siempre la pagamos con quien más nos quiere. sonreímos a nuestros enemigos continuamente en la oficina, la clase, el café y luego la pagamos con quien más nos quiere al llegar a casa y encontrar las cosas como las tenemos. discutimos y nos vamos a la cama enfadados, estresados por el trabajo y la sociedad que nos espera al día siguiente a las seis treinta de la mañana cuando sonreiremos a nuestros enemigos, a quienes desean vernos caer o muertos. reiremos falsamente y dejaremos en casa toda nuestra frustración como una maleta llena de piedras. deberíamos sonreír a nuestros enemigos y también a quién más nos quiere.
Bururu-buru-buru
Bururuburuburu di un salto y miré a mi izquierda y vi a un hombre encorvado dando pasos cortos que extendía su mano diciendo: bururu- buru tengo sesentaicinco años y no tengo nada. dije que no con la cabeza con una sonrisa nerviosa y apunté estos versos al vuelo mientras se alejaba dando pasos cortos mientras extendía su mano, encorvado, diciendo: bururu- buru tengo sesentaicinco años y no tengo nada.
tres
llegaron cansados tres músicos para tocar en la ciudad portuaria a las 12 del mediodía de un sábado de abril. dijeron venir de Barcelona donde lo habían petado a pesar de que el baterista no se encontraba bien desde hacía tiempo. mi amigo tocaba la guitarra sustituta y otro tenía un bajo Squire de 50 euros en el Cashconverters y una camiseta de los Ramones. eran tres y no duraron en la ciudad tres cuartos de hora. tres amigos fuimos a verlos pero no llegó nadie más. a pesar de que nos cobraron la entrada igualmente no tocaron más de tres canciones sin muchas ganas y medio bis. Hubiéramos subido al escenario a cantar con ellos y beber tres cubatas pero apenas teníamos en el cuerpo tres cervezas y los músicos habían llegado cansados de la vida y del ingrato oficio de tener que tocar para tres. decidieron renunciar al concierto pero no renunciaron a los 30 euros que dimos en nombre de las musas y de la amistad que alguna vez nos unió. estos músicos profesionales no pudieron ejercer su profesión porque llegaron cansados y tristes porque solo fuimos tres a verlos. otra cosa hubiera sido si hubiésemos sido tres-cientos, todo serían sonrisas y parabienes, deben ellos pensar, pero si algo enseña cualquier oficio es que hay que ser igual de artista para tres que para tres mil personas. Kurt Cobain tocaba delante de casi nadie cuando era el mejor como sabe el baterista por los rare footage que ha visto en YouTube soñando con estar allí, se tiñó el pelo de rubio, tomó la droga, pero olvidó lo importante. los músicos se sintieron en un apuro y solo supieron cargar sus trastos y salir corriendo con la música a otra parte a olvidar Tarragona y a descansar en casa. mi amigo y yo nos miramos sin saber muy bien qué decir ni cuándo volveríamos a coincidir en un cruce de caminos cada vez más imposible. nos dimos un abrazo frío y fue tan triste como en una película española. hasta siempre, camaradas, tomaros tres cervezas a nuestra salud con nuestro dinero que no os ganasteis, sin recordar que hay que ser profesional ante tres-cientas, tres mil personas y, también, ante tres.
En estos versos pretendo homenajear a los inmigrantes olvidados de la historia de mi país y a quienes sacrificaron sus raíces por un futuro mejor para sus hijos en cualquier lugar del mundo. Es la historia de muchos abuelitos de mi tierra y quiero con ella reivindicar su figura. Ellos son, para mí, los verdaderos héroes.
ven aquí, compañero yo te voy a contar esta historia que cuentan tus calles. en esta gran ciudad tan cerquita del mar sin dinero no te recibe nadie.
él rondaba la veintena, ella con algo menos, ¿qué te importa de dónde coño fueran? resultaban maleantes a los ojos ignorantes mala hierba, la resaca de una guerra.
como tantos otros peces pescados de la miseria, vomitados de los trenes a esta tierra encontraron un trabajo en la fábrica a destajo dando gracias por vivir, años sesenta.
periferia descalzada, bloques de barro y hierro, se amontonan los cansancios y dolores y se espanta a los pesares con el humo de los bares y llenando los balcones con mil flores.
de las noches sin estrellas llegamos cuatro chiquillos corregidos por su acento en la escuela una infancia que jugaba con esquinas desconchadas cigarrillo, jeringuilla, plazoleta.
un caballo desbocado reventaba los cristales de la vida de mi hermano en el ochenta. no hay dolor que sea más grande que ver llorar a mis padres por su niño que se pierde en la cuneta.
pero de todo se sale esta vida nunca para él y ella con la muerte a la espalda construyeron su futuro con sus manos de pan duro el que lucha contra el viento no descansa.
los demás fuimos creciendo como crecen las ciudades, se asfaltaron las aceras de mi calle y oímos el ladrido del dinero del ladrillo el estudio no te saca del desagüe.
trabajar para vivir reventarse los costados por un coche, unos nietos, un tejado pero sin saber por qué los dos mil no pintan bien recibieron una carta de desahucio.
son dos viejos con lo justo titular de la mañana. burocracia, si asesinas, da la cara, se han rendido de la vida antes que tu policía profanara los recuerdos de mi casa.
De camino a la estación, miro el reloj, son apenas las siete, y no tengo prisa. Decidí salir temprano de mi apartamento porque estaba expectante y tenía ganas de tomar un poco el aire antes de meterme en el tren dos horas y aparecer en el corazón alocado de la gran ciudad.
Hace una tarde magnífica. Algunos bañistas vuelven con sus enseres de la playa en las manos: sombrilla, toalla, alguna nevera portátil. El verano poco a poco se termina y a esta hora, en este día, corre una brisa fresca y húmeda que me hincha la camisa fina de algodón. Acarreo una maleta negra en la mano derecha, que compré para otro viaje, con pocas prendas: un par de camisetas, ropa interior, otros tejanos aparte de los que llevo puestos, el cepillo de dientes y el resto de los enseres para el aseo. Una sensación de optimismo me hincha los pulmones, me siento en paz y contento. Van a ser unos días maravillosos.
Miro al cielo mientras camino por la acera en dirección al viejo y sucio edificio de la estación. Es un lugar que me gusta. Tengo pensado tomar un café en el bar, en la terraza que da al primer andén, el más ancho, y ver pasar los trenes, la tarde, la gente. He quedado para cenar en Barcelona sobre las diez, Claudio me estará esperando en la estación central, dejaremos mi maleta en su casa de Gracia y quizá tomemos algo por allí cerca. No tengo ninguna prisa esta tarde.
Como pasaré unos días en la ciudad, he dejado el coche en mi casa -a unos diez quilómetros de la estación- y he llegado en autobús. Es difícil aparcar cerca y además todas las plazas son zona azul, es decir, de pago. Para no dejar el vehículo en una calle lúgubre durante mi estancia, he decidido llegar en transporte público. Hacía tanto tiempo que no me subía a un autobús.
Me acordaba de mi adolescencia mientras miraba el paisaje pasar por detrás de la sombra de mi rostro en la ventanilla. El panorama seguía siendo el mismo de siempre, de mí no sabría decir lo mismo. Han pasado más de diez años entre aquel chaval que conocía a todos los conductores y yo. Los vehículos tampoco han cambiado mucho, el material sigue emitiendo crujidos cada vez que tomamos una curva cerrada o pasamos por encima de un badén, su velocidad sigue siendo anormalmente alta y pienso que es un milagro que, en todos estos años, no haya pasado nada grave. La empresa concesionaria debe de tener algún acuerdo con el diablo o el ayuntamiento a este respecto. La vida entonces, aunque casi nunca tenía dinero, era más sencilla en algunos aspectos: tenía amigos, pareja, iba sobrado de confianza. Ahora tengo otras cosas y con el tiempo he ido aprendiendo a achacar el hecho de que no tenga más por culpa de los tres factores antes mencionados. Pero fui bastante feliz y supongo que cometería los mismos errores de nuevo, pero no ahora.
Aunque he dejado atrás la euforia, sigue brillando dentro de mí un viejo vitalismo como un rescoldo, incluso en los momentos más difíciles. Tengo una profesión que me gusta y, lo mejor, es que me deja tiempo -y dinero- para dedicarme a hacer lo que me apasiona: tocar la guitarra y escribir canciones. He conseguido algunos éxitos humildes a este respecto y, como llevo muchos años tocando, parezco profesional cuando ejecuto una pieza y domino bastante de harmonía a pesar de no haber ido nunca al conservatorio. Las veces que he tenido un profesor de música, o de cualquier otra cosa, no ha sido muy excelente; siempre eran tipos que tenían pocas ganas de enseñar y que se dedicaban a la docencia porque no habían podido trabajar de lo suyo. Nunca disfrutaban con lo que hacían y me pregunto si alguna vez disfrutarían de la vida en general. Me contesto que seguramente no, y que seguramente por eso nunca habrán impresionado a nadie tocando su instrumento. Me detengo y veo que es un pensamiento bastante duro, pero me lo permito porque lo digo para mí mismo. Antes hablaba por los codos sobre lo que pensaba y hacía hipótesis sobre todo lo que ocurría entorno a mí; ahora lo sigo haciendo, pero procuro no contarlo porque por la boca muere el pez, que decía la canción, o algo parecido.
Yo, en este aspecto, he tenido suerte. Algunas veces me han dicho que tenía un talento especial para tocar, que debería haberme hecho músico. ¿Acaso no lo soy ahora? No, pero músico con estudios de música. Ya, pero prefería tener un buen trabajo antes, que me robara la mayor parte del tiempo, tiempo que podría dedicar a un sueño que, por otra parte, difícilmente se cumpliría y acabaría igual de amargado que los pelanas que me daban clase. Para nada, mejor o peor, prefiero que mis pasiones no me roben la alegría. Tengo suerte porque creo que no lo hacen, al contrario.
Recuerdo que aprendí a tocar la guitarra en Madrid. Conocí a un amigo, Roberto, borracho de libros y música de autor, como yo, que tenía un año menos y una beca de estudios igual que la mía. Nos hicimos tan inseparables que pude ver de cerca cómo aprendía. Sabía de una web donde estaban todas las tablaturas de las canciones, había buscado las más fáciles y las que sonaban mejor, a partir de aquí el ancho mundo de la música se limitaba a seguir tirando del hilo y a hacer la pregunta correcta en Google para que te mostrara el ejercicio adecuado para ti. Dicho así, por mi voz interior, parece muy lógico, pero todavía es difícil ordenar los niveles de información en Internet: el día que descubran el negocio y la gente se acostumbre, se acabarán los colegios, los institutos, las universidades: todos los centros de enseñanza al uso que existen hoy en día. ¿Me quedaré sin trabajo dentro de veinte, treinta años? Al fin y al cabo, yo también soy.
-¡Isaac, Isaac! ¿Qué haces por aquí?
Estaba sorteando una fila de maletas, camino de las ventanillas para adquirir un billete solo de ida, por favor; casi había tropezado con una y llevaba la mía en volandas cogida de un solo brazo. Iba tan distraído que no había mirado a nadie y cualquiera que me viera pensaría que era un autómata con los ojos puestos a años luz de la realidad circundante. La voz era conocida, muy conocida de hecho, me giré un tanto sobresaltado, pero procuré que no se me notara.
-¡Hombre! -es lo que dije, a pesar de que era una chica. -Isabela. Cuánto tiempo sin verte, qué guapa estás, ¿cómo va todo? -Quise decir eso, pero solo acerté a decir la última pregunta con un cacareo nervioso mientras me apartaba de la fila para que la señora que tenía detrás de mí, impaciente, ocupara mi posición en la cola. No me importaba, no tenía ninguna prisa y, en aquel instante, el encontrarme con Isabela era una grata sorpresa.
Nos dimos un abrazo, bastante frío, quizá fue normal, pero antes nos abrazábamos tan fuertemente, y el cuerpo parece recordar tan bien ciertas cosas, que ahora todo parece sucedáneo de cortesía. Hace mucho tiempo que no abrazo a nadie como la abrazaba a ella. Me han dicho que tengo un muro, una coraza: es para no sufrir, me gustaría contestar, pero encojo los hombros, sonrío y digo que soy así. Por encima de su hombro, pude ver que algunas chicas nos miraban, me miraban, con escepticismo, las mismas que yo había sorteado un momento antes. Seguramente pensaban que yo era el famoso Isaac y que, al fin y al cabo, era muy poco para ellas. Quizás me habían imaginado más guapo, más alto, con más carisma. A veces me cruzan pensamientos de otra gente entre los míos, y me gustaría pensar que me equivoco, pero por desgracia, generalmente, no es así. Como me daban igual, no volví a dirigirles la mirada, ni siquiera hice un tibio conato de saludo.
-¿Dónde vas?
-Pues a Barcelona, he quedado con Claudio allí, ¿te acuerdas de él? -como era una pregunta retórica, continué atropelladamente- Vamos a dar un conciertillo en un bar de copas que hay por Gracia, él vive allí desde hace un par de años.
-¿En serio? Qué pasada. Sigues tocando, ¿verdad? -Por los ojos de ella, tan embriagadores como siempre, podía ver que se alegraba de verme y eso agitaba la tumba de viejos sentimientos que, de hacía años, andaban criando malvas y polvo. -Nosotras hemos venido a dejar a Laura, que se va a Valencia. -Hizo un gesto con la mano y la tal Laura levantó su mirada asqueada del móvil, la miró a ella y volvió a bajarla en silencio. Lo mismo hacía la otra, la cual había dejado de prestarnos atención para atender a las múltiples redes sociales y todo eso.
-Oye, ¿te apetece que echemos un café? -Cuando estas palabras salieron de mis labios, no podía creerlas. No las había dicho yo, sino otra entidad que hablaba por mí. Recodé la película aquella de Woody Allen, Un seductor de medio pelo o algo así, soy malo para las películas y los nombres. En este caso, Humphrey Bogart había hablado por mí. Al darme cuenta, empecé a cagarla. -Bueno, si te apetece, si no, no. Tienes cosas que hacer…
-¡Vale! Me apetece mucho. Vamos a la terraza esa, que me encanta. Me gusta sentarme y ver pasar los trenes y la gente, antes lo hacía mucho. Me venía a pensar, jeje. Oye, ¿pero no tenías que comprar el billete?
-Tranquila, mi tren no sale todavía. No tengo prisa. -dije sin mirar el reloj ni saber, en realidad, qué hora era.
-Chicas, voy al bar a tomar un café con Isaac. Lauri, si llega tu tren avísame, eh. A ver si no se retrasa mucho.
-Ok. -Contestó secamente la otra sin levantar la vista. Le habría soltado una grosería. Algo como “maleducada, deja el móvil de una puta vez que te están hablando”. Pero no lo hice, me limitaba a mirar a Isabela un poco más adelantado, con mis pies apuntando en dirección a la cafetería de la estación. Seguro que parecía idiota.
-¿Y tú qué? ¿Qué haces con tu vida? Pensaba que vivías en Inglaterra, ¿ahora andas por aquí? -deseaba con todo mi corazón que me dijera que sí.
-No, estoy de vacaciones. He venido a pasar unos días con la familia, ya sabes. Tan pesados como siempre.
-¿Cómo están? Me acuerdo un montón de ellos, sobre todo de tu hermano, no lo he vuelto a ver desde… -que lo dejamos, que te dejé, que me fui casi sin despedirme no sé muy bien adónde- Dale recuerdos.
-Jaja, claro. -Creo que me leyó la mente, en cierto modo, porque levantó la guardia de forma imperceptible, solo por la energía que se respiraba en torno de nosotros. Pensé que cambiaría de idea y volvería con sus amigas, pero no lo hizo. -¿Qué te apetece? -Dijo cuando llegamos a la barra del establecimiento.
-Un cortado con hielo, por favor.
-Un café con leche corto de café.
-¿Leche caliente? -dijo la camarera con acento del este.
-Sí. -contesté yo. Stevtlana, sabía su nombre porque lo ponía en una plaquita que llevaba sobre el pecho izquierdo, me miró sorprendida porque la pregunta no iba dirigida a mí. Isabela se echó a reír y la máquina del tiempo nos transportó a los dos unos cuantos años antes, cuando pasábamos la tarde tomando un café, besándonos, hablando de mil pamplinas que para nosotros constituían los pilares de la Tierra, de nuestro mundo.
-¿Todavía te acuerdas de cómo me gusta el café, eh?
-A eso no se le puede llamar café, sino leche sucia, del infierno, ideal para una fría tarde de verano. Qué puto asco. -Dije sin perder la sonrisa, en realidad me encantaban sus manías y algunos gustos extraños que tenía.
-Sigues tan tonto como siempre… -e hizo un mohín falso de disgusto. Humphrey Bogart me instaba a que la besara, “BÉSALA, IDIOTA”, pero no lo dice y apreté los puños. Vi que me había tendido la mano levemente, estaba en el aire esperando que yo la cogiera; antes era un gesto que hacía sin darse cuenta, pero la apartó pronto. Stevtlana trajo los cafés, pagamos, pagué, se quejó porque pagara yo, y nos fuimos a la terraza, ella con su taza humeante y yo con mi vaso que contenía un líquido que se volvía helado por momentos.
Nos sentamos el uno al lado del otro, los otros dos vértices de la mesa cuadrada apuntaban hacia los andenes, los cables, el muro que separa la estación de la playa, el mar. Era una tarde preciosa. Las nubes marineras nos miraban a lo lejos.
-Me decías que seguías en Inglaterra, ¿cómo te va con los gabachos?, ¿te quedas muchos días por aquí?
-Las cosas van genial, Isaac. Aquello te encantaría. Hay mucha música en directo y no ponen nada de lo latino que ponen aquí, ya sabes, la mierda de siempre. Hay grupos geniales que tocan como bandas grandes en pubs pequeñitos. Incluso en el pueblecito donde vivo yo, hay un garito en el que todos los jueves, viernes, sábados, e incluso los domingos, hacen música en directo. La mayoría de los grupos tocan éxitos de hace mil años. A veces me acuerdo de ti, te encantaría, Isaac, en serio.
-Podría probar suerte. Podría tocarles una rumba catalana con la guitarra aquella, ¿te acuerdas? La que fuimos a comprar al Musica’s. Tiene un sonido brutal, no he vuelto a tener una guitarra como esa, es mi preferida.
-¿Y dónde la tienes? ¿No ibas a Barcelona a tocar?
-La he dejado en casa. Claudio insiste en que debemos hacer el directo con una acústica suya, por rollos de sonido y tal. Parece ser que una española no pega con el rock-pop y con esas canciones lacrimosas que a ti te gustan tanto. Ya sabes, Only got the sun when you’re feeling low, only got the snow when it’s strats to snow… -Canturreé con una voz ridícula, como si me hubiera pellizcado el escroto. Me pegó en el brazo mientras se reía.
-¡Así no es la letra! ¡Te la has inventado! Only MISS the sun… -cantó ella brevemente, y deseé que continuara, que la cantara entera, como cuando íbamos en aquel coche minúsculo que tenía yo por entonces y ponía sus canciones, que luego fueron las mías, a fuerza de escucharlas tanto. Pero ya no era entonces, sino ahora.
-¡Canta, canta! A ver si me la aprendo… Esa la tocamos también, pero como el vocalista es Claudio yo me limito a los arpegios.
-Me gustaría verte tocar.
-¿Por qué no te vienes conmigo? Lo pasaremos bien. Seguro que a Claudio no le importa que te quedes a dormir, ahora sus compañeros de piso se han ido de Barcelona y tiene la casa libre. Tocamos mañana por la tarde en la Plaça del Diamant con unos colgados amigos suyos, te caerían bien. Son buena gente, ya sabes, músicos de la vida. A mí me parecen unos flipados, pero no se lo digo, claro. Se creen estrellas del rock y además…
Antes de que contestara al ofrecimiento, una voz la llamó.
-¡Isa! -Sus amigas nos miraban con el mismo escepticismo, o desprecio, de antes, a unos metros. Yo las odié en ese momento con todas mis fuerzas, esa voz de pito roto nos devolvía a un presente menos luminoso, más gris, más mezquino.
Se fue con ellas y yo me quedé en la mesa temiendo que no volviera. Le quedaba la mitad del café todavía. Sus amigas se disponían a pasar al andén número cuatro, el tren estaba al caer, lo clamaba la voz femenina de los altavoces. Tenían que acceder por un túnel subterráneo y supongo que esperaban que Isabela las acompañara. Me quedé mirando la escena, conjurando todos los astros para que se quedara conmigo. Hablaban un rato, se abrazaban y se despedían. Cuando la vi volver sola, mientras aquellas dos arpías no se dignaban ni a mirarme, me sentí tan afortunado que casi me pongo a saltar. Si hubiera tenido rabo, como un perro, lo habría estado moviendo frenéticamente.
-Hemos quedado para vernos antes de que vuelva a Witney.
-¿Así se llama tu pueblo, donde vives?
-Sí, no está muy lejos de Oxford. Es precioso, la universidad es maravillosa. Todo allí parece sacado de una película de estas de magia y edad media.
-Estilo Harry Potter.
-Exacto. -Hablábamos de cualquier cosa, quizás se le había olvidado mi propuesta. Así que, desoyendo los consejos de la voz interior, insistí.
-Pues, como te decía, podrías venir conmigo y.
-Me temo que no puedo, Isaac. Tengo muchas cosas que hacer por aquí y no puedo estar fuera de casa, he venido a ver a mis padres. Imagínate el cabreo que se agarrarían si les digo que hoy me voy a Barcelona contigo, jeje.
-Claro, lo entiendo perfectamente. -No me pareció una excusa, sino un motivo perfectamente razonable. Quizás no es lo que hubiera hecho yo en su lugar, pero yo no era ella.
-¿Cuánto te quedas por aquí? ¿Tienes muchos días de vacaciones o qué?
-Oye, estaba pensando… ¿A qué hora tienes que coger el tren? No vaya a ser que lo.
-Tranquila, tranquila. -Miré el reloj sin ver qué hora era- Puedo coger el último tren a Barcelona, no tengo prisa.
-¿Pero no estará esperándote Claudio?
-Pero a ti hace más que no te veo. Cuánto, ¿dos, tres años?
Miró su teléfono móvil y contestó a los mensajes pendientes. Siempre había sido una chica actualizada a los tiempos, no como yo, que soy un anacronismo. Si ahora estaba de moda el libro electrónico, a mí me gustaban los libros de papel; si ahora se llevaba tal red social, yo usaba la anterior; y así con todo. En todo ese tiempo no había mirado el teléfono y no tenía la necesidad de hacerlo ahora. Seguramente Claudio me estaría preguntando qué tren había tomado, pero yo no quería perder un solo segundo en mirar una maldita pantalla cuando podía mirar a Isabela. Levantó la vista y parecía más tranquila, más distante. Quizás sus amigas le habían dicho algún comentario negativo sobre mí. A saber: ¿ese es tu ex?, qué feo, que pelos, qué ropa de vagabundo, etcétera. Una de las reglas del ligoteo es ganarse a las amigas. Yo nunca las cumplía, soy un anarquista de la seducción. Ojo, ¿acaso estaba intentando ligar con ella?
-Perdona, tenía un montón de mensajes. Qué pesada la gente, ¿verdad?
-Supongo.
-Pues la verdad es que me voy pronto. Dentro de tres días, el viernes cojo el avión de vuelta. He pasado una semana y media aquí. Luego me voy unos días a Irlanda.
-Qué pasada, debe ser precioso. -Es bastante difícil para mí ocultar la decepción, así que intenté cambiar de tema para que la música del azar que nos había unido no dejara de sonar. -¿Y el trabajo qué tal?
-Muy bien. He encontrado de lo mío. Me ha costado horrores, antes estaba en un restaurante, pero la verdad es que me lo pasaba muy bien. Tú también has sido camarero, ya sabes a qué me refiero. Ui, me ha salido un pareado, jaja. Bueno, pues eché un montón de currículum y ahora estoy trabajando para una multinacional. Me pagan poco, gano prácticamente lo mismo que en el bar, pero no me quejo porque es una oportunidad.
-No sabes cuánto me alegro, en serio.
-Sí, estoy muy contenta. Estas son mis primeras vacaciones desde que estoy en esta empresa. Me han dado un montón de días. Allí las cosas son diferentes, Isaac. Parece que hay más ventanas, más posibilidades… Todo aquí está estancado, la misma gente, con sus historias de siempre. Me ahogan, no lo soporto. Estoy unos días, todo el mundo está contento de verme, y luego me vuelvo a marchar. Así no hay problemas, no hay complicaciones. Cuando me fui no sabía muy bien lo que hacía. -Una sombra cruzó por sus ojos, que se volvieron más oscuros, como recordando momentos difíciles. Su mano estaba sobre la mesa, como la mía, tuve la intención de acariciarla, de apretarla, de darle un beso en el dorso como hacía antes cuando se ponía así. No hice nada de todo eso. -Pero ahora estoy genial. Inglaterra me ha dado todo lo que no conseguía aquí.
-Joder, es lo mejor. Lo mejor que me podrías contar. Estoy muy contento por ti. Eres una chica valiente, siempre lo has sido. -No sabía muy bien lo que decía, pero quería llenar el silencio.
-¿Y tú que haces? ¿A qué te dedicas ahora a parte de tocar con Claudio por Barcelona?
-Soy profesor en un instituto.
-¿En serio? Qué buena noticia. Lo que siempre quisiste, al final lo conseguiste, estoy segura de que eres genial y tus alumnos te quieren un montón.
-Bueno, hay de todo, pero en general me va muy bien sí, y estoy contento. Ha sido difícil, he dado algunos tumbos y he tenido que pagar una pasta por el máster, pero al final estoy en la rueda. No sé qué será de mí en setiembre. Supongo que me llamarán para cubrir una plaza en algún instituto, pero nunca se sabe ni dónde ni cuándo ni cuánto tiempo. Estoy con la incertidumbre, no me molesta. Me da igual dónde ir, no me ata nada aquí a parte de mis padres, hermanos, familia, etcétera.
-¿Cuándo te dirán algo?
-A finales de agosto, la semana que viene o la otra.
-Eso es dentro de nada.
-Sí.
-Espero que tengas suerte y te den algo por aquí cerca. Así no tendrás que ir muy lejos de casa.
-Ahora vivo solo, hace unos meses me he emancipado. Soy un chico autosuficiente del siglo XXI, puedo vivir donde sea. ¿Quién sabe? Quizá me voy a Inglaterra de profesor de español para los niñatos guiris.
-Encontrarías trabajo seguro.
-Además, allí me puedo cruzar contigo, como hoy. Qué casualidad, eh. He pensado en escribirte, en saber de ti, pero me daba… No sé, ¿sabes lo que te quiero decir?, ya me entiendes, es complicado y, no sé.
-No, no sé lo que me quieres decir, ¡no has dicho nada! -decía entre risas, el pelo le caía sobre los hombros, una brisa me trajo su olor, aquel aroma suave que tenía ella, que he buscado en tantos cuerpos y en todos he notado un hedor rancio de desapego. Pero allí estaba el suyo, otra vez, como ayer, como siempre. -No has cambiado nada.
-Espero haber cambiado un poco. He ordenado los muebles de mi cabeza, su trabajo me ha costado, no te creas. Por poco se me cae el mundo encima, pero creo que ahora lo tengo todo bajo control.
-Dime, ¿tienes novia?
Le habría dicho que no. Que desde que no estoy con ella no había vuelto a sentir nada. Que me sentía solo y que me había acostumbrado. Que no conseguía encontrar nada ni nadie que me volviera loco, que me hiciera volar y olvidar el entorno. Que había ido a mil lugares, conocido a cientos de personas, y que no había nadie como ella. Que a veces miraba la luna y pensaba si ella la estaría mirando también, en otro lugar, y si pensaba a veces en mí y en lo que tuvimos. Que éramos muy jóvenes e inexpertos y no sabíamos lo que teníamos entre manos. Que el amor era algo muy poderoso, muy peligroso, y en las manos de dos adolescentes era fácil que se cayera, que se me cayera, pero no se me había roto, no se rompió mi parte y la guardo en el fondo del alma y no encaja con nada porque ese trozo es la otra mitad del que se quedó con ella, que no sé si guarda, que no se si existe.
-Bueno, he tenido, tengo, algunas amigas. Pero nada serio.
-Tú siempre igual, a ver si un día sientas la cabeza…
No me atreví a preguntarle si ella estaba con alguien. Supuse que no, porque si lo estaba, ¿qué demonios hacía hablando conmigo? Si yo estuviera con ella, y se sentara con un ex una tarde a hablar sobre la vida me sentiría mal, me sentiría celoso, preocupado por si ya no me quiere. Así que supongo que estará sola y no tiene otra cosa mejor que hacer tiempo conmigo.
-Supongo que un día la sentaré. Todavía no ha aparecido la persona adecuada, no aguanto a nadie, o nadie me aguanta a mí. Acabaré como una puta vieja, hablando con mis gatos -canturreé con voz cascada- Es de Sabina.
-Ya tardaba en salir el Sabina.
-Es el mejor, ya sabes.
-Cada vez que lo escucho pienso en ti. De vez en cuando me lo pongo en casa, ¡me las se todas por tu culpa!
-¡Yo también me sé todas las de Coldplay y no me quejo! ¿Te acuerdas cuando fuimos al concierto? Llegamos tardísimo, nos colamos y nos pusimos en las primeras filas del estadio. Qué bueno.
-Qué cara más dura tenías… Eres un caso.
-Era. Ahora soy un chico serio y responsable.
-Las personas no cambian, Isaac. Seguimos siendo los mismos siempre.
-Yo no lo creo. Evolucionamos. Aprendemos de los errores, no nos queda otra.
-No sé, yo creo que siempre tropezamos con la misma piedra.
-Por eso hoy hemos tropezado tú y yo.
Se hace un silencio. No sé decir si es incómodo. Durante la conversación se han ido produciendo algunas pausas entre las frases que antaño se llenaban con besos y miradas cómplices. Ahora nos miramos a los ojos, frente a frente. Debo tener la mirada un tanto desquiciada, como borracha, no por haber bebido sino por haberme embriagado de ella. Estoy tan embebido que es como si el cuerpo no me respondiera. Podría pasarme así la eternidad entera, sin ninguna prisa. El móvil vibra en mi bolsillo. Como tengo la costumbre de llevarlo a clase, casi siempre lo tengo en silencio, como esta vez. Ni siquiera lo siento. No siento nada. Si lloviera, no me daría cuenta. Si me cayera un rayo me quedaría igual. Estático, extático. Loco de amor, de deseo. De abrazarla fuertemente y de decirle que todavía la quiero. Que la echo tanto de menos que la vida me da miedo. Loco. Tanto, que quizá ella lo perciba. Pero como me conoce, como me ha conocido como nunca nadie lo ha hecho, no me importa. Soy yo mismo. Soy como nunca soy con los demás, con las demás. Isabela, he pasado tanto miedo, ha llovido tanto sobre mi alma rota, rescátame de mí mismo, sácame del pozo donde yo mismo decidí meterme. Mi antebrazo repta sobre la mesa, mi mano está a punto de coger la suya mientras nos miramos, mi cuerpo se acerca levemente al suyo y ella no se aparta, no deja de mirarme, con una expresión que no sé leer, no puedo saber qué piensa, nunca he podido. Cuando estamos a punto de establecer contacto, a esa distancia del cuadro de Miguel Ángel, entre el dedo de Dios y del Hombre, cuando por fin estamos al borde de la frontera, y vamos a atravesarla, y no nos separaremos nunca, e iremos a Londres, a París, a Roma, y haremos el amor en cada ciudad de este mundo y del siguiente, en ese preciso instante en el que el tiempo y el espacio no existen, donde la vida es eterna en cada segundo, allí, entonces, cuando,
-Chicos, tenemos que recoger terraza. -Es Stevtlana. Ajena a la escena trascendental que estaba sucediendo. Trabaja muchas horas por un sueldo ridículo. No está dispuesta a pasar un minuto de más en este antro. Nuestra mesa es la única que queda. Todas las demás están apiladas en un rincón de la terraza. Hace tiempo que nos hemos terminado el café. La realidad vuelve y nos golpea, me golpea, como un maremoto japonés.
-Vale, perdone. Ya nos vamos. -Contesta ella. Es más apta para el mundo. Yo siempre he sido un soñador frustrado, al estilo romántico decimonónico, es decir, todo lo contrario del romanticismo hollywoodiense, donde los románticos son guapos y siempre salen ganando porque tienen verdad, valor, buena suerte. Quizás yo también lo sea esta tarde, esta noche ya.
Caminamos en silencio en dirección a la salida. Ella va mirando el móvil, yo arrastro mi maleta como un fantasma sus cadenas. No sé por qué pienso en esa imagen, quizá lo ha pensado ella y me ha contagiado a mí. Teclea sobre la pantalla y yo miro en derredor. El ambiente ahora es más tranquilo, pero parece que no existe. Sigo sin saber la hora que es porque, a su lado, no tengo prisa. De repente se para, escribe más intensamente. Yo la miro. Está preciosa. Su cuerpo no ha cambiado tanto, está más delgada, más madura, más asentada en sí misma. De mayor será una mujer preciosa y todavía la mirarán los jóvenes. Posee el don de ser atractiva, la envidiarán otras mujeres que no tendrán tanta suerte, aunque ahora sean más guapas según el canon estúpido hecho por homosexuales. Procuro contener el flujo de mis pensamientos. No tengo nada en contra de los homosexuales, de hecho, admiro a muchos de ellos, tienen un don especial para el arte, y las mujeres dicen que son atractivos. Yo no lo soy, aunque me gustaría serlo ahora. Quizás estaría más seguro, tendría más confianza en hacer lo que sé que voy a hacer: intentar besarla. No lo he pensado mucho. Simplemente una voz me lo ha dicho y yo me voy a lanzar, aunque me cueste el amor, el trabajo, la salud. A su lado el mundo tendrá algún sentido, los éxitos no son tales porque no tengo con quién compartirlos, no está ella a mi lado para pesarlos, medirlos, evaluarlos. Haremos buen equipo, tendremos una familia preciosa, mis hijas, tendremos hijas, serán guapas y listas, como ella. Yo seré un pasmarote, un autómata, haré todo lo que me pidan, daría mi vida por la suya. Ella lo sabe, sé que en el fondo me quiere. Ha pensado en mí otras veces, nunca dejará de pensar en mí, aunque estemos a quilómetros, millas, años luz. Miraremos la luna en una playa de arena blanca. Haremos el amor allí mismo y tendremos un futuro anodino, rutinario, intrascendente, aburrido. Un día, de viejo, me llevará la muerte y ella les contará a todos, ya viejecita, cómo era yo: un cascarrabias con un corazón de oro.
-Me pasan a buscar.
-Vale. ¿Por aquí? -Señalo con un gesto el arcén que está justo enfrente de la entrada de la estación. -Te espero.
-Oye, ¿a qué hora sale tu tren?
-No te preocupes, no tengo prisa.
-Pero…
-Verás, Isabela. Tengo que decirte algo y pienso que reventaré si no lo hago. Nunca he dejado de pensar en ti. Eres la persona que más he amado en mi vida. Cada día, no hay uno solo, que no piense en algo que dijiste, en algo que hiciste. Cuando hago algo bueno, por lo que me siento orgulloso, me imagino lo que dirías tú. Igual cuando me equivoco, pienso en el consejo que me darías y actúo en consecuencia. He cambiado mucho, me he equivocado otro tanto, pero en cada paso que he dado he intentado llegar a ser alguien mejor, una persona diferente a la que tú conociste, que se marchó porque no se encontraba a sí mismo. Y hoy he vuelto a encontrarte y creo que es una señal del Destino, de Dios, del Universo. No puedo dejarte ir otra vez. -Doy un paso al frente, la envuelvo con mis brazos, ella se queda quieta, mirándome con los ojos, sus bellos ojos, sus ojos únicos, como platos. -Yo te, quiero decir que yo, yo te -decido acabar la frase después de besarla, y a eso me dispongo cuando me planta dos besos rápidos en las mejillas, tanto que no tengo tiempo a reaccionar. Se zafa de mis brazos y se aleja.
El sueño se está terminando y ahora tiene su influjo más poderoso. Me habla, no sé bien lo que me dice. Dice que tiene que irse. Que se alegra de verme. Que me cuide. Que tenga cuidado. Que no haga locuras. ¿Locuras? No, no. Tengo una vida ordenada, responsable, voy cada día al trabajo e intento ser el mejor, me esfuerzo por conseguir lo que quiero. Ya no fumo tanto, casi no bebo, no me drogo a pesar de que mis amigos sí. Ya sabes, la música es así, pero yo no, yo soy fuerte porque quiero valer la pena, quiero merecerme tu amor. El que una vez perdí, el que estoy perdiendo, otra vez, ahora.
Ella se aleja, cruza la acera. La espera un coche. Un Audi negro tipo A3, con los cristales tintados, con luces azuladas en el salpicadero, quizás del ordenador de a bordo. Es un buen coche. Miro al conductor y es un tipo fornido, alto, un poco mayor que yo. Tiene esa pose de seguridad, ese saber estar del que tiene todo lo que quiere sin haber hecho demasiado para conseguirlo. No lo conozco, no es de su familia. Ella abre la puerta del copiloto, saluda animadamente con una voz que nunca puso conmigo, una voz estúpida y feliz. Él le pregunta algo, sus labios se mueven alegres como diciendo: ¿Quién es ese? Ella niega con la cabeza y adivino, porque no la veo, que su boca dice: Nadie. Le pone su mano delgada, sus dedos largos, sobre la mejilla barbuda, grasienta, asquerosa, del tipo. Es como yo, pero más guapo y más estúpido, lo primero es evidente, lo segundo no lo sé. Lo besa, la besa, se besan un momento. No es un pico, es un morreo rápido, promesa de otros tantos más largos y más intensos. Antes de que se acabe, me vuelvo. No quiero que me salude, que me saluden los dos. Me vuelvo hacia dentro de la estación. Las puertas automáticas me reciben con los brazos abiertos. Tengo ganas de derrumbarme, pero me trago la vergüenza como una bola de cristal enorme. Miro en torno sin saber muy bien nada.
Camino hacia el mostrador, está cerrado. Miro al bar, a la cafetería donde hace unos minutos soñaba que era otro tiempo y la vida era otra cosa y yo estaba en un universo paralelo donde no estaba solo, tan solo. Miro el reloj de la estación. Son las diez de la noche. Ya debería estar en Barcelona. Quizá Claudio me esté esperando en la estación. Voy al panel electrónico y el último tren ha salido hace diez minutos. No habrá otro hasta mañana a las cinco y media de la mañana. En el teléfono tengo tropecientos mensajes y llamadas perdidas de Claudio, mi madre, que si ya he llegado, grupos de gente que han enviado cosas graciosas, distraídas, intrascendentes.
Me quedo allí plantado sin saber muy bien lo que ha pasado. Un vagabundo avejentado pasa a mi lado y me mira. Quizá tuvo la idea de pedirme dinero, pero al verme ha decidido que lo mejor será dejarme tranquilo.
Suspiro. Me siento mal. Me siento roto. Me siento ridículo.
Llamo a Claudio. Descuelga al primer tono.
-Cabrón. ¿Dónde estás? Estoy aquí con Cristina y Judit que hemos venido a buscarte a la estación. Esta noche va a ser buena. Lo tengo todo preparado. Tocan unos grupos que son una pasada. Venga, dime, ¿dónde estás? No te veo salir del andén.
-Tío, tengo un problema. He perdido el tren.
-¡Pero qué me estás contando! Si me has dicho a las seis que salías de casa, pero tú estás loco o qué te pasa, me cago en tu…
-Lo siento, ya te contaré, es una larga historia. Ahora tengo que colgar. Mañana cogeré el primer tren hacia Barna.
-¿Pero te ha pasado algo?
-No me ha pasado nada, ese es el problema.
-Estás colgado tío, si es que eres un puto loco, a saber dónde te habrás metido, cabrón, cabrón de mierd.
Me siento en un banco solitario. Unos pocos pasajeros esperan al próximo tren que irá a cualquier parte. Irún, leo en la pantalla, no sé muy bien dónde está, en el norte, creo. Seguramente será un lugar bonito, verde, donde llueve a menudo, como en Inglaterra. El vagabundo ahora pasa por delante de mí, con esa barba parece Jesucristo, quizá lo sea, le contaría lo que me ha pasado y me daría consuelo, pero nunca lo comprobaré porque seguramente es un borracho y va a lo suyo. Los andenes están desiertos, desolados.
A lo lejos veo dos figuras. Uno es calvo y bastante bajito, tiene un porte nervioso, se mueve como si se carcajeara. El otro también se ríe, es más alto, va en un traje antiguo, con sombrero de detective de los años treinta, se muestra más sereno. Son Bogart y Woody. Lo han visto todo, oído todo, y se lo pasan genial los dos con mi película.
Pienso que mañana daré el mejor concierto de mi vida. Pero ahora estoy aquí sentado, solo, imaginándome personajes de ficción de cuando el cine era cine, según los cinéfilos. No sé qué hora es, no sé dónde ir, no sé qué hacer. Pero una cosa está clara.
“Los mejores libros siempre son de un lugar”, escribía Kiko Amat (Barcelona, 1971) en una de sus críticas en Babelia y para su novela última, Antes del huracán, sitúa la acción de en “el extrarradio del extrarradio”: Sant Boi del Llobregat. El autor posee un estilo fácilmente reconocible, que utiliza tanto en publicaciones en prensa como en sus libros. Por la nota bibliográfica sabemos que ha desempeñado oficios variopintos —camarero y DJ, por ejemplo— que quizás tengan poco que ver con el mundillo de las letras: profesor universitario. Su imagen tampoco parece la del intelectual tornasolado —americana, camisa, pantalones chinos, nunca zapatillas—, más bien coincide con la del amigo juerguista que ha andado y vivido mucho; aspecto de cowboy trasnochado curtido en mil y una noches. Por eso Amat, con sus brazos tatuados, ha demostrado no ser un escritor “como los demás”. ¿Cómo engendró la cultura escrita en español este portento?
El abaratamiento de los libros hace posible que hoy en cualquier ciudad dormitorio de clase media-baja existan bibliotecas que van fraguando lectores con una sensibilidad nueva. Era cuestión de tiempo que esta perspectiva se reflejara en el espejo sthandaliano de los libros. Pionera de este fenómeno cultural ha sido la literatura escrita en español con acento catalán: Juan Marsé ya mitificó el Carmelo convirtiéndolo en una cumbre literaria; Eduardo Mendoza mostró a Barcelona como la ciudad de los prodigios; Francisco Casavella tomó las harmonías de la rumba catalana, adoptó su iconografía, sus personajes, su germanía, para dibujar el Raval. Amat continúa con esta tendencia, esta vez naturalizada, sin artificios prosaicos de marginalidad, bohemia o golfemia. Más bien al contrario, convirtiéndolos en lo que son: los paisajes, los pasajes y los pasillos del grueso de la sociedad hispanohablante, nuestro día a día.
El barrio artístico es en la actualidad un distrito ocupado por los turistas y un ejercicio sencillo de lógica estadista demuestra que allí no podrá aglutinarse todo el arte, la gracia y las historias de una generación pobre, pero leída. A saber, un niño en una casa de alquiler, próxima al río pútrido que es el Llobregat, en una localidad rodeada de polígonos industriales donde los árboles sobreviven como estandartes anacrónicos de otro tiempo, donde suena el rumor sordo de los coches cruzando la autopista y se vislumbra el resplandor de las fábricas en lontananza, allí donde el mar no se concibe pese a estar próximo, se sitúa la trama entera de la novela Antes del huracán.
La locura. La historia.
Conocemos a Curro a través de tres narradores diferenciados, en etapas distintas de su biografía que van hilándose entre sí. La primera persona muestra la adolescencia temprana del protagonista y observamos la realidad con los ojos de un niño cuya familia se desmorona y que “pensaba en el sueño como una máquina del tiempo; te vas a la cama y el tiempo avanza, sin ti. Por tanto, puede ser que las cosas se arreglen mientras tú no te hallas allí para presenciarlas. Ocho horas de sueño maravilloso, de aventuras sin fin, y de repente estás en el futuro, donde ya pueden pasarte cosas buenas”. Este punto de vista se alterna con interludios en segunda persona: un joven en la veintena explica a un desconocido, en un bar, ciertos episodios significativos de la historia familiar. Aquí conocemos el gusto del personaje por la lectura, increpa al interlocutor por su ignorancia y por el alcohol, que “a veces, parecía ayudarle, le desagarrotaba (sic) los brazos y le soltaba la lengua. Pero era como el aliado traidor de las películas: el que te da la mano en el acantilado para luego soltarte cuando te confías y piensas que ya estás salvado”. Finalmente, ya en la madurez, en el presente actual, encontramos la tercera persona y a Curro interno en un hospital psiquiátrico reflexionando sobre lo vivido. Informes médicos nos hacen saber que “el paciente da muestras de extrema desorientación mezclada con lucidez y señales de una inteligencia superior a la media, y desarrolla un delirio visual con alucinaciones visuales y olfativas” derivadas de un pasado traumático. Estos recursos narrativos, tan bien tejidos, tienen la capacidad de dinamizar el ritmo de la obra. Por otra parte, el lector sospecha que el narrador omnisciente y los personajes nunca dejan de ser el propio Curro, el cual planea su fuga del frenopático con su mayordomo, a quien salvó cuando estaba a punto de suicidarse: “Plácido, me alegré, porque hasta aquel día me había sentido muy solo”.
«Pensaba en el sueño como una máquina del tiempo; te vas a la cama y el tiempo avanza, sin ti. Por tanto, puede ser que las cosas se arreglen mientras tú no te hallas allí»
Al más puro estilo cervantino, mediante diálogos inteligentemente descabellados, las escenas más trágicas se combinan a la perfección con momentos que llevan al lector a reír. A diferencia de la tragicomedia clásica, el humorismo no se utiliza para aligerar la tristeza de la escena, más bien al contrario: el recurso de enhebrar las lágrimas con la risa nos hace percibir la belleza de la prosa con una intensidad abrumadora. Se generan así tantas emociones encontradas que la razón se disloca y comprendemos que cualquiera es susceptible de ser barrido por el huracán.
Y el huracán no es más que el siroco, volverse loco, aunque “la gente se cree inmune, pero a veces te rompes. Algo se parte ahí dentro, los fusibles se funden. Se te queda todo suelto ahí dentro, ya no hay forma de repararlo.” Con todo, la obra tiene al final un mensaje positivo en el que “Curro siente la ilusión palpable de no estar solo, de ser parte de algo, de ser como los demás. Es todo lo que siempre quiso. Ser como los demás.”
Brindis ensayístico de la literatura catalana y contemporánea escrita en español. La sombra del Watusi es alargada, radiante. por Ricardo Rodríguez Boceta
En el prólogo y el epílogo que adornan la obra de Francisco Casavella, El día del Watusi en Anagrama (2016), se da una coincidencia feliz: los ensayistas se habían tomado algo con el personaje y comentaban la anécdota que los había unido. «Nos metimos una raya como la Gran Muralla China» (K. Amat) o «El día del entierro de Francisco, pronuncié unas palabras y recordé cuando, en el bar, etcétera» (M. Otero). La suerte de haberse codeado —y colocado—, aunque fuera poco, con el novelista gigante les otorga la lira y la letra para cantar las hazañas de la literatura quinqui con la voz cazallera. Pero yo, Lector curioso, no he tenido la suerte de irme de copas con el paquidermo y no puedo presumir de escena prostibularia ocurrida en el Barrio Chino de Barcelona, hoy llamado «El Raval», que hiciera las delicias de los intelectuales políticamente incorregibles, entre los que, falsa modestia aparte, nos incluyo. Entonces, no me queda más remedio que arremangarme, encenderme un cigarro eterno, adoptar una pose, impostada, de chulo y contarte cómo conocí al verdadero Francisco Casavella. Ponte cómodo, Lector genial, pide un par de cervezas, que vamos a hablar de Literatura.
Había una vez Barcelona, el Carmelo, para más señas. Yo vivía en un bajo sin cédula de habitabilidad, con vistas privilegiadas al ambiente charnego de Últimas tardes con Teresa y me enardecía creerme que era el Pijoaparte. Con la desfachatez que, ahora, me disfraza, comentaba mis ensoñaciones con una chica que gustaba de pasar el tiempo conmigo. Y fue ella la que me regaló, en un día cualquiera, un libro que «te va a encantar, es muy tú». La novela se titulaba El triunfo. En la portada salía un cartel, uno de esos que se enganchan con cola en las paredes de la calle, ajado, con un rostro sin cara que algún transeúnte habría arrancado por distraerse y por gamberrismo. Devoré la obra en apenas unas horas: no era muy larga. Ella dijo: «Mientras la lees, parece que estés canturreando una rumba, te dan ganas de bailar». De todas las reseñas, entrevistas y ensayos que han tratado la ópera prima de Casavella, no he encontrado una definición más acertada, así que la comparto contigo, Lector carísimo. De nada, dáselas a ella.
En el estilo casavellano encontré a un escritor de un talento fuera de serie. Seguro que cuando piensas en Las Grandes Obras, te viene a la cabeza un programa parecido al ya extinto Negro sobre blanco en el que Sánchez Dragó se entrevistaba a sí mismo a través del intelectual de turno, con un currículum y una obra tan vastos que dan vértigo y dices: qué lejos estoy de ese tipo. Pero como has pateado lo suficiente y tienes lo que hay que tener, Lector valiente, sabrás que el arte aletea en cualquier parte, continuamente. Observas a la gente anónima interpretando su vida y parecen moverse al compás de un ritmo, de una música imposible. Y cuando devuelves la vista al libro que estás leyendo, quizás echarás de menos encontrar la calle donde tú estás ahora, las cosas que a ti te pasan o pudieron haberte ocurrido. Encuentras, por ejemplo, los paseos pequeñoburgueses, magistralmente narrados, de un Javier Marías que reflexiona sobre el divorcio inevitable. Luego te pones una canción cualquiera y recuerdas cuando estabas con alguien tú ya sabes donde haciendo tú ya sabes qué. Entonces le preguntas al libro que dónde está aquel descampado mágico donde solías perder las horas con tu amigo Jesús del Barriobrero. Lector amigo, yo te lo digo, como entonaba la canción del programa de Dragó, «todo está en los libros». La coordenada exacta: El día del Watusi.
Si encontrares el mamotreto en tu librería de confianza, lo tomares con una mano firme y le dieres la vuelta, leerías algo así como: Fernando Atienza es un arribista que blablablá. Ni caso. Tomemos un poco de cerveza y adoptemos una visión escéptica de las cosas, a ver qué pasa. Imaginemos un pobre becario, de edad indefinida, con más trabajo que tiempo, al que le mandan escribir cuatro líneas sobre una obra de ochocientas páginas. Se habrá acercado a reseñas, entrevistas, opiniones ajenas, habrá leído como mi abuela en escuela: el primer capítulo, el del medio y el del final. Afirmar que el protagonista es un trepa es como decir: el Quijote es sólo un caballero andante.
Si eres de los que te vas a Internet y escribes «entrevista francisco casavella», verás que aparecen no más de cuatro vídeos. Verás un señor con facha de tronado, departiendo en el plató demodé sobre su obra, con una pose tabernaria y un ingenio que ni el ingenioso hidalgo. Son tantas las novelas que beben, se justifican, se engalanan, con Cervantes. Decía García Márquez que era difícil escribir en español un diálogo entre personajes que no pareciese quijotesco: cuánta razón la de nuestro amigo el Gabo. Desatendiendo su consejo, muchos escritores se han lanzado a imitar, mejor o peor, la primera novela moderna en obras muy posmodernas. Y ahora viene la hipérbole, Lector amable, escucha: lo que más se le ha acercado, si no pasado por encima, sólo el tiempo lo dirá, es el Watusi. Viendo en la pantalla al escritor en su plática, notarás que le faltan algunas piezas dentales. Como todo el mundo sabe, el consumo reiterado de cocaína daña las encías, pero como te prometí, no quiero hablarte de drogas, noches y rameras. Como decía el eterno «el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho». No se puede resumir mejor ni decir mucho más en la frase. Y te aseguro, Lector suave, que muy pocos han andado y visto y leído tanto, con la misma ferocidad, como Francisco Casavella, jugándose la salud en la causa perdida que es escribir para nuestro deleite.
Dejando de lado las frases por todos conocidas y los pasajes de galeotes, molinos y disparates, sin olvidarlos, la importancia de la obra de Cervantes, y la de Shakespeare, estriba en su propia concepción; lo que en estudios literarios ha tenido a bien llamarse metaliteratura: la historia más allá de la historia. Verbigracia: Hamlet representa para su tío una obra de teatro, mientras se representa Hamlet en el teatro londinense, en el gran teatro que es el mundo, donde todos nosotros participamos. Pues eso es lo que encontramos en el Watusi, un genio tan vivo, tan actual y tan eterno, que parece salirse de las páginas y formar parte de realidad y la ficción circundante. Fernando Atienza sobrevive en una vida que bien podría protagonizar cualquiera, vive los sueños y las pesadillas que tienes tú y pone en práctica algunos consejos de la autoayuda para llegar a lo más alto y para darse cuenta de que ha tocado fondo. Un extranjero en el barrio parnasiano de la Transición española, de las cloacas políticas y culturales de los años setenta, ochenta, noventa, de ahora. Hay un grupo de melenudos que se reúne todas las vísperas al 15 de agosto para celebrar El día del Watusi, hay personajes de la vida que piensan que el Watusi, como el Quijote, existe. Quizás porque desconocen quién los ha inventado, pero «lo que se pierde de nombre se gana de eternidad», Machado dixit.
Mientras devoraba los tres tomos que lo conforman —Los juegos feroces, Viento y joyas, El idioma imposible— tenía que parar a veces porque pensaba que me iba explotar una arteria. En cada párrafo había una enseñanza sin moraleja, una genialidad infinita como lo oscuro, radiante. Podría ahora tomar el volumen que tengo delante y ponerte algunas citas que te dejarían rascándote la cabeza: espera, Lector paciente. Porque a diferencia de la poesía, tenemos la suerte de poder entender los versos dentro de una novela, lo cual hace que tu compresión, interpretación y capacidad de dilucidar, revienten e irradien.
No quiero cansarte con mi verborrea, pero como te respeto, Lector todopoderoso, he querido hablarte en necio porque sé que no lo eres. Si te ha intrigado, ya sabes dónde está el resto de la mercancía: no te la acabarás. Venga, rematemos esto con una cita y brindis al estilo de Vilabrafim, abro el libro al azar, encuentro subrayado en lápiz:
«Cuando las cosas son un fracaso todos echan a volar. Cuando son un éxito, todos empiezan a desconfiar de todos. Eso pasa en las mejores familias. La sociedad capitalista, Fernando. La propiedad es un robo, pero la vanidad es la vanidad y el miedo es sólo miedo».
A tu salud, Lector salvaje. Camina por la sombra. Nos vemos por los libros.
O el próximo 15 de agosto en Barcelona, durante El día del Watusi.
BIBLIOGRAFÍA
· Amat, Kiko. Antes del huracán, Ed. Anagrama, 2018. · Casavella, Francisco. El triunfo, Ed. Anagrama, 1990. · Casavella, Francisco. El día del Watusi, Ed. Anagrama, 2016. · Casavella, Francisco. Lo que sé de los vampiros, Ed. Destino, Premio Nadal 2008. · De Cervantes, Miguel. El Quijote, 1605 y 1615. · García Márquez. Cien años de soledad, Ed. Harper, 1967. · Marsé, Juan. Últimas tardes con Teresa, Ed. Seix Barral, 1966. · Mendoza, Eduardo. La ciudad de los prodigios, Ed. Seix Barral, 1986. · Shakespeare, William. Hamlet, 1609.