te vaya bien, Ioan. Gracias por todo, por nada.

    El otro no contestó. Se limitó a mirar el teléfono móvil, supuso que para comprobar si alguno de sus amigos le había dicho algo. No se molestó en levantar la vista mientras cerraba la puerta detrás de sí. Luego se levantó y se metió en su cuarto a ver una película pornográfica, pero eso Federico ya no lo vio, ni lo vería a él nunca más.

    El aire de la calle le trajo un gusto de libertad. Arrastró su maletón por las calles de Bon Pastor a donde tardaría muchos años en volver, pero él entonces no lo sabía. Se terminaba un episodio accidentado de su aventura y empezaba otro, quizá mejor. Mientras conducía por la Ronda de d’Alt hacia la salida de Vallcarca su corazón quería sentirse optimista y ver en las rápidas luces de los vehículos, un signo de buena suerte. En la radio sonaba una machacona música rock y la tarde caía sobre la ciudad encima de él. Atravesando un túnel, vio un coche parado con las cuatro luces intermitentes y pensó que, por suerte o por desgracia, siempre había alguien que estaba peor que uno mismo.

    Después de dar un millón de vueltas, consiguió encontrar aparcamiento relativamente cerca de su nueva casa. Tenía las llaves en la mano como el que se agarra a la cuerda de una nueva vida. Caminó por las calles inquietantes del barrio hacia su hogar. El ruido de las ruedas de la maleta sobre la acera alertaba a los pocos transeúntes que pasaban. Nervioso por un peligro invisible, llegó por fin a la reja de la que sería su casa. El lugar, como era esperable, estaba completamente a oscuras. Le costó encontrar, abrir, la cerradura, algo oxidada. Hubo momentos en los que pensó que no lo conseguiría pero por fin cedió. Al entrar en su casa, buscó con la luz del móvil el interruptor en la pared cercana. Lo encontró a la derecha, un poco más arriba de lo esperado. Lo accionó pero pese a la promesa de Fernando de que todo estaría preparado, la luz no se encendió.  

    …oooOOOooo…

    Nota del Escribidor: El próximo domingo se publicará una nueva entrega de esta historia. Hasta entonces, te invito a seguir explorando el contenido de esta página. Si el relato te gustó, por favor, no dudes en hacérmelo saber. Muchas gracias por estar ahí. Nos vemos pronto con otra entrega. ¡Un abrazo!

    El Pobrecito Escribidor